Una vez más agradezco por sus comentarios. Tal vez esto comenzó como un fanfic que varios pensaron sería grandioso. No obstante, pareciera que se volvió algo grisáceo, obscuro y sin chiste. No lo sé. Me fui deprimiendo. Los capítulos anteriores (casi todos enseguida del capítulo dos) son monótonos. Ni yo entiendo por qué. Ustedes como lectores no lo merecen, y yo como escritora no debo. Prometo que los fanfics que sigan en mi lista serán algo mejor.

Capítulo 9: ¿En dónde durmieron los espíritus ayer?

La lluvia se hizo cada vez más intensa y poderosa a lo largo de la noche final. El frío calaba hasta la médula del mismísimo espíritu. Katara estaba tiritando desde un largo rato, y de igual modo lo hacía Aang.

-¿Estás bien? – cuestionó la maestra agua

-te…t….ten….t..en…tengo fr…fr…d…dónde est…tto…estoy?

El avatar era la persona más senil y débil que existía sobre la tierra en esos momentos. Perdió la conciencia sobre sí mismo. No sabía el día, ni la hora ni por qué estaba allí. El solo hecho de preguntar por dónde se encontraba era evidencia clara. Además, era raro sentirle tiritar ante un frío así. Solo diría "Abrázame" a Katara y el problema estaría resuelto.

Ella no tuvo opción. Lo tomó entre sus brazos y acomodó bien las cobijas para que no padecieran ambos esas terribles corrientes de aire.

-¿Quién…er…eres?

-Ya, cariño – murmuró su esposa abrazándolo más fuerte cada vez.

Arreció inclemente y no paraba la precipitación. Más despierta que dormida, la mujer de la tribu del agua vigilaba el sueño de Aang.

No faltaba mucho para la alborada cuando alcanzó a sentir el rose de su mano tibia. Sobre su rostro, esa caricia se percibió más como una especie de despedida.

-te amo. También a nuestros hijos. Los amo...gracias.

Katara tanteó con las yemas de sus dedos una suave sonrisa en el rostro de su maestro aire, el cual se acercó para abrazarla. Ella se sorprendió; no hace más de unas horas él no sabía ni en donde estaba.

Así durmieron hasta que llegó la mañana. Nubarrones de tormenta oscurecieron el sol. Los pájaros apenas si trinaban, y dentro del recinto, la maestra agua tiritaba. El calor de Aang ya no se sentía, ni su aliento, ni su espíritu...solo un cascarón de un hombre que vino y se fue. Cincuenta y dos años y medio aproximadamente desde que se encontraron en el camino, para concluir con una despedida sincera, taciturna; un adiós postrero.

-gracias, mi amor - ella le susurró contra su rostro, besó su frente con delicadeza y acto seguido, lo acomodó en la cama para cruzar sus manos. Enseguida salió al patio a cortar una de esas raras azucenas panda que él mismo había plantado años atrás en el templo. Lo extraño era que habían sobrevivido a ese clima.

-tú querías darme esta flor...ahora yo te la entrego a ti - manifestó la anciana - ahora más que nunca me siento acabada.

Las lágrimas se hicieron presentes, las cuales trató de enjugar con las manos. Ese sentimiento ajeno a ella que le calaba en el pecho desde el inicio de la enfermedad de Aang regresó; ingrato, maldito.

O-O-O-O-O-O-O-O

En menos de lo que volaba Appa, Tenzin, Kya, Siddhartha y sus respectivas parejas arribaron al templo aire del sur donde, según comentaron, Tenzin anunció a dos amigos de Ciudad República que su padre había fallecido. En menos de una hora, media ciudad república estaba enterada de la muerte de Aang.

-me encontraba en la ciudad cuando enviaste el halcón mensajero. Vaya que vuela rápido y con mucha orientación - comentó - Lamento que esto haya pasado de esta manera ¿Necesitas algo, mamá?

-por ahora estoy bien hijo - contestó Katara, la cual se lanzó a abrazar a Tenzin. En eso, sus tres hijos la estrecharon entre sus brazos.

Prepararon el cuerpo de Aang para un funeral "digno", donde solo la gente importante de cada nación, y la gente sobresaliente dentro de la vida del avatar estuvieron presentes. Gobernantes, familiares, sobrinos, hijos, monjes de algunas naciones. Era una travesía aun complicada llegar hasta allá. Como sea, todos lograron estar allí, al menos la mayoría de gente.

Era la mañana del segundo día. Nubarrones de nuevo, mas la lluvia se hizo presente. Para esas alturas, todas las naciones estaban enteradas del óbito del avatar. En ciertos lugares se hicieron homenajes póstumos. Otras naciones más guardaron largos periodos de silencio durante horas, y en algunos recintos sagrados las campanas se tocaban cada cuatro horas, una hora por cada elemento. Se daban cuatro campanadas. Y cuentan algunas malas lenguas que, con esas campanadas, parecía que un vientecillo tranquilo soplaba sobre la ciudad. Nadie sabe hasta ahora qué era, pero narran esto como si la brisa aquella hubiese estado llena de paz. Dicen que era el mismísimo espíritu de Aang hecho aire. Nadie está seguro.

Cuando se llevaron a cabo las exequias, la lluvia pegó con suma fuerza, tanto así que un sacerdote de la nación del fuego apenas si podía hablar a tono fuerte. A pesar de esto, la tierra no se opuso a recibir de regreso a un hijo suyo. Fue dócil,y mientras algunos maestros tiera depositaban la arena sobre el manto con el cual enterraban a los maestros aire, Katara alcanzó a arrojarle el collar que, cuando se casaron, él había tallado especialmente para esa ocasión. Tenía labrado de un lado el símbolo del agua, y del otro el del aire. Tal vez no era caro, empero, era algo simbólico.

Monotonía; eso sucedió esa tarde del mes nueve del año. El viento se desató como nunca; el agua comenzó a llover a cántaros justo después de que Aang fuera puesto en el sepulcro. El fuego de las velas y las fogatas dentro del templo creció a tamaño de columnas, mientras un movimiento telúrico se sintió en el ochenta por ciento del mundo, casi a la misma hora. Las estatuas del templo aire de todos los avatares brillaron; los animales gritaron casi todos al mismo tiempo sin excepción alguna.

Casi al instante los árboles envejecieron súbitamente. La naturaleza estaba hecha una especie de caos. Cayeron varios truenos del cielo, hubo algunos maremotos; por suerte no hubo vidas que lamentar. Incluso se rumora que en la nación del fuego se dejaron ver dos dragones; uno azul y uno rojo. El volcán del lugar donde su destino había sido escrito arrojó fumarolas de magnitudes épicas. Todo esto en cuatro días. Solo después, el mundo regresó a "la calma". El luto se debía mantener por lo menos un mes, por lo que todos lanzaban una plegaria a los espíritus por el avatar Aang. En ciudad república se hicieron discursos, procesiones silenciosas. Era obvio que, de todos quienes lloraban la pérdida de un héroe, quien más sufría era Katara.

Justo cuando los rituales de despedida se celebraron, todos los mandatarios se fueron. De nuevo el lugar era inhóspito. De nuevo ella estaba como en el principio.