Los personajes de CCS les pertenecen a CLAMP.

¿Por qué las cosas no podían salirle redondas? Alguien de allí arriba la odiaba, pero más odiaba al estúpido de Li, quien se había propuesto pisotear su dignidad como sea. Si quería jugar duro, Sakura Kinomoto lo haría, ¡y encantada! No permitiría que ese niño mimado le hiciera la vida imposible; ella le enseñaría que jugar con fuego es peligroso y él que era inmune a las quemaduras de alto grado.

"Dulce Venganza"

'Asuka-hime'


Capítulo 10: Gokai

En su grave rincón, los jugadores rigen las lentas piezas. El tablero los demora hasta el alba en su severo ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores las formas: torre homérica, ligero caballo, armada reina, rey postrero, oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito.

-J.L Borges,

«Ajedrez»

(Sakura)

A pesar de que me azotó una corriente de aire fría como el hielo en la cara justo cuando salí, no pude evitar sonreír y cerrar los ojos, disfrutando de la sensación de libertad en la madrugada. No es como si hubiera estado todo el tiempo recluida en mi casa, aunque mi cuerpo así lo había tomado. No había pasado nada más que un par de días desde que la fiebre se apoderó hasta tal punto de mí que me había postrado en una cama sin piedad. Sólo un par, sin embargo, se me antojaban como si hubiera trascurrido una eternidad. No porque me hubiera sentido todo el rato fatal o no hubiera tenido los cuidados apropiados, al revés.

Era complicado de explicar, pero parecía como si el reloj de arena se hubiera ralentizado cada vez más, segundo a segundo, hasta detenerse. Y justo en ese momento estaba yo ahora: sin poder reaccionar a todo lo que estaba pasando porque no era capaz, sencillamente. Algo superior a mí me lo impedía.

No obstante, contrario a todos los sentimientos que pudiera eso crear en mí, me sentía dichosa y contenta.

Le eché la culpa al pequeño osito verde que giraba en mi mochila y al broche que adornaba mi pelo. Era como volver dos años atrás, esa sensación de satisfacción que día a día recorría mi corazón al salir de casa, esperando pasar un día maravilloso en el instituto. Me sentía tan bien que podría jurar que nada podría estropear mi buen humor.

Absolutamente nada.

—Vamos, Tomoyo, no te preocupes tanto. Ya estoy mejor.

Por la mueca que contraía la frágil y delicada cara de mi amiga, mis palabras fueron ruido en sus oídos. Entendía que estuviera preocupada por mí, después de todo había actuado algo inconsciente cuando fui a clases en un estado deplorable sólo por ir a ver luego a Tsubasa. Dudaba que Tomoyo me creyera de nuevo si me veía con mala cara o incluso ya sin ella, la conocía lo suficiente como para saber que su preocupación era tan grande que andaría con miles de ojos puestos en mí y detectaría cualquier virus que tuviera con echarme una ojeada. No es que me pareciera buena idea o me agradara, no obstante, no podía hacer nada para combatir contra aquello. Igual que ella tampoco podía hacer nada contra mi cabezonería.

—Deberías quedarte en cama hoy también. Dos días es demasiado pronto para trabajar en tu rendimiento habitual.

—¡Exageras! Estoy perfectamente. Es más, juraría que si me quedo más tiempo en casa, sólo lograré enfermar de nuevo porque me aburriría. —Frunció la boca. No me quedó otra que añadir—: Además, pronto serán los finales, no puedo permitirme el lujo de faltar a más clases.

—Tu salud es más importante que los exámenes.

—Supongo —reí—. Pero mi esfuerzo en el trabajo sería en vano si no logro aprobarlos y luego entrar a una buena universidad, ¿no crees?

Jaque mate.

Fueron las palabras necesarias para que se diera cuenta de que no me podría detener en casa. Era una victoria tan deliciosa como el cortante aire en mis mejillas: me hacía sentir viva, llena de un poder inigualable como lo era el positivismo. No habría nada que pudiera quitarme esta sonrisa de la cara, nada que pudiera estropearme el día. Ni si quiera Li y su estúpido mal humor de siempre, porque ni pudo conmigo esta tempestad.

Había tenido que salir abrigada hasta el último rincón de mi cuerpo por culpa de la hermosa chica a la cual el viento le agitaba los largos tirabuzones azabaches. No obstante, podía sentir con todo su esplendor el invierno de Tomoeda y podía dar fe de que era la primera vez este año en el que le hacía caso, en el que dejó de ser un estorbo o algo que me calaba los huesos. Ahora era una razón más para salir a la calle y dejar que los copos de nieve que traía consigo se revolvieran con nuestro cabello.

Nevaba. Tan fuerte que a veces no se veía más allá de dos metros, aunque la nieve era tan fina que no había logrado evitar que fuéramos al instituto. Sólo habían cortado las calles para aquellos que tenían que ir en coche puesto que suponía un gran peligro estar al volante con este temporal y la poca visibilidad.

Era un día precioso.

No había ningún rincón que no estuviera blanco. Tomoeda se había vestido de gala. Mostraba toda su pureza al mundo con sencillez y nos dejaba admirar paisajes tan bonitos que parecían parte de un sueño; un sueño lleno de luz y esperanza.

Debido a que comenzó a apretar un poco más, Tomoyo y yo echamos a correr con cuidado, antes de que la nieve terminara por cubrirnos en medio de la calle. Lejos de ser una carrera apresurada, fue una llena de humor y alegría. Ambas reíamos mientras nuestros pies bailaban al ritmo de la música imaginaria. Yo giraba sobre mí cada cierto tiempo, cuidando de colocar mis pies en la posición correcta y no terminar en el suelo. Tomoyo tomaba mi mano con más fuerza para hacerme bailar y luego seguir las invisibles notas musicales que se arremolinaban entre nosotras. Intentaba que ella también demostrara por sí misma su elegante don para el baile, sin embargo, se limitaba a sonreírme y a hacerlo conmigo, sin quitarme en ningún momento los ojos de encima.

Eran tan brillantes que parecían dos piedras preciosas. Transmitían cariño y cuidado. Tanto que por un segundo recordé ese brillo en la mirada de mi madre. Tomoyo era como ese ángel de la guarda para mí, ese que a pesar de todo seguía observando por dónde andaban mis pies y tiraba de mi mano para levantarme si caía. Ese que limpiaría la herida y más tarde borraría las lágrimas de mi rostro con el dorso de su mano.

Ella era esa persona que caminaba a mi lado, protegiéndome, velándome. Conseguía hacerme sonreír como ahora, como si yo pudiera ser la luz que alumbraba las calles en las que bailoteábamos. Como si fuera capaz de brillar en la noche más oscura y no pasar desapercibida entre tanta blanca pureza. Como si… si de verdad fuera alguien importante.

Y realmente me importaba poco serlo o no siempre que ella siguiera apretando mis manos como ahora y mis oídos escucharan la dulce melodía que se escapaba por su boca cada vez que reía conmigo.

Tomoyo Daidoji era uno de mis más preciados tesoros.

—Sakurita —interrumpió mi hilo de pensamientos con una pequeña sonrisa, justo cuando entrábamos en el recinto escolar—, ¿tienes tiempo esta tarde?

—¿Esta tarde…? Después del trabajo: nada que hacer.

—¿Podrías pasarte entonces por mi casa luego? Necesito ver si hice las medidas correctamente y qué arreglos debería darle al vestido.

Durante unos minutos, el mundo fue bello porque no recordaba de qué vestido se trataba. No me duró demasiado la suerte, en cuestión de segundos mi cerebro rememoró todo lo pasado en los otros días respecto al baile y fui consciente de nuevo hasta del más mínimo detalle. Como que debería llevar un vestido hermoso a un baile al cual no quería asistir con la peor pareja que podría haber en el universo: Li Syaoran, el mismo que me encontré de frente nada más entrar por las puertas del edificio, abrigada por el calor que desprendía la calefacción. Peor mala suerte no podía tener, seamos sinceros.

No obstante, intenté obviar su presencia y le contesté afirmativamente a Tomoyo. Él parecía no habernos visto debido a que andaba regañando a Miyamoto sobre algo del abrigo y su salud. El aludido no parecía tomarse muy enserio todo lo que refunfuñaba la boca de Li porque le sonreía de oreja a oreja y asentía cada vez que su ceño se acentuaba. A veces, cuando protagonizaban escenas como esta, me recordaban a un padre y un hijo.

Li casi siempre le andaba advirtiendo que era un descuidado, mientras, Miyamoto actuaba lo más agradablemente con él, prometía prestarle más atención la próxima vez a eso que había desencadenado la reprimenda y Li sólo suspiraba, derrotado, que o era así o él mismo se encargaría de ello. Y no era únicamente una amenaza. Yo había sido testigo de cómo cumplía con su palabra muchas veces. Había visto cómo Li había llenado su mochila de medicamentos, le había traído más de una vez el almuerzo para obligarle a comer, empujado por los hombros hasta conseguir que se sentara cuando le veía agotado y se negaba a descansar…

A pesar de las veces que se podría pensar que estuvieran enfadados el uno con el otro, era todo lo contrario. Y si acaso pasaba algo semejante, no tardaban en solucionarlo y volver a ser los mismos de siempre en el grupo.

Admiraba mucho su relación y más a Miyamoto, que no sabía cómo aguantaba a tan descorazonada persona.

—¿Quieres que vaya a echarte una mano este fin de semana? —escuché que ofrecía mientras terminaba de colocarse correctamente los zapatos.

—Syaoran, son los finales, debes estudiar.

—Y tú también. ¿No puede hacerse cargo la canguro?

—Está ocupada. Parece ser que algo le surgió de improviso con su novio y no está accesible hasta dentro de unas semanas.

—Qué poca profesionalidad… —refunfuñó.

—Pero no importa. —Miyamoto ignoró la queja de Li por todo lo alto—. Últimamente mis hermanos parecen estar más tranquilos, no creo que den muchos problemas…

—Si tú lo dices…

Li miró hacia otro lado y metió las manos en los bolsillos, desistiendo en su acto de caridad. Por eso, no pudo ver cómo Miyamoto lo miró con aprecio y una pequeña sonrisa iluminó sus ojos claros, ligeramente azorado. Era un acto habitual entre ellos, según había podido observar con los años. Li no se solía dar cuenta ni la mitad de las veces lo mucho que Miyamoto agradecía sus regañinas o charlas, ni tampoco Miyamoto se daba totalmente cuenta de que Li realmente se preocupaba por él.

Sin duda, era una de las pocas personas que había logrado ese efecto en Li o al menos que él lo demostrara. Porque sí, también era amigo de Hiiragizawa y Yamazaki, sin embargo, su relación era algo diferente. No por eso quería decir que fuera más amigo de uno o de otro, sólo que cada uno parecía sacar las múltiples facetas que se escondían dentro de él. Aunque, por más que intentara descubrir cuál era realmente Li, me resultaba imposible. Posiblemente estuviera buscando algo equivocado y Li realmente era alguien sencillo con esa arma de doble filo: parecer un espécimen complejo. Tal vez por eso a veces no lograba entenderlo, porque la respuesta estaba en mis narices y yo buscaba más allá.

Era un disparate, sin embargo, era la única respuesta posible que había encontrado para nuestra situación actual. Evidentemente no me rendiría. Quería respuestas y las encontraría. Cueste lo que cueste.

—Sakurita, ¿te ayudo?

Si Tomoyo no hubiera dicho eso, tal vez Miyamoto no se hubiera dado cuenta de mi presencia, no obstante, sería muy injusto echarle la culpa a ella cuando la tuve toda yo.

Todo pasó tan lento en mi cabeza que quedaría grabado con fuego en ella para siempre. Así tuviera ciento y pico años, podría ver el cambio de expresión en su cara justo como ahora y también me transmitiría los mismos sentimientos; esos en los que sentí que todo iba mal, que ese positivismo mañanero era sólo un espejismo de mi subconsciente para hacerme sentir mejor, aunque no lo logró lo suficiente o al menos no contaba con que Daiki Miyamoto pondría los ojos en mí.

Yo fui la culpable de que en un segundo pasara de una sonrisa cariñosa y llena de aprecio a una expresión llena de terror. La razón no la comprendía pero sabía, sin dudarlo, que todo era mi culpa.

Mientras giró la cabeza hacia nuestra dirección, su sonrisa aún no había disminuido ni un poquito. No fue hasta que me vio bien por el rabillo del ojo cuando poco a poco desapareció hasta encontrarse cara a cara conmigo. Jamás le había visto tan atemorizado y sorprendido como entonces. Sus ojos aguamarina se volvieron tan pequeños que casi no pude distinguir el color, su pupila se dilató y el color de su iris se oscureció. Su piel mutó hasta quedarse casi transparente, tan blanco como un muerto, como si hubiera visto un fantasma, aunque sólo era yo con cara de absoluta sorpresa por su reacción.

Su mano derecha dejó de funcionar y la mochila que sujetaba cayó a sus pies. Fue un golpe seco. Nada que no pasara desapercibido a sus oídos y lograra hacerle romper el contacto visual conmigo para agacharse y recoger todas sus cosas. Li despertó con ese sonido y giró la cabeza en nuestra dirección, primero para él, en el que se detuvo un buen rato observando cómo las manos de Miyamoto rebuscaban entre la mochila y cómo su pelo cubría sus ojos y gran parte de su expresión estupefacta, y luego fue mi turno.

Si ya me había tensado antes hasta lograr parecer un palo, estar cara a cara con los ojos cafés de Li logró que me alterara mucho más. Su mirada era inquisidora, detallista e intimidante. Me recorrió de arriba abajo con una mezcla de sorpresa, sin creer que estuviera aquí tan pronto, y el resto buscaba la razón por la que Miyamoto estuviera así. Aguanté la respiración hasta que sus ojos se encontraron con los míos e intenté acallar los latidos que retumbaban en mi cabeza, mas me fue imposible. Gracias al cielo que se apiadó de mí y miró un poco más arriba.

Parece que el detonante de todo esto estaba ahí, en mi pelo, porque cuando bajó, rápidamente, la mirada, esta había cambiado. Ya no era fría, calculadora e amenazadora, se había vuelto opaca, vacía y hasta con una chispa de decepción brillando en lo más profundo de su iris.

