Llevaba media hora en la misma carretera, de pie en el arcén, con el dedo pulgar levantado esperando que algún conductor se dignase a parar el coche para recogerme.

Mi coche me había dejado tirada, aunque no era ninguna sorpresa, se veía venir.

El coche tenía más años que yo y cuando lo compraron mis padres tampoco era ninguna maravilla, pero era mejor eso que nada.

Siempre había soñado con escapar de este viejo pueblo y aunque solo fuese por unas horas mi destartalado coche me lo permitía un día a la semana.

Un automóvil disminuyó su velocidad al verme. Por fin.

Al acercarse más hacia donde estaba parada me percaté de quién lo conducía.

Tim Riggins. El rompecorazones del instituto. Alcohólico y jugador de los Panthers.

Estas cosas siempre se acaban solucionando por la peor gente.

Nunca le había conocido en profundidad, sólo una o dos miradas furtivas, pero me bastaba la mala fama que tenía en todo el pueblo para creerme los cotilleos pronunciados por todas las personas que presumían de tener medio cerebro.

Era un chico atractivo, sí, lo era. Y para no mentir me había descubierto varias veces imaginando como serían sus abdominales bajo la camiseta.

Allí lo tenía, en vivo y en directo.

El coche estacionó a mi lado y Riggins bajó la ventanilla, asomó la cabeza y esbozó una sonrisa al ver mi auto inerte.

— Hey, tu coche ha muerto, eh.

— Anda, si tienes ojos en la cara.

Aquella sonrisa que le hacía mucho más atractivo desapareció y Riggins puso sus manos de nuevo en el volante ¿La única oportunidad de volver a casa tenía que ser este chico? Por lo menos no iba a desaprovecharla.

— Lo siento. No quería hablarte así. Sólo odio mi coche.

— No importa. Si quieres te llevo, aunque tengo que hacer una parada por el camino.

— Estaría bien. Gracias.

— Claire Ferguson, ¿verdad?

Sabía mi nombre. Tim Riggins sabía el nombre de alguien que sabía perfectamente el suyo. Este chico iba mejorando por momentos.

—Sí. Exactamente. Tim Riggins, ¿no?

Él sonrió y estiró la mano para abrir la puerta. Yo le ayudé a abrirla por fuera y me metí en la cabina de su camioneta. La tapicería era de color cobre y negro, la chapa estaba descolorida y el volante tenía la goma arrancada. Había varias manchas en los asientos y la bandeja estaba llena de diferentes objetos como un encendedor y un cochecito de juguete. Descubrí tres latas de cerveza a mis pies.

— ¿Nunca limpias el coche?

— No.- respondió sinceramente.

Negué con la cabeza y le miré. Él tenía la mirada clavada en la carretera y no se dio cuenta de mi análisis de su anatomía. Giró la cabeza hacia un lado e indagó con una mano en sus bolsillos, me permití seguir su mano y contemplar la cremallera de sus vaqueros. Aún sabiendo que no tenía que hacer eso. Sacó su móvil:

—Toma, llama a la grúa para que recoja tu coche.

— ¿No te importa que llame con tu móvil?

— No. Yo no pago así que me da igual.

Era sincero. Eso no lo podía negar nadie. Marqué el número de la remolcadora y les conté lo ocurrido con mi coche. Me costó trescientos pavos y diez minutos de mi valioso tiempo y, como guinda del pastel, calambres en el cuello por indicarle a Riggins que mirase a la carretera. Después de mi larga conversación por teléfono, Riggins aparcó en una gasolinera. Se bajó del coche y caminó hacia la tienda.

Ni siquiera una sola palabra. Definitivamente era estúpido, pero por lo menos estaba haciendo el favor de llevarme de vuelta a casa. Salí de su camioneta y le seguí. El viento me revolvió el pelo e intenté recolocármelo como pude.

Busqué la media melena castaña clara de Riggins por los pasillos y no lo encontré.

Me di por vencida al observar que los aseos estaban dentro de la tienda y seguramente Tim estaba dentro.

Entré yo también y me miré en el espejo.

Mi pelo era color caramelo y mis ojos azules. Tenía una altura correcta y una figura bonita. Pero tampoco era nada del otro mundo. Sentía que me estaban observando y me giré para mirar la puerta.

¿Qué hacía Tim Riggins con la cabeza dentro del aseo de señoras?

