Las, espero, no tan aburridas notas de la autora:

¡Hola! ^^ Veinte años después (o un poco más, temo), me sigue encantando Saint Seiya. Saga es mi personaje favorito, así que decidí alejarme un rato del inglés y los vampiros para contribuir con este pequeño one-shot en español (¡larga vida al español! No hay nada mejor). Es parte de un fic muy grande, varias veces re-escrito y que, lamento, jamás tendré el tiempo o la paciencia para publicar; por lo que espero no resulte demasiado confuso. Básicamente está situado poco después de que mi estimado Ares tome el control.

¡Espero lo disfruten! (y dejen un lindo review, me encanta saber qué piensan otras(os) fans de los gemelos).


Fallen Angel


La obscuridad era un monstruo sin forma, ni piedad; lo sofocaba de una manera que no se habría atrevido a imaginar ni en sus pesadillas más cruentas. Antes había tenido la distracción de la realidad; su deber y destino eran sus armas más fuertes para hacer a un lado a esa quimera, pero ahora sentía que por fin había sido devorado. ¿Tal vez era eso? ¿Por fin la cordura lo había abandonado? Sería un alivio saberlo con certeza, pero, al igual que el resto de su ser, esta idea se ahogó en ese océano de tinieblas y caos que lo ahogaba…

- Como ordene, su Santidad.

La voz le era familiar… ¿Milo de Escorpión? No estaba seguro; era difícil siquiera atrapar sus propios pensamientos y darles alguna semblanza de orden. De repente era capaz de percibir su ser, fragmentado, alejándose de su consciencia a la vez que le hablaba: susurros sedosos y temibles creaban una cacofonía ensordecedora de la que no lograba escapar.

No podía ver, no podía sentir su propio cuerpo; las voces iban y venían, dándole una breve esperanza y después abandonándolo de nuevo en esa nada. Ni tan sólo comprendía dónde se encontraba, o cómo había llegado "ahí". Estaba solo con su mente divagante y todos los demonios que había cultivado en su corta vida. Por un instante tuvo la certeza de hallarse en el Tártaro; su hermano esta vez no había detenido la navaja, y eso era lo que quedaba de sí mismo. En cierta forma, pensó, era un castigo casi poético.

Luz, formas, sonidos y olores lo asaltaron tan súbitamente que por un instante Saga no comprendió que podía ver de nuevo. Se escuchó a sí mismo respirar, sus manos se movieron frente a su rostro, y le pareció algo tan extraño…

Disfrútalo, pero sigo aquí.

Desesperación debería ser su nombre. Esa voz lo golpeó como una fuerza física, constriñó su garganta como si una garra sujetara su blanco cuello, y oprimió su ser con la fuerza de un titán. Los susurros en su mente se volvieron alaridos, y volvió a la nada por un segundo, pero fue ira lo que lo alejó de la locura y su prisión.

- ¿Quién eres? —gritó, aunque no pudiera ver a su enemigo. Sus ojos alertas recorrieron una habitación que rezumaba lujo y antigüedad; momentos después, al no hallar nada físico que lo asaltara, reparó en sí mismo: vestía una túnica obscura y delgada, que jamás habría tocado por voluntad propia; el corte de la larga pieza sobre su pecho apenas lo cubría, y notó a continuación que no había nada separando su piel de la igualmente suave tela. Se sintió desnudo, en más de un sentido; horriblemente maniatado y vulnerable. Lo desesperó no entender cómo había llegado a encontrarse en ese estado, así que repitió su pregunta y su desafío.

No esperó que le contestaran, y la voz se llevó el escaso calor de su sangre…

Puedes llamarme Ares, pequeño…

- ¿Qué es lo que quieres? —Saga necesitaba entender más que nada, alejar a ese monstruo con algo racional, lo que fuera...

El mundo —declaró la voz que no parecía venir de ninguna parte—. Después, venganza; pero eso es sólo el comienzo: mi verdadera meta no es nada tan insignificante como este planeta.

La mano de Saga se dirigió a su pecho con fuerza letal, su mente fija en su propia muerte. Por fin había entendido que esa voz estaba en su cabeza, igual que las otras… siempre había sido así.

Sólo era el contendedor de un monstruo. Fue una idea perfectamente clara en medio del vórtice de su locura, y la aceptó como la verdad. Irónico que Kanon hubiera querido hacérselo ver antes, y a cambio lo había asesinado bajo pretextos de justicia divina…

Otra idea lo asaltó como un relámpago que cortara su negación: eso no era cierto, y ahora podía aceptarlo. Había encerrado a Kanon, había renunciado a él y a cualquier pretexto de felicidad, para que lo dejara morir.

Tenía que morir, pero su mano se detuvo a milímetros de su corazón. Temblando, su puño bajó hasta quedar laxo a su costado.

No abuses de mi generosidad.

- ¡Déjame! —casi rugió, al sentir su cuerpo paralizado. Sus miembros se sentían como si se hubieran vuelto de hierro, y el esfuerzo por tenerse en pie era terrible.