No me atormentó mucho más de dos segundos que a mí me parecieron eternos, tanto que no me di ni cuenta de que Miyamoto ya había dejado de toquetear su mochila y que ahora estaba mirando al suelo, con una rodilla en él, como si fuera el mayor de sus problemas. No fui yo la única que me fijé en eso, los ojos de Li no se escapaban de nadie y esta vez le tocó a él, mas fue su turno de ser ignorado. Miyamoto parecía en otro mundo.

Aunque no por mucho tiempo.

Tan rápido como su alegre mueca había desaparecido o su cara se había vuelto pálida y sorprendida, recuperó su actitud habitual. Respiró hondo y al segundo siguiente ya tenía una pequeña sonrisa. Cualquiera hubiera asegurado que nada había pasado, pero, si te fijabas bien, sus ojos habían perdido todo el brillo de siempre y su piel aún no recuperaba su tono normal.

No me fue posible analizar todo lo que pasó a tiempo. Mi mente trabajaba a mil revoluciones por nanosegundo, mas fue insuficiente. Me fue imposible reaccionar y encontrar alguna palabra, una pregunta o una simple frase que decir. Tampoco pude hacer que mi cuerpo se moviera hasta Miyamoto y le ayudara a incorporarse. Sólo me quedé ahí, viendo cómo Li le tendía la mano para pasar inadvertido por Miyamoto, el cual se levantó por sí mismo, limpió sus pantalones y recogió su mochila como si nada.

Sin embargo, sí había ocurrido algo.

Su expresión, lejos de transmitir el cariño y la devoción de siempre, era melancólica, triste e incluso la cara de alguien que sabía que había perdido algo. Derrotado, vencido; parecía como si todos sus sueños se hubieran esfumado. Un ente vacío que vagaba por el mundo sin un destino. Un muñeco del destino cuyos hilos estaban casi rotos de tanto tensarse, amenazando con irse al baúl de los desechos junto a un montón de marionetas como él.

Era tan horrible y arrasaba tanto como el hoyo que se formó en mi pecho, justo donde se suponía que se encontraba mi corazón. No obstante, por más que tenía la mano sobre él, no lograba hallarle.

—¿Sakura…?

Una mano se movió lentamente delante de mis narices intentando hacerme despertar de la pesadilla en la que acababa de sumirme.

Me costó tantísimo poder girar la cabeza hasta ella que al final me sentí agotada, asemejando a la locura de correr toda la Gran muralla china sin descanso. Pude verla preocupada, hecho que era lo que menos deseaba en el universo. Ya había logrado hacer que Miyamoto mutara a esto, no quería a nadie más cambiara.

Por favor…

—¡Sakura! ¡Qué bien verte hoy! ¿Cómo estás?

Las lágrimas que se asomaron por mis ojos volvieron a esconderse justo a tiempo. Tomoyo no logró verlas y menos mis amigas, las cuales corrieron hacia mí nada más divisarme para revisar que estaba aquí de una pieza.

—…Bien.

—Ni se te ocurra volver a venir con fiebre —me regañó Rika.

—No…

—¡Oh, mirad! ¡Qué guapa estás hoy! Este broche de flores de cerezo te sienta genial, Sakura.

Lejos de sentirme halagada, mi cuerpo se inundó de dolor. Un dolor tan fuerte que hizo mis manos temblar. Nada que no consiguiera controlar a tiempo para regalarles una falsa sonrisa y agradecer sus palabras.

Mientras, podía sentir la hoja del cuchillo hundirse más en la carne de mi espalda y segundos después la sangre resbalando por mi ropa hasta caer a mis pies.

Cantar a los cuatro vientos lo feliz que era esta mañana y lo poco que alguien podría detenerme había sido un error. Un gravísimo error. Tan grande como volver a rebuscar en el cajón de los recuerdos y sacar sentimientos que antes creía que eran importantes y ahora sólo traían sufrimiento consigo. Tal y como me había demostrado Daiki…

(Syaoran)

¿Has sentido alguna vez que quieres gritar algo y no puedes hacerlo? Que no puedes respirar el nombre de la persona que puede salvarte cuando está frente a ti. Sólo necesitas decirle que necesitas ayuda, ayuda de verdad. Sin embargo, estás ahí tirado en el suelo en tus noches de agonía. Sin salvación, muy abajo, tan abajo que el resto del mundo parece una pequeña mota en la oscuridad. Te mueves entre los escombros que residen, puntiagudos, debajo de tus pies intentando alcanzar ese mundo que se aleja cada vez más de ti. Y se quema, arde, es tan rojo su color que apenas puedes ignorarlo. Tal vez está tan perdido como tú, llegas a pensar. Puede que no merezca la pena seguir hiriendo tus pies con los cristales que se incrustan en tu piel, después de todo es tu sangre la que dejaste atrás. Señalaste un rastro, un camino, hasta llegar hasta aquí, ahora no hay vuelta al pasado, únicamente tienes dos opciones: detenerte y ver cómo el mundo arde delante de tus ojos o buscar una solución tangible para salvarte tú y a él, siempre teniendo en cuenta que seguirás clavándote esas molestas cuchillas allá por donde vayas.

Era sólo un juego, ¿no? ¿Y por qué tengo que sangrar tanto y hacer como que no me importa? Porque, ¿realmente me importaba?

Esta situación era como un pez que se mordía la cola. Infinita, sin salida. Había caído en un cubículo cerrado a cal y canto. Por más que golpeara las paredes, ninguna cedería. Moverme era tan estúpido como doloroso, ¿para qué iba a seguir intentándolo si ahí afuera todo lo que quería se carbonizaba y yo estaba encerrado en este cuarto de dolor? Entonces, ¿por qué seguía intentándolo con todas mis fuerzas?

El olor a sangre, mi sangre, era aquello que inundaba mis fosas nasales. Había perdido mucha en el camino y todavía más al caer en este agujero sin salida. Mi problema radicaba en que, ¿cuánto tiempo había estado aquí, ignorando y evitando reconocer dónde me encontraba? Había perdido la cuenta, había olvidado cuándo fue la última vez que respiré aire fresco, ya no recordaba su aroma.

Tal vez fuera eso lo que me motivaba a seguir golpeando hasta encontrar una salida.

O tal vez fuera que no quería que mis ojos brillaran mientras veía todo a mi alrededor arder.

Empezando por Daiki, quien estaba frente a mí con una pequeña sonrisa, contestando a mi regañina habitual por no abrigarse más. Me daba igual su excusa de que hoy tenía calor y esa promesa de que últimamente se encontraba mejor. Sinceramente, me importaba un rábano. Porque había sido testigo que después de sus mejores días venían los peores. Y cuanto más alto subía, más dura era la caída.

Sin embargo, él parecía no escucharme, como siempre. A pesar de todo lo que le dijera, no haría nada porque así era él. Si realmente quería hacerlo, lo haría sin que nadie le dijera nada, presionar no funcionaba con Daiki. Lo sabía, no obstante, eso no significaba que no pudiera incidir todo lo que quisiera en el tema porque realmente era algo ciego a veces.

Así de ciego que no se daba cuenta de que no podía con todo lo que estaba soportando. Como cuidar a sus hermanos mientras estudiaba. Eran muchos, eran ruidosos, algunos estaban en una edad complicada y sus padres no podían hacerse cargo de ellos. Entendía que fueran personajes importantes, entendía también que el dinero no crece de los árboles. Asimismo, era importante su familia y cuidar a esos niños, sin ir más lejos, cuya presencia parental más cercana era aquel que acababa de sonreírme y evitado mi propuesta para la tarde en la que le intentaba echar una mano con ellos. Eriol ya me había asegurado que él también había intentado ir hoy a su casa para ayudar, pero había sido rechazado como yo.

Esto no era un gesto de caridad. Nos preocupábamos por su situación y salud.

Sí, Daiki Miyamoto era un claro ejemplo de todo aquello que se empezaba a desmoronar ante mis ojos sin que yo pudiera reconstruirlo o ayudar a que se sostuviera.

Lo que no esperaba es que empeorara. Mas era un iluso pensando eso.

Tan pronto como giré la cabeza a otro lado, evitando seguir estableciendo contacto visual con él o al final terminaría golpeándole por ser tan inconsciente, escuché cómo cogió todo el aire que cabía en sus pulmones y su mochila cayó de sus manos, con la mala suerte de que estaba abierta. Varias cosas de dentro se desperdigaron por el suelo, no obstante, noté que fue lo suficientemente ágil como para darse cuenta. Ahora bien, ¿qué fue aquello que provocó todo esto?

La respuesta estaba frente mis narices.

En cuanto volví la cabeza para verle, pude comprobar que todo había empeorado; que la máscara de Daiki Miyamoto se había roto en mil pedazos y él había caído más bajo que yo, ahogándose en un tormentoso mar del cual no podía salir. No pidió ayuda, sólo la recompuso con sus propias manos, cuidando de no cortarse con los puntiagudos filos de la porcelana. Sin embargo, algo que se ha roto no vuelve a ser igual por mucho esmero que se ponga en volver a reconstruirlo.

Por eso, pude encontrármelo blanco como la nieve que caía fuera. Sus manos temblaban tanto que casi no era capaz de recoger las cosas bien y meterlas en el lugar correcto. A penas pude ver sus ojos porque su cabello tapaba gran parte de su expresión y eso me preocupó incluso más.

Fue una de las razones por las que levanté la vista, encontrándome con Kinomoto más o menos igual de pálida que él. No entendía nada de lo que estaba pasando aquí, ni si quiera sabía qué hacía aquí tan temprano aún, cuando había pasado un par de días escasos en los que estaba realmente enferma, aunque aún menos qué era lo que les había ocurrido a ambos para que de golpe estuvieran así.

No encontré ninguna respuesta y eso que la recorrí de arriba a abajo. Intenté buscarla en lo más profundo de su iris, no obstante, únicamente encontré temor y cierta culpa que parecía bombear por su corazón. Supuse que todo eso fue por lo que acababa de hacer Daiki y no supuse nada mal. En cuanto intensifiqué la mirada me percaté de algo pequeño, mínimo, casi invisible. Eso tan pequeño en su pelo que había desencadenado la más grande de las catástrofes.

Desenterrar el pasado era una de las peores cosas que se podía hacer encima de la tierra, y Kinomoto terminó siendo la peor villana jamás conocida.

Mis hombros inmediatamente se relajaron. Con la misma intensidad en la que mi corazón se aceleró al ver aquel broche en su pelo, terminó calmándose, tanto que hizo que sintiera mi cuerpo pesado, como si el peso del mundo hubiera caído sobre mis hombros. Ante mis ojos, desfilaron tantas imágenes a una velocidad asombrosa que apenas pude fijarme en alguna. Entre ellas estaba aquella vez que fui testigo de cómo Daiki le regalaba aquel adorno a Kinomoto por su cumpleaños.

Ese día Daiki había llegado tarde, tan tarde que se incorporó a la jornada escolar justo después del recreo, en nuestra clase de gimnasia. Llegó cuando ya habíamos hecho los equipos para un partido de baloncesto. Las chicas tenían voleibol en su programa y tampoco tardaron mucho en hacer los equipos. El profesor se quedó a ver nuestra práctica los primeros diez minutos, el resto tuvo que irse a hacer un par de recados. No volvió en toda la hora. Por eso mismo, no se dio cuenta de cuándo Daiki vino y menos lo mucho que vagueamos a ratos. No nos tomamos la práctica en serio, jugueteábamos cuando queríamos y el resto charlaban. No era un caso diferente en la parte femenina. Por eso, no le fue complicado a Daiki soltar su mochila y correr hacia Kinomoto. Presencié cómo la llamaba y le entregaba un pequeño paquete porque justo en ese momento Eriol me reclamó para hacer un contraataque. Mis pies se detuvieron sin que yo les mandara nada, me quedé ahí plantado, observando con todo detalle la escena. Ella se sorprendió muchísimo por el detalle y más cuándo vio el contenido, tanto que terminó abrazada a Daiki y agradeciéndoselo cada dos segundos. No entendí qué fue lo que él le dijo mientras le colocaba la horquilla en el pelo, pero pareció hacerle muy feliz porque sonrió más y acunó su cara en la mano de Daiki durante unos segundos. Lo último que aprecié fue el azoramiento de él antes de que Eriol insistiera en clamar por mi presencia y lograra, así que despertara de mi trance. Y por su expresión, no fui el único testigo de la escena.

¿Por qué, Sakura? ¿Por qué ahora quieres abrir la caja de Pandora?

Era innecesario. ¿Acaso no lo veía? El pasado no era fácil para ninguno. Ninguno queríamos esto y habíamos aprendido a sobrellevarlo de la mejor manera posible. ¿Por qué ahora? Esto ya quedó atrás, ¿verdad?

La respuesta era sencilla: no.

Y estaba escrita en cada una de nuestras expresiones. La de Kinomoto se había transformado en una llena de pesar aunque estuviera hablando con sus amigas, Daiki parecía un ente sin vida a mi lado, con la vista perdida en dirección al suelo y una dolorosa y mínima sonrisa. Yo…

En realidad, yo no tenía derecho a tener ninguna expresión. Esto no me incumbía para nada. Por eso, volví a recuperar lo más pronto posible mi máscara habitual y hasta iba a cometer la locura de hablarle a Daiki en estos momentos, mas Eriol y Takashi lograron detenerme a tiempo con su saludo lleno de alegría mañanero. No se dieron cuenta de que Daiki no estaba en este mundo hasta que no se colocaron a nuestro lado y palmearon nuestras espaldas. Busqué los anteojos de Eriol para darle una explicación de por qué no podía ser el mismo cabrón de siempre a primera hora de la mañana y no me costó mucho encontrarlos. En cuanto se percató de la situación, ya estaba observándome. Para responder a todas las cuestiones que se formaron en su cabeza, incliné la mía un poco en dirección a Kinomoto, sabía que bastaba aquel sencillo gesto con él. Efectivamente así fue, todo encajó correctamente aunque no se sorprendió tanto al verle el broche.

A partir de ahí fue todo silencio camino a las escaleras. Takashi también pudo leer el ambiente y no contó ninguna de sus historias para empezar la mañana. Así, el trayecto fue eterno y pesado, al menos hasta que Kinomoto y sus amigas también decidieron subir justo en ese momento y todo se inundó de risas. Se situaron delante de nosotros, ignorándonos completamente.

