Capítulo 1. Encuentro incómodo.


"Ah, ah, ¡Ah! ¡Sebastian! ¡Duro, más duro! ¡AH!"

"Nghn.. ¡Ah!" Sebastian se vino con un gruñido ahogado, su semilla esparciéndose dentro de la mujer, mientras ambos estallaban en un ferviente orgasmo en medio de sudor, gemidos y respiraciones agitadas.

Una vez que se hubieron relajado un poco después de semejante actividad, permanecieron abrazados en la cama por un buen rato; cosa que el pelinegro realmente detestaba, pero se guardó sus pensamientos. Aquella mujer podría ser su boleto al éxito, además de que usar su encanto y su cuerpo para obtener lo que quería nunca había sido una dificultad para él. Sabía que era atractivo, encantador y conocía el efecto que provocaba en las personas; por lo cual a veces sacaba ventaja de sus cualidades. Sebastian era una persona de pocos escrúpulos.

"Ese fue probablemente el mejor sexo de mi vida," exhaló la pelirroja en el cuello de su amante; "y vaya que yo sé de eso."

Angelina Durless era una mujer despampanante y algo inusual debido a su vestimenta y su cabello carmesí, sin embargo tenía un cuerpo escultural más unas facciones finas y hermosas por lo cual desde pequeña había llamado la atención de todos los hombres. No sólo eso, pero su personalidad extrovertida también ayudaba a atraer a cualquiera al que ella deseara.

Sin embargo nunca había disfrutado de tan buen polvo hasta ese día, y eso que el hombre con el que estaba era mucho menor que ella. Al menos, Sebastian deducía que debía haber una diferencia de veinte años entre ellos —la mujer debía de tener unos cuarenta por lo menos, mientras que el pelinegro contaba con veintiún años—, no obstante el cálculo no era certero puesto que Angelina se veía joven para la edad que tuviera, y no era de caballeros preguntar la edad de una dama.

Sebastian solo suspiró, y un confortable silencio llenó la habitación por un buen rato. Después de un tiempo, justo cuando estaba a punto de quedarse dormido, un molesto ruido lo distrajo.

Frunció el ceño. No se había dado cuenta de que tan hambriento estaba, hasta que su estómago le había dado un lindo recordatorio.

"Anne," la llamó por su diminutivo.

"…¿Mmm?" respondió ésta con voz suave, más dormida que despierta.

"No quiero molestar, pero… ¿Tienes algo de comer?"

La pelirroja cambió su posición, liberando al joven y acomodándose debajo de las sábanas. Lo único que quería era un buen descanso después de un día tan ajetreado.

"En la cocina debe de haber algo. Sólo baja," indicó. Tal vez estaba siendo un poco ambigua o maleducada, pero la verdad es que tenía demasiada pereza como para acompañarlo o aún más, ponerse a cocinar a esas horas de la noche.

"Gracias," bufó el otro, un poco ofendido por su desinterés. Se levantó de la cama, y la mujer se sentó en ésta, sorprendida al percatarse que Sebastian no parecía importarle ponerse su ropa para salir de la habitación.

"Sebastian..."

El susodicho le lanzó una mirada inquisitiva por encima del hombro, antes de que Angelina le restara importancia con un gesto de su mano. Se volvió a recostar en su cama.

"Nada, olvídalo," añadió.

El joven se encogió de hombros y salió del cuarto. Bajó las enormes escaleras, recorriendo la mansión con sus ojos escarlata. Pues vaya que la famosa 'Madame Red' —como era popularmente conocida— tenía dinero y bienes. Aunque se preguntaba que haría con una vivienda tan grande, donde sólo habitaba ella.

Sin mucha dificultad encontró el lugar, y revisó las alacenas. Mientras buscaba algo apetecible, no se percató de la persona que se aproximaba a la cocina hasta que un notorio grito ahogado capturó su atención.

Volteó inmediatamente, alarmado, para encontrarse entonces con dos enormes y preciosas orbes azules que le observaban entre incrédulas y avergonzadas. Un extraño sentimiento de familiaridad lo invadió, como si hubiera visto esa mirada en algún otro sitio. Descartó ese pensamiento tan rápido como llegó.

