Soul Eater no me pertenece. Es de un tal Atsushi Ohubo, ese que nos hace sufrir cada mes con su prodigioso manga. Si fuera mío... en fin, sería un asco.

Shalom, gente. ¿Cómo están? Yo aquí, a punto de explotar, en cierta forma. Suelo ponerme nerviosa cada vez que subo algo nuevo, pero hoy... estoy al límite. Había escrito este prólogo junto al primer capítulo hace ya... ¿cuánto, un año? Deben odiarme los que lo esperaban. Lo he editado tantas veces que he perdido la cuenta.

Será la primera vez suba un fic de este género, así que por eso ando que araño las paredes. Lo admito, estoy cagada hasta en las patas de que no les guste como vaya quedando. En fin, ¡daré mi mayor esfuerzo para que les guste!

Por cierto. Gracias a Kasumi-Keiko11 por aprobar el summary. Es una de las personas más adorables que he conocido gracias al fandom.

Si ustedes gustan...

¡Lean!


Invierno


Prólogo

...

El invierno nunca me trajo buenos recuerdos, y supongo que nunca lo hará. Las cosas más terribles me han pasado en aquella estación del año, injustamente.

Es algo irónico, ¿no? En la estación más fría y oscura, cosas como esas ocurren.

Ahora que observo como tus ojos carmesí me observan sin expresión alguna, no puedo evitar pensar en las consecuencias que me trajo aquel invierno... Cuando conocí tu persona, y decidí confiar en un hombre por una vez en mi vida.

¿Cómo iba a saber yo que aquel invierno, cuando permití que vivieras conmigo, bajo el mismo techo, todo mi mundo se desmoronaría? ¿Cómo iba a saber qué, cuando creí que el destino me estaba dando una oportunidad para ser feliz con alguien, solo sería una falsa ilusión? ¿Cómo sabría que las peores cosas de mi vida, ocurrirían en este invierno?

Y tú sigues mirándome, sin responder a la pregunta que acabo de hacerte, a medida que me voy desesperando.

No puedo sacarme de la cabeza, el hecho de que desde que has invadido mi hogar, has arruinado todo. Pero aun así, ¿por qué siento que lo volvería a hacer, a pesar de sentirme tan arrepentida?

Sólo ahora te pido que me respondas.

Dime Soul...

...¿Tú sabías que todo esto ocurriría?


Capítulo I

El velador de mi mesita de noche se encendió de repente, y en vez de abrir mis ojos, los cerré con más fuerza estirando mi brazo para volver a apagarlo.

—Buenos días, Maka —dijo aquella voz que solía despertarme, y que me hacía sentir tan feliz...

… y por desgracia tan incómoda a la vez.

—Hola mamá —respondí con pereza. Tenía ganas de seguir durmiendo, pero era hora de ir al colegio, ya que mi madre siempre me despertaba para ello cuando pasaba de largo mi alarma.

De a poco abrí mi par de ojos.

La habitación se encontraba en penumbras, y no había ni un rayo de sol que entrara por la ventana, ya que las nubes lo ocultaban en su totalidad, y lo único que iluminaba mi cuarto era la luz que entraba por la puerta.

Observé a mi madre, con su cabello castaño claro cayendo suelto hacia ambos lados de su cara, y con una falsa sonrisa pintada.

Anoche ella y mi padre habían discutido, y en sus ojos, se notaba que había llorado. Me daba mucha lástima ver su tristeza, porque siempre había sido una mujer alegre, divertida y enérgica. Pero desde que mi padre empezó a llegar tarde a casa, y se pasaba las noches en quién sabe donde, ella había comenzado a sospechar de él. Lo cual trajo discusiones, llantos, gritos, y sufrimiento.

La amaba, y no me gustaba verle así.

—Ven, te preparé el desayuno. —Tenía sus ojos verdes llenos de una fraudulenta alegría, también. Bajó por las escaleras, dejándome sola en mi habitación.

Sin cambiarme la pijama, bajé corriendo hacia el comedor, donde unas medialunas y una chocolatada caliente me esperaban.

—Buenas, Makita. —"Oh, no." Esa odiosa voz de aquella persona... ¿Qué hacía hoy aquí?—. Linda pijama.

