El sonido del flash hace que todos parpadeen por un instante y cuando se voltean, olvidando por un momento el espectáculo, Alan los recibe con una sonrisa sardónica que es casi una invitación. La primera en reaccionar es Rhonda, se cruza de brazos y adopta la pose autosuficiente que ha venido perfeccionando desde la infancia. Lo mira y calcula y comprende que Alan no les dirá la verdad, pero pregunta de todas formas.

—¿Y eso que fue?

—Les estaba tomando una foto. —Alza las cejas y todos vacilan un momento—. Se me ha escapado el dedo. Me distraje con el ratón que salió detrás del árbol.

En una fracción de segundo suceden muchas cosas distintas. Phoebe esboza una sonrisa sutil, Rhonda suelta los brazos y voltea inmediatamente, Nadine se emociona, Curly bufa exasperado, Harold se pone nervioso, Stinky alza una ceja, Sid estornuda, Gerald pone los ojos en blanco y Helga adquiere una nueva tonalidad pálida, rara, que casi distrae la tención del pequeño grito que se le atora en la garganta.

Un ratón imaginario que Alan niega haber captado con el lente, pero haber visto vívidamente. Un ratón imaginario que dispersa el momento y Lila y Arnold ya se han movido del lugar incómodo en el que los habían puesto. Un ratón imaginario y nadie es tan denso como para no darse cuenta de que los ojos de Helga brillan en la inseguridad que produce el miedo.

—Hey, creo que acabo de escuchar al ratón. —Sid se acerca a una de las paredes y hay algo premeditado en el gesto que hace con la mano para que el señor Simmons apague la música—. Parece que Alan tiene razón.

—¿De qué rayos estás hablando?, yo no escucho nada. —Gerald lo mira aburrido, pero entra a la casona y el resto lo sigue sin hacer ruido—. Estás mintiendo.

—No Gerald, me parece que sí. Yo también, ¡ahí está! —Nadine se cubre la boca con una mano y la otra alza un dedo que señala el área donde Helga está parada—. ¿Lo vieron?

Se controla porque sabe que cualquier movimiento que haga descubrirá un temblor irrefrenable. Trata de no escucharlos y ya se ha dado cuenta de que lo están haciendo al propósito. Es pura crueldad, claro, fingir que hay animales asquerosos que la rodean. Entiende que se están cobrando muchos malos ratos, no los culpa porque es el tipo de comportamiento que esperaría de alguien medianamente inteligente, lo recuerda con cuidado porque piensa cobrarse la humillación en el momento en que pueda manejar su cuerpo con normalidad. Ratas.

—Yo no veo nada. —Lo dice en tono conciliador, en una inflexión de la voz que pretende terminar la discusión y convencer a todos de que es innecesaria—. Quizás deberíamos comenzar a trabajar.

Hay un cierto grado de incredulidad en todas las miradas que la recorren de pies a cabeza, se ofenden en distintos tiempos y se forma un consenso que ignora su propuesta y no comenta nada porque Phoebe es la chica más amable de la clase. Nadie se atreve a meterse con ella.

Gerald está disfrutando la situación. Es una rara oportunidad en la que Helga está realmente asustada y en la que todos pueden colaborar para engrandecer el momento. No que no hayan habido tristes conspiraciones (medio en broma, medio en serio) destinadas a ponerla algo, más, incómoda. Se habían encontrado todas con la muralla de su cinismo, con esa envidiable (y jamás lo reconocería) habilidad para burlarse de cualquier cosa. Helga se enojaba, por supuesto, se arrebataba en furia pero jamás olvidaba como llenarlo todo de ironía. Salían perdiendo y era muy frustrante verse derrotado en cada intento de sublevación. El control Pataki tendría que caer alguna vez y, mira la simpleza, qué bien funcionaba con el miedo.

Phoebe está a su lado y le toma de la mano, le presiona los dedos en un agarre nervioso que dice mucho más que los sonidos y Gerald entiende que la amistad entre esas dos chicas es un poco complicada. Se resigna y suspira y le gustaría que la tortura durara más pero se alienta en la esperanza que guarda el secreto develado. Al menos ahora ya sabe con qué fastidiar a Helga.

—¡Está en sus pies! —Rhonda chilla y todos dan un respingo, miran no al ratón sino a la rubia que tiene las manos apretadas en puños. Sonríen sin pensar y están tan convencidos de que se va a quebrar en cualquier momento que cuando Gerald habla la mentira deja de ser graciosa.

—De hecho Rhonda, hay un ratón oliendo los pies de Harold. —Gerald habla monótono y aguantando la diversión, rodea la cintura de Phoebe con un brazo y su voz suena maliciosa cuando termina de comentar—. Qué asco.

