Candy Candy y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki.
Yo sólo hago esto con el ánimo de entretener.


Cuando menos te lo esperas

Capítulo 8


Albert condujo durante un rato y se detuvo frente a un portón de hierro forjado enorme. Candy miró sorprendida la silueta de la casa que se dibujaba un poco más allá de aquella reja. "Claro, es W. Albert Andrew… no viviría en un pequeño apartamento" se recordó, sin salir de su asombro.

Ingresaron a la propiedad y el rubio estacionó su automóvil en un garaje detrás de la casa. Mansión más bien. Candy había visto de lejos la fachada blanca, con la entrada decorada por lámparas, con una escalera también blanca custodiada por estatuas de leones sentados. Albert la miró de reojo antes de bajar, sin saber si su asombro era para bien o para mal. Ella ya sabía que era rico, que era un importante empresario y que provenía de una de las familias más poderosas de Chicago, pero al parecer no había caído en la idea completamente.

El rubio se bajó con cuidado y rodeó el auto para abrir la puerta del copiloto y ayudar a Candy a bajar. Cuando la tuvo a su altura la abrazó, besó su frente y arregló el abrigo que había puesto sobre los hombros de ella.

-Bueno… esta es mi casa- dijo guiándola fuera del garaje y entrando por una puerta lateral. –¿te gustaría un café… o quizás un té con leche?... está un poco frío…- dijo sin ocurrírsele nada más. Ella lo miró, asintió y luego continuó mirando la estancia.

Estaban en la cocina. Era un lugar amplio, con un comedor de diario y una infinidad de muebles de puertas blancas con asas doradas. Caminó para descubrir la enorme estufa y se sorprendió de los utensilios, vajilla, ollas y sartenes que estaban cerca.

-¿Aquí aprendiste a cocinar?- preguntó sin dejar de observar todo. Albert la miraba hacer y cuando no respondió su pregunta, ella se volteó cayendo en cuenta de lo que estaba haciendo. –¡Oh, Albert lo siento!- exclamó apenada volviendo al lado de él.

-Está bien- rió él y tomó sus manos. –Sí, aquí aprendí a cocinar- respondió luego, sonriéndole. Ella se sonrojó y para distraerse un poco aceptó el té con leche.

Charlaron un rato sobre la cocina, las habilidades culinarias de ambos y cosas más triviales, hasta que escucharon unas campanadas.

-Es un poco tarde ya…- murmuró él –Creo que no podré enseñarte hoy toda nuestra casa- dijo mirándola significativamente. Candy sintió un escalofrío y su corazón empezó a latir más rápido. "¿Nuestra?" se preguntó, sin dejar de mirar a los ojos del rubio. Él simplemente sonrió y ella volvió a sonrojarse. "Claro, tuya y de Anthony" se reprendió mentalmente. ¡Cómo le hubiera gustado que se refiriera a ella! Cuando notó que Albert comenzó a caminar, lo siguió. El recibidor estaba ligeramente iluminado y no se veía alguna persona por ahí.

Al llegar a unas escaleras, cubiertas por una enorme alfombra roja con detalles verdes y dorados, lanzó un pequeño gemido y Albert se volteó a verla preocupado.

-¿Qué pasa, princesa?- preguntó acercándose a ella, que estaba apoyada al final del pasamanos. Al ver que movía un pie en círculos se agachó a ver.

-Nada… sólo me duelen un poco los pies- contestó apenada. Albert la miró y sonrió.

-Entonces, quítate los zapatos- dijo simplemente. Candy lo miró consternada.

-No es propio…- comenzó. Pero él puso sus dedos en la boca de ella para callarla.

-Da igual, aquí no hay nadie más que tú y yo- sonrió el rubio y ella bufó un poco, antes de acceder a quitarse los tacones. – ¿Así está mejor?- preguntó, sonriendo cuando ella soltó suspiro de alivio y asintió. –Te enseñaré la habitación donde podrás descansar- dijo simplemente y se volteó para guiarla.

Subieron la escalera e iniciaron el recorrido de un largo pasillo. Albert se detuvo frente a una habitación y le hizo una señal de guardar silencio. Candy sonrió.

-¿Esta es la habitación de tu sobrino?- preguntó en un susurro y el rubio sonrió, asintiendo. Candy se mantuvo en silencio, aguantando las ganas de reír y continuó con el camino, tras Albert. Él volvió a detenerse, casi al fondo del pasillo, y abrió una puerta con cuidado. Le hizo un ademán para que entrara y encendió la luz. La rubia se quedó asombrada.

