Hola!... les presento mi primer fanfic –más o menos largo- de Candy, ojalá les guste. Es un universo alterno, con similitudes pero no cuadra a la historia original ^^u

Candy Candy y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki.
Yo sólo hago esto con el ánimo de entretener.


Cuando menos te lo esperas


Candy caminaba hacia su casa luego de un arduo día de trabajo en el hospital. Extrañamente en épocas festivas la gente se accidentaba más. Sonrió al recordar a sus agradecidos pacientes y se dijo a sí misma que nunca dejaría de amar ese trabajo. Mientras caminaba, un pequeño copo de nieve en la nariz le anunció el cambio de clima y sonrió al recordar que, en épocas mejores, la nieve era sinónimo de alegría. Cuando alcanzó la esquina de su hogar pudo ver a un hombre rubio mirando la pequeña casa atentamente. Se volteó a ver a la recién llegada y acto seguido, se desmayó. Candy corrió a socorrerlo y una extraña ternura y nostalgia se apoderaron de ella al ver su rostro. De pronto se dio cuenta del estado de aquel hombre y notó su frente perlada en sudor. Al tocarlo pudo sentir la fiebre, tomó un morral tirado junto al extraño y, como pudo, abrió la puerta de su casa y lo arrastró dentro. Corrió a la cocina luego de depositarlo con esfuerzo sobre el sofá y volvió trayendo unas compresas frías para poner en la frente del hombre. Se sentó a su lado recordando a su persona favorita, el héroe de su infancia y adolescencia, aquel por el que decidió ser enfermera.

Un llamado a la puerta la sacó de su ensimismamiento y se levantó lentamente del lado del rubio para atender.

-Hola Candy- saludó un joven castaño depositando un beso en la mejilla de la rubia.

-Hola Terry- devolvió el saludo sonriendo. Siempre era bueno tener a su mejor amigo cerca, sobre todo ahora que estaba un poco complicada con lo de su imprevisto visitante. –Adelante- se movió para dejarle paso. –Ehm… tengo un pequeño problema, Terry…- murmuró un poco apenada. Terry entendió cuando vio al hombre tendido en el sofá de su amiga.

-Vaya… no esperaba esto- dijo sorprendido y un poco incómodo. Candy lo notó algo molesto. –Qué… ¿quién es este…?- preguntó el castaño posando sus ojos azules en los verdes de la chica. Candy caminó hacia su invitado y se arrodilló frente a él para cambiar las compresas, que ya habían ganado algo de calor.

-Terry… encontré a este hombre desmayado en la acera… creo que habrás notado que está nevando, no podía dejarlo ahí… además… mira, acércate…- Candy invitó a su amigo a sentarse junto a ella y le indicó que observara al rubio. Terry entendió inmediatamente por qué Candy había decidido ayudar al hombre. Además de ser enfermera de vocación, el hombre evocaba fácilmente el recuerdo del padre de la rubia. –Terry…- volvió a llamar su atención Candy, mirándolo como si esperara su aprobación. El joven asintió suspirando. –¿Podría pedirte un favor…?- murmuró la rubia algo sonrojada.

-Por supuesto, pecosa…- respondió él sonriéndole, a pesar de pensar que no era muy buena idea tener a un extraño con ella.

-Podrías… podrías ayudarme a llevarlo hasta la habitación de huéspedes…- dudó un poco antes de seguir pero cuando el joven asintió decidió continuar –Y… ¿podrías ponerle un pijama?... creo que su ropa está mojada y está enfermo… que se quede así puede ser peor…- murmuró suavemente intentando sonar tranquila y amable. Terry suspiró y asintió. Se levantaron y cargaron al rubio hasta una pequeña habitación de huéspedes. Candy le alcanzó a su amigo un pijama que fuera de su padre y salió para preparar algo de comer mientras Terry cambiaba de ropa al hombre. Tras cenar juntos, Terry decidió ir a casa. Sus planes no habían salido como esperaba, pero ya habría momento para eso.

Candy se dirigía a su habitación cuando un impulso la hizo voltear hacia la habitación de huéspedes. Entró con cuidado y vio al hombre respirar acompasadamente. Se le acercó y vio como nuevamente estaba bañado en sudor. Fue a la cocina por agua y compresas y volvió para sentarse junto a él y comenzar a bajarle la fiebre de nuevo. Le miró examinando su rostro con cuidado. Acarició sus cabellos sintiendo una punzada de dolor en el pecho y una lágrima solitaria se escapó de sus ojos verdes.