El pánico se desata cuando el propio nerviosismo de Harold genera la ilusión de una mota borrosa que se pasea en sus pies. Nadie tiene que estar seguro que está ahí porque la duda ya ha llenado la sangre de adrenalina. Se mueven para todos lados, chillan, gritan, tratan de calmarse y es inútil, el caos ha disuelto la concentración.

Es una sensación fantástica el alivio, es como un suspiro contenido que está a punto de reventarle en los pulmones y que, mejor, se le escapa por la boca (¡por los poros!) y detiene el agobio. Helga vacila en su lugar, suelta los puños y tratar de encontrarle gracia al desorden. Se pasea mentalmente, camina pasos apresurados mientras sus ojos advierten rutas de escape imposibles. La habitación ya no es un refugio, sin la música y con el ruido se ha convertido en el reflejo del campo de batalla.

Cuando Helga recupera la movilidad de su cuerpo tiene en mente a dos personas a las que considera que es mejor olvidar.

Arnold no se ha besado con Lila. Gerald me ha ayudado.

No es buena señal Pataki, estar pensando en un par de descerebrados. No es buena señal en lo absoluto.


A Helga le divierte saber que a su antigua clase le toma quince largos minutos de histerismo el darse cuenta de que se han quedado sin burla y sin ratón. Le parece especialmente entretenido porque es el señor Simmons quien, en un momento de extraordinaria desesperación, ha lanzado un monumental llamado a la compostura. El grito ha sido tan endemoniadamente fuerte que lo ha podido escuchar con total claridad desde los jardines cubiertos de nieve de la casona. Qué fuera de carácter.

Así que, sola mientras junta algunas cajas dentro de un pequeño invernadero, se ríe en espasmos y con los ojos entrecerrados. Parte de su diversión está mitigada por el recuerdo de su propio terror ante la posibilidad de un verdadero roedor y, todavía más importante, la desagradable imagen de Arnold y Lila a punto de besarse. Era un empalagamiento lo suficientemente reciente como para amargarle el buen humor, pero Helga estaba acostumbrada a reírse con sarcasmo.

—Hay un dicho que va más o menos así. —La voz es tan infinitamente conocida que a Helga se le cae un macetón con tierra y agradece al cielo que el piso sin lozas amortigüe la caída—. Quien a solas se ríe, de sus maldades se acuerda.

—Ah, pero quién dice que me reía a solas. —La respuesta le sale inmediatamente, pero su voz se quiebra y le falta el aplomo regular. Helga se irrita consigo misma—. Te vi llegar y me empecé a reír. Eso debería valer, ¿no?

—Estabas de espaldas.

—Por supuesto que no.

—Te acabas de voltear.

—Te vi reflejado en las lunas.

—Pues qué atención.

—Te esperaba. —Helga terminó la frase y se preguntó cuándo se habría golpeado tan fuerte la cabeza que la gran pérdida de neuronas había ocasionado un comentario tan estúpido.

—¿Qué?

—Te esperaba… para que me ayudaras a limpiar. Eso. ¡Lo ves!, ahora cállate y déjame en paz. —Sí Helga, eso no había sonado para nada sospechoso. Vamos, tú sigue. Junto las manos y trató poner su expresión más desafiante, pero había algo en esa mañana que no estaba funcionando como siempre.

—Sí, genial. —Arnold puso los ojos en blanco y Helga se sintió ligeramente ofendida—. ¿Cómo es que has llegado tan rápido?

—Aunque me divierte la paranoia colectiva que parece haberlos poseído… —Ahora sí, Helga se deleitaba con el recuerdo—. Me estaban provocando una migraña con tanto grito. Así que he venido aquí a darle un poco de moderación a mis oídos.

—Así que… sí te estabas riendo de una maldad.

—Podrías dejarlo estar. Por tu bien digo, si no quieres que empecemos a pelear.

—Ahora explícame por qué me estabas esperando. —Arnold se cruzó de brazos y dejó que la mitad de su espalda descansara en el marco de la entrada—. Digo, si le toca a Curly ayudarte a limpiar.

—¿Y tú cómo sabes que…?

—Gerald es quien arma los horarios y las parejas. —Respondió casi demasiado rápido.

—Ya… de todas formas, ¿para qué has venido?

Arnold estaba abriendo la boca cuando las voces de Phoebe y Gerald lo interrumpieron. Venían tomados de las manos y parecían discutir acaloradamente. Helga se sacudió las manos y ya tenía su típica observación de turno lista para cuando entraran. Se la tuvo que guardar, Phoebe parecía de malas pulgas y le dirigió una atípica mirada de mejor-no-digas-nada. No que a Helga le importara mucho el mal humor del resto, pero no quería discutir antes de saber por qué habían escogido el invernadero para reunirse.