"Tsk," masculló el muchacho ojiazul desviando la mirada con una expresión de disgusto, mientras el rubor subía por sus mejillas. No es que no supiera de la activa vida sexual de su tía, pero siempre eran incómodos aquellos furtivos encuentros que llegaba a tener de vez en cuando con sus amantes. Y peor aún, este tipo había tenido la desvergüenza de mostrarse desnudo.

Y por si fuera poco, es que sus curiosos y traviesos ojos habían captado cada detalle de la piel de aquel joven en sólo segundos. Y no estaba nada mal.

Bah, ¡pero si él no debía estar pensando esas cosas!

Sebastian le dirigió una mirada atónita al chico recargado sobre el marco de la puerta, sin intentar cubrirse ni nada por el estilo. Así que esa era la razón por la cual Anne se había visto renuente cuando se percató de que bajaría en su traje de Adán, sin embargo Sebastian supuso que la pelirroja había asumido que aquel niño ya estaría dormido —¿sería acaso su hijo?—, por eso al final no había puesto alguna objeción.

Pues se había equivocado, y ahora ahí estaban ambos, mirándose de hito en hito.

"¿Quién eres?" cuestionó el mayor tranquilamente. Rara vez perdía la calma, por más embarazosa o extraña que fuera la situación.

"El que debería de preguntar eso soy yo," dijo el otro con una autoridad notable para un niño de su edad. "Aunque no creo que haga falta preguntar, debes ser uno de los amantes de mi tía. No me sorprende, pero ¿sabes? Pudiste usar ropa."

La palabra 'tía' acaparó la atención del pelinegro. No pudo evitar sentirse ligeramente aliviado por la revelación, al menos no era su hijo, lo cual lo hacía un poco menos incómodo.

Después de cavilar un poco más en la charla del menor, se sorprendió de la acritud de ésta, así como su atención recayó sobre la palabra 'amantes'. Un niño no debía saber esas cosas, ¿verdad?

"Amantes..." musitó más para sí mismo que nada, ganándose un bufido por parte del menor.

"Sí, amantes… No me trates como si no supiera lo que estoy diciendo, por Dios, ¡tengo dieciséis!" exclamó enfurecido.

"¿Dieciséis?" remarcó Sebastian. "Wow, yo te había calculado unos doce o trece…"

"No soy tan pequeño como parezco," remarcó con orgullo. El mayor no pudo evitar sonreír ante su deje de arrogancia, aunque seguía sorprendido. Aquel niño —corrección, adolescente— era de constitución delgada y baja estatura, y sus facciones tenían un aire bastante infantil. Realmente daba la apariencia de alguien menor a su verdadera edad. No obstante, sus maneras de hablar, pensar y actuar demostraban su evidente madurez.

No queriendo prolongar más el inusual encuentro, Sebastian se decidió a olvidar su hambre y mejor dirigirse a la habitación con Anne. A pesar de que encontraba cautivante la personalidad del chico, si la mujer se enteraba que se había encontrado desnudo con su sobrino, se metería en un gran problema.

"Lo que tu digas, pequeño," añadió con sorna, dirigiéndose hacia la puerta.

"¡Hey!" se quejó éste, cubriendo la salida. "¡No me digas pequeño! ¡Soy Ciel, Ciel Phantomhive!"

La soberbia con la que pronunciaba su nombre sólo causó otra de las sonrisas de Sebastian. Encontraba la actitud del tal Ciel bastante entretenida.

El hombre se acercó más a él, y el joven de cabellos cenizos no pudo evitar sentirse levemente intimidado por su cercanía. Ese asqueroso e indeseable rojo tiñó sus mejillas de nuevo ante la proximidad de aquel individuo.

Las comisuras de los labios de éste tan sólo se elevaron más, sus ojos carmesí recorrieron el cuerpo del menor. Pasó su dedo índice sobre la tela de su pijama, por su pecho, después su abdomen y luego…

Fue detenido por el golpe de Ciel. "¡No me toques como si nada!" profirió al mismo tiempo que un escalofrío recorría su espalda.

Sebastian fingió una expresión apesadumbrada por su rechazo, llevándose una mano a su barbilla, pretendiendo un ademán pensativo.

"Pero si yo sólo quería ayudar…"

"¿Ayudar a qué?" rezongó a la defensiva.

