Disclaimer: Kannazuki no Miko, así como los personajes de Vocaloid, no son de mi propiedad. Esto es sólo un poco de entretenimiento sin lucros.

Hola a todos!

Pues pasando por aquí después de mucho silencio... pero esto no se ha detenido ni se detendrá, eso es seguro.


Ahora, esto iba al final del cap anterior, por eso lo pongo aquí arriba:

Árë*: (aa-ru-ee) Del sindarin (sind.), luz solar, luz de día: es la moneda de mayor denominación, de oro. Una familia normal de 4 miembros podría vivir un mes con lo necesario con esta sola moneda.

Khelek*: (que-lec) Sind. Hielo: la moneda de plata, sus reflejos azulados y la plata pura le dan el nombre.

Brith*: (Bris) Sind. Grava: de nuevo es su color lo que le da nombre. Una de éstas es el salario más infimo.

Sarn*: (Zarn) (zumbado)Sind. Piedra pequeña: no sólo el color, sino también su poco valor. Un sarn sirve para comprar un puñado de arroz. O una golosina pequeña.

Mucha palabrería sin sentido XD

Pasemos a la qué sí tiene sentido! \ö/


Marcas de Fuego

Capitulo V

Caminos que se cruzan

"¿Cómo es que va tan cómoda?" Miku observaba con cierta envidia el porte relajado de Kaon sobre el caballo blanco. Ella tenía ganas de dejarse caer sobre el cuello de Kántara y dormir, ya estaba adolorida de todas partes, y dormir sobre simples mantas no ayudaba, al despertar se sentía tan dura como el piso sobre el cual dormía. Cada mañana estiraba sus piernas y pasaba los dedos con un poco de presión, para aligerar un poco la tensión de sus músculos, lo mismo hacía con sus brazos y lo que alcanzara de su espalda.

Llevaban viajando hacia "adelante", sin toparse con ningún otro humano, ni ser parecido, cosa que al principio comenzara a desesperar a Miku, acostumbrada al trato continuo con personas varias, sus padres, sus tíos, sus primos, hermanos y amigos de las granjas relativamente cercanas, después la comenzó a asustar. Ciertamente, comía bien y no podía quejarse del trato, ni le obligaban a hacer nada, o sea, no es que la tuvieran en contra de su voluntad, pero empezaba a preguntarse qué clase de persona o ser era esa extraña que a veces perdía el sentido del habla durante días, sólo comunicándose estoicamente con miradas y algunos gestos elocuentes, pero sin dejar ese aire de tristeza, que era cómo Miku podía llamarlo, parecía algo… cómo si hubiera algo detrás de la peliazul que no terminara de alcanzarla, o por el contrario, algo que ella quisiera dejar atrás pero una parte aún se adhería a su esencia. Miku había dejado de darle vueltas al asunto, aunque a veces lo retomaba por puro aburrimiento, pues pasaban un mínimo de 10 horas a lomos de sus monturas al día. Siempre hacia adelante…

Estaban en un bosque, muy profundo y los pinos y abetos eran muy antiguos y altísimos. Estaban en cierta altitud. El terreno era un poco montañoso, con barrancas, colinas y paredes escarpadas, con algunos riachuelos corriendo por aquí y por allá. No importaba cuanto viajaran, no se encontraban con ningún ser con quien platicar. Aparte de observar la comodidad con que viajaba, observaba su belleza, que parecía esforzarse en esconder bajo esos harapos. Sabía que tenía mejores ropas a su disposición porque ella misma las usaba, veníase a enterar de que los pantalones eran realmente cómodos para esto de montar, pues nunca antes en su vida los había usado. Las mujeres sólo debían usar vestidos ¿no? Su padre la hubiera molido a golpes. Pero ahora no estaba su padre… y las llagas en los muslos no eran nada divertidas. Kaon casi la había amenazado con la espada para que se pusiera los pantalones y una camisola cuando se dio cuenta de las heridas, además de que se habían detenido casi un día entero porque adaptó una de las sillas de montar a la yegua, sobando y golpeando la ruda piel hasta que quedo más suave que la piel de Miku.

- Kaon… - la mencionada hizo un movimiento de cabeza casi invisible - ¿Tú eres uno de los Otros, verdad? – La timidez de la peli verde se podía palpar. Los hombros de su compañera se pusieron rígidos un momento. Asintió levemente. - ¿Eres un elfo? – Nunca había visto a ninguno de los Otros, pero por las historias y lo que veía, quizá no estaba muy lejos de la verdad.

- No - Y por primera vez, agregó algo sin que se le preguntara – Los elfos son más altos y tienen las orejas puntiagudas – Se señaló las propias para ilustrar su comentario – Yo soy una Tsukiji – Ahora Miku estaba más asombrada, pues si los mitos sobre los Tsukiji eran pocos, aún eran más pocos los individuos de esa raza.

