Nota. El capítulo no está dividido en partes (o bueno, sí). Las "partes" en paréntesis hacen referencia a los capítulos en lo que la escena está ubicada. Atención. Les recomiendo leer todo el fanfic antes de continuar, para que tengan las escenas más frescas. Lo sé, soy un lastre que da órdenes pero así me quieren :D ( y por supuesto que leerán como mejor les parezca).

Un saludo especial a KARINA1189 por su embarazo. Que todo vaya bien, cariño.

Parte XIV

Todo o nada.

(Parte I)

Paciencia. Ten paciencia, Helga. Paciencia como la que Penélope tejía mientras Ulises andaba de perdido, acosado por Poseidón, por el mundo. Ten paciencia en medio de todos esos cazadores vulgares que acosan los muros de tu tranquilidad. Ten paciencia. Años, Helga, años que se van a desperdiciar en un arrebato que no vale la pena. Racionalízalo. Estás en la última fila de una de las clases más difíciles de la secundaria. Geometría del espacio, había amenazado el profesor en la última clase, y todo lo espacial sonaba dolorosamente tridimensional. Doloroso, triple y lejano en el asiento que has escogido. Tan poco poético y mitológico mientras tratas de concentrarte en Penélope y su historia legendaria. Paciencia. No es nada. Es un rumor apenas. Un rumor de los muchos que se escuchaban en la secundaria. El barro en la frente de Rhonda, el meñique extra en el pie de Curly, Stinky como uno de esos vampiros raros que brillaban con el sol, Harold inscribiéndose en un programa de dietas… sí, cosa rara y exagerada, pero así eran los chimes. Chismes. Sólo tenía que pasarlos de largo, como siempre, sin prestarles demasiada atención y burlándose con algún remarque sarcástico si alguien le preguntaba su opinión.

Nadie le estaba preguntando su opinión.

—Helga…

—¿Qué quieres?

—¿Podrías pasarme mi lápiz?

—No.

—Gracias.

Stinky había soltado un suspiro exasperado que se debatía entre la exasperación y el desánimo. Helga se lo tomó muy a pecho y dejó que su propia irritación subiera unos grados. Lo peor, definitivamente, era el silencio premeditado que contaba la verdad a medias y en susurros que le alborotaban el espíritu.

—Cállense. —Susurró para sí misma, pero varios a su alrededor la escucharon y obedecieron inmediatamente. Su voz había sonado gruesa, peligrosa, llena de te callas o te saco los intestinos con las uñas.

Stinky, a su lado, volvió a suspirar. Esta vez lleno de melancolía.

Le empezó a hervir la sangre. Le fastidiaba el sol, la pizarra, el profesor y la geometría. Le fastidiaba, sobretodo, Stinky con sus suspiros ridículos en plena clase y como si lo que le estaban enseñando no fuese importante. Era igual de idiota que el resto, preocupado en sabrá Dios qué mientras el espacio estaba ahí frente a sus ojos. Seguro él también había escuchado los chismes.

—Arnold no almuerza hoy con nosotros, Stinky. —Escuchó, hipersensible, la voz gangosa de Sid a su derecha—. Se lo ha pedido a Lila.

Una risita cómplice y un suspiro todavía más exagerado y melancólico. Mira al frente, Helga.

—¿Ah sí? —Respondió el Sktin-o y sin ganas.

—Sí, ya sabes, creo que se lo va a pedir por fin.

Por fin. Empezó a sentirse un poco hipócrita. Escribía la fórmula del área del paralelepípedo y se acordaba de las dos semanas del infierno que le siguieron al tan famoso día de San Valentín. Las miradas y las risitas ridículas, la indiferencia de Lila y la insistencia de Arnold. A mí que me importa. Pero le importaba. Le importaba porque la piel se le hacía carbón cuando apretaba el lápiz en su mano y parpadeaba rápido para seguir viendo los dibujos de la pizarra. Se sentía extrañamente traicionada, vilmente traicionada, humillada y llena de ese rencor nefasto que sólo se apoderaba de ella cuando perdía un poco de humanidad.

Llegaron a los poliedros y la clase de terminó con el sonido de la campana. Se levantaron cansados y de buena gana, algunos más que otros, mientras buscaban en su horario el salón al que les tocaba cambiarse. Le cancelaron la clase de álgebra y pronto todos tenían dos horas libres de estudio personal. Sin nadie que les pudiera controlar, se pasaron del salón a la biblioteca y de la biblioteca al comedor para apurar la hora del almuerzo. Nadie comía, porque todavía era muy temprano para alistar las bandejas, pero hacían ruido como condenados. Phoebe se sentaba al frente y le hablaba de cosas que poco o nada tenían que ver con los chismes, pero Helga seguía escuchándolos.