Mi cara se tornó roja, y me arrepentí de haber sido tan vaga al no cambiarme la ropa.

Mi tío, Franken Stein, estaba sentado en la mesa del comedor, leyendo el diario y tomando su café. Dejó vacía su taza, y sacó de su guardapolvo blanco un encendedor y un cigarrillo.

—No, no. Aquí en esta casa nadie fuma, Stein —le reprendió mi mamá, a la vez que le sacaba el cigarrillo de la boca—. Es malo para tu salud, pero también para la de los que te rodeamos.

Mi tío suspiró molesto, pero sin decir nada sacó otro cigarrillo de su bolsillo, sólo que esta vez se levantó de su lugar, dispuesto a irse al patio trasero para seguir fumando para evitar que mamá le diera otro de sus discursos de lo perjudicial que era para la salud el fumar.

—¿Desde cuándo tienes una hija tan maleducada? Se me ha quedado mirando y no es capaz de saludarme —se quejó Stein mientras me observaba.

Al ver que seguía sin saludarlo, ella me miró y entendí su mensaje: "Salúdalo".

—Hola —le dije a mi tío, quien sonrió burlón en respuesta.

En un momento, Stein ya se había ido al patio.

Me senté en mi lugar, y oí un suspiro de mi madre.

—Deberías ser más amable con tu tío —dijo ella desde la cocina.

—Lo seré cuando me trate de la misma forma y de la que corresponde —contesté, mientras que tomaba un sorbo de mi chocolatada y le daba un bocado a la medialuna que tenía en mi mano.

Stein era el hermano de mi madre. Él había sido un gran amigo de mi padre desde que iban a la secundaria, y un día, mis papás se conocieron por primera vez, cuando Stein presentó a ambos. Desde allí los tres salían juntos a todos lados, y eran muy buenos amigos. Pero el tiempo siguió avanzando, y ambos comenzaron a darse cuenta de lo que sentían el uno por el otro. Se pusieron de novios, se casaron, y luego, llegué yo. Hija única. Y dudo que eso cambie por como está la situación entre ellos dos.

—¿Dónde está papá? —La taza que estaba lavando mamá se cayó en el lavabo por mi pregunta, sin romperse, pero el ruido del impacto me sobresaltó.

Se quedó callada por unos segundos.

—Salió. —Tardó unos segundos en continuar. —Dijo que debía ir temprano a la escuela. —O sea que mi padre había mentido nuevamente.

Sabía que no debía preguntar eso, pero me preocupaba por mi padre, ya que después de todo, era eso: Mi papá. Y quería saber porqué era que llegaba realmente tarde, y porqué nos mentía a mamá y a mí.

Pero a veces era mejor no hablar sobre Spirit con mamá. Como ahora, por ejemplo.

Mi madre se acercó a mí y tomó la taza ya vacía que había dejado sobre la mesa para luego lavarla.

—Ve a prepararte —dijo con voz seca.

Me levanté de la silla y subí las escaleras para tomar ropa limpia de mi cuarto y dirigirme al baño a tomar una ducha.

Al salir, fui a mi cuarto y tomé mi mochila ya lista para irme a la escuela.

El cabello estaba aún mojado, y con el frío de invierno de afuera, seguramente me congelaría. Pero no tenía tiempo para secarlo, así que me despedí de mi madre y salí al exterior de la casa. El frío era abrumador, y me alegré de haberme abrigado bien, porque así lo podría soportar por lo menos un poco, a excepción de mi cabello que me estaba haciendo congelar las diminutas orejas.

En el cordón de la calle, la camioneta de mi tío Stein, con él adentro, me esperabab con la puerta del asiento del acompañante abierta. ¿Acaso me iba a llevar a la escuela? Y lo más importante, ¿iba a ser amable conmigo? Tal vez mamá habló algo con él...

—Entra de una vez, que la camioneta se congela —mandó mi tío desde su transporte.

Entré al automóvil y cerré la puerta a mi lado. La calefacción quitó rápidamente el frío de su interior, y me sentí bastante aliviada del calor que inundaba a la camioneta.

—Gracias —le dije.

—Es por tu madre, no por ti.

Vaya, que sincero...

Imbécil.

—¿Tú también vas hoy al colegio, tío? —sonó cómo una de las cosas más extrañas que hayan salido de mi boca.

