TERESA

Capítulo 25

Viernes, 10 de enero de 1964.

Frente a la puerta donde se alojaba Ana Rivas, alzó la mano lista para golpearla... y la detuvo al aire, indecisa de si era una buena idea presentarse sin previo aviso. Miró frenética a los dos lados. Por fortuna, no vio a nadie. Se moriría de vergüenza si alguien la viera postrada durante más de cinco minutos ante la puerta debatiendo si llamar o no.

"Ahora o nunca". Decidió, reuniendo toda la voluntad. La mano golpeó tres veces la puerta. Ahora sólo le quedaba rezar. Casi hiperventilaba cuando oyó unos pasos detrás de la puerta. Por unas milésimas de segundo, se le pasó por la cabeza la idea de huir despavorida. Se frotó las manos sudorosas pese a que fuera hacía un frío de mil demonios. No pudo reprimir el temblor que sacudía todo el cuerpo cuando escuchó el inconfundible ruido de girar el pomo.

Contuvo la respiración mientras la puerta se abría lentamente. Dios santo, la tortura no parecía tener fin. Sus ojos castaños se abrieron de par en par. La reacción de la persona que abrió la puerta era idéntica. Teresa exclamó.

- ¡Tú! ¿Qué haces aquí?

Deslizó la vista hacia abajo. Su corazón se quebró en pedazos. Torso desnudo. Musculoso. Piel morena. Sudoroso.

Detrás del hombre, habló una voz femenina.

- ¿Quién es? - apareció vestida con un sugerente picardías. - ¡Ah, eres tú! - rodeó el la cintura del hombre musculoso y apoyó el mentón sobre el hombro. Susurró al oído pero lo suficientemente alto para que Teresa la oyera. - Alfonso, cuántos más, mejor. - Se echó a reír a carcajadas y su hermano se unió a las risas.

Se despertó con la frente sudada. Jadeando. ¡Maldita sea! Sólo era una pesadilla. Se ruborizó al notar las miradas curiosas de los pasajeros. Inclinó la cabeza, presionando la mejilla sobre la fría ventanilla. Fuera la oscuridad había engullido por completo el paisaje.

Eran las diez de la noche.

El plateado TAF "Madrid-Santander" hacía un recorrido con una duración de poco más de 8 horas. A diferencia de otros trenes, era rápido, cómodo y disponía del servicio de comida. Le llamó la atención la trayectoria, puesto que el tren se componía de dos coches motores en los extremos y un coche remolque intermedio. En Palencia, la segunda parada del viaje, se desacoplaban, formando dos semitrenes, uno con rumbo a Gijón y otro hacia Santander.

Sonó el aviso de llegada. Los pasajeros comenzaron a prepararse, sacando las maletas, poniéndose los abrigos y uniéndose a la fila de espera. Cuando el tren se detuvo, comenzó el ordenado bullicio, uno por uno apeándose del único vagón. Teresa esperó sentada a que salieran todos. Levantó la pesada maleta. El supervisor del tren le deseó unas buenas noches mientras Teresa se apeaba. Se arrebujó en su abrigo, frente al frío gélido y húmedo que calaba en los poros.

Había un silencio profundo, salvo los saludos joviales por parte de algunos que acudieron a recoger a los recién llegados.

Caminó sin rumbo. Aguzó la vista cuando de la oscuridad emergió una figura alta y de porte digno. Emitió una sorda exclamación de asombro al reconocerlo. No podía dar crédito a sus ojos.

La persona que había venido a recogerla no era otro que Dionisio, el mayordomo de Ana Rivas.

El hombre le esbozó una sonrisa afable, cogiendo de las manos de Teresa la maleta.

- Buenas noches, señora. ¿Ha tenido un buen viaje?

- La verdad que ha sido cómodo. - No era una mentira. Pero debido a las circunstancias que había vivido los últimos días, el viaje la había dejado más exhausta que nunca.

- ¿Tendría la amabilidad de seguirme? Afuera está el coche.

Dionisio se dispuso a caminar cuando Teresa asió el brazo.

- Espera un momento. - pidió.

- ¿Qué desea?

- Eh... ¿por qué estás aquí? - preguntó, todavía sin entender la presencia de ese hombre.

Si él estaba aquí, sólo podía significar una cosa: que su señora Ana estaba al corriente... Por lo tanto, si ella permitía su visita, quería decir que... Una llama de esperanza encendió en su alma.

- ¿Perdone? - Se le notó desprevenido por la pregunta. Aclaró la garganta antes de hablar. - Doña Encarnación me pidió que la recogiera. ¿Usted no lo sabía?

- Ah... no... sí, quiero decir. - mintió. - Perdóname. ¿Ana lo sabe?

- Ah, eso. No se preocupe por esto. - aseguró con una amplía sonrisa que sólo logró incrementar la confusión de Teresa.

- ¿Preocuparme? ¿Qué quieres decir?

- Doña Encarnación me pidió que la señora no estuviera al tanto de su visita sorpresa. Tuve que buscar un pretexto para venir aquí.

"Ah, es esto. Ana no sabe nada de esto." Concluyó defraudada.

- Sí, sí... claro. No sería una sorpresa si lo supiera. - respondió algo abstraída.

- Sí. Y le dará una gran alegría a la señorita Alicia.

- ¿Está aquí? - preguntó sin poder disimular la preocupación, que le pasó inadvertida a Dionisio.

"La presencia de Alicia complica ciertas cosas", pensó resignada. Debía encontrar otro modo, sin que Alicia se encontrara en medio de un inevitable enfrentamiento entre Ana y ella. Salió del ensimismamiento cuando Dionisio le pidió que le siguiera.

Durante todo el viaje, el mayordomo condujo en silencio mientras Teresa cavilaba buscando alternativas e imaginando todos los posibles escenarios con Ana. Lo triste era que no se atrevía a otorgarlos un final feliz. Atacada cada vez más por las inseguridades, se removió sin parar en el asiento.

La voz de Dionisio le sacó de los pensamientos, anunciando que habían llegado. Teresa miró a través de la ventanilla la puerta majestuosa que daba acceso al hotel.

- Se alojan provisionalmente en el hotel hasta que hayan finalizado las acomodaciones en la casa que se encuentra cerca del mar. - explicó Dionisio.

Teresa se limitó a asentir. Salió del coche y aguardó a que el mayordomo sacara la maleta. Subieron por la escalinata. Arriba, estaba plantado un botones, un cincuentón que llevaba un cómico mostacho. Les dio la bienvenida, abriendo la puerta para darles el paso.

Ambos se encaminaron a la recepción. El mayordomo dejó la maleta en el suelo.

- Señora, pedí en nombre de doña Encarnación una habitación para usted. - contó antes de dirigirse al recepcionista. - Señor, ha llegado la señora García. Ayer le pedí la reserva de la habitación para la señora.

- Espere un momento, por favor.

El recepcionista echó una ojeada al libro de reservas. Teresa se fijó en que el empleado era joven, de unos veintitantos. Vestía un traje gris, una camisa blanca y una corbata negra. Tenía la piel muy curtida por el sol y el viento, algo normal si uno vivía en una costa. Pese a su juventud, desprendía tanto aplomo que parecía un veterano en su trabajo. Sin decir que su sonrisa era carismática.

- Aquí está. Señora Teresa García, ¿correcto?

- Correcto. - confirmó.

- Antes por favor firme este recuadro. - pidió, alargando una estilográfica. Teresa firmó. - Enseguida le acompaño a la habitación.

- Espere un momento. Antes debo hablar con él. - dijo Teresa, indicando al mayordomo.

- Sí, por supuesto. Voy a buscar la llave.

Cuando el recepcionista se alejó, Teresa se encontró con un Dionisio curioso pero al mismo tiempo discreto. Para ser franca, siempre le había agradado ese hombre.

- ¿Qué desea, señora? - preguntó cortésmente.

- Antes me gustaría ir a ver a Ana. ¿Me podría decir el número de la habitación?

En realidad se sabía de memoria el número de la habitación gracias a las señas que le dio la doña Encarnación. Pero no quiso despertar sospechas al mayordomo acerca del motivo de su visita repentina. Pese a que eran las once de la noche, consideró que era el momento idóneo para enfrentarse a Ana, aprovechando que Alicia estaría durmiendo a estas horas. Sólo de este modo podrían sentarse a hablar a solas.

- Sí, por supuesto. La habitación es 49, de la tercera planta. A la derecha.

- Gracias. ¿Me harías el favor de dejar la maleta en la habitación mientras voy a visitarla?

- Sí, con gusto.- Dionisio asintió. Pero Teresa tenía otra petición... de cariz personal. Trató de buscar las palabras adecuadas. No las necesitó porque el mayordomo pareció haberle leído la mente cuando dijo lo siguiente con una leve sonrisa. - Estaré en la cafetería, señora. Si necesita algo, ya sabe dónde encontrarme.

