CAPÍTULO 2

"Esto no tiene nada que ver con lo que hagas en el techo"


Se hizo daño y maldijo, a la vez que se agachaba para buscar el pendiente recién caído. Sí, definitivamente estaba de mal humor.

No había sido un gran día. La jornada se resumiría en trabajo, gritos, más trabajo y más gritos. En eso se había convertido su vida: en trabajar y en gritar. ¿Quién se lo hubiera dicho después de que le anunciaran que la posible extinción casi completa del planeta vendría en menos de dos años?

Respiró hondo y lo intentó de nuevo, tratando de controlar su mal carácter. Esta vez sí atinó: el pendiente por fin colgaba de su oreja. Increíble que hasta lo más tonto le costara trabajo realizarlo.

Se terminó de acicalar con los últimos golpes de maquillaje. Rímel, colorete y algo más de pintura de labios.

Suspiró de nuevo. Maldita sea, ¿desde cuándo se miraba al espejo y se sentía culpable? Movió la cabeza a los lados tratando de quitar ese sentimiento afianzado desde hacía tiempo.

Exactamente un mes y tres días.

Inspiró con fuerza y apartó la vista hacia el cenicero. Una calada más al cigarro y lo apagó con prisas. Echó un vistazo al móvil.

Nada.

Maldito Yamcha, ya se estaba retrasando diez minutos y a ella sólo le quedaban veinte de más arreglo. Ese era el trato: ella siempre se retrasaría en sus citas pero, por todos los demonios, ahora era él el que llegaba tarde a casa para recogerla.

Tres meses sin verlo y el muy tonto parecía que no tenía interés en descansar un par de días con su novia. Ella sólo quería una cena romántica, olvidar todo ese asunto del entrenamiento y de que estaban alejados, recordarle que eran pareja y que lo seguían siendo pese a la distancia.

Lo necesitaba, necesitaba saber que aún estaba con él.

o-o-o-o

-¡Hola, guapo!- le saludó efusiva la mujer del pelo amarillo.

Siguió su camino hacia la nevera.

-Vaya, veo que te ha visitado el duendecillo del hambre, ¿eh?- supuso cantarina y divertida. -¡Me alegra tanto saber que hay un hombre con buen apetito en esta casa!- exclamó feliz juntando las manos. -Mira, te he hecho un pastel de carne...- le dijo. Vegeta se irguió al instante para saber el aspecto de su regalo. -Te lo dejo encima de la mesa para que puedas degustarlo tú solito, cielo, porque mi hija va a salir esta noche a cenar y mi marido ya ha...-

En ese instante, sonó el teléfono.

-¡Ya lo cojo yo!- escucharon desde arriba.

Demasiado tarde. La dueña de la casa, en un movimiento rápido, había soltado el pastel en la mesa, se había girado, había esquivado a Vegeta y ya tenía el auricular en la mano. Hasta el príncipe se sorprendió de su destreza y velocidad.

-¡Hola, Yamcha, querido!- exclamó.

Vegeta la miró por un instante para acto seguido sentarse en su sitio de siempre. Vaya, eso olía realmente bien.

-Oh, no te preocupes, cariño, yo le daré el recado a mi hija.- escuchó a sus espaldas.

-¡Ya voy, mamá, ya voy!- gritaron desde la escalera.

Ahí bajaba la peliazul a toda prisa, pensó el príncipe mientras partía un trozo del pastel.

-Por supuesto que estamos todos, bien.- siguió diciendo la mujer de pelo amarillo. -No, no nos ha amenazado ni nada de eso, ¿cómo se te ocurre pensar que él haría algo así?-

Con esa pregunta, Vegeta sólo pudo sonreír de lado. Era cierto, a los dueños de la casa no los había amenazado directamente, pero la razón estaba en que no quería tratar con ellos y no porque no tuviera ganas de hacerlo.

-¡Ya estoy aquí, ya estoy aquí!- bramó la científico atropelladamente a la vez que recorría la entrada para llegar a la cocina.

-¡Claro! ¡Cuídate mucho, Yamcha! ¡Adiós!-

Y colgó.

Bulma tardó un segundo en reaccionar, y por supuesto para Vegeta, tenía que hacerlo de la única manera que sabía: gritando.

-¡Mamá! ¡Es que no oías nada de lo que yo te decía!-

Su madre sólo le sonrío antes de contestar: -Hija, estaba al teléfono, no seas maleducada y no le hables a alguien que está manteniendo una conversación por teléfono.-

Al príncipe no le hizo falta darse la vuelta para comprobar que la peliazul expulsaba e inhalaba aire por la nariz de manera atroz. Seguramente, a punto de estallar. Ahí tampoco se equivocó:

-¡Te decía que era yo la que iba a coger el teléfono! ¡Y luego que venía de camino hacia acá! ¡Y después que ya estaba aquí! ¡Era una llamada para mí, mamá!-

La mujer de pelo rubio se atusó el cabello a la vez que se daba la vuelta y volvía frente a los fogones.

-Oh, querida...- exclamó entretenida. -Si supieras lo fea que te pones cuando te enfadas, no lo harías tan a menudo, te lo aseguro. Además, guarda las formas, querida, Vegeta está aquí y a él no le gustan tampoco tus gritos.-

El gruñido de la hija fue como si a un toro en celo lo colocaran en un campo afestado de espinas. Ahí no pudo resistirse y giró medio rostro para verla desesperarse.

Curiosamente ella, que lucía a punto de tener un ataque de nervios, lo miró igualmente y pareció calmarse. Probablemente se había dado cuenta de que él estaba disfrutando con todo eso. ¿Cuánto hacía que no se veían los dos en la misma habitación?

Cruzó los brazos y giró el rostro hacia un lado. -¿Y se puede saber qué te ha dicho Yamcha? Espero por su bien que esté a punto de tocar a la puerta.-

Su madre seguía entretenida limpiando la encimera: -Oh, no, pequeña, ha dicho que lamenta mucho no poder acompañarte hoy, que debido al mucho entrenamiento está agotado y que te verá este fin de semana.- contestó despreocupada. Al instante, una sonrisa pícara asomó entre sus dientes: -¡Y me ha mandado un beso a mí también! ¡Qué galán!- exclamó juntando las manos.

Los ojos de Bulma parecían a punto de salir de sus órbitas: -¡Será cretino!- gritó volteando su cuerpo y dirigiéndose hacia la escalera, de vuelta a su habitación. -¡¿Y qué hago yo ahora, eh? ¡Maldito idiota! ¡Idiota!- bramaba a la vez que levantaba los brazos a cada insulto.

Vegeta chistó mientras observaba la carne en sus manos.

-Ay, yo tampoco soporto cuando se pone a chillar.- soltó la mujer de pelo rubio con gesto tranquilo. -Parece que se lo ha tomado muy mal, ¿verdad, guapo?- le preguntó sonriente.

Cómo odiaba cuando le hablaban como si a él le importara cualquier situación doméstica que se diera en esa casa. Ni la miró, y siguió engullendo.

-Bueno, al menos así tendréis más tiempo para arreglar vuestras diferencias.- comentó la dueña de la casa a la vez que se quitaba el delantal.

Ahí sí volvió a mirarla parando su ingesta de alimentos. ¿Diferencias? ¿De qué diablos estaba hablando esa mujer loca? La observó de reojo mientras pasaba a su lado.

-Aprovecha, Vegeta, ésta es tu oportunidad...- Y acto seguido le guiñó un ojo mientras salía de la cocina.

Si hubiera habido alguien en esa habitación, podría haber visto la cara de absoluto horror y estupor del Príncipe de los Saiyajins, que tras un instante mostrando su desconcierto, movió la cabeza a los lados dando por perdida la batalla de entender cualquier cosa que saliera de la boca de esa mujer completamente desquiciada.

o-o-o-o

Movía compulsivamente la pierna sentada sobre su cama. No podía creerlo. Maldito Yamcha. Ni siquiera había tenido las agallas de llamarla a ella a su móvil si no que había preferido darle el recado a su madre.

Miró el celular en sus manos. Volvió a marcar su número y, de nuevo, una voz femenina le decía que el teléfono al que llamaba estaba apagado o fuera de cobertura. Odiaba a esa mujer, odiaba esa voz, odiaba ese mensaje.

Maldito, maldito, maldito Yamcha. Era imbécil, un tonto que no se daba cuenta de que necesitaban estar juntos, de que la distancia era difícil sobrellevarla, de que ella cada vez se acordaba menos de él.

Seguro que estaba con alguna mujer atlética y dulce, de ésas bobas que le reían todas las gracias y lo seguían a todas partes. Gruñó casi gritando. Sí, seguro que más de una lo había reconocido como la antigua estrella del baseball y ahora estaba retozando con él en el gimnasio.

