"El porqué siempre está en el principio"

por Dramaaa

La primera vez podría decir que fue por algo chabacano, puramente hormonal, de hombre a mujer. Él la amenazaba acercando su cuerpo y ella no respondía al ataque, si no que se pegaba a la pared cerrando los ojos y maldiciéndose a sí misma por haber provocado de nuevo al hombre cruel que habitaba en su casa. Y entonces, en un momento en el que abrió un ojo esperando la muerte, vio cómo él descendía la vista a sus pechos. Fue sólo un instante, pero no pudo reprimirse:

-¿Acabas de mirar mi delantera?- le preguntó entre indignada y sorprendida. No pensó que aquello podría hacerle a él retroceder más que cualquier cosa que hubiera intentado para salvar su vida. Simplemente, le sorprendió.

-¿Qué estás diciendo, humana?- cuestionó él sin poder evitar que sus mejillas se volvieran sonrosadas. Se alejó al instante.

Frunció el ceño. Igual ese hombre podía ser todo un misterio, pero no dejaba de ser hombre. -¡Me has mirado las tetas!- exclamó tapándose con la camisa.

Él lució como si estuviera a punto de estallar. Hasta pareció tan confundido como ella: -¿¡Cómo se te ocurre pensar que yo...- Arrugó el gesto para alzar la voz, volviendo su esencia a él: -¡Estás completamente loca!-

Y se fue.

Sí, podría decir que aquella fue la primera vez en la que él le mostraba que ella le gustaba, pero no era del todo cierto.

Vinieron más ocasiones, como cuando arreglando la cámara de gravedad él se mantuvo allí observándola mientras ella estaba agachada. No le salió tan natural como la primera vez, pero sí igual de provocador:

-¿Sabes que a mi padre le han dado un premio?

-No me interesa.- espetó él dando vueltas a su alrededor.

-¡Oh, venga, Vegeta!- exclamó ella desde debajo de los controles. -Dame un respiro, ¿quieres? Llevamos viviendo juntos, ¿cuánto? ¿Seis meses?- le preguntó girando sobre sí misma y poniéndose a cuatro patas.

Él no le contestó.

-Creo que ya va siendo hora de que te integres como un buen invitado, ¿no crees?- quiso saber afianzando las tuercas.

Tampoco le contestó a eso, algo raro para ella puesto que si algo sabía hacer él era replicarle de forma tajante e incluso sarcástica.

-Lo que tendrías que hacer al ver a mi padre es decirle "señor Briefs, muchas felicidades por su premio, estoy seguro de que ha sido muy merecido".

Siempre había estado pendiente de sus pasos cuando tenía que arreglar algo de su ansiada nave, pero después de que ni a eso él le contestara sabía que, de algún modo consciente o inconsciente, Vegeta en ese instante estaba más pendiente de otras cosas. Bueno, no estaba muy segura, pero verlo la primera vez huyendo de cualquier insinuación le había hecho a ella plantearse que aquello podría ser divertido.

-¿Te gusta lo que ves?- le preguntó girando la cabeza y sonriéndole.

Él se espigó, como si le hubiera pillado desprevenido: -Deja de decir tonterías y arréglalo ya.- le soltó impertérrito, manteniéndole la mirada.

Creyó haber errado en la suposición porque a fin de cuentas él parecía no haberse puesto nervioso ni nada parecido. Igual era que se estaba imaginando cosas donde no las había. Que ellos ya no se gritaran continuamente y que él únicamente tratara con ella no significaba que el cruel y poderoso príncipe de los saiyanos se hubiera fijado en ella. No, seguramente eran imaginaciones suyas.

-No tienes ningún decoro, humana.-

-¿Qué?- cuestionó despreocupada volviéndose a concentrar en el desajuste del controlador. Creyó no haber entendido bien la afirmación de él ya que era muy extraño que Vegeta se dirigiera a ella o a cualquiera iniciando una conversación que no versara sobre las inutilidades humanas, la ilimitada fuerza saiyana o cualquier amenaza con aires de grandeza. Aunque, ¿quién sabe? Igual tenía suerte y había abierto la boca sólo para iniciar uno de sus incisivos insultos.

Él pareció volver a su mutismo.

-¿Qué has querido decir con que no tengo decoro, Vegeta?- preguntó constriñendo el gesto a la vez que se movía entre cables y tornillos.

-Nada.- contestó él.

Un segundo. Eso podría ser interesante. Asomó su cabeza por debajo de la mesa de controles y le preguntó sonriéndole: -Te refieres a mis pantalones, ¿verdad?-

Ahí estaba: la cara de Vegeta pillado en un descuido, o lo que es lo mismo, absoluto horror en su mirada para, pasado un segundo, odiarla por hacerle sonrosarse.

Ella comenzó a reírse. -Vaya, ¿quién me iba a decir a mí que al Príncipe de los Saiyajins le iba a gustar cómo me quedan a mí estos pantalones cortos?-

-¿Quién ha dicho que me guste tu vestimenta, humana? - la interrogó con el mayor de los desprecios a la vez que se dirigía a la puerta.

-¡Pues yo diría que te he pillado en un descuido, todopoderoso príncipe!- exclamó ella sin poder parar de reírse.

-¡Deja de decir estupideces y arregla la cámara de una jodida vez!-

Oh, por dios, eso sí estaba siendo divertido: -¡Si hubiera una definición del color rojo en el diccionario, tendría que aparecer tu cara!-

-¡Arregla la puñetera cámara!- le gritó ya desde el jardín.

Porque ese hombre le hacía reír. Podía causar desconcierto decir algo así, pero era cierto. No sabría decir en qué momento ocurrió, pero de repente se sorprendió a sí misma riéndose con él, provocándolo un poco más. Una noche en el que ella se empeñó en preparar un postre, él apareció de la nada y fue su perfecto conejillo de indias.

-Oh, venga, pruébalo, ¿qué te cuesta?- le insistió con la cuchara en alto.

-No está en mis planes morir envenenado.- le explicó él sarcástico mientras cogía un refresco de la nevera. Por algún casual que ahora no viene a cuento, ya había probado antes los mejunjes de la peliazul.

Ella lució molesta: -¿Cuántas veces tengo que decirte que aquí nadie quiere envenenar a nadie, eh?- cuestionó con la mano libre en la cadera. -Además estoy preparando un pastel de chocolate y sé muy bien que te gusta el chocolate.-

Él se irguió mirándola y cerrando con el pie el frigorífico. -A mí no me gusta nada que tenga que ver con humanos.- aseveró con su habitual seriedad.

¿Que no le gustaba nada que tuviera que ver con humanos? Si no conociera un poco a ese hombre, diría que aquello era una provocación. Le dio igual. Se lo tomó como tal y sacó sus mejores armas de mujer:

-¿Seguro?- quiso saber mostrando una sonrisa coqueta.

Él dobló la vista hacia ella y frunció el entrecejo por un instante. O bien no había entendido la provocación o en cambio se extrañó de su descaro. Y sabiendo que ya había tratado con ella lo suficiente, lo más seguro es que fuera por la primera opción, pese a ser un tipo que presumiera de su inteligencia. Los hombres son increíblemente tontos, y éste más, pensó Bulma avergonzándose un poco y girándose para dar por concluido su momento 'vamos a provocar al príncipe todopoderoso' del día. Suspiró y siguió removiendo la crema.