Un Tsukiji, o Persona Lunar, sólo podía nacer bajo la condición de que debía alumbrarse durante un eclipse lunar, si acaso fuera unos segundos después o antes del eclipse, la magía se perdía. Y así, al ser bendecidos por la Luna, estos humanos adquirían una belleza mayor a la elfica y habilidades más allá de las humanas. Sin embargo, los relatos y mitos sobre sus cualidades y destrezas eran tan variados, antiguos y exagerados, que nadie sabía realmente lo que podían o no hacer. Con los Otros, se refería por supuesto a todos aquellos que podían comunicarse por algún lenguaje inteligente, según los propios humanos: gnomos, duendes, elfos, enanos, Onis, hadas y un millar más de distintos seres.

- ¡Wow! ¿Y qué puedes hacer? Porque mi papá decía que los Tsukiji eran puros mitos… - Kaon se detuvo y la miró sorprendida, casi sin escucharla. "Ella… ¿se alegró?". Sus instintos se dispararon por un silencio repentino. Parecía que la misma respiración del bosque se había detenido. Miku notó el cambio un segundo después - ¿Qué pasa? – al no recibir una respuesta inmediata iba a comenzar a hablar más y más fuerte, pues por lo menos esperaba una seña, pero no hubo nada – Kaon… -

- Calla – era la primera vez que le daba una orden directa, siempre eran sugerencias.

- Oye, tú, no tienes ningún… - Cuando voltearon a verla al fin guardó silencio.

- Calla. Hemos llegado – "¿Llegado? ¿Entonces si estábamos yendo a algún lugar? " Pero ahí cerca no había nada especial, que ella pudiera ver.

Con un movimiento de la mano le ordenó que la siguiera, y con una mirada le advirtió que más le valía guardar silencio. Avanzaron en silencio por entre los árboles y helechos, hasta que Miku comenzó a escuchar como pequeñas cosas crujían bajo el peso de los cascos de los caballos, al irse acercando a un claro al frente y ahí estaba, el árbol más grande que Miku pudiera ver jamás, un inmenso pino cuyo tronco parecía tan ancho como lo había sido su casa, de las largas y anchas ramas más cercanas al suelo, (a unos 2m) bajaban raíces que ya parecían otros tantos troncos, no se alcanzaba a ver la altura final, no sólo por la misma altura, sino por la frondosidad del mismo, parecía haber varias aves en la cima, sólo volaban en círculos, o de pronto peleaban o parecían chocar entre ellas. Una de ellas bajo en picado un momento y a Miku le pareció reconocer una silueta medio humana.

- ¿Kaon… qué es eso? – Involuntariamente señaló hacia arriba, porque su acompañante parecía muy ocupada revisando los alrededores como para admirar el árbol.

- Arpías – "¿Escuche bien? ¡Arpías, no puede ser! Ésta chica está loca. ¿Qué hacemos aquí, debajo de un nido de arpías?"

- No puede ser… por aquí no hay arpías. ¡Y ya estaríamos muertas! – le susurró casi histérica.

- Estamos ya muy lejos de tu hogar, Miku – La caló con la mirada – Y lo estaremos, sino te callas – Siempre tan gentil…

Kaon entonces ya estaba apuntando con su arco, disparó para el terror de Miku, acertó en el cráneo de la arpía que había decidido dar ese bajón para divertirse, el cuerpo comenzó a caer y de inmediato una docena de arpías sobrevolaban amenazadoramente, para después dejarse caer cual halcones, para vengar a su hermana. Kaon disparó nuevamente, pero de las tres flechas sólo una acertó. Las aves monstruo graznaron furiosas. El primer caído cayó unos metros más allá de ellas.

- Cuando te diga, quiero que corras en dirección opuesta – Con la punta de la espada le dio un golpe a Kántara, que salió despedida hacia adelante, Miku apenas pudo recuperarse y afianzarse mejor a las bridas, comenzando a maniobrar por entre los árboles, el caballo blanco la seguía y rápidamente le ganaba terreno, las otras dos yeguas corrían por su cuenta, pues las habían liberado, y por instinto seguían a sus camaradas. Kaon confiaba en que no dejarían de seguirlas, porque sino después tendría que ir a buscarlas y no le apetecía para nada. Los graznidos y alaridos de las arpías podían escucharse cada vez más cerca, atrás de ellas. Galopar entre los arboles no era cosa sencilla y más a esa velocidad, pero no podían perder pie o serían devoradas, además para las arpías tampoco era sencillo volar bajo entre tantos arboles y las obligaba a separarse, pues no había espacio suficiente entre las copas y los troncos como para que más de dos fueran en el mismo sendero por mucho tiempo.

