Bueno, heme aquí de nuevo. Ahora me vengo arriesgando con una historia totalmente diferente en cuanto trama, humor y hasta la narrativa. Habrá muchas sorpresas, y me encantaría saber sus opiniones, y su participación, pues nada es definitivo en ésta historia. Los primeros tres capitulos serán donde se presenten nuestros diversos protagonistas, en el cuarto las historian comienzan a entretejerse y sólo el destino (y uds XD), será el que decida el camino a seguir.

Toda esta locura empezó como lo que sería un simple one-shot, pero creció y creció dentro de mi cabeza, y estar leyendo HP, el Señor de los Anillos y Eragón, no fue de mucha ayuda. Sin más, porque sino exageró, les dejo el primer capitulo de Marcas de Fuego.

Disclaimer: Kannazuki no Miko, así como los personajes de Vocaloid, no son de mi propiedad. Esto es sólo un poco de entretenimiento sin lucros.


"kkk" pensamientos.

-kkk- dialogos.

Capitulo I

Zafiro y Aguamarina

El terreno era agreste, sin poblados en los alrededores. Las montañas se veían al norte y oeste, y el bosque era espeso más allá del camino. La fogata chispeaba alegremente escondida entre una pared de piedra y un frondoso y antiguo sauce llorón. Sobre su voluminoso tronco se encontraba recargada una chica.

Vestía ropa hecha burdamente a mano, de pieles y algunos retazos. Sus botas también parecían hechas de cualquier manera que encontraron. El pantalón era negro en su mayoría, la blusa de manta marrón y un chalequillo que se ajustaba a su talle, de un color más claro. Una capa larga la cubría, era de un café desvaído, las puntas y bordes de la tela estaban desgastados. Sus muñecas lucían unos protectores metálicos bien pulidos, pero gastados, llegaban hasta su codo. Escondía su largo cabello debajo de la capa, atado en una larga coleta baja. Unos mechones escapaban en su frente y uno le colgaba hasta el hombro.

Sobre el alegre y saltarín fuego se cocinaban sus últimas provisiones. El fuego parecía el único animado. Todo el pequeño campamento tenía cierto aire tristón. Quizás era porque la chica también lucía desanimada, en todo caso, aburrida. "Sino encuentro pronto un pueblo tendré que cazar…" pensaba con pesar. Era buena "y eso no significa que me agrade".

Mientras su cena estaba lista se entretenía limpiando y afilando su espada. Era larga y estilizada, la hoja no más ancha que su mano. Por en medio de la hoja corría una hendidura de medio centímetro de ancho que la dividía desde la empuñadura, que era de metal adornada con madera labrada y suave cuero en el agarre. Unos dibujos florales adornaban la hoja, elegante y mortífera, tan larga como sus piernas. Parecía su único objeto de valor. Era muy bonita… la espada, y ella misma, por supuesto.

Se escuchó un leve relincho.

- ¿Qué pasa, Ángel? – su voz era suave y pausada, serena y alerta al mismo tiempo. Le hablaba al caballo blanco atado cerca del fuego. Un corcel alto y noble, blanco a excepción de la crin, la cola y una mancha en el cuarto delantero izquierdo, cerca del casco, que eran negros. Un buen caballo de guerra - ¿Escuchaste algo? – el caballo volvió a relinchar, agitando la cabeza. "Al menos algo de acción".

Con movimientos rápidos y suaves, sin hacer ruido, se desplazó fluidamente, agachada, hasta unas rocas, justo al borde donde terminaba la cortina de hojas, al lado del camino. Llevaba su espada y su arco. Agazapada ahí pudo ver unas figuras altas a lo lejos.

Cuando se acercaron más pudo distinguir tres a caballo y otras seis a pie. Todos eran hombres. Relajados y ruidosos, soldados uniformados, quizá una patrulla de reconocimiento. El uniforme era negro con amarillo, con un león sacando las garras de perfil, como emblema en el pecho y los escudos.

Siguió ahí, atenta. No tenía ninguna intención de armar jaleo realmente y más si eran tantos… hasta que vio la causa de su diversión, una prisionera. La llevaban atada de las muñecas y el cuello. La tironeaban sin importarles que la piel ya estaba lastimada y sangraba o si caía y la arrastraban, también de la rodilla para abajo ya estaba toda raspada. Apretó el arco cuando casi la pisaba uno de los caballos. La mujer "La chica…" tenía la cabeza oculta debajo de un mantón, los labios lucían sangrantes e hinchados. Caminaba a tropezones cuando no la jalaban entre los jinetes. "Supongo que no se entera ni dónde está" tenía la mirada perdida. No aguantó más cuando un soldado de a pie, con ganas de divertirse también, comenzó a picarla con su lanza.

