Vincere

Al final a Julieta le daba igual ser el Huracán Rojo que la hija de los Capuleto, porque lo único importante era que el sueño de Conrad se cumplía y su destino con él: la gente, una vez oprimida por el yugo del tirano, levantaba el brazo a su favor y clamaba por hacer una Revolución que corría por sus venas, con el rojo de las rosas de los Montesco y el aroma de los lirios de su casa. Y lo más importante, lo que no le sucedía desde el asalto fallido al Duque: se sentía ella misma y nada débil. Le daba fuerzas ser un hombre de batalla. No. Un ideal encarnado y enmascarado para la ocasión. Ser la voz del pueblo maltratado, un anhelo materializado. Y ya no vio al Doctor Lancelot consumiéndose en las llamas al cerrar los ojos, con el disfraz: estaba ante ella sonriendo, con aprobación.

Sin contar que no era lo mismo matar siendo Julieta (una recién nacida que nunca veía el sol, que no era entrando por una ventana lejanísima del suelo, donde nadie podía verle si no era Cordelia, con sus suaves manos y su boca exigente) que el Huracán Rojo: no le temblarían las manos al herir, porque no sería del todo ella al hacerlo.