Después de los siete meses más agotadores de mi vida he conseguido un poco de tiempo para actualizar este fic. Tengo muchas excusas que podría dar, después de ver las visitas que tiene... sin embargo, no creo que quieran oír los desvaríos de alguien que casi no ha dormido...

Advertencias: Universo alterno. Ligero o posible OoC. Históricamente inexacto.

Disclaimer: Tantei Gakuen Q no me pertenece, así como tampoco ninguno de los personajes reconocibles.


Las marcas del camino

Segunda parte

Por Adhatera

El esforzarse para mantener la postura perfecta durante largas horas dentro del templo no era una tarea tan difícil si consideraba que lo hacía casi desde su nacimiento. Su madre insistía en llevarla a orar varias horas al día, siempre al amanecer, antes de iniciar cualquier labor, con el fin de pedir por ella, la menor. Pero, aunque su madre insistiera en ir con ella y llevarla casi a rastras gran parte del tiempo, especialmente en días lluviosos o fríos, siempre acababa sola en la pequeña habitación, rezando frente al pergamino gastado y polvoroso que transmitía un enigmático mensaje de sabiduría y esperanza.

La razón por la que siempre se quedó sola en el templo era que su madre prefería ir a tocar alguna suave melodía con el shamisen o la flauta, interpretando ligeras notas para su esposo o su hermano, mientras ella, Minami Megumi, permanecía en silencio orando a las almas de sus antepasados.

Megumi era la menor de dos hijas, apenas había cumplido los quince años, pero se sentía algo mayor. Akane, su única hermana, estaba casada con un joven político de la zona, mano derecha de Yukimura-sama, o eso decía ella. La verdad, un hombre tan desconfiado no tendría un joven mozo sin habilidad guerrera como su mano derecha, por mucho que presumiera conocer todos los movimientos del naciente imperio.

Habitualmente, a la hora de la mañana cuando los hombres empezaban con sus labores de agricultura, Megumi ya había vuelto del templo e iniciaba también con sus labores del hogar. No le desagradaba pues no eran muchas. Tenía un par de sirvientes que orgullosos harían cualquier cosa por complacer al señor Minami Sarugaki, su padre.

Minami Sarugaki no era originario de Kyoto, como sí lo era su esposa, hermana de Yukimura Sanada. Él había nacido lejos, en Nara, donde vivió varios años, hasta hacerse miembro del ejército y empezar a perseguir insurgentes con mano de hierro. Cuando la guerra y la peste hicieron de la vida en Nara una calamidad, se marchó hacia las montañas, guiando a un pequeño grupo de samuráis y civiles sanos, con la esperanza de encontrar algo de apoyo; el grupo, que no superaba las doscientas personas, se diezmó a causa de los fríos gélidos de las montañas, las fieras salvajes y las enfermedades de las que huían. Al final solo unos veinte hombres y mujeres jóvenes sobrevivieron y lograron llegar a Kyoto.

Sarugaki se casó unos años más tarde, tras servir a los intereses del Daimyo en varias ocasiones, llegando incluso a batallar contra los invasores extranjeros en Ryukyu, de donde volvió íntegro para reclamar como suya a Takako.

Akane nació casi cuatro años después, Takako alegaba que la relativa inestabilidad no era buena para la crianza y el nacimiento de una niña le dio la razón. Su esposa cayó gravemente enferma y, tras un traumático parto, del que milagrosamente se salvaron ambas, Sarugaki, consiguió un poco de paz en su vida. Ya con casi cincuenta años, nació Megumi. A muchos les sorprendió que la niña, de piel pálida, como la madre, exhibiera ese extraño y antinatural rosa como cabello. Los rumores de una maldición o el renacimiento de algún vengativo espíritu no se hicieron esperar, pero Takako los acalló hábilmente diciendo que la niña había sido tocada por la gracia de la diosa Ama no Uzume y que el cabello solo probaba su punto. Con algo de ayuda de la sacerdotisa, todos acabaron creyéndolo y Megumi teniendo una vida casi normal.