—No preguntes. —Por un momento Helga pensó que se lo decía a ella, pero se fijó mejor en el novio de su amiga y se dio cuenta de que, en su momento de distracción, había estado hablando con Arnold—. Simmons dice que aquí hay pintura guardada. Nos toca hacer los dormitorios, ¿sabes dónde está?

Arnold se encogió de hombros y lideró las miradas que se dirigieron a la rubia.

—No, no lo sé. —Helga le sonrió en una mueca—. Pero podrían estar en ese armario, es el único que todavía no he revisado. —Señaló un mueble de metal que estaba en una de las esquinas y le entregó unas llaves viejísimas.

—Genial. —Comentó Gerald, sarcástico—. Seguro está lleno de bichos y tonterías y no hay pintura.

—Eres tan llorica, en serio. —Helga bufó y puso los ojos en blanco. Quería seguir molestando al no-tan-agradable novio de su amiga, pero se lo guardó—. Vamos, te ayudo.

Se ganó una mirada de agradecida incredulidad y otras dos pares que parecían estudiar sus movimientos, como si esperaran otra cosa. Eso la puso a la defensiva. Se quitó la chaqueta que traía encima y avanzó con Gerald pisándole los talones. Abrió las puertas dobles que rechinaron en dolorosa sinfonía y se sorprendió un poco cuando se dio cuenta que el mueble era más grande de lo que había previsto.

Despedía un fuerte olor a humedad que combinaba muy bien con los trapos viejos, escobas y chatarra acumulada que se desordenaba una encima de la otra. No había ningún rastro de latas de pintura o algo parecido. Todo parecía excesivamente antiguo, oxidado y sin ningún valor. Probablemente Simmons se hubiese equivocado de locación, no era ninguna sorpresa viendo lo viejo que se había puesto con los años. No había absolutamente nada… detrás de unos viejos palos, quizá si movía un poco los alambres, podría tratarse de los mangos de brochas.

—Hey Geraldo, aquí no hay pintura, pero si me ayudas creo que… —Helga todavía estaba de mal humor y tenía las manos oliéndole a rayos—. Ven, ayúdame a mover estas cosas.

—Lo que digas. —Gerald murmuró algo entre dientes pero se agachó al lado de la rubia y comenzó a recoger todos los materiales que le ponían en los brazos.

Eran seis brochas en total, apiladas dentro de un balde que había conocido mejores épocas, que estaban bastante gastadas pero que todavía podían servir para dar una o dos manos más de pintura. Lo único que tenía que hacer era terminar de remover algunas baratijas que se habían acumulado en la base y podría volver a cerrar el armario y despedirse del olor nauseabundo que… que… algo brillaba… algo que brillaba y se movía y…

—¿Helga? —Gerald le tocó el hombro—. Hey, ¿qué pasa?

Se movía, sonaba y brillaba, casi como una de esas esferas estúpidas de navidad.

—¿Pasa algo? —Arnold se movió del lugar desde estaba observando y se acercó preocupado. Phoebe lo siguió y se percató que Helga tenía los hombros muy tensos, casi demasiado inclinados.

—No sé. No entien… —Gerald cortó su elucubración cuando la rubia le tomó de la mano, apretándole los dedos con fuerza y todavía con la mirada fija en el armario. Eso, bueno, lo asustó un poco.

Mierda, mierda, mierda, mierda, se está moviendo. La puta que…

Entonces, estaban Gerald y Helga tomados de la mano mientras que Phoebe les lanzaba una mirada incierta (olvidándose de los detalles) y Arnold se removía en su lugar, incómodo. No que fuera… pero a quién engañaban, HELGA ESTABA TOMADA DE LA MANO CON GERALD. Uno pensaría que en cualquier momento se prendían los fuegos artificiales y aparecía Harold recitando poesía. Se lo preguntaban todos, en distintas palabras claro, y a una sola voz. QUÉ COÑO, con perdones, ESTABA PASANDO.

Muévete Helga, muévete y suéltale la mano al estúpido novio de tu mejor amiga y… me acaba de rozar la mano… ME ACABA DE ROZAR LA MANO Y POR QUÉ MALDITA SEA NO TE ESTÁS MOVIENDO HELGA.

Entonces algo chilló y ya nadie supo si era el armario o Helga o Gerald que se acababa de torcer el hombro al tratar de liberar su mano magullada.