Una arpía marrón, un poco más pequeña que las demás, se decidió a bajar por su comida, juntó las alas al cuerpo y se dejó caer cual torpedo, dos arpías más la imitaron de inmediato. Entonces la peliazul se soltó del caballo y apuntó de nuevo, la primer flecha se clavó en un ala, haciendo perder altura a la arpía marrón, obligándola a buscar refugio entre gritos y esos horripilantes graznidos. La dueña de los ojos aguamarina no se atrevía a despegar la vista del camino, pero de vez en cuando tampoco podía evitar mirar hacia atrás. La segunda flecha se clavó en una rama muy cerca de donde había estado la cabeza de la arpía que aleteó furiosamente para salir de ahí cuanto antes. Las arpías eran poderosas y nunca atacaban solas, pero también eran muy cobardes, aunque también eran vengativas y podían perseguir durante kilómetros a quien las provocara… si se sentían seguras, claro. Eso les divertía mucho.

Así que cuando la última de ese trío quedo cayendo en picada sola, trato de retomar altura aleteando casi sin sentido, pero ya estaba a escasos metros del caballo blanco. Entonces Kaon se giró y lanzó el látigo con un rápido movimiento de su brazo, apresando por el cuello a su graznante victima. Sostuvo el mango del látigo con la mano izquierda y con la derecha recorrió la extensión de la tira tensa, por el contra esfuerzo que realizaba la criatura, y cuando hubo estirado todo el brazo, lo tomó y dio tremendo jalón que no pudo resistir de ningún modo la arpía, que fue directo a enfrentarse con la espada blanca, en medio de más gritos demasiado escandalosos, aún para esas mujeres buitre. Le cortaron de tajó un ala. La sangre salpicó a Kaon, al caballo y a Miku un poco.

Para desesperación de la peliazul las demás arpías todavía las seguían, y ahí delante se abría una pequeña pradera. Con temor vio como un cuarto misil emplumado caía directo sobre Miku y aún peleaba contra su presa.

- ¡Ahora, Kántara! – Y la yegua se desvió violentamente de su trayectoria para correr equidistante de Kaon. Casi sintió lástima de la arpía que cayó tan fuerte de picada que pareció romperse el pico… hasta que su congénere la empezó a atacar con picotazos a su vez. Logró hacerle una herida en el hombro, y con las garras de sus patas estaba desgarrando la grupa de Ángel, que resistía estoicamente mientras continuaba corriendo hacia la pradera. Kaon confiaba en que la yegua corriera paralela al límite del bosque, para que no las atacaran en medio de la pradera, donde serían presas terriblemente fáciles para la bandada que todavía les seguía, pero desde una altura y distancia más seguras. Los caballos no podían correr así de rápido todo el tiempo, pero ellas podían volar durante horas.

Kaon descargó otro espadazo que dejó sin la otra ala a la bestia, y de un nuevo y habilidoso golpe la dejó sin patas. El ser se retorcía en agonía, llamando a sus compañeras a cumplir venganza. En cuanto atravesaron los últimos arboles que ya no eran ni tan imponentes ni numerosos, directos a esa praderita, la bandada de otras ocho arpías aceleró el vuelo y bajó más. Kaon barrió con la mirada al grupo, y ubicó al fin lo que estaba buscando: la arpía más hermosa entre las que la perseguían. Todas eran descaradamente hermosas, con sus voluptuosos cuerpos de mujer y sus infames patas terminadas en garras, de sus brazos surgían las alas, grandes y estilizadas, el cabello largo y espeso, las colas arregladas cuidadosamente y uñas largas y afiladas, su nariz y boca se fundían en el pico, pero en tal armonía con el rostro que no perdían cierta sensualidad. Pero justo ahora mostraban una mirada feroz con los ojos muy abiertos y ávidos, indignados, reclamantes de la sangre fresca. Su piel se confundía con el tono de las plumas, así que iban de los blancos lechosos de las bellezas griegas, pasando por el canela de las mujeres tropicales, hasta el café oscuro de ébano de las mujeres negras. Y las ciertas combinaciones que se podían crear, había una con las plumas oscuras pero piel y cabello claro, aunque no era blanca ni rubia. Pero esa, SU presa, no era de un blanco angelical o del negro más voluptuoso. Su inteligencia tampoco era algo despreciable.

Lo que sería la mujer era una morena clara de ojos y cabellos castaños, casi broncíneos y de reflejos claros, pero las plumas tenían un colorido tropical sin paragón. Comenzaban claras, casi dorado pálido, para irse oscureciendo e incendiándose hacia abajo, terminando en un rojo encendido. Ese era su premio, e iba por él.

La horda completa se dejó caer una vez más cuando vieron el camino despejado de ramas. Ella tiró el cuerpo agonizante de su primer víctima, que había cumplido en enardecer al resto. La que quería, iba hasta arriba, en la cola de la extraña formación que habían adoptado y era imposible tirarla de un flechazo. De pronto se vio en el suelo sin podérselo explicar. Giró y giró, agudizando su dolor en el hombro herido. El caballo había caído por una depresión inoportuna en el terreno, relincho espantado y la propia Kaon no pudo reprimir un gemido de sorpresa y dolor, cuando pudo levantarse, ya tenía media parvada encima. Miku miró horrorizada la escena, escondida entre los árboles, donde al fin Kántara la había obedecido en detenerse, las otras dos yeguas la alcanzaron ahí mismo.

