Mi segundo fic de Hey Arnold, espero que les guste. Traté de que mi vocabulario fuese lo menos argentino posible jaja. Gracias por leer y por favor, review! :)


Cuando Rhonda abrió la puerta de su casa, casi se desmaya con lo que vio.

Helga estaba parada ahí, con un vestido corto y lila, relleno, tacos rojos, un peinado extraño, aros, uñas postizas, el entrecejo depilado, y demasiado maquillada.

- ¿Helga? - preguntó sin poder creerlo.

- ¡Rhonda querida! - la saludó Helga y le dio un beso en cada mejilla antes de entrar con fingida elegancia a la casa - ¿Llego tarde?

Y así fue como Helga G. Pataki se metió a la fiesta para chicas de Rhonda Wellington Lloyd.


Ya era tarde cuando Helga decidió que no tenía nada más que hacer en esa fiesta. Salió de la casa de Rhonda sola, con su vestido y tacos todavía puestos, pero el pelo despeinado y el maquillaje corrido.

La noche se estaba poniendo fría así que comenzó a caminar más rápido, pero entonces, un taco se le rompió.

- ¡Malditos zapatos! - se sentó en el pórtico de una casa para sacárselo.

Fantástico ¿ahora cómo iba a caminar hasta su casa? Para colmo de los colmos no podía pedirle a Bob que la fuese a buscar en su auto porque se había ido con Miriam a visitar a Olga.

Volteó la cabeza para ver el número de la entrada de la casa y saber a qué altura estaba y a cuántas cuadras de su casa. Entonces se dio cuenta de algo que no había notado.

- ¡Estoy sentada en el pórtico de Arnold! - exclamó observando la entrada de la familiar casa - ¡Oh, Arnold, mi amor, dime si esto no es el destino…!

- ¿Helga? - preguntó alguien detrás suyo; Arnold. Helga, como siempre que empezaba con sus monólogos sobre Arnold, no había prestado atención a su alrededor, ni a la puerta cuando se abrió.

- ¡Arnold! - Definitivamente era el destino. - ¿Qué haces aquí, cabeza de balón? - agregó con su usual y amistoso tono.

- Eh… es mi casa.

Touché.

- ¡Me refiero a que qué hacías escuchando lo que decía ahí detrás parado, chismoso!

- Oh, no estaba escuchando nada - menos mal - Sólo salía a sacar la basura - le mostró la bolsa, bajó los escalones pasando a su lado y la tiró. Luego se volteó - ¿Y tú que haces aquí? ¿No estabas en la fiesta de Rhonda?

- Estaba. Me aburrí y decidí irme ¡pero se me acaba de romper este maldito zapato!

- Ya veo, que mal. ¿Quieres pasar y llamar a tus padres para que te vengan a buscar?

- No están, fueron a visitar a la estúpida de Olga. Encima por estas calles a estas horas no pasa un solo taxi… Supongo que deberé caminar - dicho esto empezó a levantarse, pero al querer apoyar el pie sintió una enorme y aguda puntada y gritó.

- ¡Helga! - Arnold corrió los metros que los separaban - ¿Qué pasó?

- Creo que me doblé el pie - contestó ella con el dolor en la voz.

- Le diría a mi abuelo que te lleve en el auto, pero lo llevó al taller hace unas horas y todavía no volvió…

- No te preocupes, Arnoldo - le interrumpió - Puedo ir sola, son sólo unas cuadras.

Pero al querer dar un paso, volvió a gritar de la puntada que sintió en el tobillo.

- Helga no seas ridícula - le dijo Arnold sosteniéndola para que no se cayera - No puedes ni apoyar el pie.

- ¿Y qué quieres que haga, cabeza de balón? ¿Quedarme esperando y muriéndome de frío acá?

Arnold le miró los brazos y notó que tenía la piel de gallina.

- Entremos - le propuso el chico - Esperemos adentro a que mi abuelo vuelva del taller y ahí le digo que te lleve. No vas a caminar hasta tu casa así.

Helga suspiró.

- De todas formas no puedo ni subir estos escalones ni caminar dos pasos.