Fue un murmullo endeble, casi un suspiro que nadie llegó a entender muy bien. Cuando Helga se volteó tenía el borde de los ojos llenos de lágrimas, la uniceja perdida en lo más alto de la frente, los labios eran finas líneas de mutismo sin color y la mano de Gerald entre las suyas era el último bastión de resistencia en el que se sostenía.

Phoebe lo adivinó de inmediato pero no le alcanzó el tiempo de explicar nada cuando una rata, no un ratón, de considerable tamaño salió como poseída y cayó muy cerca de la pierna de Gerald. Eso bastó para matar cualquier tipo de tranquilidad que hubiese quedado en el cuerpo de los dos adolescentes. En una bizarra copia de lo que había sucedido cuando fueron a la isla del jadeante Ed, Gerald y Helga se abrazaron en un gesto de puro y apretado instinto. Era una voz distinta, vaga y lejana la que les recordaba que se están manoseando delante de dos amigos (¡y su novia!) muy cercanos y con la última persona con la que hubiesen esperado mantener contacto alguno. La desesperación, es cierto, despierta pasiones insospechadas.

Fue Arnold quien, pasando de todo el alboroto, cogió una escoba y un recogedor que estaban al lado de la mesa donde Helga había estado ordenado las macetas. Caminó con cierta cautela, cuidándose de no asustar más al animal y de no provocar más chillidos alarmados del par que estaba abrazándose con fiereza. Golpeó el espacio a su derecha y el roedor se dobló sobre sí mismo, empezó a correr con toda la agilidad del mundo y se metió por entre las patas de dos sillas viejas que estaban apoyadas en la pared. Fue una lucha ardua, especialmente cuando tenía que sobreponerse a la repulsión, pero Arnold terminó atrapándolo en el recogedor y tapando con la escoba.

—Ya vengo. —Les dijo sin mirarlos—. Tengo que… bueno… —Alzó los brazos e hizo énfasis con los dedos. La rata chilló.

Phoebe tenía una sonrisa mordaz que estaba exclusivamente dirigida al par que todavía no se despegaba. Funcionó de maravillas, sólo necesitaron tres segundos para darse cuenta de la posición en la que se encontraban para soltarse enseguida y empujarse con toda la dignidad de la que fueron capaces. Eso sí, evitaron mirarse a los ojos en todo momento.

—Ah, pero por qué se han separado. —Phoebe se rió cuando Helga le lanzó una mirada de muerte y Gerald empezó a boquear como un pez.

—¡Phoebe!, sólo… eso… espera… ¡AG!, ya… rayos. —Helga salió como una tromba, empujando a Gerald e ignorando las risitas burlonas que la morena le estaba dedicando. Se detuvo un momento en la puerta, todavía de espaldas, y gritó—. ¡Y todavía te odio Johanssen!

—¡El sentimiento es mutuo Pataki!


Ya deberían ser más de las dos. Entre tanto desbarajuste nadie había logrado avanzar gran cosa y era casi como si se hubiesen puesto de acuerdo en perder el día. No hizo falta que el viejo señor Simmons avanzara por cada rincón del terreno y avisara a sus comprometidos ex alumnos que tendrían que venir al menos un fin de semana más. Ya lo habían asumido, cada quién a su manera y medio bromeando. Era el primer fin de semana que les habían dado permiso para jugar y quieras que no, todos se sentían un poco como niños sueltos en plaza.

Helga también, aunque lo quisiera negar con todas las fuerzas de su ceño, y desde dentro de la casona, donde habían menos posibilidades de encontrarse con otra rata. No fue fácil, en la puerta estaba Harold que despejaba la entrada y la buscaba de reojo. Hasta dónde has corrido uniceja. Los años le habían dado la calma necesaria para aumentar esa tensión insoportable que lograba con sólo apretar sus puños. Hasta tu casa, estúpido, le dije a tu madre que te habías meado y me ha dado un par de pantalones. Eso bastó para dejar a un Harold balbuceando y el camino libre hacia el segundo piso.

—Hey Helga. —Se encontró con Alan que le sonrió brevemente y con un pincel en la mano derecha—. Me han mandado a dibujar aviones.

—Te están saliendo espectaculares. —Dijo sarcástica—. Pero si quieres acabar para las cinco deberías apurarte.

—Eso hago. No me importaría recibir ayuda, si te ofreces.

—Sí, te ayudaré. —Le quitó el pincel de la mano y se apresuró a plantarse enfrente de una pared blanca—. Er… gracias, por lo de antes… eso, bueno.

—De nada. —Alan sacó su cámara y empezó a tomar fotografías a la habitación—. Aunque la verdad no lo entiendo.