Observó como hipnotizada del pavor y el asombro como su compañera de viaje se levantaba con dificultad, pero con tremenda altivez y temple a lo que parecía una muerte segura y horrible. El semental estaba varios metros más alejado colina abajo, haciendo amagos por levantarse, relinchando furiosamente, y en uno de esos pensamientos incoherentes que a veces se tienen en situaciones extremas y sin sentido, Miku se imaginó que el caballo estaba maldiciendo a las arpías o a sí mismo por no poder levantarse e ir con su dueña. Probablemente las dos cosas. No importaba cuanto lo intentara. La peliverde no podía moverse, el miedo y una extraña fascinación la tenían trabada en el suelo.

Con toda calma, Kaon se levantó y lanzó una mirada retadora a sus oponentes, que revoloteaban inquietas sobre ella. Estaban confundidas; no gritaba, no corría, no suplicaba. Estaba ahí parada, con una herida, sí, pero también con una espada capaz de cortarlas sin siquiera estropear el filo. Les arrojó con burla una garra de las que había cortado que se había quedado prendada a su capa. Eso acabó de enfurecerlas y dejaron de lado las precauciones para lanzarse todas a la vez sobre ella. La dueña de la mirada de zafiro saltó entonces, enfrentándolas en el aire, una cayó herida con un seno cercenado, y se encaramó en la espalda de otra de ellas, aunque eran casi del mismo tamaño, logró mantener el vuelo. Tratando de herirla con el picó, no se dio cuenta que iba directo contra otra que quería embestirlas, Kaon se quitó antes del impacto, y ambas cayeron en medio de un montón de gritos y golpes y patadas, peleándose entre ellas. Antes de que llegara al suelo la sostuvieron por los hombros y un brazo dos arpías más al mismo tiempo, enterrándole las garras sin ninguna consideración. Estaba forcejeando para quitárselas de encima. En eso llegó una tercera que parecía querer atravesarla con las garras, pero le dio una patada y terminaron clavándole el pico completo muy cerca de la herida anterior en el hombro izquierdo, un poco más abajo, comenzó a sangrar más profusamente. Con las piernas se quitó esa molestia, con un quejido al salirse el pico de su carne. La estaban levantando mucho. Miku ya casi no la veía y corrió hacia donde estaba Ángel, jalándolo de la brida para levantarlo, que aun no podía. Su dueña a pesar de estar allá arriba, también lo había visto y a la planta que buscaba estrangularlo, por primera vez en esos minutos se sintió impotente.

Entonces también Miku se dio cuenta que no lo había logrado porque una planta lo estaba enredando, y al parecer era la misma la que le había hecho tropezar y no precisamente el terreno, ahora relinchaba de nuevo asustado. Miku trató de arrancarla con las manos, pero estaba muy apretada, y tenía espinas, el caballo ya estaba lleno de líneas rojas por donde iban pasando esos finos tentáculos punzantes. Entonces tomó la pequeña hacha que cargaba Kaon para cortar la leña y empezó a atacar a la planta como posesa, de puro milagro no atravesó al caballo. La planta se retorcía salvajemente, buscando a través del tacto quién la dañaba. Al fin asestó un golpe al tallo más grueso y el resto de los lazos quedaron inertes y el corcel pudo levantarse, echó a correr al punto debajo de donde su dueña luchaba en el cielo, con Miku apenas agarrada de la silla como pudo, el caballo daba vueltas sobre si mismo, ansioso, coceaba y golpeaba el suelo, y de repente lanzaba relinchos que parecían un quejido bajo. Ella también estaba ansiosa.

Kaon tenía en la mano izquierda el látigo, y en la derecha la espada, pero era del brazo derecho de donde la tenían tomada, así que no podía maniobrarlo. Con esfuerzos y dolores en el hombro izquierdo donde ya acumulaba dos heridas y las garras clavadas, logró colgar de su agarre en el cinturón al látigo para sacarse una daga, y con un impulso hacia arriba consiguió hacer una herida en la pierna a su captora, que la soltó al momento, comenzando a caer aún con la otra arpía agarrada, sintió como se le desgarraban los músculos del brazo derecho por el jalón. La otra arpía la soltó. Kaon le lanzó la daga que se le clavo en el estomago, para esto ya quedaban sólo dos arpías, que al verse solas emprendían la huida, entre ellas iba su presa. Cambió de mano la espada y logró asir a la arpía roja con el látigo de una pata, entonces con una mano la arpía se sostuvo a su vez de la pata de la otra, que comenzó a aletear con más fuerza, mientras la roja aleteaba con el ala libre, eso no sirvió de mucho, y no paraban de graznar. Al menos redujo un poco la velocidad con que caían. Sin embargo, a unos 6m del suelo, la arpía roja no aguantó más y se resbaló. Kaon no veía como zafarse de esa, así que sólo giró sobre sí misma con tremenda fuerza, obligando a su víctima a quedar bajo ella.

