Una historia pequeña de como llego Taro a los brazos de T.K

Taro el bebe.


Interior-apartamento de Kari-Noche.

Una mujer con su Digimon, llega a casa. Kari cierra la puerta. Abre el cajón de su escritorio. Toma un mellón y lo abre, mostrando una fotografía de un hombre de pelo rubio y ojos azules con un bebe en los brazos, estaba cubierto por una pelusilla rubia, a lado suyo dos Digimons.

Kari acaricia el mellón.


Flashback

Una vez más, un hombre rubio encontró trepando. No había encontrado a su novia en su apartamento en más de seis meses, pero aquel continuaba siendo su lugar especial, y experimentaba una agridulce felicidad ante la expectativa de disfrutar pronto de la dulce tortura de estar tan cerca de la memoria de su amada. Como siempre, contemplaría la vista, recordando los momentos que habían pasado juntos y buscando con la mirada, entre las luces de la ciudad, alguna pista de dónde ella pudiera estar ahora. Eventualmente comenzaría a recordar aquel momento, seis meses atrás, en que un mensaje enviado por ella a través email lo había llevado hasta ella, pero apenas había alcanzado a verla de lejos, mientras entraba en un automóvil, y sus intentos de frenar el vehículo habían fracasado. Este recuerdo le causaría renovada ansiedad y frustración, y pasaría el resto de la noche vagando por las calles de la ciudad buscando a su amor, en vano. Si al menos pudiera sentirla…

En su lugar, sentía este molesto latido. Sacudió la cabeza una vez más, incómodo; la extraña sensación había aparecido súbitamente hacía tres días, junto a un intensísimo e inexplicable dolor que lo había llevado al borde de la locura; pero durante el viaje el latido se había identificado. Tal vez el ejercicio… su hermano no quería que saliera, y probablemente tenía razón: todavía se estaba recuperando.

Antes de alcanzar el balcón, se dio cuenta de que algo andaba mal, y recorrió el resto del viaje con precaución. El apartamento estaba iluminado.

Cabía la posibilidad de que otro policía hubiera entrado al apartamento en busca de pistas en el Caso ; por una vez, los guardianes de la ley eran sus aliados, y les estaba agradecido por su persistencia.

Una desagradable idea se abrió paso en su mente. ¿Y si alguien había ocupado el apartamento? Evadió este pensamiento porque le causaba mucho dolor.

Cruzó el balcón. Sabía que por su propia seguridad debía abandonar el terreno, pero no se detuvo a considerarlo siquiera: ahora que su enlace empático había desaparecido y ella no estaba cerca, este lugar era su lazo con ella, y el perderlo lo aterrorizaba como si por analogía la estuviera perdiendo a ella.

Una punzada de nostalgia lo asaltó al ver iluminadas las puertas francesas desde las cuales tantas veces ella había corrido a sus brazos. Podía ver tres sombras en su interior. Cautelosamente se acercó.

En un primer momento no pudo creer lo que estaba viendo. Sería otro sueño. Y si era así, no quería despertar… puesto que le daba la oportunidad de contemplar la figura de esa mujer… tan cerca… como si no se fuera a evaporar al tocarla… No se movía con la ligereza que él conocía, y su expresión era de agotamiento y tristeza, pero era ella… segura… en su hogar…

Ahora estaba tan cerca que podía apoyarse en la puerta, y lo hizo, sin pensar siquiera en la posibilidad de que la otra figura lo viera. Este sueño era demasiado bello, demasiado importante.

Tai no miró hacia allá, contemplaba con preocupación a la mujer. Ella había atravesado momentos muy difíciles. ¡Había pasado todo su embarazo secuestrada por Divermon! De no ser por un hombre llamado Pedro, que la había encontrado y había guiado hacia ella a la policía… Había sido una buena decisión emplear a ese hombre. Aún a pesar de su ayuda, había sido hallada justo a tiempo, y había tenido que dar a luz en una ambulancia, en precarias condiciones. De eso hacía solo tres días. Era increíble la fortaleza de esta mujer extraordinaria, que ahora lo despedía con rostro tranquilo, aunque cansado.

La abrazó levemente y cruzó el umbral, pero, reticente a dejarla sola, se quedó allí hasta que la vio cerrar la puerta.

La mujer apoyó la frente contra la puerta y suspiró. En medio de la maravilla que iluminaba el alma de Takeru, este sintió una punzada de inquietud, seguido por el imperioso deseo de consolarla. Levantó la mano y solo vaciló un momento antes de percutir el cristal con sus uñas, como solía hacer tantos meses atrás.

