Las marcas del camino


Disclaimer: Tantei Gakuen Q y todos sus personajes son propiedad de Seimaru Amagi y Fumiya Sato, yo sólo los utilizo con fines de divertimento.

Advertencias: universo alterno, basado en leyenda irlandesa, posible OOC. Históricamente inexacto.


Primera Parte

No tenía idea de cuántos días habían pasado desde que bebió la última gota de agua de su pellejo. Ni qué decir de cuándo se le terminó el pan o la fruta. ¿Su última noche bajo techo? Desde que salió de Yamanshiro, tal vez.

El viento soplaba con una calidez que le era desconocida, las hojas en los árboles se mecían trémulamente y las piedras crujían a cada paso. Su sandalia terminó de romperse y optó por tirarlas, ¿qué más daba si ya no tenía calzado? De todas formas no tenía para comer… Realmente no creía que pudiese durar más que eso.

Había salvado ileso de un ataque tan grande, coordinado como pocos habían visto y, en potencia, bueno, bastaba decir que había tenido que huir para salvar con vida. ¿Sobrevivientes? Quizás uno que otro, seguramente alguna joven que terminaría como Geisha o Concubina, si tenía suerte. Últimamente ni siquiera tomaban prisioneros.

Se dejó llevar por el viento y su caricia, esa que le escocía la piel y lo hacía trastabillar. En un estado tan lamentable nadie podría creer que fuera un Samurai.

El sol casi se ocultaba al occidente cuando sus oídos, aguzados a cualquier señal, dieron con un riachuelo que serpenteaba entre unos pedregales. Su corazón dio un brinco de alegría al verlo y aún más se alegró cuando comprobó lo deliciosa que era el agua fresca. Bebió hasta hartarse y llenó nuevamente el pellejo, decidió no seguir el curso del río para continuar su viaje, pues otros podrían hacer igual y acabaría en problemas de los que escapaba lastimosamente. Tal vez dirían que fue un cobarde por salir así, sin orgullo, pero estaba harto del maldito código.

Nuevamente continuó su camino, esta vez bajo la luna llena, que alumbraba el camino tan perfectamente que no pudo dejar de moverse, sin saber siquiera hacia dónde ir.

─¿Puedes esperar un poco?

La voz era tan clara y tan suave que no pudo sino recordar el agua que bebiera hace poco. Era ya tarde y que hubiese una mujer a esas horas hizo acercar su mano diestra al tazo de la katana.

─No soy tu enemiga. Ryū, ¿es que no sabes quién soy?

Pero siguió oculta. El ropaje se movía entre briznas de pasto y piedras sueltas. Oyó los pasos y el murmullo de la tela que la vestía, pero no vio a nadie.

─Muéstrate. Si no eres enemiga, ¿por qué te escondes? ─Espetó mordazmente.

─No me oculto. ─La figura estaba frente a él, tan cerca que podría tocar la seda del kimono, pero tan etérea que dudó de su existencia. ─Tienes razón, no soy de este mundo.

Pese a que quiso dar la vuelta e irse, Ryū no lo hizo, sino que le permitió acercarse hasta alcanzarlo y la dejó hacer en él según quisiese.

La noche dio paso a una mañana tan cálida como las precedentes, pero con ese anaranjado antinatural, propio del incendio que dejara atrás y que parecía extenderse, perseguirlo, sin que nada le detuviese. No supo bien qué pasó, no recordaba demasiadas cosas, ni siquiera el nombre del espíritu o qué había estado haciendo allí. No recordaba ni las caricias que se propiciaron, como tampoco el porqué ella le buscaba sólo a él.

Decidió no darle mayor importancia, si hubiese una razón, tarde o temprano está aparecería ante sus ojos.

El camino fue más fácil de recorrer que todos los días anteriores, incluso le pareció que se movía más rápido y la fatiga que sintió por la falta de alimento, ya no lo retrasaba más. Se sentía renovado, fuerte, incluso alegre. Por eso cuando divisó el muro y luego la puerta de Kyoto se permitió dejar escapar una pequeña sonrisa, escueta, insignificante. Apenas un gesto de agrado.

No tardó en volver a la seriedad acostumbrada, a bajar la vista y mirar de reojo a todo hombre, mujer y niño que pasase junto a él. Siempre había sido igual, desde niño, cuando su abuelo lo hacía pasar horas bajo la lluvia, en la nieve, en una cascada, al sol del mediodía, practicando con la espada. Había aprendido, a la par de la espada, la poesía y la artesanía, aunque se le diesen especialmente mal; y el sigilo. Había endurecido la piel, la mirada y desechó la confianza. Cuando llegó a cabalgar como uno más de los hombres del Shogun, apenas pasaba los diez años y, no pasaba los once cuando dio muerte a un insurgente.

