Capítulo 1

El rugir de los motores se mezcló con el bullicio de la gente.

La vibración del coche fue como un relajante para sus músculos tensos y le permitió tener la tranquilidad que había perdido durante los últimos días. Vanessa Hudgens no podía encontrar nada mejor que una buena carrera nocturna en la ciudad de Los Ángeles. La velocidad, la adrenalina que recorría su cuerpo la ayudaba a mantener la mente fresca para olvidarse por completo del mundo entero.

Una rubia esbelta caminó contoneándose de un lado a otro por la pista hasta colocarse en medio de los dos coches competidores. Alzó la banderilla que traía en la mano y, esbozando una coqueta sonrisa producida por los halagos masculinos que se escuchaban a su alrededor, la bajó hasta la altura de sus rodillas dando por iniciada la carrera. Las llantas chirriaron, dejando una nube de humo tras ellos.

Aferró con fuerza el volante, sintiéndose segura de sí misma.

Vanessa no era una principiante en las carreras callejeras. Pues su padre le regaló su primer coche, un Chevrolet Corvette Z06 color amarillo, cuando cumplió la mayoría de edad y desde entonces, se había convertido en su pasatiempo favorito.

A pesar de que habían pasado unos cuantos meses desde la última vez que compitió, no se sentía nerviosa, pero estaba intrigada en conocer a su contrincante. El hombre se había metido en su Audi R8 V10, sin haber tenido la oportunidad de verle el rostro antes. Bien, no era necesario una vez que lo dejara en ridículo frente a los fanáticos de las carreras quienes observaban con emoción.

Aceleró a fondo, tomando las curvas sin problemas. Miró por el espejo retrovisor al Audi detrás de ella y esbozó una sonrisa de autosatisfacción. Tenía ganada esa carrera.

—¿Qué? —Exclamó de pronto, cuando escuchó el rugido del motor del Audi alcanzándola, poniéndose a la par en la carretera.

Giró el rostro, tratando de mirar a través de la ventana polarizada al conductor, pero solo pudo ver una tenue silueta que mantenía la mirada fija sobre la carretera. Aceleró, sacándole un poco de ventaja a su competidor y, cuando creyó tener todo bajo control nuevamente, el Audi negro pasó por su lado como una ráfaga de viento imposible de apreciar.

—¡Maldición!

El interior del Corvette se vio envuelto en todas las palabrotas que acudieron a su mente. Cada blasfema más fuerte que la anterior. Se había confiado y también subestimado a su competidor.

Intentó derrapar en la última vuelta a gran velocidad pero las llantas rechinaron, en protesta al sobresfuerzo empleado por la conductora. Vio con incredulidad el Audi frente a ella, cruzando la línea de meta.

La tranquilidad que había sentido antes desapareció, como si nunca hubiera estado presente. Lo único que la embargaba en esos momentos era la rabia.

Nunca había perdido una carrera y, que lo hiciera contra un novato, era imperdonable. Salió del coche hecha una furia y vio a su competidor —dándole la espalda— festejando su triunfo con varios hombres que palmeaban su espalda en señal de camaradería. La rubia esbelta con complejo de puta, también estaba a su lado.

—Oye, Ness, ¿Qué fue eso?

Ella cerró los ojos y resopló.

—No me jodas ahora, Mackey.

Un hombre alto, con cuerpo delgado pero lleno de músculos trabajados, caminó hacia ella con una media sonrisa iluminando su rostro. Su cabello oscuro y alborotado liberaba mechones lisos que caían por su frente, cubriendo ligeramente sus ojos marrones. Las facciones salvajes de su rostro se ablandaron con el brillo que resplandecía gracias a esa sonrisa burlesca.

Sean Mackey era uno de los hombres más extrovertidos que había conocido en toda su vida. Él, más que nadie, conocía su carácter y sabía que no era buena idea meterse con ella en momentos como ese y, aun así, era el único que se atrevía a burlarse en su cara sin temer salir gravemente lastimado.

Vanessa musitó algo entre dientes sin quitarle la mirada de encima a su competidor, tenía que enfocarse en el motivo de su rabia y no en las palabras de su amigo. Esta vez, el hijo de puta estaba mirando en su dirección con una sonrisa en el rostro. Vanessa deseaba borrársela con un golpe certero en sus genitales, pero, la imagen que evocaba su mente sobre eso no le devolvió su buen humor.

—Oh, diablos. Tendremos problemas —comentó Sean con esa media sonrisa.

Sí, Vanessa podía sentir la tensión apoderándose del ambiente a medida que el hombre se acercaba a ella con pasos seguros. Oh, ese idiota no sabía en qué diablos se estaba metiendo una vez que se pusiera frente a ella.

Un haz de luz le dio de lleno en el rostro, dándole la oportunidad de apreciar sus rasgos faciales. Un rostro afilado, nariz recta y una mandíbula fuerte cubierta por una incipiente barba de tres días. El azul de sus ojos la dejó paralizada. ¿Qué diablos le estaba pasando? Tenía que aferrarse a la ira que sentía para no dejarse embelesar por el atractivo físico de ese hombre. ¡Por todo lo que era santo, acababa de patearle el trasero en la pista! No podía sentirse atraída hacia él.

Pero, a medida que se acercaba, podía sentir la virilidad que exiliaba cada poro de ese cuerpo bien formado. Vanessa se dio la libertad de ver esos musculosos brazos, cubiertos por una fina capa de vello oscuro, que podía apreciar gracias a las mangas cortas de su camisa negra. Llevaba el cabello castaño demasiado corto para que pudiera peinarlo de algún modo, dándole un toque jovial. Aquella sonrisa —que comenzaba a ponerla nerviosa— no había desaparecido de su rostro. Tenía una belleza felina y un aura misteriosa rodeándolo. Los jeans desgastados oscuros y las botas de motorista eran una clara señal de que tenía que cuidarse de ese hombre.

—Hola —su voz profunda la hizo estremecer—. Diste una gran carrera. Realmente una que ha valido la pena desde que llegué a la ciudad. Me llamo Zac.

Le tomó un par de segundos reaccionar. Cuando lo hizo, vio una mano extendida frente a ella que esperaba ser estrechada en un gesto amistoso.

—Vanessa —se presentó, carraspeando para deshacer el nudo que se había formado en su garganta.

¿Un gesto amistoso? No, lo que sintió al tocar la mano —grande y encallecida— de ese hombre fue algo más que un mero saludo amigable o de simple cortesía. Una corriente de excitación atravesó su cuerpo, despertando sus instintos más salvajes que había creído extintos durante mucho, mucho tiempo.


Espero sus comentarios, de antemano muchas gracias, besos.

Ale Martínez~