Kristine sintió que una sombra pasaba muy rápido sobre su cabeza. Estaba en un claro no muy grande, descansando y disfrutando de la soledad de su excursión, mirando a ninguna parte, cuando algo pasó volando por encima de la tierra. Demasiado rápido para ser una nube. Miró hacia arriba pero ya era tarde. Entonces sintió un cosquilleo en la parte de atrás de su cabeza: alguien intentaba penetrar en su mente. Se asustó muchísimo: nunca nadie lo había intentado antes fuera de clase. Recordando sus lecciones, se concentró en una hoja que tenía frente a sí. La miró fija, y vació su mente de cualquier otro pensamiento. Pero sintió que la sombra volvía a estar sobre ella, llenándolo todo de una penumbra carmesí. Se dio cuenta de que podría estar en peligro, y pasó su concentración de la estática hoja al mantra de una canción, que le permitiría mirar el origen de los sucesos.

Y en cuanto creyó que los muros de su mente eran suficientemente fuertes, se puso en guardia y miró hacia la posible amenaza: era un dragón. Kristine se quedó perpleja y por poco no pierde la concentración. Era un dragón magnífico. Como se suponía que deberían ser todos los dragones, pero es que ella nunca había visto ninguno. Era enorme y sus escamas eran rubíes. Se dio cuenta de que tenía ante sí la imagen más bella que habían visto sus jóvenes ojos.

El dragón se acercó cada vez más al claro y terminó aterrizando sobre él. Kristine estaba tan maravillada con la visión de aquella criatura, que apenas notó que su jinete bajaba del lomo. Al fin lo miró: era un muchacho guapetón, joven pero con signos de madurez forzada. Humano.

—Buenas, cazadora. ¿Os importaría compartir vuestro botín conmigo? —dijo con la voz endurecida, con dificultad, como si llevara mucho tiempo sin hablar

"¿Q-qué? ¿Cómo me ha llamado? Ah, claro, vengo con las ropas de caza"

—Será un honor, Jinete de Dragón —contestó ella.

Nunca le habría negado nada. Los Jinetes de Dragón eran las figuras que ella más admiraba. Desde siempre, lo que más le había gustado era escuchar a los bardos cantar las aventuras de los dragones y sus jinetes, leer en los libros de historia sobre la gran batalla del Renacer, su mayor sueño era conocer a Eragon, Asesino del rey, y a su dragona Saphira, Escamas brillantes. Decían que ambos habían nacido en el mismo lugar que ella, en Carvahall, en el mismo lugar donde ahora se situaba el castillo al que pertenecía.

Entonces se preguntó quién sería ese jinete. Repasó todos los dragones que habían nacido durante los tres cuartos de siglo y sus jinetes. Pero no lograba recordar que ninguno fuera rojo. Llegó a la conclusión de que debería de tratarse del dragón Arsen y su jinete humano Klaid, aunque creía recordar que las escamas del dragón eran rosa pálido, no rojo sangre. Pero no podía ser ningún otro.

—¿Sois Arsen y su jinete Klaid?

Pareció que los compañeros se intercambiaban una rápida mirada.

—¿Quiénes? —preguntó el jinete.

—¿Cómo que quiénes? —Esa respuesta le hizo sospechar. ¿Cómo podía no saber quiénes eran Arsen y Klaid? Y si no eran ellos, entonces:— ¿Quiénes sois?

El dragón abrió sus alas, provocando un temblor en Kristine, y alzó el vuelo. Ella se lo quedó mirando, asombrada y asustada.

—Sólo va a cazar. Nunca ha probado la carne de las Vertebradas y tiene curiosidad porque le han hablado bien de ella —la voz se le fue haciendo algo más clara—. ¿Quién eres tú?

La rebeldía innata de Kristrine se debatió con el respeto que le tenía a aquel hombre, ganando la intimidación que le producía.

—Soy Kristine, hija de Garrow.

—Aja. Garrow no es nombre de mujer —observó.

—Me avergüenzo del nombre de mi madre —dijo, y se arrepintió, porque no quería darle detalles y probablemente lo haría si se lo pidiera.