Hizo esfuerzos por apartar esa imagen de su cabeza. Lo que le faltaba a ella ese día era imaginarse a Yamcha con otras mujeres. Como si no hubiera tenido bastante recordando lo que ella misma hizo en la cámara de gravedad hacía un mes.

Bufó cansada. No se merecía todo ese bombardeo de su mente a esas alturas de la noche. Demonios, había que ser práctica: ¿se iba a quedar sin cenar?

o-o-o-o

Tragó un trozo de pastel concentrado en el cansancio que lo acusaba. Estaba realmente agotado después de los fuertes días de entrenamiento con la gravedad hasta los máximos. Por fortuna, parecía que la peliazul había cumplido con sus órdenes estrictas de realizar mejoras en la nave y ahora ésta no temblaba cuando él subía la gravedad hasta los topes.

Por fin parecía que todo iba sobre ruedas. Dos meses más y se marcharía de allí a entrenar al espacio. Si bien había aprendido varias cosas desde que estaba en ese planeta de ineptos, una a destacar era que estaba preparado para tratar con los elementos gravitaciones del universo, retarlos y enfrentarlos. Y luego volver a este mundo de locos para hacer lo mismo con los androides.

Y con Kakarotto.

Una sonrisa ladeada iluminó su rostro. Al instante, ésta se borró y alzó una ceja al notar la presencia de alguien atrás de él.

Hablando de locos, ahí estaba la reina.

La vio atravesar la cocina por su lado izquierdo para dirigirse al mueble de vinos. Ella le echó a él un vistazo para apartar la mirada al instante. El príncipe sonrió. Vaya, sí que estaba de mal humor. Observó sus movimientos abriendo el mueble y cogiendo una botella sin ni siquiera mirar la calidad de la misma. Llevaba el mismo vestido corto de hacía un rato cuando irrumpió en ese mismo lugar y se fue hecha una furia, aunque esta vez por suerte para él se había tapado con una bata de tejido fino de color blanco que ya había visto en más de una ocasión. ¿Cuál sería ese tejido? Siempre brillaba como un manto de estrellas.

Ella movió los ojos hacia él y él los mantuvo. Sí, estaba bastante cabreada.

El cansancio había hecho mella, pero no podía negar que aquello prometía ser divertido. Mordió otro trozo del pastel y retornó a estudiarla.

¿Por qué estaba allí? ¿Por qué con él? En cuanto ella llegó, Vegeta notó que el ambiente se había espesado, como si su aparición fuera un desafío callado, un encuentro provocado para un fin aún por determinar, algo pendiente.

La peliazul apartó la vista de nuevo mientras se servía una buena copa de vino, de hecho, más que generosa, observó el guerrero. Y para su sorpresa, casi se la bebió de golpe para servirse otra.

-¿Qué miras?- le cuestionó ella sin ocultar desdén.

Oh, sí que iba a ser divertido, pensó él.

-Lo ridícula que eres.-

Bufó enfadándose más. De acuerdo, ella había ido allí para beber y comer y sabía que Vegeta estaba en la cocina, e incluso que lo había incitado a una de sus respuestas incisivas cuando le preguntó qué miraba, sin embargo, que le recordara justo hoy lo estúpida que podía llegar a ser, fue suficiente.

-Sólo estoy bebiendo, ¿qué hay de ridículo en esto?- preguntó alzando la copa y sin saber por qué seguía incitándolo a ser el hombre más detestable de todo el cosmos. Obviamente estaba deseando soltar su ira sobre alguien y, para su mala suerte, la única persona sobre la que podía era sobre él.

El príncipe sonrió observándola. -¿Aparte de esa mancha que tienes en tu indumentaria?- quiso saber señalándole con la barbilla el vestido.

Ella siguió sus ojos. -¡Oh, maldita sea!- exclamó enfurruñada al ver el lamparón en su escote. Buscó una servilleta sobre la mesa y se refregó con ella. Al instante se dio cuenta de que no podía hacer nada y volvió a bufar. -¿Sabes qué?- le preguntó sentándose a su lado. -No me importa porque, de todos modos, al final no voy a ningún sitio, así que, ¿qué más da?- Y levantó los hombros bebiendo de nuevo su copa y mirando a un punto fijo de la ventana.

-Hay que cuidar el aspecto de uno, siempre.- espetó sin levantar la vista de su plato.

Ella soltó una carcajada sorda. -Y me lo dice un tipo que se tiró cinco meses con la misma armadura que, para más inri, tenía un agujero en el centro.-

Él paró de engullir para apuntar: -Mi armadura estuvo siempre impoluta, humana.-

Vaya, lo fácil que era enfadar a ese hombre, pensó la peliazul. -Estaba rota.- apuntilló.

-Pero limpia.- replicó él a la vez.

¿Qué podía decir más? Suspiró y dejó pasar esa discusión absurda. A fin de cuentas, los dos tenían razón. De hecho, ella sólo pudo criticarle cuando volvió de su periplo espacial y tiró a la cubeta de la ropa sucia la armadura para cambiarla por una camisa rosa y unos pantalones amarillos. Sonrió de nuevo por la imagen y hasta soltó una risa floja a la vez que lo observaba comer como si no hubiera mañana.

-¿De qué te ríes?- preguntó él moviendo sus ojos un par de veces hacia ella. ¿Por qué aprovechaba esa mujer cualquier circunstancia para divertirse a su costa?

Bebió antes de contestar. -¿Qué hiciste con la camisa rosa que te regalé?-

Angostó los ojos al escuchar la mención a aquella horrenda prenda. Otro ejemplo de su descaro. -No sé de qué me hablas.- espetó con desinterés.

Ella volvió a reír, esta vez sin ningún pudor. -Sabes perfectamente de qué te estoy hablando.- le dijo divertida. -Lo sé porque me has mirado como si quisieras matarme.-

Esa frase hizo que volviera a mirarla. -Tengo ganas de matarte la mayoría del tiempo, así que eso no me aclara nada.- contestó con desdén.

Bulma no pudo evitar reírse sin muchos aspavientos. No podía negarlo, había sido un comentario divertido por su parte, sobre todo por ser consciente de que era cierto. Dos segundos. Eso fue lo que duró la mirada de extrañeza de él sobre los ojos de ella. Dos segundos en los que desechó la idea de entender a esa mujer en algún momento de su vida. Ahí estaba, para sorpresa de ambos, ese desentendimiento entre ellos mediante el cual y paradógicamente, se entendían, ya que se creaba una complicidad delicada, muy sutil y extraña. Fue un repunte, una leve chispa ya conocida a la que no quisieron hacer caso.

Ella le sacó la lengua manteniendo el gesto jovial en su cara blanca y se sirvió otra copa de vino.

Él apartó la vista de ella ante ese gesto ínfimo y que le ponía de los nervios. ¿Cuándo habían cambiado las tornas y no era él el que se reía de ella si no al revés? Esa mujer no había necesitado ni un minuto para llevar a cabo esa transformación. Bah, le daba igual. No estaba hoy para sus estúpidos juegos maquiavélicos de bruja.

En cuanto vio sus manos blanquecinas cerca de su manjar, gritó: -¿¡Qué demonios estás haciendo!- Una cosa era tenerla allí, y otra muy distinta que ella estuviera robándole su comida.

-¿Es que no me vas a dar un trozo?- le preguntó ella echándose hacia atrás. -¡Ese pastel lo ha hecho mi madre!- bramó volviendo a intentar tomar su parte.

Él alejó el manjar de ella: -¡Este plato ha sido cocinado exclusivamente para mí!-

Ella levantó los brazos sin comprender nada. -¡La mayoría de las veces te comportas como un niño pequeño, Vegeta!- gritó irguiéndose de su silla y dirigiéndose hacia el frigorífico. -¡Quiero esto, quiero lo otro, esto es mío!- vociferó imitándolo a la vez que abría la nevera. -¿¡Cómo se puede ser tan infantil! ¡¿Así es como está enseñado un príncipe saiyajin!-

Él la ignoró suponiendo que se había dado por vencida, quizá demasiado pronto desde su punto de vista. Observó su comida intacta de manos extrañas y siguió su ingesta.

Cogió una tarta de queso y se volvió a sentar a su lado: -Por no hablar de las veces que no agradeces todo lo que te damos en esta casa.- prosiguió con su queja. -Los arreglos de la cámara, los cuidados médicos, los robots, la ropa...- Volvió a observarlo y preguntó: -¿Por qué no tienes nada de príncipe, Vegeta?-

Movió los ojos un par de veces para estudiarla. ¿Qué estaba haciendo esa mujer? Parecía una pregunta inocente, como si realmente tuviera sentido pronunciarla. Humana rara.

-Explícate.- le exigió retomando a concentrarse en su plato.

Ella bebió antes de contestar: -Bueno, siempre presumes de que eres un príncipe y Krilin me lo ha confirmado por todo lo que pasasteis en Namek pero...- Se lo pensó antes de continuar.

