Ya sólo faltaban dos días para Navidad, y me encontraba en la bella ciudad de Londres. No en el lugar correcto, siendo honestos, pues el reloj marcaba las diez de la mañana y Harry, mi padre y yo, aún corríamos con las maletas a cuestas para tomar el vuelo más próximo que nos llevara a París. Miraba mi reloj de pulso constantemente y rogaba que no llegáramos tan tarde, o Hermione nos ahorcaría con sus propias manos. La Navidad era una de mis fechas favoritas, esencialmente gracias a los buenos momentos que pasaba con la gente que consideraba como mi familia. Esta vez visitaríamos a Hermione y pasaríamos la festividad con ella y sus padres, observando lo que hacen y qué ocurre en el mundo muggle. Al abordar el avión, me acomodé junto a Harry con nerviosismo, esperado a que el chico de ojos verdes y desacomodado cabello negro azabache me tranquilizara con algunas palabras.

-Nunca la había visitado- comentó Harry con la vista perdida en la ventana del avión aún en reposo. Sus labios apretados delataban su estado de nerviosismo actual.

-Yo tampoco- respondí escuetamente mientras sentía un retortijón en el estómago- ¿Tú?

Sirius, padrino de Potter, mejor conocido para mí como "papá", se volvió a vernos con una media sonrisa en el rostro. Seguramente para él era lo más extraño del mundo viajar en avión, pero hicimos un enorme esfuerzo para ahorrar dinero muggle y gastaríamos cada "centavo" con entusiasmo.

-Menos- dijo respondiendo a nuestra pregunta, logró sacarnos una sonrisa ante su corta explicación- ¿Por qué ponen esa cara de angustia? No iremos al encuentro con la muerte.

Soltamos una risotada, liberando toda la presión acumulada hasta ese entonces. Enfrentarnos a una Hermione molesta era todo un lío, poco menos que la muerte. Bueno, debo admitir que estábamos siento un tanto exagerados con eso.

-Por cierto, te ves muy bien con esa ropa- le dije a mi padre, arreglándole la camisa maternalmente- no nos veremos tan mal al lado de los Granger.

Los tres sonreímos, acomodándonos para el viaje. Dormí la mayor parte del trayecto hacia la Ciudad de la Luz, aprovechando el tiempo que tenía pues no íbamos a dormir mucho en Navidad. En cuanto llegamos, no tuve que buscar, porque la castaña de ojos marrones estaba a unos pasos de nosotros sonriendo cálidamente. Debo admitir que me alivió que no se enojara por nuestro retraso. Inmediatamente Harry y ella se abrazaron, mientras en sus miradas un montón de anécdotas y recuerdos relucían bajo la imponente ciudad de París.

-¡Herms! Rayos, ¿cuánto tiempo pasó?- nos dimos un gran abrazo y en cuanto nos separamos, la detuve del brazo para contemplarla mejor- ¡Estás preciosa!

Un leve rubor apareció en sus mejillas.

-Tú también. Trajiste la belleza de Londres contigo, no es justo.

Solté una risotada mirando al cielo, mientras mi padre y ella se saludaban emotivamente. Agarramos nuestras maletas y la seguimos hasta el lugar donde el Sr. Granger nos esperaba, su hija nos presentó como debe ser y luego subimos a su lujoso automóvil.

-¡Montmarte! ¡Pastelería Granger! Vaya, no me esperaba una maravilla como esta para ser honestos, Hermione.- exclamé cuando apenas tuve un pie dentro del exitoso negocio, una pieza enorme con mesas hasta para marearse, un impecable color blanco predominaba en el lugar, haciendo contraste con el elegante pero a la vez moderno decorado. El agradable olor a pan recién hecho y café flotaba por todos los rincones de la "Pastelería Granger", pero sobre todo, y lo más importante, era el magnífico sabor del pastel, postres y todo lo que se vendía ahí. Sirius estaba encantado con todo eso mientras sostenía una animada charla con el Sr. Granger, en tanto Harry, Herms y yo no nos alejáramos lo suficiente como para provocar destrozos a lo largo de toda Francia.

-¿No tienes que ayudar en el negocio? Podemos echarte una manita si quieres- se ofreció Harry al mirar con inquietud a nuestra amiga tan relajada, y el enorme lugar tan vacío de personal a primeras horas del día.

-No se preocupen, no deben tardar Jake y Seth- dijo ella con toda naturalidad sin notar que no sabíamos de quién rayos hablaba- Ah, ellos trabajan aquí- añadió, disipando nuestras dudas.

-En ese caso, ¿por qué no damos una vuelta? Quiero ver productos navideños, ayudar a comprar las cosas para cenar, tú sabes, comprar gorros con cuernos de reno…

Ambos me miraron como si me hubiese vuelto loca, debo admitir que mi entusiasmo era a veces un poco aterrador y gracioso también. Los tres reímos al unísono, ganando una mirada asesina de parte de Sirius. De pronto me sentí como cuando era pequeña y me reprendían por reír estrepitosamente, cosa que nunca pude dejar de lado y que aún conservo como mi sello personal.