En un desesperado intentó, aleteó con fuerza una vez más, pero no sirvió de nada, con fuerza espantosa cayeron al suelo, rebotando y al fin quedándose quietas. El caballo empezó el trote a donde habían caído, casi temeroso. Miku sólo observaba de nuevo, su mente no quería trabajar más rápido. Un charco de sangre comenzó a esparcirse rápidamente… era un rojo tan brillante…

Gritos, mugidos, humo, confusión… su pequeño infierno. Un hombre se abalanzó sobre ella, desgarrando sus ropas y queriendo alcanzar sus labios, pero un terrible ruido metálico apago sus quejidos y el hombre cayó con la sangre escurriéndole por la cara, y ella misma quedaba salpicada, atrás y sosteniendo un atizador, estaba su hermano mayor.

- ¿Estás bien? –

- Sí… pero ¿Qué está pasando? ¿Qué es todo esto, quién era él? – Sin querer la histeria estaba comenzando a invadirla. La sujetaron fuertemente por los hombros.

- ¡Escucha, Miku! No puedes quedarte. Escapa. Corre al bosque, a la cabaña, no mires atrás – La abrazó - ¿Me entendiste? –

- ¡No, Hotaka! ¡Dime qué está pasando! ¡Dónde están papá y mamá! ¡Hotaka! –

- ¡Son soldados, Miku…! Se están llevando todo y quemando lo demás. No dejes que te alcan… - La mirada de su hermano de pronto se transformó y se nubló, cuando Miku miró que una punta sobresalía de su pecho. La vida de su hermano se le estaba escurriendo entre las manos. La sangre le llenaba, ya no había distinción, la del soldado y la de su hermano se mezclaban. Gritos… gritos… su mundo se había vuelto sólo gritos. Ni siquiera podía darse cuenta de qué ella misma no paraba de gritar. Aún con la poca fuerza que le quedaba, Hotaka destrozó la cabeza a éste nuevo soldado con su atizador, y le dio un buen golpe en la cara a Miku, y después la empujó.

- ¡Corre! – Sombras… luces danzarinas… el humo negro… la sangre… Rojo.

Sus ojos dejaron de enfocar el pasado para regresar a un presente igual de violento y confuso. Kaon seguía tirada, sin moverse. El caballo la movía un poco con la cabeza pero no reaccionaba.

Miku se quedó congelada. Veía sólo sombras, un pasado reciente… y no vio cuando una mano al fin acarició el hocico que con cuidado trataba de levantarla. Como se ponía de pie y rápidamente inspeccionaba al caballo, sus cortes y como levantaba una pata trasera que se estaba inflamando, ni como después levantaba la vista hacia ella. Kaon camino hacia ahí, observando ese aire tan mísero y aterrado que de pronto tenía Miku.

- Miku… Miku – Casi nunca la llamaba por su nombre, simplemente se dirigía a ella. Volteó a verla aún como en trance – Gracias, lo has salvado – Kaon estaba llena de sangre, pero la sonrisa que adornaba su rostro, opacaba todo lo demás, sin pensarlo, su peli verde compañera se abalanzó a ella, tirándola en un abrazo lleno de alegría, desesperación, esperanza, locura, muerte y vida. Lloraba en medio de risas. Aquellos ojos distantes, serenos, misteriosos, como el mar en una noche brumosa de Luna, de pronto y por unos segundos inexistentes se convirtieron en un lago cristalino que reflejó con adoración a los ojos aguamarina. Hacia tanto tiempo que no sentía la calidez de un abrazo… pero cuando Miku se calmó fue demasiado repentino, se dio cuenta que su amiga se había desvanecido. Y quién no con tantas emociones en lo que no fueron ni diez minutos.

Primero se aseguró que Miku no tuviera ninguna herida, y le dedicó una segunda mirada de aprecio. Le preparó un lugar para que descansara mientras se encargaba del verdadero trabajo pesado, y se sintió como cuando la conoció en un agradable deja vù*. Con cierta reticencia se encargó superficialmente de sus heridas, a causa de una mirada acusatoria de Ángel.

- Ya está bien. Ya no sangra ¿puedes ver? – El caballo la miró con cierta ironía para después volver la cabeza y vigilar a las asustadizas yeguas. Kaon suspiró, ese caballo tenía cierto complejo de mamá gallina, siempre la estaba cuidando demás. "Bueno… creo que sí me duele un poco más de lo usual…", aún así no quería dar su brazo a torcer.