Pero no hizo más que asentir brevemente, y se puso a buscar lo necesario para hacer un buen fuego. Kristine se dio cuenta de que las ropas que llevaba no eran muy elegantes. De hecho, estaban en muy mal estado, ajadas hasta el límite. Aquello no era corriente. Hasta el jinete úrgalo se vestiría mejor.

—¿Quienes sois? —preguntó una vez más.

Era una chica terca, a la que no le faltaba valor, ni aun tratándose de la máxima autoridad con la que nunca habría pensado encontrarse. Las cosas siempre han estado tranquilas en el valle de Palancar y era el último lugar donde se pensaría que iban a aparecer un dragón y su jinete, a quien, por cierto, pareció hacerle gracia la obstinación de la muchacha.

—¿Qué te hace pensar que te voy a decir mi nombre?

—Yo te he dicho el mío.

—Pero yo soy un Jinete de Dragón.

—¿Y ello te impide decirme vuestros nombres?

Él se quedó pensando, divertido con la situación.

—¿Y si te dijera que si supieras nuestros nombres, no te sentaría bien la comida?

—No me sentaría bien sentarme con dos completos desconocidos, algo que, siendo Dragón y Jinete, no es normal.

—Ya, claro. Está bien. Mi nombre es Murtagh, hijo de Selene, y mi dragón es Espina.

"Murtagh y Espina" Aquellos nombres le sonaban mucho. Pero no como uno de los jinetes de ahora, de después del Renacer. No, más antiguo. De hecho, le sonaba de las historias de la propia batalla del Renacer. Y entonces calló: "Murtagh, Asesino de rey, hijo de Morzan". Él había sido vasallo del Rey Oscuro, había luchado contra Eragon y Saphira. Después de la batalla, tras haber dado muerte a Galbatorix y al dragón encadenado, Shruikan, Murtagh y Espina habían huido. ¡Pero decían que Eragon y Saphira los persiguieron! Las leyendas no lo dejaban explícito, pero siempre se había sobreentendido que habían acabo con ellos. No podía ser: ¡debían estar muertos! Pero siempre que su abuela le contaba las batallas que su padre había vivido, le había dicho que Espina era rojo.

Inmediatamente, la cabeza de Kristine se llenó de mil y una preguntas. Pero el temor sólo le dejó decir:

—Selene no es nombre de varón.

—No, no lo es.

Y quedó claro que la razón era la misma. "Aunque desde luego, sus motivos son más poderosos que los míos", pensó.

Kristine se puso a limpiar las presas. Era verano, así que no escaseaban. Además, resultaba muy conveniente que ella fuera la única de todo el valle que se acercaba a las Vertebradas, con que lo tenía casi todo para ella.

Una vez preparado el fuego, comenzaron a asar las piezas. Mientras se abrasaban, la chica consiguió reprimir su curiosidad lo suficiente como para sólo quedarse mirando a Murtagh, quien hacía como si no se diera cuenta. Pero, finalmente, Kristine se armó del valor suficiente como para hacer alguna pregunta:

—¿Cómo...

—No te creas que voy a responder a tus preguntas —la cortó en seco—. No tengo ninguna intención de contarte mi vida.

Se quedó bastante pillada por la brusca contestación. Él sacó un conejo del fuego y empezó a soplar para entibiarlo un poco. Kristine supuso que por dentro estaría murmurándose que más le habría valido buscarse él sólo las castañas. Pero no podía pasar la oportunidad de preguntarle. No parecía agresivo; de algún modo, le inspiraba confianza. De algún modo, tenía que caerle bien para que le contara cosas.

´—No es sobre ti.

—Tampoco te voy a hablar de Espina.

—No es sobre Espina. Es sobre un antepasado mío.

La miró como quien mira desde lejos a un loco.

—¿Cómo quieres que conozca a un antepasado tuyo?

—No lo sé, pero mi abuela me contaba que ese antepasado mío fue un gran guerrero muy importante cuando... ya sabes. De hecho, hay mil leyendas sobre él, y los juglares vienen con los mercaderes, cuentan sus hazañas... Y, bueno, querría saber si lo conociste.

—Debió ser importante, si de él has heredado ese arco. Es un poco élfico para una humana.

—Tú también eres humano y llevas una espada hecha por elfos.

—Ya, pero yo soy un Jinete de Dragón.

—Me ha quedado claro, gracias. Bueno, ¿le conociste?