Pero la época de desposarse había llegado y era casi una obligación que su padre, y su madre y tío, llevaran a cuanto hombre hubiese disponible. No eran pocos los interesados: ella, hija de un importante samurái y sobrina de Yukimura-sama, no dejaba de ser un buen partido. El problema era la sacerdotisa, o más bien unas palabras dichas, pocas horas después de su nacimiento, cuando su madre se la mostraba para que examinara la pelusa rojiza que cubría la cabeza de la recién nacida.

—Cásala con un hombre feo.

Claro. Ni más ni menos. Y su madre, inteligente, hábil y supersticiosa no halló más que hacer lo que le decían y todos sus pretendientes parecían engendros salidos de alguna fábula maravillosa, aunque de maravillosos no tenían nada. Salvo posición en algunos casos.

Esas simples palabras ponían a Megumi de cabeza, a llorar de rabia por horas, alegando contra la mujer de noventa años, cómo no la dejaba elegir a ella.

—¿Elegirías por amor? —preguntaba con su voz rasposa y casi inaudible cuando Megumi le pedía que cambiara de veredicto.

—Si no, al menos a un hombre que pueda presentar en público —respondió con molestia tras pensarlo unos segundos— o uno que no engendre momias.

—Entonces sufrirás, un hombre feo te hará feliz.

No replicaba más, no contra una lógica así. Feliz, si ella supiera lo infeliz que ya era.

Nadie lo decía, pero su noble parentesco era lo único que la mantenía dentro de un círculo más o menos decente dentro de la ciudad. Si no fuera por eso, se habría suicidado a los cuatro años, cuando le intentaron explicar cómo funcionaba el mundo para ella o a los diez cuando lo había comprendido.

—¡Megumi, rápido, ayúdame! —gritó su madre desde el pasillo llevaba compresas y hierbas medicinales.

Era poco más de mediodía, no había oído el llamado a pelear y menos entendía por qué traían heridos a su casa, o más bien quiso pretender ignorarlo, llevaba demasiado tiempo lamentando su desgraciada vida.

La habitación oscura que su madre usaba para curar a los hombres más graves de su tío, estaba protegida por el alto muro de piedra de la casa, dando justo hacia la terraza donde ella solía preparar té a su padre después de la visita de su pretendiente de turno. Había un solo hombre esta vez, no vio bien, pues no había más luz que la de la puerta entreabierta donde estaba de pie.

—Cierra bien y quédate con él. Ayudaré a los curanderos con los otros heridos.

Asintió a su madre y encendió una vela cuando ella salió. Era un hombre joven, quizás de su misma edad. Estaba magullado, cubierto de lodo y sangre, con un corte profundo en su hombro y uno en la pierna. Los mechones de cabello le cubrían el rostro, pero solo se concentró en el irregular compás de su respiración.

Comprendiendo, tras una breve exploración que estaba envenenado, comenzó a curarlo. Desbridó con cuidado la herida del hombro, la más profunda, para suturarla luego. Lavó con cuidado cada herida, procurando quitar todo rastro de sangre y piel necrótica. Con calma fue vendando luego las heridas atendidas mientras el hombre recuperaba, de a poco, la circulación sanguínea y respiraba mejor.

—Tuviste suerte —le susurró limpiando el rostro y descubriendo las bellas facciones—, te haz salvado por ello. Porque te han traído a mí.

Megumi no tuvo tiempo de reparar en la marca que adornaba el rostro del muchacho, no fue consciente tampoco de que al verlo algo cambiaba en ella.

—Ya que no sabemos quién es, lo mejor sería dejarlo descansar y cuando pueda hablar, interrogarlo. Si es que sirve de algo.

—¿A qué te refieres?

—A que el muchacho sabe usar la espada. Dudo que sea un hombre de Muramase, Renjō-kun dijo que lo vio en los campos, le pidió venir y no se negó...

—Pero que no sea un hombre de Muramase no significa que sea de confianza. —Tatsumi asintió complacido a la aseveración que había callado.