Teresa abría la boca para cerrarla luego, aturdida por los dotes adivinatorios del mayordomo. Éste supo de algún modo que Teresa necesitaba mantener una larga conversación privada, sin la presencia de terceros que la pudieran interrumpir.

- Pues nos veremos. Gracias por todo. - sólo se le ocurrió decir aquello.

- Todo un placer. Buenas noches, señora.

Se despidieron. Mientras Dionisio aguardaba al joven recepcionista, Teresa se dirigió a los ascensores.

Cuando las puertas se abrieron, a un lado estaba de pie un ascensorista, de expresión solemne. Era un cuarentón vestido también con el mismo atuendo gris pero con la particularidad de que llevaba una gorra negra. Alto, enjuto, de nariz ganchuda, ojos hundidos, palidez extrema. El traje gris, en vez de otorgarle elegancia, le proporcionaba una imagen lóbrega.

Mientras el ascensor subía, el nerviosismo se apoderó de ella, cada vez más inquieta ante la incertidumbre de lo que vendría en cuanto viera a Ana. Le pareció una eternidad desde la última vez que se vieron pese a que sólo había transcurrido diez días. Le asaltó una punzada de aflicción al rememorar los dolorosos acontecimientos tras la primera noche de amor. Sacudió la cabeza, rechazando esas imágenes.

Su distracción era tan mayor que se espantó cuando el ascensor se paró abruptamente junto con el sonido de apertura de las puertas. Salió a toda prisa, pero se acordó del extraño ascensorista. Le dio buenas noches en voz baja, intimidada por los ojos desprovistos de emoción. Le dio la impresión de que era más una estatua que un ser vivo. Aún así, aflojó al instante el paso, caminando como toda mujer decente.

Dobló la esquina, recorriendo el largo pasillo. Su corazón latía desbocado mientras iba leyendo los números de las habitaciones. Estaba más y más cerca del número que más anhelaba su corazón: 49

30, 36, 37,... 43, 44, 45. Y no más.

El pasillo había alcanzado su fin. Y sin encontrar rodavía la habitación donde deberían estar alojándose Ana y su sobrina. Miró atrás, confusa. Enseguida cayó en la cuenta de que cogió el pasillo equivocado. Iba tan abstraída que no se percató de que dobló la esquina izquierda en vez de la derecha.

Fastidiada por ese contratiempo, regresó por donde había venido, hasta llegar nuevamente donde el ascensor. Se detuvo tomándose unos segundos para aserenarse. Levantó las manos que temblaban sin cesar. Las cerró en puño. Dolorosamente consciente de que sólo se encontraba a unos metros del lugar donde podría iniciar un nuevo capítulo de su vida.

Con o sin ella.

Cerró los ojos, aspirando con fuerza. Soltó el aire, apaciguando ligeramente el torbellino emocional. Con el mentón alzado, se echó a andar con aire desafiante.

Sólo cabía un pensamiento en la mente: "No me iré sin luchar antes".

Le separaban de Ana unas pocas puertas.

Nada más doblando la esquina, se detuvo en seco. Totalmente paralizada ante la escena que tenía ante sí.

Tres personas. Plantadas en medio del pasillo. De espaldas a ella. El corazón sangró al reconocer la familiar silueta femenina, pegada a la persona de al lado que sujetaba en los brazos Alicia, cuyo rostro estaba vuelto hacia Teresa.

Dormida con una sonrisa.

Los ojos de Teresa no podían despegarse de aquellas dos personas adultas que, sin cruzar palabras, se encontraban cómodos el uno con la otra.

Demasiado familiarizados. Demasiado juntos. Demasiado satisfechos.

Era Ana Rivas, cuya cabeza se apoyaba sobre el hombro del hombre quien la miraba con adoración.

Un hombre con quien no tendría la mínima oportunidad de vencerlo.

Pedro Fuentes. El padre de Alicia. El ex-esposo de Ana. El ex-yerno adorado de los señores Rivas.

Cerró brevemente los ojos para luego abrirlos. Su alma rugió de dolor al comprobar que no estaba soñando. No era una pesadilla. Era peor que una pesadilla. Era el horror de la realidad que la golpeó en pleno estómago.

Las palabras confirmaron el horror de la realidad:

"Somos família. Siempre lo seremos." Oyó decir al hombre con dulzura y amor.

"Sí." Susurró la mujer, sin dejar de mirar a su hija durmiente.

Los gestos dieron veracidad a las palabras pronunciadas. Su corazón no sólo sangró a borbotones sino se rompió en miles de pedazos, contemplando con horror cómo Pedro cerraba los ojos cuando Ana le plantó un beso cargado de afecto en la mejilla.

Había un amor evidente entre ambos. Sin condiciones.

El lugar por el que pensaba luchar con dientes y uñas ya estaba ocupada por el hombre al cual Ana y Alicia adoraban.

No pudiendo soportar más el dolor que invadió su cuerpo y alma, se dio media vuelta sin ruido que pudiera delatar su presencia. Sólo quería sumirse en el olvido. Abrió la puerta, al lado del ascensor, y se dispuso a bajar por las escaleras cuando le asaltó un mareo. Asió la barandilla, aguantándose de pie, cerrando con fuerza las manos, tratando de apaciguar la sensación del vértigo.

Su respiración se entrecortaba. Su mente sólo registraba una y otra vez las posturas, las palabras y los gestos intercambiados sin falsa amabilidad de la pareja. Se sorprendió al notar unas lágrimas resbalando sobre sus mejillas.

Su cuerpo sufrió un parón cardíaco cuando la voz clara de Pedro llegó a sus oídos: "He oído a alguien." Esperaba con terror la aparición súbita por esa puerta de salida. Suspiró momentáneamente de alivio cuando otra voz dijo: "No, no he oído a nadie. Será tu imaginación." Lloriqueó deseando con pasión que todo fuera fruto de su imaginación. Pero la risa cálida y sonora que fluía hasta a sus oídos era un dulce y horripilante martirio, recordándola una y otra vez que no era ninguna ilusión. Queriendo alejarse de ahí, distanciarse de todo lo que le recordara a Ana Rivas Llanos, bajó corriendo por las escaleras, olvidando la cautela.

Las imágenes le asaltaban sin cesar. El brillo en los ojos avellana. La expresión infantil de dicha. La familiaridad silenciosa. La proximidad física. El rubor en las mejillas. El flirteo en el lenguaje corporal.

Emitió un gemido de sorpresa cuando de pronto una luz brillante la cegó. Durante un instante se sintió desorientada. Aclaró la mente y se descubrió en la planta baja, al lado del ascensor. El ascensorista solemne la miró con la ceja enarcada, sorprendido de verla tan pronto. Teresa apartó la vista, avergonzada al recordar de que su rostro no estaba en las mejores condiciones. Con la manga del abrigo, se enjugó las lágrimas, andando a toda prisa. Sin saber adónde se dirigía. Sólo quería huirse.

Cruzó la sala grande, ignorando las exclamaciones de perplejidad del recepcionista. Por fortuna, el botones con el cómico mostacho disponía de buenos reflejos para abrir con rapidez la puerta, así evitando el choque de Teresa contra el cristal. Pestañeó varias veces cuando una brisa helada la abofeteó. Miró a los dos lados. Se sorprendió al ver al botones plantado de pie, sujetando la puerta. No tuvo tiempo de abrir la boca cuando oyó una voz llamándola detrás suyo. Se dio media vuelta. Era Dionisio, caminando hacia ella. Se plantó a su lado, mirándola con sorpresa.

- Señora, su habitación está lista. - dijo comedidamente.

Teresa no supo qué decir. De súbito se preguntaba qué demonios hacía aquí. La respuesta que recibió de su alma fue un gran vacío. Presa de temblores, se abrazó fuertemente tratando de calentarse. Tratar de rechazar ese vacío que le producía una tristeza sin fin que casi la enloquecía.

Se espantó cuando una mano se posó sobre su brazo. La voz propietaria de esa mano sonó sinceramente preocupada.

- ¿Señora?

Levantó la vista. Estudió el rostro de Dionisio. Ojos azules serenos. Frente surcada de arrugas. Pómulos sonrojados por el frío. Bigote gris perfectamente recortado. Sonrisa cálida. De algún modo, el vacío de su alma se disminuyó ligeramente al percibir el agradable instinto protector en la mano del mayordomo. Asió la mano del mayordomo, aferrándose a esa calidez innata que desprendía ese hombre. Exhaló un suspiro de alivio, sintiéndose momentáneamente a salvo.

No se percató de que puso en marcha su habla.

- Quiero irme de aquí. - susurró tan bajo que obligó al mayordomo a acercarse para oírla. - Quiero irme. De aquí. De la ciudad. - Repitió, poniendo más énfasis para denotar la gran desesperación que sentía.