-Cuernos de reno serán, entonces- dijo Hermione aún con una enorme sonrisa en el rostro, tomando su bolsa y levantándose de la mesa; nosotros hicimos lo mismo sin quitarle la vista de encima- si en París encuentras lo mejor de la moda, ¿qué serán unos cuernos de reno?

El distrito dieciocho de París, fue testigo de la noche más tranquila que tuve en mucho tiempo. Luego de comprar mis queridos y deseados productos navideños incluido el hermoso gorro con cuernos de reno al estilo parisiense, conocí a los chicos de la P.G., Jacob y Seth. Ambos eran del mismo lugar y vinieron a Francia no exactamente a buscar trabajo o vivir, pero según lo que me contaron, al conocer a Luna y Nessie no pusieron alejarse de ellas. Hablo en el sentido literal, porque me dejaron bastante claro que las amaban más que a nadie o a cualquier cosa en este mundo. En ese momento de reflexión, los rayos de luz se filtraban entre las cortinas de la habitación que estaba compartiendo con Herms, una bonita pieza con colores femeninos que seguro ella detestaba. Lo que me indicó sin duda alguna de quién era la propiedad, fue la pila de libros que ya no cabían en el estante.

-Buenos días, Roselyn- me saludó enderezándose sobre los codos, aún adormilada- ¿dormiste bien?

-Muy bien- respondí, estirándome luego de una cómoda velada- no puedo creer que hoy sea noche buena. Y no puedo creer que no me esté congelando.

-¡Ya no estás en Londres!- exclamó soltando una sonora carcajada- ¡Hoy llega Ron!

Abrí los ojos como platos, sintiendo un retortijón en el estómago por los nervios. Todos los Weasley eran para mí grandes personas y algunos también buenos amigos. Sin embargo le daba mayor importancia a uno en especial: Fred. Sentía algo raro por ese chico, una simpatía aún mayor que cualquiera que le tuviese a George. De hecho los gemelos eran con quien más simpatizaba, y justo hoy vendrían para pasar la Navidad juntos.

-¡Puf! ¿Cabremos todos?

Hermione rió alegremente ante mi exageración.

-Vamos a estar en la pastelería, además creo que también vendrá la familia de Jake o Seth a visitarlos.

Torcí el gesto.

-¿Son muchos?

-No sé. Espero que no.

Sonreímos con entendimiento; iban a venir todos los Weasley, y eso es los nueve pelirrojos, más nosotros seis y tal vez una que otra persona que llegue de sorpresa, igual a una enorme familia reunida para cenar. Tras esa pequeña conversación matutina nos levantamos y fuimos directo a la cocina para calmar los rugidos que daba mi estómago.

-Buenos días chicas- nos saludó la Sra. Granger- el desayuno está servido.

En la mesa ya estaban todos los demás, acabando con la rica comida. Tal parece que mi papá y el de Hermione se estaban llevando bien porque bromeaban con que Sirius comiera más, se le veían todos los huesos según él.

-Es el efecto que le da la barba- dije entre risas- como más de lo que aparenta su cuerpo.

-Ella anda hambrienta todo el día, tal parece que no es mi hija- se defendió Sirius, a lo que yo me sonrojé y todos soltaron una risa por lo bajo. Debí saber que al abrir mi bocota me atenía a las consecuencias. Un sonoro toquido en la puerta interrumpió el final del desayuno, Hermione se levantó de inmediato y al salir del comedor la perdí de vista. Sólo unos instantes después, una chica rubia de profundos ojos azules apareció en la habitación y saludó a todos con un marcado acento francés. Bien era sabido que la familia Granger era inglesa, pero seguramente la jovencita que nos miraba con interés era cien por ciento francesa.

-Ellos son Sirius, Harry y Roselyn, mis buenos amigos de Londres- dijo Herms presentándonos con ella- y ella es Fleur- dijo ahora hacia nosotros. Estrechamos palmas con cordialidad y luego la anfitriona castaña se volvió hacia nuestros padres.

-Papás, llegó Fleur, regresamos en un rato.

Harry y yo cruzamos miradas de confusión, y antes de que nos explicaran a dónde iríamos la chica saludó a los señores Granger como si se conocieran de toda la vida. Tal vez así lo era, aún no conocía la historia completa. En cuanto volvió su atención hacia nosotros, Herms explicó:

-¿Nos acompañan con Jake y Seth? Conoceremos a las niñas de su corazón.

Fleur y ella soltaron una risita, y en ese momento recordé que más temprano me comentó de la visita de la familia de los chicos. Harry y yo asentimos levemente aceptando el plan pre-noche buena.

-Ah, y volveremos antes de que lleguen los Weasley- añadió Hermione con alegría; a nuestros veinte años estábamos a un paso de independizarnos si no es que ya lo estábamos, empezamos a no ser tan desubicados y vivir la vida bajo nuestras propias decisiones. Herms y Ron a fin aceptaron su amor, Ginny y Harry también. La pobre de mí era la única solitaria rodeada de enamorados.

-Muy bien- dijo Harry- será divertido. Quiero conocer un poco más de París.

Yo asentí en acuerdo con él, y ellas nos vieron con aprobación. Sólo me abrigué más y llena de energía me dispuse a pasar de buena manera el día antes de la celebración, dentro de la gran época de felicidad en la Ciudad del Amor.