—Si quieres, puedes venir conmigo el sábado.

—Iré. —Aceptó entre dientes y ligeramente desesperada—. ¿Se puede saber desde cuándo todos se volvieron tan idiotas?

—Perdón Helga, pero no te comp… —Phoebe siguió el rumbo de su mirada y alzó una ceja—. Hace tiempo que no tienen a nadie a quién emparejar y…

—Lo sé. Pero esto es la secundaria, ¿no se supone que esta clase de comidillas suceden todo el tiempo?

Phoebe prefirió no contestar. Helga se lo agradeció.

Escucharon los pasos apresurados de Park y las risitas entusiastas de Robert que se anunciaban en su recorrido. Cerró los ojos para controlar el dolor de cabeza y se le cayeron catorce años de autocontrol por el piso cuando entendió lo que estaban diciendo.

Arnold y Lila están conversando en el patio.

Exasperada por su propia irritación, Helga tomó sus cosas de la mesa y le lanzó una mirada de advertencia a su interlocutora. Phoebe pareció comprender y detuvo cualquier intento de seguirla. Helga, mientras tanto, buscaba y buscaba en sus recuerdos el lugar que estaba más lejos del bendito patio. Avanzó dando pisotones descorteces y empujando con la corriente que levantaba a su alrededor. La dejaban pasar, cuidándose del entrecejo fruncido y de los puños apretados que sostenían las asas de su mochila. Sentía el temor y la ira, el resentimiento y las ganas de gritar que se le atoraban en la nariz. No podía pensar, pero la cabeza se le llenaba de tonterías y la más estúpida e intrépida de todas se le atoró en un sinfín de elucubraciones. No soy una víctima. Y no, no podía serlo, no como en las historias de amor desesperado tan poéticas que había leído en su clase del siglo XVIII. No, no, no y no. Esta era su historia y tenía que ser grandiosa, inspiradora y llena de sobresaltos. A mitad de su carrera, mientras se alejaba del murmullo y de la gente, se empezó a sentir sola. No en esa clase de soledad que le llenaba los domingos de tranquilad. Soledad, en cambio, patética y desesperada. Soledad de esos personajes que mueren solos y con pequeñas hazañas de sacrificada buena voluntad que se vuelven importantes cuando dejan de existir. Sacrificios que sirven de escalón a las historias más grandes, a las leyendas que todo el mundo termina por contar. Helga sentía que la paciencia se le iba agotando en cada paso que daba. Suficiente. El silencio no le ayudaba a pensar con claridad, el silencio la estaba ahogando y antes de que pudiera razonarlo, su cuerpo estaba salvándole la vida en una respuesta instintiva. Se dio la vuelta y empezó a correr con la ansiedad estremeciéndole el cuerpo y cambiándole de color el cielo. Se dio la vuelta liberada de su inhibición y sin saber qué hacer en ese instante en el que se le había acabado la paciencia.

(Parte II)

Era excitante, sentir la adrenalina corriéndole por las venas y dejarse someter al instinto que le había movido las entrañas desde el comienzo. Oh sí, estaba enamorada, muy enamorada, quizá insanamente enamorada y sin esperanza de recuperación mental. Sentirse enamorada sin los límites estrictos que le había puesto a su secreto era adentrarse a un universo desconocido y sorprendente. A un lenguaje sin alfabeto que seguramente desgarraría el corazón de todos los que fuesen capaz de aprenderlo. Helga sabía que era posesiva, pero sólo hasta que la expresión se hizo libre pudo darse cuenta de la extensión de sus sentimientos. De su fuerza.

Era divertido. En ese sentido cruel, poco amable, del término. Divertido.

—¿Tú y yo? —Repitió Arnold en silenciosa contrariedad. El asa de su mochila se deslizó sobre su hombro hasta encontrar el último ángulo en qué sostenerse—. Espera, ¿qué acabas de decir?

—Me escuchaste. —Sonrió triunfal—. El viernes, en Bigal, a las seis.

Hablar sin tener que morderse la lengua. Quién hubiese sabido que encontraría tal satisfacción en una acción tan sencilla. Cómo podía haber pasado por alto la satisfacción de la expresión, ahí estaban los juglares con sus cantos y sus poemas, ella claro que no iba a recitar poesía, pero se pondría a cantar órdenes y órdenes de afecto. No podía, todavía, acostumbrarse al poder que le había dado el rompimiento de los límites. No podía y, sin embargo, cómo estaba disfrutándolo. Niégate. Miraba a Arnold y era lo único que se le ocurría. Niégate. Casi podía saborear la respuesta, las miles de respuestas, el poder materializándose y desapareciendo. Niégate.

