Nota: Crack fic.

Cuando Helga G. Pataki perdió la paciencia

La que no tenía.

Parte I

Un buen día en el que cancelaron la clase de álgebra, porque el profesor se había enfermado de mononucleosis, los antiguos alumnos del señor Simmons se dieron cuenta que Helga G. Pataki había perdido la paciencia. Sucedió de la nada, en un arrebato furioso que los dejó a todos con los ojos bien abiertos y la boca lista para empezar a correr el chisme. Fue tan impactante que incluso Rhonda, la autodenominada reina de la murmuración, dio su silencioso permiso para que la exclusiva no avanzara solamente por su cuenta. Esa era el tipo de noticia que necesitaba de la opinión de todos los involucrados (lejanamente involucrados) para llegar a una conclusión lógica.

El espacio libre que había entre la cancha de fútbol y el estacionamiento no era propiamente un patio. Eso no parecía preocupar a ninguno de los adolescentes, muchos adolescente, que lo habían escogido para pasar sus ratos libres. Se separaban en grupos de cuatro o cinco personas y, a veces, había parejas atrevidas que se recluían en una esquina y se gastaban el tiempo del almuerzo en besuquearse y manosearse un poco. Era el sitio más público y menos romántico de la escuela y, sin embargo, existía un empeño masoquista en escogerlo como favorito y a la hora punta.

Todo había comenzado como una sospecha sostenida en los rumores que comenzaron a circular cuando la clase de Geometría (la primera del día) acabó. Nadie lo sabía con seguridad, pero todos aseguraron haberlo visto con sus propios ojos y escuchado con sus propias orejas. Te lo juro, afirmaban. No me vas a creer, comenzaban. Pero no le vayas a decir a nadie, pedían con poca o nada de convicción. ¿Será cierto?, preguntaban por educación y sonreían con malicia. A medida que avanzaba el día el mensaje se hacía menos incierto y más fantasioso. Ya casi nadie preguntaba por la fuente y más que la fuente, lo importante era encontrar a los protagonistas.

La suerte que tenían todos los curiosos del pueblo, que fuesen Arnold y Lila los que estaban conversando tranquilamente en medio del patio. El primero porque era tan anormalmente distraído que apenas si se había dado cuenta de las miradas escrutadoras que lo veían de reojo. La segunda porque era tan amable, incluso con los metiches, que fingía no darse cuenta del interés desmedido que se había suscitado desde su aparición.

La situación era la de toda la vida. Arnold era un chico atractivo y Lila era una chica atractiva, ambos habían estado coqueteándose por dos semanas desde san valentín y era vox populi que ya tocaba hacer la pregunta de regla y obtener la respuesta obvia. No hubiese sido tan interesante de no ser porque, a veces, Lila tenía reacciones inesperadas. Así que, ahora, lo que le interesaba a todo mundo era saber si serán, podrán ser o de plano esperemos a ver qué pasa.

Había compañeros menos entusiastas que otros, que se quedaban en silencio porque ninguno de los chicos les caía mal y consideraban de mal gusto interrumpir o retrasar algo que se venía sí o sí. Estaba, por ejemplo, Stinky Peterson, ex estrella de yahoo y actual tercero en discordia. Bueno, secreto tercero en discordia, hacía sólo una insignificante semana que su negación había terminado. Sabía que le gustaba Lila Swayer como al que más, su belleza no era ningún enigma después de todo, pero de un tiempo acá (un poco antes de san valentín) había comenzado a desarrollar un fastidioso estado de mariposas en el estómago. La veía y su mundo se convertía en pudín de limón con merengue al costado, no podía evitarlo, se había enamorado y casi al mismo vino la resignación. Arnold le había ganado por puesta de mano muchos años atrás. Ni siquiera se atrevía a intentar pelear, se lo había imaginado muchas veces, por el amor de la señorita. Lo asumía con mucha pena y con la secreta esperanza de que ese vaivén de sí y no durara toda la vida o hasta que Arnold se cansara y se enamorara de alguien más. Había chicas lindas por ahí.