Se miraron tendida y largamente. Teresa leyó varias emociones en los ojos azules grisáceos. Confusión. Alarma. Protección. Comprensión. Al cabo de unos segundos, el hombre asintió con la cabeza, dispuesto a concederle su deseo. Sin preguntas.

Teresa trató de manifestar todo lo que podía con su silencio el agradecimiento eterno que sentía por su amabilidad.

- Señor. - El mayordomo se giró hacia el botones, quien los miraba expectante. Rebuscó su bolsillo del pantalón y sacó la llave del coche. - ¿Tendría la amabilidad de traernos el coche?

- Sí, con mucho gusto. - El botones cogió la llave y salió. - En cinco minutos.

- Gracias.

Teresa contempló cómo el botones bajaba por la gran escalinata. Una sacudida en su brazo la hizo volver la vista a su guardián silencioso.

- Debo volver. Voy a recoger su maleta. - Teresa soltó una exclamación al acordarse de ese inconveniente. Lo último que le apetecía era dar explicaciones acerca de su marcha precipitada al joven recepcionista. Dionisio pareció percatarse de su agitación ya que dijo lo siguiente. - No se preocupe. Me encargo de todo. Pero... debo avisarle que no hay transporte disponible a estas horas. Aunque seguramente lo habría en la estación de ferrocarriles de Bilbao. Tardaremos una ho...

Teresa lo interrumpió con sequedad.

- Lo que tarde. Me da igual. Gracias.

Se arrepintió de inmediato al ver la expresión de sorpresa de Dionisio por verse interrumpido con no muy buenas modales. Abrió la boca para disculparse. Pero el mayordormo no le dio la oportunidad, recuperando el semblante afable que sólo le conseguía producirle más vergüenza de lo que ya sentía por su trato funesto con ese pobre hombre.

- A su disposición, señora. No tardo nada. - Hizo una ligera reverencia antes de adentrarse en el hotel.

De súbito su cuerpo recibió una plaga de cansancio, golpeándola emocionalmente, dejándola sin fuerzas, invadiéndole una tristeza imposible de luchar. Se arrebujó en abrigo, tratando en vano de rechazar ese frío en su alma. El frío que se había adueñado de su corazón.

Una voz grave la sacó de la oscuridad. Frunció el ceño al levantar el rostro hacia el lugar de donde procedía la voz. Era el botones de pie, al lado del coche. Con la mano en la manilla de la puerta trasera, aguardando a que entrara.

Teresa bajó por la escalinata, con la cabeza baja, no pudiendo soportar la expresión entusiasta del botones. Entró en el coche, murmurando un "gracias". Por el rabillo del ojo, el botones levantó ligeramente la gorra diciendo que era todo un placer. Pero el hombre no volvió a su lugar habitual, sino que permaneció de pie con el rostro vuelto a las puertas de entrada del hotel. De vez en cuando, saludaba con alegría a los transeúntes.

La mujer detestaba la alegría inconfundible en la voz del botones del mostacho, sintiéndose más vacía que nunca. Hundiéndose en sus propias miserias. Hasta respirar le resultaba una tarea ardua. De su garganta brotó un gorjeo de llanto. Tapó rápidamente la boca, aterrada de ser delatada. Pero el hombre ni se movió, señal de que no la oyó. Apretó los ojos con fuerza y mordió los nudillos, buscando en su interior fuerzas de la nada para mantener su dignidad. Era lo único que le quedaba. Dignidad. Inspiró hondo, apartando la mano de la boca. Se irguió la espalda, esperando al mayordomo. Miró por la ventanilla. Vio la figura reconocible de Dionisio. Aunque sin la indumentaria del mayordomo. Se cambió por un traje gris y un abrigo negro. Cargaba una maleta pesada.

Por alguna razón, no podía despegar la vista de su propia maleta que oscilaba mientras Dionisio bajaba. Era como si la maleta cargara el peso de su propia alma. Un recuerdo fugaz atravesó en su mente. Se le cortó la respiración y sus ojos se abrieron como los platos.

Vio a Dionisio disponiéndose a ir hacia el maletero. Agitó la mano, tratando de atraer la atención del mayordomo. El hombre calvo se sorprendió pero se abstuvo de decir nada, dirigiéndose hacia su puerta. La abrió.

Dígame, señora. - Preguntó expectante.

Dame la maleta. Quisiera comprobar una cosa. - dijo, algo agitada.

Ah... Sí, por supuesto. Aquí la tiene, señora. - Su petición pareció dejarlo descolocado, aunque no dijo nada.

El buen hombre dejó con cuidado la maleta sobre las faldas de Teresa. Dionisio cerró la puerta y rodeó el coche hasta sentarse en el asiento de piloto.

Teresa dedicó una larga mirada en su maleta, cuyos bordes parecían abollados por el uso que se hacía. "El peso de su alma." Eran unas palabras perfectamente indicadas para ese objeto. Abrió las hebillas y levantó la tapa.

Su cuerpo tembló al reconocer ciertas cosas que evocaban su pasado y su presente que dejó de ser presente.

Pasó su mano por la seda de su camisón. Regalado por Héctor en su décimo aniversario de bodas. Apartó la mano como si la prenda quemara. Sintió un profundo arrepentimiento por el dolor que causó a su querido esposo. Por amar a otra persona que no era él.

Sus ojos resbalaron sobre un neceser. Abrió la cremallera. Sonrió al ver un pequeño espejo, regalado por su preciosa madre. Lo acarició con mucho afecto. Cómo le habría gustado estar con su madre en ese instante, poder llorar como una niña perdida y recibir unas palabras de consuelo que le devolverían cierta serenidad junto con una pequeña llama de esperanza. Pero sabía que en esta ocasión ni su madre podría ofrecerle consuelo, no. Estaba demasiado rota para ser saneada del todo. Guardó el espejo en el neceser y lo devolvió en su sitio.

Había algo en esa maleta que producía un fuerte magnetismo que hacía encoger su corazón. Esperó no equivocarse. No, no podía. Necesitaba tenerlo. Con todo su alma. Lo necesitaba. Como un último acto de su amor sin reservas antes de cerrar con un candado todos sus recuerdos con la familia Rivas y tirar la llave.

Su alma se inundó de alivio cuando sus dedos rozaron la forma inconfundible. Un objeto que fue su guía durante tantos años, señalándola los caminos que recorrer. Apartó la ropa y sacó el objeto envuelto en papel marrón. Lo apretó contra su pecho. Dio las gracias al Señor. Segismundo debió suponer que era una cosa insignificante que no ocupaba espacio en la maleta, por lo que lo dejó tal como estaba.

Tuvo la fuerte tentación de desgarrar el papel pero supo que no había marcha atrás. Ni tiempo para caer en los infantilismos. Hizo una promesa y la cumpliría. Dejó el objeto ligero encima de la maleta para comenzar a rebuscar en su bolso. Sacó un bolígrafo y una libreta. Arrancó una hoja. Tomó unos segundos para encontrar las palabras más adecuadas para la despedida. Sonrió para sí cuando las encontró. Las escribió en la hoja. La dobló en dos pliegues. Sobre el el papel marrón del objeto, escribió unas letras del remitente. Escribiéndolas, sintió un fuerte dolor que atenazó su corazón. No podía creerse que era su adiós. Al notar la vista ofuscada, apretó los ojos para impedir la salida de las lágrimas. Tomó aire para aliviar el peso del dolor.

Sin darse cuenta, abrió la boca:

- ¿Me podrías hacerme un pequeño favor? - Dionisio se giró mirándola y movió la cabeza afirmativamente. - Quisiera que llevara esto a la recepción.

- Será un placer. ¿Para quién es...?

Teresa lo interrumpió, extendiendo el objeto.

- Ya lo pone ahí. Y otra cosa. Quiero que les digas que la recepción no avise de esto hasta mañana. Hasta mañana. - Repitió con un tono que no permitía réplica aunque no era necesario porque Dionisio demostró ser un profesional, una cualidad muy rara de encontrar.

- Sí, señora. Ahora vuelvo.

El coche movió, indicando que el mayordomo salió. Teresa lo siguió con la mirada. Concentró en la mano de Dionisio que llevaba el objeto envuelto en papel marrón junto con la tarjeta. Esta vez no impidió que unos finos hilillos de agua salada recorrieran por las mejillas. Dionisio no era consciente de que le había sido entregado lo poco que le quedaba del alma roto. Se enjugó las lágrimas con la mano enguantada. Mientras aguardaba el retorno del hombre, ordenó el interior de la maleta, la cerró y la dejó a su lado. Cerró los ojos y se masajeó el cuello que estaba algo duro.

Se espantó cuando notó el movimiento del coche. Abrió los ojos para topar con el rostro afable del mayordomo. Teresa sintió una cercanía extraña hacia ese hombre. Raramente se sentía cómoda en presencia de cualquier extraño. Pero ese hombre de ojos grises y suaves rasgos le reconfortaba de algún modo. Sin palabras, asintieron con la cabeza con una ligera sonrisa. Teresa murmurándole un gracias. Dionisio, sacudiendo la cabeza, quitando hierro al asunto.