Él frunció el ceño: -¿Qué?-

-Pues que no eres educado, ni caballeroso, ni gentil, ni ninguna de esas cosas que se supone que un príncipe tendría que ser.-

Vegeta le clavó la vista durante un par de segundos. Movió su cabeza a los lados negando la inocencia del comentario de la peliazul. -No me extraña que tengáis ese concepto de príncipe en este planeta de débiles de espíritu.- afirmó cruzando los brazos y recostándose en la silla.

Ella arrugó la boca. Como no, él aprovechaba cualquier momento para soltar un insulto, ya fuera directamente a ella o a la raza humana en general. Bueno, no podía culparle por pensar así, sin embargo, ¿qué culpa tenía ella de que fuera de las fronteras de su mundo todos se comportaran como auténticos patanes? Por fortuna, los namekianos eran seres extremadamente educados, aunque para su gusto muy callados. Al menos ese hombre que estaba a su lado era divertido. Sin ninguna intención por su parte, pero lo era.

-Entonces, ¿por ser príncipe no tendrías que representar a tu raza lo mejor que pudieras? Me refiero a que tendrías que visitar en palacios a los reyes de otros mundos, hacer alianzas, ligar con princesas de la corte y demás, ¿no?-

¿Había dicho ligar con princesas de la corte? Bufó por la pereza que le empezaba a producir esa conversación. ¿Ligar con princesas de la corte? ¿Eso significaba lo que él creía que significaba?

-Estupideces.- soltó poniéndose de pie.

-¡No son estupideces, Vegeta!- gritó ella siguiéndolo con la mirada. Por supuesto, él daba por finalizada ese pequeño intercambio de frases y se iba de allí dejándola sola. -¿¡Cómo voy a saber yo cómo se comportan los príncipes de planetas raros si tú no me dices la manera en la que...?-

Y paró de hablar cuando notó que él sólo había ido hacia la nevera y había sacado de allí algunas piezas de fruta. Por lo visto no tenía aún intención de irse y aquello la extrañó.

Él se sentó de nuevo en su silla. Lucía, como siempre, como si aquello no le importase nada así que ella tuvo que recordarse a sí misma lo que estaba diciendo antes de que él se irguiera de su silla. -¿Cómo voy a saber yo cómo se comportan los príncipes de por ahí?-

-Son idioteces de las que no sacarías ningún beneficio.- soltó mirando la fruta.

Ahí no podía decir que él se hubiera equivocado. -Es mera curiosidad, Vegeta, no es tan malo contestar a preguntas en medio de una conversación informal.-

Él ladeó la sonrisa aún sin mirarla: -Entonces me comportaría como uno de esos príncipes educados, así que mejor que tú sigas pensando de mí que soy un bárbaro y yo siga pensando de ti...- se burló, para al instante alzar la vista hacia ella, la cual se sorprendió ante la broma y le sonrió igualmente. -...Lo que pienso.-

Vaya, pensó Bulma, por un momento esa broma podía sugerir que el haberle negado que fuera un príncipe al uso le había molestado. De todos modos, había sido graciosa, casi vanidosa, adjetivo que sí casaba con su forma de ser. Por no decir que el flirteo fue más que evidente. ¿Quién le iba a decir a ella que se vería en ésas con Vegeta? Al instante, recordó que ya se había acostado con él. Oh, cielos, todo el mundo tenía razón y ella era tremendamente complicada.

Enseguida, se vio lanzada a pronunciar la cuestión, pero para su mala suerte su voz salió de primeras bastante aguda. Diablos, pensó, se le había debido de notar que se había puesto nerviosa. Aclaró su garganta y dijo:

-¿Y qué es lo que piensas de mí?

No tardó en contestar: -Que me aburres cuando hablas.- dijo sin ningún atisbo de mofa y mordiendo la naranja con cáscara.

Gruñó. -La mayoría del tiempo eres un imbécil, Vegeta.- profirió volviendo a beber de su copa de vino.

Y él llevó a cabo un gesto quizá ya no tan extraño para los dos: sonrió a su modo soltando una carcajada floja.

Madre mía, reflexionó Bulma para sí, aquello sí que se estaba poniendo interesante. Allí estaban los dos, sin dar muestras ninguna de querer levantarse e irse.

-Bueno, pues...- Tenía que dar con algún tema de conversación. No podía dejarlo todo ahí y encima el maldito saiya iba a acabar en menos de un minuto con todas las porciones de fruta. Condenada raza que siempre estaba hambrienta. Así no había manera de poder coquetear en una cena. -¿Te acuerdas de Namek?-

La miró serio para, de nuevo y al instante, doblar la vista a su comida.

Ella insistió: -¡Oh, venga, Vegeta! ¡Relájate!- le pidió un poco exasperada. -Creo que ya es hora de que tú y yo normalicemos un poco todo esto, ¿no crees?-

Esta vez, él sí pareció interesado: -¿De qué estás hablando?- le preguntó.

¿De qué estaba hablando? ¿Le había dicho normalizar? Por un instante, Bulma dudó de su propio juicio, sin embargo, igual lo que había ocurrido era que él no había entendido la intención.

-Me refiero a que ya hemos hablado de muchas cosas tú y yo y que ya es momento de que no estés siempre a la defensiva conmigo.-

Él clavó sus ojos por todo su rostro blanco como si así pudiera vislumbrar la intención de todo aquello. ¿Quería hacelo enfadar? Si ése era el plan, iba bien encaminada.

-Fui asesinado a sangre fría en Namek por un monstruo que había aniquilado a toda mi raza haciendo explotar mi planeta, allí estuve lo más cerca de lo que jamás me encontré para matarlo, y allí Kakarotto se convirtió en supersaiyajin y me denigró a mí como Príncipe de su raza relegándome al más oscuro ostracismo e insultando mi orgullo como nunca antes lo habían hecho, y además siendo él quien acabó con Freezer.- soltó mirándola a los ojos. -¿Contesta eso a tu pregunta, humana?-

La peliazul se sintió irremediablemente estúpida, que era exactamente como él quería que ella se sintiera. Se rehizo disimulando su alteración:

-¿Sabes? Creo que va siendo el momento de que lo superes.-

Los ojos de él se angostaron. Definitivamente, estaba loca.

Ella continuó calmada acercando su tenedor al plato de él. -Me refiero a que yo también estaría enfadada si me hubiera ocurrido todo eso, pero a fin de cuentas ya pasó, ¿no? ¿De qué sirve amargarse?- Y le guiñó un ojo.

-Es...- Él la estudió sin creerse lo que le había dicho. -Es... estás loca.-

Ella rió natural a la vez que se metía el trozo de pastel de carne en la boca. No era fácil hacer que ese hombre se impresionara, pero por lo visto había conseguido lo imposible: que se impresionara y se olvidara de su puñetero pastel de carne. -Mira, Vegeta, yo sólo digo que si tú quieres ser el mejor me parece una gran meta, sin embargo, si sigues con esa actitud...-

-Soy el mejor, humana.- le interrumpió él siguiendo con su escrutinio sobre sus ojos azules. -Por lo tanto, mi actitud es incuestionable.-

-¿Entonces por qué no eres supersaiyajin?- le soltó volviendo a tomar del plato de él.

Vegeta chistó doblando el cuello hacia un lado. Maldita humana que daba en el clavo. Podía aceptar que ella estuviera allí con él pese a que llevaba un mes evitándolo. Podía aceptar mantener una conversación bajo las reglas humanas porque a fin de cuentas era algo irrisorio. Podía aceptar sus risas y sus provocaciones. Podía aceptar todo eso. Sin embargo, lo que jamás podría aceptar era que se le humillara de ese modo recordándole que sus esfuerzos podrían caer en saco roto.

-Con mis padres y conmigo puedes contar para ello, Vegeta.- comentó echándose más vino. -Estoy convencida de que llegarás a ser el mejor un día de...-

Y mucho menos podía aceptar que ella lo alentara, afirmara con esa desfachatez que estaba allí para ayudarlo, que podía contar con ella, que él necesitaba de su asistencia. Sí, hasta ahí pudo soportar:

-¡Soy el mejor!- gritó él enervándose y cogiéndola de la muñeca. No soportaba la condescendencia, y menos de esa mujer que le hablaba como si todo lo que él sintiera dentro no tuviera ningún sentido. ¿Quién era ella para tratar de desacreditarle? -Soy el Príncipe de los Saiyajins, humana.- le dijo estudiándola por enésima vez. -¡Deja de tratarme como si...-

Ella se sobresaltó igual. Tenía que reconocer que quería verlo así, enfadado, para que ella pudiera igualmente echar toda su ira sobre él. Sin embargo, no había medido hasta qué punto ese hombre podía ser inestable pese a conocerlo, a casi intuirlo. Incluso podría decir que no esperaba esa reacción de él puesto que hacía mucho que el príncipe no le gritaba.

