¡Tercer y último capítulo de este fic! Perdonen si me demoré, estuve muy ocupada porque tenía que preparar un monólogo teatral sobre un cuento llamado "Magia" de Alejandro Dolina, se los recomiendo es muy lindo. Bue jaja volviendo al tema. Muchas gracias a todos por haberlo leído y por todos los comentarios. En realidad mi idea había sido hacer un One-shot, nada más el primer capítulo, pero algunos reviews me pedían que lo siguiera, así que lo hice y me alegro de haberlo hecho. Pero este definitivamente es el último capítulo. No sé cuándo voy a hacer otro fanfic, no sé si será de Hey Arnold! u otro fandom, porque tengo ganas de hacer uno de Harry Potter. De todas formas no creo que me de el tiempo, porque ya en una semana exactamente empiezo la facultad (la carrera de Historia) y con suerte voy a poder salir al mundo exterior jaja pero bueno, tengo otro fic de Hey Arnold, se llama "Frutas en el centro", es un 1shot y lo pueden encontrar en mi perfil. Sin mas ni menos, gracias a vos que me estás leyendo y esperemos que te guste mi humilde final. Y si no bueno, que le vamo a hacer JAJA

Y por favor, dejame un review! No te ortives.

Saluditos a todos desde Buenos Aires, Argentina

Dolores.


Arnold y Helga entraron a la casa, donde no había nadie. La chica rengueó hasta el sofá y se dejó caer en él.

- ¿Qué haces ahí parado como un poste? Siéntate.

Arnold se sentó junto a ella y se quedaron en un incómodo silencio.

- Esto sí que es divertido, cabeza de balón

- Bueno, Helga, dime que quieres hacer.

La rubia dudó unos segundos.

- Juguemos videojuegos.

- Pero no puedes salir a la calle - le recordó Arnold

- No es necesario. Tengo el Sega - Helga señaló a la consola debajo del televisor, junto al VHS- Se útil y préndelo.

Arnold hizo caso de mala gana, tomó uno de los controles y el otro se lo dio a su compañera.

- ¿Qué juego está puesto? - preguntó

- Mortal Kombat - respondió Helga

- Por qué no me extraña…

Estuvieron jugando un rato. Helga ganaba por lejos, haciéndole más que una fatality a Arnold.

- No me gusta este juego Helga, es muy sádico.

- Eres una niñita, Arnoldo.

Arnold la fulminó con la mirada.

- Juguemos a otra cosa - propuso - ¿No tienes algún juego de mesa?

La chica suspiró.

- Están en mi cuarto. Ayúdame a subir las escaleras.

- No es necesario, dime dónde están y busco uno.

- ¿Y dejar que husmees mis cosas? - a Helga se le vino a la mente su "altar" en el closet - Ni hablar.

Arnold puso los ojos en blanco

- Lo que tú digas, Helga.

Subieron las escaleras hacia la habitación de la chica y Arnold se quedó bastante sorprendido con el lugar. Era demasiado… femenino e inocente. Podría haber sido el dormitorio de cualquier niña de 9 años, excepto el de Helga G. Pataki. Pero sí lo era.

- Wow, jamás hubiese imaginado que tu cuarto sería así…

- ¿Qué esperabas, melenudo? ¿Instrumentos de tortura?

- Bueno… algo por el estilo.

Helga bufó y se volteó a buscar entre sus cosas mientras Arnold se sentaba en el borde de su cama.

- Encontré el Monopoly…

- Ese está bien.

Bajaron a la mesa del comedor y allí estuvieron jugando un rato más largo.

- ¡Helga, estás haciendo trampa!

- ¿Trampa? ¡No se puede hacer trampa en el Monopoly, zopenco!

- ¡Claro que sí, es lo que estás haciendo! Olvídalo, no juego más.

- Como quieras, de todas formas iba a ganar

- ¡Sí, con trampa!

- ¡Que no hice trampa, estúpido!

Arnold se saturó y se levantó de la mesa

- ¿A dónde crees que vas?

- A mi casa - respondió yendo hacia la puerta

- ¡Ah, me dejarás sola e inválida!