Puso en marcha el coche, dando comienzo a un recorrido, el más importante que hubiera hecho Teresa.

El recorrido que dejaría atrás el pasado y el presente, aguardándole un futuro incierto.

Sola con una maleta. Sin paradero conocido.

Ese pensamiento debería aterrorizarla pero no era así. Sólo quería huir. Quizá en otro lugar, encontraría algo por lo que merecía vivir. Nuevo trabajo. Nuevos retos. Nuevas caras. En su mente, se dibujó las líneas en un principio irreconocibles que van trazando el rostro de su hermano. Pese el agotamiento, sonrió al saber que había encontrado una respuesta: su destino sería Barcelona, donde se encontraba su hermano Alfonso, de gira pugilística.

Supo que no estaría sola del todo.

Tras esto, se dejó vencer por el sueño. Sólo se despertó una vez cuando notó la ausencia del movimiento en el coche. Abrió pesadamente los ojos y apenas podía ver nada. Notó una mano sobre su hombro. Oyó la voz de Dionisio que denotaba pesar por despertarla y ¿tensión? Semiinconsciente, sólo pudo captar algunas palabras: falta de gasolina, masía encontrada. Asintió con la cabeza, antes de sumirse de nuevo en la reparadora negrura onírica.

Esa negrura la envolvió como un abrazo reconfortante, ajena a todos los sufrimientos que la habían estado atormentando. Susurrándole nanas a sus oídos.

Se removió inquieta cuando esa negrura comenzaba a distanciarse de ella, como una sirena despidiéndose de su enamorado marinero. Trató de aferrarse en vano a esa oscuridad. La luz la llamaba con insistencia. Sus ojos abrieron, a la vez que daba gruñidos cuando una luz la cegaba. Y la brisa entró como un remolino en el interior del coche. Aclaró la vista y vio a Dionisio, mirándola entre turbado y sonriente.

- Disculpa por despertarla. Pero ya hemos llegado. - anunció el mayordomo.

- ¿Ya? - Se sorprendió.

- Señora, hemos estado recorriendo más de una hora. Estamos en la estación de trenes. Hemos tardado más de lo previsto, dado que el coche sufrió una fuga de gasolina. - Le notó algo titubeante. "Pobre hombre, se siente mal por despertarme.", pensó Teresa.

- Ah... no pasa nada. - No supo qué decir, todavía aturdida por falta de sueño y cansancio. - Muchas gracias.

El hombre dio la vuelta y abrió la puerta de otro lado para coger la maleta pesada. Mientras tanto, Teresa se abotonó el abrigo antes de apearse. En cuanto estuvieron listos, entraron por la entrada de la estación ferrocarril y se quedó impresionada al ser recibida por una majestuosa e inmensa vidriera, bajo la cual se escribía "Estación de Abando". La vidriera le pareció muy vibrante y colorista. En el centro, se levantaba un bello reloj, alrededor del cual mostraba un paisaje rural junto con unos personajes haciendo los labores del campo. Un aspecto que distaba por completo de la gris y urbana ciudad bilbaina gris.

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Y tampoco no concordaba con el aspecto interior de la estación. Había poca gente. Miró la hora. Era la una y media de madrugada.

Rompió el hechizo que le produjo la espectacular vidriera cuando oyó a su lado la voz de Dionisio, quien dejó en el suelo la maleta:

- Señora, ¿desea información de los itinerarios?

La pregunta la dejó descolocada, no acordándose de que se encontraban en la estación de ferrocarriles. Recuperó el habla.

- Sí, desde luego... - se paró al darse cuenta de que realmente no sabía adónde quería irse. Titubeó. - No sé... podrías preguntar qué trenes salen en estos momentos...

- Sí, señora. - Dionisio hizo una pequeña reverencia con la cabeza antes de dirigirse al puesto de información.

En ese instante, su mente de pronto dibujó el rostro de su querido hermano, acordándose de su resolución que tomó antes de dormirse en el coche.

- Espera un momento. - llamó al mayordormo, quien se paró, mirándola con interés. - Por favor, pregunta a qué hora sale el tren con destino a Barcelona. Es adonde quiero ir. - Hizo una pausa mientras abrió el bolso. Sacó unas pesetas. - Tómalas para comprar un billete de ida.

Podría haberse encargado perfectamente ella del todo, pero en ese momento no quería estar sola antes de emprender el recorrido que significaría la ruptura de todo enlace con el apellido Rivas y Perea. La presencia de Dionisio le producía cierto alivio en su alma, sabiendo que el mayordomo no la cuestionaba. Y también tenía la certeza de que no revelaría jamás el paradero a la señora Riva cuando se lo pidiera.

Dionisio asintió, cogiendo el dinero antes de echarse a andar. Pese a que el hombre ya no podía verla, Teresa asintió con la cabeza a modo de agradecimiento. Miró enfrente, viendo pasar a los pocos transeúntes por ese espacio poco iluminado.

Observó a una pareja joven mirándose el uno a la otra embelesados, entre los cuales no existía la palabra distancia. Felices con la excusa del frío para apretujarse más el uno contra la otra.

Mientras la pareja gozaba de ese calor, Teresa se abrazó más, sintiéndose helada por fuera y por dentro. El calor en su interior apaciguaba poco a poco, como una llama de la cerilla a punto de extinguir. Desesperanza. Tristeza. Soledad. Cerró los ojos. En contra de lo que la mente dictaba, su corazón dibujó en sus retinas las facciones femeninas, provistas de una elegancia natural y sensualidad carismática.

Ana Rivas.

Esas dos palabras evocaban varios fragmentos de vida.

La mujer que le robó el fuego de la vida. La mujer que se adueñó por completo de su corazón. La mujer que le enseñó lo que era amar para después perder el amor. La mujer que le enseñó cómo reír. Pero lo que no le enseñó era cómo volver a reír, cómo volver a experimentar un amor semejante y cómo encender de nuevo la llama del corazón... Cómo vivir sin ella.

Su corazón está en la deriva, en un paradero desconocido. Inconscientemente, su mano se posó sobre el corazón, en un puño cerrado... para no notar ningún latido.

Al abrir los ojos, notó su vista difuminada por las lágrimas que se rebelaban por no brotar. Debía aprender a vivir de nuevo. Sin amor. Sin corazón. Sin sueños. Sin risas.

Salió de su ensimismamiento cuando notó el acercamiento de Dionisio. Observó su expresión grave. Era algo extraño en ese hombre habitualmente sereno. Teresa encarcó las cejas, súbitamente preocupada.

- ¿Hay algún problema? - preguntó.

- No, bueno sí. - Alargó el billete de tren junto con unas monedas de cambio. - Espero que no le importe comprarlo sin haberlo consultado antes. Señora, no hay ningún tren de Barcelona en estos momentos. Sale en una hora. - explicó sin alterar su expresión grave.

- ¿Una hora? - Repitió entre asombrada y fastidiada. - ¿Tanto?

- Sí, lo siento. ¿Hice mal en comprar el pasaje?

Por un momento se le pasó por la cabeza contestarlo con malos modos. Deseaba tanto irse de ahí aunque el destino fuera Ceuta. Pero fue mirar los rasgos solemnes del hombre y se arrepintió del fugaz pensamiento, dándose cuenta de las buenas intenciones de Dionisio. Él no había hecho más que ayudarla sin preguntas, incluso cuando quería irse del hotel nada más llegar.

Suspiró, resignada.

- No lo hiciste mal. No te preocupes. - Cogió el billete y el cambio. - Gracias por todo. Puedes irte.

- ¡No! Por favor, no. - saltó, un tanto nervioso, espantando a Teresa, un tanto sorprendida por el cambio de actitud.

Dionisio de pronto se dio cuenta de su actitud fuera de lo común y recuperó la compostura.

- Señora, siento mucho si mi actitud le ha resultado grosero. Verá, no me sentiría tranquilo si la dejara sola a estas horas. Quisiera acompañarla hasta que coja el tren. Le estaría sumamente agradecido si me concede este gusto.

- Oh... - se quedó sin habla.

Pese a que lo veía en contadísimas ocasiones, siempre apreció a este hombre por sus modales exquisitos, amables y provistos de emoción. Nada que ver con los de Segismundo, el imperturbable mayordomo de los señores Rivas.

- Vale. Lo acepto con gusto.

Sintió un ramalazo de afecto hacia ese hombre, cuyos rasgos habían cambiado por completo, dando paso la gravedad a la ilusión al verse concedido su deseo. Por lo menos, notó que su alma no era del todo vacía, gracias a la gentilidad que todavía florecía en las almas desinteresadas como la de ese mayordomo.