Que Arnold se negara, si podía.

(Parte III)

No sabía qué hacer con la curiosidad/desesperación que se hacía más y más evidente en las expresiones de ese chico al que le gustaba llamar cabeza de balón. Debes ser masoquista, Helga, es la única explicación. Claro que había estado haciendo cosas raras últimamente, cosas que nada tenían que ver con su personalidad y que eran la razón de que Arnold, pelmazo de corazón, estuviese pasando un mal rato. Podía reconocer un breve sentimiento de revancha. Vendetta, Arnoldo, conócela de cerca. Un poco de su ansiedad volcada en la salud mental de otro. Sí, por supuesto, podía vivir con la idea de la tortura. Siempre y cuando fuese ella la única que lo hiciera. Me estoy cobrando, muchas gracias. La pena, sin embargo, le quitaba un poco de elegancia a su venganza. Le quitaba convicción y toda esa exageración que estaba haciendo evidente para los demás. Le gustaba Arnold, mientras caminaba con ella camino al parque y aunque molesto y confundido igual estaba caminando con ella. Se le estrujaba el pecho y quizás el corazón, mientras pensaba en lo profundamente horrible que estaba siendo. Siempre en constante debate, por supuesto que estaba acostumbrada, pero igual le seguía doliendo. Un minuto decidía acabarlo con la sinceridad de sus sentimientos y al siguiente se moría de miedo. Estaba dando todo sin garantías de recibir nada. Era duro, sí, pero quién era capaz de quitarle la alegría.

Arnold claro. Arnold y su expresión de permanente disgusto. Helga se alegró, en su negro mal humor, que se hubiese hecho famoso ese rumor en el que se aseguraba que no tenía sentimientos. De lo contrario, sin riesgos de perder ningún prestigio, quizá hubiese hecho algo totalmente humillante como decir toda la verdad. Nada más que la verdad y la verdad aunque duela. Sin dolor, más verdad que mentira y con una excusa que aunque no sonaba plausible también tenía rasgos de verdad. Se aclaró la garganta y decidió enfrentar lo que siguiera. No podía ser tan malo, después de todo, si podía seguir caminando y comiendo helado junto a Arnold.

—Si tuvieras la amabilidad de ayudarme con un ejercicio de memoria. —Le dijo con ese soberano tonito arrogante—. ¿En qué momento, cítame por favor, me he declarado?

Claro, siempre podría servirse de las lagunas en las que nadie se fijaba.

(Parte IV)

Tenía que ser amor. Amor y nada más que amor. Amor, efectivamente, si podía enternecerse con las ridiculeces más cursis que había dicho en toda su vida. Seguramente, de ser otro, se hubiese indignado. Se hubiese muerto del empalagamiento y del asco, de lo grotescamente doloroso que hubiese resultado mantener una conversación sobre citas, primero, segundo, tercero y así hasta el último. No quitaba, claro, que fuese increíblemente incómodo.

Entendía lo que estaba sintiendo. Había momentos, claro, porque si no la vida sería imposible. Más imposible de lo que ya era. Momentos en los que estaba enamorada, pero sin esas ansias de comerse el mundo. Momentos en los que el amor era demasiado y casi, casi, parecía odio. Momentos de amor extraño que le provocaban actos de desprendimiento extraordinarios. Momentos de amor conflictivos que se peleaban con el disgusto y que insultaban con la firme convicción de seguir alimentando el amor. Amor, raro y conocido, momentos de amor ilusionado que soñaban con modelos y clichés que convertían las fantasías en sueños extraordinarios.

Momentos de intrepidez, amor también, en los que no quería arrasar con todo a su paso pero que todavía eran demasiado para controlarlos.

—Tendremos que hablar, Helga. —Prometió muy serio—. Hasta mañana.

Pero su seriedad no alcanzaba para detener el impulso. Su seriedad era muy paliducha, muy pequeña, muy tenue para enfrentarse al ritmo de la sangre. Arnold era, todavía, demasiado inexperto para enfrentarse a su convicción. No quería alargarlo, con pausas y secretos. No quería seguir mintiendo, pero no era capaz de abrir la boca y decírselo. No podía con los límites de su cuerpo, pero la acción siempre estaba adelantando su deseo. Qué más podía hacer, entonces. Tan cerca y tan distinto. Tan cerca, verdaderamente.

