Lamento la tardanza, pero se desató un incendio en mi pueblo y no he podido escribir por el miedo a ser desalojados de mi casa.

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-Sigo sin tener nada que decirte. –Él se encogió de hombros, y mi cabeza siguió su movimiento. Me incorporé lentamente, queriendo romper el contacto entre nosotros a pesar de que mi cuerpo traicionero se negaba a ello con rotundidad.

-Puedes escucharme, entonces.

-No creo que quiera escucharte tampoco. ¿Qué vas a decirme que no sepa? Tu. Me. Odias. –Dije, recalcando cada palabra.

-Eso no es cierto.

Y en ese momento, ocurrió. Mi teléfono comenzó a sonar terriblemente alto, rompiendo por fin este incómodo intercambio de opiniones. Intenté levantarme y sorprendida comprobé que Peter me liberaba, soltando un suspiro que denotaba irritación. Ignorándolo, caminé hacia la mesa de cristal donde descansaba el aparato y descolgué.

-¿Diga?

-¿Alice? –La voz sorprendida de Alec caló en mí como un bálsamo tranquilizante. Sin poder evitarlo, sonreí.

-Hola, Alec. ¿Cómo te encuentras?

-Perfectamente. Te echo de menos y se me ocurrió llamarte. ¿Te llegó mi regalo?

-Sí, aún lo tengo que abrir. –Me apoyé en la pared, mirando a Peter de reojo. Me observaba, con su cuerpo tenso.

-Estoy alucinado. Pensé que estarías en Escocia, pero no me atrevía a llamar a la señorita Campbell. –Noté la sonrisa en su voz y reí-. Aprecio lo suficiente mi inmortalidad como para no tentar la suerte.

-No voy a ir con ellos. –Suspiré-. Tengo asuntos pendientes aquí. ¿Tú regresaste a casa?

-Sí, señorita Maitland. Estoy felizmente de nuevo en Seattle. Aunque tengo unas ganas horribles de volar hacia Minneapolis para verte.

-¿Y podrías dejar tu universo así, de repente? –Me burlé. Entonces, comencé a sentirme incómoda cuando observé como Peter se levantaba para refugiarse en la cocina.

-Soy el amo de mi universo. Puedo hacerlo. –Sentenció.

-Tengo que colgar, Alec. Ando un poco liada por aquí. –Sonreí-. Gracias por llamarme.

-Ok. ¿Te encuentras bien? Oí algo de varias heridas.

-Estoy perfecta. De verdad. Gracias por llamar. Adiós.

Cuando él se despidió de mí, colgué el auricular y suspiré. Era gratificante darme cuenta de que para Alec, yo era realmente importante. No es que fuera un gran mérito, pero que uno de los mayores empresarios de Estados Unidos se preocupe por una… da que pensar y cierto gustillo, la verdad.

Pero, ahora debía continuar el enfrentamiento con Peter. A pesar de mis negativas y las emociones despertadas con la llamada, me repetí mentalmente que a quien quería, era a Peter. No importaba el dolor que ello me supusiera, aunque tenía claro que no le perdonaría de la noche a la mañana por muchas disculpas que me presentara ahora.

-He terminado. –Dije, refiriéndome a la llamada cuando le encontré sentado en un taburete de la cocina. Gemí, derrotada-. Tienes razón. Debemos hablar.

-Me alegro de que te des cuenta, Alice. –Suspiró, mirándome con sus insondables ojos verdes-. Sé que me he comportado como el mayor de los capullos. Durante… este tiempo… sin ti, me he reprochado mi comportamiento. Me sentí el mayor de los cerdos. El… destino… me había dado una segunda oportunidad y yo la había tirado completamente por la borda sin tan siquiera intentarlo. –Apartó la mirada, observando la pared recubierta de papel blanco y dibujos celtas en tonos verdes-. Dejé que mis recuerdos y el dolor por la pérdida de Elise dirigieran todos mis actos.

-Comprendo que tuvieras miedo. –Él me miró, con una mezcla de incredulidad y esperanza bailando en sus ojos.

-A mí siempre me ha gustado arriesgar, Alice. Pero… no sé… el miedo a perderte estaba constantemente en mi cabeza. Sé la clase de vampiros que hay sueltos por todo el mundo y eso me aterrorizaba. No pude proteger a Elise. ¿Quién me aseguraba que tú no corrieras la misma suerte? Y luego… Jack empezó a sentir algo por ti. Nunca hemos hablado de ello, pero sé que esos sentimientos estaban allí. Yo estoy destrozado por todas partes y él… simplemente era una mejor opción para ti. Encontré en eso la mejor salida posible.

-Y entonces decidiste tratarme como a una cucaracha y arrojarme a los brazos de Jack. –Sentencié, cruzándome de brazos.

-Es básicamente eso, excepto por la comparación con las cucarachas.

Cerré los ojos, tratando de calmar las emociones que me embargaban, buscando la mejor manera de expresarlas con palabras. Dios santo… Había decidido lo que era o no mejor para mí según su criterio, sin consultarme. Eso me enfurecía y me dejaba con el alma herida. ¿Tan poca confianza tenía en mí? Por otro lado, estaba lo absurdo de que yo hubiera tenido algo con Jack. ¡Si es como un hermano para mí! Eso me había dejado perpleja. Además de saber que él sentía algo por mí. Si ahora está con Nimue… supongo que ese sentimiento habrá muerto, o mutado a una especie de cariño familiar o algo. No sé… estaba demasiado anonadada.

-Me sentía muy cohibida en tu presencia Peter, porque todo el tiempo pensé que me odiabas y no soportabas mi presencia. –Susurré, sin mirarle. Observé cada detalle de mi cocina como si fuera la primera vez que la veía.

-Lo siento.

-Llegué a pensar, incluso, que te daba asco. –Cerré nuevamente los ojos, intentando no llorar-. Me comí durante mucho tiempo la cabeza pensando en qué era lo que te molestaba tanto de mí. Fue… doloroso. –Sollocé, sin poder contener las lágrimas-. Por eso, no puedes aparecer y decirme todo esto, esperando que haga borrón y cuenta nueva como si nada. Necesito tiempo.

-Lo comprendo.

Susurró. Cometí el terrible error de mirarle a los ojos. Estaba abatido. Mis sollozos se hicieron más fuertes y él se levantó rápidamente, abrazándome. Me sujeté fuertemente a su cintura mientras hundía la cabeza contra su pecho. Reconocí el mismo olor a manzanas de hace cinco años, y eso me hizo sonreír entre lágrimas. Más tranquila, me aparté.

-Perdón.

-Ha sido culpa mía. –Dijo, afligido. Frunció el ceño, mientras me secaba el surco de las lágrimas con sus pulgares-. ¿Eso es que… me darás otra oportunidad? –Asentí.

-Podemos intentar arreglarlo. Pero ahora necesito estar sola.

-Claro. –Dijo. Me dedico una tímida sonrisa que me llegó al corazón. Me sujetó dulcemente la cabeza y me dio un beso en la frente-. ¿Puedo venir mañana por la noche? Quiero empezar a conocerte, desde cero.

-Vale.

Respondí. Le acompañé hasta la puerta, donde le despedí con una sonrisa. Cerré la puerta y apoyándome en ella, suspiré. Tenía mucho en lo que pensar ahora que Peter me había contado todo aquello. Esperaba tener las ideas claras para antes de que regresara al apartamento mañana.

Gemí. Tenía que desempacar todas las caja que había preparado para marcharme a Escocia, pues si pensaba intentar algo con Peter, era obvio que me quedaría en Minneapolis una temporada.