-¡Suéltame!- le bramó ella poniéndose de pie y haciendo fuerza para que le dejara libre el brazo.

Se dejó de rodeos sinuosos y sospechosos, y fue al grano: -¿Qué es lo que quieres, eh?- le inquirió. -¿Qué es lo que has venido a hacer aquí?-

Por un momento se sintió atolondrada. ¿Hacer? ¿A dónde? ¿Hacer en su cocina? No podía ser que Vegeta creyera que ella estaba allí por él. Había bajado a tomar algo, sí, y sabía que él estaba allí, sin embargo, no era por él si no por la falta de un poco de justicia: ella estaba irritada hasta el extremo, deseosa de un enfrentamiento y Vegeta era el hombre perfecto por ser el único. Lo malo de todo aquello se encontraba en que él, por lo visto, era igual de astuto que ella. Sí, seguramente se habría dado cuenta de todo su plan desde que la vio aparecer, pero igualmente la había tolerado, ¿no? Quizá él necesitaba desfogar del mismo modo.

¿Del mismo modo?

En cuanto se le pasó por la cabeza otro modo distinto de desfogar con él, se enojó aún más. Eso no estaba bien.

-¡Ésta es mi cocina, idiota! ¡Y vendré aquí las veces que a mí me dé la gana!- le gritó tratano de zafarse de su agarre. Sí, ésa era una buena razón. Además, no se sentía con ganas de achantarse frente a él si no que le respondería. Sí, le respondería. Estaba muy enfadada, enfadada con Yamcha, con ella misma y con el mundo por ser tan cruel con alguien tan maravilloso como Bulma Brief.

-¡No me insultes! ¡No vuelvas a insultarme, humana!- le recriminó él zarandeándola del brazo.

La intensidad de su mirada negra, sus músculos tensos, su voz gritándole. Oh, diablos, no, no estaba bien.

-¡Yo te insulto las veces que quiera y más!- vociferó constriñendo el cuerpo. -¡Estoy harta, harta de ti! ¡Harta de que todo sea lo que tú digas, maldito saiyajin! ¡Harta de ti y de todo esto! ¡Estoy harta! ¿Me has oído? ¡Harta!-

Y entonces, cara a cara, casi rozando la nariz, ambos se cayaron. Bulma sintió todo su cuerpo arder. Maldita sea, algo estaba mal con ella. Sí, mirando a sus iris oscuros, sin duda, algo andaba mal cuando le apetecía hacer lo que en ese instante hizo:

Se abalanzó sobre él y él, al igual que la primera vez que ocurrió, le respondió al momento.

Por un instante, la lucha fue igualada. En menos de dos segundos, él se impuso dejando ver que en ese juego, en lo que ahora venía, él mandaba. Pero ella no podía permitirlo porque, si no lo hacían bien, ocurriría lo de la vez anterior:

Cuatro empujones. En eso consistió únicamente. Él empujó varias veces y, lo que de primeras parecía prometer, se quedó en poco más que en eso, en algo prometedor. No estaba dispuesta a que le ocurriera esta vez. Ahora, ella le indicaría cómo hacerlo. Oh, sí, lo haría. Estaba tan ofuscada con el mundo que hasta ordenaría a ese saiyajin cómo quería ella que fuera ese rato juntos.

-Espera...- musitó cuando él ya la había echado sobre la mesa.

No le hizo caso y siguió con las prisas.

-Espera, Vegeta...- volvió a susurrar poniéndole las manos sobre los hombros.

Aprovechó el momento de incertidumbre de él, que había fruncido el ceño, para cogerle de la mano e indicarle el camino:

-Tócame...- suplicó queriendo hacer fuerza sobre la extremidad.

Él pareció no entender a qué se refería y quiso seguir a lo suyo.

Fue rápida: volvió a cogerle de la mano y la llevó a donde ella quería que fuera.

-Tócame... aquí...- murmuró mientras lo dirigía con diligencia.

Quizá fuera porque no estaba acostumbrado a que en esas circunstancias le ordenaran, sin embargo, todavía confuso y mirándola sin entender absolutamente nada, cuando quiso reaccionar tenía la mano entre las piernas de la peliazul y ella, con la suya puesta encima, le guió.

Fue casi instantáneo. Humedad y calor se entremezclaron justo en ese punto y el gemido susurrante de ella le hizo reaccionar. Alzó la vista para observarla y lucía con los ojos angostados, deseosa de más.

Y, sin esperarlo, a él le gustó aquello.

Ella separó su mano al notar que él parecía haberle cogido el truco, sin embargo, no fue ésa la razón. Se quedó extasiado viéndola reaccionar casi al instante. ¿Una mujer reaccionaba así con sólo el contacto ése que había llevado a cabo?

Asombroso.

Ella bajó la vista y no pudo evitar la sonrisa al verlo absorto, casi hechizado por lo que había logrado. Se irguió sobre la mesa y bajó de ésta para aferrarse a él por el cuello.

-Vamos a mi habitación...- murmuró para, al instante, besarlo.

Él no hizo caso y volvió a asirla de la cintura para echarla de nuevo sobre el soporte.

-No, espera...- le susurró posando una mano en su mejilla. La miró sin entender a qué venía ahora esa necesidad. Con los ojos azules sobre los suyos, ella le musitó: -A mi habitación, Vegeta, allí hay una cama, ¿recuerdas, hm?- Y esperó pacientemente una afirmación a su propuesta.

¿Una cama? Él nunca lo había hecho en una cama pero sonaba bastante bien la oferta. Ni quiso ni pudo pensar sobre la incomodidad que le causaba todo eso, todo lo relativo al sexo. Para él era más simple: si en ese instante le apetecía, lo hacía. No había más. ¿Tenía ahora que subir las escaleras y volver a discutir con ella para que todo fuera como a él le gustaba? Maldita sea. No estaba para pensar en eso ahora, ni en eso ni en nada. Afirmó con la cabeza mientras una nube se posaba en su cabeza.

Se aferró a su mano y tiró de él. -Ven, vamos...- le pidió.

Y él, como siempre había hecho, la siguió.

Subieron las escaleras sin mucha prisa. Ella se giró un par de veces para mirarlo y sonreírle y él no apartaba su vista de ella. Ninguna expresión salía de sus ojos negros. ¿Qué pensaría en ese instante?, se preguntó ella. ¿Qué le pasaba al príncipe de los saiyajins por la cabeza mientras seguía el rumbo marcado por ella? Era increíble verlo expectante, casi hipnotizado, rendido. ¿Con cuántas mujeres habría estado? En ese momento, una cuestión irreal le vino a la mente: ¿tendría mujer e hijos?

Ya frente a su puerta, no pudo evitar estudiarlo con interés. Esa misma pregunta se la hizo cuando estalló la cámara de gravedad y no había tenido oportunidad de saciar su curiosidad.

Él pareció despertar de su ensoñación y le frunció el ceño sin entender el estudio.

No, no era el momento de preguntarlo. Oh, dios mío, iba a acostarse con Vegeta.

Otra vez.

Abrió la puerta y no creyó necesario encender la luz.

En cuanto vio la cama, dudó. Sin embargo, no podía mostrarse dubitativa ante él porque si no, la rechazaría. Sí, sería mejor no encender las luces.

Se sobresaltó por el portazo. Se giró y allí estaba él, quieto, mirándola.

Le sonrió. Podría decir que no había visto ese gesto, sin embargo, casi estaba segura de que, aprovechando la oscuridad, le había sonreído de ese modo tan particular que él tenía, con ese ademán que no se sabía muy bien si encerraba desprecio o deseo.

O quizá las dos cosas.

Y la luz apareció. Se alarmó, no se lo esperaba. ¿Por qué había él encendido la luz?

-Prefiero la luz apaga...-

Él comenzó a andar hacia ella y ella enmudeció.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué él no parecía ansioso como la primera vez? Y, si no era así, ¿por qué la había seguido tan diligentemente?

Maldita mujer. ¿Qué se supone que tenía que hacer él en ese momento? Ahora se sentía estúpido pero no podía dejarlo en evidencia frente a ella porque lo aprovecharía para reírse de él, como siempre hacía. No era que las ganas se hubieran esfumado. Lo que le ocurría era que la espera no era propia de un saiyano. Odiaba cuando todo se volvía abrupto. Por un instante, la miró y las dudas casi se disiparon. Ahí estaba la humana que cuidaba de él, expectante, con un brillo en su mirada que le hacía querer destrozar toda la ropa que ahora le cubría. Avanzó unos pasos y se sintió avergonzado por el impulso. Ah, cuánto odiaba que su mente se bloqueara de ese modo.

Lo vio desviar la vista a un lado y al otro de la habitación, sólo una vez mientras iba de camino para, justo frente a frente, detener su avance. Con los brazos caídos, cruzó la mirada con ella.