La habitación era increíblemente espaciosa, tenía una enorme cama adosada a la pared izquierda con dos mesas de noche a ambos lados, y un ventanal frente a la entrada, adornado por cortinas azul marino y un visillo blanco. En otro costado había una puerta y cerca había un armario y unos pequeños sillones estaban cerca de la entrada junto a una pequeña mesa de café. Candy admiró todo y se maravilló al abrir el visillo y ver que el ventanal daba a un balcón, con un par de sillas de aspecto rústico en una esquina. La luz de la luna le permitía ver un jardín amplio, con algunas flores que no alcanzaba a distinguir bien. Pensó que debía ser muy agradable estar ahí en las tardes de primavera.

Sonrió y se dirigió a la cama y se sentó. Albert la vio hacer y sonrió.

-Me gusta mucho- dijo ella con aspecto soñador, acariciando el cobertor de la cama. El rubio soltó una risita.

-Me agrada que te guste- dijo acercándose y sentándose junto a ella. –Me encantaría que durmieras aquí, en mi habitación…- le dijo mirándola fijamente. Candy se levantó de un salto completamente avergonzada.

-Oh, Albert… no sabía que… pensé que… oh, lo siento- murmuró apenada. Albert la tomó de la mano, la acercó de vuelta sentándola junto a él y le sonrió.

-Tranquila, princesa- susurró cerca de su oído. –Aunque debo admitir que me gusta mucho la idea de que te quedes aquí…- dijo rozando suavemente su oreja –Antes que todo debo ser un caballero contigo y te dejaré una habitación para ti sola… a menos que tú quieras…-

Candy sentía cada vez más escalofríos y volvió a levantarse, sintiendo las mejillas arder. Caminó hasta la habitación y movió la cabeza a los lados.

-Otra habitación… prefiero…- balbuceó y Albert volvió a reír quedo.

-Por supuesto, sígueme- le indicó con una sonrisa.

Cruzaron el pasillo y Albert abrió otra puerta, frente a su habitación. Este cuarto era más pequeño pero no menos bonito. Tenía cortinas rosa pálido en la ventana y una cama casi tan grande como la de él. También había algunos muebles y una puerta lateral. El rubio se acercó y le indicó que ese era el baño de la habitación y que podría encontrar lo que necesitara. Candy asintió y le agradeció.

-Creo que es hora de dormir…- dijo ella aún avergonzada por lo que le dijera él en su habitación. Albert estuvo de acuerdo y depositó en la mejilla de la rubia un beso de buenas noches. Sonrió al notar que estaban tibias y un poco coloradas y salió dejándola con sus pensamientos.

Candy recorrió la habitación. Tocó suavemente los muebles, reconociendo el lugar por completo y luego fue a asearse al baño. Luego se sentó en la cama suspirando. Quiso quitarse el vestido para poder dormir mejor pero recordó que no traía pijama y volvió a suspirar. Abrió el armario lateral con la esperanza de encontrar algo que le sirviera pero no había más que un par de frazadas y algunas toallas de distintos tamaños.

-Bueno…- murmuró un poco resignada –tendré que dormir así…-

Comenzó a quitarse el vestido y las medias, cuando la puerta se abrió, asustándola.

-Preciosa, he traído un…- Albert no pudo terminar la frase al notar el vestido tirado en el suelo y verla en ropa interior. Candy quiso cubrirse como pudo y se agachó a recoger su vestido, dejando a la vista el pronunciado escote que dejaba el sujetador. Albert tragó en seco y sintió su corazón palpitando más rápido. "Oh Dios, cómo me gustaría quedarme aquí y…" sacudió la cabeza y le arrojó el pequeño bulto que traía en las manos. Candy lo recibió, intentando que no se le cayera el vestido, sin entender del todo. –He… traído un pijama… yo… lo siento…- murmuró el rubio volteándose, antes que su conciencia muriera y su cuerpo y sus instintos lo controlaran.

-Gr… gracias- murmuró Candy sintiéndose morir en vergüenza.

-Qui… quizás te quede un poco grande… es de los míos…- continuó el rubio.

-No hay problema… ¿Albert?- el rubio volteó cuando escuchó su nombre, sin dejar de mirarla. –¿Puedes… volver a tu habitación para cambiarme?- dijo ella y él dio un respingo.

