CAPÍTULO 15

A la mañana siguiente, esperaba lo peor cuando decidí decirle a Arrechavaleta que el siguiente fin de semana quería quedarme a mi hija.

Lo llamé desde el despacho.

—Te doy esta noche y mañana por la noche en vez del sábado y el domingo —dije.

—Estás negociando —repuso él.

—Estoy desesperada —confesé.

—¿Por qué?

No podía contarle lo deThiago.

—Necesito salir de la ciudad este fin de semana y quiero llevarme a la niña.

—¿Es por el vecino?

No contesté.

—Y si se ha ido él, ¿tengo yo alguna posibilidad? —insistió Arrechavaleta.

De pronto ya no lo odié. Simon era simplemente... Simon. Si tratabas con él en sus propios términos, podía ser soportable.

—Yo sería una esposa de político espantosa —le dije—. Recuerda lo que te hice el sábado por la mañana. Las primeras damas no pueden tener esas pataletas emocionales.

—El sábado por la mañana renuncié a estar con Alai en favor de Thiago Bedoya Aguero —me recordó.

—Sí —asentí—. Pero no lo hiciste por Thiago, lo hiciste por ella.

Guardó silencio un rato.

—Está bien. Esta vez lo haré por ti. En interés del... potencial futuro.

No había ningún potencial.

—Simon —dije—. Thiago es lo mejor que me ha pasado nunca. No me conformaré con menos.

—Eso duele —murmuró.

—Lo siento.

—No importa. El sábado ya lo sabía, así que he retirado la petición de custodia.

Era la primera buena noticia que tenía en muchos días y no pude evitar echarme a llorar.

—Gracias —conseguí decir.

—¿Vas a votar por mí?

Me eché a reír.

Cuando colgué, le pedí a mi secretaria que cambiara de fecha dos declaraciones que tenía el viernes por la tarde. Quería estar en la autopista cuanto antes. Durante la cena, le pregunté a Alai si quería saltarse la escuela el viernes, pero en vez de mostrarse encantada, pareció confusa.

—¿Vendrá Thiago con nosotras?

—No. Iremos tú y yo solas.

—Hace mucho que no viene a cenar —protestó Alai—. ¿Estáis enfadados?

—Algo parecido —asentí.

—Yo creo que cuando dije que quería un padre pensaba en él y no en mi padre de verdad —dijo mi hija de pronto.

Fue como una bofetada en pleno rostro. No pude contestar.

Alai apartó su plato.

—Me gustaba pensar que Thiago podía vivir con nosotras. Era lo que pensaba cuando quería un papá. Mi padre de verdad no está mal, pero no es el. No sabe nada de deportes.

Yo me estaba muriendo por dentro. Me puse en pie.

—Bueno, de lo que puedes estar segura es de que siempre estarás conmigo —dije—. Y verás a tu padre de verdad un par de veces a la semana.

—¿Aunque yo prefiera otro?

—Dale una oportunidad. No es tan malo.

—Estar con él es como llevar vestido —dijo Alai—. Tengo que sentarme bien, juntar las rodillas...

Yo sentí un nudo en la garganta. Alai sabe juzgar, muy bien a la gente.

—Y le gustan los museos —continuó.

—A Tefi también —señalé.

—A lo mejor podrían casarse. Y tú podrías casarte con Thiago.

Yo no podía seguir con aquella conversación. Me estaba matando. Me fui al baño porque, como ya he dicho, una madre no puede derrumbarse delante de su hija. Recordé entonces que Thiago había sido la primera persona en adivinar por qué me encerraba en el cuarto de baño y me entró otro ataque de llanto.
Conseguí aguantar un día más. El jueves vi a clientes y después Tefi y Vale se presentaron a cenar con pollo frito para que yo no tuviera que cocinar.

El viernes no puse el despertador. Me levanté a las ocho y media, desperté a Alai y llamé a la escuela para avisar que no iría. A las nueve nos pusimos en marcha.

Me dirigí hacia La Pampa. Alai y yo entramos en el primer mercadillo justo antes de mediodía. Compré un orinal por sesenta y siete pesos que se suponía que era muy antiguo, pero yo no podía estar segura. Le conté a Alai para qué lo habían usado en otro tiempo y lo miró con tal recelo que me eché a reír por segunda vez en una semana.

Pasamos el resto del día de pueblo en pueblo. Admiro a los gauchos por su integridad. Se aferran a sus principios pese a las presiones del resto del mundo. Ellos siguen con sus caballos y sus carros mientras los demás vivimos pendientes de las subidas del petróleo. Encienden sus lámparas de queroseno mientras los demás maldecimos la factura eléctrica. Y sobre todo, por la noche están en casa con sus seres queridos, comiendo alimentos cargados de colesterol y sin preocuparse de nada mientras los demás vamos a bares a contarles a nuestras mejores amigas que necesitamos compañía, comodidad y conversación. Y varias semanas después, ellos aran sus campos y nosotros nos tragamos nuestras palabras.