Sí, ahí sí había deseo. Mucho. Entonces, ¿por qué ninguno de los dos reaccionaba?

Cuando estaba a punto de iniciar de nuevo lo que abajo habían dejado pendiente, él alargó su mano hacia la bata y se concentró en su tacto. El roce de sus dedos, casi suave, la extrañó. Se le veía intrigado y ella sonrió levemente. En un movimiento igual de taimado, deshizo el nudo de la bata.

Ella, que desde que llegó a la habitación no había notado su propia respiración, soltó el aire en un suspiro pesado.

Él clavó la vista en el torso de ella y se acercó dos pasos para pasar sus manos por la cintura.

Y ella aguantó de nuevo la respiración.

La bata cayó sola al suelo.

Le buscó los ojos pero él parecía pensativo, estudiando la situación, perdido en lo que fuera que en ese instante se le estaba pasando por la cabeza.

¿Por qué no la miraba?, se preguntaba ella que le buscaba los ojos.

-Desvístete.- le ordenó con la vista fija en el cuerpo de ella.

No supo por qué, pero no lo dudó un momento. Se desabrochó el vestido y con prisas se lo quitó. Éste se deslizó hasta el suelo y ella lo apartó con los pies.

Bien, ¿y ahora qué? Se dejó observar por unos instantes. ¿No iba a hacer nada? Por dios santo, nunca antes había estado tan dispuesta y él, como hombre cruel que era, parecía no tener ninguna prisa.

Se hartó. Dio dos pasos al frente y él levantó la vista para cruzar la mirada.

Y ella casi sintió su corazón cabalgar raudo. ¿Sería verdad esa mirada? ¿Sería verdad lo que en ese momento le habían dicho esos ojos negros? Por todos los dioses, casi sintió compasión por él. Vegeta, el Príncipe de los Saiyajins, le había mostrado por primera vez en su vida algo y había sido justo en ese instante:

Que no tenía ni idea de cómo continuar.

Y entonces lo vio más irresistible que nunca. Allí, ante ella, el altanero saiya se había mostrado deseoso y la vez tímido, como si necesitara de su ayuda. ¿Realmente no había estado así con una mujer? Obviamente sí porque ésa no era la primera vez para los dos, sin embargo, ¿y con otras?

Una sonrisa divertida asomó entre los labios de la peliazul y él frunció el ceño sin entender a qué había venido.

Ese gesto, el de cuando la miraba así, sin entenderla, le hacía sentirse poderosa y hasta ahí pudo aguantar:

-Oh, Vegeta...- soltó justo antes de echarse sobre él.

El príncipe gruñó en desesperación. Por fin, pensó en su cabeza. Esa maldita bruja casi lo había vuelto loco con sus juegos de espera.

Y volvieron a comenzar. Él la agarró con firmeza contra su cuerpo y ella dejó que sus fuertes manos viajaran alrededor de su espalda y más abajo. Por todos los diablos, si no había estado antes con una mujer distinta a ella, por cómo la movía a su antojo, el saiya lo disimulaba muy bien.

Quizá es que sólo era tímido en la intimidad. Retornó a sonreír. Hombre raro. ¿Cómo podía ser tan altanero y luego mostrarse reservado con ella desnuda?

Él dio unos pasos al frente arrastrando a ella hasta caer sobre la cama. Se arrastró sobre las sábanas apoyando los codos mientras lo devoraba con la vista. Ahí él sí sonrió. Lo vio quitarse con una rapidez inaudita las zapatillas deportivas y se lanzó a por ella.

Dejó caer todo su cuerpo y allí, con ese hombre por fin sobre ella, Bulma se volvió a sentir tremendamente bien.

-Oh, sí...- gimió moviéndose debajo.

Le buscó la boca y la mordió.

Él gruñó excitado mientras con los brazos le abría más las piernas.

Oh, sí, eso estaba muy bien. No, era imposible que ese hombre sólo hubiera estado con ella. Era rudo, sin embargo, en ese momento parecía saber muy bien lo que estaba haciendo, contrariamente al minuto anterior. En cuanto volvió a mirar hacia abajo, él le había levantado el sujetador y ella sólo tuvo que sacárselo por la cabeza. Después de apretar los dientes por la vista, comenzó a pasar su boca sobre sus senos. Ahí fue cuando los movimientos comenzaron a ser más bruscos, más entonados, más precisos.

Aquello prometía, más que la primera vez.

Estaba siendo bueno, muy bueno. Sentía todo su cuerpo arder, como si en cualquier instante un incendio se fuera a dar sobre esa cama. Y, sin mucho menos esperarlo, él bajó su mano hacia el centro de su ardor.

Bien, pensó él. Ella había jugado un poco pero él aprendía rápido. Sí, esa bruja vería ahora lo veloz que era él aprendiendo.

En cuanto notó los dedos de Vegeta tocarla, un pequeño grito salió de lo más hondo de sí y estiró su cuello hacia atrás.

-¡Oh, sí!-

Fue automático, casi instantáneo, al igual que en la cocina. Él la miró extasiado y dobló la sonrisa contento por haber conseguido de nuevo ese efecto sobre ella.

Más excitación.

Ella bajó el cuello y lo miró. Tuvo que agarrarse a sus fuertes brazos por la sensación que le estaba embriagando. Si seguía así, iba a responder antes de lo previsto, mucho antes.

Para él, ese instante estaba siendo memorable. Sí, por lo visto a esa mujer le excitaba en extremo que él la tocara justo entre las piernas, algo que jamás había hecho antes con ninguna ni tampoco tenía ningún interés, sin embargo, era bastante embriagador. ¿Sería igual para todas las demás? Viéndola concentrada en lo suyo, apartó la mano con brusquedad. Aquello fue suficiente y, con más ganas que nunca, se puso casi de rodillas y la agarró del interior de los muslos para arrastrarla hasta exactamente donde quería tenerla. Le bajó la ropa interior y se la sacó por los pies.

Ansiedad. La observó por un instante completamente desnuda sobre la cama.

Y ella se dejó observar con la respiración acelerada. Al segundo, abrió las piernas.

Se sonrieron a la vez.

Él se echó sobre ella y se movió lo justo por abajo. En un instante, se bajó el pantalón, apoyó sus fuertes brazos a los lados de su débil cuerpo y se preparó.

Entró dentro de ella con mucha más facilidad que la vez anterior. Y por eso se vio más liberado y fue brusco, mucho, tanto que a ella le dolió y constriñó su espalda y se aferró a su nuca.

Se volvieron a mirar. Él dejó caer su aliento sobre ella y ella arrugó su frente.

Empujó de nuevo. Con igual fuerza. Manteniendo aún los cuerpos separados.

Ella le hincó las uñas y volvió a gritar: -¡Ah!- exclamó sin ningún decoro.

No encontró consuelo. Él pareció encantado con el resultado.

Otra vez, un envite. Otro más.

Ella miró hacia abajo. Sin duda, dejar las luces encendidas fue una buena idea. Sí, estaban los dos desnudos sobre su cama. Era cierto. Se estaba acostando con Vegeta. Estaba allí, a su antojo, con él encima. Alzó la vista y él pareció esperar a que sus ojos se cruzaran porque, de nuevo, empujó.

-Oh, dios mío...- exclamó. -¡Ven aquí!- Y lo abrazó llevándoselo con ella.

Él se dejó caer y así comenzó el baile: se perdió en su nuca expulsando aire con la misma armonía con la que empujaba dentro de ella.

Y ella cogió el ritmo mientras gritaba sin miramientos.

-¡Ah, ah, ah!-

Sí, estaba siendo mucho mejor que la primera vez. Muchísimo mejor. Y podía mejorar incluso: lo empujó sobre las sábanas y se sentó sobre él. No tardó ni un instante en volver a tenerlo dentro.

Él lució confuso y ella le volvió a sonreír mientras imponía su compás.

-¡Oh, sí!- gemía.

No se lo permitió ni cinco segundos. Tras recomponerse, la giró sobre la cama. Ella quiso resarcirse y se escurrió hacia atrás.

-¡No!- le gritó ofuscada. ¿Por qué hasta en la cama tenía él que salirse con la suya? Tendría que haberlo visto venir: Vegeta era incapaz de dejarle a ella el mando.

-Quieta.- le ordenó agarrándola de los muslos y echándose sobre ella.

-¡Déjame!- vociferó con voz aguda, lo mismo que las cejas. Estaba siendo bastante bueno ya, ¿por qué tenía que estropearlo siendo tan bruto, tan Vegeta?

Le volvió a abrir las piernas y entró sin miramientos.

Sí, eso le había gustado. -¡Ah!- volvió a gritar.

Pero no podía salirse con la suya. Un último intento de removerse debajo y él la aferró de las muñecas.

-¡Deja de jugar!- le ordenó aparentemente enfadado.

