NdA:Bueno, pues aquí estamos con la cuarta parte. ¡Estoy muy emocionada! ^^ Espero de todo corazón que os guste. Para mí ha sido maravilloso recibir todos esos mensajes preguntando por la cuarta parte; sin vuestro interés y vuestros ánimos, no sé si la saga saldría adelante. ¡Besos y feliz Navidad!

(Una aclaración: hay gente sin cuenta que intenta dejarme su e-mail para que le conteste alguna duda; el problema es que los e-mails nunca aparecen en FFnet, o sea que lógicamente, no puedo contestarles nunca. ¡Lo siento!)

Disclaimer:Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.

Capítulo 1 Unos días en Malfoy manor

El verano había empezado.

Algunas cosas no habían cambiado. Se había inaugurado con su fiesta de cumpleaños, había jugado al quidditch con sus primos y había ido ya un par de veces a la playa, a Bournemouth, con su padre y sus hermanos. Había probado dos de los cinco sabores nuevos de helado de ese verano en la heladería de Florean Fortescue, había ido al cine a ver una peli de acción y había pasado toda una tarde en casa de Amal jugando con su tridiconsola hasta que se le habían agarrotado los dedos y había terminado con dolor de cabeza.

Pero otras cosas sí habían cambiado, claro, porque él y sus hermanos estaban pasando el mes de julio con su padre y si querían ver a su madre tenían que usar la Red Flú, y porque el ambiente familiar parecía haber mejorado mucho desde Pascua. Albus Potter no podía dejar de pensar que eso estaba relacionado con el papel que Scorpius había tenido durante el intento de secuestro de los Parásitos a finales del curso anterior. Scorpius había ayudado a salvar a Lily, a Hugo y a Roxanne, y también había impedido que él se estrellara contra el suelo en esa batalla. Y después de todo eso, ¿cómo iban a seguir pensando los Weasley que Scorpius era una mala persona? ¿Cómo iban a seguir enfadados con él y con su padre por haberse acercado a los Malfoy? Albus ya había notado en Hogwarts que Fred, Roxanne y Dominique volvían a hablarle como antes y estaba claro que sus respectivos padres pensaban lo mismo.

Las cosas así eran mucho mejor.

Albus había estado pensando constantemente en Scorpius y algunas veces había sido durante la noche, en momentos un tanto íntimos. No podía evitarlo, igual que tampoco podía evitar sonreír como un bobo cuando pensaba en él. Albus tenía la impresión de que a sus padres les preocupaba que estuviera teniendo pesadillas, como Lily, o que se encontrara mal, pero en realidad era como si haber comprendido que Scorpius sentía lo mismo que él fuera una protección contra los malos recuerdos. Si alguna vez se sentía desanimado era sencillamente por lo mucho que le echaba de menos.

Cuando Scorpius regresó de Francia le llamó por Red Flú y después de haberle contado el viaje y de ponerse mutuamente al día, le propuso que le pidiera permiso a sus padres para pasar unos días en Malfoy manor. A Albus le pareció la mejor idea que había oído en su vida y le faltó tiempo para hablar con su padre.

-Habla con tu madre, a ver qué le parece.

-Papá… -protestó Albus, quien a pesar del cambio de actitud de ella hacia Scorpius, no las tenía todas consigo.

-Pregúntaselo –dijo él-. Si te dice que no, ya hablaré con ella.

Así que Albus usó la Red Flú para ir a casa de su madre y poder preguntárselo cara a cara. Para su alegría, después de unos segundos ella asintió.

-Está bien. Lucius Malfoy era mi mayor problema con ellos, y para bien o para mal, ya no está.

-Mamá, que era el abuelo de Scorpius –dijo, un poco horrorizado.

Su madre lo miró cansadamente.

-Dime una cosa, Albus, ¿crees que tu amigo Scorpius perdonará alguna vez al asesino de su madre?

-No. –Antes se helaría el infierno.