—¿A quién?

—A Roran Martillazos.

Aquel nombre pareció despertar la curiosidad en él.

—Vaya, Roran Martillazos. Conque eres descendiente suyo, eh. Cu... ¿Cuántos años han pasado

—Casi un siglo.

—Vaya...

Y se quedó en silencio, pensando. ¿O tal vez hablando con su dragón? Tenía entendido que a los jinetes y sus dragones les unía una especie de comunicación telepática.

—Entonces, le conociste, ¿no?

—No. No personalmente. Pero oí hablar tanto de él que es como si lo hubiera hecho. Aunque te suenen descabelladas algunas de las historias que te cuenten, son verdad.

—¡¿En serio? Dicen, dicen —tartamudeaba por la emoción—, dicen que para salvar a mi bisabuela Katrina convenció al Jinete Eragon para que se adentraran en el Imperio y subieran a una montaña inaccesible y, y, y allí acabaron con unas criaturas venidas desde el mismísimo infierno. Y entonces, los dos montaron en la bella Saphira, Escamas Brillantes y regresaron sanos y salvos. ¿Es verdad? ¡¿Es verdad?

—Eeeh... creo que sí. De algo por el estilo me enteré. Fue en Helgrind, el nido de los Raz'ac, unas criaturas horribles. Como tú has dicho, sacadas del infierno... Sí, por aquel entonces, el nombre de Roran Martillazos daba dolores de cabeza con sólo oírlo.

A la muchacha se le encendió la cara al escuchar aquellas palabras. Siempre le había llenado de orgullo saberse bisnieta de tan valeroso guerrero.

Siguieron comiendo en silencio. A Kristine no le pareció oportuno forzar más la situación, aunque se moría de ganas de hacerle cientos de preguntas más. Al menos, la más importante ya la conocía.

Pero entonces, quien sucumbió a la curiosidad fue Murtagh:

—¿Es moda ahora que las mujeres lleven pantalón?

A ella no le extrañó la pregunta. Nadie la veía con buenos ojos por llevar atuendo de varón.

—No lo es —contestó brusca—. ¿Te supone algún problema?

—No, no, claro que no. Es solo que las únicas mujeres que he visto con pantalón son... o eran de armas tomar. Y, por lo que parece, tú eres otra más.

Aquello la llenó de satisfacción. ¡Y se lo había dicho el Jinete de dragón Murtagh, Asesino de rey, hijo de Morzan! Recordarlo le dio miedo. ¡Estaba compartiendo la comida con un asesino!

—Ahora me toca a mí preguntar sobre alguien —continuó el jinete—: ¿Qué fue de Nasuada?

—¿La Reina Nasuada? Dicen que fue la mejor Reina de la historia de estas tierras. Todo su reinado se caracterizó por el bienestar y la prosperidad. Y hoy día nos queda la tranquilidad residual de la buena estructura de Estado que creó. Le dio un condado a mi bisabuelo.

—Anda. Conque eres... noble, ¿no? —a Murtagh parecía que le hacía gracia la chica.

—Supongo.

—Entonces, algo me dice que no deberías estar aquí.

—La verdad es que no. Cuando vuelvan querrán matarme. Otra vez. Ya se están acostumbrando, pero todavía tengo que salir de allí a escondidas.

Ya no tenía tantos reparos en contestar a sus preguntas. La sonrisa de ese joven tan viejo le inspiraba confianza.

—Pues deberías tener cuidado con tu reputación. O mucho han cambiado las costumbres, o estás en la edad de recibir marido.

—Entonces saldré más a menudo, pues moriría antes que casarme.

—¿Y eso?

—Mi sueño es ver cada rincón de Alagaësia. Ver Ilirea, la rosa de de Farthen-Dûr, Ellesméra,... —citó los escenarios de sus leyendas favoritas y terminó con un suspiro y unas palabras murmuradas—: Ojalá mañana me nazca a mí.

—¿Cómo?

Ella se dio cuenta entonces de lo que había dicho, y se sintió avergonzada. Decidió hacerse la tonta.

—¿Qué?

—Que qué has dicho.

—Que me gustaría ver la gran rosa de Tronjheim. Dicen que es inmensa. Se llama Isidar Mithrim y es un zafiro rosa...