Megumi oyó la conversación entre su padre y Hongō Tatsumi solo unos instantes, pero claramente se referían al hombre que ella atendió. Le restó importancia a las conjeturas del samurái más joven, simplemente porque no eran cuestiones en las que ella debiese involucrarse, lo que no significaba que no intentaría averiguar después.

Por lo pronto prefirió callar su trabajo de curandera, esperando un momento a solas con su padre. Tampoco fue a apoyar a su madre, porque tendría que ofrecer su ayuda y sabía que no podía permitirse exponer al público un secreto celosamente guardado.

Para cuando la tarde cayó en Kyoto y las tonalidades naranjas y rosas cubrieron el horizonte desde el oeste, ocultando el sol y dando salida al lucero de la noche, Megumi se hallaba curando otra vez al hombre joven, esta vez su madre a su lado. Ambas trabajaban siempre en silencio, Megumi por no incomodar a su madre con su voz chillona, y Takako por no permitir a Megumi cometer una imprudencia.

Pasaron varios días antes de que Ryū, como aseguró Kyū que se llamaba, despertara y pudiese incorporarse en la cama. Hasta ese momento solo Megumi lo había visto y atendido, ya que su madre comenzó a ocuparse de otros asuntos y ella no quiso alejarse de él. Tampoco permitió más visitas que Kyū, a quien conocía desde la infancia.

—Debes alimentarte, pero no te esfuerces demasiado. No tienes que levantarte aun, si no puedes, mi padre entenderá que comas aquí. Yo te acompañaré.

Generalmente, Megumi se enfrascaba en un incesante parloteo, Ryū no le contestaba más que monosílabos y con señas, casi como si hubiese olvidado hablar. Megumi asumía que no sabía bien qué decir, pensaba, de pronto, que las palabras se le atoraban en la garganta junto con las dudas sobre su milagrosa recuperación. Suponía que los misterios de su no muerte ocupaban todos sus pensamientos.

Ella iba a verlo varias veces al día, le llevaba comida y le limpiaba las heridas, le separaba el cabello del rostro para limpiar las heridas que había ahí; él se dejaba hacer, apenas podía mantenerse sentado y hacía un esfuerzo sobrehumano para comer con la mano izquierda, se notaba a leguas que no solicitaría ayuda por propia voluntad y por no dañar aun más su orgullo de soldado, ella ni preguntaba ni tampoco insistía cuando él mismo, de forma penosa, de las ingeniaba para algo tan simple como comer.

Nunca hablaban. Era siempre el monólogo de Megumi el que daba a la habitación algo de vida. Pero ella hablaba siempre en susurros, esperando no incomodarlo, de cierto modo sentía que aquellos momentos, silenciosos, escuetos, eran la razón para levantarse cada mañana. Ansiaba pasar las manos por su piel, volver a sentir la suavidad de su tez; enredar los dedos en su cabello... Ver otra vez aquel punto...

—No lo hagas —dijo por primera vez, cuando ella curiosa se aventuró a palparlo con la mano temblorosa y sudada. Él no fue brusco, pero dejó en claro que ese contacto tan íntimo no le agradaba en lo más mínimo.

Megumi no pareció molesta, pero en el fondo, muy en el fondo, algo se retorcía de manera desagradable. Cuando, después de casi una semana desde que le trajeran, su padre decidió hablar con él, comenzó a sudar de una manera nada saludable. Las palpitaciones y el vacío en su pecho casi la hacen desmayar en el pasillo de roca.

Logró mantenerse consciente el tiempo suficiente, pero no pudo oír nada, ni siquiera desde el pasillo, pues su madre no la dejó. No supo qué dijo su padre o qué hizo Ryū para que no lo abandonara a su suerte o lo obligara a cometer Seppuku, pero pronto Ryū empezó a participar en las reuniones de su padre y tío y luego a salir con ellos en cacerías y encomiendas.

