Capítulo 1:

Se sentía realmente estúpida plantada delante del libertino de su vecino, Inuyasha Taisho. Era Nochebuena, las doce de la noche, y él había tocado el timbre de su puerta sólo Dios sabe por qué. Él tenía aspecto de haber sido el capitán del equipo de fútbol; ella parecía una rata de biblioteca. Él trabajaba haciendo deportes de riesgo; ella era profesora de química en la universidad. Él tenía casi cuarenta años y aparentaba ser un joven de apenas veinte; ella tenía treinta recién cumplidos y aparentaba cuarenta. Y lo que era más importante, él estaba acompañado; ella estaba sola.

Nunca se había considerado una mujer de baja estatura pero Inuyasha Taisho le hacía alzar la cabeza hasta el punto en que sentía un ligero pinchazo en las cervicales. Si sólo fuera eso. Era enorme como un toro, ocupaba casi todo el espacio de la puerta. Normalmente vestía ropa cómoda como chándales de marca y vaqueros pero ese día se había puesto un traje hecho a medida que no le pegaba nada. Su cabello plateado recogido en una coleta era un auténtico desperdicio mientras que su melena suelta era toda una delicia. Los penetrantes ojos dorados la observaban, la registraban y la analizaban. ¿Qué esperaba ver nuevo en ella que nunca hubiera visto? Seguía siendo su vecina aburrida, soltera y fea. No había cambiado nada.

Él nunca hizo el menor gesto de querer hablar con ella para algo más que saludarse y ella nunca se sintió ofendida por ello. ¿Por qué iba a ofenderse?, ¿qué podía ver Inuyasha en ella? Debía conformarse con salir corriendo hacia la mirilla de su puerta para mirarle cada vez que le escuchara salir de su apartamento. Debía conformarse con vivir tan terriblemente cerca de él. Debía conformarse con fantasear con él noche tras noche hasta caer presa del sueño. Sí, debía conformarse porque ella era invisible para Inuyasha Taisho.

Seguía mirándola, tan fijamente. No decía nada y tampoco parecía tener intención de querer decirle nada. Cuando tocaron su puerta a esa hora tuvo la leve esperanza de que fuera su madre diciéndole que estaba invitada a cenar con la familia pero ese milagro sucedería cuando los cerdos volasen. Su madre la odiaba, su padre nunca supo que ella existía excepto cuando pagaba la mensualidad de la universidad, sus hermanos sólo sabían burlarse de ella y recordarle lo sola que estaba. Abrir la puerta y encontrarse frente a frente a Inuyasha Taisho fue toda una novedad y más aún teniendo en cuenta la hora. ¿La llamó a esa hora sin pensarlo tan siquiera?, ¿o supondría que estaba despierta y sola en su casa atiborrándose a bombones mientras veía la reposición de un programa?

Su acompañante fue la primera en hartarse de la situación. Se dirigió hacia Inuyasha meneando su voluptuoso cuerpo y con una sonrisa de clara superioridad que parecía gritarle lo inferior que la consideraba. Ella era magnífica con su melena negra y lisa suelta hasta las caderas, sus ojos marrones rasgados y sus labios finos. Su cuerpo era la clase de cuerpo que le gustaba a los hombres y debía tener calefacción central porque no lograba explicarse que estuviera tan poco cubierta. Ella se aferró al brazo de Inuyasha como si fuera de su propiedad.

- Inuyasha, querido- le habló con su voz ronca y sensual- vamos a tu piso, ¿no?

Él pareció despertar del extraño trance que lo embargaba y le dirigió una rápida mirada a su acompañante antes de volver una vez más hacia ella.

- Esto estaba en mi buzón- le tendió una carta- está a tu nombre.

- Gracias.

Alargó su mano para coger la carta y durante los breves segundos en los que su mano estuvo tan cerca de él comparó y descubrió que las manos de él eran el doble que las suyas. Sería tan placentero si… ¡No!- se gritó a sí misma- no te dejes en ridículo a ti misma fantaseando con algo imposible delante de él y su amante.

- Feliz navidad.

- Yo… mmm… - ¿por qué estaba balbuceando?- sí… feliz navidad…

Antes de que él pudiera volver a abrir la boca dio un paso atrás y cerró la puerta. Ya había hecho bastante el ridículo por esa noche y por el resto de su vida, probablemente.