-Lucius Malfoy era un asesino también. Mató y torturó gente inocente durante la primera guerra de Voldemort. Por su culpa, yo fui poseída casi durante un año por Voldemort. No te imaginas lo que es eso. Entiendo que Scorpius lo quisiera porque era su abuelo e imagino que Lucius los quería y los trataba bien. Pero no me pidas que tenga la menor simpatía por él o por su recuerdo, Albus. Puede que fuera un buen padre y un buen abuelo, pero no era un buen hombre.

Albus quizás no habría sabido entender la diferencia antes, pero la entendió esta vez.

-Scorpius no es así –dijo, porque era lo único que se le ocurría decir.

-Ya lo sé –le tranquilizó ella, poniéndole la mano en el hombro-. Si pensara que es así, no te dejaría ir a pasar unos días con él a su casa. Diviértete, ¿de acuerdo?

Albus asintió, y después de despedirse de ella con un beso en la mejilla, volvió a Grimmauld Place para contarle a Scorpius por Red Flú que tenía permiso.

-¡Es genial! ¿Cuándo puedes venir?

-No sé. ¿Cuándo te viene bien?

-Cuando quieras. ¡Oh, espera! La semana que viene vamos a ir a visitar a los Withers para que mi hermana elija su caballo. ¿Por qué no vienes entonces? Así podrías ver las caballerizas, son una pasada.

Su padre entró entonces en el salón.

-¿Estás hablando con Scorpius? Dile que me gustaría hablar con su padre o con su abuela.

Albus le pasó el recado y Scorpius mandó llamar a su padre. Un par de minutos después, sus padres empezaron hablar; al parecer su padre quería asegurarse de que la invitación contaba con el permiso del señor Malfoy y que no era ninguna molestia.

-Scorpius cree que a Albus le gustaría ver las caballerizas de los Withers. Iremos el martes, así que podría venir el lunes y quedarse hasta el jueves o el viernes, si os parece bien.

-Hasta el jueves mejor. –Albus sintió una ligera decepción que no podía empañar su felicidad general. Aun así iba a pasar cuatro días con Scorpius-. Ya sé que tenéis muchas ganas de estar juntos, pero yo también tengo ganas de pasar tiempo contigo, Al.

-¿En agosto se van con su madre? –preguntó el señor Malfoy.

-Sí. Aunque en realidad van y vienen de una casa a otra.

-Bien, entonces quedamos el lunes. ¿Después de comer está bien?

-Sin problemas.


Albus sonreía de oreja a oreja cuando cruzó la chimenea y se encontró en uno de los salones de Malfoy manor. Scorpius le recibió con un abrazo tan fuerte que estuvo a punto de tirarlo al suelo. Los demás Malfoy, también presentes, lo saludaron con más compostura.

-Bienvenido a Malfoy manor, Albus –dijo la abuela de Scorpius-. Nuestro hogar es tu hogar.

-Gracias, señora Malfoy.

-Nos alegramos mucho de tenerte aquí –dijo el señor Malfoy-. Antes que nada, tengo una pregunta que hacerte. ¿Qué prefieres, tener tu propio cuarto o que pongamos una cama extra en la habitación de Scorpius?

Albus miró a Scorpius, quien hizo un gesto a favor claramente de la segunda opción. Él también lo prefería, aunque mientras asentía tuvo que hacer un esfuerzo para no ponerse colorado. El señor Malfoy no podía ni imaginarse las ideas que se le venían a la cabeza al pensar en dormir junto a Scorpius.

-Si no es mucha molestia, prefiero dormir con él. –Luego pensó en cómo sonaba eso y se corrigió a toda prisa, apurado-. O sea, en la misma habitación que él.

-Claro que no es molestia.-Entonces un elfo doméstico apareció junto al señor Malfoy-. Gobs, lleva la maleta del señor Potter a la habitación del amo Scorpius y coloca allí una cama extra.

-Sí, amo. –El elfo se acercó a Albus y le hizo una reverencia-. Gobs llevará el equipaje del señor Potter con mucho gusto, señor.