Pero pasados unos segundos, cuando fue a coger un poco más de leche, él estaba detrás y asomaba su cabeza a la olla arrugando la nariz.

-¿Huele bien, verdad?- preguntó sonriéndole.

La observó sin ningún atisbo de emoción en su mirada, ni siquiera curiosidad. Maldita sea, ¿qué le pasaba a este hombre para nunca mostrar absolutamente nada además de mucho rencor incluso hacia quienes le daban cobijo?

-No me hace vomitar.- pronunció volviendo a mirar la olla.

Lo que traducido en el lenguaje de una persona normal era 'huele deliciosamente bien'. Ok, eso a ella le valía, es más, hasta la hizo gracia. Otra vez riéndose con él.

-Vale, entonces abra la boca, majestad, y pruebe este buenísimo manjar que...- comenzó a decir mientras levantaba la cuchara de madera hacia él.

No pudo. Él había echado hacia atrás su cabeza. ¿Y ahora qué le pasaba?

-¿No querías probarlo?- le cuestionó con una mano en la cadera. Al diablo con saber qué le pasaba ahora por su cabeza desequilibrada.

Él no le habló, simplemente le quitó la cuchara. Bulma comprendió que lo que no quería era que ella le diera de comer.

-Oh, bueno, pues hazlo tú si es que no te fías de...-

Y entonces quien echó la cabeza hacia atrás de manera instintiva fue ella. Vegeta le ofrecía la cuchara para que ella fuera quien lo probara. Como no. Era un puñetero psicópata que creía que le iban a envenenar. Lo miró arrugando la frente.

-¿Sabes que eres un enfermo, verguajjj...?- No pudo acabar bien la pregunta. Él le había metido el cubierto en la boca sin ningún tipo de cuidado. -¿Pero qué haces?- le gritó alejándose a la vez que cogía una servilleta para limpiarse los restos. -¿Cómo se te ocurre dar de comer a una mujer de esa manera?- cuestionó enojada. -¿Es que tú no dejas de ser un bruto en ningún instante?- De nuevo, puso sus brazos en jarra en espera de una respuesta.

No vino. Él la observaba con los brazos cruzados. Por supuesto, no iba a contestarle, y eso que no hacía mucho le replicaba a todo, cualquier cosa que saliera de la boca de ella, sin embargo, de un tiempo a esta parte se mantenía callado incluso después de un insulto. ¿Por qué no le contestaba y sólo la miraba? ¿No se daba cuenta de que eso a ella le ponía muy nerviosa? Lo miró con recelo. Sí, seguramente de eso ya se había dado cuenta el muy bastardo.

-Si querías jugar conmigo hoy, no tengo el día, Vegeta.- le soltó ella con desdén. Por si acaso, insistió en limpiarse mejor el rostro por si había quedado algún resto de chocolate. Retornó a mirarlo. Nada, ahí estaba él sin hacer nada. -¿Qué es lo que miras?-

-Espero a que te mueras.- respondió con total calma, como si fuera una respuesta completamente común en un mundo de personas normales.

-¿A que me...?- Si por un momento pareció confundida, al instante lo entendió. Bufó un poco harta de la situación ridícula. -Es sólo chocolate, Vegeta, nadie aquí quiere envenenarte.- le explicó por enésima vez. Y para asegurárselo, ella misma volvió a tomar la cuchara y probó de nuevo un poco. -¿Ves?- le preguntó. -¿Quién en su sano juicio tomaría de su propio veneno?- preguntó.

Y por un instante, sólo por un instante, él le observó la boca a la vez que ella relamía el borde de sus labios con la lengua.

Y ella lo pilló otra vez. ¿Cuántas veces podría él haberla mirado sin que se diera cuenta? Porque coger a ese hombre en un descuido seguramente era bastante extraño y ella ya lo había visto en alguna ocasión o, como mínimo, lo intuía. Por algún casual, ese pensamiento la animó y le hizo sonreír a medias mientras lo observaba dirigirse a la olla.

-Tú no tienes de eso.- dijo Vegeta sosteniendo la cuchara e ignorándola.

No pudo probarlo. Ella se había acercado a él y agarró igualmente el cubierto. -¿No tengo qué?- le preguntó bajando el tono de voz.

Maldita sea, no supo muy bien lo que la movió a aproximarse a él, pero ya lo había hecho. Si alguna vez la había mirado como en ese instante, tenía delante a un hombre que no era del todo hielo y sólo pensaba en entrenar y comer.

No soltó la cuchara y allí se quedaron los dos, sosteniéndola.

-¿Qué no tengo?- cuestionó ella.

Esta vez, los ojos del príncipe sí mostraron una emoción: desconcierto. Observó cada uno de sus movimientos y para sorpresa de la peliazul, se quedó quieto, quizá intrigado por lo que ella iba a hacer, y cesó el agarre sobre el cubierto cediéndoselo a ella.

Fue rápida, más rápida incluso que su propia mente. -¿Qué es lo que no tengo, alteza?- le interrogó dirigiéndole la cuchara directamente a la boca.

-Juicio.- respondió él clavando sus ojos en los suyos.

Ella soltó una carcajada suave. Acercó aun más el cubierto y él abrió la boca diligentemente. Ella le sonrió y casi pudo atisbar cómo se levantaba levemente el vértice del labio de él.

¿Era ella o aquello había sido un coqueteo devuelto por parte de su majestad toda poderosa?

-¿Te ha gustado?- le volvió a cuestionar en el mismo tono.

Él, al contrario de ella, se quitó el posible chocolate restante con el puño. La miró para volver a sonreírle a su manera. Y acto seguido se dio la vuelta. Cuando ya salía por la puerta le dijo:

-Te lo he dicho: no me gusta nada que tenga que ver con humanos.-

Y Bulma, viéndolo salir, también sonrió a aquello que, esta vez sin ningún género de dudas, había sido toda una provocación.

¿No le gustaba nada humano? Pues iba a aceptar ese hombre que lo humano no estaba tan mal.

Curiosamente, durante las siguientes semanas apenas se vieron. Bueno, ella a él sí lo veía a través de las cámaras de grabación que instaló en la nave. Al principio fue por tenerlo controlado, pero ahora tenía que reconocer que le gustaba verlo entrenar. Su dedicación era absoluta, eso nadie podía negarlo. Y su intensidad llegó un punto en el que la preocupó. ¿Por qué se entrenaba tanto? ¿Qué le hacía estar tan obsesionado con matar a los androides? ¿Qué le hacía ser así, tan desconfiado? ¿Y desde cuándo tenía buen cuerpo ese hombre bajito? Era un guerrero, sí, saiyajin para más datos, y tenía que formar sus músculos porque era 'una máquina de matar', como se definió a sí mismo una vez de forma altanera para asustarla. ¿Pero por qué ella no se había dado cuenta antes de que era atractivo?

Atractivo, sí. Y gruñón. Y malo en esencia. Y arrogante. Y altanero. Y desesperante. Y cabezota. Sí, pero sobre todo gruñón. Incluso cuando consiguió por fin que él aceptara que ella le vendase después de haberse hecho daño en alguno de sus entrenamientos enfermizos. Ocurrió después de que la cámara estallara cuando permitió, tras mucho batallar, que ella lo cuidara. Fue otro paso de gigante, de eso ella era consciente: había pasado de convencerse de que no quieren envenenarlo a dejarse poner curativas y vendas.