—Ya lo sé, yo la he visto. Me refiero a lo que tú sabes. ¿Quieres convertirte en Jinete de Dragón?

En ese momento, entre los árboles apareció Espina, hipnotizando con su magnanimidad a Kristine, inundada de un profundo respeto. Inclinó la cabeza como saludo.

—Es un indescriptible honor conoceros, dragón Espina.

—Él también te saluda. Así que, tu sueño es ser Jinete de Dragón, eh —dijo con un toque de amargura.

Ella, avergonzada, asintió con la cabeza.

—Es el sueño de todo niño —dijo mirando al suelo—. Pero la verdad es que no creo que ninguno de los dos huevos que traerán mañana vaya a eclosionar para mí. En la aldea hay un muchacho que es mucho más fuerte y valiente que yo. Es alto, fornido, tiene carisma y todos le adoran. Es muy inteligente y dicen que maneja la espada de forma prodigiosa. En cambio yo, sólo sirvo para dar disgustos.

—Y todo eso ¿qué tiene que ver? ¿No conoces la leyenda de ese Jinete que era un campesino analfabeto y que lo único que hacía bien era manejar un arco por las Vertebradas? La verdad es que yo tampoco sé en qué estaría pensando Saphira en ese momento, pero, en fin.

—¡Pero no es lo mismo! ¡A él le venía de familia!

—No sabía que se tratara de algo congénito, pero si así fuera, ¿no tienes tú algún resto de la sangre de Jinetes de Dragón?

—¿Yo? No; ya me siento satisfecha con la de mi bisabuelo Roran.

—¿Y no sabes quién era el primo de Roran? ¿El primo con quien creció como si fueran hermanos?

—No. ¿Quién...?

—Pues ala, ya tienes trabajo —dijo levantándose—. En fin, te deseo suerte.

—¡Espera! ¡¿Ya os marcháis?

—Gracias por la comida.

Kristine no podía dejar que se marcharan. Eran lo mejor que le había pasado nunca, ¡eran la encarnación de las leyendas que contaban los bardos, de los libros de historia que había leído! Murtagh tendría tantas cosas que contarle! La ansiedad la inundó.

—¡Por favor, no os vayáis! O... o ¡llevadme con vosotros!

Murtagh emitió unas carcajadas levemente tiznadas de tristeza. En palabras, habría significado "La sola idea resulta irrisoria".

—¡Por favor! ¡Por lo que más queráis! ¡Quiero irme con vosotros!

—Pero niña, ¿qué te hace pensar que te voy a llevar a ninguna parte? Además, ¿tú sabes a dónde vamos? ¿Y qué pasa con lo de mañana? —preguntó ya desde la silla— ¿Te lo vas a perder?

—No me importa a dónde vayáis. Y de todas formas mañana no me iban a dejar ni acercarme al huevo.

Eso pareció dejarlo con al menos un mínimo de curiosidad.

—¿Por qué no? ¿Tan mal les caes?

—No. Es que en todo el condado, la norma dice que para presentarte en la lista de candidatos, debes ser respaldado por alguien. Es una norma estúpida, pero nadie había pensado que sobraba porque todo el mundo, quien más y quien menos, tiene a alguien que le apoye. Pero yo... —estaban a punto de saltársele las lágrimas— yo no tengo a nadie. Mi madre ha prohibido que alguien me secunde. Si alguien del condado me respalda, será encarcelado durante algún tiempo y después desterrado junto con toda su familia...

Murtagh la miró desde allí arriba, indiferente, como si le estuviera contando lo que había desayunado, sin rastro de la pequeña simpatía que había demostrado hasta entonces. Espina desplegó las alas, listo para elevarse.

—¡No! ¡Esperad! —gritó mientras el dragón, con sus alas color vino, saltaba y subía metros y metros antes del primer batir.

Kristine creyó que tendría un ataque de histeria al verlos marchar, al pensar que quizá jamás volvería a verlos, ni a ningún otro dragón y jinete, cuando desde arriba oyó una voz en grito que le pareció que decía algo así:

—¡Mañana, preséntate! ¡Seguro que habrá alguien dispuesto a hacer algo por ti!

Y entonces se elevaron más y más hasta ser apenas una mancha, volaron hacia el oeste y desaparecieron tras el pico de una montaña.