Helga se quedó un instante en el limbo de la incertidumbre, removiéndose en su lugar y como si estuviera dirigiendo una conversación en su cerebro. Si la ganó o no, Arnold nunca tuvo de preguntar, la chica se adelantó en dos zancadas que redujeron cualquier tipo de distancia (física y mental) y se agachó con rapidez, hundiéndose en su mirada antes de plantarte un brevísimo beso en la mejilla.

No podía ser tan malo. No, de ninguna manera.

(Parte V)

Ir al Bigal había resultado ser más difícil de lo que parecía. Todavía quedaba media hora para el encuentro y ella seguía en su habitación, mirando la ropa que tenía colgada en el armario y sin saber qué hacer para quitarse la tensión del cuerpo. Se había lavado largo y tendido, demorándose al propósito mientras se convencía de que luego de salir de la ducha tendría una cita con Arnold. Parecía mentira.

Más raro, todavía, era observar su armario y morirse de vergüenza. No se le había ocurrido pensar qué me pongo si no una versión un poco más complicada por qué tengo que cambiarme. Se complicaba con sus propias inseguridades, por supuesto, porque era una cita y era más que evidente quiero gustarle, pero como ella misma. Quedaba el problema, claro, que eso que llamaba Helga nunca fuese suficiente. Entonces venía el disgusto y el cuestionamiento. Era una cita obligada, después de todo. En qué demonios estabas pensando, Helga. Y seguramente su armario tenía combinaciones distintas y era tan fácil dejarse llevar por el impulso. Si quisiera, podría verse diferente. Podría, incluso, actuar diferente. Cuánto sería suficiente, cuánto tendría que alcanzar para que los cambios dejaran de ser necesarios. Los cambios que no se le antojaban.

Cerró la puerta del armario y le miró de reojo la camisera rosa que tenía sobre su cama. Por el momento, al menos, ella tendría que ser suficiente.

Helga se veía bastante normal cuando apareció en la puerta de Bigal. La misma camiseta rosa, los jeans desgastados y las zapatillas rojas.

(Parte VI)

—Hey Helga.

—¿Arnold? —Dijo en un chillido que camufló con una tos. —¿Qué quieres?

—Buenas tardes a ti también. —Resopló—. Pues… vengo a almorzar, ¿qué te parece?

—¿Qué? —Graznó.

Era su culpa, ¿de quién, si no?, por eso no tenía derecho a sorprenderse. Se sorprendía a pesar de todo, porque también podría sorprenderse de sí misma. Estás enferma. Seguramente hablar en tercera persona tampoco ayudaba, pero estaba demasiado emocionada para fijarse en esos hábitos insanos que había acumulado con el tiempo. Detalles. Ese día tendría que ser marcado en un calendario de hierro. Ese día, si se lo preguntaban, no lo recordaría nunca. No podría, aunque quisiera, repetirlo con palabras. Le quedaría la sensación perezosa y un repentino estremecimiento que nunca se desvanecería. Estaría ahí, sin estar, para siempre.

No me parece. Arnold, te ves enojado, sé que estás enojado porque muy pocos entre nosotros suelen enojarte y yo tengo el privilegio de la constancia. Lo puedo ver, Arnold, el enojo incendiario que refleja el mío. Yo también estoy molesta. Iracunda, diría. No soy Helga, ahora mismo, soy la ira. Te imaginas lo que estoy sintiendo, Arnold, te asustarías de mis impulsos dementes. Tú no me tienes miedo, claro, tú eres estúpido y bueno y te acercas porque sabes que soy débil. Sólo contigo, Arnold, soy débil contigo y por eso tengo que ser ruda. No puedes verme así, pensarías que es mi naturaleza, pero no soy débil, me vuelvo débil por ti y por tu tozudez. Te amo, Arnold. No te puedo dejar ganar, perdóname.

Apenas una inclinación y con los ojos cerrados. La mano bien plantada en la base del cuello y con los dedos acariciando la nuca. El beso, a diferencia del último, no se desbordaba en la pasión agresiva que dominaba Pataki todo a su paso. No se chocaba en la fuerza del impulso y no dolía en el movimiento de los labios. Se perdía, en cambio, en una lentitud anhelante que detenía el mundo y vaciaba de combustible la beligerancia.