Un segundo después, sus brazos se cerraban sobre la delicada y cálida figura de su amada y la sentían temblar. Sintió que los brazos de la mujer castaña rodeaban lentamente su cintura, y el contacto tan familiar y añorado humedeció sus ojos. Apoyó la mejilla sobre su cabello, y sintió el aroma de su amor. Hacía meses que ni siquiera en el apartamento de la mujer castaña esta fragancia era tan intensa; Takeru se maravilló de lo bien que podía recordarla, y agradeció con todas sus fuerzas a su subconsciente por regalarle un sueño tan nítido, tan lleno de detalles; lo atesoraría por el resto de su vida.

Se abrazaron estrechamente mucho tiempo; ninguno de los dos tenía deseo ni voluntad de cortar este momento, largamente anhelado.

Un vagido los separó. La mujer echó un vistazo hacia su apartamento y entonces se volvió para mirarlo a los ojos. Un escalofrío recorrió a Takeru: no necesitaba un lazo sobrenatural con ella para comprender su expresión, y era de vacilación, casi de culpa.

En todo caso, solo duró un momento, hasta que la mujer corrió hacia el origen del sonido.

¿Un niño? ¿Ella tenía un hijo?

Una turba de emociones poderosas y contradictorias atravesó el corazón de Takeru como una flecha mortal. Solo pudo identificar algunas de ellas: una rabiosa envidia como nunca había conocido hacia el padre del chico (quienquiera que fuese) y culpa por sentir una emoción tan mezquina, junto a orgullo por la mujer castaña y anticipado placer por verla en el papel de madre que tan bien ceñiría a una mujer tan completa.

Al lado de estas emociones, sus preguntas no tenían sentido: eran demasiado coherentes. "Si no había sido forzada a irse, ¿por qué había desaparecido tan de repente, sin hablar con él?". "Si no estaba en peligro, sino solo… pasando tiempo con su nueva familia, ¿por qué lo había llamado en su auxilio a través de email seis meses atrás?". "¿Quién era su pareja?" ¿Qué importaba todo eso ahora?

Ella tardaba en volver. Tal vez estaría amamantando a su hijo, pensó Takeru con emociones ambivalentes. Por un momento pensó en alejarse, pero no tenía fuerzas para dejarla, no ahora, y halló pretexto para no hacerlo en la cálida bienvenida que ella le había prodigado.

Finalmente la delicada figura de la mujer se acercó. Esta vez Takeru notó su vientre levemente dilatado y sus senos abultados, así como el rostro redondo tan característico de embarazadas y puérperas. En efecto, la mujer sostenía una criatura entre sus brazos, envuelta en pañales.

Era como una visión.

Takeru hubiera deseado permitirse soñar que esta era su esposa, que este era su hijo, pero tales sueños solo le están permitidos a un hombre, y Takeru no se consideraba tal cosa… no por completo… Ni siquiera en sus más salvajes sueños había valorado la posibilidad de formar con ese mujer una familia, y siempre había sabido que ella sí formaría una propia… con otro hombre… ¿Por qué este dolor, cuando ella había alcanzado la vida que él mismo deseaba para ella? Le sonrió con tristeza, como le había sonreído en aquellos dolorosos días en que ella se había comenzado a enamorar de Davis; aún en su dolor, sentía felicidad por ella, y por este niño que tendría la oportunidad de ser amamantado por ella y, saciado, dormir en sus brazos.

Cuando la mujer se acercó lo suficiente, Takeru pudo ver que su expresión había cambiado: ahora denotaba firmeza. Se detuvo justo delante de él. Takeru quería hablar, decirle cuán bien la maternidad le sentaba y cuánto se alegraba por ella, pero un nudo cerraba su garganta. Finalmente, ella tomó la palabra:

- Takeru, ¿aún confías en mí?

Takeru, recuperando la voz, aseguró:

- Siempre.

- Ven conmigo, entonces.

Lo guió hacia su sala. Takeru se quedó de pie delante de uno de los sillones, aun observándola como hipnotizado mientras ella se volvía. Detrás de ella había ahora un enorme espejo, y Vincent tuvo la oportunidad de verla desde dos ángulos diferentes. Le pareció más hermosa que nunca.