-¿Te quieres estar quieto?- le exigió pasándole el algodón por la herida en el costado.

-¡No sabes hacer nada, humana!- se quejó levantando más la camiseta.

El grito fue más que revelador: aquel ungüento obviamente le escocía.

Ella gruñó, pero siguió con su tarea. -Espera.- le dijo. -Necesito que te quites la camiseta.- Y acto seguido se la levantó ella misma sacándosela por los brazos. Él se echó hacia atrás apoyando los codos en la cama.

-Maldita sea...- se quejó mirando su actuar.

-Siento que te escueza tanto, pero si no lo hace entonces no curaría.- se explicó Bulma.

-¿Quién se ha quejado, eh?- quiso saber él observando su pelo azul mientras trabajaba en la herida.

-Pues tú.- aclaró ella.

-No me quejo de eso, mujer, me quejo de que esta maldita brecha no me va a dejar entrenar mañana con normalidad.-

Ella estiró su mano para coger la aguja y el hilo. Se había convertido en toda una experta en coser heridas. -Tendrías que tomarte el día de mañana de descanso, Vegeta.- le sugirió mirándolo por un instante. Él la miraba igual, con esa intensidad que hacía que le subiera el calor hasta la punta de sus dedos.

-Ni hablar.- Por supuesto, ahí estaba su respuesta más que obvia.

-¡Pues tendrás que hacerlo!- le exigió con un grito. -Si no quieres que tus tripas salgan disparadas mañana por la cámara de gravedad tendrás que...-

-¡No pienso alterar mi entrenamiento porque una chatarra de las tuyas me haya alcanzado!-

-¿¡Quieres dejar de gritar, eh!- ordenó mirándolo con recelo. -¡Como te sigas moviendo así va a ser imposible coserte esta vez!-

Vegeta arrugó el gesto y, efectivamente, bajó la voz. Eso sí, sin dejar de ser él, porque tras unos instantes estudiándola pronunció: -Lo que sea para que te vayas de una vez, estúpida.-

El desprecio de sus palabras, el tono usado con total desdén y en forma de ataque, hizo que volviera a mirarlo. Lo estaba cuidando, maldita sea, ¿es que ni eso le hacía querer comportarse con ella? De nuevo, la misma intensidad, el mismo peso en sus ojos negros. ¿Qué le pasaba a ese hombre para no apreciarla lo más mínimo? Sin querer y queriendo, a la vez que mantenía sus iris azules en los suyos negros, hundió la aguja un poco más hondo de lo normal en la piel del guerrero.

Y él, el guerrero que nunca se queja, levantó levemente la aleta de la nariz. Un gesto casi imperceptible, sin embargo, a ella no se le escapó.

Y no pudo evitar sonreír levemente por aquello.

Y él le devolvió la sonrisa doblada en ese gesto tan suyo, apenas divertido.

Bajó la vista hacia la herida y trató de acabar su trabajo. Sí, fue raro, pero a la vez excitante. Ni siquiera podía explicar lo que había ocurrido exactamente ni el por qué de que ahora no pudiera apartar la vista de sus abdominales y su pecho. Si levantaba los ojos hacia él, hubiera apostado un brazo a que la estaba observando.

Cogió el apósito y comenzó a colocárselo. Primero la tira antiséptica y luego la venda. Ahora él tenía la vista fijada al frente pero con una extraña expresión en su rostro, como si estuviera perdido en sus pensamientos, concentrado en algo lejano.

Sostuvo con una mano la venda y con la otra acercó la tira adhesiva. Una mirada hacia arriba. No, no la estaba mirando. Bajó la vista y cogió la siguiente tira adhesiva. Otra mirada. La bajó al instante al cruzarse con la suya. Sí, ahora sí había vuelto a mirarla. Y aquello, maldita sea, a ella le estaba gustando. Posicionó la tira donde tenía que estar y apretó los dedos sobre ella para que se fijara bien.

Y su mano se quedó ahí a la vez que sólo oía la respiración pesada de él que provocaba que su aliento cayera directamente sobre su rostro.

Tragó saliva. Oh, por todos los dioses. Subió lo mínimo la mano hacia la parte del torso no cubierta y tímidamente deslizó sus dedos sobre el pecho. Rozó el pezón y el aliento de él fue en ese instante más fuerte, más lento, como si aquello le hubiera gustado. Sus pectorales, todas sus cicatrices, la profundidad de éstas que ella comenzó a surcar con pausa, le daban a entender que aquello podía ser peligroso.

Al diablo con el peligro, pensó como siempre. Eso estaba siendo bastante estimulante y, si era sincera consigo misma, no era algo que no hubiera pensado con anterioridad.

Pero no podía hacerlo. Ya había flirteado anteriormente pero aquello era estar muy cerca de otro hombre. Y además había una cama de por medio. Sería como ir a la cuarta base saltándose las otras tres. Por dios santo, era Vegeta y ella tenía a Yamcha. Su relación era un ir y venir constante, sin embargo, ¿qué podía hacer? He ahí la razón por la que aquello no estaba bien. Un atisbo de duda surcó su mente y fue entonces cuando lo miró.

No supo por qué, quizá porque él adivinó lo que estaba pensando, pero en ese instante notó que aquello, que ella dudara por un sólo segundo, no le gustó lo más mínimo. Se miraron y Vegeta endureció su rostro con oscuridad.

-Vete.- le exigió.

Bulma lo estudió con sus ojos azules. ¿Por qué sentía como si lo hubiese defraudado?

Él desvió de nuevo la vista hacia ella. -Vete.- reiteró su orden.

Y así hizo. Se fue sin decir absolutamente nada.

Eso pasó hacía un mes y desde entonces no se habían dirigido la palabra. Había sido fácil. Durante las cuatro semanas siguientes él no había roto nada ni tampoco había gritado más de lo común, así que la tensa calma podía controlarse. No era que se evitaran abiertamente, si no que más bien mantenían las distancias.

Evidentemente aquello tenía que estallar de algún modo, y fue a finales de febrero cuando volvieron a escucharse gritos en todo el recinto y, posiblemente, en toda la ciudad.

-¿¡Qué le has hecho a mi cámara!- Había entrado como una energúmena en la habitación de él.

Ese día estaba especialmente cansada. Se había tirado cuatro días sin apenas descansar porque llevaba atrasados unos estudios que tenía que presentar a quince empresas distintas. Y además eso le ponía de peor humor: las presentaciones eran aburridas per se puesto que le restaban tiempo a lo que realmente le interesaba, sus inventos. Las alabanzas que venían después sí eran bastante regocijantes, sin embargo, solían durar muy poco.

Él parecía que ese día tampoco estaba para soportar a nadie. -Sal de mis aposentos.- le ordenó sin mirarla mientras buscaba algo en un cajón.

-¡La has destrozado, maldito saiyajin! ¡¿Qué se supone que tengo que hacer yo ahora, eh!- cuestionó cerrando la puerta tras de sí.

-¡Arréglala!- gritó él cerrando igualmente el cajón con fuerza y sacando de él una toalla. Como siempre, no daba opción aunque el grito había sido más seco de lo habitual en él. Sin duda, y por su poca predisposición a discutir, hoy tenía un mal día.