- No eres ninguna inválida, Helga. Puedes cuidarte sola. Vine porque te ofrecí mi compañía, pero no voy a tolerar tus maltratos. Adiós.

- ¡Bien, como quieras!

Arnold salió de la casa dando un portazo. Entonces Helga golpeó el tablero del juego de mesa.

- ¡Diablos! ¿Es que acaso no puedo hacer nada bien? A quién quiero engañar, sí hice trampa. Él sólo quería hacerme compañía pero yo lo único que hago es maltratarlo… Oh, Arnold…

Rengueó lo más rápido que pudo hasta la puerta de su casa y al salir bajó casi a saltos los escalones del pórtico. Caminó unos pasos y vio a lo lejos al rubio.

- ¡Arnold! - lo llamó. Pero el chico no la escuchó. Apresuró el pasó y lo volvió a llamar. - ¡Arnold, espera!

Él se dio vuelta y vio a Helga corriendo lo máximo que le daba el pie.

- Pero qué hace…

Entonces Helga tropezó y se cayó al piso. Arnold corrió hacia ella y la ayudó a pararse.

- Helga, ¿qué haces corriendo? El médico te dijo…

- Perdóname.

Arnold se quedó callado unos segundos.

- ¿Qué?

- Yo… siento haber hecho trampa… y haberte tratado mal y gritado… - Helga miraba al piso y Arnold podía notar que estaba luchando contra su propio orgullo - … no quiero que te vayas

Arnold suspiró.

- Vamos - le dijo con media sonrisa.

Una vez dentro de la casa, Arnold miró a Helga.

- ¿Te lastimaste?

- No, sólo me raspé las rodillas… - miró sus rodillas que tenían un poco de sangre

- Será mejor que te laves eso para que no se te infecte.

- Sí, creo que me iré a tomar un baño… ¿Me ayudas a subir?

- De acuerdo

Arnold la subió por las escaleras y la acompañó hasta la puerta del baño.

- Bueno, te espero abajo - le dijo y ella asintió.

Luego de media hora, Helga iba bajando cuidadosamente escalón por escalón sola, cuando escuchó un sonido. O mejor dicho una melodía. Al llegar al pie de las escaleras vio a Arnold tocando el piano de Olga. Entonces reconoció la música. Era "Para Elisa" de Beethoven. Se acercó un poco más sin hacer ruido para no interrumpirlo.

Arnold sintió entonces un olor que lo distrajo. Era como un sutil aroma floral y frutal al mismo tiempo. Dejó de tocar y se volteó. Helga estaba parada detrás suyo, con un piyama rosa puesto, pantuflas de conejo y el pelo suelto.

- No sabía que tocaras el piano.

- En realidad - contestó el chico, sin dejar de verla- es lo único que sé tocar. No sé por qué, pero tengo como un recuerdo lejano de esta melodía… Creo que la habré oído a mi madre tocarla cuando era un bebé

Helga notó el tono de tristeza en su voz, lo cual la hizo sentirse triste a ella también.

- ¿Extrañas a tus padres, verdad?

- No te das una idea… Quiero decir, sé que no los conozco porque era muy chico, y mis abuelos son geniales pero… aún así…

Helga se sentó junto a él

- Sabes - le dijo - A mí en cierta forma también me faltan mis padres. Sí, los tengo, pero apenas saben que existo… Este piano que estás tocando, es de mi hermana Olga. Toca piezas de Mozart desde que tenía más o menos nuestra edad. Este banco en el que estamos sentados, es donde junto a ella se sentaban mis padres para escucharla. Sólo tienen oídos para Olga. Sólo tienen ojos para Olga. Yo soy invisible.

Arnold la miró con los ojos llenos de compasión. Abrió la boca, pero no le salían las palabras. Helga notó que no sabía qué decir.

- Sigue tocando.

El chico volvió a deslizar sus dedos por las teclas, y Helga lo miraba absolutamente perdida en la música. Cuando terminó de tocar, Arnold se volteó para verla. Sus ojos azules estaban todavía fijos en el piano. Cuando Olga lo tocaba, y eso que a la perfección, a Helga no le transmitía nada, es más, odiaba el sonido. Pero cuando Arnold tocó, aunque errando algunas notas, la melodía que produjo le llegó directo al alma.