En un solo movimiento se irguió, cargó el arco y disparó las cuatro flechas simultáneamente. "Mis últimas flechas… allá van". Cayeron muertos dos jinetes, salpicando sangre, hirió a un hombre de a pie y el último la detuvo con su escudo. "¡Maldición! están bien entrenados".

De inmediato se pusieron serios. Levantaron las armas e hicieron formación cerrada, sin importarles la prisionera, los muertos o los caballos que se escapaban al trote asustados.

- ¡Sal de ahí! – Gritaba el último a caballo – Si lo haces tranquilamente quizás te dejemos un ojo y algunos dedos – El capitán recorría con la mirada las inmediaciones. "Debí guardar una flecha" empuñó la espada.

- ¡Ahí! ¡A la izquierda, enfrente! – Uno de los hombres señalo hacia al leve resplandor de la fogata entre las ramas y hojas del sauce. Pero no les daría la ventaja.

Corrió en silencio los pocos metros que los separaban. Un salto, un destello, y el capitán caía sin cabeza. "Sin jefe no son nada". Los demás hombres atacaron fieramente. Se defendió de una lanza que le llegó desde la derecha, uso las manos para impulsarse sobre la silla del caballo, con ambas piernas dio una patada lanzando a su atacante, antes de que cayera, una espada la interceptó, lastimándole la pierna. Un grito y un hombre perdió medio brazo. Ella no hacía ningún sonido mientras los hombres gritaban y gruñían. Una flecha le paso rozando la cabeza. Miro con resentimiento al arquero. "Te arrepentirás". Embistió contra él, de una estocada se quedó sin ambas manos, gritando aterrado y pidiendo clemencia cayó de rodillas en shock. Con el movimiento de regreso le cortó la cabeza. Otro pretendía clavarle una pica desde atrás, giró clavando la espada en el suelo para afianzarse y lo derribó con las piernas, aunque le dolió. Parándose bien y con el impulso de sacar la espada de la tierra, lo partió por la mitad, se quitó antes de que la sangre la manchara. El último quiso huir. Con calma sopesó la pica que iba a atravesarla, se acomodó, apuntó y la pica voló certera. El hombre gritó mientras se ahogaba en su sangre, cayó de rodillas y no llegó al suelo porque la pica lo sostuvo, atravesada en su pecho. Remató fríamente a los que sólo había lisiado o dejado inconscientes.

Terminó con el corte en la pierna, que la hacía cojear acabada la adrenalina, y un golpe fuerte en el hombro. Atrapó a la montura del capitán y le montó a la chica, que estaba desmayada. La llevó hasta el fuego, que reavivó y logró salvar algo de su cena, lo del fondo del cuenco ya era carbón. La recostó en su cama (un montón de mantas).

"Espero que al menos tengan algo bueno". Subió a Ángel Nocturno, el caballo blanco, para ir en busca de las otras monturas. Cuando las encontró las uso para retirar los cuerpos del camino. No era un trabajo sencillo, pero era fuerte. "Bien. Veamos que hay por aquí" revisó uno a uno los cadáveres. Encontró un buen botín. Los caballos también estaban cargados. "Al parecer me he quedado con los impuestos del Señor más cercano". No le importaba la política, y si le quitaba algo a algún belicoso señor feudal, mejor. Joyas, dagas decoradas, monedas, grano para los caballos, legumbres y carne, mejores mantas y ropas, una bota con vino y otra con agua. "Que bueno, la mía ya está amarga". Y lo que más le gustó, golosinas y chocolates en los bolsillos del capitán, le sonrió gustosa dándole las gracias a la cabeza.

Además las espadas y los escudos, los arcos y flechas, todo lo que no estuviera muy dañado y tuviera valor. Lo pequeño lo echó a las alforjas de Ángel Nocturno, todo lo demás a los demás caballos.

"Estoy muerta". Sin embargo, todavía se afanó en limpiar las heridas de la chica y quitarle las cuerdas, que se comenzaban a encarnar. Debajo de la sucia manta descubrió una hermosura pálida, de cabello largo y color aguamarina. Cada vez que encontraba un nuevo rasguño se alegraba de cada golpe que dio para rescatarla. Portaba los restos de un vestido claro y simple, prefirió cambiarla por algo de sus ropas, otro vestido, pero azul claro. La obligó a beber algo de agua, pero no despertó.

Después descargó a los caballos, los limpió y cepilló, hablándoles tranquilamente. Le gustaban mucho, más que la mayoría de la gente. Les dio de comer y, al fin, se dispuso a cuidar de ella. Quitándose la capa dejo lucir su cabello, tan azul como la noche. Limpió su herida, que iba acompañada de un buen moretón que contrastaba mucho en su piel blanca. Se acomodó entre otras mantas, tapándose con su capa y se quedó dormida.