-¡No pienso hacerlo! ¿¡Me has oído!- le retó ella cruzando los brazos. -¡Esta vez, no! ¡Se acabó cumplir todos tus deseos, mono del espacio desquiciado!-

Él dobló la vista hacia ella con un movimiento brusco. Por cómo la miró en ese instante, ella creyó que esta vez sí iba a matarla. Y más cuando él comenzó a dar pasos fuertes y rápidos hacia ella. ¿Qué iba a hacer? ¿Iba a matarla de verdad? Se echó hacia atrás al verlo acercarse. Oh, por dios, iba a matarla allí, en su casa. ¿Por qué tendría ella esa bocaza que le hacía ser tan impulsiva?

Pero no, al menos por el momento. -Humana despreciable...- le gruñó en su cara. Y acto seguido, se agachó y la subió a su hombro.

-¿Qué haces? ¡Suéltame!- gritó ella confundida.

-¡Cállate de una vez!- bramó él con el mismo tono seco. Abrió la puerta de una patada. Igual no la mataba en ese instante pero por sus modos tan salvajes, sin duda iba a acabar con ella en otro lugar.

-¡Que me sueltes, bruto!- le exigió ella a la vez que trataba de deshacerse de esa postura con patadas y golpes en su espalda.

-¡Cállate!- volvió a ordenarle él.

-¡Bájame ahora mismo!- gritó de nuevo agudizando las dos últimas palabras hasta el extremo a la vez que descendían por las escaleras. -¿Qué piensas hacer, eh? ¡Que me bajes!-

-¡Vas a arreglar esa cámara como que yo soy el Príncipe de los Saiyajins, mujer loca! ¡Y no pienso tolerar más desacatos!-

-¡No! ¡Vas a matarme! ¡Y vas a esconder mi cuerpo!-

-¡Deja de decir estupideces y cállate!- se quejó él después de un gruñido.

Vio a sus padres en la cocina. Ahí estaba su salvación: -¡Mamá! ¡Papá! ¡Quiere matarme! ¡Me va a matar!-

-¡Que te calles!- vociferó él ignorándola.

No fue el único. Sus padres los miraron sonrientes:

-¡Hola, cariño! ¡Hola, Vegeta!- les saludó su madre frente a la mesa.

¿Por qué todo el mundo en esa casa la ignoraba? Ese tipo peligroso sin lugar a dudas iba a matarla y sus padres parecían muy entretenidos, más bien pasivos, como si no creyeran que aquello fuera a ocurrir o como si estuvieran acostumbrados.

-¡No quiero morir! ¡No quiero morir!- tronaba haciendo la mayor de sus fuerzas mientras atravesaban el jardín. Imposible. Ese hombre era puro músculo de acero inexpugnable.

Él gruñó: -¡Aaaaaaah!- gritó adentrándose en la nave. -¡Eres insufrible! ¡Insufrible!- Y la echó sin ningún cuidado sobre el suelo de la nave, prácticamente destrozada. -¡Vas a arreglarla ahora mismo!-

Cayó sobre un tubo que le hizo daño en la columna. Aquello hizo que el miedo desapareciera por un instante. -¡No voy a hacerlo!-

Él arrugó la boca. -¿Pero qué...?- parecía a punto de perder el control, más aún de lo que ya lo había perdido. Se dirigió a ella, la agarró, la levantó con brusquedad, le dio la vuelta y la empujó contra los mandos. -¡No pienso repetirte una maldita orden jamás, humana!-

Más enfado. ¿Quién demonios se creía ese hombre para tratarla así? No era la primera vez que la menospreciaba de ese modo pero sí se le veía más alterado de lo normal. Se giró para retarlo:

-¿Y para qué quieres seguir con esto, eh?- lo provocó aun apoyada en los mandos. -¡Todo esto no sirve para nada, imbécil! ¡Para nada! ¡Y tú lo sabes!-

Él lució como si hubiera captado la intención al instante. Vale, ahí sí que iba a hacerla desaparecer, pero además de la manera más dolorosa que pudiera existir. Le agarró de la cara y espetó:

-¿Qué demonios estás diciendo, eh, humana insolente?- le preguntó con sordidez, casi entretenido. -¿Qué estás insinuando?- soltó buscándole los ojos.

Y los encontró. Ella lo encaró, como siempre hacía a pesar de tener la muerte cerca. Apretó su pequeña boca antes de decir: -Nunca ganarás a los androides.-

Ahí, justo ahí, y casi sin ningún sentido, él le sonrió. Era como si hubiera estado esperando que ella le confesase ese pensamiento. -Por supuesto que lo haré.- afirmó con más severidad en su voz que nunca. -Y luego acabaré con todo este planeta.-

-¡No lo harás!- gritó ella intentando zafarse del agarre en su cara. Se movió, pero entonces él se pegó a ella.

¿Qué había sido aquello?

Lo miró buscando respuestas.

-Lo haré.- reiteró él danzando la vista por su rostro blanco. -Y a ti, a tus padres, a Kakarotto y a todo bicho viviente y despreciable que habite en este mundo los volatilizaré y no quedará nada.-

Sus manos. Sus manos fueron las culpables de que aquello se desquiciara. Era como si tuvieran vida propia. Ese hombre estaba más cerca que nunca de aniquilarla y sus manos no tuvieron otra cosa que hacer que subir hasta su rostro y acariciarlo.

Él no hizo ningún gesto, nada salió de su cara.

Maldita sea. No supo ni cómo lo hizo. Se abalanzó sobre él y él respondió al beso al instante, con furia, sin control.

Ni Yamcha, ni las amenazas, ni el maldito futuro incierto ocuparon su mente. Quizá ya estaban lo suficiente clavados en su cerebro como para que precisamente ellos fueran los culpables de que todo eso se expulsara con tal violencia. No tenían mucho tiempo que perder. Sí, quizá todos ellos a la vez la habían empujado a llevar a cabo ese acto tan problemático. Pero, por todos los dioses, si él acababa de decir que iba a hacer estallar su planeta, que lo hiciera primero con ella en ese mismo instante.

¿Cuándo? ¿Por qué? Ni ella misma podría decirlo. O quizá sí:

-¿Y tú, pequeño? ¿Qué dices, eh? Te llamas Vegeta, ¿verdad?-

-¿Eh? ¿Me ha llamado pequeño?-

-Si no tienes una casa a donde ir, ¡anímate! ¡Tengo mucha comida y seguro que comes tanto como Goku! ¡Oh, vamos, ven! Pero, ¡oye!, no dejaré que te enamores de mí aunque me veas muy atractiva.-

Y le guiñó un ojo. Entre ellos quedaría el secreto de que, durante esas horas que esperaron a su padre y la nave para que los llevara de vuelta, ella pilló a él mirándola en varias ocasiones.

Y él, el cruel príncipe de los saiyajins, le quitaba la vista como un colegial tímido.

Sonrió al recordarlo mientras él la echaba sobre la mesa de control de la cámara. Sí, sin duda ahí fue la primera vez que Bulma se dio cuenta de que Vegeta se había fijado en ella.

Y es que el porqué siempre está en el principio.

o-o-o-o

La primera vez podría decir que fue por algo chabacano, puramente hormonal, de hombre a mujer. Él la amenazaba acercando su cuerpo y ella no respondía al ataque, si no que se pegaba a la pared cerrando los ojos. Cómo la odiaba. Estaba completamente loca, eso no lo dudaba nadie que conociera a esa mujer de pelo azul y mirada inquieta. Le gustaba tenerla así, a su merced esperando la muerte. Le llegaría, sobre eso tampoco había duda: él la mataría después de acabar con los androides y Kakarotto, por ese orden.