Albus le dio la maleta y el elfo desapareció con ella.

-¿Te has traído el bañador, Al? ¿Quieres que vayamos a la piscina?

Y aquello fue lo primero que Albus hizo, pasar la tarde con Scorpius y Cassandra en la piscina con aspecto de estanque de Malfoy manor. Hacía un día exageradamente caluroso y el agua apetecía más que nunca. Albus procuró no pensar demasiado en el esbelto cuerpo de Scorpius, casi desnudo ante sus ojos, aunque le pareciera lo más maravilloso que había visto nunca. Quería simplemente divertirse, tratar de tirarse al agua dando una voltereta en el aire, competir con Cassandra a ver quién aguantaba más tiempo la respiración.

Poco antes del té, el padre de Scorpius se acercó a darse un chapuzón en la piscina. Iba en bañador también, y aunque era delgado y de piernas largas, como Scorpius, su cuerpo estaba más castigado, con cicatrices parecidas a las de su propio padre. En el brazo izquierdo estaba la Marca Tenebrosa; Albus no estaba lo bastante cerca como para verla bien, pero distinguió perfectamente la forma de la calavera y la serpiente. Era la primera vez que veía una de verdad y le pareció más grande de lo que había esperado, casi ocupaba medio antebrazo. A Albus le extrañó que el padre de Scorpius se atreviera a enseñarla aunque también se fijó en que ni Scorpius ni Cassandra lo miraban en lo más mínimo, así que ellos debían de estar acostumbrados.

Albus guardaba un buen recuerdo de todas sus comidas en Malfoy manor y el té no le decepcionó. Estaba todo tan rico que le costó no ponerse a engullir un pastelillo tras otro. Después, Scorpius le dejó su escoba vieja y se fueron a volar juntos por los terrenos de la mansión. La vista desde al aire era preciosa y mostraba los jardines en todo su veraniego esplendor, salpicados aquí y allá por la blancura perfecta de los pavos reales.

El sol se puso mientras ellos estaban aún volando y contemplaron juntos el anochecer desde sus escobas. El pelo de Scorpius parecía anaranjado bajo aquella luz y Albus se encontró mirándolo más a él que al sol que desaparecía por el horizonte. Scorpius se dio cuenta y le sonrió.

-Me alegra que hayas venido.

-A mí también.

Scorpius miró de nuevo al frente con los ojos entornados y expresión algo más seria.

-¿Has tenido pesadillas?

A Albus le sorprendió un poco el cambio de tema. Resultaba extraño hablar de eso en un momento tan pacífico como aquel, cuando parecía que nada malo podía suceder en el mundo.

-No. Alguna vez sueño con eso, pero no me despierto gritando ni nada de eso.-Como la pobre Lily, que tenía que tomar una poción y todo-. ¿Tú sí?

Scorpius se giró hacia él.

-A veces. ¿Qué haces para no tener pesadillas?

Albus contestó sin más.

-Pienso en ti.

Scorpius sonrió y a Albus le pareció que estaba tan sorprendido como complacido.

-Yo también pienso en ti…-A Albus le empezó a latir el corazón más deprisa, pero Scorpius se puso más serio-. Pero aun así, si no me tomo la poción, las tengo.

-¿Con qué sueñas? –preguntó con voz suave-. ¿Con la pelea con Bouchard?

Scorpius asintió, apartando la vista una vez más.

-Sueño que te matan. O que me atrapan y me roban la magia. Y también sueño con mi madre. Veo a un tipo sacando una pistola y apuntando hacia ella y quiero avisarla de lo que va a pasar, pero no me sale la voz.

Albus, sinceramente apenado, le puso la mano en la espalda; si no hubieran estado sobre las escobas le habría dado un abrazo.

-Lo siento. Pero supongo que irán desapareciendo a medida que pase el tiempo, ¿no? Eso es lo que Teddy le dice a mi hermana.

-Eso espero.-Entonces sonó una campana-. Es la cena. Venga, vamos a cambiarnos.

-¿A cambiarnos?