- Gracias. Mi señora, su tren para en el anden del fondo. - Teresa asintió mientras que Dionisio cogió la maleta. - Si desea, puede reposar en la sala de espera.

- No, gracias, prefiero ir ahí mismo. - declinó la oferta, cansada de esperar tanto. Prefirió el frío, que le hacía recordar que estaba viva.

- Como usted mande, mi señora.

Dionisio emprendió la marcha hacia el anden donde se pararía el tren. De vez en cuando miraba atrás, comprobando que Teresa le seguía. Salieron al exterior, dotado de una única marquesina de dimensiones gigantescas que abrigaba todas las vías. La hicieron empequeñecerse, en medio de tanto aparatejo, humareda, herrumbre y ruido.

El mayordomo le indicó un banco. Teresa le dio las gracias y se sentó. Era duro pero servía para acoger su pequeño cuerpo, demasiado castigado por los viajes. La maleta la dejó a su lado. Se percató de que Dionisio no se sentó, por lo que levantó la vista.

- Señora, ¿me concede unos minutos para ir a los servicios? - preguntó, algo avergonzado.

- Desde luego. No me moveré de aquí. - respondió, sorprendiéndose al comprobar que todavía tenía fuerzas para sonreírle. "Dios Santo, los hombres son tan remilgados cuando quieren. Ir al servicio no supone ninguna humillación.", pensó atónita.

El mayordomo salió de ahí a toda prisa, agradeciendo atropelladamente.

Teresa contempló divertida la escena antes de centrar la mirada en la arquitectura mecánica, que casaba perfectamente con el auge industrial de la ciudad bilbaina. Al cabo de unos minutos, se cansó. Decidió levantarse para estirar un poco sus piernas. Miró a los dos lados, buscando la figura de Dionisio. Y no lo localizaba, extrañada por su tardanza. Probablemente se habría perdido. Esa posibilidad la alarmó. Miró la hora. Todavía quedan tres cuartos de hora. Sopesó si ir o no a buscarlo. Cuando decidió ir a buscarlo, un auxiliar de estación acudió en su encuentro.

- ¿Puedo ayudarla, señora? - preguntó con cortesía.

La mujer se quedó un poco sorprendida por la presencia súbita del joven que vestía con la inconfundible gris indumentaria de personal de trenes. Probablemente, el joven creyó que ella requería su ayuda al verla de pie con una expresión dubitativa.

- No, gracias. Es usted muy amable. Sólo voy a buscar un compañero que está tardando. - explicó.

- De nada. Si necesita ayuda, me encontrará aquí. - tocó el ala de la gorra.

- Lo tendré en cuenta. - Teresa se despidió, yendo en busca del mayordomo.

- ¡Espera! Se olvida de la maleta. - avisó.

- Oh, muchas gracias. Ando tan despistada. - Se disculpó, un tanto avergonzada por ese despiste que le podría haber costado caro. Sólo le faltaría llegar al destino sin ropa. Volvió al banco donde reposaba la maleta. La cogió. - Gracias de nuevo.

- No se preocupe. ¿Viaja? - Teresa movió afirmativamente la cabeza. - ¿Cuál es su destino?

- Barcelona. - respondió de mala gana. No tenía muchas ganas de charla, pese a que el joven estaba cargado de buenas intenciones.

- Barcelona. - repitió el auxiliar, como si tuviera importancia. - ¿Tendría usted la amabilidad de darme un momento su pasaje?

Le extrañó mucho esa petición, pero la seriedad del joven la convenció de alguna manera. Sacó el billete y lo extendió. El auxiliar lo cogió y lo revisó con detenimiento. Las cejas se enarcaron.

- ¿Cuándo lo ha comprado? - preguntó, con la misma seriedad.

- Pues... pues... - calculó mentalmente el tiempo. - hará unos veinte minutos... ¿Hay algún problema? - preguntó alarmada.

- No, no, desde luego. No sé si ha sido una equivocación. O no. Quiero decir que la he visto sentada desde hace un cuarto. Y me extraña que no haya comprado un billete de otro tren que sale en cinco minutos.

- ¿Cómo?

- Sí, en cinco minutos.

- Debe ser una equivocación.

- Puede serlo. Debe haberle otorgado la información errónea. Aún puede ir...

- Debe serlo... - le espetó indignada. Por el rabillo de ojo, vio a Dionisio. Se dio media vuelta y agitó la mano, pidiéndole que se acercara. - Señor, aquí viene mi compañero. Nos lo puede aclarar. - dijo secamente al auxiliar. - Esperó a que el mayordomo se acercara a ellos. Dionisio la miró expectante. - Este hombre dice que ha habido un error. Hay un tren que sale en estos momentos hacia Barcelona. Debieron informarte mal...

Sus palabras murieron en la garganta al ver cómo el rostro del mayordomo se tornó blanco como el papel. Fue cuando supo que algo iba mal. Dionisio evitó su mirada, bajando la cabeza, mientras sus dedos jugueteaban nerviosamente el ala de su sombrero.

- ¿Qué pasa aquí? - Al no recibir ninguna respuesta, se disparó más de una alarma en su mente. Notó cómo la agitación se acrecentaba en su interior. No pudiendo más con la incertidumbre, asió con fuerza el brazo del mayordomo, ignorando la expresión incrédula del auxiliar. - ¿Qué demonios está pasando aquí?

Dionisio levantó la cara, cuyos rasgos parecían haber envejecido diez años años. Posó sus ojos grises sobre los marrones. Teresa leyó en ellos una serie de emociones: arrepentimiento, determinación, miedo.

- Yo... le mentí...

No tuvo tiempo de digerir la revelación cuando una voz colérica gritaba de lejos. Teresa y Dionisio se quedaron helados al reconocer la voz. Se miraron el uno a la otra, tendida y largamente. El mayordomo suplicando su perdón y ella, no pudiendo digerir la traición que le acababa de cometer.

El parálisis que pareció tenerlos apresados se rompió cuando oyeron a la persona acercándose, a toda prisa. Teresa desvió la mirada del rostro ceniciento del mayordomo para contemplar a la persona recién llegada que venía con una expresión que no auguraba nada bueno.

Una visita inesperada. ¿O accidental? ¿O casual? ¿O un chiste del destino? Pronto sabría la respuesta.

Incluso el auxiliar, que parecía haber olido el peligro que avecinaría, se apartó inconscientemente de ellos.

La imagen de la persona le produjo un vorágine de emociones que casi la hicieron desmayarse, sin fuerzas para enfrentar lo que vendría. No sabía si llorar o reír.

Cerró los ojos para procesar a cámara lenta lo que acababa de ver.

El taconeo fuerte y duro, los ojos llameantes de furia, los labios apretados, el rubor en las mejillas, las manos en un puño cerrado...

Esa presencia tan letal y tan bella embrujó por milésima vez a Teresa, quien se olvidó por completo de dónde se encontraba. Incluso se olvidó de respirar.

Abrió los ojos cuando su brazo fue agarrado violentamente, a la vez que la voz aclamaba:

- ¿Qué es eso? - gritó. - ¿Qué es eso? ¡¿Qué hacías ahí, presentándote en el hotel para dejar esto?

No supo qué decir. Ni notó el pinchazo de dolor que asaltó el brazo por el apretón nada amistoso. Contuvo la respiración al percatarse de que no había visto a Ana Rivas Llanos en unos nueve largos días. En toda su esplendor. Si, la vio antes en el hotel. Pero sólo de espaldas. Y en compañía de... Su mente se detuvo, no queriendo torturarse más de lo necesario.

Estaba segura de que todo era una ilusión. Sí, todavía estaba durmiendo. Pero en el fondo sabía que se estaba engañando.

No estaba ante una pesadilla cruel, sino la realidad cruel. Estaba frente a Ana Rivas. Cara a cara.

Tan real como la pesadilla.

Tan real como las personas que miraban asustados la escena.

Tan real como el dolor que atenazaba su corazón.

Se acordó de que no estaban solas. Volteó el rostro. No sabía si sentir furia o agradecimiento.

Dionisio.

El mayordomo formuló las miles y una disculpas que se le podía ocurrir. Y Ana Rivas, haciéndole todo tipo de amenaza imaginable.

Teresa miró abajo. Vio la mano enguantada de la aristócrata, apresando sin tregua su brazo.

- Dionisio, déjanos un momento a solas. - se sorprendió por la calma con la que pronunció.

Ana Rivas, cegada de rabia, puso más presión en el apretón, haciéndole casi doblarse. Pero Teresa apretó los dientes, soportando el dolor, mientras sostenía la mirada desesperada de Dionisio.

El mayordomo bajó la vista, asistiendo. El hombre hizo una ligera reverencia con la cabeza, retirándose, no sin antes formular la milésima disculpa a su doña. Observó como Dionisio se llevaba al joven auxiliar atónito, diciéndole con amabilidad que las disculpara y que tenían asuntos de que tratar. Sonrió para sí misma cuando oyó al joven murmurando que preferiría enfrentarse antes al mismísimo diablo que antes a dos mujeres furiosas.