La cabeza de la arpía había golpeado despiadadamente contra una roca, y de ahí surgía el increíble charco de sangre que sorprendiera tanto a Miku. Le ató bien los miembros para poder ponerla sobre la silla. Ella cargó a Miku, hasta donde estaban las demás yeguas. Dejando con cuidado sobre a Kántara a Miku, revisó a los animales, y al ver que sólo tenían rasguños, se puso a atender a su caballo. Sacó una pequeña bolsa de tela de una de las alforjas, y esparció un ungüento por las heridas del caballo. Al final montó sobre Kántara y ubicó a Miku entre sus brazos, tenían que alejarse de ahí, antes de que más de la parvada las persiguieran o que a alguna otra cosa le atrajera el olor de la sangre.

Anduvieron más de dos horas para alejarse lo suficiente del campo de batalla, y Kaon no lograba encontrar ni un solo lugar resguardado. Pensaba seguir más adelante, pero los caballos ya estaban cansados y la noche caería pronto. Al final tuvo que conformarse con una especie de claro entre algunos árboles bastante anchos y uno que otro joven interrumpiendo el espacio libre en el centro. Lo primero fue acomodar a Miku al pie de un inmenso arce plateado que ya comenzaba a cambiar sus galas de primavera-verano por unas otoñales. Después descargar a los caballos y amontonar los bultos cerca de Miku, formando una pared. Los caballos trotaron un poco, agitando las crines y relinchando aliviados. La peliazul calculaba que le quedaba una hora y media de luz diurna, no es que no viera bien de noche, pero el Sol era un potente escudo contra muchas criaturas peligrosas. Se dispuso a buscar leña, encontró un tronco recién caído de un árbol ya muerto, lo arrastró hasta el campamento. Asegurado eso, esculcó en sus cosas hasta hallar unas piedras con pinta de cristales de tonos purpúreos, eran cinco. Las puso alrededor del claro a forma de pentágono.

Miró el cielo que se hería en los últimos colores del atardecer. Terminó con sus preparaciones armando tres grandes fogatas y una de tamaño más normal para preparar su comida. Le hubiera gustado tumbarse al lado de Miku y dormir como ella, pero no perdió la costumbre de cepillar a los equinos y organizar mejor las cosas. Además volvió a revisar a Ángel, que se había echado no muy lejos de la peliverde.

Al poco rato, un apetitoso olor surgía de la olla con carne y algunos tubérculos que encontró por ahí. Por fin se sentó, dispuesta a cuidar mejor de su herida, esperando poder tener una noche tranquila, aunque su olfato le advertía que ni ella ni las arpías eran las únicas criaturas mágicas en ese bosque. Si Miku hubiera estado despierta, la habría mirado intrigada de un lado a otro, sin atreverse a moverse y se habría preguntado para qué diablos era todo eso. La arpía estaba colgada de una rama a varios metros, meciéndose un poco por la ligera brisa, como un macabro metrónomo. Mirando al cielo, sus ojos revelaron una nostalgia profunda y una sonrisa triste la tiñó… pero no era la única que recordaba: su compañera comenzó a retorcerse entre sueños…

Se puso a mirar al frente con un poco de ceño, arruinando su casi siempre tranquila expresión. La verdad, no le gustaba para nada lo que estaba mirando. Y le devolvían la mirada con el mismo tipo de estudiada frialdad. El corte que tenía en la mano era la prueba más concluyente que tenía para pensar que no estaba del todo en su juicio. Tenía siglos que no la herían en una batalla, y de nuevo, la repasaba mentalmente:

Los había alcanzado rápidamente al galope, sin quitar la vista de Himeko. Se habían detenido hasta que la ciudad parecía una línea pardusca contra el confín y los caballos espumeaban. Y antes de que se dieran cuenta, Gakupo detenía con su antebrazo un cuchillo lanzado contra él, pero sólo era la distracción, Luka ya había saltado hacia él con las cuchillas Media Luna en ristre y apenas lograba parar el golpe con el otro antebrazo. Y desenfundaba rápidamente su sable, no entendía que pasaba, pero no se iba a poner a preguntar, no estaba atacando, se estaba defendiendo.

Un par de ojos azules se abrieron ante el choque de metales. Se desamarró rápidamente de su montura, y sacó una sola de sus espadas, dispuesto a clavarla a traición a quien atacaba a su hermano. Su golpe nunca llegó porque lo mandaron a volar. A Eclipse no le pareció que atacaran con tal deshonor a su dueña y cargó de inmediato contra el osado. El frenesí que había invadido a Luka durante la explosión sólo se había intensificado por la carrera, parecido a lo que siente un perro al ver correr algo frente a él, estaba tan cerca del paroxismo de la muerte, que cuando vio como Gakupo se acercaba a Himeko, su instinto asesino se agregó el de protección, y atacó sin pensar. Sangre, quería sangre… la necesitaba con urgencia, olerla, sentirla en su piel. Bañarse en ella.