- Súbete a mi espalda - dijo Arnold bajando un escalón para estar bastante más bajo que ella.

- ¿Eh? ¿Estás loco, amigo?

- Vamos Helga.

Como no le quedaba otra, Helga se subió a la espalda del rubio, aunque tenía que admitir que le gustaba la idea. Se abrazó a sus hombros y Arnold le sostuvo las piernas. Sus manos se sentían cálidas contra la fría piel de la chica.

Arnold subió los escalones del pórtico, pasó por la puerta y cuando pasó por el sillón del living, paró y la depositó suavemente en él.

- Voy a llamar a mi abuelo, ahí vengo.

Helga no lo podía creer. Por un lado tuvo la mala suerte de romperse el taco y doblarse el pie, pero demonios, que importaba ¡Arnold la estaba cuidando!

Dos minutos después el rubio volvió.

- Mi abuelo no contesta… esperémoslo aquí.

Entonces justo se abrió la puerta y Phill entró.

- Hola, Arnold - saludó el anciano, y entonces vio a la chica recostada en su sillón - ¿Quién es tu amiga, eh? - dicho esto le guiñó el ojo. Helga y Arnold se ruborizaron un poco.

- Es Helga, abuelo, de la escuela - contestó Arnold y Helga saludó a Phil con la mano - Se dobló el pie mientras iba camino a su casa y le dije que entre y esperamos a que llegaras. ¿La podemos alcanzar hasta su casa en el auto?

- Oh, lo siento, pero no va a poder ser. El inservible del mecánico me dijo que iba a estar recién para mañana.

- Fantástico ¿y ahora qué hago? - exclamó Helga mirando al techo.

Arnold dudó unos segundos.

- Abuelo ¿puedo hablar contigo…?

- Estamos hablando, chaparrito

- Quiero decir en privado, abuelo - respondió Arnold entre dientes y se dirigieron a la cocina - Ahí vengo Helga.

- Tómate tu tiempo, melenudo, aquí aguanto.

Unos minutos luego Arnold volvió.

- Helga… - se sentó en otro sillón cerca de ella. Helga lo miró. Parecía nervioso - Le pregunté a mi abuelo, y está de acuerdo… ehm… me parecería que lo mejor sería… eh…

- Escúpelo ya, Arnoldo.

- Sí, eh… que pasaras la noche acá?

Helga se quedó en silencio unos segundos

- ¿Qué dices?

- Ya sabes, eh… Digo, no hay forma de llevarte, podríamos esperar hasta mañana a que a mi abuelo le devuelvan el auto y llevarte… Y que duermas esta noche acá…

¿Pasar la noche en la casa de Arnold? Helga empezaba a dar gracias al destino.

- ¿Te refieres a en una de las habitaciones de huéspedes, no? Porque no pienso dormir en este sofá…

Arnold miró al piso y rascándose la nuca contestó

- En realidad… las habitaciones están todas ocupadas… - Helga notó que estaba colorado a más no poder. Nunca había visto a Arnold ruborizarse. Nunca había estado tan lindo - Yo decía… que durmieras en mi cuarto…

A Helga le tomó un minuto completo reaccionar.

- ¿Yo… d-dormir… en tu cuarto?

- Si quieres - agregó rápido Arnold - Hay espacio, no te preocupes.

Helga ni lo pensó ¡Obviamente que quería! Pero no sabía cómo contestar.

- Eh.. Está bien. Gracias.

- No hay de qué. Ehm… ¿no puedes mover el pie, verdad?

Helga intentó mover su pie pero imposible sin las puntadas. Arnold lo notó y se dirigió hacia ella.

- Déjame ayudarte - dicho esto la cargó en brazos. Helga se sostuvo de sus hombros, aunque más que por el dolor del pie era para no desmayarse de la emoción. ´

- Espera - le pidió Helga - primero tengo que pasar por el baño, necesito sacarme todo este maquillaje de la cara.