Así que, mientras Sid y Harold ponían los ojos en blanco y se burlaban secretamente de Arnold y sus nervios, Stinky miraba a Lila con añoranza y evitaba suspirar. A su lado, ya lo sabía, Rhonda le daba golpecitos de ánimo en el hombro. Se había enterado casi antes que él mismo y en un acto de humanitaria compasión se había resistido de contárselo a nadie. Ni siquiera a Nadine. Stinky se lo agradecía y le había prometido una semana de servidumbre para mantener el buen ánimo. Cerrado el trato, les quedaba sólo presenciar la confesión de la semana.

—Lo siento, Stinky. —Dijo de pronto, mirándose las uñas.

—¿Por qué, señorita Rhonda?

—Ya no importa, pasó hace tiempo. —Suspiró y se pasó la mano por el cabello—. El mensaje en la pared.

—¿Perdón? —Preguntó algo distraído, debatiéndose entre mirar y no mirar mientras escuchaba las risitas entrecortadas de Lila—. Creo que iré al salón.

Rhonda asintió levemente pero no comentó nada cuando Stinky hizo el amago de moverse y se quedó finalmente en el mismo lugar. No se sentía especialmente inclinada a decirle nada y la disculpa le había salido más como una reflexión que como una excusa. Habría un montón que comentar luego de que esa pareja se formalizara y esperaba que Stinky se lo llevara mejor de lo que dejaba ver en ese momento. Él era, además, uno de los muchos que seguramente estarían envidiando a Arnold en secreto. No era culpa de nadie, así pasaba en el amor cuando se encontraban los sujetos ideales. Ella misma, incluso, no podía evitar la sensación de insatisfacción que se alojaba en las venas. No venía de un sentimiento en particular, pero lo había pesando alguna vez, muy brevemente y en un momento de ociosidad meditabunda. Se quedaría así, al parecer, dado que el rubio tendría enamorada por el resto de la secundaria.

—Esto es ridículo, en serio. ¡Déjenlo en paz! —La voz cansada de Gerald la sacó de sus cavilaciones. Se volteó y lo vio llegando, tenía el uniforme del equipo de básquetbol y era la viva imagen del resultado de un arduo entrenamiento. Rhonda arrugó la nariz.

—No sé de qué me hablas Gerald. —Le informó, haciéndose la desentendida—. ¿Es que no tienen duchas en el gimnasio?

—Vengo por mi toalla. —Le señaló un punto lejano en el estacionamiento, seguramente se refería al viejo auto que había remodelado en el verano—. Llego y los encuentro a todos mirando a Arnold y Lila. Gente, ¿conocen lo que es la privacidad?

—Bueno Gerald, están en un lugar bastante público. —Intervino Nadine y se ganó una mirada disimulada de Rhonda, que quería seguir pretendiendo no entender lo que Gerald le decía.

—Entonces no lo hagan tan obvio, ¿está bien? —Repuso sarcástico—. Finjan que tienen cosas que hacer.

—¿Por qué mejor no vas en busca de esa toalla? —Contestó Rhonda con sequedad—. Apestas.

Gerald resopló indignado pero le llegó un desagradable olor que, sospechaba y no quería confirmar, tenía origen en su propio cuerpo. No quiso seguir discutiendo en tan desagradables condiciones así que tomó el resto de su dignidad y se marchó, no sin antes lanzarle una mirada de reprobación a Rhonda y a sus irritantes costumbres. Arnold, también, tenía la culpa por ser tan dadivoso al exponer sus intimidades al escarnio de las valoraciones de su grado. Ya se arrepentiría seguro, ojalá se decidiera a no decir nada comprometedor. Rabiarían todos por la pérdida de tiempo, eso sería divertido.

Iba riéndose en sus suposiciones, silbando y moviendo las llaves de su auto en su dedo índice, distraído y apurado, ni siquiera notó el bólido rosa que pasó por su lado y que avanzaba por el camino que él acababa de atravesar. Gerald se perdió la primera señal.