Aguardó a que los hombres estuvieran lo suficientemente lejos de ellas para oírlas. Giró la cara, con la vista clavada en Ana. Exhaló un largo suspiro, todavía aturdida por la presencia de la mujer.

Pero también sabía que Ana sentía de todo hacia ella salvo afecto. Se miraron la una a la otra. Desafiándose. Retándose. Suplicándose.

No tolerando más el escrutinio visual que le sometía Ana, Teresa fue la primera en tomar la iniciativa, cogiendo la mano de Ana apartándola gentilmente de su brazo.

- No te esperaba aquí. - pronunció débilmente antes de sumirse en otro largo y tenso silencio.

Ana la estudiaba con detenimiento, buscando algún trazo de falsedad, mentira o lo que fuera que estuviera buscando. Los ojos avellana recuperaron la furia letal, taladrando los suyos sin piedad.

En esta ocasión, Ana habló en voz baja, pero denotando más que nunca lo que sentía: una ira tan palpable que podía golpearla en plena cara sin pestañear.

- Entonces, ¿qué representa esto? ¿Tu teatro? - susurró con la furia vibrando en el tono de la voz.

Teresa notó la dureza de algo golpeando sin cesar contra su pecho. Bajó la vista. Sus ojos abrieron como los platos.

- Pero... pero... esto no debía seros entregado hasta mañana... ¿Cómo lo supiste? - habló pausadamente, sin salir del asombro. Fue tajante con Dionisio, pidiéndole que no fuera entregado hasta el día siguiente. Una luz encendió en su mente. - Claro... Dionisio te lo dijo.

- Sí. Llamó a nuestro hotel, diciendo no sé qué... que estuviste en el hotel pero que estabas de camino a la estación de Bilbao... - "Claro, fue por eso que Dionisio paró de conducir a mitad del recorrido, con el pretexto de la fuga de gasolina para telefonear a doña Ana... avisándola." No sabía si agradecerle o maldecirle. Ana continuó. - Y que tenía algo en la recepción. Pensé que era una broma. Pero bajé y me dieron esto... Y me encuentro con este mensaje. Oh, voy a recitarlo... - hizo una mueca burlona pero Teresa la interrumpió con dureza.

- Es para Alicia.

- Sí. Sí para ella. Ah, espera, espera, pusiste "Querida, mi preciosa Alicia. Aquí tienes lo prometido. Fue mi guía durante muchos años. Y te lo lego. A partir de ahora, será tu guía. No nos veremos más pero recuerda que siempre estarás en mi corazón. Tu tía Teresa que siempre te querrá." - leyó burlonamente la tarjeta.

El cuerpo de Teresa comenzó a sacudirse incontrolablemente, no pudiendo detener los temblores. Oír sus palabras de la boca de Ana despidiéndose de su preciosa criatura era todo un tormento. ¿Por qué Dios está dispuesto a hacerle pasar por este martirio antes de iniciar una nueva vida sin sus seres más importantes?

Sin Héctor. Sin Ana. Sin Alicia.

La presencia de la preciosa mujer sólo le hacía recordar todo lo que había perdido y todo lo que no volvería a experimentar.

La felicidad. La pasión. El amor. La pureza.

- Qué cruel. - murmuró Ana, mirándola sin piedad. - ¿Es una tomadura de pelo? ¿O eres así tan retorcida? - Se pausó, mirando tan asombrada como disgustada al objeto. Lo puso a la altura de lo ojos, casi tocando la nariz.

Era un libro, cuya cubierta era de un color verde brillante, ocupando en buena parte dos personajes sentados, codo con codo, sonriendo risueñamente. Eran el hombre de hojalata y el espantapájaros. Y el tercer personaje, un león majestuoso se refugia en los contornos de dos letras rojas OZ. Su precioso tesoro. Su guía. Su mentor. El maravilloso mago de Oz.

- Sí. - respondió, despertándose de la hipnosis que le producía el libro.

- Dios, no te creía cobarde. Cualquier cosa sí, pero no cobarde. Explícame qué hacías en el hotel. ¿Cómo nos has encontrado? ¿No te lo dejé claro? ¿Por qué no nos dejas en paz? - escupía cada palabra como veneno. - ¿Es una tomadura de pelo? ¿Por qué no vuelves con el imbécil de Héctor? ¿Y te montas tu feliz familia? No te creía tan cruel como para restregármelo a la cara. A estas alturas.

Dejó de oírla, sintiendo cómo la furia bullía en las venas. Ana estaba siendo injusta. Lo dejó todo. Sólo por ella. Por esta mujer egoísta. Por la dulce madre de Alicia. Su vista se tiñó de negro y dejó que la ira se adueñara de ella, olvidándose del maldito decoro.

Teresa, no pudiendo más con el ataque despiadado, le propinó una sonora bofetada, acallándola.

- ¡Cállate! - gritó. - ¡Cállate! ¡No tengo nada! ¡Lo he dejado! ¡Héctor! ¡Los Almacenes! ¡Todo por ti! - Empujó sin cesar a Ana, haciéndola retroceder. - ¿Por qué no me dejas? ¡¿Por qué no te vas de aquí? No te quiero ver más. - gritó.

Se detuvo en seco cuando sintió una fuerte punzada de dolor que le hizo casi noquear el cuello. Su mente se quedó blanco, cobrando conciencia de la realidad. Y del dolor que martillaba la mejilla. Lentamente, levantó la mano y se cubrió la mejilla enrojecida. Paralizada, la miró sorprendida. Pestañeó más de una vez.

Ana le había devuelto la bofetada.

- ¡Silencio! - gritó Ana, casi a jadeos. - Silencio. - repitió, pero disminuyendo la voz. Teresa estudió la expresión de la mujer alta. Lo que vio la dejó más sorprendida que la bofetada en sí. Ana la miraba con odio y...¿con amor?. La mujer alta murmuraba, con voz algo desafiada como un animal herido. - Te odio. Ni el mismo Dios puede saber lo mucho que te odio. Y lo mucho que me odio a mí misma. - Se miró a sí misma con desdén. - Por permitirme todo esto. Por permitirme amarte. Por permitirte que me destroces. Por permitirte que me persigas. Hasta en sueños. - Su voz se quebró, con algunos sollozos asaltando su pecho. - ¿Por qué... no me paraste... cuando me fui?

Antes de que pudiera contestar, Ana agarró con ambas manos las solapas de su abrigo, arrastrándola hasta un pasillo interior. La mujer alta miró por los dos lados. Teresa estaba demasiado aturdida por el giro de los acontecimientos que no reaccionó cuando la arrastró hasta el interior de la cabina telefónica. Ana corrió la pequeña cortina, sumiéndolas en la oscuridad, sólo rota por una tenue línea de luz que logró traspasar la cortina. Sin tiempo para recuperarse de la sorpresa, los labios de Teresa fueron asaltados con violencia por los de Ana, besándola arrebatadamente. Teresa se olvidó de respirar, cerrándose los ojos, ahogándose en el frenesí de la pasión. Guiada por el instinto, sus brazos rodearon la larga espalda de Ana, estrechándola contra sí. Ambas emitieron un leve gemido, ignorando el golpe seco de la caída del libro.

Ana se separó y quitó el abrigo de Teresa. Acto seguido abrió sin miramientos la blusa, haciendo saltar los botones.

- ¿Qué demo...? - Teresa protestó débilmente, totalmente perpleja.

Volvió a ser silenciada con otro delicioso y feroz ataque de besos. Su respiración se cortó al notar las manos frías acariciando tortuosamente su piel desnuda. Teresa sintió cómo rozaba peligrosamente la línea de la locura cuando una boca ardiente se separó de sus labios enrojecidos para recorrer sobre la línea de la mandíbula, mordisqueando sin tanta gentilidad el cuello, lamiéndolo, saboreándolo. Su vista se tiñó de negro, de hambre, de deseo, de lujuría insaciable, de la pasión enloquecida. Emitió un sonoro gemido cuando unas manos delgadas rozaron debajo de los sostenes, acariciando y jugueteando los pechos. Invocando el poco control que le quedaba, se llevó una mano a la boca y se mordió fuertemente, silenciando sus propios sonidos, mientras la otra mano hundió en el cabello de Ana. Perdió el juicio cuando recibió un nada amable pero exquisito mordisco en su seno derecho, donde se encontraba su corazón. Como si pretendiera conquistarla, robarla, arrebatársela. No importara el propósito que tuviera Ana, simplemente le robó el corazón hacía mucho tiempo. Para ser exacta, desde aquel verano. Teresa no lo supo hasta entonces. Unas lágrimas de felicidad, tristeza y deseo resbalaban por las mejillas.