Solté un grito y abrí la puerta completamente. Salí con dificultad porque él me impedía el paso. Una vez que estuvimos fuera del lavabo le miré inquisitiva:

— ¿Estás loco? Te podrían haber pillado y yo no habría pagado la multa por violar el derecho a intimidad.

— Bueno, habría dicho que te habías quedado encerrada.

— Qué astuto.

— Lo sé.

Realmente reunía un montón de cualidades: era sincero, atractivo, estaba loco...

Salimos de la gasolinera con una bolsa llena de comida y el depósito lleno. Raro que Riggins se ofreciese a pagarlo todo él, pero más raro que lo acabase pagando yo.

No tenía ni idea de cómo habíamos acabado en esa situación, pero mis manos estaban en los laterales de la camiseta gris que llevaba Riggins y sus dedos recorrían la piel de mi estómago. Sus labios estaban sobre los míos y su lengua hacía cosquillas al rozar mi lengua. Sus chistes malos se habían convertido en los mejores del mundo una vez que hubo lamido y mordido mi cuello. Ya casi no recordaba mi nombre, pero él se encargaba de pronunciarlo cada vez que tocaba un punto sensible de mi piel. La incertidumbre de descubrir lo que se ocultaba debajo de su camiseta se convirtió en el deseo de quitársela. Debajo de ella estaba el torso más escultural que había visto nunca.

Sus abdominales estaban perfectamente marcados y sus brazos eran duros y suaves.

Por segunda vez en un día, mi mirada viajo a través de su cuerpo. Repasé el contorno de sus pectorales con el dedo índice y besé las zonas donde su piel era más oscura.

Hasta que él no pudo contenerse y me quitó la camiseta, colocó sus manos en mi cintura y me acercó a su boca. Repasó mis labios con su lengua y los mordió. Puse mi cara en su cuello y le di pequeños mordisquitos que le hicieron reír. Su garganta tembló bajo mis labios y me hizo cosquillas, por lo que yo también reí.

El metal del cinturón se clavó en mi espalda y recordé que estaba en la camioneta de Tim Riggins, medio desnuda y haciendo cosas totalmente inapropiadas con un hombre que había pasado por la cama de todas las mujeres de este maldito pueblo. Me aparté de él rápidamente y cogí mi camiseta de encima de sus pantalones, me la puse y le miré por última vez. Tim cogió su camiseta de mi asiento y se la colocó como pudo, sin poder alzar los brazos para no darse contra la parte superior de la cabina.

— Lo siento. No quería que ocurriese esto, no sé cómo hemos llegado hasta aquí.- dijo él.

— Lo sé, ¿puedes llevarme a casa?

Estaba molesta, pero no con él. Conmigo misma. Yo no era tan impulsiva, pero esta vez todo había ocurrido por el deseo de averiguar cómo era Riggins. Y no estaba nada mal, pero no era correcto liarse con el primer tío que se cruzase en tu camino. Menos con Tim Riggins, porque siempre acababas cayendo en sus redes. Maldito tramposo.

Él asintió con la cabeza y arrancó el coche.

El camino de vuelta a Dillon fue incómodo y pesado. No mantuvimos una conversación y nuestras frases se limitaban a comentar lo malo que era el tiempo y lo mucho que detestábamos esa carretera. Riggins estacionó el coche frente a la puerta de mi casa. Nos miramos y él hizo ademán de sujetar mi cara para besarme, pero sus manos acabaron sobre sus rodillas; confundido y alterado. Le di un beso en la mejilla:

—Gracias por traerme de vuelta.

Él sonrió. Noté como sus mejillas se empezaron a teñir de rojo. No había visto nunca a Riggins sonrojándose y me pareció dulce, como si la parte serena de él hubiese salido a la luz.

Tenía que salir de ese coche. Estaba segura de que aquella camioneta albergaba algún tipo de maleficio para hacer cosas sucias con el hombre que la conducía y, sinceramente, me estaba volviendo loca por volver a ver aquel torso.

Abrí la puerta y salí corriendo hacia mi casa. Cuando estuve en el umbral de la puerta, me giré hacia la camioneta y me despedí con la mano. Él me regaló otra sonrisa.

¿Podía parar de hacer eso?

Saqué las llaves de mi bolsillo y abrí la puerta.