No dijimos nada. Seguimos sus pasos sin realizar un mísero ruido. Yo intentaba mirar constantemente las escaleras porque me negaba a volver a ver a Kinomoto por un rato. El rechazo no me duró demasiado. En cuanto escuché que le preguntaron cómo se encontraba y ella no emitió palabra alguna, alcé la mirada encontrándome con una falda que se movía peligrosamente a un ritmo de una melodía imaginaria cada vez que subía un escalón. No esperaba que estuviéramos a tal distancia y que lo primero que me encontraría sería el balanceo de aquella tela. No era de extrañar que me sorprendiera al principio y viera algún que otro movimiento comprometedor de más hasta que decidiera subir los ojos hasta su cabeza.

Tampoco era de extrañar que me quedara petrificado al comprobar que no sólo había parte para Daiki sino que era mi turno para que me clavara un poco más el puñal en la espalda.

Mientras, el osito verde se movía al mismo ritmo que su falda. Dio un par de vueltas. En la última parecía burlarse de mí con su sonrisa y ese lazo rojo, casi podía escucharle reír.

Sin embargo, quién reía el último reía mejor.

—Quítatelo.

Detuve su andar cogiéndole la mochila con ambas manos. No estaba dispuesto a que se escapara, no ahora. No iba a arriesgarme tampoco. Me daba igual que la pillara desprevenida y que casi se matara al no calcular correctamente las distancias y quedarse con medio pie fuera del escalón. Hizo bien en agarrarse de la barandilla a tiempo porque me negaba a atraparla si caía.

No sería el único aquí que sangraría.

—¡Casi me matas, maldito idiota! —Se volvió un poco hacia mí para comprobar que, efectivamente, había sido todo obra mía. Su casi muerte también. En cuanto se encontró con mi mirada, terminó por girar sobre sí misma y establecer un par de escalones de distancia, en esa posición ella se veía más alta.

—Kinomoto, tira eso.

No entendía nada. Por su cara parecía que estaba más perdida que un fugitivo globo de un niño pequeño. Una pérdida de tiempo e idiotez y más cuando ella había sido la culpable de todo esto.

—¿De qué estás hablando?

—El llavero, haz que desaparezca.

Por si eso era insuficiente, lo señalé. Que su mochila estuviera fuera de mi alcance ahora no significaba que no pudiera cogerlo, estaba claro, pero iba a llevarlo de la mejor manera, empezando por dialogar. Ahora sí, en sus manos estaba hacerme caso y lograr que la situación finalizara de la mejor manera posible, no en las mías. Si ella quería que lleváramos esto a mayores, lo haría.

Y parece ser que era justo eso porque sus ojos se encendieron de golpe y volvieron a brillar con el odio habitual.

Lo intenté, Kinomoto.

—¿¡Quién te has creído para darme órdenes!? ¡Y más tales órdenes! El osito es mío y puedo hacer lo que quiera con él.

Subí un escalón, ella dos. El espacio, a pesar de que fuera tan grande, parecía ínfimo cuando la sangre bombeaba por mi cabeza tan rápido. Mis puños cerrados estaban preparados para actuar si tenían que hacerlo y cogerla, siempre que fuera a escapar de esto. No era nadie para decirle que se deshiciera del broche, mas sí de ese estúpido oso que no debería de existir o al menos no estar en su posesión.

—Kinomoto, no vuelvo a decírtelo. ¡Tíralo o lo hago yo!

—¡Atrévete!

—¿¡Por qué vuelves a rebuscar entre el pasado, maldita sea!? ¡Déjalo estar! —estallé, gritando más alto de la cuenta.

—¡Eres tú el que lo haces! ¡Yo sólo volví a encontrarlo!

—¡Pues devuélvelo a dónde estaba!

—¡Que no quiero!

Harto de todo esto, me dispuse a actuar. Avancé ferozmente los escalones de separación dispuesta a atraparla, acción que nunca pude realizar pues aquí yo no era el único que tenía reflejos. La distancia se redujo, no obstante, todavía existía, recordándome que nunca lograría alcanzarla porque seguía ahí encerrado viendo todo arder a mi alrededor.

Era testigo de cómo las personas caían, cómo se hundían en un mar turbulento del que no podían salir por ellos mismos, cómo intentaban sostenerse salvaguardando únicamente su trasero… Y luego estaba yo. Ahí entre todas esas armas de doble filo, moviéndome, clavándomelas cada vez más hondo. Aguantando el dolor y buscando una salida a todo esto a la vez.

No quería nada de lo que estaba pasando.

—No me hagas ir a por él, de verdad.

Su expresión se había mantenido impasible y creía que así seguiría eternamente, como siempre. Cuán equivocado estaba. Con tantas emociones en poco rato era normal que ninguno pudiéramos sostener las mentiras que habíamos creado hacía mucho tiempo.

La máscara de ella crujió, no había soportado lo suficiente ese último golpe. Dejó que, en todo su esplendor, lograra ver cómo sus ojos verdes se aguaron hasta tal punto en el que su color se hizo más brillante.

No cayó ninguna lágrima. No hizo ningún puchero. Mantuvo la furia grabada en su rostro aunque fuera lo último que hiciera.

—¡Estoy harta de tus amenazas, del chantaje, de tus órdenes, de ti! ¡Déjame en paz! —explotó.

—Hazlo desaparecer, Sakura. Sólo desaparece.

No pensé esas palabras.

Tampoco el efecto que tendrían.

Mas nunca esperaría su reacción. Jamás.

Supongo que podría tratarse de un jaque mate, aunque sabía tan amargo en el fondo de mi boca que lo ignoré completamente. No podía celebrar la victoria cuando volvía a ver a alguien caer en ese mar sin salida, o al menos no si dejaba de luchar para salir a flote, como había hecho ella ahora.

No aguantó ninguna lágrima más. Sus ojos terminaron de aguarse hasta tal punto que, cuando los cerró, varias lágrimas recorrieron sus mejillas hasta morir en su barbilla. No llegué a contarlas por dos simples razones: la primera es que estaba tan noqueado que apenas pude disimular la estupefacción que reinó en mi rostro, ninguna parte de mi cuerpo respondía; ¿la segunda? No tuve tiempo para reaccionar cuando había girado sobre sus talones y echó a correr escaleras arriba, sin tener el mínimo cuidado en evitar alguna caída, habitual en ella.

Aunque ya no estuviera delante de mí, la imagen de sus ojos completamente borrosos y llenos de lágrimas antes de marcharse seguía presente en mi cabeza. Tan viva que si estiraba la mano podría jurar tocarla. Sin embargo, sabía que no podría hacerlo porque delante de mí Kinomoto se había esfumado. Justo como yo le había gritado que hiciera.

A pesar de que era la primera vez que me hacía caso, no sabía si realmente era lo que quería. Al menos no de esta forma. Hubiera preferido mil veces que me chillara, gritara lo idiota que era y lo mucho que me odiaba, la verdad. Y fui totalmente consciente de ello cuando, aun bajando la cabeza y cerrando los ojos, no lograba calmar toda la culpa que bombeaba mi agitado corazón.

Sí, pagaría por ello. Todo el dinero del mundo.

(Sakura)

¿Nunca os ha parecido que la nieve es la luz que el cielo deja caer?

Sí. Era como si quisiera eliminar toda la impureza que residía en el suelo y vistiera su precioso mundo con toda la bondad que contenía. Esa pureza que brillaba más que miles de soles. Y, a pesar de todo lo fría que pudiera parecer, en realidad era cálida; te abrigaba en los días más oscuros y conseguía que las risas inundaran el lugar con las personas que se entretenían con ella.

Si pudiera pedir un deseo, probablemente sería ser alguien tan cándida y gentil como ella, que pudiera limpiar cualquier rastro de daño o defectuosidad con sólo estar ahí. Poder lograr hacer reír a los niños y bailar entre cada recoveco de la tierra sin perder esa elegancia.

Todo lo contrario a lo que era ahora.

Dañina.

Era tan dañina.

A veces me preguntaba qué hacía realmente bien. Suponía sólo una molestia para mi hermano y mi padre, de no estar, probablemente, Touya estaría lejos de Tomoeda estudiando y mi padre trotando por el mundo. No podía olvidar a Tomoyo y sus afables miradas. No tendría que preocuparse por mí y mucho menos tomarse tantas molestias, que era lo que siempre le causaba. Luego estaban mis amigas y Kero, el último podría tener una habitación para él solito y alguien que no le hiciera rabiar porque le parecía adorable. Tampoco le haría daño a Miyamoto revolviendo en el pasado, ese que parecía estar terminantemente prohibido para él y Li.

Li…

Apreté el abrazo a mis piernas y hundí un poco más la cara entre ellas. A él le solucionaría completamente la vida. No se enfadaría, no tendría que chantajear a nadie, no perdería el control, no gritaría como lo hizo esta mañana… No pronunciaría palabras tan dolorosas.

¿Por qué a pesar de todo eso era tan impúdica y quería estar aquí? Por eso mismo, era una persona dañina para todos ellos. Sin excepción.

Sería tan fácil convertirme en uno de esos copos de nieve que caían ahí fuera… Tan sencillo como sellar los ojos y no volver a despertar de nuevo.

Sin embargo, esos pensamientos desaparecían tan rápido como venían, porque realmente quería estar aquí. Era muy egoísta, sin embargo, quería ver sus rostros sonrientes hablándome, guardar en mi cabeza cada momento a su lado, lo que me decían, las bromas… Incluso los insultos. Porque eso significaba que seguía siendo parte de sus vidas, de alguna forma u otra, y realmente quería serlo: fuera como fuese.

Sonreí.

Sí, era tan necia como para pensar que podría ser alguna vez igual de pura y cálida como las pequeñas luces blancas del exterior.

—¿Kinomoto?

A pesar de que tenía los auriculares puestos, pude escucharlo con claridad, probablemente porque el volumen de la música era mínimo. Quizá se debía a que había estado esperando este momento durante tres horas y a pesar de ello no supe reaccionar con total coordinación y claridad a la hora de la verdad.

Levanté la cabeza con cuidado y, sin dejar de aprisionar mis piernas, me encontré con su clara mirada. Era diferente a la que esta mañana me había mostrado. Había vuelto a adquirir esa vitalidad que tantos corazones había cautivado, esa fuerza que reducía al hombre más rudo del mundo en un pequeño gatito mimoso, esa jovialidad que hacía bailar corazones, ese brillo que consiguió que sonriera como si nada de lo que había pasado esta mañana hubiera sucedido.

—Miyamoto, qué sorpresa verte por aquí.

—Lo mismo digo. No te vi en la mesa, pero no creía que estarías por estos pasillos.

—Necesitaba estar un rato sola.

Intenté sonreír amablemente. Probablemente terminara siendo una sonrisa amarga, por eso la hice desaparecer de golpe. Lo último que se me pasaba por la cabeza era provocar con alguno de mis actos que esa resplandeciente mirada se tornara oscura y vacía por mi culpa otra vez. De todas formas, no pareció darse cuenta, ya que se limitó a clavar la atención en sus pulcros zapatos mientras yo volvía la mirada a mis piernas.

Era una situación algo incómoda, la verdad.

Tan incómoda que logró que un escalofrío recorriera mi espina dorsal y estornudara un par de veces. Me moví un poco y froté mis brazos para volver a entrar en calor. A pesar de que estaba usando el jersey por encima de la camisa, no había conseguido mantener mi temperatura corporal. Supongo que por lo frío que estaba el suelo. De todas formas, no le di importancia, o al menos no hasta que una rebeca se posó con delicadeza sobre mis hombros. Seguí con la mirada las manos que la colocaban hasta encontrarme con su sonrisa apacible de siempre. Me demostraba que se había dado cuenta de que estaba congelada y me obligaba a quedarme aquella prenda que me tendía. Era imposible rechazarlo.

—El suelo está muy frío en esta época del año —musitó, sentándose al lado de mí, aprovechando que yo estaba metiendo las manos por las mangas, aunque nunca logré llegar al final debido a que superaba bastante mi talla.

—El frío te hace sentir vivo.

No rechistó por mi comentario, se limitó a mantener la mirada en la ventana frente a nosotros, siguiendo un par de copos con ella. Yo le imité, volviendo a quedar prendada por la belleza de tan minúsculo ente.

Y pensar que ningún copo era semejante…

—¿Has visto a Syaoran?

Su pregunta me sobresaltó un poco. No la esperaba para nada. Creía que ambos nos quedaríamos en silencio un buen rato, no obstante, cuán equivocada me encontraba. Después de todo, era Daiki Miyamoto y él no aguantaba el silencio por nada del mundo, así tuviera que llenarlo con cosas triviales o estupideces.

Luego intenté comprenderla. Si me dijo aquello fue porque no le había visto, ¿verdad? Es decir, que no había comido con ellos el almuerzo y que probablemente estuviera en algún lugar del colegio en soledad porque si Miyamoto no estaba con él, probablemente nadie lo estuviera. Y ahí iba mi pregunta: ¿por qué? Es decir, ¿por qué no estaba en la comida con los demás? Esto únicamente había sido mi culpa y tendría que afectarme a mí. Cuando está enfadado, como esta mañana, sigue con su vida normal, no iba a faltar a la comida con el resto por eso.

¿Se habría enfermado? ¿Por eso se había visto algo distante en los cambios de clase con sus amigos? ¿Y si le había transmitido la fiebre? Estaba en soledad, en algún lugar, sufriendo esas décimas de más…

Sí, estaba algo preocupada…

—No… ¿Le pasa algo?

Dudó en contestarme tanto tiempo que creí que la pregunta quedaría resonando en el aire como cosa perdida. Eso significaba que no debía inmiscuirme en sus asuntos. Había sido muy estúpido de mi parte decir aquello cuando se suponía que debía importarme un rábano y más después de lo de esta mañana temprano. No obstante, Miyamoto no me dejó en ningún momento con la duda para siempre, por eso, cuando ya había empezado a buscar otro tema de conversación, abrió la boca para soltar:

—No. En realidad, quería un poco de espacio según dijo en la comida y se fue. Normalmente le estresa estar con tanta gente en esta época del año y más si a su alrededor la gente está tensa por los exámenes y demás. Nada de lo que preocuparse.

Su sonrisa me tranquilizó bastante. Si él decía eso, sería toda la verdad, además, era agradable saber que nadie terminó contagiándose de mis virus, sobre todo Li, que fue con el que más tiempo pasé a tan corta distancia.

No conseguía recordar todo con claridad porque el dolor de cabeza de aquel entonces me lo impedía, pero era consciente de lo que pasó y más de que fue él el que terminó llevándome a la enfermería, incluso en su espalda. Eso no es que me agradara del todo, sin embargo, reconocía que no había tenido otra opción, después de todo me porté algo cabezota ese día y era eso o llevarme a rastras. Supongo que no lo hizo porque luego tendría heridas que demostrarían sus abusos, aunque al menos consiguió postrarme en la cama para que la fiebre rebajara.

