Hawaii. Una vez más, all estaba Katchoo, en lo alto del acantilado, observando al mar. Tantas veces había ido a Hawaii a lo largo de los años... con Emma. Con Francine. Con David. Siempre había ido a Hawaii buscando algo o, más concretamente, huyendo de algo.

Cada vez que había vuelto a Hawaii, sin embargo, algo fundamental había cambiado en ella. La primera vez apenas era una adolescente furiosa y asustada. La segunda, perseguía a la mujer que la hacía, día tras día, desear ser mejor persona. La tercera... la tercera vez huía de esa misma mujer, ahora prometida a un hombre que Katchoo sabía en el fondo de su corazón nunca sabría apreciarla todo lo que se merecía.

Y ahora había vuelto por cuarta vez.

Sin embargo, en esta ocasiín no había miedo, ni ira ni ningún otro sentimiento negativo en el viaje. No había ido porque necesitase huir de nada ni de nadie. Había ido para...

- ¡Mamá! ¡Mamá! - las voces de las niñas sacaron a Katchoo de su ensimismamiento, mientras se giraba para mirarlas. Las dos tenían el cabello moreno, una con unos vibrantes e inocentes ojos verdes, la otra con los ojos azules y traviesos. Cuando llegaron hasta donde se encontraba, iban jadeando por la carrera y el esfuerzo de subir la cuesta.- Mami nos pidió que viniésemos a buscarte... la comida esta lista.

- Entonces ser mejor que bajemos... no queremos que se enfríe, verdad?

Mientras hablaba, tomo a cada una de las niñas de la mano, empezando el descenso de la colina. Apenas unos diez minutos después, llegaron las tres a una cabaña con adornos navideños. La visión que recibió allí a Katchoo le quitó el aliento, como tantas veces antes durante tantos años. Puesto que allí , con apenas un bikini, sonriendo al verlas y sirviendo la comida para las cuatro en una mesa en la terraza estaba ella.

Francine.

La madre de sus hijas. Su otra mitad. El motivo por el que, día tras día, quisiese ser mejor persona.