Nunca le decía "tío" —me daba escalofríos hacerlo—, y siempre lo llamaba por su nombre, pero ahora que había sido amable, sentí la necesidad de hacer lo mismo con él al llamarlo de ese modo.

—Claro que voy a la escuela, niña. Y por favor, llámame por mi nombre.

Le fulminé con la mirada, pero hizo caso omiso a mi reacción. Así que me dediqué a mirar por la ventanilla, como las copas de los árboles se mecían levemente por el viento gélido, y como la nieve caía de ellas.

Death City. Un lugar en donde el verano es hermoso y lleno de vida, y donde el invierno es espantoso, horrible y algo aterrador, debía admitir. Las temperaturas descendían poco más de -5ºc, y no tenían un máximo de 1ºc. Como dije, espantoso. Aunque había quienes disfrutaban de la nieve y aprovechaban para ir a esquiar a alguna ciudad cercana. Pero como yo no hacía deporte alguno, no podía satisfacer mi aburrimiento de esa forma. Sino solamente jugando de vez en cuando —cuando me obligaban— a la guerra de bolas de nieve, o armando algún deprimente muñeco.

Mis amigos amaban el invierno, pero no por eso más que el verano. Sabían como aprovechar de la estación, y vivían divirtiéndose todo el tiempo. En cambio, yo solamente me quedaba leyendo algún libro cerca de ellos, e ignorando sus invitaciones para pasar el rato cuando podía.

Realmente no me divertía ni un poco jugando con nieve y cosas así.

La camioneta aparcó en el estacionamiento exclusivo para profesores, y Stein apagó el motor de su carro.

—Llegamos.

Ambos bajamos de la camioneta, y sin despedirnos nos adentramos en mi colegio. Shibusen. Academia para técnicos y armas, con el objetivo de mantener el equilibrio del mundo entre el bien y el mal.

La campana sonó, y Stein se dirigió hacia uno de los salones que había cerca. Yo entré al que estaba justo enfrente al que él había ingresado, y me di cuenta de que mi profesor aún no había llegado, por lo que no iba a aguantar ningún sermón sobre haber entrado "tarde" a clases. Ya que, mi profesor, se hacía el genial con su insistencia y autoridad, y consideraba a unos segundos, como tarde.

Era un idiota. Después de todo, era mi padre.

Me senté en mi asiento, junto a mi amiga, quien me esperaba con una de sus típicas sonrisas amables.

—Hola, Maka —saludó Tsubaki.

—Hola —dije, y me desplomé sobre mi mesa para cerrar mis ojos con la cara entre mis brazos, cansada.

—Vaya, ¿te has quedado haciendo la tarea hasta tarde de nuevo? —preguntó preocupada.

—... Sí —mentí.

En realidad, no había podido dormir porque mis padres se habían pasado toda la noche discutiendo, pero... no quería decirle. O por lo menos no en el salón, lleno de gente. Tsubaki era la única que estaba al corriente de la situación de mi familia, y siempre le agradecía cuando le contaba las cosas que sucedían, por escucharme y tranquilizarme.

—Deberías dejar de esforzarte en estudiar, Maka. ¡Porque tú nunca superarás las notas de una estrella como yo! —Y este es mi amigo, Black Star.

Es un chico egocéntrico, y se la pasa diciendo cosas como que será "la estrella que superará a los dioses", etcétera, etcétera. Pero a pesar de su personalidad, Tsubaki se llevaba de maravilla con él. Bueno... de maravilla... Ambos se gustaban. Y mucho. Hacía un par de años que se conocieron, eran técnico y arma, y lo siguen siendo. Solo que ahora, se han dado cuenta de lo que siente el uno por el otro realmente —o eso es lo que me contaron por separado—, y no tienen el valor suficiente como para confesarse sus sentimientos.

Sinceramente, esperaba que las cosas resultaran bien para ellos.

Luego de un rato del discurso de Black Star, todo el salón quedó en silencio al llegar el profesor (papá) de una maldita vez. Spirit se sentó en su escritorio, y colocó un libro encima de él.

—Verán clase, disculpen el retraso.

Sí, luego me debe una explicación del porqué llega tarde a la escuela si dice que está aquí desde temprano. Pero luego. Ahora, quería olvidarme del hecho de que era mi padre, y solo quería verlo como mi profesor.