Sus servicios no eran de mi agrado, aunque habían sido necesarios. Tampoco tenía mucho de lo que quejarme, porque, al final, terminó trayéndome el regalo de Tsubasa. Lo importante es que Tsubasa supiera que no le odiaba o que mucho menos le rechazaba, el detalle en sí era lo de menos. No quería defraudarlo cuando había salido de su propia boca tal petición; no podía.

—El broche te queda precioso, Kinomoto.

Podría jurar ayer, hoy y mañana que no esperaría esa frase ni en este preciso momento ni en un millón de años.

Mi cara tuvo que demostrar todo el asombro que bombeó mi corazón antes de quedarse quieto en el sitio. Si no fuera él o no le conociera como lo hago, probablemente me hubiera tomado ese comentario en broma. Me hubiera gustado reírme y pegarle en el hombro, mofándome de lo divertido que era. Mas no, porque no estaba bromeando. Su expresión se tornó seria aunque gentil, esa pequeña sonrisa que adornaba las comisuras de sus labios le hacía ver más mayor de lo que normalmente se mostraba.

Delante de mí había otro Daiki Miyamoto; uno que, a pesar de que tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y los ojos brillantes en dirección al broche de cerezo que adornaba mi pelo, se parecía muchísimo al que había visto esta mañana. Más mayor. Más realista. Más nostálgico. Más… él.

Uno que parecía deshacerse a cachitos delante de mí.

Y le sonreí. Le sonreí para que ninguno de los dos notáramos el estruendoso golpe que hizo un trozo de su máscara al caer al suelo.

—Gracias. Ayer lo encontré y pensé que era una buena idea llevarlo.

Craso error.

—Creía que lo habías olvidado.

Eso intenté. En balde.

—No, sólo lo tenía en una caja que no encontraba. Hasta ayer.

Efectivamente, esa no era la mejor respuesta que podía darle, pero era la que podía producir: la verdad. Podía obviar que fui yo la que escondió la caja en el lugar más recóndito de debajo de mi cama para evitar esto, eso no era algo que él tuviera que saber. Nada de vital importancia. No era trascendental.

Si hubiera dicho otra cosa, probablemente me hubiera perdido su mirada cariñosa hacia mi pelo y luego frente a frente con mis ojos, esos que no se mostraban opacos como esa mañana. Al contrario, parecían realmente agradecidos de que llevara aquel broche hoy. De ser ese el caso, no entendía la reacción de hace unas horas.

Y eso me llevaba al tema que había rondado mi cabeza durante las tres primeras horas. ¿Debería pedirle perdón? ¿Debería quitarme el broche? ¿Devolvérselo? A pesar de todo lo que pudiera acarrear, yo le tenía un gran aprecio y era complicado para mí separarme de él, sin embargo, no iba a ser egoísta en ese aspecto.

Justo cuando estaba a punto de formular alguna de esas preguntas, sus ojos se cerraron y sus labios se curvaron aún más. El Miyamoto de siempre había vuelto de repente.

—Me alegra mucho saber que aún lo tienes, Kinomoto.

A pesar de que el agarre entorno a mis piernas se acentuó con brusquedad, intenté que el dolor de esas palabras no llegara a mis ojos. Por eso, me apresuré y los clausuré, correspondiendo su amable gesto con todo el cariño que podía. Todo parecía ir bastante bien, aunque, claro, tenía que abrir la boca y cagarla de alguna manera, si no, no me quedaría a gusto.

—Me lo diste tú. ¿Cómo no voy a guardarlo?

Otra vez silencio incómodo. Otra vez un trozo más de su máscara rota. Otra vez esa sonrisa serena y afligida.

Que alguien me cosiera la boca de una vez por todas…

—Bien, creo que va siendo hora de que siga buscando a Syaoran.

De un movimiento, se levantó atléticamente. Limpió las manchas que se quedaron en sus pantalones y apresó las manos en los bolsillos, volviéndose hacia mí antes de marcharse.

Sentía que era mi oportunidad de decir algo, mas, ¿qué? ¿Qué era aquello que no podía expresar con palabras, pero que estrujaba mi corazón como si careciera sentimientos? La falta de tiempo logró que al final Miyamoto emprendiera su camino, nunca logré saber qué quise decir en aquel momento y no pude. No obstante, sí me percaté de algo que logró detenerle.

—¡Miyamoto, la rebeca!

Pareció perdido durante unos segundos, nada que al volverse hacia mí no lograra solucionar, mas no me dio tiempo a sacar ni un brazo de las mangas cuando sonrió y permitió con voz suave:

—Quédatela. Yo no tengo frío y tú estás en el suelo, la necesitarás.

—Gracias —acepté, ligeramente abochornada—. Te la devolveré al llegar a clase.

Asintió ligeramente, mas al parecer eso no sería lo único que me avergonzaría antes de que se fuera.

—Kinomoto, ¿puedo pedirte un favor?

—¿El qué? —murmuré, confundida por su repentina sonrisa y rojizas mejillas.

Tardó unos segundos en volver a abrir la boca, tal vez porque se pensó más de una vez el soltar lo que dijo. Parecía incómodo y dudaba, probablemente por todo lo que eso acarreaba; algo que nunca llegaría a olvidar, pasara lo que pasara.

—No dejes nunca de sonreír.

Y tras eso, se dio media vuelta y desapareció por la esquina, dejándome sola de nuevo en medio de aquel pasillo con su cálida rebeca rodeándome como un cordial abrazo.

(Syaoran)

¿Cuánto tiempo había pasado aquí, tirado como un peso muerto en la silla al lado de la ventana? ¿Cuántos copos de nieve había visto morir? ¿Cuántas bocanadas de aire había robado de la pesada y alejada habitación? ¿Cómo había conseguido dejar la mente en blanco todo este tiempo?

¿Qué importaba todo eso?, me mofé, no llegaría a ningún lugar intentando encontrarle una respuesta a cualquiera de las preguntas. Sería una pérdida de tiempo. Aunque —reí—, ¿no había perdido ya mucho? Tampoco importaba malgastar un poco más en idioteces. Tal vez eso me entretuviera más que contemplar aquella espesa capa de nieve que cubría el oscuro exterior.

Pero no lo intenté si quiera.

Me importaba bien poco no hacer nada por ahora, estaba bien con ello. Era suficiente, era lo que necesitaba, era mi terapia.

Así que me hundí más en el asiento y dejé caer la cabeza como un peso muerto. Estaba haciéndome daño, sí, sin embargo, era algo tan minúsculo que lo ignoré. No me costó demasiado, tan poco que en segundos ya tenía los ojos cerrados y mi respiración se hacía intermitente y ligera. Podría haberme quedado dormido aquí a mi suerte durante siglos, si no fuera una monumental mentira el tener la mente en blanco.

Puede que no pensara, que intentara no darle vueltas a un tema, no obstante, mi cerebro no admitía descansos y trabajó todo el rato con una imagen en específico: unas lágrimas rodando por el rostro de alguien. Había hecho un esfuerzo bastante grande para evitar ponerle totalmente la cara, sabía que si le dejaba hacer lo que quisiera, jamás lograría sacarme esa visión de la cabeza. Y me negaba a terminar así.

Suficiente tenía por ahora, gracias.

—Syaoran, estás aquí.

La alegría de su voz consiguió que abriera los ojos y dirigiera la cabeza hacia la puerta, donde Daiki se encontraba alegremente. Supongo que me habría buscado durante mucho tiempo por el tono de su voz, sería lógico, el sitio donde me encontraba estaba muy alejado y no era un lugar al que todo el mundo accediera. Por eso mismo lo había escogido. Aquí me sentía tranquilo y con el espacio suficiente para estar a gusto. Fue todo un acierto haber hallado hace un par de años, deambulando entre clases, esta aula olvidada y abandonada que servía de trastero. Era pequeña y el espacio se antojaba aún menor con toda la pila de pupitres y sillas ocupando la mayor parte de la sala. El resto estaba relleno con unas cuantas estanterías al final, un perchero, la pizarra y la mesa y silla del profesor, justo donde me encontraba yo ahora mismo.

A pesar de ello y de que hacía muchísimo que no volvía a este lugar, Daiki había logrado llegar hasta aquí o, lo más complicado, recordar el lugar.

Entró con cuidado, cerrando la puerta tras él, cuando vio que no emitiría palabra. En el silencio y siendo perseguido por mi mirada, cogió una silla suelta, la limpió y tomó asiento frente al escritorio, cara a cara conmigo. Ninguno de los dos hablamos, yo porque no tenía nada que decir y él porque no decidía cómo iniciar la conversación.

Pasó mucho tiempo y no abrió la boca, así que desistí y volví a mirar por la ventana. Ni haciendo eso consiguió comenzar o parlotear de cualquier tontería, así que entonces me preocupé. Daiki podía ser muchas cosas, pero no era silencioso.

—¿Qué ha pasado?

Nada.

Aunque yo fuera el que le empujara y fuera directo al grano, él no parecía estar por la labor. Y eso era lo suficientemente raro como para que cogiera mejor postura y le mirara atentamente. Sin embargo, no fue la clave para ayudarle a empezar a hablar, sino al revés. Rehuyó mi mirada hundiéndola en la tarta sin tocar sobre la mesa. Yo le seguí el juego durante un buen rato y justo cuando iba a abrir la boca para insistir, él preguntó:

—¿No tienes hambre?

—No me apetece tarta —comenté, manteniendo la charla. Era eso o volver al silencio de antes—. ¿La quieres tú?

¿Contestar a las ofertas? Él no sabía lo que era eso. En vez de darme una respuesta, cogió con cuidado el tenedor y cortó un trozo de la tarta de vainilla, esa que Kinomoto dejó en mi mesa sin mirarme cuando el timbre sonó y lo último que nos enlazó en el día. Después de que saliera a paso ligero por la puerta, no volví a verla. Bueno, tampoco había bajado a la cafetería hoy, así que eso reducía más las posibilidades.

—Es la que hizo Kinomoto, ¿verdad?

Asentí.

Vaciló unos segundos en meter el pedazo en su boca, aunque al menos valió la pena. Su expresión seria cambió por completo a una llena de alegría. Al parecer le había gustado bastante, ya que hasta tenía las mejillas ligeramente coloreadas. Era gracioso verle con una cara que haría un niño pequeño comiendo su dulce favorito.

—¡Está riquísima!

—Lo sé.

Ignoró mi comentario y volvió a cortar otro trozo, al que le siguieron un par más. No mencioné en ningún momento que era para mí, después de todo parecía tener hambre, además, la estaba disfrutando en sobremanera y la necesitaba. O al menos eso creía. Ninguno habíamos pasado una buena mañana después del encuentro fatídico en la entrada del colegio. Lo menos que podía hacer era callarme y observarle comer encantado con una pequeña sonrisa adornando mi cara.

No se dio cuenta de nuevo de mi presencia hasta que la terminó. Como agradecimiento me sonrió, cerrando los ojos, y se levantó de la silla, dispuesto a irse. No le detuve, si en todo el tiempo que estuvo aquí no logró decirme aquello por lo que me había estado buscando era porque todavía no estaba preparado para soltarlo. Obligarle era lo último que se me pasaba por la cabeza. Daiki no funcionaba así ni yo tampoco. Si alguno de los dos no queríamos hablar de algo, no lo haríamos, y menos él, que se caracterizaba por no hablar de sí mismo jamás.

—Sólo te buscaba para saber que si estabas bien —anunció, colocando con cuidado la silla sobre una mesa, evitando que el resto cayera—. Creo que va siendo hora de que vuelva a la cafetería.

—Bien.

Todo se hubiera terminado ahí si no me hubiera dado cuenta de algo importante, tan importante que me dio igual asustarle. Me levanté de golpe de la silla y me situé frente a la mesa, esperando a que se diera la vuelta. Porque, aunque fuera algo estúpido, si Daiki lograba mentir, sus ojos no lo hacían. Nunca.

—¿Y tu rebeca?

Se quedó callado. Ni si quiera le di tiempo para asustarse por mi repentina cercanía. Al parecer la respuesta no me agradaría porque apretó los labios y empezó a ponerse nervioso. Tanto que el color de sus mejillas aumentó y movió las manos en miles de formas diferentes. Me senté en la mesa, inclinándome ligeramente hacia él para que no respirara tranquilo o al final no me confesaría la verdad, y esperé, con expresión neutral.

—Es… Es una historia algo… larga.

—Tengo todo el tiempo del mundo.

—Ya veo —comentó, más nervioso todavía. No era capaz de mirarme a la cara, así que sus ojos se clavaron en la gastada madera de mi provisional asiento—. Verás, es que… mientras venía hacia aquí me encontré con Kinomoto y parecía pasar frío en el suelo, así que… Bueno…

—Le diste tu rebeca —completé. Asintió, todavía nervioso y haciendo gestos con las manos que no lograba descifrar. Suspiré—. ¿Tienes frío?

Parecía que no se esperó esa pregunta por nada del mundo y eso consiguió que frunciera el ceño, notablemente molesto.

¿Tenía algo de malo preguntarle?

—No, la verdad.

—Bien.

Volví a sentarme en la silla, esta vez dejándome caer de nuevo. Daiki se quedó quieto en el sitio unos segundos y luego reanudó su tarea de salir de aquí. A medio camino se detuvo, pero, justo cuando creí que me diría aquello que le había llevado hasta aquí, agitó su cabeza y salió por la puerta sin despedirse.

Quedarme solo me parecía una opción bastante agradable, yo mismo lo había buscado hoy. No obstante, después de su visita, terminé inquieto y hasta agobiado por las cuatro paredes que me enjaulaban. No me quedó otra que salir de allí a los minutos de desaparecer Daiki.

Cerré la puerta con la llave que había robado de secretaría y la guardé en uno de mis bolsillos. Perderla supondría problemas y evitarlos lo que yo más deseaba. Había tenido suficientes castigos en mi primer año aquí, no quería otra excusa para que el director me tuviera fregando el colegio o amenazándome con llamar a mi madre. Ieran no debía saber nada de eso o terminaría de patitas en Hong Kong en menos que cantaba un gallo. Aunque si era una llave, nadie sabría quién la tenía, ¿verdad? Sería culpa de la secretaria que no estaba lo suficientemente atenta en sus tareas, ¿es eso lo que piensas? Por desgracia, no es la primera vez que ella y sus despistes dejan la puerta abierta y tampoco es la primera vez que desaparece y se dan cuenta. Ya me habían descubierto dentro de la sala durante clases una vez, todo apuntaría hacia mí si volvían a perderse.