(Parte VII)

No era al propósito. Los malos tratos eran resultado de la pura casualidad y de un poco de desborde. Se le pasaba la mano, lo reconocía, pero no era su intención irse tan fuera de los límites. No al comienzo, nunca. Tenía ganas de explicarse, pero más que ganas de explicarse, tenía ganas de hacerse entender sin hablar tanto. Era puro egoísmo. Egoísmo y recelo. Una vez más mientras seguía probando hasta dónde podía llegar. Quería ver cuánto más tenía que hacer para que Arnold perdiera la paciencia. Caminaba rumbo al restaurante sin preocuparse mucho por la hora. Era tarde, lo sabía, pero tenía ganas de llegar y ver qué pasaba. Si estaría ahí, esperándola o si se habría ido para dejarla sola. Ambas alternativas la emocionaban muchísimo. La primera porque era una terca sin remedio y la segunda porque la novedad le despertaba la curiosidad. Sería capaz de haberse marchado. Sería capaz. No parecía algo que Arnold haría, ni siquiera a Helga, su abusiva personal. Cuáles serían los límites que todavía le faltaban sobrepasar.

Límites.

(Parte VIII)

—En Lila.

Reír por no llorar. Mejor molestarse que sufrir. Lilalilalilalila. Arnold la honestidad andando. Quería decirle impertinente, pero no podía. Cómo podían ser impertinentes sus sentimientos si ella misma lo había obligado a expresarlos. Lilalilalilalila. No tenía nada que ver con Lila, claro. Era otra cosa más importante, que dolía más profundo, que llenaba de desazón la calma inesperada. No era que Arnold estuviese enamorado de Lila. El problema era, nuevamente, que mientras Arnold estaba enamorado de una chica que no era ella, ella tenía que conformarse con seguir enamorada de Arnold. Cambiaría de nombre y ella tendría que seguir soportando el sentimiento desagradable y la amargura que le amargaba hasta los sentimientos más nobles.

Lila. Qué bonito sonaba. Lilalilalilalilalila. La mujer amada. Lilalilalilalilalila. Arnold la quería y era ese el detalle que bailaba bajo la luz del sol. Era Arnold quien repetía el nombre hasta el hartazgo y siempre con esa seguridad desarmante que llenaba todo de honestidad y de promesas. Era Arnold el primero y con la promesa de ser el último mientras admitía abiertamente, valientemente, lo que nadie se hubiese atrevido a admitir en su lugar. Helga, también, reconocía que lo admiraba. Admiraba esa fuerza de carácter, distraída y no, que ignoraba los llamados de la discreción. Abierto y espontáneo seguía repitiendo lo que todos adivinaban en sus acciones. Quién podía, verdaderamente, burlarse de su sinceridad.

—Debes estar muy enamorado.

(Parte IX)

Si el ventilador girara fuera de su eje, si se golpeara con la pared y la velocidad peligrosa me arrancara de cuajo la cabeza moriría feliz y sin ningún remordimiento. Sí, claro. Moriría feliz al menos. Lejos de la voz irritante de Olga y de sus órdenes ligeras.

—Hermanita bebé.

Un bebé es lo que necesita para que deje de ser tan insoportable.

—Dime, Olga.

Mátenme. Mátenme ahora.

—Ya nos vamos.

Sentir lástima de uno mismo debe ser una de las cosas más patéticas del mundo y heme aquí, sentada en el auto de mi hermana mientras me lleno de compasión mezquina y de pensamientos inútiles. Ah Helga, querida ilusa, quién te manda a tener un corazón tan estúpido.

—¿Qué te parece si vamos a almorzar?

—No. Quiero regresar a casa, Olga. Apúrate.

—Está bien.

Sentiría pena si tuviese la capacidad de sentir pena por la exagerada desilusión de Olga. Quién demonios pensó alguna vez, sigue pensando incluso, que esta mujer fue o es perfecta. QUIÉN. Que se aparezca para patearle el trasero hasta que lo sienta en la… pero no seamos tan gráficas, Helga, sólo tienes que escucharla para terminar de asquearte.

—No adivinarás qué compre.

—No, no lo haré.

—¡Camisetas de hermanas!

—No debiste decírmelo.

—Las podremos usar todo el tiempo, cariño. Será muy divertido.

—Lo dudo.

—Oh, no lo dices en serio.

—No, claro. Lo digo mortalmente en serio.

—Las hice personalizar con los nombres de cada una.

Dónde mierda hay un francotirador cuando lo necesitas.

(Parte X)

Era gracioso. Gracioso y no tan gracioso, ver cómo Arnold se esforzaba por hacer de una cita no convencional, una cita muy convencional. Es que Arnold no entendía. No entendía que ella tenía que esconderse en lo extraño para no exponerse a lo inevitable. Así era más fácil protegerse y protegerlo. Así era más fácil olvidar que no hacía ni una semana que le había confirmado que seguía enamorado de la misma niña que ambos habían conocido en la primaria. Se sorprendería de su perseverancia, pero sería muy hipócrita no reconocer las mismas circunstancias en su situación. Al final y resultaba que no eran tan distintos como parecía. Se obsesionaban y todo, sin esperanza y alimentados por la terquedad que era gracia natural en su carácter. El suyo, sin embargo, era mucho más sofisticado. Era un querer sin querer que se llenaba de insultos para arrepentirse en cantos gloriosos. Era una cita en un parque de diversiones en el que cada uno jugaba con todas sus ganas y se conseguían sus propios premios. Era más que autosuficiencia, era libertad de espíritu y firmeza de carácter. Era un pero antes de una confesión incómoda y una sutil indiferencia que contradecía todo el propósito de la salida. Yo no necesito que nadie gane nada por mí.