Saqué mi cuadernillo en el cual tomaba notas, y mientras que él hablaba y explicaba cosas sobre una página del libro, yo iba anotando. El tiempo pasaba, y la clase poco a poco llegaba a su fin. En los recreos nos habíamos reunido con el resto de mis amigos, que habían llegado dos horas tarde porque debían dejar la casa en un perfecto orden.

Digamos que mi grupo se componía por: Tsubaki, Black Star, Kid, Patty y Liz. Todos eran excelentes personas, muy distintos el uno del otro, y con distintas manías también. Aunque bien, no podría decir sobre qué estaban hablando. Yo estaba sumida en mi mente, ausente a todo lo que me rodeaba.

Cuando las clases terminaron y la campana sonó, Tsubaki, Black Star y yo salimos juntos luego de saludar a los demás, y me quedé esperando en la salida a mi padre. Ambos sugirieron que los acompañara, pero les había dicho que me iría con papá. Seguramente me llevaría a casa, como se nos había hecho costumbre.

—Oh, Maka —dijo el al verme en la puerta de la escuela, esperándolo. Me resultó raro que pareciera sorprendido de eso—. Mira, debo hacer unos, emm... trámites. Así que, ¿por qué no vas tú a casa, eh?

Juro que quise creerle. Quise ser una ingenua y tragarme lo que me estaba diciendo, pero no podía hacerlo, y realmente me sentía mal al ser consciente de que me estaba mintiendo. Pero... no entendía por qué lo hacía, porqué nos mentía a mamá y a mí. Supongo que es porque, a veces, una mentira nos hace más felices a todos que la verdad.

¿La verdad, entonces, sería algo que no podría soportar?

No le dije nada. Solo miré el suelo, y comencé a caminar hacia mi hogar.

Caminaba, y de vez en cuando me chocaba con algunas personas que me largaban algún insulto, o decían "mira por dónde caminas". Pero no me importó. Me sentía demasiado triste como para andar pidiéndole disculpas a cada uno que me llevaba por delante.

¿Por qué papá mentía? ¿No decía que nos amaba? Si eso era cierto, entonces... ¿Cómo era capaz de hacernos eso? ¿Cómo era capaz de mentirle a las personas que amaba?

Él estaba en algo raro, eso era obvio. Pero... ¿En qué?

Al llegar a una plaza, me senté en una de las bancas que había por allí. A veces, cuando mis padres discutían, solía escaparme por la ventana de mi pieza, e iba allí, a pensar y a aclarar un poco mi mente, además de para alejarme de la realidad que me esperaba en casa. El lugar estaba casi abandonado. Los juegos estaban todos destruidos, y sinceramente, era un chiquero. Pero los árboles de allí eran lo único que le daban vida a la plaza, y debía admitir que eran preciosos al mecerse con el viento. Pero eso era en primavera. Ahora, en principios del invierno, no había más que puras ramas con nieve acumulada en sus puntas.

Di un suspiro.

"Todos los hombres son mentirosos, apestan. Pero en especial mi padre."

Unas lágrimas se escaparon de mis ojos. Mi corazón latía feroz, y sentía una gran impotencia. Necesitaba descargarme con algo. Me sentía terrible.

Quería llorar, pero no de tristeza, sino de...

Me di cuenta de que un chico cuyo rostro se me hacía muy familiar, me estaba observando: Tenía un cabello desprolijo, que se entremezclaba con la nieve por tener el mismo color. Estaba sentado debajo de un árbol, rodeado de nieve. ¿No tenía frío? Llevaba una campera, y un pantalón azul oscuro. Estaba bien abrigado, pero si se sentaba en la nieve, debía estar congelado, ¿no?

Lo miré más atentamente, a los ojos. ¿Eran rojos?

Jamás había visto ojos así. ¿Sufriría de alguna enfermedad?