Sin más palabras, la mujer se acercó y le ofreció al niño. Takeru vaciló un momento antes de tomarla; los bebés, esas criaturas tan maravillosas, siempre le habían parecido demasiado delicadas y preciosas para arriesgarlas cerca de sus manos; además, debido a las emociones oscuras que lo invadían se sentía peligroso, y a la vez indigno de este privilegio. Finalmente, ante la insistencia de ella, levantó los brazos y sintió el peso de aquella pequeña vida.

Miró su rostro. Era muy sonrosado y arrugado, y estaba cubierto por una pelusilla rubia, más espesa en su cuero cabelludo; tendría pocos días de vida. A través del delgado pañal sentía su calidez, y por alguna extraña razón sentía el latido de su corazón, no desde el cuerpecito del bebé, sino desde el interior de su propio cuerpo. Tenía un olor peculiar, además, un poco como el de ella. En ese instante, Takeru supo que daría su vida por este con más facilidad que por cualquier miembro de su familia, y supo que lo amaba.

La mujer contemplaba a su familia con cautela. Por su expresión de sorpresa y dolor al escuchar el vagido, había deducido que takeru no sospechaba quién era este bebé; probablemente aún no recordaba cómo habían hecho el amor en la cueva, durante su fiebre. Ya habría sido suficientemente difícil explicárselo todo a inicios de su embarazo, cuando aún nada indicaba que un hijo crecía en su interior; entonces, habría podido partir del principio, de su desesperación por dar calor a su amado, por traerlo a la vida, y de cómo, al sentirlo responder, en su corazón había sabido que solo el amor podría traerlo de la muerte.

La mujer castaña no quería imponer de golpe la identidad del niño, y ya no era tiempo de partir de la concepción. Tendría que confiar en que el corazón del padre reconociera a su hijo.

Cuando el modo en que el hombre sostenía en brazos al niño, se volvió más natural, ella supo que había tomado la decisión correcta.

- ¿Qué sientes? - preguntó ella impulsivamente, y recordó la primera vez que Takeru había sostenido al bebé de Mimi, casi tres años atrás.

Pero para él esto era diferente. Apenas levantó la mirada ante sus palabras, y volvió a mirar al niño con ternura. Se parecía a todos los recién nacidos, pero en sus rasgos se insinuaban algunos heredados de ella. Takeru amaba aquellos rasgos. Intentó responder la pregunta, incluso abrió la boca y tomó aire, pero no había palabras, así que sacudió la cabeza levemente, sin apartar la mirada de la criatura.

El leve movimiento hizo al infante abrir los ojos. Curiosamente, no se echó a llorar, solo miró al hombre con curiosidad.

Takeru miró en los ojos del bebé, infinitamente azules, y sintió que sus piernas temblaban. Recordaba aquellos ojos, que había contemplado mucho tiempo atrás en la superficie del agua quieta… en su reflejo. Sintió la enormidad de esta revelación antes de analizarla.

La mujer lo vio vacilar y sonrió.

- Heredó tus ojos - confirmó suavemente.

Vio demudarse su expresión, vio derrumbarse al hombre que amaba sobre el sillón. Él estaba temblando violentamente (y tal vez ella también), pero el niño se mantenía quieto y seguro entre sus brazos, sin ser tocado por la vibración.

La mujer se movió rápidamente para arrodillarse a su lado. El estado en que lo veía, aunque comprensible, la preocupaba.

El lazo entre su mirada y la de su hijo no se había cortado ni por un instante. Finalmente, el niño se acurrucó y volvió a cerrar los ojos. El padre lo imitó.

Takeru estaba en shock. La primera emoción coherente que pudo distinguir fue una felicidad trascendente, inefable, que llenaba todas las fibras de su ser y llegaba a su corazón, hasta un lugar que él mismo nunca había sabido que existía. No podía pensar con congruencia, y largo tiempo le costó controlar su voz. Finalmente, trató de articular:

- ¿Cómo…? ¿Cuándo…?

- En la cueva cuando nos quedamos cerrados, y nuestros Digimons fueron por ayuda, durante tu enfermedad. No estabas del todo consciente, pero…–un gemido pareció resonar por la estancia, como sus recuerdos- Takeru, por un momento estuviste muerto; yo tenía tanto miedo… Y cuando me abrazaste… Yo no te podía negar nada… y yo también… Takeru, necesitaba sentirte tan cerca como fuera posible, luego de haberte dado por perdido…

Sus palabras eran inconexas y casi carentes de sentido, como las emociones que la habían movido en aquel momento, pero fueron suficientes.

T.K se sentía dividido. Quería gritar de alegría, llorar, cargar a su hijo, estrechar en sus brazos a la mujer, y aún todo eso no sería suficiente; de modo que recogió toda esa felicidad en su interior, la puso en una mirada y se la regaló a la mujer.