Siguió observándola pegada a la pared. Sí, la mataría, pero en el momento oportuno. Ahora no. Esa mujer loca le daba alimentos y le procuraba todo lo que él necesitara. Aunque el precio que él tenía que pagar por eso era muy alto: soportarla.

Oh, cuánto la odiaba.

-¿Acabas de mirar mi delantera?- le preguntó entre indignada y sorprendida.

¿Que si había hecho qué? No podía ser verdad que ella le hubiera hecho esa pregunta. -¿Qué estás diciendo, humana?- cuestionó él sin poder evitar que sus mejillas se volvieran sonrosadas. Se alejó al instante.

Frunció el ceño. Lució un poco confundida. -¡Me has mirado las tetas!- exclamó tapándose con la camisa.

No, no parecía nada confundida ahora, es más, hasta se le veía bastante molesta.

-¿¡Cómo se te ocurre pensar que yo...- Arrugó el gesto para alzar la voz, volviendo su esencia a él: -¡Estás completamente loca!-

Y se fue.

Sí, podría decir que aquella fue la primera vez en la que ella le pillaba mirándola, pero no era del todo real.

Vinieron más ocasiones, como cuando arreglando la cámara de gravedad él se mantuvo allí observándola mientras ella estaba agachada. No le salió tan natural como la primera vez, pero sí igual de provocador:

-¿Sabes que a mi padre le han dado un premio?

-No me interesa.- espetó él dando vueltas a su alrededor.

-¡Oh, venga, Vegeta!- exclamó ella desde debajo de los controles. -Dame un respiro, ¿quieres? Llevamos viviendo juntos, ¿cuánto? ¿Seis meses?- le preguntó girando sobre sí misma y poniéndose a cuatro patas.

Él no le contestó. Esa pregunta le hizo dudar. ¿Habían pasado ya seis meses desde que se instaló en La Tierra? Si seguía a ese ritmo, eso significaba que tendría tiempo suficiente para convertirse en super saiyajin. Movió su cabeza y se concentró en la figura de la mujer. No podía confiarse de esa manera, tenía que entrenar con igual intensidad o más. No era una cuestión de tiempo.

-Creo que ya va siendo hora de que te integres como un buen invitado, ¿no crees?- quiso saber afianzando las tuercas.

Sí, sí era una cuestión de tiempo. Todo dependía de eso, del tiempo. Tres años y ya sólo le quedaban dos y medio. Y aún no era super saiyajin. Maldita sea, ¿qué era lo que fallaba? ¿Qué estaba mal con él?

-Lo que tendrías que hacer al ver a mi padre es decirle "señor Briefs, muchas felicidades por su premio, estoy seguro de que ha sido muy merecido".

Lo único que tenía que hacer era entrenarse con más ahínco. Bufó. ¿Más aún? Pero si en más de una ocasión había desfallecido por su altísimo nivel de entrenamiento. Maldito Kakarotto. ¿Por qué él era el más fuerte? ¿Por qué?

-¿Te gusta lo que ves?- le preguntó girando la cabeza y sonriéndole.

Él se espigó al ser pillado desprevenido: -Deja de decir tonterías y arréglalo ya.- le soltó impertérrito, manteniéndole la mirada.

Y encima tenía que soportar a esa humana con sus provocaciones y sus gritos y sus guiños y su lengua viperina. Por todos los demonios, ¿por qué nunca se tapaba? ¿Tenía que ir con esos pantalones? Era una desvergonzada para todo. Estando o no estando el principiante de su pareja, ella siempre iba provocando. No, no tenía ningún decoro esa humana.

-¿Qué?- cuestionó ella despreocupada.

Él desvió la vista. Maldita sea, ¿lo había pronunciado en alto?

-¿Qué has querido decir con que no tengo decoro, Vegeta?- cuestionó Bulma.

Efectivamente, lo había dicho en alto. Diablos.

-Nada.- contestó.

Ella asomó su cabeza por debajo de la mesa de controles y le preguntó sonriéndole: -Te refieres a mis pantalones, ¿verdad?-

No entendía cómo podía ser tan descarada. Demonios, y encima seguramente había notado que él se había sonrojado. ¿Qué podía hacer ahora? Era evidente que sólo le restaban dos cosas por hacer: o matarla o salir de allí.

Ella comenzó a reírse. -Vaya, ¿quién me iba a decir a mí que al Príncipe de los Saiyajins le iba a gustar cómo me quedan a mí estos pantalones cortos?-

-¿Quién ha dicho que me guste tu vestimenta, humana? - la interrogó con el mayor de los desprecios a la vez que se dirigía a la puerta.

-¡Pues yo diría que te he pillado en un descuido, todopoderoso príncipe!- exclamó ella sin poder parar de reírse.

No la soportaba. No podía con ella. Era insufrible, una desvergonzada que le hacía sentir ridículo. ¿Él a ella mirándola? Nunca jamás se rebajaría a algo así. Nunca. -¡Deja de decir estupideces y arregla la cámara de una jodida vez!-

Pero, como no, ella no estaba por la labor de dejarlo en paz. -¡Si hubiera una definición del color rojo en el diccionario, tendría que aparecer tu cara!-

-¡Arregla la puñetera cámara!- le gritó ya desde el jardín.

Porque siempre que tenía la oportunidad se reía de él. Siempre. Parecía que había aprendido que él no podía matarla pese a desearlo al menos quince veces al día. Y la muy víbora aprovechaba cualquier momento de los que pasaban juntos, para acercarse a él. Sí, de un tiempo a esa parte, no sabía por qué, pasaban más tiempo del normal juntos. Y solos.

-Oh, venga, pruébalo, ¿qué te cuesta?- le insistió con la cuchara en alto.

-No está en mis planes morir envenenado.- le explicó él sarcástico mientras cogía un refresco de la nevera. Por algún casual que ahora no viene a cuento, ya había probado antes los mejunjes de la peliazul.

Ella lució molesta: -¿Cuántas veces tengo que decirte que aquí nadie quiere envenenar a nadie, eh?- cuestionó con la mano libre en la cadera. -Además estoy preparando un pastel de chocolate y sé muy bien que te gusta el chocolate.-

Él se irguió mirándola y cerrando con el pie el frigorífico. -A mí no me gusta nada que tenga que ver con humanos.- aseveró con su habitual seriedad.

-¿Seguro?- quiso saber mostrando una sonrisa coqueta.

Él dobló la vista hacia ella y frunció el entrecejo por un instante. ¿Qué había sido eso? ¿Ya estaba aprovechando la oportunidad para reírse de él? La estudió por un segundo y ahí estaba ella y su puñetera sonrisa, dándole a entender que tenía ganas de juegos. Cuando la vio apartar la vista un poco avergonzada y la oyó suspirar, se alegró de que parecía haber captado el sentido de su silencio. ¿Iba a cerrar la boca tan pronto? ¿No iba a intentar nada más?, se preguntó aproximándose a la olla que ella removía. Por todos los diablos, olía bastante bien ese ungüento.

-¿Huele bien, verdad?- preguntó sonriéndole.

Por supuesto que huele bien, si no, no se habría acercado a menos de un metro de ella.

-No me hace vomitar.- pronunció volviendo a mirar la olla.