-Papá…- murmuró –si yo hubiese sabido más… si yo hubiese sido más grande… tal vez… tú aún estarías aquí…-
Comenzó a derramar una lágrima tras otra, pero sin sollozar. No quería despertar al enfermo, mas éste abrió sus ojos. Examinó la habitación sin entender dónde se encontraba y luego se incorporó para mirar a la chica, dejando caer la compresa en el acto. Candy se levantó de la silla y se alejó de él. El rubio sólo la examinó, posando sus ojos directamente en los de ella. Una mueca de dolor se dibujó en su rostro y los cerró nuevamente. Candy pensó que era un crimen no dejarle ver esos hermosos ojos azules y recordó la charla antes que Terry se fuera. Él insinuó que aquel hombre podía ser malo o peligroso y le aconsejó cerrar su habitación con llave. Pero no, él no podía ser una mala persona. No con esa mirada tan triste y tan transparente.

-Hola…- murmuró la joven acercándose, al notar que él no se movería.

-Gracias- dijo sin abrir los ojos. Candy se apresuró a volver a poner la compresa en su frente.

-Todo está bien…- susurró la rubia. –Yo… mi nombre es Candy-

-Albert- susurró el hombre. Su barba le hacía ver mayor, pero su voz no parecía de un hombre viejo. –Gracias… de nuevo…- dijo antes de recostarse totalmente y caer en un profundo sueño.

Cuando Candy se aseguró de que la fiebre había bajado, se retiró a su habitación, no sin antes dejar un vaso de agua junto a una nota indicando que había ahí unos medicamentos para el dolor de cabeza.

Albert despertó a media noche. Miró a su alrededor y recordó esos ojitos verdes que lo miraban con preocupación. Esos ojos que tenían el mismo tono que los de su madre. Cerró los ojos sintiendo nuevamente el dolor de cabeza llegar y estiró la mano para alcanzar un vaso de agua que vio en su reconocimiento de la habitación. Y tomó también la nota.

Señor Albert:

He dejado unos medicamentos para su dolor de cabeza junto a esta nota. Mañana pediré a un médico que le venga a ver, luego del trabajo, para descartar alguna enfermedad grave.
Buenas noches.

Candy.

Albert se sorprendió y tomó los medicamentos sonriendo suavemente, enternecido. Agradeció en silencio y volvió a recostarse. Tal vez esta noche sí podría descansar.

Candy despertó un poco asustada. Al final optó por poner el cerrojo antes de dormir y ahora temía quitarlo por miedo a lo que se encontraría, pero debió armarse de valor para poder desayunar y luego ir a trabajar. Cuando por fin se decidió, notó que todo estaba en paz. Sus cosas estaban como las dejara la noche anterior y no había señales de nada extraño. Fue hacia la habitación asignada a Albert y se paró en el marco de la puerta, observando con un suspiro que él estaba ahí, durmiendo. Se le acercó sigilosamente, depositó un cuenco con agua fría y palpó su frente. La fiebre estaba disminuida, pero continuaba ahí. Una mano atrapó la suya y Candy se alejó instintivamente, sin lograrlo del todo.

-Señorita Candy…- murmuró el rubio sin abrir los ojos. –Tranquilícese… no le… haré daño… no podría-
Candy suspiró y dejó de hacer fuerza para zafarse. Su mano fue soltada en el acto.

-Quisiera… agradecerle… por lo que… ha hecho… por mí…- continuó el hombre con algo de dificultad, para luego toser fuertemente.

-Señor Albert, no hable… no le hará bien…- dijo Candy preocupada. Definitivamente debía traer un doctor.

-Candy… disculpe… las molestias…- Albert apretaba los ojos con expresión culpable.

-No… no se preocupe… soy enfermera… no es ninguna molestia ayudar a pacientes que lo necesiten- dijo ella sonriendo soñadoramente, aunque él no pudiera verla. Le indicó que pondría una compresa en su frente y él asintió. –Iré a preparar desayuno... ¿desea comer algo?-

-No… estoy bien… gracias, Candy…- la rubia pensó en que estaba de todo menos bien, mas no insistió en su propuesta. Le dejó solo y se fue a desayunar para partir a su trabajo, pensando en que pediría el día libre.

Unas horas más tarde, Candy volvía a su hogar y Albert dormía plácidamente. Un doctor amigo de Candy accedió a acompañarla puesto que su casa no quedaba lejos de ahí y ese día partían sus vacaciones. Entró y Candy despertó a Albert suavemente indicándole que el doctor estaba ahí. El médico examinó al rubio preguntándose si sería familiar de Candy y le diagnosticó con gripe que estaba a punto de pasar a neumonía. Le dio indicaciones a Candy de cómo cuidarlo y qué medicamentos le podían servir y ella, asintiendo, grababa en su memoria cada palabra para poder cuidar bien de su paciente.