Los dos estaban muy cerca, y él notó que el aroma que le había llamado la atención provenía del pelo de Helga. Lo miró. No recordaba haberla visto con el pelo suelto alguna vez. Lo tenía largo, lacio y se veía suave. Se preguntó si también se sentiría suave, así que pasó lentamente su mano desde la raíz hasta las puntas. Helga lo miró estupefacta y Arnold alejó su mano, enrojecido.

- Ehm… será mejor que tomes el remedio, ya son casi las ocho de la noche. - le dijo mirando al piano mientras pasaba un dedo por las teclas.

- Sí… ¿Podrías traerme un vaso de agua de la cocina?

- Claro.

Se paró y se fue a buscarle el agua. Sí, tenía el pelo suave.

Helga fue a sentarse a la mesa con una sonrisa nerviosa en los labios.

Arnold volvió a los dos minutos con un vaso de agua en una mano y el remedio en otra.

- Ten

- Gracias.

Helga puso la pastilla en su boca y luego bebió el agua. Apoyó el vaso en la mesa y se volteó hacia Arnold.

- ¿Quieres que pidamos algo para comer?

- De acuerdo - contestó el chico, que ya había empezado a sentir hambre desde hacía un rato.

- ¿Qué quieres? - preguntó levantándose hacía donde estaba el teléfono.

- Lo que tú quieras, Helga.

- ¿Pizza?

- Suena bien.

Helga pidió la pizza y cortó el teléfono.

- Dijeron que en cuarenta minutos vendrían… ¿Ponemos música?

- Genial

Helga puso el CD A Hard Day's Night y Arnold sonrió al escuchar la familiar música de los Beatles.

Estuvieron cantando un rato y luego pusieron la mesa. Cuando el álbum ya estaba llegando a su fin, el timbre sonó.

Comieron mientras charlaban. A decir verdad, Helga resultaba bastante agradable y graciosa cuando no mostraba su lado hostil. Y para ella, era lindo poder tener una conversación con Arnold sin tener que ocultarse tras esa máscara de agresora.

Siguieron hablando hasta que Arnold vio su reloj.

- Oye, son las nueve, mi abuelo me dijo que estuviera en casa a las doce. ¿Ponemos La Llamada?

- De acuerdo, pongamos esa ridícula película que alquilaste…

Arnold rodó los ojos y colocó el video mientras Helga iba a buscar un bol para poner las palomitas de maíz.

Apagaron las luces y se sentaron uno al lado del otro en el sofá, aunque manteniendo la mayor distancia posible.

Durante los primeros minutos de la película, Helga comía las palomitas con una sonrisa burlona en la cara por la ridiculez que había alquilado su compañero, que se veía bastante metido en la trama.

Pasada la media hora, las palomitas ya se estaban acabando y las cosas macabras ya estaban empezando a suceder. Helga no tenía miedo, pero sí se había pegado algún que otro susto que hacía que Arnold se volteara a verla, ahora él con la sonrisa burlona, que era respondida por una mirada asesina de la chica.

Cuando ya iban por la mitad, Helga comenzaba a asustarse. Arnold lo notó juzgando su postura, que ya no estaba derecha, sino más acurrucada contra el respaldo del sofá, las manos cubriéndole parte de la cara y los ojos como platos.

- Helga, si quieres la paro…

- No seas ridículo, Archivaldo, no tengo mie ¡AHH! - gritó del susto e instintivamente agarró el brazo de Arnold. Éste la miró con una ceja levantada y ella lo soltó - Cállate.

Arnold sonrió satisfecho y volvió a dirigir la vista a la pantalla. Helga a pesar de haberle soltado el brazo, no se había alejado de al lado suyo.