-Sí… perdona… bueno… buenas noches, que descanses… mañana… te despierto… para irte a dejar… después de desayunar, claro…- siguió él sin dejar de mirarla. Ella asintió y lo miró sonriendo apenada. –Claro… me voy… adiós, preciosa- dijo y, tras lanzarle un beso, se dio media vuelta para salir y cerrar por fuera.

Candy suspiró, con sus mejillas aún ardiendo y recordó su escena del vestido cuando vivían juntos. Claro que esa vez ella estaba cubierta con una toalla que no dejaba ver más que un vestido de verano. Aunque estaba avergonzada, se sintió admirada porque él no atinara a quitarle la vista de encima. Se sabía bonita y de buenas proporciones, pero que él lo notara valía mucho para ella.

Albert la fue a buscarla temprano para desayunar. Sonrió al verla dormir profundamente y con un poco de pena la movió para despertarla.

-Candy…- susurró –Candy, preciosa… son las nueve…- dijo con suavidad.

-¿Albert?- preguntó ella saliendo de su ensoñación – ¿Las nueve?- se sentó rápidamente en la cama. –Oh no… tengo muchas cosas que hacer- se lamentó –Creí que desayunaríamos temprano- dijo mirándolo con un poco de culpa.

-Lo siento… no pude venir antes, Anthony no salía de la casa- dijo con una sonrisa de disculpa. Ella recordó que el joven rubio también vivía ahí y una risa nerviosa la asaltó.

-Es verdad… bajo ese punto de vista…- dijo y rieron juntos, cómplices –Aunque tengo mucho que hacer antes que lleguen Terry y Susana a almorzar…- murmuró un poco preocupada.

-No te preocupes, te acompañaré luego del desayuno y podrás hacer tus cosas tranquila. Me he tomado el día libre- la sonrisa de ella que siguió a sus palabras lo iluminó por completo y se sintió feliz de haber decidido dejar un poco el trabajo, aunque fuera por ese día.

-Albert… ¿Te gustaría almorzar con nosotros?- preguntó la rubia deseando quedarse un poco más con él.

-Me encantaría- respondió simplemente.

oOoOoOoOo

El almuerzo fue ameno. Albert y Terry estaban contentos por verse nuevamente y saber qué había sido de ellos en el tiempo en que no habían tenido contacto. A pesar que no se habían despedido en buenos términos, no había rencores.

Susana era encantadora. Una chica rubia de cabello largo y liso, y ojos celestes brillantes. Candy simpatizó con ella inmediatamente y charlaron de todo un poco, sintiéndose como buenas amigas.

La tarde llegó y los jóvenes se prepararon para retirarse, agradeciendo a la rubia la hospitalidad y deseando volver a repetir el encuentro. Candy sugirió que se pusieran de acuerdo y podrían, quizá, reunirse semana por medio. Terry y Susana estuvieron de acuerdo y se fueron sonriendo y comentando.

Tras ordenar los trastes y lavar las tazas de café, los rubios se sentaron en el sofá.

-Me agrada haber visto de nuevo a Terry- comentó Albert sonriendo. –Y también me agrada que no me odie…- continuó –Aunque cuando me fui, yo sí lo odié- agregó mirando significativamente a la rubia. Candy lo miró interrogante.

-¿Por qué dices eso?- preguntó curiosa. Albert sonrió un poco apenado.

-Cuando me fui… quería volver, pero…- dudó un poco, pero había decidido ser sincero con ella –Lo vi abrazándote en la puerta de tu casa…- Candy lo miró sorprendida –Por eso no volví… realmente quería quedarme contigo y dejar todo atrás…- murmuró sonriendo con un poco de nostalgia –Pero ardía en celos y necesitaba poner mis pensamientos en orden-

-Te extrañé mucho- dijo ella simplemente, sin mirarlo ni moverse un milímetro. Albert se volteó y tomó su mentón para hacerla mirarlo.

-¿Mucho?- preguntó en un susurro. Ella asintió y se perdió en los ojos del rubio mientras éste se acercaba a ella. Podía sentir su aliento sobre sus labios y su corazón latía expectante ante la inminencia de un beso que tanto había deseado. Sin embargo él no se movió más y ella soltó en un suspiro casi inaudible el aire que estaba conteniendo. Albert la vio abrir un poco los labios y lo tomó como una señal de que podía continuar.

Se acercó un poco más y estaban a punto de unir sus labios cuando sonó el telefonillo del recibidor. Candy bufó resignada y fue a contestarlo sin ganas, dejando a un Albert algo frustrado.