A pesar de ello no perdió la cordura, simplemente se enfurruñó aun más. Más tosco, más callado, más duro. Cada día menos expresiones adornaban su rostro y menos palabras salían de su boca. Aquella mujer que le cuidaba en casa y los hombres que lo escoltaban, parecían hallar eso muy bueno y nadie decía nada. Todos contentos.

─Algo caliente ─pidió a una mujer que servía un pequeño puesto. La mujer asintió y en apenas unos minutos le sirvió una sopa de frijoles rojos. Pagó con la pequeña moneda de cobre ─su última moneda─ y se marchó.

La ciudad era grande, más de lo que pensó, y estaba llena de gente que caminaba tan alegre como la que dejó atrás, incendiándose.

Yamanshiro era una ciudad tan próspera como Kyoto, pero estaba emplazada en medio de las disputas del poder entre el Emperador y los caciques. Estos últimos habían adquirido una gran autoridad desde la ocurrencia de fiscalizar las tierras y entregarlas a los campesinos, con la condición de traspasarlas luego de seis años a otro grupo. Claro, la idea había funcionado bien los primeros años, cuando todos cumplían a cabalidad el acuerdo, pero no habían tardado en apoderarse de las tierras y acumular posesiones, lo que llevó a enriquecer y a crear células de poder que lograron organizarse y empezar con el mismo caos que lo llevó a huir.

La ciudad había estado especialmente agitada ese día, por todas partes los rumores de la guerra se esparcían y los llamados a servir a la milicia (otro fiasco) se hacían más frecuentes. Debido a su apellido y entrenamiento, y que había servido antes a los intereses de la aristocracia, su misma cuna, estaba obligado a acudir. Sin embargo, el ataque se produjo antes de que saliera de Yamanshiro, cuando había estado alistando sus provisiones y tenía el garañón listo para la misión, sólo que no hubo tal: los caciques habían armado bien a sus hombres, otrora armados con unos cuantos arcos y unas cuantas espadas cortas, venían vestidos con las mismas armaduras y armas que él había empuñado alguna vez. El número y la organización de los hombres eran espeluznantes, nunca había sentido el miedo a la muerte tan cerca como cuando el techo de las caballerizas voló sobre su cabeza y aunque no era parte de sus principios, realmente, no tenía deseos de luchar… Se limitó a limpiar su camino y huir tan pronto como pudiera. Dejando atrás todo lo que conoció.

─¿Y Yamanshiro se incendió? ─Un par de hombres armados con katanas llegaron a su lado, comentando la situación de la que él huía─. No me parece una decisión muy razonable, es decir, había grandes tesoros y mucho de lo que quemaron era parte de los terrenos entregados a los campesinos. ¡Una tontería, si me preguntas!

─Pero no se trataba realmente de insurgentes, hay quienes dicen que el ataque vino desde los altos mandos de la ciudad. El mismo emperador, ¿puedes creerlo?

─Es lo que dicen, sin embargo yo no estaría tan seguro, ¿por qué iba a incendiar la ciudad y matar a buenos hombres que le servían fielmente? Dicen que hasta se aprestaban a servir cerca de Nara ─Ambos hombres seguían su conversación sin prestarle atención a lo que pasaba realmente, Ryū se preguntó entonces qué había pasado realmente. ¿Sería cierto? ¿Acaso ese hombre había terminado traicionando a su propio pueblo?

Pero incluso habiendo oído todo lo que decían, incluso con sus propias conjeturas, no tenía tantas dudas… De hecho sabía exactamente qué hacer.

Yukimura Sanada era un hombre poderoso y férreo opositor de la doctrina que reinaba las células para las que él trabajó. Un hombre con cierta tendencia ególatra, supo, y un contingente suficientemente fuerte como para haber detenido la invasión extranjera en la costa de Ryūkyū. Era perfecto. Aunque no sabía cómo podría tomarse su presencia en su territorio. Un hombre con influencias es un hombre rodeado por guardias y muy suspicaz.

─Tendré que ser cuidadoso ─se dijo.

Buscar un refugio no fue tan difícil como pensó. Kyoto estaba acoplada a esos tiempos de miseria y persecución, por lo que uno más en el albergue no era mucho pedir. Le fue dada una pequeña habitación, un futón y una yukata junto a un nuevo par de sandalias. La comida no era a la que estaba acostumbrado, pero habría comido insectos para sobrevivir; realmente agradeció el cuenco de arroz, el té y todas las atenciones que le prodigaron, así tratado como un huésped no esperó tener que volver a desenvainar a Ryūsei, aunque no se despendió de ella en ningún momento.

En la soledad de la noche, en la oscuridad y sin haber descansado realmente, se sentó a pensar. Meditó en silencio durante horas, considerando todas las posibilidades que pudieran llevarle en presencia de Sanada. Incluso si tuviera que abandonar definitivamente su orgullo y el bushidō, convirtiéndose en un ninja, así lo haría.