Un rato después, la película ya estaba en su clímax y Helga en el pico del miedo. El sólo ver a Samara, la niña-muerta-diabólica de La Llamada, le hacía esconderse contra el hombro de Arnold. El chico se quedaba tranquilo, no era de asustarse fácil, y le llamaba la atención el hecho de que cuando terminaban las escenas escalofriantes Helga seguía sujetada a él, más que la película en sí.

Cuando ya llegaba el final, Helga estaba acurrucada contra el pecho de Arnold y un brazo de este estaba alrededor de los hombros de la chica, no por miedo, sino para confortarla. Al terminar, Arnold se separó de Helga y apagó el televisor, por lo que quedaron alumbrados sólo por la luz de la luna.

- Ya ves, Helga, sí era de terror.

- Cállate, Arnoldo. Ni que diera tanto miedo.

Entonces el teléfono sonó.

- ¡SAMARA! - chilló Helga, levantándose de un salto.

- Cálmate, Helga - contestó Arnold yendo hacia el artefacto

- ¡No, Arnold, no le atiendas!

Arnold atendió.

- ¿Hola? - un silencio sepulcral y Helga lo miraba con cara de "¡corta ya mismo!" - ¿¡Hooola…! Sé que hay alguien ¡puedo oír su respiración!

Y entonces cortaron.

- Me colgaron - dijo Arnold mientras cortaba él también.

- Diablos, Arnold ¡te dije que no atendieras! - contestó Helga con expresión de horror

- Vamos Helga, es sólo una película. Además, de haber sido Samara, me hubiese dicho "siete días…" - imitó la voz del personaje y a Helga le corrió un escalofrío por la vértebra. Arnold miró el reloj - Bueno ya son las once, ya tengo que irme…

- ¡No! - exclamó Helga y él la miró extrañado - No puedes dejarme sola ¡acaba de sonar el teléfono! Además ¿no te tenías que volver a las doce?

- Tengo que estar a las doce. Y es peligroso caminar tan tarde por las calles…

- ¡Más peligrosa es Samara!

- Samara no existe, Helga…

- Quédate unos minutos más. Al menos ayúdame a subir las escaleras, el remedio que me dio el médico no me hizo efecto todavía.

- De acuerdo. Pero doce menos cuarto me voy.

- Está bien - respondió Helga - Ah, y Arnold… le cuentas a alguien todo esto, y juro que te haré trizas.

- Tranquila, Helga. No diré que le tienes miedo a una película.

Helga lo fulminó con la mirada y él sonrió y la ayudó a subir las escaleras hasta su cuarto.

- Espérate aquí, Arnoldo. Voy al baño.

Cuando Helga volvió, el teléfono sonó otra vez.

- ¡Es ella! - gritó Helga corriendo y metiéndose en su cama. Arnold salió al pasillo - ¡Arnold, no le atiendas! ¡Te va a matar!

Arnold bajó las escaleras y llegó a atender antes de que se cortara.

- ¿Hola?

- Siete días…

Esa no era una voz de niña…

- ¿Abuelo?

La risa del viejo hizo que Arnold pusiera los ojos en blanco.

- ¡Hola, enano! ¿No te asusté, eh?

- No abuelo, pero a Helga sí. No es gracioso.

- Lo siento chaparrito, pero cuando supe que iban a ver esa película no me pude contener.

- ¿Cómo conseguiste el número de Helga?

- Este teléfono tiene agendados los números de casi todos tus compañeritos, Arnold

- ¿Y fuiste tú quién había llamado antes y luego cortó, cierto?

- ¿Cómo? - fingió Phil con voz de no entender

- Abuelo… - lo reprochó Arnold

- De acuerdo, fui yo. Rayos Arnold, nunca puedo atraparte… ¿Ya terminó la película?

- Sí, apenas llamaste la primera vez.

- ¡Que oportuno lo mío! Bueno, ya son las once y cuarto, así que en un rato vente para casa.

- De acuerdo, abuelo. Adiós.

Arnold colgó el teléfono y volvió al cuarto de Helga, quien estaba tapada totalmente por las mantas.

- Helga, ya puedes destaparte… había sido mi abuelo.

La chica corrió las mantas súbitamente y se incorporó en la cama.