-Muchas gracias doctor Summers- dijo Candy haciéndole una pequeña reverencia y despidiéndole con la mano cuando hubo terminado el trabajo.

-Cuando quieras Candy- dijo él sonriendo. Y es que a esa pequeña enfermera no se le podía negar nada.

-Señor Albert…- dijo la rubia entrando nuevamente a la habitación –iré por sus medicamentos…- continuó mientras acomodaba las colchas de su paciente para que no pasara frío. Él estaba profundamente dormido de nuevo y ella sonrió enternecida. Nunca había visto que un hombre pareciera tan débil e indefenso. Se retiró cuidando de dejar agua para Albert y fue a comprar lo que necesitaba.

Una semana después Albert estaba bastante mejorado y habían acordado cenar juntos en el comedor. Candy preparaba una sopa de pollo mientras recordaba los días que había pasado. Su paciente había tenido pequeñas crisis de fiebre y murmuraba cosas en sueños. Deliraba muy seguido y ella no sabía qué hacer para calmarlo más que tomar su mano y susurrarle palabras amables. Se quedaba con él hasta altas horas de la noche y había decidido pedir sus vacaciones para cuidarlo como se debía. Y cuidarse ella también, pues no rendía en el trabajo y, si seguía así, enfermaría junto al rubio. Volvió al presente y sirvió dos porciones de sopa. Llamó a su invitado a comer y él apareció enfundado en una bata.

-Disculpa… la encontré en el armario… ¿te importa?- él parecía un poco apenado y los ojos de Candy brillaron por un instante. Definitivamente le recordaba mucho a su padre. Ella negó con la cabeza y le sonrió. Albert se sintió embrujado por esa sonrisa y esos ojos verdes. Su enfermera era en realidad muy linda. Y tierna. Y cuidadosa. Como su madre. Sacudió su cabeza y le devolvió la sonrisa.

-Ojalá le guste… en realidad no soy muy buena cocinando…- se disculpó la rubia un tanto apenada, tras poner frente a él el plato con sopa.

-No te preocupes, Candy… huele muy bien-dijo él sonriendo y mirándola intensamente. Sí, definitivamente debía ser ella. Candy se sintió un momento perdida en esos ojos azul cielo y un llamado a la puerta la sacó de su hipnosis. Albert probó su sopa y decidió que la pequeña rubia no cocinaba nada mal. Candy volvió y un extraño venía con ella.

-Señor Albert, él es Terry, mi mejor amigo- dijo ella sonriendo y presentando a su nuevo invitado. Albert le sonrió.

-Hola Terry-

-Buenas tardes- saludó Terry. –Qué bueno que ya estés mejor- dijo el castaño disimulando su poco ánimo. Candy le sonrió y le invitó a cenar.

La velada pasó amena y Terry se fue temprano. Durante todo el tiempo Albert notó en silencio cómo Terry miraba a su enfermera y sonreía un poco incómodo. Candy parecía no darse por enterada de lo que para el rubio era evidente. Y es que se notaba a leguas que Terry estaba enamorado de la enfermera pecosa.

Albert se ofreció a lavar los trastes mas ella no lo permitió, alegando que aún debía descansar. El rubio apenado cedió, se ocupó de recoger la mesa y volvió a su habitación. Candy unos momentos después volvía con medicamentos y agua. Había preparado para ella un jugo de frutas y se disponía a conversar con su inquilino. Tenía muchas consultas que hacerle y ese día se veía bastante bien. Tal vez sería un buen momento para que él aclarara su identidad. Arrastró una silla hacia la cama de Albert y sonriéndole se sentó junto a él. Él le devolvió la sonrisa.

-Señor Albert…- comenzó ella.

-Gracias Candy… nuevamente, muchas gracias por todo lo que has hecho por mí- la interrumpió él mirándola a los ojos con gratitud y "¿Cariño?" se preguntó la rubia.

-No… no hay de qué…- respondió ella sintiéndose extraña. –Ehm… Señor Albert… quisiera hacerle unas preguntas ahora que se encuentra mejor… yo… quiero saber quién es usted…-


Bueno, aquí les dejo con el primer capítulo de mi historia, ojalá que les haya gustado n.n
Si tienen alguna acotación, observación o queja (?) háganmelo saber, sí? n.n
Muchos saludos! =)