Se apoyó contra la puerta y se llevó la mano contra el pecho, sintiendo que el corazón latía contra su pecho. Inuyasha Taisho aceleraba su ritmo cardíaco con tan solo una mirada. Le gustaría tanto probar una vez al menos cómo reaccionaría su cuerpo ante un leve contacto con su cuerpo.

- Tengo una cátedra de química, soy profesora en la universidad- se repitió- no puedo permitirme pensar en semejantes estupideces.

Miró el sobre que su vecino le había entregado tan amablemente y se encontró con la carta que llevaba tantos meses esperando. Era la carta de la universidad de California, la carta de rechazo o de aceptación. De esa carta dependía que su carrera continuara enseñando clases en la universidad de Michigan o investigando en California. Le temblaban las manos por la emoción mientras la abría. Esa carta podría cambiar toda su vida. La alejaría más todavía de su familia, dejaría de ser profesora y lo más importante, dejaría de soñar con su inalcanzable vecino.

- Por favor…

Nunca le había costado tanto abrir un sobre pero cuando vio lo que le aguardaba en su interior suspiró y se dejó resbalar a lo largo de la puerta hasta quedar sentada en el suelo.

….

¿Qué demonios le había pasado? Más bien, ¿qué demonios le pasaba con su vecina? Desde el maldito día en que se mudó a aquel apartamento no había dejado de fantasear con esa solterona. Intentaba evitarla pero siempre acababa bajando en el ascensor con ella o coincidiendo en el rellano. Ya le había ocurrido antes que introdujeran cartas de ella en su buzón y en esos casos, las metía en el suyo. ¿Por qué no hizo lo mismo ese día?, ¿por qué sintió el irrefrenable impulso de llamar a su casa a esas horas para entregarle personalmente la carta?, ¿acaso quería comprobar que ella estuviera sola? No tenía ningún derecho a custodiarla de ninguna forma. Él y ella no eran nada y nunca lo serían porque él era un aventurero que ponía su vida en peligro a diario y ella era una mujer sensata e inteligente que daba clases en una aburrida universidad. No, jamás podría surgir nada entre ellos.

Sin embargo, no pudo evitar fijarse en lo bien que se ajustaban aquellos gastados vaqueros a sus largas y bien torneadas piernas. No pudo evitar imaginar cómo se verían sus pechos sin aquel suéter rosa palo. Su cabello estaba recogido en la acostumbrada trenza francesa pero algunos mechones rebeldes se escapan del peinado y rompían aquella apariencia seria. Nunca le gustaron las mujeres que usaban gafas pero a Kagome le quedaban endiabladamente bien. Caían sobre la graciosa curvatura de su nariz dándole un toque duro y sexi al mismo tiempo. Y sus labios, siempre se fijaba en sus labios. Suaves y carnosos. La clase de labios que estaban hechos para ser besados apasionadamente.

No podía ocuparse de Kikio, no podía hacerlo a pesar de lo caliente que estaba. Estaba caliente por su vecina, por Kagome y Kikio lo único que conseguiría sería apagarle. Tenía que deshacerse de ella antes de que sus instintos viriles le fallaran en pos de otra mujer y la pécora de Kikio fuera contando por ahí que era impotente o algo así. Aún no sabía cómo se le ocurrió salir a cenar con la víbora de Kikio. Toda la cena fue un único acto que protagonizó Kikio despellejando a otras modelos. Pero claro, estaba solo por Nochebuena como Kagome y la desesperación lo empujó a cometer semejante locura.

- ¿Dónde está tu habitación?

Kikio iba al grano, no le cabía la menor duda pero esa noche su sorpresa sería enorme cuando descubriera que no iba a pillar.

- Kikio, tendrás que terminar tu bebida y marcharte.

- ¿Por qué?

Ese tono de voz, estaba enfada. ¿Y a él qué le importaba?

- Mañana temprano tengo paracaidismo, necesito estar descansado y centrado.

- ¿Mañana?, ¿estás de coña?- le gritó- ¡Mañana es fiesta!

- Kikio, no me gusta que me griten- le dijo con toda la calma de la que dispuso- mañana tengo paracaidismo y punto.

Kikio frunció el ceño enojada pero no gritó, ni perdió la compostura. Se terminó su bebida de un solo trago y salió de su apartamento sin despedirse tan siquiera. Iba a ofrecerse a acercarla en coche hasta su casa pero supuso que cogería un taxi. Si la perseguía en ese momento para hacer de caballero, ella mal interpretaría sus palabras.