Estaba peleando contra los dos. Eran buenos y rápidos. Se estaba excitando, la adrenalina, el placer de una batalla, observar como sus contrincantes se veían reducidos por el alud de sus ataques. Solamente estaba jugando con ellos, jugando en serio. Quería extender el éxtasis lo más que fuera posible. De nuevo le hervía la sangre, sentía como los pulmones se contraían y expandían, respirando de nuevo la verdadera vida al borde de la muerte, sus ojos no perdían un solo detalle, músculos y nervios eran uno, recibiendo ordenes del cerebro y ejecutándolas al momento. Pareciera que pensara, que preveía fríamente los siguientes movimientos de sus oponentes, pero no era el caso. No razonaba, no ideaba planes, simplemente se movía según su instinto, disfrutando. Ni dos minutos de pelea y el caballo de Gakupo ya tenía un tajo en la grupa, el mismo Gakupo tenía una herida en el cuello, leve, pero que lo había alertado del peligro al que se enfrentaban. Ya había llegado el momento… ¡era hora del supremo éxtasis!, Luka quería mojarse… empaparse en ese cálido torrente que saldría de ese exquisito cuello en cuanto diera el golpe definitivo…

…tenía sujeto a Kaito por la bufanda y ya su mano derecha se dirigía al punto donde la vida palpitaba más intensa y vulnerable, y Gakupo se afanaba en ponerse de pie y correr a impedirlo, habría llegado medio segundo tarde si Himeko no hubiera llamado a Luka:

- ¡Luka! – Entonces la mencionada se congeló, pues nunca había escuchado ese tono angustiado en la voz que más gustaba de escuchar. En el mismo instante, se alejó un poco tarde de la trayectoria del sable de su oponente, que pretendía cortarle la mano entera para que no pudiera cercenar la garganta de su hermano, dejándole esa herida en el dorso de la mano.

Luka miraba a Kaito, que conmocionado había caído al suelo, y a Gakupo, que se había puesto frente a él, con el sable en ristre sosteniéndolo con ambas manos, mirando fijamente a su contrincante. La pelirrosa ni siquiera tenía las armas levantadas, y casi les daba la espalda, mirando como Himeko casi cae del palomino en las prisas por desmontar y corría hacia ella. Se había quedado sin habla y congelada en cuanto Luka, su querida Luka, atacaba sin advertencia a aquellos dos, a los que le había dicho que tenían que ayudar. Al final, pudo sobreponerse e impedir que mataran al desconocido.

- ¡Luka, Luka! ¡Detente! ¡¿Qué paso? ¡Ellos no me han hecho nada! – Himeko sostenía de un brazo a Luka, intentando que reaccionara, porque se había quedado con la mirada distante, mirando a Himeko, luego sus manos, a los hermanos, al que seguía de pie y al que estaba sentado con los ojos muy abiertos, y de nuevo a Himeko, como si fuera incapaz de comprender que pasaba. Himeko nunca la había visto así. Gakupo tampoco entendía de qué iba el asunto, y no dejaba de analizar los gestos de aquellas dos, sin bajar el sable, pero se estaba cansando y se acomodó un poco, por el movimiento, Luka de nuevo se movió, posicionándose frente a Himeko, con las armas de nuevo levantadas, haciendo reaccionar de nuevo a Kaito, quien se levantó dispuesto a atacar, pero su hermano se lo impidió, sin dejar de estar al frente. Ambos mayores se miraron y el ambiente se tornó tenso y pesado.

- ¡Luka! Luka… por favor, detente. Estoy bien – Himeko la abrazo por la espalda, pasando los brazos por su cintura y Luka casi se cae de la impresión, nunca nadie en su vida se había atrevido a tal muestra de afecto. Su sola aura indicaba que no estaba permitido tocarla. Pero bastó para que el instinto asesino regresara a su letargo y dejara caer las cuchillas. Entonces Kaito se apresuró a aprovechar la oportunidad e ir atacar sin ninguna consideración; en un solo movimiento Luka quitó a Himeko del camino, aventó al aire una de las cuchillas con el pie, sostuvo la mano asesina del hermano menor, atrapó la cuchilla en el aire y la dejo a milímetros del cuello del peliazul, sin dejar de mirar al otro.

- ¡Espera! Espera… Está bien, no le hagas nada, por favor – Los ojos turquesas se habían vuelto fríos y calculadores. Gakupo no sabía si considerar más peligrosos estos que los afiebrados y feroces ojos de antes de volverse éstas piedras frías. Su voz estaba calmada, y rogaba persuasivamente. No estaba dispuesto a dejar morir a su hermano, cuando sus padres también acababan de morir.

- Él nos atacó – Kaito, que se había quedado frío ante la cuchilla en su cuello, comenzó a forcejear de nuevo.