Ella arrugó el ceño en desaprobación, lo mismo que la boca antes de expulsar: -¡No estoy jugando!

Él gruñó. Esa mujer era imposible. -¿¡Entonces qué diablos estás haciendo!- gritó para, al instante, empujar otra vez.

Y ella retorció su cuerpo. Maldita sea, aquello le gustaba pero él no podía salirse con la suya. Lo miró con despecho.

-¡Bruto!-

Y él volvió a embestirla con igual potencia.

-¡Déjame!- bramó ella queriendo zafarse de su agarre retorciendo su cuerpo con toda la fuerza que contenía en su débil cuerpo.

Maldita sea, maldita mujer. No podía dejarlo ahí, no iban a dejarlo ahí. ¿Por qué tenía que ser tan pendenciera, tan inconformista? Incluso en la cama le iba a dar problemas. Bueno, eso no estaba siendo un problema, más bien le provocaba a él el querer tenerla bajo su control. Seguramente lo hacía de manera inconsciente, es decir, que ella era así de manera natural. No supo si aquello le gustó más por ser así, algo natural, y por lo tanto, difícil.

-¿Qué es lo que quieres, eh?- le susurró directamente a la boca. Ella paró su pelea alertada por el tono inquisitivo de él que lucía realmente desesperado. -¿Qué demonios es lo que quieres?- le espetó con su voz ronca y oscura, echándole todo su aliento y clavándole sus iris negros.

¿Qué había sido eso? ¿Había sido una súplica? ¿Había sido una provocación llevaba por la exasperación e impaciencia? ¿O significaba algo más, algo referido a ellos dos fuera de esa cama? El tono altanero estaba presente, su voz cruel que ella presuponía que era la misma que usaba cuando se despedía de sus víctimas, la atolondró por un instante.

No, ella quería más. Pero calló y dejó que sus suspiros pequeños, cortos y ardientes, fueran la respuesta.

-Entonces estate quieta de una puñetera vez, Bulma.- exigió estudiando su blanco rostro excitado y labios provocadores.

Si por unos segundos los dos se quedaron quietos, él empujó con igual fuerza que antes, hasta el fondo.

Y ella retornó a gritar cerrando los ojos.

Él sonrió. Mujer rara, mujer contradictoria. Ni sobre las sábanas y desnuda podía ser coherente.

Fue la excitación por tenerla debajo, sumisa e iracunda, siempre contradictoria, lo que hizo que él se emocionara, quizá un poco más de lo debido: la envistió con la misma furia que sentía como protagonista de sus entrañas.

Y el grito de ella lo alarmó.

Se quedó quieto esperando una reacción. Verla con el cuello estirado, las mejillas sonrosadas y el sudor cayéndole por el cuello hizo que creyera que realmente había perdido el control. Maldita mujer y malditos gritos.

Ella dejó asomar su rostro y clavó sus ojos azules en los negros:

-¿A qué esperas, idiota?- masculló.

Casi se sintió aliviado. Al instante, se enfadó. De nuevo, esa mujer le había faltado al respeto y encima en la cama. Y además, ordenándole.

Empujó.

-¿A quién llamas idiota, eh?-

Volvió a empujar.

-A ti, idiota.- le aclaró ella perdida en el placer.

Por un momento, sonrió y dejó que su rostro se perdiera de nuevo en el cuello de ella. Ya no iba a parar más.

Y no lo hizo. La movió lo mínimo y comenzó un ritmo más acelerado. Los gritos de ella eran ensordecedores y él entendió que estaban en el mismo punto. Más rápido. Más ritmo. Más gritos.

-¡Oh, dios mío, Vegeta!- gritó ella buscándole de nuevo los ojos.

Él no le correspondió. Suficiente tenía con disfrutar al máximo aquello. Ese gozo, ese placer que le venía, era posiblemente lo mejor que le había pasado desde que había vuelto a la vida y, precisamente eso, conseguía que se sintiera más vivo que nunca.

El final fue abrupto, casi inconsciente, rabioso. Lo sintió desfallecer sobre su pecho mientras respiraba por la boca con fuerza. Sí, a él le había gustado tanto como a ella, de eso no había duda.

Y allí se quedaron: los dos haciendo esfuerzos porque sus mentes volvieran a esa habitación donde yacían sus cuerpos desnudos y sudorosos.

Él salió de ella echándose a un lado y cayendo sobre la cama boca arriba.

-Oh, vaya, no ha estado mal, ¿eh?- le preguntó aún exhausta.

Él gruñó por lo bajo. ¿Incluso hasta después de ese desgaste ella tenía ganas de hablar? Era incomprensible, absolutamente incomprensible.

-Me refiero a que ha estado mucho mejor que la primera vez, ¿verdad?- le preguntó con tranquilidad. -¿Quién me iba a decir a mí que el príncipe de los saiyajins iba a...?-

Sí, había estado mejor que la primera vez, infinitamente mejor, sin embargo, ella tenía que aclararle eso. -¿Mejor? ¿Cómo que mejor?- quiso saber con la mirada inquisitiva.

Ella lo miró divertida. -Bueno, no me negarás que no ha tenido nada que ver con la vez de la cámara, ¿no?-

No iba a entrar en un debate y, si lo pensaba bien, a fin de cuentas estaba en lo cierto. Soltó un soplido corto condescendiente, dando a entender que le daba la razón pero sin más florituras, sin deseos de conocer, por ahora, exactamente a qué se refería.

Dejaron que las respiraciones se aplacasen.

-Uh...- soltó ella pletórica doblando su cuerpo para coger un cigarrillo de la cajetilla que estaba sobre a mesita de noche.

Él parecía aún ensimismado, queriendo disfrutar de ese momento. Nunca antes había estado en ese planeta tan cerca de la tranquilidad.

-¿Con cuántas mujeres has estado?-

Él la miró doblando lentamente la cabeza. ¿Cuánto había pasado? ¿Veinte segundos? Verla ahí, relajada mientras le preguntaba con el cigarrillo en la boca, le hacían preguntarse si esa mujer se había callado más de un minuto.

Gruñó en desaprobación. No quería hablar ahora, ¿tan difícil era de entender?

-¿Con diez? ¿Cien?- insistió Bulma. -¿Conmigo y ya está?- inquirió divertida sonriéndole.

Con seis, pero jamás se lo diría.

-Cierra la boca.- le ordenó con los ojos cerrados.

-¿Y tienes familia por ahí?- preguntó ella aparentemente tranquila.

¿Qué clase de pregunta era ésa? ¿Qué no había entendido sobre que cerrara la boca?

-Me refiero a mujer, hijos y esas cosas.- aclaró soltando el humo.

Bufó y se irguió sobre la cama posando los pies en el suelo.

-¿A dónde vas?- inquirió ella irguiéndose igualmente sobre las sábanas.

-A donde no escuche tu molesto tono de voz.- contestó él dirigiéndose desnudo hacia la puerta.

Ella se ofuscó: -¿Mi molesto tono de...?- Oh, pues entonces lo escucharía. -¡Vegeta!- gritó siguiéndolo. Desde la puerta, y viéndolo desaparecer por el pasillo, entendió que aquello había acabado allí. -¿¡Te parece valiente salir así de mi habitación, todopoderoso príncipe!-

Un portazo fue lo que recibió como respuesta.

-Imbécil.- lo llamó a la vez que ella cerraba la suya. Estaba visto que todos los hombres eran iguales.

Si giró para echarse en su cama. Vio las sábanas revueltas y tuvo que repetírselo a sí misma por enésima vez: se había acostado con Vegeta.

Otra vez.

Arrugó la frente en desacuerdo: -Ya lo pensaré mañana...- murmuró echándose sobre la cama y esperando a que el sueño le venciera.

o-o-o-o

Nada. Como si no existiera.

Bebió de su refresco y tarareó una canción lo suficientemente alto.

Volvió a mirarlo mientras se ejercitaba a la sombra del árbol.

Nada.

-Maldito hombre...- farfulló poniéndose las gafas de sol e intentando concentrarse en su revista.

Retornó a observarlo haciendo flexiones. Silbó con disimulo y nada. Ni un leve movimiento de cabeza hacia donde ella estaba.

Gruñó sintiéndose ridícula. ¿Cuánto llevaban así? ¿Cuatro días? Al menos podría haberse estrellado contra el suelo de la cámara pero parecía que últimamente el saiya estaba teniendo suerte en su entrenamiento porque cuando asomaba su pelo espigado por la puerta de casa no tenía ni un rasguño.

Estaba considerando seriamente trastocar a los fight robots para que le hicieran algún daño, algo mínimo. Así al menos tendría la posibilidad de que la escuchara, cosa que no había hecho desde que se acostaron el viernes por la noche. No era que hubiese intentado gran cosa, de hecho, el primer día de no hacerle caso a ella lo agradeció, los dos se ignoraron. El segundo y el tercero le extrañó. Y al cuarto, o sea, hoy, se había enfadado.