Y el colegio era lo suficientemente grande para no querer volver a ocuparme de él. Ni si quiera valía la pena saltarse un par de clases.

Por eso, me encaminé hacia secretaría una vez que salí de mi cueva. Había pasado poco tiempo allí, la chica todavía no las echaría en falta y si me daba prisa ningún profesor vería que el hueco estaba vacío.

Intenté atajar por los pasillos sin clases, encontrándome con un par de salas más vacías y un baño medio abandonado de la planta de los cuales no salían ruidos muy agradables. Al menos para los que estaban en el exterior, los de dentro deberían estar divirtiéndose en grande. Imaginaba que Daiki no lo habría pasado muy bien al cruzar por aquí, una pena el no haberle acompañado para poder bromear sobre su cara roja.

Bajé las escaleras hasta la segunda planta y me adentré por los salones de clubs más recientes. Si seguía por allí todo recto, encontraría una pequeña escalera de incendios. Entonces sólo tenía que bajarlas hasta el final y girar a la derecha. El despacho estaba cerca y podría escapar por la misma ruta sin levantar sospechas de por qué deambulaba por aquella zona repleta de profesores. Lo bueno de esta zona es que, encima, estaba siempre desierta, cosa que me parecía increíble estando la cafetería justo debajo si subías por aquella escalera de incendios. Era el mejor sitio para escaparse y comer un día como este, sin el jaleo de miles de adolescentes agobiados por los exámenes.

Eso sí era vida.

El camino era tranquilo. Sólo estábamos yo y el eco de mis pasos, o al menos hasta que torcí la esquina por segunda vez. Fue entonces cuando me encontré a alguien que jamás esperaría, aquella que me había evitado toda la mañana y a la que yo había esquivado en el recreo.

Como estaba abrazada a sus piernas y con la cara apoyada en las rodillas, mirando hacia el otro lado, no se dio cuenta de mi presencia. Por unos segundos, llegué a pensar incluso que estaba dormida, sin embargo, cuando sollozó la primera vez, me dejó muy claro que estaba lejos de los brazos de Morfeo.

Se encontraba echa un ovillo. Ocupaba el menor espacio posible y se encajaba como un puzle resuelto. Me preguntaba si no se hacía daño en aquella postura, porque su espalda estaba haciendo un arco bastante doloroso mas me callé cualquier comentario. En vez de seguir mi camino tal y como lo había programado, metí las manos en los bolsillos de nuevo y giré sobre mí mismo, dispuesto a bajar por la escalera de incendios desde la primera planta. Mientras no me cruzara con ella, prefería que me descubrieran y tener que limpiar todas las plantas del colegio si hacía falta.

No obstante, no di dos pasos cuando otro sollozo me detuvo en seco.

¿Por qué mierda estaba llorando? ¿Qué hacía aquí sola? Si tenía frío, ¿por qué no se abrigaba un poco más? ¿Por qué no iba a algún lugar para entrar en calor? ¿Por qué… tenía que ser tan idiota y testaruda?

O ¿por qué volví a girarme hasta volver a estar dirección a Kinomoto?

Creo que esa pregunta necesitaba una respuesta urgente. Tan urgente como que alguien aflojara la fuerza que ejercía sobre mis puños cerrados o sobre mi mandíbula apretada.

Urgente.

Rápido.

Una respuesta.

Algo que detuviera mis pies; algo que dejara de acercarme a ella; algo que tirara de mí hacia otro camino cuando me encontré a su lado; algo que me levantara del suelo, de su lado, de aquí.

Sí, era un suelo muy frío, me dije una vez sentado cerca de ella.

Kinomoto no pareció darse cuenta de nada, seguía hecha un cuatro. Lo único que podía ver de ella eran sus piernas, aquella rebeca que la cubría por completo y tapaba sus manos y una cascada de pelo cayendo sobre sus hombros. Los mechones de pelo se enredaban unos con otros suavemente por las curvas que se pronunciaban al final.

Tuve ganas de algo y lo hice, sin darme cuenta.

No había terminado de imaginar cómo se sentirían enredados entre mis dedos cuando ya había sacado la mano de mi pantalón y la dirigía hacia uno de los rizos que caían sobre sus brazos. Dentro de mi impulso, algo de lucidez me iluminó porque en aquella zona pasaría inadvertido, al menos algo más que si jugueteaba con el pelo que reposaba sobre su nuca. Mis dedos no llegaron a rozarlo cuando me eché atrás. Seamos sinceros, ¿qué narices estaba haciendo? ¿Por qué quería tocar su cabello mientras sollozaba intermitentemente? Esto era una verdadera estupidez que debía detener antes de que fuera demasiado tarde.

Pero, oh, qué poca fuerza y control tenía sobre mí mismo.

Con cuidado, enredé dos dedos en varios rizos y los moví despacio, pareciéndome algo graciosa la forma en la que se adaptaban a ellos y cómo se colaban por los huecos que encontraban. Viendo que Kinomoto no se percataba de nada, dejé que unos cuantos mechones más rodearan otro dedo mientras me fijé por primera vez de que Kinomoto tenía el pelo realmente suave y olía a champú de frutas.

De todas formas seguía agradándome más su colonia de vainilla de hoy.

En algún momento, llegué a hacerle cosquillas y por ende la desperté de su ensoñación, pues giró la cabeza lentamente hacia mí. La adrenalina se extendió por cada recoveco de mi cuerpo y agitó mi corazón. De un momento a otro, conseguí deshacerme del ligero agarre de sus rizos sobre mis dedos y metí la mano del delito en el pantalón de nuevo. No llegó a darse cuenta de nada, gracias a Dios, mas yo me llevé tal susto que hasta que no dijo una sola palabra no recuperé el control total sobre mí. Saber que había estado a segundos de ser pillado in fraganti, haciendo la cosa más innecesaria y arriesgada hasta ahora con ella, no me sentó nada bien. Quería darme una patada a mí mismo ahora.

Eso había sido estúpido. Muy estúpido.

—¿Li?

Ahora que estaba cara a cara conmigo, podía entender dos cosas que no había pensado antes: la primera era que mi presencia había sido ignorada porque estaba escuchando música; la segunda era que no sollozaba, sólo estaba congestionada y por eso hacía esos ruidos con la nariz. Así que sentarme aquí había sido un combo de cosas estúpidas e innecesarias.

Sin embargo, no intenté levantarme. Ignoré su penetrante mirada verde y concentré toda la atención en el suelo. Aunque no por mucho tiempo o al final terminaría dándole el tiempo suficiente para que pensara y llegara al centro de los problemas.

—¿Q-Qué haces aquí?

—Puedo hacerte la misma pregunta.

—Pero yo pregunté primero.

—¡Odio que hagas eso! —gritó, inflando las mejillas y volviendo a su postura inicial, esta vez con la cara hacia mí—. Sólo escuchaba música.

Silencio.

Me pregunté si con este ambiente conseguiría escucharse mi agitado corazón y esperé que la respuesta fuera negativa. Mientras tanto, mi cerebro buscaba algo para distraerla, cualquier tontería, cualquier comentario estúpido, algo que la hiciera enfadar y se concentrara en su odio hacia mi ser y todas las barbaridades que realizaría conmigo antes de matarme. Por desgracia, no hallé palabras a tiempo, sin embargo, al menos logré tener los minutos suficientes para recuperar mi estado habitual. No todo eran malas noticias.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Vas a decirme de una vez qué haces aquí?

—P-pasaba por aquí. Iba camino a la cafetería y conozco un atajo —mentí.

—Pero… Miyamoto me dijo que te fuiste de la cafetería porque odias el estrés y jaleo que hay esta época del año.

Eso me tomó por sorpresa.

Tanto que no controlé mi cabeza a tiempo y terminé volviéndola hacia ella, encontrándome con dos obres esmeraldas que brillaban, intensos. Parecía tan confusa que ni tomó en cuenta mis actos. Mientras tanto, a mí acudían miles de preguntas a la vez, entre ellas por qué Daiki había mentido y si estar hace un rato conmigo en silencio era parte de su maquiavélico plan. Fuera como fuese, no le entendía. ¿Había dicho eso inocentemente o había algo más detrás? Porque si era lo último, no encontraba una respuesta posible. Tal vez no era complicado, tal vez lo hubiera dicho porque sí y no había doble sentido, aunque yo me negaba a creer eso.

Daiki podía no hablar de él mismo y ser despistado e inocentón, no obstante, jamás mentiría.

Después de todo, ¿qué le importaba a ella si estaba en la cafetería o en el fin del mundo? ¿No era eso lo que quería?: verme lejos, muy lejos. Había algo en esta historia que no encajaba o al menos no lo hacía hasta que volví la mirada hacia el broche que brilló en su pelo. Entonces las piezas se colocaron en su sitio por sí mismas.

No era complicado, no era un trabalenguas, no era otra cosa que Daiki Miyamoto moviendo los hilos del destino de nuevo.

Me preguntaba si era esto lo que había intentado decirme hace un rato. Probablemente sólo había sido para engañarme, después de todo, si ya se había encontrado con Kinomoto antes, ¿por qué no se fue hasta hallarme? Siempre habíamos tenido nuestro espacio y ninguno nos metíamos en él, mas esta vez se saltó la regla buscándome cuando había sido yo el que había desaparecido después de que sonara el timbre. Era simple: Daiki era consciente de que si iba a aquella aula terminaría sacándome de ella de alguna forma u otra. Conmigo fuera sólo era cuestión de suerte que utilizara el atajo para soltar las llaves y terminara topándome con ella.

Creo que le entendía, o al menos el objetivo de empujarme fuera de aquel antro. Probablemente la causa era por todo lo que pasó esta mañana en las escaleras, tal vez por su manía de que nadie estuviera mal o quizá porque él también estaba estancado en el pasado y esta era su manera de decírmelo, tirando del hilo de nuevo hasta situarme aquí, al lado de ella, queriendo que vea que no estaba solo en esto y que las intenciones de Kinomoto no fueron las que yo pensaba.

Aunque eso no importaba. Ya no.

—¿Qué más da? —bufé.

Parece que tenía razón, porque se quedó callada. En vez de insistir en el tema, entendió que lo había dado por zanjado. Ambos hicimos silencio hasta que a mí me pareció absurdo seguir aquí, después de todo había salido de la clase para llevar las llaves y no recibir un castigo. Quedándome aquí sólo incentivaba a que terminara esta tarde fregando los pasillos.

No obstante, en cuanto hice el ademán de levantarme, sus ojos se abrieron de golpe. No pronunció palabra, creo que no hacía falta. Me mantuve estático a la espera de su reacción, la cual llegó un poco después. Tan rápido como se había dado cuenta de que me marchaba, deshizo la bola en la que se había convertido hasta terminar sentada con las rodillas flexionadas. Algo más cómoda, empezó a buscar una canción en su reproductor de música desesperadamente.

Pensaba que eso no iba conmigo y sólo había sido un pronto, así que, con las manos ya en el suelo, hice fuerza para incorporarme.

Su mano sobre mi pierna me retuvo.

—¡Un momento, Li! —rogó, con los ojos taladrando los míos y algo ruborizada.

Estaba tan sorprendido que le hice caso. Es más, ni rechisté, a pesar de saber que eso sería firmar mi sentencia de muerte.

Mientras yo intentaba volver a reaccionar, Kinomoto logró encontrar lo que buscaba con tanto esmero. Y, sin inmutarse, se deshizo los auriculares y me entregó el derecho. Creía que con eso bastaría, pero cuán equivocado estaba de nuevo, porque, sin poder evitarlo, de golpe, se subió a mi regazo y estiró la mano para buscar mi oreja. No atiné a hacer otra cosa más que abrir las piernas hasta que ella quedó en medio de rodillas, y con ello conseguir que encontrara la postura correcta para terminar de ponerme el otro auricular. Una vez finalizada la tarea, me sonrió y le dio a reproducir sin decir ni pío.

Las primeras notas de una canción que conocía bastante bien me aislaron.

No sabía qué decir o qué pensar. Directamente no habría esperado esto, jamás. Tampoco podía dármelas de sabedor porque no conocía a Kinomoto en este aspecto y al parecer ese era un punto clave, al menos para que dejara de estar sorprendido hoy.

Well, I know the feeling
Of finding yourself stuck out on the ledge
And there ain't no healing
From cutting yourself with the jagged edge

Mientras Chad Kroeger entonaba aquellas palabras que recordaba a la perfección, ella dejó caer las manos sobre sus rodillas, con los puños cerrados y los ojos también. Con el volumen así de alto, parecía que la podía escuchar perfectamente, porque sus labios cantaron cada palabra en el momento correcto. Parecía tranquila, en calma, como si realmente fuera una nana de cuna.

Durante el tiempo que escuché Lullaby, dejé de pensar en lo que había pasado esta mañana, obvié que Kinomoto estaba entre mis piernas flexionadas con las mejillas coloradas y cantando, dejé atrás todo este tiempo y volví a un par de años atrás. A pesar de que estaba detenido en medio de la jaula de cristal, no sentía dolor. Con tal sosiego era como si no pudieran hacerme daño, como si los cristales incrustados en mis pies no existieran, como si las miles de heridas que dibujaban mi cuerpo no sangraran, como si el mundo no ardiera allí afuera.

Como si realmente ella supiera cómo me sentía y me dijera que no estaba mal.

I'm telling you that, it's never that bad
Take it from someone who's been where you're at
Laid out on the floor
And you're not sure you can take this anymore

Intentando evitar pensar en el desastre de emociones que se enredaban en mi pecho, bajé la mirada hasta el suelo. No duré mucho tiempo así por culpa de ella, que de un momento a otro empezó a moverse despacio en el sitio. Sus labios musitando aquella letra acapararon mi atención tanto tiempo que pude darme cuenta de que no sólo la estaba susurrando, sino que, aprovechando que yo tenía los auriculares puestos, la cantaba calmadamente.

Gracias a que todavía tenía los ojos sellados, me tome la libertad de quitarme uno y escucharla cantar bajito.