-Para cenar. ¿Tú en tu casa no te cambias para cenar?

-No, yo soy normal.

Scorpius ladeó la cabeza.

-Ya, como en Hogwarts… Bueno, si no te quieres cambiar, no te cambies. Lo que importa es que cenes, digo yo.

Pero Albus no quería ser descortés, y si los Malfoy eran así de tiquismiquis, bien podía imitar sus costumbres durante sólo unos días, así que acompañó a Scorpius a la habitación. Primero se lavaron la cara y las manos y se peinaron bien, cosa que a Scorpius le resultó más fácil que a Albus. Sólo entonces, cuando volvieron a su dormitorio, Albus cayó en la cuenta de que iban a desnudarse juntos. Eso le puso un poco nervioso, pero por suerte Scorpius se dejó los calzoncillos, lo cual no era muy distinto a verlo en bañador. Después se puso una túnica azul oscuro que tenía la constelación de Escorpión bordada con hilo dorado en la espalda. Albus agradeció haber metido la única túnica que tenía en la maleta y se la puso también; la suya era gris oscuro, con detalles en rojo.

Cuando bajó al comedor estaba preocupado por aquel asunto, porque él no tenía ropa tan elegante como la de los Malfoy y había ido allí surtido básicamente de vaqueros y pantalones cortos. Pero luego se dio cuenta que ni el padre ni la abuela de Scorpius iban excesivamente arreglados y se tranquilizó un poco. Al menos cambiarse para la cena no implicaba sacar las mejores galas.

Albus se olvidó por completo del tema cuando los elfos empezaron a traer la cena. Había pensado que pondrían muchas fuentes en el medio para que cada cual se sirviera lo que quisiera, como en el almuerzo que había compartido con ellos el año anterior, como en Hogwarts, pero uno de los elfos le sirvió en su plato una crema de champiñones con nata y picatostes. Albus la probó precavidamente, pero estaba buena. Después el elfo apareció con unos hojaldres rellenos de un modo parecido al pudding de Yorkshire; iban acompañados de un fino puré de patatas y zanahorias hervidas con mantequilla. El tercer plato fue un estofado de pollo de carne tan tierna que se deshacía en la boca. Albus, que empezaba a estar lleno, probó poco para dejar espacio al postre, sabiendo que valdría la pena.

-Has comido poco pollo, Albus –dijo la señora Malfoy, interrumpiendo la conversación sobre posibles nombres para el caballo que pensaban comprar-. ¿Es que no te ha gustado? Podemos pedirle a los elfos que hagan cualquier otra cosa.

-No, no, está muy bueno. Pero es que si sigo comiendo ya no tendré hueco para el postre.

Y pensó que había acertado al haberlo tenido en cuenta, porque el postre era un maravilloso pastel de frambuesas del que sí repitió. Cuando terminó de comer estaba tan empachado que se alegraba de haberse puesto una túnica, porque los pantalones le habrían reventado.

-Albus, ¿te apetece jugar una partidita de ajedrez? –le propuso el señor Malfoy.

-Claro.

-Albus ha ganado dos veces seguidas el torneo de Hogwarts –avisó Scorpius, mirando a su padre con cierta preocupación,

-Ya, ya lo sé.

Todos pasaron a un salón. El padre de Scorpius hizo aparecer un tablero de ajedrez y Scorpius se sentó a verlos mientras su abuela encendía la radio y su hermana le mandaba a un elfo que le trajera un libro de su cuarto. Albus sabía bastante no sólo de ajedrez, sino también de piezas y tableros, y admiró el que tenía delante, sin duda de varios siglos de antigüedad.

-¿De qué siglo es? ¿Del diecisiete?

El señor Malfoy le dirigió una mirada impresionada.

-Vaya, muy bien, Albus. Es obra del maestro Jonathan Brocklehurst, ¿lo conoces?

-Sí, he visto láminas de trabajos suyos, como ese juego que diseñó para el rey Jaime I.

Brocklehurst había trabajado para la nobleza muggle tanto como para el mundo mágico.