Al otro día se levantó al amanecer, con el cuerpo dolorido. Miró extrañada a su acompañante. "¿Por qué te habré salvado?". No entendía el impulso que había tenido en la noche. En los últimos meses había visto un sinfín de injusticias y muy pocas veces intervino para terminarlas. "¿Y por qué no habré soñado está noche?" ¿Acaso tenía que ver una cosa con otra? Sus noches eran muy oscuras, aunque ya se había acostumbrado. "¿Y qué voy hacer contigo?". Suspiró y mejor se dispuso a preparar el desayuno.

En lo que se cocía la comida pensó en pasar revista a sus nuevas posesiones a la luz del día. No había gran cosa más de lo que ya había previsto, pero pudo apreciar mejor sus valores. Pensaba vender todo en cuanto pudiera, o quizá algunos trueques fueran mejor. Los caballos iban incluidos, no podía mantenerlos a todos y no los necesitaba. Viéndolos mejor ahora, eran yeguas, al parecer todas de trabajo de campo. No estaban marcadas y eso ayudaría a venderles. Sonrió un poco y su rostro sereno y frío se dulcificó increíblemente, era bueno tener algo qué hacer.

A media mañana ya había terminado de preparar todo, pero aún no se decidía a marchar. La chica aún no despertaba. Probó a darle más agua. Apenas bebió. Por lo menos, no tenía fiebre. "Bien. Sólo tienes hasta mediodía"…y pasó mediodía. Tuvo que esperar tres días completos a que despertara. Mientras, tuvo que esconder mejor los cuerpos, los volvió a revisar y encontró algunas otras cosas y baratijas, entre ellas una imagen, un dibujo de una mujer y una niña pequeña, intentó que no le afectara. Hizo pasar a los animales sobre el camino para eliminar toda señal de la batalla. No dejó ese escondite porque estaba muy bien resguardado a pesar de estar junto al camino.

Explorando consiguió fruta y más agua. Conforme pasaba el tiempo, sin querer se encariñó con su desconocida, además de poder sentir una fuerza que crecía proveniente de ella. Estaba decidida a esperar a que despertara, la juzgaría y ya vería si matarla o dejarla vivir, sin importar que sintiera por ella.

Cuando vio que se movía, se acercó sigilosa con el arco a punto. Al abrir los ojos y ver una nueva captora con un arma, asustada se pegó al muro tras ella, sintiéndose atrapada. Sus ojos acuosos se movían confusos, queriendo captar todo al mismo tiempo. Esos movimientos asustados estaban disuadiendo a la peliazul de bajar el arco, pero no lo hizo.

- ¿Quién eres? – Sonó fría y amenazante. La miraron con miedo y desconcierto.

- Soy… Soy-y Miku –

- ¿Qué eres? ¿Por qué te tenían prisionera? –

- Sólo soy una campesina… ¡ellos nos atacaron! ¡Llegaron y destruyeron todo! – Comenzó a llorar y se le quebró la voz, abrazándose a sí misma. Ahora al miedo se sumó el odio. - ¡Yo no hice nada! – la explosión sorprendió a la ojiazul.

- Ok. Tú no hiciste nada, pero no hay ningún pueblo a días de aquí – Ya no le apuntaba.

- No éramos un pueblo… éramos familia. Sólo teníamos tres granjas ¡Nos lo quitaron todo! – Seguía apretada contra la pared, sin quitar la mirada del arco y la mano de su captora.

Se miraron, estudiándose. Al final, dejó el arco a un lado.

-…Supongo que tendrás hambre… eso sigue caliente – Miku parpadeó confundida. La amenaza desapareció de la voz para regresar a su serenidad de antes, no era una voz precisamente cálida, pero tenía algo dulce, triste. Le señaló el cuenco con comida aún en las pocas brasas que quedaban.

- ¿No vas a-a hacerme nada? – No se la creía. Aunque a su estomago le gustaba la invitación.

- No – Y eso fue todo. Se entretuvo limpiando las armas adquiridas y a limpiar las tres flechas suyas que pudo recuperar.

Miku decidió comer algo, aunque pensó que bien la comida podía estar envenenada. Ahora ya no le sorprendería. El repentino ataque, del que había sido víctima su familia apenas hacía unas semanas, la había hecho despertar a la naturaleza cruel del mundo; una naturaleza que ignoraba hasta entonces. Al parecer no importaba si nunca habías hecho algo malo, de todos modos la vida te cobraba el respirar. Su acompañante no le prestaba atención. Cuando se inclinó para ver la comida, algún guiso simple, el apetitoso olor le llenó de golpe, abriéndole un apetito feroz. Lo tomó y se quemó las manos levemente, no le hizo caso y se lo llevó a la boca, donde los labios resecos y sensibles si resintieron bastante lo caliente, igual que su garganta. Ahora que recordaba, los últimos días con aquellos hombres no le habían dado mucha agua.