El otro se cruzó de brazos y su semblante su tornó burlón una vez más. Ciel estaba comenzando a aborrecer esa expresión.

"Simple," continuó Sebastian altaneramente. Entonces sus rubíes perdieron contacto con los zafiros de Ciel, recorriendo el cuerpo del adolescente y deteniéndose descaradamente en su entrepierna, y apuntó con el dedo índice. "Quería ayudarte con tu pequeño problema."

Los orbes azules repitieron el movimiento, y Ciel sintió calor hasta las orejas cuando se percató de su creciente erección. ¿Desde cuándo…?

Probablemente desde que le había echado un vistazo al cuerpo del mayor, y no se había percatado de ello hasta ese momento.

Antes de que pudiera reaccionar por completo a sus palabras, manos expertas se le adelantaron, jalándolo para después empujarlo contra la pared. No se dio cuenta cómo ni cuándo, pero los pantalones de su pijama ya se encontraban en el suelo. Por fin comprendiendo lo que iba a suceder, sus brazos trataron de forcejear cuando gritó:

"¡Ya te lo dije, no me toques como si n...!"

La mirada llena de deseo que le dirigió Sebastian fue suficiente para que el resto de la oración se quedara enterrada en su garganta. Sus manos ya estaban en el elástico de sus bóxers, amenazando con bajarlo tarde o temprano. Otro temblor recorrió su espalda.

La verdad es que la idea del sexo con ese extraño no sonaba tan mala, su entrepierna palpitaba y su urgencia era tanta que casi dolía. ¿El problema? Aquello era bastante humillante, además de incómodo y.. Raro. Estaría con uno de los amantes de su tía, eso no podía ser nada bueno.

Todos esos pensamientos y las intenciones de oponerse se fueron al diablo en el momento en que las manos del pelinegro se sumergieron en los bóxers de Ciel, tocando sus genitales sin quitar la prenda de ropa. Un gemido involuntario escapó su garganta, aquello se sentía tan bien... Era mejor que usar su propia mano, se dijo para sí.

Ese dulce gemido envenenó con lascivia los pensamientos de Sebastian. En medio de un frenesí, sacó sus manos y dejó caer los bóxers al suelo. Ciel le miró suplicante, rogándole con la mirada que no parara. Si bien su orgullo no lo dejaba hablar, sus ojos decían lo que su boca no. El pelinegro se lamió los labios y sin ningún aviso engulló la hinchada erección del adolescente, haciéndolo gritar. En un espasmo de placer, Ciel echó la cabeza para atrás, su trémula figura recargándose en la pared, sus manos enredándose en aquellos hilos de ébano para no perder el balance de sus delicadas rodillas.

La lengua de Sebastian recorrió desde la base hasta la punta, succionando con fuerza. Los jadeos de Ciel lo animaban a continuar.

Se separó un poco para mirarlo a los ojos, y lamiendo sus labios una vez más, susurró:

"Sebastian."

"¿Eh?" preguntó Ciel con la voz ronca, medio perdido en la mitad de su trance.

"Sebastian, así me llamo. Es el nombre que quiero que digas cuando te corras," ordenó con altivez, y sin dar tiempo para una réplica, el duro miembro de Ciel se encontró de nuevo sumergido en las profundidades de la boca de Sebastian.

"¡Ah, ah, Sebas... tian!" canturreó el menor, entrecerrando sus ojos y sintiendo el calor abrazar su cuerpo. La lengua del pelinegro se enredaba en su miembro, lamiendo toda la superficie. Cierta tensión comenzaba a acumularse en la parte baja del abdomen de Ciel, lo cual significaba que no faltaba mucho. El sabor del líquido pre-seminal invadía las papilas gustativas del mayor. Detuvo su lengua sobre la punta, no quería que Ciel se viniera aún. Cuando éste le miró con reproche, Sebastian tan sólo mantuvo el contacto visual y una de sus manos, antes apoyada en la pared, se acercó a la boca del ojiazul, logrando introducir un dedo en ésta. Ciel comprendió entonces; y es que el pelinegro también tenía necesidades, y su miembro también estaba esperando, falto de atención.