Megumi esperaba en silencio su regreso. Adoptó la manía de no hablar y casi no comer cuando él no estaba, esperaba angustiada con la mirada perdida en el horizonte, en las puertas de Kyoto; dejó de ir al templo en las mañanas y en su lugar daba vueltas por horas en la habitación. Nunca fue buena escribiendo poemas, pero a toda hora componía versos, silente en los pasillos. Sus manos se llenaron de cicatrices, de las cortadas que se propinaba en la cocina cuando cortaba vegetales mirando hacia las puertas, al sembradío o al campo de prácticas. Preparó el peor té de su vida en todas esas ocasiones en que él estaba fuera y sus comidas adquirieron el gusto a hiel. Las frutas se descomponían casi instantáneamente en sus manos y los vegetales se manchaban con su sangre, dándoles un color rosáceo y un sabor a hierro que hicieron a su madre ponerla a tejer en el horario en que se preparaban los alimentos.

Dejó de asistir a la sacerdotisa y cuando su padre presentó a un pretendiente, Megumi enfermó de tal forma que vomitó al pobre hombre, librándola así de las visitas constantes de hombres a su hogar.

Las vueltas de Ryū la devolvían a la vida, con su silenciosa forma de actuar y su seriedad al realizar cualquier actividad, daba alegría al juvenil rostro de la muchacha, que como nunca lucía pálida y demacrada. Aun cuando parecía serenarse y volver a la normalidad en su presencia, Megumi casi no dormía, batallando internamente con miles de pensamientos, urdiendo mil formas de escabullirse a su habitación y mirar una y otra vez en su rostro atractivo.

Con dificultad lograba tragar la comida cuando se sentaba frente a él, junto a sus padres; pensaba una y otra vez en cuántas mujeres habrían mirado su rostro pálido y alargado, y si ellas habrían visto en él siquiera una sonrisa, o si se habrían visto reflejadas, como ella, en sus ojos grises.

Se esforzaba en atenderlo, se esmeraba en sus cuidados: en atender sus heridas, su comida, su descanso. Se preocupaba de limpiar la funda de su espada y le dio cientos de amuletos que él olvidó por ahí, pero a ella no le molestaba. Era feliz cuando se los daba y con el tiempo que pasaban juntos.

Una tarde, decidida a acabar con esa incertidumbre y a jugarse todo por el todo, lo invitó a la terraza donde preparaba el té de su padre. Allí, sentado frente a frente, Megumi, preparó con minuciosidad un delicioso té, de un aroma fuerte, parecido al de las flores que crecen a las orillas de los caminos.

—Trajiste éstas desde el acantilado —dijo él, sorprendiéndola; él señalaba unas hierbas que había introducido en la taza y que movía frenéticamente sin mirarlo. —¿Cuándo has ido allí?

—No he ido desde hace tiempo —mintió ella, mientras se concentraba en la tarea de servir el té.

—Saliste una noche. —Sorprendida, decidió seguir fingiendo aun cuando moría de miedo por ser descubierta.

—No soy tan indefensa, además desde antes he ido muy seguido a ver a la sacerdotisa. Es una anciana.

Sonreía, tratando de tranquilizarse y acallar las dudas del muchacho. Sabía que no lo engañaba, pero deseaba de corazón que no la descubriera.

Le dio la taza, él la sostuvo, mirándole con algo parecido a la desconfianza. Cuántas veces habría estado en la misma situación: él, una mujer y una poción de amor. No la bebería, estaba convencida de ello y preparada para suplicarle por un poco de amor, sus ojos llenándose de lágrimas, brillantes y enrojecidos por el cansancio y el miedo. Ojos cafés mirando grises, rogando amor desde lo más profundo. Ojos enloquecidos de soledad y amargura... Lo miraba como a un amante que se marcha lejos, de quien no hay garantía en que regrese. El miedo y la desolación reflejados en sus pupilas dilatadas; ojos entrecerrándose al mismo tiempo. Quizás por eso él bebió todo de una sola vez: tal vez, pensó Megumi esperanzada, él quería amarla también.


Agradezco cualquier comentario que pudieran dejarme a modo de retroalimentación. Gracias por llegar hasta aquí y espero no tardar otros siete meses con el último capítulo.