Alai y yo vagabundeamos ese día por su mundo y después pedimos habitación en un hotel y salimos a cenar a nuestro restaurante favorito.
El lugar es en realidad una posada construida a finales del siglo XIX. En Buenos Aires puedes conseguir comida más suculenta, pero no te la dan preparada de forma tradicional. A Alai le encanta cómo hacen las hamburguesas allí, en una parrilla directamente encima del fuego.

Estábamos esperando el vino para mí y el refresco para ella cuando levanté la vista y vi a Thiago en la barra.
El tiempo se detuvo. Me esforcé por respirar. Mi primer instinto fue que aquello no podía estar pasando.
No era justo. Yo había ido allí a olvidar mis penas... y me encontraba a Thiago.

¿Qué hacía allí? Recordé que le había mencionado que Alai y yo íbamos allí a veces cuando yo necesitaba un respiro. Quizá le había gustado mi descripción del sitio... o quizá había ido allí con la esperanza de encontrarnos. Tal vez a él también le costaba trabajo olvidar.
Alai también lo vio. Soltó un grito y él se volvió al oírlo. Ella lo saludó con la mano.
Thiago se acercó a la mesa. Le revolvió el pelo a Alai y se sentó a su lado.

—Hola, princesa.

Ella se apoyó en su pecho con tanta fuerza que a él no le quedó más remedio que abrazarla.

—¿Dónde te has metido? —preguntó ella.

Su voz tapó la mía.

—¿Viniste aquí? —respiré—. ¿Cuándo te marchaste de Buenos Aires, te viniste aquí?

—Me gusta ese hotel con el barco en el aparcamiento —dijo—. Y hay muchas antigüedades en la zona.

—Tú ni siquiera tienes una mesa de comedor — dije yo—. ¿Para qué quieres antigüedades?

—Algún día la tendré.

—¿Has comprado algo? —pregunté.

—Todavía no. Lo que más he hecho desde que llegué ha sido dormir.

—Mamá ha comprado un cacharro que antes usaban para hacer pis —anunció Alai.

Thiago se echó a reír. Recordé entonces sus palabras sobre el hotel. Nosotras siempre nos hospedábamos en un hotel que tiene un barco en el aparcamiento.

—¿No es raro? —pregunté—. Un barco en La Pampa.

Entonces sucedió algo que no nos había ocurrido nunca. Se nos terminó la conversación.
Nos miramos mutuamente. En realidad, había mucho que decir y mucho que ya se había dicho. Recé en mi interior para no echarme a llorar allí mismo.

—Thiago —dije.

—Mar... —se interrumpió cuando se acercó la camarera con la comida.

Thiago pidió una hamburguesa como la de Alai. Ellos masticaban y yo jugaba con la comida en mi plato. Si las cosas estaban tensas entre nosotros, creo que conseguimos ocultárselo a mi hija, que se mostraba encantada de cenar con los dos.

—Tengo que irme —dijo Thiago al fin, cuando terminó de comer.

El corazón me dio un vuelco. Miré bien en mi interior y procuré ver qué había allí. ¿Qué me importaba más? ¿Mi orgullo o Thiago?

Comprendí entonces que, si algo te importa de verdad, tienes que ir a por ello. A veces tienes que tragarte el orgullo y a veces tienes que arriesgar el corazón para salvar algo. A veces tienes que correr el riesgo de sufrir más de lo que ya sufres si quieres tener una posibilidad con el único amor verdadero que la vida te va a ofrecer.

—Pásate por nuestra habitación —dije—. Es la 316. Podremos hablar.

Pensé que podía vivir sin él. Podía, incluso, sobresalir sin él, en mi carrera y como madre. Pero jamás estaría completa sin él.

Thiago no contestó. Se levantó y se fue sin más.
Pagué la cuenta, volvimos al hotel y yo acosté a Alai, aunque quería esperar a Thiago levantada.

—Estará por aquí mañana todo el día —le dije.

—¿Estás segura?

—No —repuse con sinceridad—. Pero esperarlo levantada no va a hacer que venga antes.

Alai al fin se quedó dormida a las diez y media. Yo, en cambio, no pude seguir mi propio consejo. A medianoche no pude más y llamé a recepción.

—¿Thiago Bedoya está en este hotel? —pregunté.

—Habitación 412. ¿Quiere que la pase?

Colgué. No quería llamar a su habitación, sólo quería saber si seguía allí o se había marchado.
Poco después oí que llamaban a la puerta.

Salté de la cama, donde estaba sentada y comprendí que estaba aterrorizada. Si había ido a despedirse, el resto de mi vida sería un desastre.

Abrí la puerta. Estaba allí con una sonrisa tímida y con las manos en los bolsillos.

—¿Tienes whisky? —preguntó.

—Estamos en territorio gaucho —contesté—. Piénsalo.

—Tenemos que hablar —dijo él.

Yo asentí con la cabeza. Me aparté de la puerta y él entró en la habitación.

—Aquel día me pillaste por sorpresa —dijo.