-Tu padre y yo íbamos a casa con una descendiente suya, Mandy Brocklehurst. Pero no sabía una sola palabra de ajedrez. Bien, tú las blancas, Albus. Cuando quieras.

Albus abrió moviendo uno de los peones y comenzó la partida. Pronto se dio cuenta de que el señor Malfoy jugaba bastante mejor que la mayoría de alumnos con los que se había batido a lo largo de aquellos tres años, pero no era tan bueno como su tío Ron, al que sólo había podido vencer dos miserables veces en toda su vida. Al padre de Scorpius podía ganarle y se dedicó a ello con determinación, tratando de conducirlo poco a poco hacia el jaque mate. Piezas blancas y negras iban cayendo, sembrando los alrededores del tablero de fragmentos de fichas destrozadas y decapitadas. Después de una hora y media largas, el señor Malfoy cayó en una de las trampas que Albus le había preparado y cuatro movimientos más tarde Albus anunció el jaque mate. El rey negro cayó dignamente de rodillas y la reina blanca le cortó la cabeza de un tajo.

-Felicidades –dijo abruptamente el padre de Scorpius, levantándose y marchándose del salón.

Albus se dio cuenta de que no le había hecho ninguna gracia perder y se sintió vagamente ansioso por haber hecho enfadar a un adulto aun sabiendo que no tenía culpa de nada.

-Odia perder, no te preocupes –le dijo Scorpius en un susurro-. Cuando yo le gano al quidditch también se enfada, pero se le acaba pasando.

Albus no se quedó mucho más tranquilo, pero le distrajo el súbito movimiento de las piezas, que estaban empezando a recomponerse hasta el último fragmento. Cuando terminó, observó de cerca uno de los caballos. No se veía ni una simple grieta, parecía completamente nuevo.

Él y Scorpius se dispusieron a jugar entonces a las cartas con Cassandra, aunque ella tampoco tenía muy buen perder. Al cabo de un par de partidas el padre de Scorpius regresó tranquilamente, sin rastro de enfado en su expresión, y fue a escuchar la radio con su madre.

Eran más o menos las once cuando el señor Malfoy dijo que era mejor que se fueran a dormir todos ya, pues al día siguiente iban a levantarse a las siete para aprovechar el día en la mansión de los Withers.

-Albus, si a mitad noche te despiertas y quieres algo, sólo tienes que llamar a Patis y él te lo llevará, ¿de acuerdo? –dijo, mientras subían las escaleras.

-De acuerdo.

-Y Scorpius, no os quedéis hablando hasta tarde o mañana no habrá quien os despierte.

-Sí, papá.

Entonces se dieron las buenas noches y Scorpius y Albus entraron a la habitación del primero. Scorpius empezó a desabrocharse los botones de la túnica y Albus le imitó, tratando cuidadosamente de no mirarle. Estaba tan acostumbrado a desnudarse delante de otros chicos que normalmente ni pensaba en ello, pero esa noche le resultaba algo incómodo.

-Oye, Scorp, ¿tu padre ha vuelto a decir lo de mandaros a otro colegio? –preguntó, en parte por interés y en parte para poder distraerse de la situación.

-Sí, pero hemos hecho un trato: puedo volver a Hogwarts si sigo en el equipo de quidditch.

-Bueno, eso está bien –dijo Albus, contento y aliviado-. Yo voy a apuntarme también al campeonato de ajedrez, aunque este año no lo gano ni de broma, teniendo que jugar contra los de sexto y séptimo.

-Si eres capaz de ganar a mi padre también puedes ser capaz de ganar a alguien de dieciséis o diecisiete años, eso no tiene nada que ver.

Scorpius se puso los pantalones del pijama y Albus se sintió menos tenso.

-Ya veremos –dijo, poniéndose también los pantalones.