Y, de nuevo, ella se rió. ¿Y ahora por qué se reía? La estudió mientras se apartaba el pelo de la cara y seguía con su ademán divertido.

-Vale, entonces abra la boca, majestad, y pruebe este buenísimo manjar que...- comenzó a decir mientras levantaba la cuchara de madera hacia él.

Realmente tenía una tara en su cabeza si creía que él iba a probar aquello, por muy bien que oliese. Echó su cabeza hacia atrás y sacó de la chistera su cara de asco más estudiada.

-¿No querías probarlo?- le cuestionó con una mano en la cadera.

Por supuesto que quería probarlo, pero antes tenía que asegurarse de que aquello no estaba envenenado. ¿Es que esa mujer no había aprendido nada en esos ocho meses que llevaban compartiendo el mismo techo? Tomó la cuchara para dárselo a probar.

-Oh, bueno, pues hazlo tú si es que no te fías de...-

Y entonces quien echó la cabeza hacia atrás de manera instintiva fue ella para acto seguido mirarlo arrugando la frente. Ahí venía un insulto de los suyos, y no se equivocó:

-¿Sabes que eres un enfermo, verguajjj...?- No pudo acabar bien la pregunta. Él le había metido el cubierto en la boca sin ningún tipo de cuidado. -¿Pero qué haces?- le gritó alejándose a la vez que cogía una servilleta para limpiarse los restos. -¿Cómo se te ocurre dar de comer a una mujer de esa manera?- cuestionó enojada. -¿Es que tú no dejas de ser un bruto en ningún instante?- De nuevo, puso sus brazos en jarra en espera de una respuesta.

No podría negar nunca que aquello había sido divertido. Tenía que reconocerlo: enfadarla era muy entretenido. Siempre hacía lo mismo: se enfadaba y le gritaba poniendo esa cara tan fea que le deformaba todas sus blancas facciones. Si no fuera por los gritos, le haría enfadar más veces sólo por ver su rostro de presumida tan desfigurado. Agudizaba las cejas y los ojos parecían a punto de estallarle, y además empequeñecía la boca para luego abrirla y soltar toda clase de improperios. Sí, era condenadamente divertido verla perder el control.

-Si querías jugar conmigo hoy, no tengo el día, Vegeta.- le soltó ella con desdén.

Él siguió mirándola guardándose la sonrisa para sí. Estaba ridícula con media cara llena de chocolate, y ni siquiera era capaz de limpiarse bien el rostro. Sí, esa mujer era un desastre en todo lo que hiciera. Una pena tener que matarla cuando toda esta historia terminase.

-¿Qué es lo que miras?-

-Espero a que te mueras.- respondió con total calma.

-¿A que me...?- Si por un momento lució confundida, al instante pareció entenderlo. Soltó un soplido dando a entender que se estaba hartando de aquello. -Es sólo chocolate, Vegeta, nadie aquí quiere envenenarte.- le explicó como en tantas otras ocasiones. Y seguramente para desafiarlo, ella misma volvió a tomar la cuchara y probó de nuevo un poco. -¿Ves?- le preguntó. -¿Quién en su sano juicio tomaría de su propio veneno?- preguntó.

¿Sano juicio? Esa frase estaba mal pronunciada puesto que ella no tenía juicio, y mucho menos sano. Se volvió a reír por dentro. Era increíble que esa mujer hubiera dicho eso con toda su desvergüenza. No sabría decir si usaba mejor su boca para insultarlo o tratarse a sí misma como si fuera una reina. Maldita lengua la suya, la misma que en ese instante se pasaba por los labios y que era toda una arma de destrucción masiva cuando se trataba de insultar.

Maldita sea, ¿y ahora por qué le sonreía de ese modo? No era la primera vez que la veía sonreírle así pero no entendía a qué venía y eso le ponía nervioso. Pensó que sería mejor probar el mejunje y salir de allí antes de darle otra oportunidad para reírse de él. Con suerte, mañana tendría ese chocolate en forma de tarta encima de la mesa. Eso era lo único bueno que tenía ese planeta: la comida que la mujer loca de pelo amarillo le ponía continuamente.

-Tú no tienes de eso.- dijo sosteniendo la cuchara e ignorándola.

No pudo probarlo. Ella se había acercado a él y agarró igualmente el cubierto. -¿No tengo qué?- le preguntó bajando el tono de voz.

Se quedó helado. ¿Qué estaba haciendo ella? ¿Por qué se pegaba tanto a él? ¿Y a qué había venido la bajada de dos octavas de su voz? Por muy raro que resultase en ese momento, el olor de ella le caló más hondo que incluso el del chocolate que inundaba toda la condenada cocina.

No soltó la cuchara y allí se quedaron los dos, sosteniéndola.

-¿Qué no tengo?- cuestionó ella.

Esta vez no pudo reprimir el desconcierto. ¿Ésas eran las nuevas reglas de su juego? ¿Provocarlo de la manera menos sutil? Se quedó quieto, quizá intrigado por lo que ella iba a hacer, y cesó el agarre sobre el cubierto cediéndoselo a ella.

Fue rápida, eso él no pudo negarlo tampoco cuando vio la cuchara ir directamente a su boca. -¿Qué es lo que no tengo, alteza?- le interrogó ella.

Vaya, parecía que el juego podía ser más divertido. -Juicio.- respondió él clavando sus ojos en los suyos.

Ella soltó una carcajada suave. Acercó aun más el cubierto y él abrió la boca diligentemente. Ella retornó a sonreírle.

¿Es que acaso creía ella que él no sabía lo que estaba intentando hacer? Ese juego era el más antiguo del mundo. Maldita mujer retorcida. Hasta para eso tenía que ser estridente y ocurrente.

-¿Te ha gustado?- le volvió a cuestionar en el mismo tono.

Él, al contrario de ella, se quitó el posible chocolate restante con el puño. La miró para volver a sonreírle a su manera. Sí, había sido divertido pero ya estaba bien de juegos con ella por hoy. Además tenía que ducharse. Se dio la vuelta. Cuando ya salía por la puerta le dijo:

-Te lo he dicho: no me gusta nada que tenga que ver con humanos.-

Si ella era tan lista como presuponía, tendría que entender eso como una provocación. Maldita sea, ¿por qué lo había hecho?

Bueno, no podía decir que la humana no era atractiva, pero aquello había sido el colmo de la desesperación. ¿Es que acaso no era evidente que ella había cambiado de táctica en un intento absurdo para que él no la matara en el momento oportuno? Era un truco, sí, un truco de bruja que usaba sus encantos para seducirlo y que le perdonara la vida.

Curiosamente, durante las siguientes semanas apenas se vieron. Bueno, ella a él sí lo veía a través de las cámaras de grabación que instaló en la nave y de eso Vegeta era consciente. ¿Entonces cómo era que en el momento en el que él caía por el esfuerzo aparecía ella para cuidarlo? Evidentemente, lo vigilaba. Y ahora se las daba de preocupada por él. Otro truco de bruja.

Atractiva, sí. Y gritona. Y acosadora. Y arrogante. Y altanera. Y desesperante. Y cabezota. Sí, pero sobre todo gritona. Incluso cuando consiguió por fin que él aceptara que ella le vendase después de haberse hecho daño en alguno de sus entrenamientos enfermizos, seguía gritándole. Ocurrió después de que la cámara estallara cuando permitió, tras mucho batallar, que ella lo cuidara. ¿Qué iba a hacer? Ya había comprobado que no querían envenenarlo y tener a esa mujer cuidándolo era algo a lo que también se había acostumbrado. Hasta había disfrutado de su dedicación a él cuando el cretino de su pareja rondaba por allí. Verlo enfadarse por sentir celos también fue divertido y, llegados a ese punto, simplemente se acostumbró a tenerla a su lado.