Helga necesitaba que alguien le regalara el refugio debajo de un paraguas.

—Te dije que iba a conseguir mi propio dinosaurio.

(Parte XI)

—Ven conmigo al Chez Paris.

Y no quiere, de verdad que no quiere ir al Chez Paris, pero está ahí cerquísima y la ha besado y por supuesto que no quiere ir. Debería decir que no, debería estar pensando en cómo contestarle, debería hacer miles de cosas pero es como una respuesta. Es una respuesta, ¿verdad? Le había dicho que tenía que ser él. Él. Me escuchaste, Arnold. Era inevitable, entonces, porque ni siquiera le estaba preguntando. Cómo podía negarse si ni siquiera le estaba preguntando. Qué iba a ser con ese estúpido que le dominaba el flujo de la sangre.

El Chez Paris, sí.

(Parte XII)

—Creíste que no me daría cuenta. Qué arrogante, Pataki. Te dije que ese fue el mejor San Valentín que había tenido.

Mala cosa, Pataki, dejarte llevar por tus emociones. Mala cosa esa arrogancia desgraciada que le gana a tu buen juicio. Mala cosa, brujería maliciosa y mala cosa hasta el final si el denso más denso de tu generación resolvía un enigma con tanta facilidad. Mala cosa, también, que se te soltara la lengua tan rápida y tan evidente que el denso en cuestión fuese capaz de hacer los mismos vínculos que tú haces cuando conversas. Mala cosa eso de pretender. Pretender que no se te ha revuelto el corazón y las tripas en un espasmo que le hace eco al asombro.

Mala cosa, ciertamente.

(Parte XIII)

Qué rápido podía perderlo. El poder. Qué rápido se le escurría de las manos y se perdía lejos de donde podía encontrarlo. Qué rápido se transformaba y le hacía morisquetas desde otras manos. Qué rápido se burlaba de su precaria independencia y de sus circunstancias. Qué rápido y tan desconocido mientras se quedaba en otras manos, en esas manos, que le repetían una y otra vez que los sentimientos no podían ser recíprocos. Qué poder, demonios, que se volvía tan caprichoso y petulante.

Qué fácil. Qué fácil, Helga. Tan sencillo como una promesa a medias y un beso en un pórtico para dominarte.

(Catorce)

—¿Estás bien, viejo?

—Sí, ¿por qué?

—Luces más ansioso que Timberly cuando se come tres bolsas de golosinas… y no estoy exagerando.

—Sí, seguro. —Rodó los ojos—. Estoy esperando a Helga.

—¿Por qué?

—Porque… ¿por qué me estás preguntando?

—Alguien está un poco a la defensiva. —Sonrió sarcástico—. Mejor no me cuentes, seguramente me indigestaré.

—Todavía no entiendo por qué se llevan tan mal.

—¿No es obvio? —Alzó una ceja—. Helga es desagradable.

—Tú no eres mejor que ella. —Respondió ofendido.

—Lo soy. Yo nunca he comenzado.

Arnold se rió en un resoplido burlón.

—Sí, claro.

—¡Es verdad!

No era la verdad, pero una discusión inútil se podría alargar por décadas sin llegar a ningún encuentro. Por suerte, para ambas partes, Phoebe llegó con una sonrisa apaciguadora y sin ganas de saber sobre qué habían estado conversando.

—Chicos, ¿cómo estás?

—Buenas tardes, Phoebe. —Respondió Gerald con afectación y le sonrió con muy poca sutileza y mucho carisma—. ¿Pensé que tenías reunión con tu club de química?

Arnold alzó una ceja y Phoebe soltó una risita nerviosa.

—Hola Phoebe, ¿has visto a Helga? —Preguntó todavía sin sacarse de encima el momento incómodo.

—Sí, está en las gradas. Los de cuarto grado están terminando un juego.

—Podría avisar si quiere… en fin. —Se consoló con la expresión compasiva de la morena—. Nos vemos luego, chicos.

—Sí, sí, adiós Arnold. —Lo despidió Gerald sin mucha ceremonia—. ¿Tienes algo qué hacer en la tarde, Phoebe?