Luego lo capté, y había entendido por qué se me hacía tan familiar su rostro. Esos días que pasaba por aquí, lo veía allí mismo, debajo del mismo árbol. Me había llamado la atención desde el principio, porque la primera vez que lo vi había sido hace unos días, cuando el invierno a penas comenzaba, pero antes no lo veía nunca. Era extraño. No solo eso, sino que parecía que debería tener un par de años más que yo simplemente. ¿No tenía una familia, y un hogar dónde vivir? Realmente sentía pena por ese chico, y me hubiera gustado ayudarle de alguna forma, pero... Me infundía algo de miedo su mirada, sus ojos.

Decidí irme de allí. No es que le tuviera tanto miedo para eso, sino que uno nunca sabe cuando tiene a alguien peligroso delante suyo, y a pesar de que era al chico que veía siempre, y que parecía no serlo, pensé en que ya no podía confiar tanto en los hombres. Me levanté de mi banca, y sentí la mirada penetrante de aquel muchacho.

En cuanto me perdió de vista, comencé a correr. No sé por qué motivo, pero quería alejarme de aquella plaza. Algo me decía que lo mejor era estar lejos de él.

No me gustaba ser prejuiciosa, porque se me hacía que solo era un chico pobre, sin dinero, que debía sobrevivir el día a día. Pero aún así, a pesar de la pena que me daba verlo así, sentí la necesidad de escapar de él.

Al llegar a mi hogar, me di cuenta de que se escuchaban gritos de mi madre, pero no de mi padre. Espié por la ventana para ver que sucedía adentro, y vi como mi madre discutía con su teléfono celular. Escuché el nombre de Spirit, ¿acaso estaba discutiendo con él?

¿Y ahora qué hacía? ¿Entraba a casa, o me iba? Pero... ¿A dónde?

Me quedé un rato sentada en frente de la casa, esperando a que mi madre terminara de hablar. Y en cuanto lo hizo, entré finalmente a la casa.

—¿Dónde rayos estabas? —me preguntó, bastante furiosa.

—Y-yo... —dije sorprendida por su manera de hablarme. Siempre era dulce conmigo.

—¡Acabo de llamar a tu padre porque tardabas en volver! —Ay, no. ¿Estaban discutiendo por mi culpa?—. Yo... creí que estarían juntos. Él... Maka, ¿por qué no estás con tú papá?

Me sorprendí de que él no le haya dicho que iba a demorarse. ¿Por qué no lo hizo? Dudé en si decirle o no. Claro que debía saberlo, y que no me llevó a casa por alguno de sus asuntos. Pero... no quería preocupar a mamá. Ella pasaba por tanto ya.

—Él... —No, no iba a hacerlo—. Lo... Lo siento mamá. Es que le dije que quería venir sola. Y, me demoré, simplemente.

—¿Fue eso? —Asentí—. Oh, bueno. Si fue así... Perdóname, Maka. —Recibió un mensaje de su celular y suspiró exhausta—. Me necesitan en el trabajo. ¿Puedes quedarte sola en casa? —Volví a asentir con la cabeza, y sin despedirse, tomó un saco del perchero y salió fuera de casa.

Me quedé un rato allí parada, sin saber bien qué hacer. Finalmente, fui a mi cuarto, y me tiré en mi cama. Me aferré de mi almohada, y rogué porque mi madre ya no sufriera más. Estaba cansada de verla así de triste todos los días. Me destruía todo aquello.

¿Acaso todo esto nunca cambiará?


Otra mañana horrible. Me había despertado helada, luego de pasar toda la noche dando vueltas en mi cama. Me había destapado, y el pequeño calefactor que tenía en mi pieza no era de mucha ayuda en esos días con tanto frío. Temblando, tomé el acolchado y como pude me envolví en él. De una forma logré sentarme, y quedarme así esperando hasta que el frío se disipara y el sueño también. Pero no habían pasado más de diez minutos, en los que reflexioné y me di cuenta que ni el frío ni el sueño se irían hasta que me volviera a acostar.

Pero decidí levantarme.

Bajé las escaleras y algo llamó mi atención. Todo estaba oscuro. Bueno, a las seis de la mañana de un día de invierno, era normal que estuviera así. Pero me refería a la casa. Mamá usualmente estaba en la cocina a esas horas, con las luces encendidas, bañada y arreglada para irse al trabajo luego de que yo me fuera. Pero no estaba allí, y Spirit tampoco.

Poco a poco, mis ojos fueron mirando con más nitidez las agujas del reloj que colgaba en la pared del comedor. Eran las cuatro de la mañana. Estupendo.