Yo me encogí de hombros.

—Estaba harta de disimular.

Él asintió.

—Si te sirve de consuelo, antes exploté con Arrechavaleta.

Thiago observó mi rostro con asombro.

—¿Hay alguna probabilidad de que fuera un caso de hormonas femeninas?

Yo tenía que ser sincera.

—Ninguna. Estaba harta de las reglas.

—En ese caso, supongo que tengo que saber lo que implica que me quieras.

—He odiado tus reglas desde el primer día —confesé.

—Eran buenas reglas —dijo con indignación.

—Para mantener el amor fuera, para guardar las distancias

—Nos ayudaban a evitar todas esas complicaciones de las relaciones,nos evitaban sufrir.

—Thiago, nosotros no tuvimos complicaciones hasta que empezamos con las reglas—le recordé.

Me miraba dudoso. Entonces lo supe, Tefi tenia razón. El tenia miedo a sufrir de nuevo. El necesitaba seguridad y yo estaba dispuesta a dársela.

—¿Te ayudaría que te dijera que yo nunca te dejaré para irme con otro hombre? —pregunté, al ver que él guardaba silencio—Yo te quiero de verdad y sería incapaz de dejarte e irme con otro. ¿Me crees?

—Tú eres Mar. Y sí, te creo. Es solo que...—se quedó pensativo—es todo tan difícil.

—Nada es fácil en esta vida—le señalé

— Si te confieso que yo también te quiero, ¿Que ocurrirá después?.

— Todo seguirá como hasta ahora, aunque ya no habrá reglas y actuaremos como una verdadera pareja, en las buenas y en las malas—le respondí.

—¿Eso significa que tendremos que casarnos?

Entonces comprendí que le había mentido a Vale cuando dije que no quería casarme con él. Porque en ese momento supe que jamás me conformaría con otra cosa. Lo necesitaba a mi lado cuando despertaba por la mañana y cuando me quedaba dormida por la noche. Y cuando tienes una hija, sólo hay un modo de hacer eso como es debido. Tienes que comprometerte, enseñar a esa hija lo que significa amar de verdad. Por eso me arriesgué a perderlo por segunda vez.

—Es la única forma de poder amarte como quiero teniendo una hija —dije. El corazón me dio un vuelco, porque la sinceridad emocional es muy dura para el corazón.

—¿Puedo pensarlo? —preguntó él.

—Si quieres dormir aquí esta noche, no.

—Sí quiero.

Algo se expandió en mi interior. El oxígeno llenó lugares de mi pecho que no conseguía alcanzar antes. Pero esperé porque presentía que había más.

—¿Cuántas probabilidades hay de que podamos encontrar un juez de paz esta noche aquí? —preguntó.

Yo volví a respirar. Muy hondo.

—Casi ninguna. En esta zona se acuestan muy temprano.

—¿Te conformarías con que me declarara de rodillas?— preguntó, temeroso de la respuesta —Te prometo que cuando volvamos tendrás la boda que deseas.

—Creo que por esta noche sera suficiente—dije, sin poder ocultar la sonrisa que se escapa de mis labios ante la idea.

Y lo hizo. Allí mismo. Al lado de la cama donde yo estaba sentada, con Alai roncando detrás de mí.

—Siempre te he amado —dijo—. Por eso tardé tanto en proponer ese acuerdo. Sabía que, si empezábamos, estaría acabado. Y me daba mucho miedo.

Lo miré escéptica, ¿eso era un cumplido?.

—Día a día te fuiste robando mi corazón— dijo— Hasta llegue a ver Embrujada solo por complacerte

—Si,pero presionado.

—Aun así. Sabes que eso no lo haría por cualquiera.

—Cierto —dije, sabiendo que tenia razón.

—Entonces, ¿Puedo quedarme esta noche?

—Esta Alai aquí.

—Te prometo que no haremos nada—aclaró, mientras soltaba un suspiro y volvía a fijar su vista en mi— Solo quiero dormir abrazado a ti.

Y si, morí en aquel momento. Era tan tierno.

—Compartiré mi cepillo de dientes— comentó,intentando romper mi silencio.

—He traído el mío.

—¿Y si hay una emergencia? ¿No quieres saber que el mío está disponible?

Sonreí.

—Esta bien, puedes dormir esta noche conmigo. Esta y todas las que vengan.

Y sin poder esperar más, me abalance sobre el y lo besé. Lo besé sabiendo que,a partir de ese momento, Thiago Bedoya Aguero era únicamente mio y yo únicamente suya.

Fin


¿Que os pareció? Espero que haya merecido al pena llegar hasta aquí y que os haya gustado el final.

Muchas gracias a todas esas personas que me han dejado comentarios a los largo de la historia. Si hoy estoy publicando el final es gracias a ellos asi que GRACIAS por estar ahi haya sido desde el principio o casi al final. Lo importante es que habéis estado dándome vuestro apoyo...No voy a enrollarme mas porque no quiero ponerme que nos volvamos a leer pronto :)