—Err… —Por supuesto que sí. Tenía que avanzar su proyecto de física, ayudar en el taller de Nadine y terminar la tarea de economía—. No.

—Genial.


—Podrías haberme avisado.

Helga dio un respingo y se volteó tan rápido que casi se tuerce el cuello. A su lado, Arnold le sonreía burlón y sin una pizca de remordimiento. Caradura.

—Y evitarme el espectáculo de tus reclamos, cómo podría. —Se llevó una mano al pecho—. Verte es como leer un manual de ética del siglo XV.

—Sospecho que estás burlándote de mí, pero mi ignorancia sobre los manuales del siglo XV evita que me enfade.

—Escogí un siglo al azar, yo tampoco sé sobre los manuales del siglo XV, Arnoldo. ¿Quién crees que soy?, ¿Phoebe?

—Si no fuese por Phoebe aún seguiría esperando en la entrada de la escuela, como quedamos, hace exactamente… —Se miró el reloj que tenía en la muñeca—. Cuarenta minutos.

—Me distraje. —Explicó sin disculparse—. No seas aguafiestas, la próxima vez esperaré yo, ¿está bien?

—¿La próxima vez?

—Sí. —Se sonrojó un poco y arrugó el ceño para disimular el azoramiento—. Puede ser.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—¿Vas a salir conmigo?

Helga soltó un suspiro largo.

—No.

—¿Por qué?

—No quiero. —Se aclaró la garganta—. Estuve pensando y yo he pasado muchísimo más tiempo que tú… mucho más tiempo, ya sabes, intentando salir contigo. No es justo. Llámame en catorce años, Arnoldo, después de que se te acabe la paciencia.

—Es porque eres una cobarde. —Helga arrugó el ceño y Arnold sonrió—. Ese es tu problema, Pataki. No trates de meterme en tus complicaciones. Como ves, yo digo que me gustas y realmente, realmente, me gustas.

—Eres un simplón.

—Quizá.

—No voy a salir contigo.

—Tú podrás haber perdido la paciencia, Helga, pero yo todavía la tengo.

—¿Toda la paciencia del mundo?

—Sí.

—Qué arrogante.

—Mira quién habla.

—Todavía te falta mucho, cabeza de balón. —Helga sonrió de medio lado—. Tengo que leer los poemas, ver los altares, sospechar los disfraces, todas esas cosas que tienes que hacer en mi honor. Tengo que verlo todo.

—Eres terriblemente ambiciosa.

—Es el amor. —Dijo burlándose—. Tengo que aprovecharme de tus circunstancias, Arnold.

—Lo que tú digas, Helga.

—Así es, enano, lo que yo diga.


FIN


Nota de autora.

¡Cómo están, retoñitos! Perdonen el retraso, pero me fui de viaje antes de lo planificado y ya no alcancé a actualizar.

Bueno, ya saben que he acabado muchos fanfics antes que este, pero eran básicamente historias cortas. Esto lo publiqué en vísperas del año nuevo y ahora lo termino después de un año y algunos días. Un año es, uf, un montón. Cuando Helga G. Pataki perdió la paciencia eran mis ganas de escribir algo tonto, divertido, fácil, que hiciera reír a todos mientras los hacía llorar con Entre Luces. En el camino fui desvirtuando su propósito y terminé diciendo lo que estoy tratando de decir en el resto de mis fanfics. Quizá es porque me he emocionado con ustedes. No sé si ya lo he contando (seguro que sí, pero dejen que me repita) pero me sorprendió que el primer día de la publicación me llegaran once review y aún ahora me sigue asombrando el cariño que le tienen a mi historia. Gracias. A todos. A las alertas, a los favoritos, a los que tienen cuenta, a los anónimos, a los que me pedían más, a los que se declararon mis fans, a los que se acordaron de las tildes que no puse, a los que dejaron review una sola vez y siguen leyendo, a los que dibujaron fanarts, a los que vuelven a leer la historia y comentan detalles que yo misma había pasado por alto, a los que siempre dejan review, a todos. Gracias por la atención y el cariño. He estado alargando la historia cuanto he podido porque quizá no quería despedirme de ella. Es difícil dejar de lado un proyecto inesperado que de pronto y como si nada se vuelve más grande e independiente. Espero que el final les haya gustado, espero que los capítulos les hayan gustado, espero que las bromas, los clichés y las descripciones les hayan gustado.