¿En qué mundo un hombre no le hacía caso a una mujer después de haber compartido la cama dos veces? Bueno, una la cámara y otra la cama. Pero dos veces al fin y al cabo.

Arrugó la nariz al percatarse de que igual no era tan extraño, sin embargo, ella era Bulma Briefs y odiaba que los hombres no se percataran de su presencia, y más en la situación que ella se encontraba con Vegeta.

Pero, ¿en qué situación se encontraban? Movió la cabeza hacia los lados. Mejor sería no pensarlo puesto que ese razonamiento le llevaría a Yamcha, y no estaba para lidiar con ese tema ahora.

Esperaba su visita para este fin de semana. La había llamado y se habían dicho cosas bonitas, casi con inercia, deseando acabar la conversación y no sacando en ningún momento a la luz que él la dejara plantada el viernes.

Oh, diablos, ¿por qué tenía que ser ella tan complicada?

No pudo razonar más. Un leve zumbido le hizo asustarse y cuando vio una avispa danzar juguetona cerca de su cabeza gritó airada y se cayó de la tumbona. Por dios, si aquello no le había llamado la atención, ya no sabía cómo ponerse a sí misma más en evidencia.

Tampoco pudo pensarlo más. Parecía que la avispa estaba más ansiosa de ella que el maldito príncipe porque empezó a juguetear a su alrededor alarmándola más aún.

-¡Vegeta! ¡Vegeta! ¡Socorro!- bramaba corriendo sin destino alguno.

Escuchó su risa a lo lejos y por un instante lo vio con los brazos cruzados y divertido.

-¡Ay! ¡No me deja en paz! ¡Vegeta! ¿¡Quieres ayudarme de una maldita vez!-

-¿Vas a dejar de gritar?- le preguntó él sin moverse un ápice.

-¡Aaaaaaaaah! ¡Socorro! ¡No me deja en paz!-

Él masculló algo por lo bajo y desde donde estaba, apuntó con su índice a la avispa. Por un instante, Bulma pensó que aquella luz que iba directa a ella era una bala que tenía su nombre grabado. ¿La iba a matar? Oh, ¿ahora?

Se agachó sin pensarlo y cuando notó un pequeño insecto caer sobre su espalda se levantó para hacer más aspavientos cayéndose sobre su trasero en el césped.

-Eres todo un espectáculo incluso para lo más irrisorio.- escuchó al fondo del jardín.

Miró al suelo verde y vio la pequeña avispa fulminada, saliendo de ella un humo que expulsaba un tufo la mar de desagradable.

-Podrías haber actuado un poco antes, ¿no crees?- le preguntó poniéndose de pie.

-Tenía la esperanza de que la avispa te arrancara la cabeza con su gran boca.- espetó él volviendo a sus flexiones.

¿Se creía muy divertido usando esa ironía? Ella, como cualquier mujer en sus cabales, no soportaba a los bichos, pero, claro, ¿qué podría saber un hombre como ése sobre las mujeres?

-Muy gracioso, Vegeta.- pronunció ella cogiendo la toalla y dirigiéndose a la casa. Bastante ridícula se sentía ella como para encima tener que soportar sus bromas.

Sí, definitivamente, trastocar un poco a los fight robots volviéndolos más agresivos quizá fuese una buena idea. Pero, esta vez, como venganza.

o-o-o-o

Cerró el portón de casa despidiéndose de su novio con la mano. Vaya, había ido bien, incluso mejor de lo que ella esperaba. Se habían reído, se habían besado y jugueteado un poco mientras veían una película y, después de que ella le dijera que estaba cansada, se habían despedido.

Sí, habían estado bien. Sin discusiones y con la promesa de verse mañana para salir y despejarse ambos, como hacían dos novios cuando la semana había sido dura para ambos.

Incluso ella no había pensado en ningún momento en lo que le estaba ocurriendo con Vegeta. Y eso era un logro, sobre todo cuando desde el salón se podían escuchar los gritos del saiya dentro de la nave.

-¿Se ha ido ya?-

Levantó la vista y la fijó en su figura en medio del pasillo. No sabía por qué le preguntaba eso si la respuesta bien la conocía sólo por ese radar de ki que tenían los guerreros. Además, ¿qué quería ahora? Si algún destrozo le hubiera ocasionado a la nave, bien sabía ella que no hubiera dudado ni un segundo en entrar allí donde ella se encontrara con Yamcha para que lo arreglara en ese mismo instante, dándole igual en la situación que estuvieran. Lo hizo antes, por lo tanto, podría hacerlo ahora.

-Sí.- contestó. Al momento, se acordó de que era muy tarde para él y para sus locuras de maníaco guerrero: -¿Qué haces tú a estas horas entrenando? ¿Te crees que no te he escuchado?- le inquirió molesta.

Él se giró ignorándola y sólo dijo: -Sígueme.-

Lo siguió hacia su habitación, pero insistiría: -Vegeta, tienes que descansar más, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo, eh? A este paso, un día te morirás y yo...-

-¿Tú qué?- le preguntó mirándola de soslayo. -¿Lo lamentarías?- le preguntó con sorna. -No me hagas reír, humana.-

Frunció el rostro y paró por un momento en la puerta de su habitación. -¡Pues sí! ¡Lo lamentaría! ¿Tanto te cuesta creer que...?- Pero se detuvo al ver el desastre por el que abrió en demasía los ojos. -Pero, ¿qué demonios ha pasado aquí?-

Siete home robots de los diez que había en la planta primera de la casa estaban desperdigados por toda la habitación convertidos en chatarra.

-Se han vuelto locos y tuve que aniquilarlos.- contestó con parsimonia el saiya. -Recógelos y vete.- le ordenó quitándose la camiseta.

-¿¡Qué!- Por dios santo, había sido un buen día, ¿por qué tenía Vegeta que fastidiárselo de esa manera?. -¿¡Qué demonios le has hecho a mis robots, maldito desquiciado!-

Él sonrió a su manera. Ya contaba con sus gritos, aunque lo que ahora le interesaba era que efectivamente ella los recogiera y se marchara. -Estas chatarras me atacaron cuando llegué.- se explicó mientras cogía una toalla de la cómoda. -Yo no hice nada.-

-Pero cómo...- No tenía sentido lo que él le estaba diciendo. -¿¡Cómo que te atacaron! ¡Estos robots son las creaciones más pacíficas que he hecho en mi vida, Vegeta!-

-Pues como todo lo que tú haces, lo haces mal. ¡Y deja de gritarme!- vociferó girando su cuello hacia ella.

-¡Maldito saiyajin!- bramó Bulma deseando matarlo en ese instante. Eso sería un día entero de trabajo para ella. -¿¡Te crees que me voy a creer esa patraña!-

-¿¡Y tú te crees que yo necesito mentirte!- le preguntó él. -¡Recógelos y vete de mi habitación! ¡Ahora!-

Una furia incontrolada por cómo le ordenaba ese hombre la llevó a alzar la mano para golpearlo.

-¿Me quieres pegar, humana? ¿Qué te hace pensar que iba a dejarte siquiera rozarme con una de tus mugrientas manos?-

o-o-o-o

Cayó sobre la cama de espaldas. Diablos, le dolía todo el cuerpo y los apretones de él le hicieron colocarse mejor sobre las sábanas.

-¿Por qué no tienes más cuidado?- le inquirió moviendo los huesos de la espalda. -Mañana tendré cardenales por los brazos y aquí atrás.-

Él parecía exhausto después del sexo. Aún respiraba con fuerza y pese a las quejas de ella, pensaba mantenerse calmado. Nada ni nadie podría restarle un poco de paz en ese instante, en el instante en el que todo parecía armonizado y donde el sosiego, ése que el buscaba después de tanto entrenamiento, nunca había estado tan cerca. Después de todo, acostarse con la humana podía tener más recompensas que la evidente. Aún le escocían los arañazos de ella en la espalda y en el hombro.

-Te ha gustado, ¿eh?-

Miró hacia un lado y la vio guiñándole un ojo. Él quitó la sonrisa al instante.

-Tú no conoces la vergüenza.- le dijo volviendo a centrarse en la lámpara del techo.

Ella le sonrió. -Has sido tú quien me ha traído aquí con la excusa de los home robots destrozados, Vegeta.- comentó despreocupada y soltando una pequeña carcajada.

Él giró bruscamente su rostro hacia ella. -Un segundo.- dijo llamándole la atención. -¿Aún no te crees lo que te he contado?-

Ella rió, esta vez sin remilgos. -¡Oh, por favor, Vegeta!- exclamó pasando sus dedos por su pelo agresivo. -Ése es el truco más tonto del mundo.-

El príncipe la miró arrugando el entrecejo. Que él y el calificativo tonto se sostuvieran aparentemente en la misma frase no tenía sentido. -¿Cuál es el truco más tonto del mundo?- le preguntó finalmente.