Arnold la cargó hasta el baño y esperó afuera. Cuando ella salió, con la cara ya limpia, la cargó otra vez y la llevó escaleras arriba a su cuarto. Al entrar la depositó con sumo cuidado en su cama.

- Recuéstate acá - le dijo - Mientras me iré a cambiar al baño.

Tomó su pijama y salió. En el momento que la puerta se cerró, Helga se dejó caer con suma felicidad en la cama de Arnold.

- ¡No puedo creerlo! ¡Voy a pasar la noche en el cuarto de Arnold! Me pregunto dónde dormiré yo… No veo ninguna otra cama por aquí… - observó a su alrededor - Espero que entre sus brazos aaah! - suspiró y abrazó la almohada.

Entonces escucho pasos en las escaleras, y se acomodó como estaba antes.

Arnold entró al cuarto, con un piyama de ositos puesto. Helga tuvo que morderse la lengua para no reírse. Aunque a decir verdad, se veía adorable.

- Traje hielo para tu pie.

- Ah, gracias - contestó Helga.

Arnold se sentó a los pies de la cama, frente a Helga y le tomó el pie herido.

- Qué haces, amigo, puedo sola.

- Como quieras

Helga tomó el hielo pero lo soltó a los dos segundos

- ¡Está helado!

- Es hielo, Helga - Arnold puso los ojos en blanco y le sacó el hielo de la mano - Déjame a mí.

Puso el hielo contra la piel de la chica, y ella a los pocos segundos corrió rápido su pie.

- ¡Está muy frío, me duele!

- Más te va a doler si se te hincha, aguántate. - le volvió a poner el hielo unos segundos, luego lo apartó y le masajeó la zona - ¿Mejor así?

Helga asintió. La mano cálida de Arnold sanaba el frío del hielo. Así se sentía Helga con Arnold. Su calidez y su dulzura hacían que el corazón de hielo, duro y frío de la chica se derritiera. Junto a él se sentía frágil, más frágil que su tobillo o que el taco de su zapato. Pero no podía dejar que Arnold lo notara.

- Lindo piyama, cabeza de balón.

Arnold levantó los ojos del pie y la miró.

- Gracias. Lindo vestido.

Helga no sabía si lo dijo enserio o no, así que no respondió.

Arnold siguió con el hielo un rato más, hasta que Helga estornudó.

- ¿Tienes frío?

- Digamos que entre ese hielo y este vestido no estoy muy acalorada que digamos…

Arnold abrió las mantas y sábanas de la cama.

- Métete.

Otra vez, Helga se quedó estupefacta.

- ¿Eh? ¿No vas a dormir tú aquí? - le preguntó

- Claro que no, dormiré en el sillón - contestó tomando un control remoto, apretando un botón y un sillón apareció prácticamente de la pared - Tú puedes dormir aquí.

- Arnoldo no hace falta que te hagas el caballero conmigo, duerme tú aquí, es tu cama.

- Ni hablar, Helga, quiero que estés cómoda. Entra.

Helga hizo caso y se metió dentro de la cama, para lo que necesitó ayuda de Arnold con su pie. Él la tapó, excepto el pie, que volvió a ponerle hielo.

- ¿Mejor así?

Helga asintió ¡Nada podía ser mejor que eso! ¡Gracias Rhonda y su estúpida fiesta, gracias zapatos del demonio!

- Helga… ¿puedo preguntarte algo? - interrumpió Arnold sus pensamientos mientras masajeaba su pie.

- Dime.

- ¿Por qué fuiste así a la fiesta de Rhonda?

Helga se sonrojó. No quería explicarle eso a él.

- No es de tu incumbencia, cabeza de balón.

Arnold bajó la vista decepcionado y volvió a ponerle el hielo.

- Lo siento.

Helga lo miró por unos segundos mientras él no apartaba la vista de su pie, que lo había estado cuidando hacía ya más de 10 minutos. No era justo que lo tratase así.

- De acuerdo te lo diré, sólo porque no soy una ingrata y aprecio lo que estás haciendo por mí - Arnold la miró - Fui así porque… quería demostrarles a los demás que se equivocaban sobre lo que decían de mi, sobre… ya sabes… que no era "femenina"

- ¿Tanto por eso? No eres de esas personas que les importa lo que los demás digan.