- ¡¿Tu abuelo?

- Sí, es de hacer bromas pesadas. Lo siento.

Helga resopló y se acostó otra vez.

- De todas formas, no debiste haber atendido… - le dijo al chico - De haber sido Samara morirías en siete días ¿sabes?

Arnold sonrió y atrajo una silla que estaba por ahí al lado de la cama. Se sentó y miró a Helga aún sonriendo.

- ¿Por qué me miras con esa cara de menso?

Arnold suspiró.

- Sabes… - le respondió - me parece… tierno de tu parte que te preocupe el hecho de que Samara me mate.

Helga lo miró con cara de mira las estupideces que dices

- Mira las estupideces que dices, Archivaldo… - respondió corriendo la vista de él - No es que me preocupe, es sólo que soy buena y quiero ahorrarte una muerte horrorosa

Arnold rió.

- ¿De qué te ríes, zopenco? - le espetó ella.

- Vamos, Helga. ¿Por qué no admites de una vez que si hay algo que te aterroriza más que Samara, es que yo muera?

A Helga se le erizó la piel.

- No sé de qué hablas.

- Sí que sabes - contestó Arnold acercándose más - ¿O ya te olvidaste de lo que pasó anoche?

Helga giró la cabeza furtivamente para mirarlo a los ojos, seria, e incorporándose de a poco, con cada palabra.

- Óyeme una cosa, Arnold - pronunció su nombre de manera extraña. Siempre que lo llamaba así era raro, pero esta vez había un tono oscuro en cada una de las seis letras - y óyeme bien, porque sólo lo diré una vez - terminó de levantarse de la cintura para arriba para estar al mismo nivel que el chico - Jamás vuelvas a mencionar lo que pasó ayer a la noche. Nunca más.

- ¿Por qué no? - respondió él. No en un tono desafiante, sino tranquilo. Tranquilo como sólo Arnold podía estarlo.

- Porque me vas a conocer.

- ¿Te voy a conocer? Yo ya te conozco, Helga. Te conozco desde que tenemos tres años.

- Eso es lo que tú…

- Te conozco más de lo que piensas. - la interrumpió - Eres Helga Geraldine Pataki. Eres bravucona y agresiva. Eres lista y sarcástica. Tu mejor amiga es Phoebe. Eres buena escritora y actriz. Tu padre es Big Bob, dueño de la fábrica de localizadores. Tu madre es Miriam, y es despistada. Tus padres no te prestan la atención que deberían. Tu hermana es Olga, es universitaria y la llamas "señorita perfecta". Te gustan las luchas. Te gusta el béisbol. Eres alérgica a las fresas. Maldices demasiado para ser una niña de nueve años.

Helga ya no sabía de qué estaba hablando. Con "me vas a conocer" se refería a su parte más peligrosa y agresiva; era una amenaza. Pero Arnold parecía que estaba dando vuelta las cosas.

- ¿Y qué con eso? Son detalles que todo el mundo conoce.

- Así eres tú, Helga... ¿O no? - El tono de voz de Arnold cambió por uno que Helga no supo cómo describir - ¿Acaso hay algo más de ti que debería conocer?

- Sí, mis puños, cabeza de balón.

Arnold bufó.

- Volviendo al principio. Helga Pataki. Brabucona, agresiva. Eres muy predecible, Helga. Pensé que eras más… compleja, pero veo que no.

La chica se sintió insultada.

- ¿Acaso quieres decir que soy muy simple? Hay cosas de mí que no sabes, zopenco. Así que cierra el pico y deja de hacerte el sabelotodo.

- ¿Cosas? ¿Qué cosas?

- ¡Nada que te importe!

- Si no me importara no estaría preguntando

- ¡Diablos, Arnold, déjame en paz! - le gritó, haciendo que el chico volviera a su posición en la silla, y acostándose otra vez - Si vas a quedarte para molestarme, entonces vete.

Se tapó con las mantas hasta los hombros y rodó en la cama para darle la espalda.