Después de asearse rápidamente, se metieron en la cama. Albus pensó que si hubieran sido Sorteados en la misma casa habrían podido estar juntos de esa manera durante todo el curso, compartiendo cuarto y dándose las buenas noches. Era irónico, con el miedo que había tenido a ir Slytherin cuando había ido a Hogwarts por primera vez y ahora no le habría importado en absoluto.

Scorpius apagó la luz y la habitación quedó en penumbras.

-¿No crees que el sistema de Casas es una mierda? –dijo entonces-. Deberíamos poder elegir con quién queremos dormir. ¿Te imaginas que pudiéramos compartir cuarto?

A Albus le gustó descubrir que estaban pensando más o menos lo mismo.

-Ya, sería genial –dijo, de corazón-. Pero bueno, al menos no van a cambiarte de colegio. Eso sí que habría sido una mierda.

-Mi padre está tratando de convencer a McGonagall para que le deje enviar un elfo a Hogwarts para que nos haga de guardaespaldas, ¿te imaginas? Ojalá le diga que sí, sería divertidísimo. Además, yo le encargaría que cuidara también de ti y de tu hermana.

A pesar de la advertencia del señor Malfoy, los dos estuvieron hablando hasta tarde. Albus se sentía como si fuera la mañana de Navidad, feliz de estar allí, compartiendo el cuarto con Scorpius. Sonreía al pensar que al día siguiente también desayunarían juntos, uno al lado del otro y no cada uno sentado en una mesa. Así tendría que ser siempre la vida.


Draco observó con satisfacción la cara extraordinariamente animada de su hijo cuando él y Albus bajaron a desayunar. No podía decir cuánto le alegraba que los padres del chico le hubieran dado permiso para pasar unos días en Malfoy manor; era justo lo que Scorpius necesitaba.

Después de un fuerte desayuno, los cinco se fueron hasta el salón en el que estaba la chimenea conectada a la Red Flú. Su madre también iba; al fin y al cabo no se trataba de ninguna visita social, sino de una venta. Y Draco no creía que los Withers fueran a ser más fríos con ellos a causa de su presencia. Empezaba a darse cuenta de que gran parte del ostracismo social de su madre estaba relacionado con su marido, y ahora que éste no estaba, no tenían inconveniente en tratar con ella.

Archibald Withers les esperaba junto a su hija, Stephanie, quien se había casado con un Urqhuart y había seguido viviendo con su marido en la mansión familiar. El parecido familiar era innegable, pues los dos tenían el pelo cobrizo y la nariz aguileña. Padre e hija iban vestidos con pantalones, botas de montar y camisas blancas y les dieron la bienvenida sonrientemente.

-Narcissa, cuánto tiempo sin verte –dijo, cogiéndola de las manos-. Lamentamos mucho lo de tu marido y tu nuera.

-Muchas gracias, Stephanie –contestó cortésmente su madre, ocultando que no lo creía-. Lo mismo digo. Siento mucho no haber podido asistir al entierro de tu madre.

-Este debe ser el joven señor Potter –dijo el viejo Withers, mirando a Albus con aprobación mientras le tendía la mano-. Es un placer poder saludarlo.

-Gracias, señor Withers, lo mismo digo. Tengo muchas ganas de ver sus caballos.

-Sí, no podemos hacer esperar más a la señorita Cassandra –dijo, sonriente-. Pero, ¿quieren tomar algo antes de ir a ver los caballos? ¿Una taza de té?

Draco miró a los tres niños y no vio que ninguno diera señales de querer beber algo.

-No, estamos bien, gracias.

Withers los condujo entonces hacia el exterior de la mansión, tan elegante como Malfoy manor, y salieron a los amplios terrenos de la finca. Era una vista impresionante, con aquellas amplias llanuras donde unos veinte caballos alados, blancos, castaños, negros y moteados, pastaban tranquilamente. Algunos potrillos deambulaban por allí también, no muy lejos de sus madres. Draco sabía que la propiedad estaba rodeada por completo, incluso por el aire, con varios hechizos que impedían que los caballos pudieran escaparse o ser avistados por algún avión o algún muggle con telescopio.