- Te quiero. - declaró al fin, entre gemidos. - Te quiero con cada fibra de mi ser. Mi Ana.

Ana se separó violentamente, saltándose en pie, causando que la espalda se rebotara contra la pared de la cabina, olvidándose del espacio reducido. Apoyada sobre la pared, la miró con asombro. Y con dolor. Jadeando. Por otro lado, Teresa gimió (casi gruñó) ante la ausencia de contacto, abandonándola sólo con el dolor del placer palpitando tortuosamente en las partes íntimas. Pero verla tan indefensa, tan desnuda... tan sola le hizo olvidar de sus propios lamentos. Cerró brevemente los ojos, acordándose de respirar apropiadamente y recobrar el sentido. Los abrió y la vio. Se tapó la boca, tratando de contener los sollozos. Verla así le dolió tanto. ¡Cómo quisiera tanto abrazarla en ese momento y besarla! Pero supo que no era el momento. Ana estaba demasiado herida para pensar con claridad. Y lo que necesitaba no era ella. No, aún no. Ana necesitaba la verdad. Algo que nunca le dio hasta entonces. Ahora era el momento indicado.

- Te quiero. - repitió, ahora sin deseo, pero poniendo más énfasis que nunca el amor que sentía hacia esa mujer.

Al pronunciar esas dos palabras, su corazón lloró, rió, cantó. Su corazón por fin había conocido la libertad, de expresarse libremente, de dar rienda suelta a los sentimientos que lo habían acosado sin tregua. Sin miedos. Sin etiquetas. Sin moralismos.

Ana era otra historia. Parecía un conejo asustadizo. No asumía la verdad. Su cabeza no hacía más que sacudir a modo negativo.

- No... - Ana negó débilmente. Apartó la vista, abrazándose, a la defensiva. - No. No puede ser. - repitió como si tratara de convencerse que era una ilusión que le había creado su mente traicionera.

El rechazo le dolió aunque, siendo franca, no podía culparla. Ella misma la rechazó constantemente aunque de un modo inconsciente. Sabía que debía concederle espacio. Por ahora. "Apenas hay espacio aquí", pensó irónicamente. Bajó la vista. Lo que vio le hizo sonreír. Sus ojos engrandecieron al ocurrírsele una idea. Se agachó y cogió el libro que Ana debió haber hecho caer en algún momento de la pasión.

Miró las caras sonrientes de los personajes que parecían decirle: "Ahora es tu momento de hablar." Asintió como respuesta. Sabía que era ridículo. Pero lo único que sabía era que debía poner todas las cartas en la mesa. Hablar con el corazón. Sin fisuras. Sin ambigüedades.

Sin despegar la vista del libro, empezó a hablar en voz baja, consiguiendo atraer la atención de Ana.

- ¿Sabes qué? Aunque suene raro, este libro ha sido mi mentor durante muchos años. Señalándome los caminos que recorrer. Como ya sabes, el hombre de hojalata anhela un corazón para poder sentir de nuevo, amar de nuevo... el espantapájaros, un cerebro para pensar y ser independiente... y el león, valor para afrontar sin miedo. - Levantó la vista y rió débilmente. - ¡Parezco una loca! - Su sonrisa se esfumó al ver la mirada vacante de Ana. Pero no se vino abajo, prosiguiendo. - Y esto... es tuyo. - Murmuró, sonriendo ante la expresión confusa de Ana. - Sí, es tuyo. No te acordarás... pero en el día de Navidad Alicia desenterró una caja del bosque de la Villa Fortuna. La casualidad era que esa misma caja la enterré yo de pequeña después de encontrarla. El cuento estaba en esa caja. Lo cogí y me lo guardé. - Los ojos de Ana se tiñeron de desconcierto. Teresa sonrió mientras continuaba. - Sí. Hasta ese día no supe que te pertenecía. Llevaba tus siglas. - Ana frunció el ceño, pero en seguida sus ojos abrieron como los platos, acordándose de pronto de un detalle. Teresa asintió. - Sí, era por esto que Alicia estaba extraña. Pero no es esto lo que quiero decirte... - Se hizo una pausa para encontrar las palabras adecuadas. Aclaró la garganta. - ¿No te das cuenta de que todo esto significa algo? ¡Sí! Mira, todo nos une. Pensé que era una casualidad, pero ahora creo que de algún modo la caja nos ha unido a través del tiempo. Tý, yo y Alicia. Estamos conectadas por el destino... Debes entender que, Ana, es nuestro destino. Juntas. Ana...

Su voz se quebró, con un nudillo en la garganta, incapaz de hablar. Se acercó a la mujer alta. Cogió la mano de Ana y la puso sobre su corazón. Tragó la saliva antes de hablar, sin apartar la vista de los ojos avellanas, en los cuales todavía percibía una batalla interna.

- Este libro me guió hasta a ti. Si no fuera por esto, no me habría guiado hasta Madrid para luego volver a la Villa Fortuna... y enamorarme de ti. Pero... - se interrumpió. - Cuando te besé... y me besaste... Quiero decir, en cuanto supe lo que estaba haciendo, te empujé. - Le dolió observar cómo los ojos avellana parpadeaban ante la memoria del dolor del rechazo. - Ana... yo estaba aterrorizada no por el beso en sí que ya me asustó... pero era por lo que sentí por ti. Jamás había pensado que podía haber más de una forma de amar. Que podía llegar a sentir por otra persona algo semejante o algo más fuerte a lo que sentía ya hacia Héctor... sin decir que había besado a una mujer. ¡Una mujer! - enfatizó, señalando a Ana. - Y... sin darme tiempo de digerir nada, te fuiste. Me quedé aliviada. Lo reconozco... Pero también me sentí herida... no, corrijo, me sentí abandonada. Porque me dejaste con unos sentimientos que ni yo misma entendía... Y tampoco podía acudir a nadie... No, no te culpo. Consideraste que era lo mejor para nosotras. Pero también pensé que te fuiste por vergüenza... por mí. Así que hice lo más práctico que supe hacer: enterrar esos sentimientos en lo más profundo de mi alma... Y me fue bien. Fui feliz con Héctor. Incluso con los altibajos. Pero... cuando volviste hace unos meses... nada más verte, mi mundo en el que me sentía bien protegida se derrumbó. Sólo te bastó con... - Hizo un chasquido de dedos. - Y volví a enamorarme de ti. Creo que no habría cambiado mucho la situación si no te hubieras ido de la Villa Fortuna... Porque era algo que debía enfrentarme yo sola. Pero no, me avergoncé de mi misma, enterrando mis sentimientos en el fondo de mi alma. Fingiendo ser feliz. Siendo una buena esposa. Siendo una buena hija... Pero no quiero esto... Ya no... - Ana... ¿Sabes qué? Todo este tiempo pensé que estuve luchando contra ti, contra todo lo que representabas... Un pecado. Pero me equivoqué. Y no supe verlo hasta hace poco... Que contra quien estuve luchando era contra mi misma. Contra mi corazón. No contra ti. No tú. ¿Sabes? - Señaló con el dedo el libro. - Siempre me sentí identificada con el león... porque quizá representa todo lo que he perdido. Tu entrega. Tu honestidad. Tu valor... Tu amor. Sobre todo, tu valía. - Agarró entre las manos el rostro de Ana, cuyas mejillas estaban húmedas por las lágrimas que brotaban. Teresa las enjugó con afecto. - Gracias a ti, he encontrado el coraje. Para amar. Para hacerlo, necesito tu corazón. Juro que lo protegeré con honradez, lealtad y amor. ¿Me concedes este honor? Es todo lo que puedo ofrecerte. Sé que es poca cosa... pero por aho...

Interrumpió el habla cuando unos labios húmedos, besándola con tal fuerza y deseo que su cuerpo volvió a experimentar la exquisita tortura que palpitaba en las partes íntimas... que le urgían tal inmediata satisfacción... Unos abrazos rodearon la espalda, aprisionándola con fuerza, casi asfixiándola. Dejándola sin respiración. Pero no le importó. Una recuperada de la sorpresa, le devolvió el beso con la misma intensidad, transmitiendo todo lo que sentía hacia esa preciosa mujer. Clavó las uñas en la espalda de la mujer, provocando un gemido que a sus oídos era el sonido más exquisito del mundo. El beso se tornó apasionado, feroz, húmedo... dando rienda suelta a la pasión que había permanecido dormida en ambas.

Teresa jamás pensó que en un beso deleitaría con una explosiva fusión de cuatro sabores. La dulzura de la saliva, la salinidad de las lágrimas, la amargura del ardor insatisfecho y la acidez del dolor.

A falta del oxigeno, se separaron de mala gana. Con las frentes pegadas, se miraron bebiéndose en las profundidades de los almas. Teresa jamás se había sentido tan completa como en ese instante. Como si hubiera encontrado la pieza final que le faltaba para dar sentido a su existencia.