Arnold se quedó de piedra. Él era de meterse en asuntos donde no tenía que meterse, lo reconocía, y podía ser muy molesto a veces por ello. Pero esta vez sentía que sí tenía que meterse. Helga era tan cerrada con todos, nunca se dejaba conocer a fondo, pero Arnold conocía su situación familiar, sabía que no le daban atención, y conocía también el lado sensible de la chica. Como si la agresividad y la burla fuese sólo una máscara que usaba para ocultarse y no mostrarse tal cual era. Arnold sabía que ella era frágil como un cristal, lo comprobó totalmente en ese fin de semana que pasaron juntos. Pero aún así, no podía entenderla. Era mentira lo que le había dicho, no la conocía del todo. Sólo la parte que ella mostraba, y la parte que él había llegado a ver cuando la rubia bajaba la guardia. Helga era un verdadero misterio para Arnold, un enigma. Como una casa que tiene una habitación cerrada con llave, a la que nadie puede entrar, y que no se sabe qué hay dentro.

Suspiró.

- Lo siento, Helga. - dijo poniendo la mano en su hombro, haciendo que se voltee - No quería molestarte. Es sólo que… es verdad, no te conozco del todo. Y la verdad me confundís mucho. Hay tanto de vos que no entiendo y que no sé…

Sin embargo, Arnold algo sabía. Lo había escuchado él mismo de los labios de la chica, pero lo enterró en su memoria antes de irse a dormir la noche anterior. Lo había visto en sus ojos azules cuando lloró al despertar de aquella pesadilla, pero no le prestó atención.

¡Te amo, Arnold!

Helga había dicho en sueños que lo amaba. Helga despertó llorando al soñar que moría.

¿Era verdad? Tenía que averiguarlo. Sabía que le iba a costar el pellejo volver a hablar del tema, pero necesitaba saber la verdad.

- Helga… Hay algo que necesito preguntarte. Algo que simplemente no puedo sacar de mi cabeza.

La chica estaba perdida en la mirada de Arnold.

- ¿Qué es? - le preguntó.

- Bueno, no sé cómo decirlo, así que lo diré de una vez. - Arnold tomó aire - Anoche, mientras dormías, antes de que te despertara de la pesadilla… dijiste algo. Eso fue lo que me despertó a mí. - Helga empezaba a ponerse nerviosa ¿Acaso…? - Dijiste que me amabas.

Demonios.

Los ojos de la chica se abrieron de par en par, mirando a través de Arnold. Se había quedado tan petrificada que ni siquiera podía mover la vista de él.

- De verdad, Helga. Dijiste eso. Te amo, Arnold.

Helga no lo podía creer. Había guardado el secreto durante seis años, y lo reveló nada más y nada menos que al mismísimo Arnold, en sueños. Su inconciente le había jugado en contra.

Se sentía humillada e impotente, como si hubiese quedado desnuda. Sus piernas temblaban bajo las mantas, sus manos transpiraban y empezó a sentir un fuerte calor por toda la cara. Sabía que se había sonrojado a más no poder. Se le hizo un nudo en la garganta y tragó saliva. No se dio cuenta de que estaba por llorar hasta que sintió una lágrima correrle por la mejilla. Entonces giró la cabeza en la almohada para mirar el techo.

- No Helga, no llores - le pidió Arnold sentándose en la cama a su lado - No tienes por qué llorar, Helga. Yo… yo sólo quiero saber si es verdad… Prometo no decírselo a nadie, es más, prometo no volver a hablar nunca más del tema si así lo quieres… Pero necesito saber, porque pareciera como si me odiaras casi todo el tiempo, pero a veces te miro y siento que me ocultas algo… Y ahora con lo que escuché y lo que pasó ayer… - le pasó suavemente el dorso de la mano por la mejilla para secarle el rastro de lágrimas - Mírame - le dijo con la mano aún contra su piel. Helga obedeció - Dime la verdad, Helga, por favor.

Helga se mordió los labios y contempló los ojos de Arnold, que se veían más verdes y brillantes que de costumbre. Y justo cuando deseaba que el tiempo transcurriese lo más lento posible, éste se aceleró y la respuesta llegó tan rápido que no hizo falta ningún razonamiento: aquella situación era clave. Aquel era el momento preciso.