So just give it one more try to a lullaby
And turn this up on the radio
If you can hear me now
I'm reaching out
To let you know that you're not alone
And if you can't tell, I'm scared as hell
'Cause I can't get you on the telephone
So just close your eyes
Oh, honey here comes a lullaby
Your very own lullaby

Había vuelto a recordar las razones por la que la odiaba tanto. Una de ellas se exponía frente a mí a sus anchas. Sólo había que mirarla. Allí, tan tranquila, con expresión apacible y sumisa, los mechones de pelo acariciando sus arreboladas mejillas y colándose por sus labios de vez en cuando en alguna que otra frase. Volvía a ser aquella niña de hace dos años que sonreía siempre que nos veíamos, a la que siempre le brillaban los ojos, aquella cálida y serena niña.

Y odiaba eso. Demasiado.

Please let me take you
Out of the darkness and into the light
'Cause I have faith in you
That you're gonna make it through another night
Stop thinking about the easy way out
There's no need to go and blow the candle out
Because you're not done
You're far too young
And the best is yet to come

Sus ojos embrujados se abrieron de golpe. Despertó del trance en el que se había sumido sólo para detener la música. Me quité, como acto reflejo, el restante de los auriculares antes de que se diera cuenta de algo y esperé en silencio a que hablara. Sin embargo, parece que no encontraba las palabras correctas, porque estuvo un buen rato jugueteando con ellos y el reproductor de música hasta que finalmente clavó la mirada en mí y, con todo el valor que tenía amarrado entre sus brazos, soltó un monólogo que tensó cada músculo de mi cuerpo.

—Li, yo… Hace un par de días que escuché esta canción y siempre que lo hago me siento algo más protegida. C-creo que tú también deberías de escucharla de vez en cuando para saber que no estás solo.

Dejé de mirarla al instante.

No quise hacer eso. Hoy no tenía control sobre mí mismo y era molesto. Todo lo que había conseguido construir durante este tiempo se derrumbaría por mi culpa. O tal vez por su culpa, sí. Si dejara de hacer esto, probablemente podría conseguir establecer las pautas que impuse hace un tiempo.

Sin embargo, eso era pedir un milagro.

Aunque ¿por qué no hacerlo cuando justo después de eso sucedió otro?

Kinomoto no se dio por vencida después de esas palabras. Parecía dispuesta a meterlas a presión en mi cabeza si hacía falta, no obstante, no utilizó métodos violentos, sino todo lo contrario. Para ser sinceros, prefería los métodos de fuerza a los que utilizó. Quería evitar por todos los medios que cogiera mi cara entre sus manos, cubiertas por esa rebeca que la envolvía hasta caer sobre el suelo. No por el acto en sí, que ya era incómodo, sino por la expresión cariñosa y amable que me esperaba al volver a establecer contacto con ella.

Sus ojos profundos se taladraron dentro de mí y me despertaron por unos minutos de aquella pesadilla en la que me había sumido.

¿Cuánto tiempo había pasado congelado? ¿Años? ¿Tanto? Vaya, ahora lo entendía todo. No había avanzado nada, sólo había estado estático en el camino observando a la gente pasar. El precio había sido elevado: olvidar lo que era sentirse abrigado. No por una gran cantidad de ropa, sino por ella.

Ya no sabía cómo se sentían los ojos de Kinomoto traspasando los míos de esta forma. Así que era absurdo mencionar el simple hecho de que los recuerdos de su dulzura y sus manos en mi cara eran agua pasada, tan pasada que volver a sentirlo todo de golpe causó un colapso en mi mente tan grande que cada músculo de mi cuerpo dejó de funcionar. Como si me hubieran inyectado un tranquilizante, o tal vez un sedante, Syaoran Li se apagó. Mi cuerpo actuó a libre albedrío; mi cara ardía, tenía los ojos abiertos de par en par clavados en los suyos y mis manos habían caído hasta el suelo.

¿Qué estás haciendo, Sakura?

—Puedo escucharte, Li, siempre que quieras. —Se detuvo unos segundos para tomar aire. Estaba tan roja como yo y tartamudeaba de vez en cuando, no obstante, continuó, con voz suave—. Podría entenderte si quisieras, podría hacer algo si me lo permitieras, porque realmente quiero hacerlo. Y-yo… Llevo años esperando y seguiré haciéndolo hasta que tú los desees, pero no quiero que te sientas solo en el trayecto porque no lo estás. —Apretó un poco más mi cara y sonrió ligeramente—. Sólo tienes que decir lo que de verdad quieres y sientes porque estaré ahí para prestarte atención. Eres importante, Syaoran.

¿Pensar con claridad? Un mito. Una broma. Un deseo imposible.

Desde la primera frase dejé de ser consciente de lo que había alrededor de mí, de que el frío suelo empezaba a congelarme, de que estábamos en medio del pasillo, de que fuera nevaba con fuerza… Mis cinco sentidos se concentraron en ella y sus labios. Aquellas palabras dolorosas, el veneno que corrió por mi sangre, esa promesa, el apoyo, la calidez de sus manos y ojos, la inocencia reflejada en sus mejillas.

Apenas noté que había cerrado las manos y las apretaba con fuerza hasta que me sonrió, porque fue entonces cuando terminé de relajarme por completo hasta quedar reducido a piezas. Diminutas piezas que se sumaban a los cristales que antes me habían molestado. No obstante, no me perdí entre el montón, al contrario. Kinomoto se encargó de recogerlas todas y sacarme de aquella jaula para reconstruirme. El mundo había dejado de arder de golpe, nadie caía al peligroso mar. Era agradable sentir la luz sobre mi piel, porque, cuando ella terminara de montarme de nuevo, vería el auténtico significado de la felicidad grabado en aquella sonrisa que treparía hasta llegar a sus lagunas verdes.

Grabaría ese momento a fuego en mí. Como este, puesto que no podía hacer otra cosa. Estuve tanto tiempo en shock que cuando quise reaccionar, el timbre que anunciaba el inicio de las clases retumbó en nuestros oídos. Aquello fue el estímulo que necesité para volver donde debía mientras observaba a Kinomoto sobresaltarse y quitar las manos de mi rostro. Se separó de golpe, tan rápido que gracias a ello pude notar algo en lo que no había reparado antes. Había estado tan cerca de mí que seguía oliendo con fuerza su colonia. Ese dulce aroma a aire fresco que tanto había ansiado.

Empezamos a escuchar al colegio moverse y eso la puso algo nerviosa. Con las manos temblando, recogió su reproductor de música y lo escondió en los bolsillos de la rebeca de Daiki. No tardó en levantarse y mirar a todos lados, incómoda.

—Será… Será mejor que me vaya por ahora. Te veo en clase, Li.

Y luego echó a correr por el camino donde yo había venido.

No se giró. Tenía prisa. Huían, tanto la de ahora como la pequeña Kinomoto de hace dos años, esa que en el fondo de sus palabras se reflejaba, inocente, queriéndome guiar a casa, dándome la mano otra vez para subir la inclinada y gran montaña para que luego ambos disfrutáramos de las vistas.

Porque lo había dejado claro.

No me dejó atrás entonces y no lo haría ahora tampoco.

Así tuviera que reconstruirme pieza a pieza, se sentaría y —con paciencia— encajaría una a una hasta formarme de nuevo. Así tuviera que aguantar insultos, menosprecios y hasta algún que otro rasguño, cogería mi cara hasta hacerme ver que ella estaba aquí, esperando, con una sonrisa; que me escucharía, porque realmente quería hacerlo. Había esperado años para ello, me había aguantado, agradecido e incluso consentido y todo porque necesitaba una explicación a mi comportamiento. Pretendía entenderme a toda costa.

Sinceramente…

—Eres una caja de sorpresas, Kinomoto —musité, con una pequeña sonrisa que oculté con ambas manos, las cuales pasaron por mi cara hasta llegar a mi pelo y tirar de él.

Una que a pesar de todo el daño que inconscientemente pudiera hacer, siempre conseguía arreglarlo de alguna forma. Y quizá, sólo quizá, no me desagradaran sus formas del todo.

(Sakura)

—Un poco más…

—¡Detente, Tomoyo! ¡Me duele!

—Está apretado, dame unos segundos.

—¡Me muero, Tomoyo!

—Aguanta sólo un poco más, necesito esto…

—¡Tomoyo!

Sentí cómo me faltaba el aire y cómo mi cuerpo temblaba cada vez más. Si Tomoyo no se detenía, desfallecería allí mismo y, por su cara, esta tortura no terminaría hasta dentro de bastante.

—¡Tomoyo, por favor!

—¡Sólo un poco más! ¡No te muevas!

—¡No puedo! Termina esto por favor…

—Un poco más…

—¡T-T-Tomo-yo!

—¡Listo! ¡Tengo las medidas para el sujetador perfecto!

Esas palabras fueron mi salvación. De golpe, pude recuperar todo el aire perdido en el proceso con una gran bocanada que me costó toser un par de veces. Mientras, Tomoyo apuntó la última cifra en un cuaderno que me aterrorizaba, después de todo allí estaba yo: todas las partes de mi cuerpo medidas minuciosamente durante estos años. Podría ver cómo había crecido con sólo echarle un vistazo porque Tomoyo las tenía bien cuadriculadas en una tabla y con colores verdes aquellos números que habían variado. Su último descubrimiento le puso tan contenta que utilizó un verde chillón.

Todavía no comprendía qué le emocionaba tanto, sólo eran unas cuantas tallas más en mi pecho. Es decir, era extraño, tanto la situación como su alegría, sin embargo, no la detuve en ningún momento porque sus obres brillaban tanto que me avergonzaban. Ni si quiera podía emitir palabra alguna.

—¡Tu pecho creció bastante desde la última vez! ¿Has comprado nuevos sujetadores?

—Un par, pero me molestan tanto que no los utilizo.

—Un momento. —Dejó de comparar las tallas hasta dar con mi mirada y levantar una mano—. ¿Me estás diciendo que estás usando sujetadores pequeños?

—…Sí.

—¡Sakura Kinomoto! ¿¡Acaso eres masoquista!? ¡Debe doler!

—No es que…

—Ahora mismo voy a buscarte alguno mío. Seguro que tengo alguno de tu talla guardado todavía.

Sin dejar que me explicara, empezó a revolver los cajones de su habitación para hallar un sujetador apropiado. Yo me quedé frente al espejo con el uniforme del colegio hecho un desastre. ¿Por qué lo tenía todavía? Bueno, con las prisas no me dio tiempo a coger un hato para cambiarme luego de salir del trabajo. Con suerte y llevé la mochila que contenía el traje maid. Hoy no tenía la cabeza donde debía por un cúmulo de emociones que todavía no digería, era complicado cuando todo había pasado tan rápido.

En la mañana, me había despertado llena de energía y positivismo, creí que nadie podría arrebatármelo, sin embargo, al llegar al colegio cometí el mayor error de mi existencia, que fue revolver en el pasado. Como consecuencia, Miyamoto parecía distraído, diferente y hasta vagabundo en un mundo que no era el suyo. Mientras, Li había dicho las palabras más crueles que escuché hasta ahora de su boca, ni si quiera todos los insultos, amenazas, retos y menosprecios se podían comparar con la última frase que rechinó entre sus dientes. Después de eso, tres horas agobiantes y largas. El recreo fue una salvación divina que aproveché como pude. Fue una suerte que Miyamoto se cruzara conmigo en el pasillo y pudiera notar que realmente agradecía que llevara puesto aquel broche que todavía seguía en mi pelo. Me resultaba incomprensible la reacción de esta mañana, aunque fue como si nunca hubiera pasado. Tras él, vino Li y su frío silencio. Sinceramente, no esperé que se cruzara conmigo durante el día, tal vez la semana, y mucho menos que decidiera sentarse a mi lado.

Partiendo de esa base, lo siguiente parecía irreal. Todavía no podía creer que yo hiciera todas esas cosas, no las reflexioné en ningún momento. Fue un impulso incontrolable. Realmente quise que se quedara, que escuchara esa canción que tanto me recordó a él los dos días que estuve en casa enferma y más que entendiera que no me rendiría. En absoluto. Ya había dejado claro que esa palabra no estuvo en ningún momento en mi cabeza. De verdad quería que pudiera abrirse y contarme qué pasó porque quería entenderlo, quería escucharlo, necesitaba hacerlo, porque así entendería a Li Syaoran: sin suposiciones, sin malentendidos, sin la pared que había construido a su alrededor, y para eso sabía que debía darle espacio y dejarle ese punto claro.

Si quería hablar, estaría ahí sentada esperando a que lo hiciera.

He permanecido ahí dos años.

Sigo haciéndolo.

—Creo que éste te vendrá bien, póntelo mientras tanto y esta noche buscaré más. Tengo que tenerlos guardados por alguna parte.

Desperté del trance justo a tiempo para ver a Tomoyo estirar un sujetador negro sencillo. Lo tomé con ambas manos y agradecí su detallismo y servicio. Cuando volvió a su cuaderno, luego de sonreírme angelicalmente y decirme algo sobre que mientras yo estuviera bien ella también lo estaría, procedí a cambiarlo por el que me entregó debido a que ella tenía razón; hacía muchísimo daño, tanto que cuando lo retiré tenía muchas marcas y hasta un par de moratones por culpa del cierre que me pegaba pellizcos. Evité que Tomoyo viera el desastre que había realizado en mi cuerpo y me vestí de nuevo, justo a tiempo para que ella finalizara sus comparaciones y lo que tendría que cambiar en el vestido para ajustarlo a mí.

Después de todo me encontraba aquí para los detalles de "última" hora.

—¿No me dejarás ver el vestido todavía? —comenté, algo asustada. Saber que no podría verlo terminado hasta el día del evento no me emocionaba demasiado y menos cuando resultaba que había cambiado de idea hace unos días y ahora tenía otro en mente. Uno que me quedaría como un guante, según dijo—. Si lo voy a llevar, creo que…

—Es una sorpresa —me interrumpió—. Sería una pena destrozártela. Además, ya queda poco para el baile. ¿No era dentro de una semana?

—Por desgracia —musité por lo bajo.

—Estarás preciosa.

Ignoró totalmente mi comentario a pesar de que era consciente de que lo había escuchado a la perfección, su sonrisa cariñosa y comprensiva lo demostraba. De igual forma, no me quedó otra que suspirar, debía hacerme una idea de que pronto mi pesadilla se acercaría y tendría que afrontarlo de la mejor manera. Después de todo mi pareja era el-que-no-debe-ser-nombrado, nunca sabía cómo terminaría algo cuando él estaba de por medio. Y más si se combinaba con Tomoyo Daidoji y sus creaciones.