Mientras se acercaban un poco más, un macho inició una carrera y alzó el vuelo, batiendo las alas con la elegancia de un cisne. Draco oyó una exclamación ahogada de Albus, que lo estaba mirando todo con ojos como platos.

-Este es el campo principal –explicó Withers-. Ahora mismo tenemos veintisiete ejemplares, incluyendo a los potros, pero en los viejos tiempos podía haber hasta cien. Antes eran muy populares como medio de transporte, pero cuando endurecieron el Estatuto de Ocultamiento la gente empezó a preferir las escobas. A mi modo de ver es una pena, porque la prestancia que da uno de estos maravillosos ejemplares no la puede proporcionar nunca una escoba, por habilidoso y grácil que sea uno sobre ella.

-Un caballo es muchísimo mejor que una escoba –aseguró Cassandra, con vehemencia.

Un caballo también requería mucho más tiempo y cuidados. Draco sabía que cuando Cassandra regresara al colegio el animal iba a acabar siendo su responsabilidad. Los elfos podían manejar a los pavos reales, pero no tenían ni idea de qué hacer con un caballo, ya que las cuadras llevaban vacías casi tres siglos y ninguno de los elfos de Malfoy manor era tan mayor. Por suerte, la idea de montar uno de esos caballos no dejaba de seducirle. Había tenido oportunidad de hacerlo en la visita anterior y la sensación era fantástica.

Por no hablar de que uno acababa con menos dolor de huevos que sobre una escoba, por mucho acolchado mágico que llevaran.

-Normalmente los caballos siempre están aquí. ¿Veis esos cobertizos del fondo? Son las cuadras. Están lejos de casa para evitar el olor. Ellos mismos se guarecen allí cuando llueve y hace frío, y los elfos se encargan de que tengan comida y agua fresca suficiente. Cada ejemplar adulto consume habitualmente veinticinco libras de pienso al día y bebe unos cuarenta litros de agua.

-Eso es mucho, ¿no? –dijo Albus.

-Bueno, comparado con lo que comemos y bebemos nosotros sí, desde luego. Y aún puede necesitar un suplemento extra de comida y agua si se le hace volar mucho, pues eso consume más energía que el galope. Bien, como os he dicho, normalmente los caballos están aquí siempre, pero cuando cumplen dos años empezamos a domarlos y para eso los llevamos al campo de doma, que está allí. Ahora mismo, uno de mis nietos está trabajando con uno de los caballos, ¿queréis verlo?

Ellos dijeron que sí y Withers los condujo hasta allí. El nieto no estaba solo; una de sus sobrinas, Tarah, estaba apoyada en el cercado observándolo todo con atención. El caballo, un precioso ejemplar joven de color castaño y crin y cola negras, daba vueltas obedientemente al cercado llevando a cuestas a su jinete.

-¿Cómo se llama? –preguntó Cassandra.

-Ícaro –contestó Withers-. ¿Te gusta?

-Mucho.

Después de observarlo durante unos minutos, Withers volvió a girarse hacia Cassandra.

-Sé que te gustaría tener un potro, pero creo que es mejor que te lleves un caballo que ya esté domesticado. No es bueno separar a las crías de sus madres demasiado pronto y para ti será también mucho más cómodo, ya que podrás empezar a montarlo enseguida.

A Draco no le gustó que Withers hablara de crías separadas demasiado pronto de su madre y notó que Cassandra había bajado la vista súbitamente. Withers se dio cuenta también e hizo cara de lamentarlo.

-Creo que el señor Withers tiene razón –dijo su madre, tratando de superar rápidamente ese momento incómodo-. Con un caballo ya domesticado podrías tomar clases de equitación inmediatamente, y aprovecharías el tiempo hasta que tengas que empezar en Hogwarts.

-Ícaro no es el único caballo disponible, Cassandra –dijo Withers-. Ven, volvamos al campo principal y te iré señalando todos los que creo que te vendrían bien. Tenemos una yegua palomina preciosa. Se llama Reina y tiene dos años y dos meses. Su crin y su cola son tan blancas que me hace preguntarme si alguno de sus antepasados no se cruzaría con algún unicornio.