El final es una combinación extraña entre abierto y cerrado. Es cerrado porque he dejado muchas precisiones que no son tan difíciles de observar. Se quieren, finalmente. Es abierto porque todo es incierto y juguetón. Cómo podrán quererse, eso lo dejo a la imaginación de cada uno. Es abierto, también, porque quizá un día me den ganas de continuarlo y desee decir más de lo que ya dije. Quién sabe.

Sobre Lila (porque es el único fanfic en el que la he hecho aparecer tanto), me gusta. Al comienzo (cuando veía la serie por primera vez) no, pero luego sí. Ahora mismo tengo millones de razones para gustar de ella. Lila no es mala, chicos y chicas, mírenla con paciencia. A veces fastidia, pero quién no fastidia con una u otra cosa.

No es como si vaya a dejar de escribir, pero siento que me estoy despidiendo de todo el mundo. Así que estoy con ese sentimiento agridulce de estar contenta y triste al mismo tiempo. En fin, espero que hayan pasado unas fiestas increíbles (tanto si son creyentes como si no) y que sean felices en el más estrambótico, exagerado y absolutamente maravilloso sentido de la palabra.

Anuncios. Tengo planeado acabar "Entre Luces" en cinco capítulos más. He hecho el borrador del final en dos versiones (final abierto y cerrado) y ambas me han gustado bastante. No estoy segura de cuál utilizar así que he abierto un poll con exactamente esa pregunta en mi perfil. Si desean alguno en particular, pueden votar. Estará abierto hasta que suba el penúltimo capítulo, así que todavía hay bastante tiempo.

He visto que se ha abierto un concurso de fanfics temáticos (San Valentín) y tengo grandes deseos de participar :D (lo pongo por acá por si alguien todavía no estaba enterado) y los animo a todos a que también participen. Me encantaría leer un montón de one-shots cursis :3 jajajaja.

Respuesta a los review anónimos.

Guest. Gracias, cariño :D

Polly. Cariñet :DDDD Perdóname por pasarme de largo la promesa, pero tenía la seguridad de actualizar antes. El tiempo me hizo hablar por gusto, espero que no estés muy enojada. Haré un Rhonda/Curly y meteré un poco de Harold y Patty porque parece que a todos les entusiasma la idea. Además, me has dado una idea muy buena sobre ese fanfic, a ver si lo logro hacer antes de que pase mucho rato. GRACIAS por escribir siempre :) UN ABRAZO FUERTE.

Midorifanic. GRACIASSSSS por todos los halagos, no me los merezco. Espero que hayas pasado unas bonitas fiestas y que el final te haya gustado. Ojalá podamos leernos pronto. Un abrazo :)

Nuleu Strack. Ya viste que contesté casi todas. A ver, sobre Curly y Rhonda... muahahaha no diré nada porque así con la duda gustan más. Y dejé la fiesta de lado porque quizá quiera hacer algo con ella después... quizá. Perdóname por dejar tan olvidado a Entre Luces, desde ahora me concentraré en terminarlo de una vez que ya es hora de que se llegue a un fin. Gracias por hacerme recordar, cariño, no te me mueras que si no me muero yo de tristeza :) Jajaja me has leído la mente, estoy terminando un one-shot Curly/Helga/Arnold/Rhonda que se llama 'Enciende la luz', ya pronto podrás leerlo :DDD y sobre Alan... sí, me gustaría darle más espacio para que se perfile su carácter, así que tomaré muy en cuenta el pedido, quizá como parte del concurso este de san valentin. ABRAZOS FUERTES Y BESOS LLENOS DE AMOR :3 cuídate mucho cariño.

Alejandra. Muchas gracias, cariño. Espero de todo corazón que el final te haya gustado, ya no tardaré más con las siguientes actualizaciones. Espero leerte pronto. Cuídate mucho :3 ¡Un beso!

sakura du blue. Muchas gracias, cariño. Me alegra que así sea :D

keru huerta. Gracias a ti por leer la historia. A tu amiga también, por recomendarla. Me alegra que te haya gustado y espero que haya sido así hasta el final. Espero que nos leamos pronto, un abrazo :)

Anna Shortman. Muchas gracias, cariño. De hecho, estoy planeando publicar algunas cosas a las que tengo que dar forma primero. Me gustaría mucho sobretodo publicar una serie que estoy haciendo en conjunto (te avisaré cuando se concrete). Me acuerdo, por supuesto que sí. Cuando vengas a Paris, espero que te lo pases muy bien, estoy segura que viajarás en el futuro, no tengas dudas ;) Espero que te haya gustado el final, ya me cuentas. ¡Un abrazo muy fuerte para ti! :D Nos leemos prontísimo.

Eso es todo, ¡nos vemos a la próxima!

¿CLIC AL BOTONCITO AZUL? :3