Capítulo IV

Después de aquel episodio todo posible rastro de sueño había desaparecido de mí, así que con Ethan decidimos ir a visitar a su maestro. Era sábado y a esa hora el club estaría repleto. Tomamos el bus basta llegar a la zona en la que se encontraba su "casa", como siempre solía decirle. Creo que olvidé mencionar el hecho de que seguía viviendo en Los Ángeles, aunque había nacido en Yorkshire, Inglaterra. Vivimos ahí hasta que cumplí los ocho años y luego mis padres quisieron volver a Estados Unidos, pero aún así conservo un poco de acento inglés en mi hablar.

Llegamos al cabo de cuarenta minutos de viaje en el cual casi me había arrepentido de haber llevado todas mis cosas conmigo. Una vez abajo de aquel transporte público, pudimos distinguir la música proveniente de un edificio no muy lejano. Al ingresar pudimos ver al mismo tipo de siempre detrás de una elegante baya y una pequeña mesa a su derecha con un maso de cartas extrañas sobre ella. No tengo idea de por qué seguía levantando una cada vez que veníamos, después de todo ya nos conocía. Pero en fin, era necesario ya que si no adivinabas qué carta era o te negabas serías echado, y yo no quería problemas. Como les dije, sacó una del montón y la sostuvo frente a mí.

-La flor en el pantano -respondí sin dejar de caminar. Abrió la baya en un instante. Dejé mis cosas allí y esperé el segundo necesario para que Ethan respondiera.
-El guardián oculto –dijo finalmente y luego se reunió conmigo.

Entramos y la euforia del lugar nos golpeó como una brisa helada de invierno, sólo que más fuerte. Para mí, era el lugar perfecto a donde ir cuando necesitaba divertirme, pero a veces me daba asco la cantidad de híbridos malignos que podías encontrar. Igualmente, esta vez no iba para liberar tensiones bailando y haciendo sociales innecesarios.

-Oye tú -dijo una voz suave y por demás atractiva- te invito un trago –me habló un muchacho joven, un poco mayor que yo, tomándome de la cintura y acercándome a él. Muy tentador para una chica cualquiera- ¿Qué dices? -finalizó con una sonrisa letal. Suerte que yo no era una chica cualquiera.

-No, gracias -dije con una sonrisita idiota de disculpa, como la que sueles dar para liberarte de alguien- Esta noche no estoy aquí para divertirme. Tal vez la próxima -y me alejé de él.
-Hasta entonces, preciosa -revoleé los ojos ante esto. Sentí su mirada recorrer mi silueta a mis espaldas. Que asqueroso.
-Salió tu carta, no te quejes -Ethan se colocó a mi izquierda.
-No me vengas con eso ahora -le dije cansada de escuchar el comentario- "La flor en el pantano." Desearía saber por qué todo el mundo asocia esa maldita carta conmigo.
-¿Y necesitas que te lo digan? -de nuevo la misma historia.

Aunque yo no estaba de acuerdo en absoluto, la mayoría -por no decir todas las personas que conocía- mencionaban lo bonita que era. Había heredado los ojos de mi madre y el color de cabello de mi padre, aunque al parecer muchos coincidían en que lo más característico de mí eran mis labios. Debo admitir que a veces estaba de acuerdo con esta mirada por el hecho de que veía cierta rareza en ellos.

-Entonces... ¿tú también crees lo que todos piensan de mi apariencia? -le pregunté fingiendo flirtear con él.
-No es apropiado que me preguntes esas cosas -me hacía gracia ponerlo nervioso.

Por fin llegamos a la puerta de la oficina de Midnite. Nos abrió al instante. Siempre mantenía un temple serio, pero puedo decir que éramos de las poquísimas personas a las que brindaba una sonrisa no fingida. Estábamos nuevamente ante él, el rey de la neutralidad. Mi padre siempre había dicho que esas cosas eran estupideces.

Nos ofreció un trago, el cual no pudimos negar, aunque igualmente no hubiésemos querido negarnos. Nos llevó a sentarnos en uno de los cómodos sofás rojos que poseía, amaba esos sofás. Comenzó con la pregunta común de que cómo estábamos y demás costumbres. Contamos lo que acabábamos de hacer, y me extrañó un poco que su expresión se tornara más seria de lo que siempre había sido cuando íbamos a verlo.

-¿Intentaba pasar aquí? -preguntó.
-Sí, o eso creo, es probable -dije encendiendo un cigarrillo.
-Fue un niño -aclaró Ethan.
-Esto es grave -sentenció Midnite. Demonios, era tarde en un fin de semana, no quería complicarme la vida una vez más.

Me quedé en silencio un largo rato fumando, pero como ví que nadie acotaba nada no me quedó otra.

-Bien, ¿a qué rayos te refieres? Parece que estuvieran esperando a que hiciera la dichosa pregunta.
-Esto mismo ocurrió hace años, es peligroso.
-Por favor...
-Debes escucharlo, Sibylla -sugirió Ethan.
-Acabo de quedarme sin casa y estoy en un club nocturno lleno de híbridos demoníacos, ¿y ahora se supone que quieren que me preocupe por algo más? Wow, gracias, son muy considerados.
-Sibylla... -dijeron ambos. Exhalé.
-Correcto, déjame adivinar Midnite. ¿Pretendes decirme que pasará lo que se supone que habría pasado diecinueve años atrás? -hice una pausa, e hice uso de aquel don heredado de mi madre- ¿Y lo que puedo leer en tí ahora es que quieres decirme que esta es mi responsabilidad porque soy Sibylla Constantine, la única hija del gran John Constantine y la poderosa médium Angela Dodson? Wow, nunca esperé que tuvieras tantas expectativas en mi vida.

Luego de aquello se puso a explicarme los sucesos del pasado. Todo había comenzado con la expulsión de un demonio de un humano. En aquel proceso mis padres se conocieron. De repente se me vino a la mente mi parecido con mi padre. Todo el mundo decía que éramos muy similares. Aunque también mencionaban mi parecido físico con mi madre. En fin, me harté de escucharlo hablar y quise irme, así que cuando ví rastros de que se callaría me levanté y me dispuse a irme.

-Espera -llamó Midnite y me arrojó unas llaves al darme vuelta- quédate unos días.
-Gracias -dije simplemente.
-Por favor, toma en cuenta lo que te dije.
-Hush, de acuerdo, investigaré -dije rendida ante la insistencia.

Salí y me encontré de nuevo con el ruido. Ethan se había quedado con Midnite; creo que en aquel momento se me cruzó por la mente considerar la propuesta de aquel muchacho que me había ofrecido un trago, pero recordé el asco que me provocaban esa clase de híbridos.