Refunfuñando y maldiciendo por lo bajo, me dispuse a volver a mi cuarto. Pero tan solo estar al pie de la escalera, sentí el ruido de algo cayendo contra el piso. ¿Una maceta?

Me mantuve atenta por unos instantes, hasta que volví a oír ruido en el patio. ¿Había alguien afuera?

Corrí a la cocina y lo primero que conseguí sacar de un cajón fue un cuchillo de cocina. "¿En serio? ¿Voy a matar a alguien?". Pues, era un técnico. Se suponía que no debía estar aterrada en lo más mínimo porque lo normal sería haberme enfrentado ya con treinta demonios. Pero, yo era un caso especial. Al no tener ningún arma, nunca había podido luchar ni cazar demonios. Algo tal vez deprimente.

Otro ruido. Me estremecí al oír el crujir de unas ramitas. Sí había alguien.

De repente al pavor se había desvanecido, y una especie de adrenalina había avanzado dentro de mi. No iba a dejar que quien fuera que sea, entrara a mi casa y le hiciera daño a mi familia. Menos que nada, a mi madre.

Aún así, pensé que quizás aquella persona podría tener una pistola o algo así. "¿Debería llamar a papá? —pensé—. No, esta noche no parecía estar en un buen estado".

Fui hacia la puerta corrediza de vidrio que me llevaría al patio, y agradecía que se hubieran acordado de cerrar las cortinas. Espié por un espacio, pero no parecía haber nadie. Supuse que debería estar escondido, capaz ya se había dado cuenta de que yo estaba espiando. Abrí la puerta, y salí al patio.

En efecto, a un metro se veía la maceta rota, con la tierra de su interior desparramada por la nieve.

Corrí hasta quedar frente a la casa, y de inmediato me di la vuelta. Miré por todos lados: las paredes, el techo, rodeé la casa y me fijé incluso en la de los vecinos. Pero nada. Me fijé incluso entre los árboles que se encontraban en el patio trasero. Pero seguía sin encontrar a alguien.

—¿Fue mi imaginación?

Toda sensación de coraje e intrepidez había sido reemplazada por la incertidumbre, y me sorprendí al notar que también estaba algo desilusionada.

No me había percatado de que tenía mis pies descalzos, pisando la blanquecina nieve que ocultaba cualquier mínimo pedazo verde del césped. Corrí luego de estornudar, y entré en casa a hurtadillas. No habían pasado más de diez minutos, y el silencio se centraba en mi casa, y alrededor de ella.

Quizás solo había sido un gato.

Dejé el cuchillo en su lugar, aliviada de no haber tenido que defenderme con él. Subí al primer piso y fui al cuarto de mis padres, pegué la oreja a la puerta, para asegurarme de que seguían dormidos y que nada los había despertado: un ronquido de mi papá fue lo que me aseguró aquello.

Volví a mi cuarto, y junté las sábanas y la colcha que había arrojado luego de haber salido de la cama, y los acomodé rápido para poder luego taparme. Pero en vez de arrojarme de cabeza para dormir las pocas horas que me quedaban, fui hacia la ventana para mirar la noche oscura. Me frustré con aquellas nubes que opacaban todo, y acomodé mi mini-estufa cerca de donde estarían mis pies descansando, y entonces sí, me acosté y arropé muerta de sueño.

Debía de andar paranoica esa noche, porque sentí algo deslizarse en la ventana por la que había espiado hacía instantes. Esperé para oír algún otro ruido, pero nada. Tomé mis auriculares, y elegí una canción de mi lista del celular, para poder dormir sin estar atenta a nada.

Definitivamente, estaba alucinando.


Aquella noche, como tantas otras, no podía dejar de pensar entre sueños en mis padres. ¿Acaso saben lo que es no tener recuerdos felices de tu familia? Pues... yo eso lo sé más que nadie. Eso puedo asegurarlo.

Soy Maka Albarn. Asisto al Shibusen, a pesar de que soy una técnico sin arma. Mis padres están casados, pero no por eso felices. Tengo catorce años y siempre sentí que la mala suerte junto a las cosas lamentables me perseguían constantemente.

Y, creo que eso nunca cambiará... Aunque preferiría estar equivocada.