-Gracias –dijo simplemente; la palabra no podía contener todo lo que sentía, como no lo harían todas las palabras del mundo, pero el resto tendría que expresarse en acciones, y el resto de su vida no sería suficiente.

Ella se irguió y tomó en brazos al bebé. Por un momento, permaneció ante él.

"Su mujer" pensó Takeru con atónito orgullo; la había poseído físicamente nueve meses atrás, pero ella le había pertenecido desde mucho antes; y él ya no podría ignorarlo: la felicidad que antes no se había permitido asir se había acurrucado en su mano como por propia voluntad. "Su hijo"; la idea le quitó el aliento.

Se puso en pie, al lado de ella, y la mujer pasó su brazo libre por su cintura y apoyó la cabeza en su costado; T.K pasó un brazo por su hombro, un gesto protector ya familiar, y colocó la mano sobre su hijo plácidamente dormido en brazos de su madre. Luego levantó la vista hacia el espejo, sin miedo, y este le devolvió la visión más hermosa que había tenido nunca.

Su familia.

En la pequeña casa de Takeru, vio a la mujer levantar la vista hacia él, y se volvió a contemplarla. Ella le sonrió, y la mirada de él fue atraída hacia su boca entreabierta. Por costumbre luchó por un momento contra el deseo de probar aquellos labios, pero luego se rindió a él con una sonrisa.

Fue un beso casto de recién casados: hermoso y efímero, pero preñado con la promesa de estar juntos toda una vida.

Luego, con ligereza, la mujer anduvo hasta su cuarto y desapareció en la oscuridad. Reapareció, aún con la criatura entre sus brazos, para invitarlo a seguirla. takeru vaciló, pero su necesidad de permanecer junto a ella no le dejaba alternativa.

Desde la puerta, la vio colocar al niño suavemente en la cuna, cerca de la puerta francesa oculta por cortinas, y luego volverse y sonreír.

En aquel cuarto, recortada contra la noche y las cortinas pálidas y vestida con aquel pijama blanco, la mujer le recordaba un sueño que alguna vez había tenido. Se acercó a ella, que lo tomó de la mano y lo guió hacia la cama, se recostó e hizo espacio para él.

Él sacudió su indecisión: no sería la primera vez que velaba el sueño de su amada; resuelto, se quitó las botas y se recostó frente a ella. No se tocaban, pero solo el estar frente a frente, el poder contemplarse, los hacía felices.

- ¿Cuál es su nombre?-preguntó T.K

- No tiene aún: quería contar con tu opinión… Estaba pensando en… Taro… quiero pedirte algo.

T.K sonrió:

-Buena elección. Dime…

-Quiero que se quede contigo, creo ocultar nuestro amor.

El hombre le dio la espalda y dijo:

-no puedo separar a un hijo de su mama. En todo caso somos Patamon y yo quienes debemos alejarnos de ustedes tres, sabía que no debí hacer carme a ti otra vez. Pero nuestro lazo es más fuerte que yo.

-nuestro lazo a salvado mi vida varias veces. Pero… la oscuridad Dijo ella.

-¿la oscuridad? Pregunto Takeru.

-si la oscuridad que uno de mis hi… que mi hijo vive. Mi digimon dice, que tiene mi don. Es más fuerte que yo. Dijo ella mientras se levanta.

La mujer toma al bebe entre sus brazos.

Takeru se levanto, y se dirigió a un cajón especial en la vitrina. –el hombre se acerca a ella.-te devuelvo eso.-le da dos medallones y un lápiz.

-mi lápiz, yo te di cuando tenias 8 años. Dijo ella. –no me quieres ver nunca mas.

-no, todo este tiempo he trato de protegerte. Por mi culpa la oscuridad te llevo otra vez. Yo necesito mas que tu a mi.

-no separaremos lo prometo. Dijo ella. -buscaremos la forma-la mujer le da un beso.-pero.. a ojos de todos tu serás padre soltero.

-"Todo esto, mi culpa. Pensó T.K- pero no puedo decirle del trato que hice hace tiempo."

-yo estaré cerca de ustedes. Dijo ella.-aunque no sepa quien soy.-la mujer le da los dos medallones y el lápiz.

T.K tomo uno de los mellones y el lápiz.

La mujer se acerco y dio al bebe.

Fin del Flashback

Kari cierra el mellón y toma una pelusilla rubia.


Fin del capitulo.