De todas formas, no se quedó parado. Se quitó aquella agobiante chaqueta de traje y la dejó caer al suelo. Después se quitó la corbata de un tirón y se sacó la camisa de la cinturilla del pantalón. Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, se encontraba una vez más en el pasillo, frente a la puerta de Kagome Higurashi. De repente, se encontraba buscando en su mente una excusa para volver a llamar a su puerta, una excusa para que ella le invitara a pasar, una excusa para hablar con ella. ¿Por qué?, Entre todas las mujeres que había en la tierra, ¿por qué su cuerpo la escogía a ella? No era para nada la clase de mujer que a él le gustaba. ¡Mentiroso!- se gritó- Kagome Higurashi era toda una belleza y tonto sería el que dijera lo contrario.

Ahora bien, ella estaba siempre tan sola, tan tranquila, tan sombría. Nunca recibía visitas en su apartamento. No recibía visitas de familiares, no recibía visitas de amigas y tampoco visitas de hombres (cosa que en verdad le alegraba). Nunca nadie iba a verla y ella tampoco iba a ver a nadie. Salía de casa para ir a trabajar a la universidad y poco más. Las compras las pedía por internet y el periódico le llegaba todas las semanas. Alguna de las veces en las que coincidieron en el ascensor ella llevaba bolsas repletas de libros de una de las mejores librerías de la ciudad. Ella era lista, demasiado para él. Él era un palurdo de pueblo que apenas logró graduarse en el instituto. ¿De qué podía hablar con ella?

Lo descubriría antes de lo que esperaba porque la puerta se abrió. Mientras estaba pensando en ella, pulsó el botón del timbre.

Kagome le miró con sus preciosos ojos como platos y tragó costosamente lo que estaba masticando. No necesitó pensarlo demasiado para saber que se trataba de un bombón. La comisura de sus labios estaba manchada por el chocolate y él levantó su brazo lentamente para no asustarla hasta que sus dedos rozaron sus labios. Los limpió con sumo cuidado y acto seguido se lamió los dedos. Debería ser un caballero, darse media vuelta y conformarse con eso para siempre pero no iba a hacerlo.

Estuvo a punto de caer de rodillas al suelo. Un escalofrió le recorrió todo el cuerpo cuando su vecino le limpió el chocolate de los labios pero verle lamerlo fue más de lo que ella o cualquier otra chica podría soportar. Tragó saliva hondo y buscó con la mirada a la modelo pero ella no estaba, sólo estaba él. Él con tan solo los zapatos, el pantalón de traje y la camisa mal colocada. ¡Ése era el Inuyasha Taisho que ella conocía! Igual de atractivo, desordenado y sexi. ¿Y qué estaba haciendo en su casa?

- Yo... hmm… ¿deseas algo?

Sí, sí que había algo que deseaba, más bien ansiaba, en ese momento. Pero no iba a pedirle eso. ¿Cómo iba a contestarle?

- Disculpa…

Ella insistía, claro que insistía, ¡demonios! Llevaba cerca de cinco minutos parado como un idiota mirándola fijamente e intentando encontrar una buena excusa.

- ¿Tienes medio kilo de azúcar?

- ¿Medio kilo de azúcar?

¿Le había pedido medio kilo de azúcar?, ¿qué demonios iba a hacer con medio kilo de azúcar?

- ¿Para qué quieres medio kilo de azúcar?- alzó una ceja- es casi la una de la mañana…

- ¡Voy a hacer un bizcocho!- se apresuró a contestar- ¿quieres ayudarme?

Cuando le escuchó que iba a hacer un bizcocho a esa hora pensó que a lo mejor le estaba diciendo en clave que usaría el azúcar para alguna perversión sexual pero… le pidió ayuda. ¿En serio pretendía hacer un bizcocho a esa hora?, ¿y eso qué importaba? Sonaba mejor que tirarse otra hora más bebiendo y hartándose de comer bombones.

- De acuerdo- sonrió- voy a coger el azúcar.

¡Le había dicho que sí! Pero…

- No sé hacer bizcocho…

Se detuvo en su avance hacia la comida y se volvió hacia él sin saber cómo contestarle. Se formó un silencio incómodo entre los dos que fue roto por el sonido de risas en el programa de televisión que estaba viendo anteriormente.