Era la cuarta vez que Harold preguntaba si ya podía empezar a meter bulla. Era la cuarta vez, también, que Rhonda le pedía que se callara y dejara que Sheena (que sabía leer los labios, oh sorpresa) los pusiera al tanto del progreso de la conversación.

—No los entiendo muy bien Rhonda. —Se disculpó—. Creo que estaban hablando de una película que ambos han ido a ver.

—¿Cuál?, ¿la del viernes? —Comentó como si nada—. Si fue aburridísima. ¿Estás segura que no están diciendo nada más?

—No. Ahora ya cambiaron de tema. Creo que Arnold está hablando de una obra de teatro que van a traer a la ciudad.

—¡Eso es! —Exclamó Rhonda con una sonrisa—. Ahora es cuando la va a invitar a…

—Oh, mira, es uniceja. —Señaló Harold que se dio cuenta que había llegado porque estaba mirando a Patty y Phoebe conversar, las únicas desocupadas de los asuntos del resto.

—Harold, por última vez, cállate. —Rhonda le reprendió y sólo dio un vistazo desinteresado a la recién llegada antes de volver su atención a lo que Sheena podía leer—. ¿Por qué no vas con Patty y dejas de fastidiar?

Berman soltó un bufido indignado pero decidió hacer caso a la recomendación. Se estaba aburriendo como la mierda mientras esperaba lo que sea que estuviera sucediendo entre Lila y Arnold. Además, no es que le interesara más allá de las bromas que pudiera hacer a partir de ellos. Encima, había que estar aguantándole el mal carácter a Rhonda, ni tiempo tuvo de considerarlo porque ya estaba encaminándose al trío que Helga, Phoebe y Patty habían formado.

Se quedó con el saludo sarcástico en la punta de la lengua. En cualquier otra oportunidad hubiese aprovechado para fastidiar a Helga y continuar con la rutina de siempre. Te insulto, me insultas, interviene alguien, se deja todo por la paz. Esa vez, y Harold sí se dio cuenta de la segunda señal, Helga estaba furibunda. No era sólo el ceño arrugado de siempre, ni siquiera tenía las manos vueltas en puños, ni siquiera hombros levantados a la defensiva. Era solamente el aura alrededor de ella, un tipo de furia calmada que daba miedo, que imponía una separación y que estaba destinada (lo supo por la dirección de la mirada) cómo no al rubio y a la pelirroja que se reían con soltura. Los va a matar.

Entonces Harold se puso a pensar como nunca antes en su vida se había puesto a, bueno, pensar. Si Arnold y Lila iban a ser pareja, como todo mundo parecía opinar, no tenía nada de malo. Si Helga los quería asesinar con la mirada entonces era obvio que algo le parecía mal. Le parecía mal que estuviesen juntos. Sólo había dos opciones que motivaran ese razonamiento. Harold casi se cae culo. Helga tenía sentimientos. La epifanía le había llegado como un golpe en la cabeza y le había hecho abrir la boca como idiota. Puta, mierda, joder. Helga Pataki tiene sentimientos.

Así fue, Helga G. Pataki y sus sentimientos atravesaron el patio en cinco zancadas inhumadas y se pararon en frente de la desconcertada casi nueva pareja. Nadie sabía si había sido su intención llamar la atención (porque la rubia molestaba y punto), pero lo logró tan rápido como que Stinky dejó de lagrimear, Sid se tragó una carcajada y Rhonda abrió la boca (en una manera muy parecida a la de Harold) por un momento fugaz.

—A ver risitas. —Dijo de mal humor y con una sonrisa sarcástica que más parecía una mueca. Nadie supo si se refería a Lila o a Arnold—. ¿Qué está pasando aquí y por qué todos estos idiotas están tan atentos en dejarlos hablar solos?