- ¡Ouch! – Le lanzaron una mirada inquisitiva – Está muy caliente… - La otra rodó los ojos.

- Te lo advertí – se levantó para quitarle el cuenco, vaciar una parte en otro cuenco más adecuado y devolvérselo.

- Gracias – No parecía muy agradecida. La otra regresó a sus armas.

"Al menos si está envenenado, está rico… o tengo mucha hambre" con un poco de humor negro, sonrió un poco. Ahora comió despacio, cuidándose los labios.

- Etto… ¿Por qué me salvaste? – La otra, sin despegar los ojos de sus flechas, pareció incomodarse un poco. Realmente no estaba acostumbrada a la gente.

- Estaba aburrida… - Miku no supo porque esa respuesta no le sorprendió la gran cosa. Esa chica parecía mayor que ella, un poco. Ahora por fin le miraba. La piel era mucho más pálida que la suya, bronceada por trabajar en el campo. Sólo le veía el cabello amarrado, lo demás estaba de nuevo bajo la capa, así que no supo cuan largo era. Comparó las manos: ella tenía manos bonitas a pesar de trabajar duro, las otras también eran bonitas, pero un montón de líneas más blancas y delgadas, cortas, las recorrían sin sentido ni patrón, sólo se podían ver a contraluz cuando las movía.

- Gracias… - Por fin su compañera la miró. Ahora si hubo agradecimiento en su voz. Si la había rescatado, y la había cuidado, no podía ser tan mala. Además, la comida sabía bien. Le pareció ver un rubor ligero en la otra, que desvió la mirada azul de zafiro.

- Ch-Kaon –

- Muchas gracias, Kaon – Una vez más, sonrió. Kaon se concentró aún más en sus flechas, con gesto contrariado, sonriendo alegre interiormente.

Pasaron el rato en silencio. Al fin, Miku se fijaba en su ropa y su cuerpo, sus heridas vendadas y en recuperación. El campamento, que había adquirido un aire más permanente, la mayoría de las cosas seguían embaladas, pero había aún muchas fuera de su lugar. Apreció la elegante silla de montar negra, pero no vio ningún caballo. Al cabo, Kaon se puso de pie y comenzó a levantar el campamento, sin molestarla ni pedirle ayuda. Se fue por un rato y regresó. Salía y entraba por entre las hojas, así que pensó que sólo estaba amontonando todo fuera. Sólo hasta después pensó que eran muchas cosas para una sola persona ¿Cómo llevarían todo? "¿Llevaremos? No pienso ir con ella" aunque no sabía si era libre. El arco colgaba de la espalda de Kaon.

Después, escuchó a los caballos relinchar y cocear. El Sol le lastimó los ojos cuando al fin se atrevió a salir de las hojas. Miró primero al gran caballo blanco, por mucho el más alto, y casi el más hermoso. Sólo otra de las yeguas era casi igual de bonita, pero tenía las marcas del arado y estaba muy delgada.

- ¡Kántara! También la salvaste… ¡Gracias, gracias! – Se abalanzó al cuello de esa yegua, ante la mirada atónita y apenada de Kaon, que pensaba sacar más dinero de esa yegua, precisamente. "Genial… tal vez algunas de las cosas también sean suyas… le preguntaré".

- Vámonos – sólo faltaba lo que Miku había necesitado para comer y dormir.

- ¿A dónde? – No quería ser prisionera otra vez.

- Adelante – Esperó pero no llegó nada más.

- ¿Tengo que ir contigo? –

- Si quieres, puedes irte – Ya estaba montado el caballo blanco. La miró especulativamente. "¡Viva, soy libre!... espera… ¿y qué hago? Ya no tengo hogar", pensó con pesar.

- No pu-quiero – Y subió a la yegua llamada Kántara, siguiendo a su nueva compañera.


Eso sería todo por ahora jejeje :) ¿qué les parecio? ¿más sangre, menos sangre? ¿más detalles? ¿Una completa locura? jajaja XD

Espero les haya agradado. Lo que gusten, ya saben donde encontrarme.

"Sólo dentro de la Oscuridad, la Luz puede brillar con toda su intensidad, convirtiendo todo en Sombras"

MoonAssasyn


Adelantos...

La sangre escurría por entre los colmillos...

Siguieron jugando y sin poner cuidado hasta que sus monturas resoplaron cansadas. Cayó la helada noche. Acampando entre rocas y arboles, el perdedor, preparó la cena, por supuesto, el hermano menor.