—¿Qué?, no, espera, no vamos a hablar de eso.

—Ah, pero… ¿estamos hablando de eso?

—No me vengas…

—No he dicho nada. Nada. Yo creo que deberías rendirte.

—No lo sé Redmond, creo que me está saliendo bastante bien.

—No hablo del dibujo.

—Yo no quiero hablar de otra cosa que no sea el dibujo.

—Falta poco para navidad Helga, deberías aprovechar y comprarte un muérdago.

—¿Y lo uso contigo? —Sugirió irónica, rascándose la barbilla con el pincel.

—Claro que sí. Úsalo conmigo si vas en serio.

A Helga se le iba a caer algo más que el pincel. No era la frase en sí, ya se había acostumbrado a esa forma sutil y calmada de coquetear, sino el silencio que le siguió. A veces Alan bromeaba sin sonreír e incluso cuando la estaba pasando muy bien lo único que hacía era soltar una carcajada seca. Era difícil saber si lo que decía era un chiste que alargaba por pura malicia o si estaba siendo sincero.

A lo mejor debía tomar esa oportunidad. No siempre le preguntaban algo de forma tan directa y encima venía de un chico agradable. A lo mejor tenía que dejar de suspirar por un cabeza de balón que sólo se enamoraba de chicas que no le hacían caso. ¿Eso no la hacía, acaso, tan estúpida como él?, debía tratarse de un síndrome asociado a la juventud. A lo mejor era el furor del momento y sólo tenía que conseguir un muérdago y besarse con alguien más. No parecía tan terrible, en medio de la nieve y con mucho ruido lejano, seguramente no sería baboso y se sentiría rara pero podría disfrutarlo. Le gustaba Alan, era inteligente, calmado y atractivo en una manera muy madura. A lo mejor sólo tenía que decir que sí.

—¿En qué van en serio? —Arnold había adquirido, al parecer, la mala costumbre de aparecerse en los peores momentos. Justo cuando Helga estaba desarmada y vulnerable a que se dieran cuenta de sus verdaderas intenciones. Era culpa de las festividades—. Perdonen, creo que he interrumpido. —Lo decía sin más, pero no se movía.

—Por ahora podríamos utilizar tus manos. —Alan le dejó una brocha en la mano derecha y le susurró algo que Helga no pudo oír. El rubio arrugó el ceño e hizo un gesto con la mano—. Bueno Helga, me voy a sacar algunas fotografías. Ahora vengo.

—¡NO!, ¡espera!, ¿a dónde vas?

—Acabo de ver un par de ardillas molestando a Curly. Creo que merece una o dos fotos. —Le guiñó el ojo—. Está Arnold aquí para ayudar ya que nos ha interrumpido.

—No, pero, ¡no! —Sí, debía sonar un poco histérica, pero no se sentía emocionalmente preparada para estar a solas luego de la revolución emocional que acababa de atravesar—. Deja que el cabeza de… Arnold aquí tome las fotos y tú quédate.

—¿De qué hablas? —Alan sonrió en una mueca—. Aunque me siendo halagado por tus profundas ganas de pasar tiempo conmigo… —Se quedó en silencio al propósito—. Sabes que no presto mi cámara.

—Prometo no molestar Helga. —Intervino el otro, visiblemente ofendido por el rechazo—. Te aseguro que si otra rata aparece, puedo ser muy útil.

—¿Qué? —Alan desestimó la conversación un gesto violento de la mano y avanzó hasta el pasillo—. Vamos, llévense bien por un minuto.

—Cállate y desaparece Redmond. —Helga sintió como la cara se le ponía roja sin ninguna razón. Bueno, sin ninguna razón que no fuera el amor unilateral que todavía insistía en ocultar. No ayudó que Alan le gritara desde las escaleras a sus órdenes capitán Pataki.

Si había esperado que el silencio reinara en la habitación se vio terriblemente decepcionada. Era embarazoso y pesado y se le ocurrió que últimamente las cosas siempre eran así cuando estaba Arnold alrededor. No quería verse demasiado torpe, demasiado tensa o demasiado colorada pero no podía controlar las emociones que iban más allá de su bendito autocontrol. Era ese tonto después de todo, ese tonto que estuvo a punto de besar a Lila sin tener en cuenta sus sentimientos. Helga se torturaba con lo que no había pasado, creía que si se acostumbrara a la idea de Arnold con otra chica, entonces podría superarlo y empezar a pensar en la idea de ella misma con otro chico. Uno que le correspondiera. Pero entonces estaban los dos y la pintura y ese nerviosismo que se instalaba como un juez. Incluso ahora, intentando no pensar nada más que en los dibujos de aviones, Arnold comenzaba a hablar y la distraía de su determinación.