Los días avanzaron rápido en medio de Kyoto, no había grandes cambios y para él, que no avanzaba realmente en su plan, parecía una pérdida de tiempo. Nada a su alrededor parecía cambiar salvo el transcurso de la rutina. Despertaba como todos, al amanecer, para ir a labores a las que no estaba acostumbrado, pero cumplía sin quejas. Vivir en un albergue ya era demasiado como para que además ni siquiera intentara poner de su parte. Guerrero, soldado o no, no le eran desconocidas las labores del campo y mucho menos las menospreciaba.

─Este es un movimiento básico ─gritaba un hombre alto a unos niños. Le recordaron a sí mismo años atrás, esforzándose por sostener el bōken con las manos adoloridas, aunque aquel instructor era mil veces más alegre que el suyo─, ¡vamos! Levanten, avancen y golpeen ─enumeraba conforme mostraba el movimiento más simple del arte más contradictorio de todos.

─¡Kintarō! ─Un hombre viejo se acercó al instructor para hablarle en voz baja. Intercambiaron algunas palabras, Kintarō despidió a los niños y ambos se marcharon con semblantes sombríos. ─No quiero que esto se divulgue ─dijo al pasar junto a Ryū que no les quitó la vista de encima, pese a que ellos no lo notaron.

Tenía intenciones de averiguar qué pasaba, pero no podía ir así como así, eso pudo ser cualquier cosa… aunque a los hombres no se los buscaba para labores domésticas, después de todo. Ryū sabía que era importante, tenía que serlo. Pero no podía, simplemente…

─¡Hey, tú! ─Un hombre de pelo negro, suelto y brillante se le acercó─. Yukimura-sama necesita a todos los que puedan empuñar una espada. ¿Vienes?

Eso era justo lo que esperaba, asintió al hombre y ambos se unieron al grupo.

─Renjō Kyū ─se presentó el hombre. Era tan joven como él, de hecho parecía un niño─. Soy uno de los hombres de Hongo Tatsumi, ese de allá ─dijo señalando un hombre cubierto de cicatrices y vestido íntegramente de azul, con un Haori negro.

─Amakusa Ryū.

Ciertamente esa escueta forma de comunicación parecía irritar demasiado a otras personas, que no fueran Kyū, quien inmediatamente le sonrió e inició un monólogo acerca de su vida. Ryū prestaba tanta atención como le era posible, considerando que todos estaban bastante ansiosos. Habían sido convocados sin dar mayores detalles.

─¡Hombres de Muramase en tierras de Yukimura-sama! ¡Debemos expulsarlos! ─Hongo era un hombre de pocas palabras, con una voz grave y un modo acelerado de hablar, los había reclutado para cazar hombres muy peligrosos.

─Lo primero será dividirnos, sabemos que están cerca de la ciudad, pero no hemos dado aún con ellos ─habló un hombre maduro, de aspecto cuidado que había estado discutiendo acaloradamente con Hongo minutos antes─. Se trata de un grupo peligroso, han recibido entrenamiento de los monjes de Hen, así que saben que no son niños jugando a las espadas.

─Nanami y yo llevaremos dos grupos al bosque, por el muro oeste de la ciudad. Yukata ─señaló a otro hombre vestido estrafalariamente─ irá a los arrozales. Ogata llevará un grupo al río ─Ogata dio un asentimiento y comenzaron a repartir las armas.

─Esta es Chō ─comentó Kyū señalando la empuñadura de una bellísima espada─. Fue de mi padre. Un gran hombre ─por un momento Ryū se debatió entre presentarle a Ryūsei o intentar animarlo hablándole del padre que no conoció.

─Se llama Ryūsei, la forjaron de un meteorito… los monjes ─dijo al final. Kyū simplemente sonrió señalando a Hongo, que ya había reclutado a unos hombres y venía hacia ellos.

─¿Sabes usarla? ─se dirigió a Ryū, que asintió─. Bien, Kyū, ustedes vienen conmigo.

El bosque que rodeaba Kyoto era espeso, cubierto de espinos y rocas sueltas. Árboles altos, sin frutos, pero que daban una sombra agradable. No había huellas enemigas, apenas unas pocas de los mismos hombres que iban un poco adelante. Ryū y Kyū ─que se había autoproclamado su mejor amigo─ iban por un sendero un poco difícil de transitar. Había raíces salidas y algunos árboles tenían ramas rotas, también hallaron unas plumas, de pájaros que sirvieron de alimento en medio de la noche.