- ¿Y cómo pensabas hacerlo?

Utilizó el mismo tono que utilizaba con sus alumnos cuando le daban contestaciones sin sentido.

- Yo… pensé que podrías enseñarme…

No tenía ningún sentido nada de lo que Inuyasha le estaba diciendo desde que llamó a su puerta. De hecho, tenía toda la pinta de no saber por qué estaba allí pero antes de arreglar ese asunto quería saber una cosa.

- Tu pareja debe de estar esperándote…

- No es mi pareja y se ha marchado ya- le aseguró- sólo vino a tomar la última copa.

Asunto arreglado.

- Anda, ven- le ofreció- entra en casa y te enseñaré a hacer bizcocho.

- ¿Seguro que no te importa? Es tarde…

- No tengo nada mejor que hacer.

Se apartó para que él entrara en el apartamento y cerró la puerta a su espalda. ¡Ya era suyo! Tal vez fuera una locura lo que se le estaba ocurriendo pero iba a marcharse, se iría lejos y nunca volvería a verle. Era hora de que se desmelenase por primera vez en su vida. Inuyasha Taisho era un dios, el sueño de toda mujer y esa noche sería suyo o al menos intentaría que así fuera.

Le condujo hacia la cocina y empezó a sacar de la nevera y de los armarios los ingredientes que necesitarían para hacer el bizcocho. Él la observaba desde la puerta como si no supiera si podía encontrar, cómo reaccionar, qué hace… Por un momento, le recordó a los estudiantes de su clase de bioquímica y se sintió como una auténtica manipuladora. Estaba intentando arrastrarlo hasta su casa comportándose como lo hacía con sus estudiantes. Si Inuyasha fuera uno de sus estudiantes, se llamaría a sí misma asaltacunas. Nunca se le ocurriría utilizar su poder como profesora y sus métodos de enseñanza para conquistar a un estudiante, jamás. De hecho, tenía como norma personal no liarse con los estudiantes. Aunque ellos eran mayores de edad y estaba permitido, eso siempre traía problemas. A ella se los trajo cuando sólo era una estudiante y tuvo un tórrido idilio con su profesor de historia de Estados Unidos. Salió mal, claro que salió mal. Ella adoraba la ciencia, él adoraba la historia. Ella creía en aquello que podía ver y tocar, en todo lo demostrable. Él se remontaba a historia que ni siquiera podía probar que fueran ciertas. Además, aquel asqueroso artículo en el periódico del campus sobre sus "supuestos" encuentros sexuales en su despacho, mató todo el amor.

- Tú, eres profesora, ¿no?

Dejó el azúcar sobre la encimera y se volvió.

- Sí, enseño bioquímica y química aplicada en la universidad.

- Seguro que eres muy lista…

¿A qué venía eso? La creencia de que su inteligencia pudiera estar asustándolo la inquietó. Normalmente salía con modelos que no sólo tenían cuerpos maravillosos, sino que además eran tontas y huecas como muñequitas. Igual él prefería a una chica estúpida. ¿Tenía que hacerse la tonta? De todas formas, si intentaba hacerse la tonta, él se daría cuenta. Por Dios, que era profesora de universidad.

Profesora de universidad, catedrática, química aplicada, bioquímica… ¿qué demonios era la bioquímica? Él debía de parecerle realmente estúpido a esa mujer tan inteligente. Por una vez en su vida tenía la suerte de encontrar una mujer atractiva y con cerebro y se sentía intimidado precisamente por eso que tanto había buscado. Él era tonto, muy tonto. Sabía de deportes, sabía de riesgo y de supervivencia pero le costaba hacer cálculos sin una calculadora, su caligrafía era penosa y no sabía nada de química, salvo el nombre. Le tentaba la idea de intentar hacerse el listo preguntándole sobre lo que enseñaba y asintiendo con la cabeza como si supiera exactamente de qué hablaba pero su truco podría hacerle caer en una trampa. Si ella le hacía alguna pregunta sobre el tema y se percataba de que no tenía ni la más remota idea, todo acabaría en desastre. ¿Por qué demonios todo era tan difícil?

Ella le hizo una seña para que se acercara y él lo hizo. Iban a hacer un bizcocho juntos, en su bonita casa, a la una de la mañana. Aquella situación era tan terriblemente surrealista que sintió ganas de reír. Vio como ella cascaba los huevos en el borde de un bol y luego se le ofrecía. ¿Qué esperaba que hiciera?