—Helga, ¿te he hecho algo? —Su voz sonaba cansada y hasta melancólica, como si se hubiese rendido de hurgar en donde no lo llamaban—. ¿Hay algo en especial que te moleste de mí?

¿Qué?

—Perdón pero, ¿qué? —Eso la había descolocado bastante más de lo que ya estaba bien descolocada. A parte de que le había quitado el lirismo de la creatividad. En serio, se podía ser tan poco delicada.

—Cuando dejaste de tirarme bolas de papel en clase me alegré mucho. No lo noté al principio, pero me alegré. —Se había cruzado de brazos, mirando el deforme avión que había esbozado—. Pensé, quizás Helga ha madurado. —Sonrió para sí mismo y la rubia tardó un momento en darse cuenta de que se estaba burlando de ella—. Quizás está pensando en ser mi amiga. —Su tono se volvió más serio al final, un poco desganado, como si hablara consigo mismo.

—¿Tu amiga?

—Sí, mi amiga. —Respondió desafiante—. Pero entonces no hiciste nada. Desapareciste completamente.

—Bueno Arnoldo, no sabía que eras masoquista. ¿Discúlpame?

No ya, ¿qué?, ¿qué carajos?

—Eso, lo ves, cada vez que intento decirte algo te pones así.

—¿Así cómo?

—A la defensiva. Estoy siendo honesto contigo, espero lo mismo de ti.

—Así es como soy honesta contigo. ¡Demonios si eres bipolar!, en serio, ¿te estás quejando porque ya no te molesto como en primaria? —Helga se acercó unos pasos—. No estarás enfermo, ¿verdad?

—Yo también creí que estaba enfermo. Gerald está seguro que estoy loco. ¿Tú qué dirías Helga? —Ya, ya la miró, con esa abierta hostilidad que había sembrado las bases de toda su relación. Beligerancia de espíritu e interés honesto. Arnold tenía esa forma especial de disolver su dominio y se escurrirse en la sangre, de alterarle los esquemas y de cerrar el mundo, como si estuvieran ellos y punto—. ¿También dirás que estoy loco?

—Pareces un poco loco. —Carraspeó, de pronto tenía la garganta muy seca—. Tú sabes, como la vez que decidiste desafiar a Harold y… —Paró cuando se dio cuenta de las tonterías que estaba diciendo y que no tenían NADA que ver con lo que pasaba, que puestos a razonar, tampoco entendía una mierda.

—¿A Harold? —Se lo pensó un poco, recordando. Helga se emocionó, Arnold estaba tratando de recordar para seguirle la conversación. ¿No era eso adorable?, ah no, no, eso era normal—. Sí, cuando trataste de defenderme.

—¡Jamás!

—Helga, ya estamos bastante grandes. Está bien, te lo agradezco. Incluso el infierno que me hiciste pasar después me presionó lo suficiente para buscar una respuesta desesperada.

—No sé de qué me hablas.

—Quizás deba volverme loco de nuevo.

—Quizás deberías ir a buscar a Harold y decírselo. Le hará ilusión. —No podía evitarlo, tratarlo mal era una opción automática en su cerebro, se disparaba apenas Arnold abría la boca para hablarle.

—Como te decía. —Continuó, algo disgustado—. Esperaba que hubieses madurado. —Eso lo dijo al propósito, Helga se dio cuenta y se contuvo de lanzar una réplica—. Pero desapareciste, así, no te veía en ninguna parte.

—Oh. ¿No te sentiste feliz? —Helga vaciló en su pregunta, hubiese querido que sonara más apagada, quizá irónica, pero no con este tono anhelante—. Y yo pensando que te hacía un favor.

—¿Cómo sería eso un favor? —Le alzó una ceja—. Eres tan extraña Helga.

—Lo soy. ¿Algún problema, Arnoldo?

—Si no fuera por el señor Simmons… bueno, supongo que no nos hubiésemos hablado en lo absoluto. —Ignoró el deliberado intento de comenzar una pelea—. Incluso ahora, es muy difícil hablar contigo.

—Eres tan melodramático como el chico afro. ¿De qué querrías hablar conmigo?, no es como si fuésemos íntimos. Tal vez hay una razón por la que no nos hubiésemos hablado. —Podía notar como crecía esa furia familiar en su pecho—. No tenemos nada en común. Ahora mismo, ¿de qué podríamos hablar?, estamos peleando a cada rato.

—Tenemos muchísimas cosas en común Helga. —Estaba tan convencido que la rubia se mordió el labio, ansiando creerle—. Ahora ya sé por qué tenemos problemas. ¡Pero eso fue hace tanto tiempo!, disculpa, pero no voy a dejar que se convierta en una excusa.