Sólo quería pasar aquella maldita fecha y luego rendirme ante las vacaciones de invierno. No había mayor satisfacción que pensar en ellas.

—Por cierto, Sakurita. ¿Por casualidad te encontraste Li en el recreo?

Mis músculos se tensaron de golpe.

¿Me habría visto? ¿Nos habría visto alguien? Oh, Dios mío, ¿y si corrían rumores? Odiaba esos estúpidos chismes. Sólo nos meterían a ambos en problemas y situaciones incómodas porque ni él ni yo queríamos que esa situación fuera malinterpretada, y eso era común para alguien que veía la situación de fuera. Después de todo, había dado razones suficientes con mi inapropiado comportamiento anterior para que crearan malentendidos, sin embargo, eso no significaba que quisiera que ahora corriera un estúpido rumor durante el resto de semana hasta que nos fuéramos de vacaciones y a la gente se le olvidara todo.

—¿P-p-por qué dices eso?

—Porque Miyamoto lo estaba buscando en el recreo y pensé que tal vez tú te encontraste con él por casualidad. Parecía urgente lo que tenía que hablar con él.

Solté todo el aire que retuve en mis pulmones de golpe. Era un alivio escuchar eso.

—Vi a Miyamoto, fue él quien me prestó la rebeca para que no pasara frío —señalé— y luego a Li, que iba a la cafetería, pero no sé si se encontraron.

Tomoyo calló. Su mirada amatista no se apartó de mí en ningún momento y eso me incomodó, sobre todo al sumarle la seriedad de su rictus, esa que me daba a entender que Tomoyo estaba pensando algo seriamente y que era importante. Así que, como había aprendido desde hace mucho tiempo, hice mutis y dejé que siguiera observándome, tan sólo preocupándome de respirar de vez en cuando y no apartar la mirada.

En algún momento de la noche, Tomoyo ladeó la cabeza ligeramente y ese mechón azabache de sedoso pelo se escurrió por su hombro hasta tocar su pecho. La sonrisa de mi amiga era reconfortante mas preocupante, lo siguiente sería doloroso y vergonzoso.

—¿Nunca te has parado a pensar en ellos, Sakurita?

¿Qué?

—¿En ellos? ¿A qué te refieres?

—A su relación. Es algo diferente a lo normal, ¿no crees?

—Sigo sin seguirte del todo.

—Sólo tienes que mirarlos. Miyamoto no se separa de Li y si lo hace le busca, por todas partes si hace falta. Li, mientras, se preocupa muchísimo por él y su salud, le regaña bastante por ser irresponsable y está con sus cincos sentidos puestos en él. ¿No te parece una relación curiosa?

¿Curiosa? ¿No se suponía que esa era la base de la amistad? Puede que la suya fuera algo extraña, no obstante, después de todo eran polos opuestos, en algo se tenía que notar aquello y era en sus actitudes hacia el otro. No obstante, después de todo eran eso: amigos, muy amigos.

Sin embargo, algo me decía que Tomoyo no se refería a eso precisamente.

—Supongo… Aunque ellos son así.

—Exacto —apuntó, con un dedo en mi dirección—. Eso mismo me hace pensar mucho más que ahí detrás hay algo. Tú lo has dicho: son ellos, aunque sólo el uno con el otro.

—¿A dónde quieres llegar? —atajé. Cada vez me sentía más perdida y prefería que me lo dijera claramente antes de terminar con la cabeza hecha un lío por seguirle el ritmo.

Sus labios se cerraron de golpe. Parecía que soltarlo directamente no estaba dentro de sus planes, así que eligió un abanico de palabras y expresiones correctas entre las que seleccionó aquellas que me dejaron en shock durante un buen rato.

—¿No crees que Miyamoto y Li tengan algo… como pareja? —añadió, para evitar más embrollos.

¿Hablar? ¿Qué era eso? ¿Una leyenda, verdad? No podía existir nada de eso en este momento. Sin embargo, la pregunta de Tomoyo era la clara prueba de que sí. Que se lo digan a mi cabeza, que la repitió como un millón de veces, asemejando a un disco rayado. Si pensaba que así la analizaría mejor, se equivocaba. Cada vez que escuchaba esa oración, el aire se quedaba en mis pulmones hasta que mi cerebro razonaba que necesitaría soltarlo para sobrevivir, y era imprescindible si quería entender del todo aquellas palabras de mi amiga.

Porque nunca lo imaginé. Estaba dando a entender que Li y Miyamoto estaban saliendo. ¡Una relación sentimental! Ellos dos.

¿Podría alguien pellizcarme, por favor? Sin piedad.

—Piénsalo —agregó con prisa, intentando explicar la frase que hacía eco en mi cabeza—. No sería muy disparatado, ¿verdad? Llevan años conociéndose y el que es más cercano a Li es Miyamoto. Desde que llegó tuvieron una relación similar y se ven muy unidos.

No, Tomoyo. Eso no es lo que intentaba asimilar, sino el hecho de que no los podía imaginar como pareja. Cada uno tenía un carácter que era imposible de encajar en una relación sentimental. Simplemente había que verlos en el día a día.

¿Alguno de los dos fue el que dio el primer paso? ¿Y cómo?

—Ahora que lo mencionas… —musitó Tomoyo pensativa, como si esas preguntas las hubiera hecho en voz alta y al parecer así había sido—. En realidad, no creo que ninguno de los dos se confesara. Sólo hay que mirarlos, Miyamoto es demasiado tímido para hablar de muchos temas sin casi morir de la vergüenza. ¿Confesarse? No lo creo. Sin embargo, Li es todo un caso. No me sorprendería que estuvieran todavía en un tira y afloja tanto como que fuera él el que le soltara todo de golpe cualquier día.

—Ninguna parece descabellada —acepté.

Al decir eso, conseguí que sus ojos brillaran con más fuerza. Dentro de esa cabeza tan prodigiosa que llevaba sobre sus hombros, debería estar pasando en este momento miles de situaciones, conspiraciones y hasta diálogos, reconstruyendo la posible escena en la que ambos aclararan que su relación cruzaba la delgada línea de verse ambos como amigos a la de quererse o al menos gustarse.

Eso hizo saltar mis alarmas por varias razones.

La primera: hacía un tiempo que Tomoyo llegó tarde a mi casa por estar hablando con Li y nunca tuve de nuevo la oportunidad de preguntarle sobre aquel día. En ese momento creí que ella podría tener algunos sentimientos por Li, no obstante, hoy en día me parecían poco probables, después de todo era ella la que soltó aquello con total naturalidad, como si le importara poco, pero a la vez le emocionara descubrir si realmente tenía razón. Si le quisiera no actuaría así, ¿verdad? Probablemente se callara el tema y prefiriera dejar el agua correr, eso sería lo más corriente, mas es que mi amiga no era como el resto de personas, así que me era muy complicado saber si esta teoría era del todo cierta.

Lo sé, era muy simple averiguarlo. Le preguntaba y ya está. No obstante, me veía incapacitada. Era un tema que no me resultaba del todo cómodo y siempre que había intentando sacarlo a la luz terminaba fracasando. Si Tomoyo estaba enamorada de Li, significaría que yo odiaba a aquel que había robado el corazón de mi mejor amiga. ¿Qué clase de persona era yo, de ser el caso? Se supone que las amigas están para apoyarse unas a otras, para escucharse si se necesitaba, charlar sobre sus sentimientos y miles de cosas más que yo incumplía.

No. No quería saber si eso era verdad o no.

Lo segundo: supongamos que Li y Miyamoto tenían algo —daba igual quién se había confesado— y ahora estaban saliendo: ¿cómo lo ocultaban? O, mejor dicho, ¿lo estaban ocultando? Sería extraño que esto último no fuera así, porque se habría armado todo un escándalo en el instituto por obra de sus respectivas fans, que no eran pocas. Sin embargo, los cotilleos eran escasos y ninguno había lanzado esa bomba.

Bien, partamos de la base de que lo ocultaban. Ahora la pregunta se basaba en: ¿por qué?, ¿qué tenía de malo?

Ninguno de los dos eran personas que fueran gritando su vida personal a los cuatro vientos, mas de ahí hasta ocultarlo había un abismo, tan grande del cual era imposible salir una vez dentro. Y por desgracia yo había entrado por curiosear en la madriguera del conejo blanco hacía mucho; alí me era complicado entenderles y quería hacerlo, porque si Tomoyo lo había mencionado, era porque había una explicación a todo esto, encontrarla podía ser fácil o todo lo contrario, sin embargo, me esmeraría en saberla.

—¿Crees que si los observamos encontraremos algo concreto?

Parecía que mi amiga esperaba aquella pregunta porque sonrió un poco más y asintió un par de veces, mostrando una extraña efusividad. Sus manos estrecharon las mías hasta acercarme tanto a ella que podía ver los detalles de su iris sin esforzarme mucho.

—Definitivamente.

—Entonces… ¡Allá vamos!

Su relación o la inexistencia de ella me incumbía bien poco, aunque sentía que podría entender algo mejor a Li si intentaba entrar en su relación con Miyamoto y lograba comprenderla. Algo me decía que había una clave, una llave, una respuesta allí. Podía alcanzarla, no estaba lejos, no era imposible, no obstante tenía que ponerme manos a la obra porque no podía rendirme y menos esperar que mi vida se solucionara por la inspiración divina.

No.

Ahora era mi turno de poner las cartas sobre la mesa, aunque antes tenía que conseguir una buena mano para arriesgarlas.

Porque mi recompensa sería ganarme el saberlo todo

O nada.

(Syaoran)

Desde que pasé el primer invierno en Tomoeda, sabía que odiaría esta época aún más. Parecía el congelador del mundo y no me agradaba, principalmente porque detestaba el frío. Cada vez daban menos ganas de estar en la calle. Habitualmente, no mencionaría la segunda queja porque solía estar en casa, calentito, bajo una manta y leyendo cualquier libro, mas hoy sí. Debía ir a comprar algunas cosas al supermercado ya que, al haber salido para hacerme un par de tatuajes, Wei me pidió que trajera unos ingredientes que necesitábamos y este era el que más cerca quedaba después de salir de aquel centro. Lejos de mi casa era decir poco.

Dentro del supermercado, hacía el suficiente calor para que dejara de tiritar al menos, eso lo hacía todavía peor cuando me abrí paso entre la gente y salí por las puertas mecánicas. Sumémosle que estaba nevando con fuerza y que apenas veía lo que había a cinco metros de mi nariz.

No, no volvería a salir un día así y menos por un estúpido capricho.

Lo único que me hacía acobijarme en mi abrigo y andar con rapidez eran las ganas de una taza de chocolate caliente. Lo primero que haría al llegar a casa sería encender todos los radiadores a mi paso, caldear el ambiente, liarme en una manta, encender el fuego, echar el chocolate y calentarme las manos con el calor que desprendía mientras se hacía. Estaba deseando, anhelando y rogando porque cada paso anduviera cinco metros y llegara rápido a mi hogar.

Lo hacía con todas mis fuerzas, tantas que no me di cuenta ni por dónde iba. Así, terminé perdido en un descampado y tropezando con algo que hizo un ruido extraño. Logró que casi perdiera el equilibrio y por suerte ni llegué a tirar ninguna bolsa, pero casi me vi en el suelo. La cosa con la que me choqué no dijo ni pío de nuevo, algo que me extrañaba.

Cuando me giré para encarar aquello que se había interpuesto en mi camino, me encontré con una pequeña caja de cartón ladeada por mi culpa. Estaba abierta y la nieve caía dentro de ella. Me pregunté quién se iba dejando una caja por ahí y cuán importante era su contenido si la habían olvidado en medio de la nada. Normalmente eso de la curiosidad no era lo mío, normalmente habría reanudado mi marcha corriendo si no fuera por ese maullido lastimero que escuché a mi alrededor.

Temiéndome lo peor, me acerqué con lentitud a ella y caí de cuclillas. Dentro de sólo había nieve, una ligera capa de inmaculados copos de nieve. Tuve que meter la mano para rozar algo suave que, luego de apartar un poco la capa, comprobé que era una gruesa manta. ¿Quién dejaba una caja con una manta? Supongo que nada que me interesara si no fuera porque a los segundos noté un bulto debajo de ella.

Estiré el dedo índice hasta él y le di un par de veces, esperando no obtener ningún movimiento, mas nada fue como lo planeado. El bulto maulló y se movió un poco. Yo volví a darle con el mismo dedo, comprobando que lo que había debajo de allí estaba blandito y vivo. Justo cuando tenía en la punta de la lengua lo que se encontraba allí escondido, el bulto aumentó de tamaño y la manta cayó junto a la fría nieve para encontrarme con dos ojos ámbares pequeños y redondos.

—Eh, hola.

El gatito negro maulló y siguió observándome, alrededor de su ojo izquierdo había un círculo blanco que rompía aquel manto negro del que estaba compuesto su pelaje. Su pequeño y frágil cuerpo temblaba más que un flan y se veía realmente asustado, tanto que cuando acerqué una mano hasta él bufó e intentó arañarme. Gracias a que tenía buenos reflejos, no me gané un buen arañazo porque con esas uñas podría haberme hecho bastante daño.

—Así que estamos de mal humor, ¿eh? —Su iris atravesó el mío—. ¿Y tu dueño? ¿Te abandonaron?

¿Por qué estaba hablándome a mí mismo? ¿Creía que el pobre gato me iba a contestar, en serio? Debía dar una imagen estúpida. Menos mal que nadie pasaba por allí ni se encontraba ni un alma por los alrededores o no me hubiera extrañado que me hubieran llevado a un manicomio.

Era más que obvio que lo habían abandonado a su suerte con sólo una manta. Debajo de ella encontré un papelito con una caligrafía casi ilegible que rogaba porque alguien acogiera a los gatitos. Si estaba en plural supuse que este era el único que nadie quería y habían dejado olvidado, sin pensar que podría morir de hipotermia un día así o de hambre con lo esquelético que estaba. Supuse que era por su mal carácter, aunque intentara tocarle con calma siempre terminaba bufándome e intentando atacarme con sus uñas antes de volver a su esquina y erizar todo su pelo. Y bueno, a pesar de que me gané un arañazo que dolió como mil demonios, terminé sacudiendo la manta, quitando la nieve, y echándosela por encima antes de coger la caja y acomodar las bolsas en ella.