-¡Pues qué va a ser! ¡El traerme aquí justo después de dejar a Yamcha en la puerta! ¡El venir con la excusa de que necesitabas mi ayuda! ¡El romper todos los rob...!- Por cómo él la estaba estudiando en ese instante, le cupo la duda y paró de darle más pistas: -¿No has hecho esto porque te sintieras celoso, verdad?-

Se irguió sobre las sábanas ante esa insinuación. Que le aspen si aquello para él tenía algún sentido: -¡Pero de qué demonios estás hablando!-

-¿Entonces todo esto no era para...?-

No quiso ni que se le pasara por la cabeza la cavilación de ella. -Vigila bien tus creaciones, mujer, porque si éstos me han atacado, los de la cámara de gravedad parecían más interesados en limpiar la nave que en luchar contra mí.- sentenció despreocupado echándose de nuevo sobre la almohada.

Abrió los ojos al entenderlo todo. Se mordió el labio presa de estar a punto de confesarle a él cuál había sido su plan y cómo éste había salido mal. ¿Cómo había podido equivocarse al marcar al programar los dos tipos de robots?

Él, que esperaba cualquier reacción de ella, la miró y arrugó el ceño:

-¿Qué has hecho?

-Nada.- Bulma se había puesto de pie con demasiada rapidez.

-¿Qué es lo que le hiciste a los robots?- insistió él viéndola recoger su bata.

-Nada.- dijo ella sin querer cruzar la vista con el saiya.

La estudió por unos segundos. Sí, seguro que ella era la causante, como todo lo que le ocurría últimamente en esa casa. Pero, ¿por qué postraba su cara de culpabilidad y horror?

-¿Los programaste a propósito?-

Ella se espigó y con la boca pequeña susurró: -No.-

Se dirigió a la habitación de sus padres como alma que llevaba el diablo. ¿Cómo había fallado así? Rogó porque no hubiera pasado ninguna desgracia mientras abría la puerta de la habitación de sus progenitores.

Y entonces sí que se asustó.

-¡Oh, dios mío!-

Sus padres estaban de pie encima de la cama, su madre aferrándose a la espalda de su padre mientras que éste intentaba alejar a los home robots con un bastón antiguo que siempre colgaba de la cama en recuerdo de su abuelo.

-¡Muerte, muerte, muerte!- repetían sin cesar los robots golpeando con sus pequeñas articulaciones el colchón.

-¡Hola, hija!- le saludó su madre con la mano.

-Bulma, querida, creo que tenemos un pequeño inconveniente con tus home robots.- explicó la evidencia su padre.

-No queríamos avisarte porque nos habíamos dado cuenta de que el príncipe y tú os lo estabais pasando muy bien en su habitación.- se explicó la señora Briefs con una sonrisa.

-¡Oh, dios mío!- reiteró queriendo acercarse. Al instante, uno de los home robots fue a por ella.

-¡Muerte, muerte, muerte!-

-¡Ahhh!- gritó subiéndose a una silla. -¡Vegeta, ayúdame! ¡Vegeta, socorro!-

Se escuchó el bufido del príncipe desde la puerta. Lo miró y se vio tentada a saltar encima de él.

-¿Se puede saber qué estás haciendo ahora!- bramó el saiya moviendo su espalda de la que colgaba la peliazul.

-¡Los robots! ¡Los robots! ¡Nos atacan!- vociferó Bulma señalando al robot asesino.

-¡Muerte, muerte, muerte!-

-¡Hola, Vegeta!- exclamó su madre alegre. -¡Qué bien que viniste!

Por lo que había visto al entrar, los padres de la peliazul estaban encima de una cama mientras que diminutos robots inofensivos hacían intentos fatuos de mortificarlos pero, al estar en principio diseñados para las labores del hogar, sólo podían golpear con reticencia el colchón, seguramente debido a la frustración.

Y la peliazul, como no, haciendo de las suyas subida a una silla como si aquello fuera el principio del fin del universo. Por dios, santo, ¿no era ésa la mujer que había ido al lugar donde llegó Freezzer sólo para verle la cara?

Casa de locos.

-Bueno, ¡basta ya!- ordenó el príncipe. -¡Todos, quietos, ahora!- Y tal y como pronunció la última palabra, alargó el brazo en horizontal. Al momento, los presentes sintieron una ráfaga de aire que inundó la habitación y los robots cayeron sobre sus costados como si fueran cucarachas recién fulminadas.

Por dos segundos, efectivamente, todos se quedaron quietos al fin.

-Oh, ha sido espectacular.- exclamó la madre de la peliazul admirando su alrededor. -Querido, ¿crees que habrán sufrido mucho al morirse así?-

-No lo creo, querida.- contestó su marido ayudándola a bajar de la cama. -Mañana tu hija los arreglará, ¿verdad, Bulma?-

Bulma sólo pudo suspirar en el cogote de Vegeta.

-¿No vas a bajar?- escuchó que salió de su boca.

Aquello le pareció una amenaza, como si le diera la oportunidad de quitarse de encima por sus propios medios antes de que él la quitara por sus propios y malos gestos.

-Oh, sí.- contestó deslazándose de su espalda. Al instante, le vino el mal humor: -¿Por qué has tenido que fulminarlos de esa manera?- le inquirió saliendo enojada de la habitación. -¡Ahora tardaré más de un día en arreglarlos a todos!-

Vegeta frunció el ceño estudiándola mientras la veía cruzar el pasillo.

Desde la habitación, le llamaron: -Mi querido príncipe...- oyó con la voz aguda de la madre de la peliazul. Por un momento, tembló y la miró de reojo. -Muchas gracias por salvarnos.-

¿Salvarles? ¿No se daban cuenta de que ese espectáculo era ridículo además de muy ruidoso? Dobló la vista hacia el patriarca y éste le sonreía igualmente agradecido.

-En esta casa están todos locos.- murmuró saliendo de allí.

o-o-o-o

Entró en el laboratorio sin comprender nada. ¿Cómo había podido fallar así? Los fight robots queriendo limpiar y los home robots luchando y atacando a sus padres. Sí, decidió hace unos días darle una lección a Vegeta pero lo que ni mucho menos podía pensar era que estaba tan enfadada que se equivocó a la hora de programar a los robots.

Por fortuna, no había ocurrido ninguna desgracia.

Conectó el ordenador y quiso comprobar la última orden dada. Quizá simplemente había sido un fallo de la computadora.

Maldito Vegeta. Todo esto era por su culpa.

Se irritó más al comprobar que el último mandato, ciertamente, fue suyo y fue erróneo.

-Lo sabía.- escuchó desde atrás.

Ahí estaba el culpable. Pero ahora tenía que disimular.

-Ha sido un fallo del ordenador.- se explicó removiéndose un poco de su asiento.

Él se acercó un poco más.

-¿Cómo has entrado otra vez en mi laboratorio, eh?- le preguntó la peliazul. -Se ve que el ordenador está teniendo muchos fallos, así que lo primero que haga mañana será hacerle una reordenación, llamar a los informáticos para que lo actualicen y...-

-Ya.- le interrumpió él harto de tanta verborrea inútil. -¿Qué es lo que pone aquí?- Y le señaló justo donde las coordenadas de la computadora nombraban como usuaria a Bulma y la orden dada.

Bulma angostó los ojos desde su asiento. ¿Se estaba riendo de ella? Ahí estalló:

-¡Esto es por tu culpa! ¡Si no te hubieras comportado como un auténtico imbécil yo no hubiera querido programar a los fight robots para que fueran más agresivos contigo! ¡Mono arrogante!-

Ni que le llamara con ese apelativo justo en ese momento, le pudo quitar a él su buen humor. Se dirigió hacia la salida sonriendo triunfante.

-La próxima vez que quieras matar a tus padres, avísame, yo estaría encantado de hacerte ese favor.- dijo saliendo por la puerta.

-¡Imbécil!- gritó ella.

N/A: Para los que tengáis alguna duda de lo que es esto, os diré que yo tampoco lo sé. Estaba harta de tantas luchas interestelares e intrigas palaciegas -que es donde se sitúa ahora la trama de En el Techo- y decidí darle continuidad a esta historia.

El nuevo capítulo de En el Techo está a punto de salir, pero antes quería regalarle este trozo de historia a una de las personas que leen lo que yo escribo: Mya Fanfiction, va dedicado a ti y a lo que te gusta que Vegeta y Bulma discutan.

¿Continuará? Ay, no lo sé. Supongo. No me gusta mucho que yo misma esté haciendo otra versión alternativa de En el Techo pero bueno... Aquí está. Oye, mientras nos distraemos un montón, ¿verdad? Pues de eso se trata.

LoVe. xxx. Drama.