- ¿Eso? ¿Quiere decir que...? - Teresa tanteó, aún indecisa con el significado del beso.

- Sí. - Ana sonrió.- Te quiero.

La felicidad retumbaba en su alma. Era la primera vez que Ana pronunciaba esas dos palabras tan preciosas. Sin resentimiento. Sin odio.

Teresa tomó el rostro entre las manos y clavó en los ojos avellana una mirada llena de determinación.

- Te quiero. Te amor. Te necesito. Te deseo. Dios, no te puedes imaginar lo mucho que te deseo tanto.

Ana limpió con el dorso de la mano las lágrimas. La miró con dulzura pero al mismo tiempo con seriedad. Incluso parecía algo titubeante.

- Pero... ¿eres consciente de que las cosas no serán fáciles? Yo... puedo soportarlas... pero quiero decir... no es necesario decirlo a los cuatros vientos... pero ciertas personas se darán cuenta por mucho que nos esforzamos ocultándolo.

- Lo sé. Soy totalmente consciente... aunque debo confesarte que algunas de estas personas... muy cercanas a nosotras ya están al tanto. No por mí... - Los ojos avellanas se tiñeron de confusión y sorpresa. Parecían decirle: ¿Quiénes? Teresa no sabía si decirlo o no. Pero tarde o temprano Ana acabaría sabiéndolo. - Héctor. - Los ojos de Ana se engrandecieron. - Sí. Él. No sé cómo... La cuestión es que leyó mi diario personal... - No le apetecía hablar de él. No ahora. Y Ana lo intuyó.

- Lo siento. - concedió, sinceramente apenada. Teresa le agradeció. - Pero si no entendí mal, hay alguien más.

Teresa se golpeó mentalmente. No pensó en ello más, pensando que con Héctor podrían zanjar el tema por el momento. Dios, ¿cómo tomaría Ana en cuanto lo supiera? Pero el error ya estaba hecho. Le habría gustado conceder tiempo a Ana para disfrutar antes de digerir otra información espinosa. Aclaró el nudillo de la garganta antes de murmurar. Pero lo dijo tan bajo que Ana no lo oyó.

- No te oigo... ¿Qué decías?

- Sí... tu madre...

- ¡¿Qué? ¿Có..?- casi gritó. Se paró cuando Teresa agitó las manos, señalando fuera. Recordándole que estaban en un lugar público. Vio a Ana masajeándose las sienes. - Creo que te entendí mal. Dijiste mi madre. ¡Por favor! Es imposible. - Se echó a reír ante la ridiculez.

- No, no entendiste mal. Tu madre, doña Encarna, es la culpable de que esté aquí. - Ana soltó un gemido de asombro. - Espera... déjame explicarlo antes. Cuando te fuiste... el día... - Se pausó, no queriendo retroceder a ese día cuando leyó el mensaje de despedida de Ana, pidiéndole que las olvidara. Leyó una expresión de arrepentimiento profundo el semblante de Ana. Exhaló un largo suspiro antes de proseguir. - Tranquila, ya hablaremos de esto luego. Bien, desde entonces, mi matrimonio iba a la deriva, cada uno por su cuenta. Todavía no sabía que Héctor conociera mis sentimientos hacia ti... Si te soy sincera, no sé cuándo lo supo. Pero la cuestión es que un día se me enfrentó revelando todo lo que sabía... y yo... - No quería revivir el miedo que todavía calaba en su cuerpo. Ana parecía intuirlo, ya que sus facciones llevaban una expresión alarmada.

- ¿Te hizo daño? Dios, si te lo hizo, voy a encargarme de matarlo.

- No, no. - cogió los brazos de Ana, tratando de sosegarla. - No pasó nada. - Mintió. - Mírame. Estoy bien. - aseguró. Ana no pareció del todo convencida pero no dijo nada más. Con una sacudida de la cabeza, le pidió que continuara. - Sólo fue una discusión más. Más agría de lo normal. La mañana siguiente que fue ayer... me desperté para darme cuenta de que llegaba tarde a los Almacenes... Pero recibí una visita totalmente inesperada. Y vaya visita. Fue tu madre. Fue directa al grano. Diciéndome que debía poner fin al matrimonio o continuar con nuestro teatro.

- No me lo puedo creer... Aunque pensándolo bien, es muy propio de ella. - Ana parecía no saber si enfurecerse o aplaudir.

- Sí, desde luego... Bien, dijo que supo... no, mejor dicho, intuyó durante un buen tiempo de tus sentimientos hacia mí. Pero que no se confirmó hasta la cena de fin de año. Que, según ella, nuestros sentimientos quedamos al descubierto cuando nos dio la foto de la verbena.

- Ahora lo entiendo... - Los ojos de Ana se iluminaron ante la revelación. - Ya me pareció un tanto inapropiado de ella que tuviera ese gesto "generoso". Supongo que te censuró. - Cruzó una expresión oscura en los ojos de Ana, probablemente pensando en cómo desafiar la autoridad de su madre.

- No, aquí es la cuestión. - Casi se rió cuando vio la boca abierta de Ana por asombro. - Al contrario, me desafió a dejar Héctor para irme contigo. Incluso ordenó a Segismundo que me hiciera la maleta. Sin que yo lo pidiera ni que yo hubiera tiempo de digerir todo. Y... me dio las señas. Dijo que habría alguien esperándome en cuanto llegara.

- Ah... es ahí donde entra Dionisio. Y-y-y le diste la respuesta. Quiero decir... que estás aquí... Conmigo. - Señaló con el dedo a sí mismas , sonriendo entre tímida y orgullosa.

- Sí, y no me arrepiento. - declaró con convencimiento.

- Pero, ¿y Héctor? ¿Qué pasará en cuanto notara tu ausencia? - El nombre de su querido esposo le asaltó una punzada de dolor. Su semblante se ensombreció, hasta el punto de inquietar a Ana. Teresa se percató de ello, arrepitiéndose de inmediato. Todavía había tanto por trabajar entre ambas.

- Eh, tranquila. - aseguró.- No ha cambiado nada entre nosotras. La verdad es que Héctor llegó antes de irme, encontrándose con doña Encarna y con la maleta esperándome... Y supo cuál fue mi respuesta. Fue duro. Pero dejó irme. Fue el fin de todo. Estoy triste... pero satisfecha porque pudimos acabar como dos seres civilizados. Era lo más justo para él.

- Sí, tienes razón. - asintió. - Por mucha tirantez que hubiera entre nosotros, sé que su amor hacia ti es sincero. Y lo siento por esto.

- No te merezco. - Lloriqueó, cubriendo con ambas manos el rostro. Ana la abrazó con fuerza, consolándola.

- Sssshhhh. Estamos aquí. Es lo que cuenta. - Ana apartó las manos del rostro de Teresa y la tomó entre las manos. La hizo levantar la vista. - Estamos aquí. Tú y yo. Es nuestro comienzo. - Ana esbozó una sonrisa amplía. - Te quiero. - Le plantó un beso casto en los labios.

Teresa asintió con la cabeza, sonriendo. Ana Rivas Llanos es un regalo caído del cielo. Era todo lo que podía soñar. Generosidad. Amabilidad. Dulzura. Determinación. Valía. Ferocidad. Sensualidad. Jovialidad. Inteligencia.

Era afortunada de tener su corazón. Su valía. Su inteligencia. Los tres ingredientes que los personajes de Oz anhelaban. En silencio, juró protegerla con ferocidad, lealtad y honestidad. Ése era su cometido.

- Te quiero. Con todo mi ser...

Cogió el cuello de la blusa de Ana y lo empujó hacia ella. La besó con pasión, sintiendo como su cuerpo se excitaba gradualmente. No pensó que a su edad todavía pudiera sentir semejante deseo más propio de la joventud. Casi enloqueció cuando hundió en la caverna bucal, provocando una explosión de deseo, locura y pasión. Quería poseerla ahí mismo. Sin demoras. Sin interrupciones. Se separó ligeramente. Se rió al ver a una Ana todavía con los ojos cerrados, gimiendo a modo de protesta al notar la falta de labios.

- Ana... me debes una recompensa por arruinar no sólo una blusa, sino dos. Debes acabar tu trabajo. - Su voz se tornó ronca ante la perspectiva de más besos, más caricias, más gemidos... Notó un insoportable dolor entre las piernas. - Ahora. Ya. - Se excitó contemplando cómo las pupilas de Ana se tiñeron de negro.

- ¡A sus órdenes! - atacó con una sonrisa que prometía las mil y una maravillas.

Enfrascadas en sus propias necesidades, afuera Dionisio aguardaba con mucho apuro delante de la cabina telefónica, evitando a toda costa la proximidad de cualquier que pasara por ahí. Suplicó a su Dios que acabara lo más pronto posible, queriendo que la tierra lo tragara cuando escuchó unos sonidos nada apropiados.

FIN