Para alivio de Draco, Cassandra pronto se distrajo con los caballos y la dura tarea de elegir uno. A él le gustaba la yegua de la que había hablado Withers, era una preciosidad. Cassandra dudaba entre ella y Centurión, un macho blanco como la nieve, que era el favorito de Scorpius. Después de casi media hora se decidió por Reina. Withers mandó sacar limonada fresca y pastelillos para celebrar la venta. Podía estar contento: la yegua costaba veinte mil galeones.

Withers les ofreció entonces la oportunidad de montar un poco. Draco le había avisado a Harry de que eso podría pasar y éste había dado permiso para que Albus lo intentara, así que los tres niños se fueron a montar algunos de los ejemplares más mansos. Él también se animó y se subió en un brioso ejemplar llamado Max. Aún no sabía cabalgar muy bien, pero se sintió más cómodo cuando el caballo alzó el vuelo. En ciertos sentidos, era más fácil que volar en escoba; a la vez era consciente de que no estaba al control de todo, que el animal era un ser vivo cuyas decisiones y emociones también contaban. Las escobas nunca se asustaban si un helicóptero les pasaba cerca, por ejemplo. Su madre, la única que había rehusado la invitación, los observaba desde tierra con una leve sonrisa. Draco no estaba seguro de que no fuera a intentarlo cuando estuvieran en la privacidad de Malfoy manor.

Al mediodía se sentaron a almorzar con ellos en el jardín y después llegó el momento de marcharse. Withers les había dicho que era mejor que la yegua tuviera unas cuantas horas de luz para familiarizarse con el nuevo entorno. Uno de los trabajadores montó en ella, echó sobre ambos un hechizo desilusionador y partió en dirección a Malfoy manor. Draco y los demás usaron la Red Flú para volver a casa.

Reina llegó dos horas después. El propio hombre de Withers la condujo hasta los establos, que ya habían sido adecentados para la nueva inquilina. Cassandra quería montarla inmediatamente, igual que Scorpius, pero Draco prefería que lo hicieran al principio cuando hubiera un profesional delante, así que el resto de la tarde, hasta el té, se limitaron a observarla, acariciarla cuando se dejaba y ganársela con manzanas y terrones de azúcar. Draco y su madre también pasaron a verlo, atraídos por la novedad.

-Ha sido muy buena idea, Draco. Cassandra no había estado así de animada desde que pasó lo de Astoria.

-Sí –dijo mirando a su hija con afecto y tristeza.

-Y Scorpius también parece muy animado, aunque yo diría que el joven Potter tiene más papel en eso que la yegua.

-Sin lugar a dudas.

-Viéndolos juntos una casi pensaría que ahí hay más que una simple amistad.

Draco se sintió aliviado.

-¿Tú también? No quiero ser mal pensado, pero Scorpius no mira así a Damon, la verdad. Ni Damon a él.

Los dos observaron a los dos muchachos.

-¿Te molestaría?

-No. Además, no es nada más que una cosa entre críos. Los dos tienen mucho por vivir todavía.

-¿Y si fuera algo más serio?

Draco pensaba que era pronto para tener esa conversación, pero lo consideró de todos modos.

-Entonces tendría que conocer más a Albus para formarme una opinión más exacta sobre él. Pero me cae bien. Es inteligente y su lealtad hacia Scorpius ya ha sido probada. Está claro que no ha sido educado en nuestras tradiciones, aunque al menos le interesan y eso es un buen punto de partida. Mi mayor pega es que los dos juntos parecen atraer el peligro mucho más de lo que me gustaría.

-Y que emparentaríamos con los Weasley –añadió su madre, arrugando la nariz.

-Yo tampoco soy un gran admirador de esa familia –dijo Draco-, pero si es eso lo que Scorpius quiere, apoyaré su decisión. La felicidad de mis hijos es lo que más me importa ahora.

Continuará.