Le escuché refunfuñar e intentar escapar del mar de tela en el que le había sumergido, todo intento fue en vano. Si veía que podría ver la calle, volvía a echarle la manta por encima y aligeraba el paso hacia mi casa. Después de todo, había estado tanto rato intentando que se calmara que había dejado de sentir muchas partes de mi cuerpo.

Logré incorporarme a la gran avenida y desde allí no fue complicado vislumbrar mi casa. Aligeré el paso inmediatamente, llegando al punto de echar a correr, y, como pude, busqué las llaves y abrí la puerta. Utilicé el pie para cerrarla y agradecí que me había dejado la calefacción general encendida por despiste antes de irme y, sobre todo, que Wei no lo apagara, porque el abrazo cálido con el que me recibió la entrada me hizo sonreír.

Me deshice del abrigo y, camino a la cocina, del resto de ropa que me sobraba. Siendo consciente de que el gato se asustaría cuando lo sacara, si era capaz, cerré la puerta de esta una vez que entré y dejé la caja encima de la mesa. Cuando saqué las bolsas. no encontré el bulto de pelo negro moviéndose por ninguna parte y me preocupé. ¿Y si había logrado saltar mientras corría y no le había visto? ¿Estaría perdido por la calle? Eso era mucho peor que estar en una caja temblando, podría atropellarle un coche o incluso no encontrar un lugar para refugiarse y no era mucho más grande que las dos palmas de mis manos juntas.

Desesperado, tiré de la manta y casi metí la cabeza en la caja. El muy traidor gato se abalanzó hacia mi cara dispuesto a atacarme.

—Y yo preocupándome por ti, maldito —gruñí, alejándome de su refugio hasta la nevera para buscar algo que le alimentara—. Así nunca ibas a salir de esa caja, ¿sabías? Tienes muy mal genio.

Escuché un maullido que más que lástima parecía que se estaba quejando de mi parloteo. Veremos si rechistaba tanto cuando le diera el tazón de leche que le estaba preparando, seguro que se tiraría a él cual león a su presa.

Increíblemente, me dejó por mentiroso. Cuando le dejé caer el tazón de leche en la caja, lo único que hizo fue amenazarme con un bufido y quedarse en la esquina de la caja. Pensaba que era porque me estaba viendo, así que me senté en una silla y esperé mientras me frotaba las manos a escuchar cómo bebía, pero ese ruido nunca llegó.

Me asomé para encontrármelo lamiéndose la pata con recelo y mirando la leche como si fuera veneno.

—Tengo todo el día para que bebas esa leche. Puedes beberlo por ti mismo o hacer que coja una jeringa y tenga que alimentarte. Y te aseguro que no es nada agradable eso último.

Juraría que me salió la voz como los malos de las películas y tuve que dar miedo con mi expresión sombría, o al menos debería, porque el gato más que asustarse volvió a quejarse de mí y mi existencia.

Me di por vencido con un suspiro. No llegaría a ninguna parte agobiándolo. Si le ponía nervioso era peor, así que decidí hacerme la cena tranquilamente y luego ya vería lo que haría con él. Quizá no quisiera comer hoy a pesar de que se veía esquelético, probablemente mañana por fin dejara de estar tan asustado y al menos probara bocado. Tal vez, no le gustara la leche y tuviera que comer algo específicamente para gatos, sin embargo, tendría que esperar a la tarde cuando volviera del colegio y pudiera comprarle algo para echarse a la barriga. Y ahí empecé a preocuparme de nuevo, tanto que mientras me hacía unas salchichas no paraba de echarle miraditas a la bola negra con el rabillo del ojo. Porque, ¿y si no sobrevivía un día más? ¿Y si estaba así porque estaba enfermo o en sus últimas y no quería saber nada de nadie? ¿Y si había pillado tanto frío que no sabía ni dónde se encontraba ahora? Y lo peor, ¿y si alguien le había maltratado y por eso ahora odiaba a toda la raza humana?

Con un trozo de salchicha en la boca, me horroricé, porque la última idea no se me antojaba tan disparatada sabiendo el mundo en el que vivía. A pesar de que me daba tanta rabia, me parecía la única opción más lógica y la que menos deseaba. ¿Qué le habrían hecho al pobre animal?, ¿qué clase de golpes podría haber recibido siendo tan sólo una bola indefensa en este mundo?

No sentí la fuerza que ejercía en mi mandíbula y mi entrecejo hasta que me relajé de golpe. Todo fue gracias a que en medio del mar de rabia en el que me había sumido escuché a alguien beber con delicadeza. Me quedé tan quieto que respiraba de vez en cuando, deleitándome con las notas musicales que producía su lengua contra la leche. Tenía tanta hambre que no paró hasta terminar el tazón y lamerlo entero.

—¿Quieres más? —Sin esperar obtener respuesta, me levanté, le quité con cuidado el que ya había lamido enterito y se lo rellené de más leche—. Anda, toma y come.

El bol golpeó con delicadeza la manta y sus ojos ámbares me observaron recelosos manteniendo la distancia, mas esta vez no esperó ni a que quitara la mano para tirarse a seguir comiendo. Así, me permitió observar su trabajosa tarea de vaciarlo con esmero sin retirar la mano derecha de su lado, pues pareció no serle ningún inconveniente para terminar su segundo tazón y lamerse los bigotes.

Después de acabar con su cena, establecimos contacto visual y luego empezó a acicalarse.

No pude ahogar el suspiro que se escapó por mis labios curvados en una sonrisa. De verdad que me había topado con el gato más orgulloso y fastidioso del planeta, no obstante, al menos eso me tranquilizó lo suficiente como para terminar de comer mis salchichas justo para cuando él había acabado de colocarse cada pelo en su lugar.

En cuanto recogí la cocina y me aseguré de que la casa estaba cerrada y cada cosa en su lugar, me despedí de Wei dándole las buenas noches, cogí la caja y fui a mi cuarto, donde la dejé en medio de la sala. Intenté sacarle un par de veces, pero todo lo que recibí fueron bufidos y gruñidos de su parte que al final sólo lograron que desistiera por el momento y terminara cambiándome de ropa.

Con el pijama puesto y un calor agradable en el cuerpo, encendí el ordenador y revisé el correo antes de darme cuenta de algo.

La pequeña bola no tenía nombre.

Fue así como terminé buscando algunos nombres, probando a decirlos en voz alta y mirándole de vez en cuando para ver su reacción ante ellos. Lo único que hacía era mirarme con las orejas en mi dirección y buscar el lugar adecuado para acostarse y coger calor, mas esa manta aún guardaba el frío de la calle.

No quería que terminara resfriado por mi culpa, además de que caí en la cuenta de que tampoco sabía si era hembra o macho. No me quedó otra que aguantar los arañazos que recibí mientras, por primera vez, lo tuve en mis manos. Era tan liviano y frágil que temí que se rompiera si ejercía mucha fuerza para que no se escapara, porque el muy maldito intentaba huir y herirme a cada segundo.

Recibí una sorpresa más en el día: había estado tratándolo de macho cuando era hembra, una hembra con mucho genio.

—Así que eres peleona. Tal vez debería ponerte un nombre con un significado parecido. —Y ahí me gané un arañazo en la mejilla antes de que se me escapara de las manos y corriera a duras penas hacia debajo de mi cama—. ¡Oye, eso dolió mucho!

Escocía como mil demonios, sin embargo, ¡qué le iba a importar a ella! Lo único que hizo fue responderme como siempre antes de ignorarme y meterse entre las penumbras que le ofrecía mi cama.

Me resigné y volví al ordenador. Delante de la pantalla, revisé los daños adquiridos por acercarme a la gata peleona: un arañazo superficial que atravesaba mi mejilla y un par de ellos más profundos en las manos.

Tendría suerte si no terminaba cortándole las uñas.

—No sé ni cómo llamarte, gata histérica. —Por mucho que bajaba en la página nada me parecía lo suficiente para denominarla. Como un rayo de luz de golpe, justo cuando iba a darme por vencido, encontré el nombre perfecto—. Miyuki: bella nieve…

Entre todo el frío y el vaho que se había escapado por mi nariz y boca en ese momento, aún podía recordar con exactitud los sentimientos que se cruzaron por mi pecho al encontrarme a esos dos ojos caramelos entre tanto blanco.

Sin duda, Miyuki era su nombre.

—Muy bien, Miyuki entonces. Anda ven, pequeña —le ordené con delicadeza, estirando los brazos por encima de la cabeza mientras el ordenador se apagaba. Me levanté de la silla y me dejé caer hasta el suelo para buscar sus ojos entre tanta oscuridad. Su pelaje era el camuflaje perfecto para que tardara en encontrarla—. No te voy a comer, sólo vamos a descansar, ¿te parece? Mañana tengo que ir al instituto y tú dormirás en un sitio calentito.

Por mucho que estiré el brazo, no logré alcanzarla y mi oreja ya había tocado la alfombra. Unos intentos más en los que sólo me gané dolor de espalda y terminé incorporándome, resignado, para poner la manta que le había refugiado al lado de la calefacción. Mañana la lavaría por si acaso y le buscaría otra más gorda para que pudiera estar a gusto mientras le buscaba un sitio para poder estar y juguetes para que se entretuviera. Sin olvidar que tendría que hablar con Wei sobre lo de tener un gato en casa, porque estaba claro que no le dejaría pisar la calle ni una vez más, por encima de mi cadáver. Ahora tendría un sitio para poder refugiarse de la nieve, donde dejaría de estar tan esquelética y recuperaría el brillo en su pelo que un día seguro tuvo que reinar por su pelaje, además de un lugar donde nadie le levantaría la mano. Mientras tanto, sólo me quedaba intentar ganarme su confianza para que dejara de estar tan asustada. Así, esperaba que dejara de arañarme tanto y atacarme cuando menos lo esperaba.

Cuando las mantas me acobijaron y la luz de mi cuarto se apagó, sentí todo mi cuerpo relajarse por fin. No sabía cuándo había acumulado tanta tensión, pero me sentía bien, cansado, aunque tranquilo, tanto que parecía un peso muerto. Me costó siglos levantar un brazo, así que no volví ni a intentarlo. Desde que me ladeé y coloqué los brazos en la postura correcta para no terminar sin sentirlos, no volví a hacer movimiento alguno.

El silencio me ayudó en mi tarea de dejarme caer en la cama y poco a poco los párpados pesaban más en cada pestañeo. El ruido que me alertó fue el de cuatro patas golpeando mis zapatillas antes de buscar el lugar correcto. A duras penas, entre las penumbras, vi a Miyuki encontrar el sitio perfecto encima de ellas y meter medio cuerpo en la solapa.

Me pregunté si ese era el mejor sitio para que durmiera. No le debía ser agradable con lo duras que estaban, comparándolo con su mantita. Y bueno, aunque me costó mil horrores volver a poder estirar la mano hasta ella y cogerla para ponerla a mi lado en la cama, al menos lo logré. Y encima no me gané ningún arañazo nuevo porque no le dio tiempo a reaccionar.

Creí que bufaría, me atacaría y se iría lejos de mí, mas no se movió de cómo la dejé. Lo único que hizo fue adquirir una mejor posición para sus patas y estirarlas hasta que una tocó mi nuca. Mientras Morfeo me acunaba entre sus brazos hasta caer en el sueño, sentí cómo poco a poco su pelaje se acercaba más y más a mí hasta que metió su hocico entre mi nuca y el pijama y puso una pata en mi cabeza.

Al menos algo había aprendido hoy: si tiene sueño daba una tregua a su enfado.


Notas de la autora:

¿Hola? ¿Cuánto tiempo hace que no me pasaba con un capítulo largo? Bueno, técnicamente no hace mucho porque el extra fue algo extenso, justo como supuestamente me había planteado que serían todos los capítulos de largo. Así que aquí vuelvo con un capítulo que roza las 40 páginas y costó sudor y lágrimas, literalmente.

No sé si os disteis cuenta de que cada vez hago las notas de autora más cortas y sólo para anunciar cosas extras y aclarar un par de puntos. Pues bien, así seguiré haciéndolo hasta que pase este "pequeño" bache. Un bache que está doliéndome en el alma. Por todos. ¡Pero dejemos eso a un lado!

Aclaraciones: pocas. Empezaré con el título el cual significa malentendido. Y no, no comentaré porqué lo elegí así hasta dentro de unos cuantos capítulos más. La canción que Sakura le hace escuchar es Lullaby, como bien menciona Li, de Nickelback.

Quiero agradecer todos los comentarios que me sacan una sonrisa gigantesca en la cara. Los adoro todos y cada uno de ellos, ¡así suene cliché y repetitivo decirlo! Pero no puedo ocultar la pura verdad. Sobre todo, agradezco el recibimiento del último extra porque estuve a punto de no subirlo y parece ser que ha ayudado un poco a entender a ambos, así que estoy muy contenta con el resultado y vuestras palabras :) Me alegra muchísimo saber que no es algo estúpido lo que escribo o innecesario y me anima muchísimo para subir más cosas y querer seguir escribiendo este fic que me ha ayudado a conocer a gente preciosa.

¡Gracias por seguir aquí conmigo, con Kinomoto, con el cabezota de Li y todo el elenco!

Respecto a los reviews, para quienes no me tienen en la cuenta de Facebook, lo comentaré aquí. Creo que ya pudisteis ver que contesté de forma global a todos excepto en el último capítulo, el extra (con el cual no me pude poner todavía por falta de tiempo). ¿Por qué? Porque muchas de las preguntas ya han sido contestadas en los capítulos o se contestarán pronto. Si pertenecen a este último grupo, no las resolví con nadie por el mero hecho de mantener la intriga a todos por igual. Pero si por casualidad son preguntas que os siguen rondando la cabeza (realizadas con anterioridad) y puedo contestarlas sin spoilers no hace falta nada más que volver a decírmelas y lo haré :) ¡Oh! Y siento si algunos reviews fueron escuetos en la contestación, pero era más rápido subir el capítulo así.

Sin más que decir, me retiro mordiéndome las uñas esperando vuestros comentarios e impresiones sobre este capítulo, el cual me costó bastante. Y recordaros que hay múltiples formas de contactar conmigo en mi profile. ¡No me como a nadie!

¡Muchísimas gracias por leer! Espero poder volver pronto antes de entrar de nuevo al instituto y que mi último año allí me consuma. De cualquier forma, ¡cuidaros muchísimo!

¡Un gran abrazo!

Como siempre, ¡gracias por leer!

'Asuka-hime'