-¿Te quieres estar quieto?- le exigió pasándole el algodón por la herida en el costado.

-¡No sabes hacer nada, humana!- se quejó levantando más la camiseta.

Ese ungüento escocía. No era que se quejara por ello pero, por todos los saiyajins muertos, escocía mucho.

Ella gruñó, pero siguió con su tarea. -Espera.- le dijo. -Necesito que te quites la camiseta.- Y acto seguido se la levantó ella misma sacándosela por los brazos. Él se echó hacia atrás apoyando los codos en la cama.

-Maldita sea...- se quejó mirando su actuar.

-Siento que te escueza tanto, pero si no lo hace entonces no curaría.- se explicó Bulma.

-¿Quién se ha quejado, eh?- quiso saber él observando su pelo azul mientras trabajaba en la herida.

-Pues tú.- aclaró ella.

Diablos, no se le escapaba ni una a esa humana. -No me quejo de eso, mujer, me quejo de que esta maldita brecha no me va a dejar entrenar mañana con normalidad.-

Ella estiró su mano para coger la aguja y el hilo. -Tendrías que tomarte el día de mañana de descanso, Vegeta.- le sugirió mirándolo por un instante.

-Ni hablar.- Por supuesto, ahí estaba su respuesta más que obvia.

-¡Pues tendrás que hacerlo!- le exigió con un grito. -Si no quieres que tus tripas salgan disparadas mañana por la cámara de gravedad tendrás que...-

-¡No pienso alterar mi entrenamiento porque una chatarra de las tuyas me haya alcanzado!-

-¿¡Quieres dejar de gritar, eh!- ordenó mirándolo con recelo. -¡Como te sigas moviendo así va a ser imposible coserte esta vez!-

Gritona, gritona exasperante. Ya estaba harto de tenerla siempre ahí con él y de oler su maldito aroma. La odiaba, odiaba su pelo enmarañado, su boca pequeña y la mirada azul que expulsaba con toda la viveza de este maldito mundo. -Lo que sea para que te vayas de una vez, estúpida.- pronunció.

Si no fuera porque ya la conocía lo suficiente, hubiera jurado que aquello le había molestado. La miró estudiándola para asegurarse. ¿Le había molestado de verdad? No entendía qué demonios quería esa mujer de él. Sí, estaba claro que lo cuidaba para que luego él tuviera piedad de ella y no la matara, ¿o no? ¿O lo hacía porque realmente se preocupaba por él? Maldijo para sus adentros porque eso, con su historial y las amenazas, no tenía ningún sentido.

Como tampoco lo tuvo que ella, a la vez que mantenía sus iris azules en los suyos negros, hundiera la aguja un poco más hondo de lo normal en la piel del guerrero.

No supo qué hizo con su cara, pero por la sonrisa de ella podría haber asegurado que se había dado cuenta de que aquello lo había pillado por sorpresa. Vaya, sí que sabía jugar a ese juego esa humana. Sorprendente, eso era esa mujer. Casi admirable que lo hubiera retado de ese modo. Una leve ola de agrado, mezclada con un placer ínfimo, le recorrió la espina dorsal en ese momento. Sí, había sido divertido y excitante que ella hiciera eso.

Y que siguiera allí cuidándolo tan cerca también lo era.

La dejó hacer mientras se daba cuenta de que aquello había sido desproporcionado y absurdo. ¿qué demonios estaba haciendo? Él era el príncipe de todos los saiyajins y tenía una hoja de ruta a seguir muy fija en ese planeta. ¿De verdad iba a seguirle el juego a esa humana? No es que no lo hubiera pensado antes ya que no tenía relaciones desde hacía mucho, sin embargo, ¿con una fémina de raza infinitamente inferior?

Porque era inferior a él. Por supuesto que lo era. Sin darse cuenta, volvió a mirarla de nuevo. Era una raza inferior, sí, pero ella estaba hecha de otra pasta. Era lista, mucho más inteligente que cualquier ser que le rodeara, casi nadie podía compararse a ella. Y además era condenadamente atractiva. Sí, no podía negarlo, quería ver hasta qué punto ella era capaz de gritar por otras razones.

Cuando notó que la mano de ella permanecía demasiado tiempo sobre su costado, su respiración se hizo más pesada. Diablos, sólo tenía que echarla sobre la cama y fornicar con ella. Estaba más que claro que era lo que ella quería. Humana desvergonzada. Seguro que él era capaz de hacerla gritar más fuerte que lo que lo hacía antes el tonto de su pareja. Ese pensamiento en su cerebro hizo que casi se descontrolara al notar que empezaba a acariciarlo. Cuando sus dedos subieron hasta el pezón hizo verdaderos esfuerzos por no gemir. Necesitaba eso. Necesitaba sexo de una buena vez, y ni siquiera se había dado cuenta hasta ahora.

Cuando ya tenía su brazo levantado para sujetarla de la espalda y tirarla sobre las sábanas, ella lució dubitativa y paró en sus caricias. ¿Dudas ahora? ¿Dudas sobre qué, maldita sea? La miró sin creérselo, y menos cuando apareció un atisbo de culpabilidad en su rostro blanco. ¿Es que acaso ella no era de otra pasta? La culpabilidad no tendría que estar ahí. Hasta lo había invitado a él a su casa y ni ahí se justificó ante nadie.

O la violaba en ese mismo instante, o le exigía que se fuera.

Al diablo.

-Vete.- le exigió.

Ella lo estudió con sus ojos azules. Malditos ojos azules. Maldita bruja que ahora le venía con la culpabilidad.

Él desvió de nuevo la vista hacia ella. -Vete.- reiteró su orden.

Y así hizo. Se fue sin decir absolutamente nada.

Eso pasó hacía un mes y desde entonces no se habían dirigido la palabra. Había sido fácil. Durante las cuatro semanas siguientes él no había roto nada ni tampoco había gritado más de lo común, así que la tensa calma podía controlarse. No era que se evitaran abiertamente, si no que más bien mantenían las distancias.

Evidentemente aquello tenía que estallar de algún modo, y fue a finales de febrero cuando volvieron a escucharse gritos en todo el recinto y, posiblemente, en toda la ciudad.

-¿¡Qué le has hecho a mi cámara!- Había entrado como una energúmena en su habitación.

Ese día estaba especialmente cansado. Se había tirado una semana durmiendo apenas dos horas por noche y lo había notado en el entrenamiento de esa mañana, nublándose la vista en un par de ocasiones. No estaba para soportar a nadie. -Sal de mis aposentos.- le ordenó sin mirarla mientras buscaba algo en un cajón.

-¡La has destrozado, maldito saiyajin! ¡¿Qué se supone que tengo que hacer yo ahora, eh!- cuestionó cerrando la puerta tras de sí.

-¡Arréglala!- gritó él cerrando igualmente el cajón con fuerza y sacando de él una toalla.