—¿De qué demonios hablas?

—Industrias futuro.

Eran dos palabras insignificantes que nada tenían que ver en la conversación. Dos palabrejas de los mil demonios y el desasosiego era tal que la rubia se quedó sin ganas de luchar. Si había algo que hacía funcionar la precaria carroza de su no relación, era el contrato implícito que habían firmado años y años atrás. El furor del momento, habían coincidido en la desesperación y funcionó. No se podía hablar de algo que no había pasado, no podían discutirlo ni recordarlo y era un pase libre. En qué demonios estaba pensando Arnold para sacar a la luz un tema tan delicado. Siete años de mutismo y ahora Helga tenía que lidiar con una confesión vergonzosa. Se tragó la humillación y todo el resentimiento que pudiera haber reprimido se manifestó en el gesto adusto que se instaló en su rostro.

—¿Te refieres a la confesión y al beso? —El tono de Helga era clínico, desposeído de todo el nerviosismo que se había dejado entrever a lo largo de la conversación—. Eso no es ningún problema. Ahora soy yo la que duda de tu madurez.

—Yo me inclino a pensar que se trata de eso. Después de todo, tú me besaste.

—¡Cómo te atreves! —La humillación le elevó el bombeo de la sangre. Achinó los ojos hasta hacerlos dos rendijas de puro desprecio—. Después de todo este tiempo crees que no he podido superar un ridículo enamoramiento. Eres tan insignificante, por qué no te das cuenta y me dejas en paz.

—¿Ridículo? —Él también parecía molesto—. No lo sé Pataki. Todavía recuerdo muy bien lo que me dijiste. Los libros de poemas, las persecuciones, los altares. No es arrogancia, es la verdad.

—Era la verdad. —Se acercó a grandes zancadas y le hundió el dedo índice en el pecho—. El furor del momento, ¿eso acordamos no?, eso ya es historia. No creas que soy estúpida, tengo cosas más importantes que hacer que andar persiguiéndote. Eso que te dije no fue más que la patética declaración de una niña demasiado ilusionada con algo que nunca existió.

—Eres tan terca. Seguro crees que estoy burlándome de ti. Lo que estoy tratando de decirte es que me arrepiento, ¿entiendes? —Tomó con fuerza la mano que había estado empujándolo con el dedo y no la dejó ir.

—¿Qué?, ¿TÚ?, ¿TÚ TE ARREPIENTES? —Cuando se enojaba a Helga se le movía todo el cuerpo, vibraba en la cólera, se tensaba y perdía el control y su actitud. Se convertía en una corriente vertiginosa que arrastraba y dolía y golpeaba con fuerza—. ¡Yo debería arrepentirme!, ¡YO!, ¡enamorarme de un idiota…!

Helga no tomó en serio la magnitud de lo que acababa de decir hasta que Arnold sonrió de medio lado, es una mueca pocas veces mostrada, tan pagado de sí mismo que le dieron ganas de golpearlo. Entonces se detuvo en el eco del recuerdo, quizá su exclamación había sido un poquito casi nada demasiado afirmativa. Era un verbo peligroso el que había utilizado, un poco ambiguo si se ponían quisquillosos, no significaba nada. No significaba tanto que Helga se quedó muda, lo que fue peor, porque de pronto la piel de su mano estaba especialmente consciente de la prisión en la que se encontraba. NECESITABA ESPACIO DE INMEDIATO.

—Sí, yo me arrepiento. —Helga forcejeaba pero Arnold parecía no darse cuenta—. No de la confesión, ni del beso. Sabes, deberías escucharme, cualquier lo daría por hecho siendo que estás tan enamorada de mí.

—Muérete.

—No fue el furor del momento Helga. Lo sabes.

—¡Suéltame!

—Deberías ser más honesta. —Alzó la mano de la rubia hasta sus labios, murmurando en sus nudillos—. Debe ser mi culpa por no darme cuenta antes.

—¡Ya basta!, suéltame, por favor. —No quería pedirlo pero la desesperación la obligaba, quería largarse de ahí cuanto antes. Podía soportar el anonimato, era cómodo. No podía concebir que Arnold, el bueno de Arnold, se estuviera burlando deliberadamente de sus sentimientos. No podían valer tan poco—. Me disculparé, te hablaré, lo que sea Arnold, pero déjame sola. Por favor.

—Qué vamos a hacer si no te das cuenta Helga. —La jaló hasta que estuvieron muy cerca, con las manos entrelazadas y debatiéndose cada quien para su lado—. Me gustas gustas.