- Puedes batirlo mientras voy añadiendo los demás ingredientes.

¡Estupendo! ¿Cómo se baten unos huevos? Toda la comida de su casa era comida precocinada, él no tenía ni idea de cocinar absolutamente nada. Tenía suerte de saber utilizar el microondas. Ella le miraba expectante, él estaba sudando por la presión como si fuera uno de sus estudiantes.

- ¿Sabes batir los huevos?

Ella le había pillado.

- No, señora.

Kagome se rió. Una corta carcajada, armoniosa y bella. Tenía una bonita risa y también una bonita sonrisa. ¡Era perfecta! Ella misma empezó a batir los huevos para mostrarle como se hacía y le supervisó mientras él hacía la prueba. Tardó algunos minutos en cogerle el tranquillo pero en cuanto lo hizo, resultó ser pan comido. Ella le echó el azúcar y la mantequilla. Empezó a volverse algo más difícil batirlo pero nada imposible. De repente, sacó un aparato que él no reconocía en el que metió la harina. Lo puso sobre el bol en el que él estaba batiendo y empezó a pulsar una manivela para que cayera la harina. Parecía nieve.

- ¿Qué estás haciendo?

- Tamizar la harina- sonrió- así saldrá más jugoso el bizcocho.

Jugoso. Automáticamente bajó la mirada hacia sus vaqueros, su entrepierna. Estaba completamente seguro de que ella también estaría jugosa y deliciosa. Se relamió los labios sólo de pensarlo pero aquella oleada de lujuria no duró demasiado. Era un enfermo. ¿Cómo demonios podía haber pensado algo así? Kagome era una buena chica, inteligente y pura. Si le quedaba algo de honor y dignidad daría media vuelta y se marcharía de su apartamento para no importunarla nunca jamás. Pero a él ya no le quedaba de eso.

- Es una suerte contar con alguien que pueda batir la masa- sonrió- cuando le echo la harina se vuelve realmente difícil.

Por fin tenía una oportunidad de mostrar algo que hacía realmente bien: utilizar su fuerza. De algo habían servido los más de veinte años de su vida en el gimnasio, fortaleciendo su musculatura hasta alcanzar la actual. Ya que no podía mostrar inteligencia, mostraría fuerza y rezaría para que Kagome no fuera la clase de chica que le consideraría un burro.

- Le echo la levadura, lo bates un poquito más y al horno- sonrió- en una hora podremos comerlo.

Inuyasha continuó batiendo obedientemente la masa y la vertió sobre el recipiente que ella sujetaba. Después, observó cómo ella lo metía en el horno y manipulaba los controles de la temperatura y el tiempo. Cuando se levantó, pasó a su lado sin decirle una sola palabra y salió de la cocina. Él se quedó esperando durante un par de minutos que se le hicieron eternos pero entonces ella volvió con una botella de champán empezada y una caja de bombones.

- ¿Quieres?- le ofreció.

No dudó en coger uno de los bombones y llevársela a la boca. Mientras lo masticaba, cogió la botella de champán y le dio un buen trago. Cuando terminó de beber, la vio a ella observándole pasmada. ¡Idiota!- se gritó- ¿no podías pedirle una copa en lugar de beber a morros como un vagabundo?

- Lo siento… - se excusó.

- No pasa nada… ha sido curioso… - musitó- ¿sueles combinar el sabor de los bombones con el champán? Parece una mezcla afro…

Se calló antes de continuar con aquella palabra y le ardieron las mejillas.

- Yo…

- Pruébalo.

Antes de que pudiera negarse tenía un bombón en la boca y la botella se acercaba peligrosamente a sus labios. Fue incapaz de negarse solo de pensar que aquella botella había rozado los labios de él. Bebió y sintió el espumoso líquido resbalando a través de su garganta combinada con el dulzor del chocolate. Le encantó, le gustó tanto que quiso compartir esa sensación con él y ¿qué mejor forma que besándole? Debía de estar borracha porque nunca en su vida había hecho algo tan terriblemente atrevido.

Se besaron como si la vida se les fuera en ello y antes de que transcurrieran tan siquiera un par de minutos, se estaban desnudando y se dirigían hacia su dormitorio.

Continuará…