Separó sus labios y susurró:

- Te amo, Arnold.

Y después de cinco segundos, volvió a cerrar los ojos con un suspiro.

Arnold quedó mudo. Tenía la sospecha, sí, más bien era bastante obvio después de lo sucedido la noche anterior. Pero oírla decírselo a él directamente, era otra cosa. ¿Tenía que responder?

Él no sabía qué decir. Nunca había visto a Helga de esa forma y jamás habría imaginado que ella lo vería así a él.A Arnold nada más una chica le había gustado, Ruth, y le seguía gustando. Pero era inalcanzable, él lo sabía. ¿Pero Helga? ¿Qué hacer con ella? Ni siquiera es que ella sólo "gustaba" de él; lo amaba. Amar era una palabra fuerte para Arnold. ¿Qué podía saber de amor un chico de nueve años?

Arnold sabía que él no estaba enamorado de Helga. No pensaba en ella todo el día, ni soñaba con ella por las noches, ni le pasaba nada extraño cuando oía su voz, ni se ruborizaba cuando cruzaban miradas, ni tartamudeaba cuando ella le dirigía la palabra, ni sentía la estática cuando ella lo tocaba, ni la extrañaba cuando ella no estaba cerca.

Pero sí la conocía, convivía con ella todos los días, la vio en sus momentos de fragilidad, podría reconocer su voz aunque perdiera la memoria, veía en sus ojos todo lo que ella ocultaba, podía conversar con ella con confianza y ser él mismo, no sentía la estática al tocarla pero sí la suavidad de su piel, y cuando era agradable con él siempre era bueno tenerla cerca.

Como en ese fin de semana. A pesar de las peleas que tuvieron, fue lindo pasar tiempo con ella. Imágenes vinieron a su mente, como pequeños flashbacks, que quedarían guardadas en su memoria. Helga sentada en su pórtico, con el vestido, el peinado extraño y el zapato roto. Helga en sus brazos cuando la ayudaba a subir las escaleras hacia su cuarto la noche anterior. Helga en su cama mientras él le ponía hielo en el pie. Helga confesándole avergonzada que había querido verse femenina en la fiesta de Rhonda. Helga sonriendo tímidamente y sus ojos azules destellando cuando él le dijo que era linda. Helga llamándolo Arnold. Helga agradeciéndole y diciéndole que era un gran chico. Helga durmiendo en su cama. Helga diciendo que lo amaba en sueños. Helga llorando al despertar y contándole su pesadilla. Helga durmiendo junto a él por la mañana, abrazándolo por la cintura. Helga estudiando Historia con él. Helga comiendo con él y su familia. Helga buscando un juego de mesa, en su cuarto sorprendentemente femenino. Helga corriendo hacia él y tropezando en la calle. Helga luchando contra su orgullo y pidiéndole perdón. Helga en pijama y pantuflas de conejo, con un perfume que llamó su atención. Helga junto a él escuchándolo tocar el piano. Helga hablándole de sus padres. Helga con el pelo suelto y suave bajo su tacto. Helga cantando canciones de los Beatles. Helga y él comiendo pizza y manteniendo una charla amistosa. Helga viendo la película asustada, acurrucada junto a él. Helga tapada hasta la cabeza en la cama por miedo a Samara. Helga amenazándolo. Helga en la cama dándole la espalda. Helga petrificada con una lágrima corriéndole por la mejilla al enterarse que había hablado en sueños. Helga diciéndole que lo amaba.

Y ahora, Helga acostada con los ojos cerrados y mordiéndose los labios, mientras el hacía su monólogo interior.

- Helga - la llamó. La chica abrió los ojos y cayó otra lágrima, la cual Arnold secó - Mírame.

Lentamente, ella dirigió su mirada al chico, que seguía sentado junto a ella.

- ¿Por qué lloras? - preguntó inclinándose sobre ella.

Helga tomó aire.

- No soy correspondida.

Arnold sonrió.

- ¿Y tú cómo lo sabes?

Y la besó en los labios.

FIN