Cayó al suelo, de lado, su respiración elaborada y trabajosa; el largo cabello azul lecayó sobre el rostro, adhiriéndose a la humedad de su piel afiebrada sin que pudiera apartarlo. Saga maldijo por todos los dioses sin nombre… ¿por qué no podía terminar con su mísera existencia? Tantos morían deseando vivir, ¿es que era pedir demasiado?

Te estoy haciendo un favor, realmente.

La voz era burlona, llena de una desmedida confianza. Saga nunca había despreciado algo como a esa voz, y se lo hizo saber aunque fuera con un pensamiento y la intensidad de ese odio casi brillando visiblemente en sus ojos verdes.

¡Vaya! Nunca te había visto tan enfadado —se mofó su verdugo; Saga casi pudo ver una sonrisa abyecta acompañando esa voz desde la obscuridad en su mente—. Siempre aparentando control… todo para esconder lo que en realidad eres.

Saga cerró los ojos, como queriendo protegerse de esas palabras, pero esa voz le dedicó una carcajada a su agonía.

¿Crees que no lo sé?

Te conozco mejor que tú mismo; te he observado durante años…

Sé por qué lo hiciste esa noche, cuando atisbaste eso que tanto querías negar.

El Caballero de Atena se encogió sobre sí mismo, queriendo cubrir sus oídos aunque sabía que eso resultaría inútil: nada podía apaciguar a los monstruos en su interior; sus gritos le abrirían el cráneo desde dentro, pero aún así trató de hablar. Su voz salió forzada, y utilizó el resto de su voluntad para expulsar las palabras en ago coherente:

- Cometí un error esa noche… y he tratado de resarcirlo…

¿Un error? —la burla y malicia en esa voz le taladraron los oídos, uniéndose a las otras voces—. Has cometido muchos "errores"; ese solo fue el primero que quisiste reconocer, pequeño…

Gritos de muerte resonaron en su mente… rostros mutilados lo miraban, acusándolo aún en su helada quietud. Pero la visión de la sangre era lo peor: era horrenda, y hermosa. Todo en ella lo llamaba, y pudo sentirla empapando sus manos, su rostro, fresca y maravillosa como ambrosía…

¿Qué será esto? —le preguntó la voz, sardónica y cruel—. ¿Qué te dice tu alma?

- ¡Cállate! —gritó, por primera vez en años, pero su voz pronto se extinguió. Alcanzó a sujetar su cabeza, pero sus manos seguían traicionándolo: no lo dejarían buscar el olvido de la tumba, y temió que el dolor, aunque insoportable, no bastaría para cumplir su sueño.

Estás mejor bajo mi cuidado.

El dolor cesó, y Saga respiró aliviado; por largos momentos no pudo pensar en nada salvo el placer de la ausencia de ese tormento. De repente su cuerpo se puso de pie por sí solo, y se sintió como una marioneta al caminar contra su voluntad por la amplia estancia, hasta llegar a un espejo de cuerpo completo.

Despreciaba los espejos, pero sus ojos no lo obedecieron al querer apartarse de su reflejo. Magnífico no lo abarcaba; no cómo la forma en la que el largo cabello se resbalaba, líquido en su suavidad, sobre su pecho, intensamente azul sobre el blanco perfecto de su piel y el negro de la delgada tela que apenas lo cubría. Saga odiaba esa imagen que tantos adoraban, pero la entidad que se había apoderado de su cuerpo no le permitió desviar la mirada, como usualmente ocurría.

Atónito, el guerrero vio a su propia mano derecha ir hacia su vientre; trazó los firmes músculos que encontró ahí, lentamente, de forma experta…

- Basta —musitó Saga, su voz llena de miedo y una seria amenaza.

Su mano se detuvo.

No eres divertido…

Pero me encargaré de cambiar eso; ¿o es que extrañas a Aioros?

- No sé de qué estás hablando —replicó Saga, furioso a pesar de la tenue nota de duda en su voz.

Ahh… no lo recuerdas, ya veo…

Saga pudo al fin cerrar los ojos, y trató de recolectar sus pedazos… No podía hacer caso de todo lo que dijera esa voz, fuera lo que fuera —se dijo, aunque su convicción era débil—. Estaba tratando de confundirlo aún más, si eso era posible.

Ares, por su parte, se regocijó enormemente. Era tan fácil torturar a Saga, y tenía dentro sí mismo tanto con qué dañarlo que casi era demasiado fácil… Pero lo haría poco a poco, hasta que esa alma estuviera rota más allá de toda posible curación. Entonces ese cuerpo divino le pertenecería por completo…

El paseo terminó, puedes volver a tu jaula.

La tapa del ataúd se cerró nuevamente, dejando a Saga solo en la ávida obscuridad. Escuchó como algo extraño su propio grito reverberando en los confines infinitos del infierno en el había caído.

FIN.


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