-¡No pienso hacerlo! ¿¡Me has oído!- le retó ella cruzando los brazos. -¡Esta vez, no! ¡Se acabó cumplir todos tus deseos, mono del espacio desquiciado!-

Él dobló la vista hacia ella con un movimiento brusco. Ya estaba más que harto de ella: ahora sí iba a matarla, pero antes tenía que arreglarle su maldita nave. -Humana despreciable...- le gruñó en su cara. Y acto seguido, se agachó y la subió a su hombro.

-¿Qué haces? ¡Suéltame!- gritó ella confundida.

-¡Cállate de una vez!- bramó él con el mismo tono seco. Abrió la puerta de una patada. ¿Por qué no entendía un simple mandato esa mujer?

-¡Que me sueltes, bruto!- le exigió ella a la vez que trataba de deshacerse de esa postura con patadas y golpes en su espalda.

-¡Cállate!- volvió a ordenarle él.

-¡Bájame ahora mismo!- gritó de nuevo agudizando las dos últimas palabras hasta el extremo a la vez que descendían por las escaleras. -¿Qué piensas hacer, eh? ¡Que me bajes!-

-¡Vas a arreglar esa cámara como que yo soy el Príncipe de los Saiyajins, mujer loca! ¡Y no pienso tolerar más desacatos!-

-¡No! ¡Vas a matarme! ¡Y vas a esconder mi cuerpo!-

Que le aspen si esa conjetura salida de su boca pequeña y sonrosada había tenido algún sentido. -¡Deja de decir estupideces y cállate!- se quejó él después de un gruñido.

Cruzaron la entrada. En la cocina estaban los padres de la peliazul, la cual gritó desesperada: -¡Mamá! ¡Papá! ¡Quiere matarme! ¡Me va a matar!-

-¡Que te calles!- vociferó él ignorándola.

Por fortuna, sus padres estaban tan locos como ella:

-¡Hola, cariño! ¡Hola, Vegeta!- les saludó la mujer de pelo rubio frente a la mesa.

-¡No quiero morir! ¡No quiero morir!- tronaba haciendo la mayor de sus fuerzas mientras atravesaban el jardín.

Patadas, manotazos y hasta un tirón de pelos. Definitivamente, se había ganado que la matara después de eso.

Él gruñó: -¡Aaaaaaah!- gritó adentrándose en la nave. -¡Eres insufrible! ¡Insufrible!- Y la echó sin ningún cuidado sobre el suelo de la nave, prácticamente destrozada. -¡Vas a arreglarla ahora mismo!-

La escuchó quejarse al dejarla caer sobre un tubo de los rotos. Por supuesto, ahora tendría que retarle y así hizo: -¡No voy a hacerlo!-

No la soportaba. No podía con ella. En todo ese mes en el que apenas se habían visto había hecho acto de presencia en sus sueños, provocándole con su voz, su cercanía, su cuerpo y su maldita boca. No era la primera vez que soñaba con ella, sin embargo, ahora le enfadaba mucho más que se colara de ese modo sin que nadie la hubiera llamado.

-¿Pero qué...?- Estaba a punto de perder el control, más aún de lo que ya lo había perdido. Se dirigió a ella, la agarró, la levantó con brusquedad, le dio la vuelta y la empujó contra los mandos. -¡No pienso repetirte una maldita orden jamás, humana!-

Sin duda, por la forma de mirarlo, estaba sorprendida por su brusquedad. Se giró para retarlo:

-¿Y para qué quieres seguir con esto, eh?- lo provocó aun apoyada en los mandos. -¡Todo esto no sirve para nada, imbécil! ¡Para nada! ¡Y tú lo sabes!-

¿Que si él lo sabía? ¿Acaso ella se había dado cuenta de sus dudas? Maldita mujer descerebrada y curiosa que no lo dejaba en paz. Ya estaba bien, tenía que matarla en ese mismo instante. Le agarró de la cara y espetó:

-¿Qué demonios estás diciendo, eh, humana insolente?- le preguntó divertido. -¿Qué estás insinuando?- soltó buscándole los ojos.

Y los encontró. Ella lo encaró, como siempre hacía a pesar de tener la muerte cerca. Apretó su pequeña boca antes de decir: -Nunca ganarás a los androides.-

Tuvo que sonreír ante aquello. Estaba al borde de la locura y esa mujer no paraba de retarlo y buscarlo y encontrarlo. Sin ningún sentido, hasta agradeció que la incertidumbre que él mismo sentía carcomerle el corazón hubiera salido disparada por su diminuta boca de explosivos labios. Y sin entender tampoco por qué, en aquel instante la deseó más que nunca.

-Por supuesto que lo haré.- afirmó. -Y luego acabaré con todo este planeta.-

-¡No lo harás!- gritó ella intentando zafarse del agarre en su cara. Se movió, pero él se lo impidió acorralándola con su cuerpo.

Contacto. La lucha, a la que él dedicaba su vida, se trataba de eso: contacto. Y echaba de menos tener batallas con contacto real. Ésa, la pelea de allí, era otra batalla más y él estaba ansioso por obtener su necesario y natural contacto.

-Lo haré.- reiteró él danzando la vista por su rostro blanco. -Y a ti, a tus padres, a Kakarotto y a todo bicho viviente y despreciable que habite en este mundo los volatilizaré y no quedará nada.-

Cuando notó las manos de ella sobre su pecho, se dio cuenta de que no había vuelta atrás, de que ella también seguía deseándolo. La miró buscando la antigua culpabilidad, pero ésta ya no estaba. En cuanto sus ojos se cruzaron con los de ella, dejó que fuera la que iniciara aquello. Respondió al beso al instante, con furia, sin control.

Ni Kakarotto, ni los androides, ni el chico venido del futuro siendo supersaiyajin antes que él ocuparon su mente. Quizá ya estaban lo suficiente clavados en su cerebro como para que precisamente ellos fueran los culpables de que todo eso se expulsara como si fuera absolutamente necesario. No tenían mucho tiempo que perder. Sí, quizá todos ellos a la vez lo habían empujado a llevar a cabo ese acto tan absurdo. Pero, por todos los dioses, si ella era capaz de gritarle de ese modo constantemente, ahora tendría que hacerlo por una buena causa.

¿Cuándo? ¿Por qué? Ni él mismo podría decirlo. O quizá sí:

-¿Y tú, pequeño? ¿Qué dices, eh? Te llamas Vegeta, ¿verdad?-

-¿Eh? ¿Me ha llamado pequeño?-

-Si no tienes una casa a donde ir, ¡anímate! ¡Tengo mucha comida y seguro que comes tanto como Goku! ¡Oh, vamos, ven! Pero, ¡oye!, no dejaré que te enamores de mí aunque me veas muy atractiva.-

Y le guiñó un ojo. A la vez que él apartaba la vista sintiéndose estudiado, recordó haberla visto por primera vez con Krilin en Namek cuando bajó del cielo para exigirle que le dieran la bola de dragón. ¿Cómo podía acordarse de aquello?, pensó a la vez que la veía reír animadamente. De repente, ella volvió a mirarlo.

Y él le quitó la vista como un colegial tímido.

Se enfadó al rememorarlo mientras la echaba sobre la mesa de control de la cámara. ¿Podría ser verdad? ¿Se fijó en ella al momento de verla? Definitivamente, ni él sabría decirlo.

¿El porqué siempre está en el principio?

o-o-o-o

Espero que os haya gustado y gracias por leer. Feliz navidad y feliz entrada de 2012. Xxx. Drama.