Un par de pasos alertaron a los jóvenes; eran cautelosos. Ambos se miraron y se pusieron a la defensiva, cubriendo extremos diferentes. Justo desde atrás de un árbol, con la espada en mano, ambos miraban cada cierto tiempo, después de oír un paso amortiguado. Cuando lo creyeron suficientemente cerca, ambos se hicieron visibles, encerrando al intruso…

─¡Bah! Sólo era ustedes dos ─Kintarō bajó la katana, mientras los otros dos envainaban también─. Creí que tendría el placer de cortar dos gargantas de Muramase, pero, qué más da.

─Kinta-kun deberías ser más cuidadoso, hacías un ruido horrible al caminar.

─¡Cómo si sus respiraciones no hicieran ruido! ¡¿Qué te has creído, Kyū?

─Estoy totalmente de acuerdo. No habría sido tan difícil encontrarlos, sino fueran tan ruidosos.

Los tres desenvainaron a la vez, sólo para verse rodeado de ocho hombres vestidos de negro, empuñando espadas cortas y kunais.

─Son ninja ─susurró Kintarō ─. Genial.

Sencillamente excitante, oyó también a su derecha, mientras Kyū se daba la vuelta para enfrentar a los hombres a su espalda. Ocho contra tres, no era del todo una mala situación, siempre que esos ocho no hubiesen sido ninjas. Los samurai respetaban el código, uno contra uno, peleas honorables, pero ninjas… esos no tenían más código que el de matar para vivir.

El resquebrajamiento de una rama dio inicio a la lucha. Ryū se lanzó inmediatamente sobre el primero que vio, el mismo que había hablado y que le arrojó un kunai al pecho, evitándolo por muy poco, deslizándose hacia la derecha, desde donde asestó un golpe con la espada, penetrando inmediatamente el torso y restándolo permanentemente de la batalla. A su lado otros dos cayeron, mientras Kyū limpiaba la sangre de su katana y golpeando de paso un par de kunai que iban hacía él, desviándolos. Con asombro, Ryū vio que no era sólo un muchacho que hablaba demasiado.

Los otros cinco ninjas se dejaron caer con fluidez sobre ellos apenas los cuerpos de sus compañeros tocaron el piso, con movimientos rápidos y un fluido movimiento lograron separarlos, dejando a Ryū rodeado de tres hombres, mientras veía aproximarse otros más. "Tan sólo era la avanzada" pensó mientras esquivaba unos golpes y dirigía a Ryūsei a la cabeza del más cercano.

Consiguió cortar un pedazo de oreja, pero recibió un golpe bastante fuerte en la pierna, que le obligó a doblarse en el piso, mientras un sai le habría una dolorosa herida en el brazo izquierdo.

Una espada se dejó caer buscando su cabeza, rodó hacia su izquierda, viendo como unos cuantos mechones de su pelo, caían. Lanzó uno de los kunai que encontró hacia la pierna del más cercano, golpeando en la rodilla, mientras esquivaba, rodando entre ramas y piedras unas cuantas agujas y un sai. Con presteza se levantó, apoyando lo menos posible la pierna dolorida, y lanzó del mismo modo anterior un par de kunai directamente al rostro del que se hallaba más lejos, que consiguió esquivarlos, pero no tuvo tanta suerte con la shuriken que arrojó después directo a su cuello.

Pero los otros dos, más cerca de él de lo que pensó y con mucha más movilidad consiguieron abrirle una herida en la espalda, que lo forzó a girarse recibiendo un golpe de puño en la quijada. Sin embargo, él consiguió escupirle un poco de su sangre en los ojos, aprovechando para herirlo en el cuello con su propio sai. Pero recibiendo en el proceso un corte a la altura del hombro.

Al sentir el frío metal, apenas penetró su piel, se volvió lo suficiente como para dar al último ninja en pie un certero corte que lo atravesó en la misma columna, matándolo al instante.

Retiró de su hombro el arma, dejándose caer por el dolor de la pierna, que no sólo sangraba sino que parecía desgarrarse desde adentro. Todos sus músculos se contrajeron al instante y respirando trabajosamente cayó de bruces al piso, con la vista nublada y temblando en medio de espasmos de todo el cuerpo…

─Veneno… ─susurró débilmente mientras la imagen de Iwasaki se dibujaba en su mente.

Este punto ─recitó con su voz musical al tiempo que marcaba con su dedo índice el rostro de Ryū─, cuando una mujer vea este punto, se enamorará perdidamente de ti… Así como yo ─y volvió a besarlo una vez más antes de desvanecerse en la luz clara del sol.


¿Y? ¿Qué tal? Bueno, esta es la primera parte de tres. Un fic corto, que se me ocurrió después de soñar con un dibujo que hice... No prometo romance telenovelesco, de hecho, debería advertir desde ahora que lo mío no es el romance.

Bueno, no tengo nada más que decir, salvo que agradeceré todos sus comentarios.

Adhatera.