—¿Helga? —Lila fue la primera en reaccionar—. Hablábamos de ir al teatro. Arnold dice que…

—Sí, sí, ya lo sé. Ya vi los carteles. —La interrumpió e hizo un gesto violento con la mano—. Eso no es lo que quiero saber. Dime, el cabezón cara de mono, ¿se te está insinuando o algo parecido?

—¿Qué? —Arnold intervino en voz muy alta y aguda, parecía horrorizado—. ¿Qué demonios…? ¡Helga!, ¿qué te sucede?

La rubia se cruzó de brazos, se quitó la gorra azul que cubría su moño rosado y la tiró al suelo. Se veía un poco indignada. Bueno, muy indignada. Su enfado, sin embargo, no le había quitado la expresión sarcástica ni la sonrisita de burlona superioridad con la que parecía haber dominado a todo ser humano que estaba observando. Ni siquiera Arnold, que se debatía entre la perplejidad y el fastidio, parecía dispuesto a interrumpir su arrebato. Todos dieron un respingo cuando aplastó la gorra con el pie y la estrujó con rabia, como si no fuese suya.

—Vamos a dejar las cosas claras de una vez por todas. —Se dirigió a Lila—. ¿Estás de acuerdo? —La pelirroja no parecía enterarse de lo que Helga quería aclarar, pero asintió de todas formas—. Tú, ¿estás enamorada de Arnold?

La pregunta venía con la amenaza de elegir una única respuesta. En este caso, la respuesta correcta era no en muchas formas. No, no me gusta Arnold. No, lo siento, pero no. No, Helga por favor no me mates, acabo de decir que no. No, perdóname Arnold pero Arnie me parece más sexy. Sin importar si la verdad era , la respuesta tenía que ser no. Pero Lila no tuvo que debatirse, ni ponerse al filo de una paradoja moral para salvaguardar su salud física y mental. De hecho, la respuesta le salió con tanta naturalidad que pudo escuchar los murmullos de asombro de todos los que se estaban ganando con el espectáculo. Se preguntó vagamente si había actuado de forma que les hubiera hecho pensar lo contrario.

Helga no parecía sorprendida en lo absoluto, le alzó la (uni)ceja en un gesto que, tergiversado, pudo haber expresado aprobación y se volteó a ver a Arnold con una gran sonrisa de satisfacción en la cara. Todos sintieron una corriente de simpatía por el rubio y una conocida sensación de irritación ante lo que presenciaban como el comportamiento habitual de Helga (gracias a todos los santos porque les estaba asustando de muerte). Ahora lo que les quedaba era ver a la rubia destruir el último rastro de dignidad del buen amigo Arnold y reírse con esa infecciosa provocación que le salía del pecho.

—Ahí lo tienes. Te acaba de rechazar y ni siquiera le has preguntado. —Helga hizo un gesto con la mano para callar las disculpas apresuradas de Lila—. ¿Y bien, te vas rendir de una vez por todas? —Eso despertó el interés general. Hasta Arnold cambió la mirada herida por una de, nuevo y mejorado, desconcierto—. Dilo ya.

—Helga, ¿qué demonios te pasa? —Replicó exasperado—. ¿Qué te hace creer que tienes el derecho de asumir lo que sea que estábamos conversando y obligarnos a contestar tus tonterías?

—No son tonterías. —Escupió con amargura—. Y tengo todo el derecho del mundo. —Se acercó y cogió a Arnold del cuello de la camisa. Una nueva ola de exclamaciones le hizo coro—. Pero primero contéstame, ¿te vas a rendir?

—¿Me voy a rendir de qué? —No se inmutó por el puño de acero que se cerraba cerca a su garganta. Estaba tan molesto con Helga que ni siquiera podía mover los músculos de toda la tensión acumulada—. Suéltame.

—Muy bien. —Pero ese muy bien no sonó como muy bien en absoluto. De hecho, ese muy bien parecía una promesa, una advertencia, una amenaza de esas que aparecen en las películas de terror cuando el protagonista está a punto de sufrir una muerte terrorífica. Lo peor, definitivamente, era la sonrisa—. Si vas a seguir con lo mismo, no me queda otro remedio.