Con gusto lamió el dedo y otros dos más que se le agregaron. La verdad es que sentía algo de miedo, sabía que podía lastimar, pero a la vez moría por experimentarlo. Después de todo, también sabía que no todo era dolor y que la experiencia valdría la pena.

Sebastian sacó sus dedos de la cavidad; y, sin separar su boca del sexo de Ciel, enterró uno en el estrecho agujero.

"¡AHH!" fue la involuntaria respuesta de éste, retorciéndose. Tenían razón, sí que dolía; era una especie de ardor, calor molesto. Sus músculos se tensaron en obvia respuesta alrededor del dedo, y el mismísimo Sebastian frunció el ceño. Ciel estaba muy estrecho.

Succionó con más fuerza, en esperanza de crear una distracción, lo cual funcionó perfectamente. El menor se relajó, permitiéndole introducir otro dedo mientras continuaba succionando, y Ciel se encontraba casi en el paraíso. Ninguno de sus pensamientos tenía coherencia en ese punto, y podía escuchar su voz ahogada y llena de placer, mas ni él mismo entendía lo que estaba diciendo. Otro dedo fue añadido al mismo tiempo que la cálida lengua de Sebastian recorría la vena sensible del miembro de Ciel, quien apenas y se daba cuenta de lo que estaba pasando. El dolor era eclipsado por las maravillosas sensaciones provocadas por la boca del pelinegro, y ya no lo podía evitar más. La culminación se acercaba.

"¡S-Sebastian! ¡Me voy a—!"

Un cálido líquido inundó la cavidad del pelinegro, y lo bebió con gusto, ignorando los insensibles tirones que el menor le daba a sus mechones ébano. Tragó hasta la última gota de semen, y fue entonces cuando las rodillas de Ciel cedieron ante su peso y colapsó exhausto en el piso de la cocina, con los dedos del mayor aún dentro de él.

Sebastian ahogó un gemido de incomodidad ante el peso del menor.

"¡Ah! ¡Ciel!" exclamó con un hilo de saliva aun corriéndole por la barbilla. Se reacomodó y sacó sus dedos, para entonces revisar a su compañero.

Ciel se había quedado profundamente dormido apenas terminado el acto sexual.

Sebastian contempló seriamente la opción de despertarlo para terminar con lo que habían empezado; puesto que su cuerpo le rogaba por eso, mas dimitió al escudriñar el pacífico y tierno rostro del menor.

Con un gruñido de inconformidad, también pensó en la opción de por lo menos masturbarse —algo era mejor que nada—; pero supuso que tendría que esperar sino es que quería causar un desastre en la cocina y tener que limpiar a esas indecentes horas.

Lo vistió. Después se levantó y recogió al menor entre sus brazos, tomándolo con delicadeza como si fuera una muñeca de porcelana, para después subir las escaleras y buscar entre todas las recámaras de la habitación por alguna que tuviera pinta de ser de él.

Cuando la hubo encontrado, depositó al menor en su cama y lo tapó con las cobijas. Permaneció un rato observándolo; se dio cuenta que Ciel, a pesar de sus facciones aniñadas, tenia una cara realmente bella, como si sus rasgos hubiesen sido tallados en el más fino mármol. No pudo evitar sentir ternura ante la imagen que tenía al frente, incluso llegó a sentir las ganas de acurrucarse bajo las sábanas con él, a pesar de que normalmente él odiaba eso. No obstante, pensó que no era una buena opción. Se quedaría dormido, y, ¿que diría Anne si en la mañana los encontrara juntos?

Pero eso no lo detuvo de apartarle los cabellos de la frente y posar sus labios rápidamente sobre ésta, a lo que Ciel se reacomodó en su lecho y musitó quedamente el nombre de Sebastian, causando la perplejidad de éste.

Pasado un rato el pelinegro salió de la habitación y pensó en ir al baño para tener tiempo a solas con su mano, mas se dio cuenta que esto ya no era necesario; su ahora flácido miembro descansaba entre sus piernas. De seguro la imagen de Ciel durmiente había calmado sus ganas.

Suspiró, había sido una noche larga y extenuante. Llegó a la habitación de Anne, y se acostó en la cama con ella en completo silencio. La pelirroja dormía plácidamente.

Sebastian suspiró y dejó sus párpados caer, tratando de dormir esperando al amanecer.