- Tú no entiendes, Arnold. A ti todos te quieren, contigo nadie se mete. Nadie tiene nada que criticarte o de qué burlarte. Pero a mí sí. Y yo también tengo sentimientos por si no lo sabían…

- Yo sí lo sé.

Helga lo miró.

- Sí, tú fuiste el único que no se rió de mí. Hasta Phoebe, mi mejor amiga, se reía de cómo Rhonda me imitaba… Quiero decir, no es que me importe lo que la gente opine de mí pero no lo sé… quise demostrarles que se equivocaban, que podía ser la chica más femenina de todas si quisiera.

- Helga no necesitas demostrarle nada a nadie. Eres una chica inteligente, sabes que esas cosas no son importantes. Tú eres así y no hay nada de malo, cada uno es como es. Eres lista, graciosa, fuerte, con carácter y personalidad… Eso vale más que cualquier vestido o maquillaje.

Helga miró a Arnold a los ojos al oír lo que dijo de ella

- Supongo que quería sentirme… linda.

Arnold pudo notar un triste destello en sus ojos azules.

- Helga - le dijo corriéndole un mechón de pelo rubio de la cara - Tú eres linda. Es más, si me pides mi opinión, eres mucho más linda como te ves todos los días, simple, que intentando verte "femenina". Prefiero a la verdadera Helga, sin una pizca de maquillaje, peinada con las dos colitas y con su moño y vestido rosas.

Helga se quedó callada unos segundos, tratando de retener lo que acababa de oír.

- ¿De verdad, Arnold? - le preguntó sonriendo tímidamente

- De verdad. - afirmó él sonriendo también - En especial cuando sonríes así. Y cuando me llamas Arnold. Ahí es cuando siento que estoy viendo a la verdadera Helga. La Helga que me agrada bastante.

Helga sentía que su corazón iba a estallar. Este era el momento. Ahora o nunca.

- Arnold yo… - dijo acercándose más a él - tengo que decirte algo

- Dime - contestó el rubio con una sonrisa

- Bueno, yo…

Entonces la puerta se abrió

- ¡Kimba aquí traigo el remedio para… - entró la abuela de Arnold, y los dos chicos se separaron rápido - Oh…

- ¡Abuela!

- Perdón, ¿interrumpo algo? - sonrió cómplice

- No ¡pero me asustaste!

- Como digas, Arnold - le guiñó el ojo y se acercó a Helga - Tenga señora Roosevelt, tome este remedio casero, hará que se recupere pronto del pie

- ¿Qué es? - preguntó Helga mirando al tazón con desconfianza

- Menos averigua Dios y perdona ¡Tómelo y no pregunte!

Helga tomó de un saque el remedio y casi vomita del asco.

- ¿Qué esperaba compañera, jugo de frutas? Me despido. Tex, cédele tu cama y te duermes en el sillón.

- Sí, abuela. Adiós.

La abuela salió del cuarto y cerró la puerta.

- Excéntrica tu abuela, eh?

- Seh… - Arnold se volteó hacia Helga y le sonrió - ¿Qué ibas a decirme?

Helga lo miró. Era hermoso. Y tierno. La estaba cuidando, le había hasta dado su cama. Lo amaba, y por primera vez estaba teniendo un verdadero momento con él. No podía arruinarlo. No ahora.

- Nada - mintió y la sonrisa de Arnold se borró - Sólo… gracias. Nunca nadie había hecho algo así por mí. Yo… Eres un gran chico, Arnold.

Arnold sonrió otra vez.

- Y tú eres una gran chica, Helga. - dicho esto se paró para dirigirse al sillón donde iba a dormir. Helga apoyó la cabeza sobre la almohada.

Arnold giró sobre sus talones y volvió hacia Helga, que estaba con los ojos cerrados. Se inclinó y le dio un beso en la frente. La rubia abrió los ojos sorprendida.

- Que descanses - le dijo Arnold con una sonrisa.

Y apagó la luz.