Hubiese podido hacer muchas cosas, empujarlo y preguntarle, en serio, ¿te gusto gusto?, ¿estás demente?, es decir, te gusto gusto y no sólo te gusto, espera, ¿no sólo te gusto, pero te gusto gusto?, ¿estás enfermo? O quizá algo menos estúpido, ¡Acabas de estar bajo el muérdago con Lila pero en realidad yo te gusto gusto! No, eso tampoco tenía sentido. ¡TE GUSTO GUSTO!, ¿de qué demonios estás hablando?, ¡yo te amo, estúpido! Sí, eso iba más o menos por donde se desviaban sus sentimientos encontrados. ¡Has esperado TODO este maldito tiempo para decirme que te gusto (gusto)! Probablemente no. Espera, Arnold me acaba de decir que le gusto gusto… no, espera, me tengo que despertar, seguramente es un sueño. Sí, una pesadilla para torturarme. Eso. ME ESTÁ AGARRANDO DE LA MANO.

Entonces Arnold le besó la mano en un gesto muy parecido al que había tenido con Cecile años atrás. La sensación era muchísimo mejor, Helga era Helga y Arnold le acaba de decir… bueno, todo eso. No podía ser más maravilloso y Helga ya había recobrado la movilidad, la esperanza y esas ganas (ya no reprimidas) de estar más cerca.

—Estás tan enamorado de mi, Arnoldo. —Helga le sonrió libre de todo sentimiento que no fuera la alegría más sincera—. Te ha tomado un montón de tiempo venir y confesarte.

—Parece que sí, espero que puedas darme una oportunidad.

—Lo pensaré. —Helga se soltó del agarre y aprovechó para tirar del collar de la chompa que Arnold traía puesta—. Pero tienes que dejar de usa esa faldita.

Arnold le lanzó una mirada indignada es-mi-camisa y le quitó el gorro que tenía puesto. La vista del listón fue suficiente para animarlo a reconsiderar la distancia que había entre ambos. Demasiado espacio para dos personas que se acababan de declarar. No parecía correcto, no cuando a Helga le quedaba tan bien el rosado.

Se encontraron a medio camino, entre la energía frenética de Helga y el ansia mal disimulada de Arnold. Fue torpe, doloroso y ridículo, con los dientes estrellándose y los labios mal acomodados. Se rieron, con las bocas juntas y los ojos cerrados, se burlaron del nerviosismo y el beso se convirtió en una caricia lenta, premeditada, que se deshacía en la calidez y que calentaba la sangre. Se reconocían en el instinto, en el recuerdo de muchos besos iguales y totalmente distintos, se recorrían y era increíble que se hubiesen tardado tanto en encontrarse de nuevo.


En el primer piso, Simmons todavía estaba entretenido con el tocadiscos, buscando música navideña entre sus vinilos se encontró una canción que no hablaba de ella en los absoluto. Lo importante no era la afirmación, sino la insinuación velada. El alargamiento que ponía los sentidos en alerta y decía todo lo que no explicaba. Nancy Wilson cantaba y declaraba en una seducción que obedecía al silencio, let it snow, let it snow, let it snow. Qué bonito, con el frío inclemente que decoloraba la tierra y dejaba que los que pudieran se besaran en la intimidad de sus casas. A veces when we finally kiss goodnight.

A esa casona le había llegado diciembre y, con diciembre, llegó el jazz.

FIN

¡Feliz navidad a todos!, espero que hayan tenido unas bonitas celebraciones. Y ya que estamos en eso, espero que les haya gustado el fanfic. La verdad es que me quedado con algunas cosas por decir, pero en general estoy satisfecha con el resultado. Lo pongo como posibilidad, si de verdad están interesados en leer una continuación... podría suceder, como especial de año nuevo. Eso sí, todo dependerá de los review :)

Algunos anuncios. Actualizo Entre luces en dos días más. Tengo planeado empezar mi versión de TJM, pero todavía es un proyecto. Van a llover one-shot en Enero, hay varias cosas que quiero publicar, espero no hartarlos.

Muchísimas gracias por sus review. Ahora paso a responder los anónimos(1).

sandrapullman

Me alegra que te haya gustado la escena de las bolas de nieve :3, yo me divertí un montón escribiéndola. Ya viste que al final todo salió bien, espero que te haya gustado. Gracias por escribir :), nos vemos pronto. Hey, te dejo una galletita navideña.

¿Clic al botoncito :3?

(1) El tiempo no me da para contestarlos todos ahora, luego modificaré y publicaré las respuestas. Perdonen las molestias, pero sepan que amé todos los comentarios.