-¿Diga?- dijo la rubia al aparato –Sí… Oh no… no… dígale que no puedo recibirle- escuchó Albert interesándose en la conversación, intentando imaginar quién vendría a visitar a su princesa –No, por favor, dígale que estoy indispuesta y no puedo recibirle… que hablaré con él en otra ocasión… no le deje subir… muchas gracias- colgó y se acercó a donde estaba el rubio, dejándose caer pesadamente en el sofá.

-¿Qué ocurre?- preguntó el rubio como quien no quiere la cosa. Ella lo miró con cara de cachorro abandonado y escondió la cara entre sus manos.

-No sé cómo ni por qué… pero Anthony ha averiguado mi dirección…- dijo ella casi gimiendo.

-No hablas en serio…- dijo el rubio entre divertido y sorprendido. ¿Su sobrino llegaría tan lejos para cortejar a la chica?

-Albert…- comenzó ella pero un golpe en la puerta la distrajo.

-Candy… linda, soy Anthony- escuchó, sobresaltándose.

-Dios…- murmuró ella exasperada. Albert se tensó y la miró interrogante, preguntándose si abriría o no la puerta. Ella negó con la cabeza buscando ayuda en sus ojos. El rubio le hizo una señal de silencio y miró hacia la puerta cuando volvió a escucharle tocar.

-¿ Candy? Encontré algo que creo que es tuyo, he venido a devolvértelo- escuchó la voz del chico nuevamente y ella urgió al rubio a que la ayudara a encontrar una salida de aquella incómoda situación –No te encontré en el hospital así que decidí venir aquí-

-Hazle creer que estás enferma- susurró él. Caminó lo más silencioso que pudo a la habitación de Candy y le indicó que lo siguiera. –busca una bata y cúbrete bien, abre la puerta con el pestillo puesto y le preguntas qué quiere… le dices que estás enferma… yo me quedaré por aquí mientras, no creo que sea conveniente que me vea- dijo y ella asintió, haciéndole caso.

Candy fue a abrir la puerta y Albert se escondió en el baño, cuya puerta podía cerrarse por dentro.

-Hola linda Candy- saludó Anthony con una sonrisa cuando la vio por la rendija. Candy simuló toser.

-Anthony… qué… bueno verte… ¿qué te trae por aquí?- "¿Y cómo demonios conseguiste mi dirección?" pensó la chica entre incómoda y molesta.

-Candy, cuando regresé a casa hoy una de las criadas me dijo que encontró esto…- metió la mano en su bolsillo izquierdo y le mostró una cadena dorada con un dije en forma de flor, con la palabra Candy grabada en la parte trasera, y un par de aros con la misma forma –Como eres amiga de mi tío, creí que… quizás se los había quedado sin querer y… bueno…- continuó el chico, balbuceando explicaciones torpes. Candy fingió tos nuevamente y le quitó la cadena de las manos un poco brusca.

-Muchas gracias Anthony… ahora… por favor, estoy enferma… ¿podemos hablar otro día?- dijo intentando parecer decaída y sonriendo un poco.

-Claro... está bien… ¡que te mejores!- dijo Anthony antes de marcharse. Candy cerró con un pequeño portazo y se volteó enojada. Albert salió del baño al escucharlo y fue a averiguar qué había pasado.

Candy abrió su mano y le mostró las joyas. Albert se rió, negando con la cabeza.

-Debo haberlas olvidado esta mañana- dijo ella un poco apenada –creo que debo ser más cuidadosa…- murmuró molesta, mirando hacia la puerta de entrada. El rubio asintió y la hizo voltear, tomándola por los hombros.

-No importa… lo que quiero saber ahora es…- tomó su mentón y la hizo levantar el rostro – ¿En qué estábamos antes que nos interrumpiera el inoportuno acechador de mi sobrino?- murmuró sonriendo. Candy volvió a sentir los acelerados latidos de su corazón. No importaba si venía la armada esta vez, no los interrumpiría nada. Ya arreglarían los demás asuntos. Nada más le importaba ahora.

Se perdió en los ojos azules de su amor y se puso en puntas de pies para besarlo antes que a él le tomara más tiempo.


Bueno, creo que ha tomado un poco… no, bastaaaante tiempo, pero ¡hemos vuelto! Por poco y fueron tres años jajaja. Pero por acá estamos otra vez, con algunas ideas para poder continuar. Cuando la musa se muere, cuesta un poco revivirla.

Nos leemos pronto.