Phoebe chilló desde su esquina y le tomó la mano a Patty. Dios santo, fue lo último que alcanzó a susurrar antes de que se quedara muda de la impresión. A su lado, Patty sonreía con nerviosismo y murmuraba entre dientes, no se atrevería. Harold seguía el ritmo de los ojos azules y vio un destello de lunática intrepidez, lo conocía tan bien como se conocía a sí mismo. Joder, Helga va a hacer algo estúpido. Rhonda arrugaba el ceño y no se atrevía a hacer las preguntas que le estaban quemando la punta de la lengua. De qué remedio habla. Sheena tenía los ojos abiertos a su máximo y ni siquiera se había dado cuenta que la bebida que Sid había dejado caer le estaba ensuciando las sandalias. Stinky tuvo un déjà vu con sus conflictivos sentimientos de primaria y, con perdones de la señorita Lila, no pudo evitar la sensación de repentina admiración y encandilamiento que Helga le provocó por un segundo.

—Haz lo que quieras. —Dijo Arnold esperando, en su más loca imaginación, un golpe en el rostro. Lo que el pobre no sabía es que su declaración sería, después, malinterpretada como una invitación indecorosa.

Helga le quitó el sombrero azul y se lo dejó en la mano derecha. Para que no se te pierda, le murmuró cerca de la nariz y cerró los ojos. Lo besó con toda la delicadeza que el impulsivo acto le permitía, lo besó con años y años de Helga y con todo el mal humor Pataki. Lo besó intrépida, nerviosa y con la confirmación de una confesión antigua que no se había olvidado. Lo besó despacio, lo besó sobre el ruido y con la intensidad de una pasión desbordada. Lo besó con declaraciones, poemas y una intimidad que se forja con los años. Lo besó profundo, caliente, con los labios más suaves del mundo y con la promesa de fuegos artificiales. Lo besó como se besan los que se encuentran de casualidad y se aman para siempre. Lo besó y casi no duró nada, casi no duró toda la vida.

El silencio sepulcral que siguió a su actuar inexplicable le dio el fondo adecuado para soltar la camisa de un Arnold estupefacto y declarar, en un acto de teatral premeditación, la causa de su manifiesta locura (al menos así lo entendieron todos).

—Que te quede claro Arnold. —Amenazó con un índice maleducado y acusador que lo marcaba para toda la eternidad—. Tu primera y única novia voy a ser yo. —Le puso el sombrero y, con toda la elegancia y dignidad del mundo, se dio la media vuelta para marcharse.

A nadie le alcanzaba el cerebro para pensar en nada más elaborado que no fuera un simple y alegórico:

¿Qué?

Continuará


Bueno, ahora sí, esto sí será lo último que publique este año. Igual nos quedan, ¿cuánto?, tres días más. Esto es corto porque son varias partes de una tontería que se me ha ocurrido. Verán, me frustraba (no sé ustedes) que Helga siempre terminara coaccionada por sus propios sentimientos. ¡Que yo quería que fuera y le dijera a Arnold de una vez todo lo que ya sabíamos todos!, venga que me sentí tan realizada con el beso de la película. Luego lo tenían que arruinar con el furor del momento y me asesinaron de nuevo. En todo caso, lo que quería era desquitarme de todos esos capítulos y dejar que el lado más decidido de Helga tomara las riendas. Por eso, notarán, aquí no hay nada de sufrimiento, lágrimas, arrepentimiento, de si te digo o no te digo, de salir contigo o la otra (que para eso tengo el otro fanfic, ehem). Esto es pura comedia y besos robados y abrazos y amenazas y Helga dominando el mundo con puño de acero. Ya me dirán ustedes si desean saber cómo continúa, en todo caso les voy adelantando que es pura seducción a la Pataki, juar.

Ahora sí, ¡feliz año nuevo a todos!, espero que lo pasen de lo mejor y que todo les salga de puta madre el año que se nos viene.

¿Clic al botoncito? :3