- ¡Tú estabas atacando a mi hermano cuando desperté y casi nos matas a ambos! ¿Cómo te atreves a defenderte con esa excusa? – Luka admitió que esa la pura verdad.

- No importa. Callate. El caso es que no lo hizo y que también fue ella la nos ayudó a escapar –

- ¿Escapar? ¿Escapar de qué? ¡Nuestra casa estaba destruida y nuestros padres muertos! – La espada con la piedra rosada cayó, y ahora ya no forcejeó, sólo se dejó caer, pues de repente ya no tenía fuerzas y entonces se dio cuenta del mechón de cabello que llevaba enredado entre los dedos, Luka lo soltó, dejándolo que se consumiera en un nuevo trance de dolor. Tomó a Himeko y se alejaron hacia los caballos. Gakupo la miró de nuevo, se lo pensó y al final soltó el sable y corrió al lado de su hermano.

- No sé cómo paso, ni por qué, pero ¡escucha! – Lo zarandeó, porque no parecía hacerle caso - ¡Escucha! – Lo volvió a zarandear – En nuestra casa se originó la explosión, nuestros padres tuvieron algo que ver ¡y los soldados iban por nosotros! Ella – Y movió la cabeza hacia Luka, que no había dejado de verlos, mientras hacía que cuidaba su herida – nos ayudó. Distrajo a los soldados y por eso estamos aquí – Kaito estaba pronto a replicar – Pero no sé por qué nos atacó después –

- Te acercaste a Himeko. Nunca lo hagas sin cuidado, o no respondo – La mirada fría seguía ahí – No sé quiénes son, ni quiénes eran sus padres. Pero el símbolo de los Soles Negros estaba ahí, en una pared. Si los soldados lo descubrían, ustedes habrían sido torturados hasta que les hicieran confesar crímenes que no conocen – Levantó la barbilla, altanera – A menos que tengan también ustedes el tatuaje – Por instinto, Gakupo de inmediato supo de qué tatuaje hablaba – No me sorprendería: saben pelear bien –

- Pues no parece que sepas tan poco como dices – El menor iba a decir algo, pero lo callaron con un golpe en la cabeza y miro con rencor a su hermano – Nosotros no tenemos ese tatuaje. Pero antes de escaparnos pude verlo en los cuerpos de nuestros padres. Los llamaste Soles Negros… ¿Qué es eso? –

- Es una organización clandestina: ocupan mercenarios para engrosar sus filas, pero también tienen fanáticos más fáciles de ordenar que un perro amaestrado. Persiguen el poder, y cualquier cosa en nombre de eso está bien para ellos – Estaba revisando a Himeko, les hablaba sin mirarlos y sin querer sonrió cuando el gatito se asomó por el hombro de Himeko, escondido entre su cabello - ¿Y esto? – Gakupo pensó de rápido que no parecía la misma persona. Pero todas esas escenas que había revivido su mente al ver esos tatuajes, tuvieron mucho más sentido y peso frente a sus palabras, así que sólo admiró un segundo esa sonrisa.

- Le pedí que se escondiera cuando íbamos a ayudar, y cuando monté a Teo otra vez, se subió ahí – La pequeña sostuvo al gatito para acurrucarlo en su pecho y acariciarlo. Kaito la vio sonreír, en medio de su agonía y una sensación cálida lo embargó.

- ¿Y tú cómo sabes todo eso? – Aún quería agarrarse a algo, desmentir que sus padres fueran mercenarios, o peor, unos ciegos y dogmaticos fanáticos.

- Trabaje para un señor feudal y pude enterarme de diversos asuntos. Esos "Soles" no son una banda pequeña – Dejó de examinar sus cuchillas para verlos – Pueden creerme o no. Pero por sus expresiones, yo diría que he respondido a más de una pregunta – Sintió un dejé de morboso placer ante su dolor, y el instinto dormido, la fiera en su pecho, ronroneó satisfecha. Ante la mirada atónita y hasta repugnada de los dos, paso la lengua por donde estaba la sangre casi seca del cuello de Gakupo, que posó una mano sobre su herida.

- ¿Entonces, sabes lo que pasó? Cuando llegamos ya estaba todo incendiado... - El mayor resistió su escalofrío y la miró con intensidad. Sólo quería conocer la verdad.

- No lo sabemos. Nosotras apenas íbamos en camino cuando vimos la explosión - Himeko contestó, queriendo suavizar la escena.

- Exacto. No fue una explosión pequeña, tú mismo lo has visto -

- ¡Entonces debemos volver y averiguarlo! - Kaito se levantó y empujó un poco a su hermano.

- Si regresan, de nada habrá servido escapar -

- Entiéndenos. Queremos saber qué paso realmente - Su mirada estaba tranquila, pero su voz suplicaba - Nuestra vida entera se ha perdido entre las llamas, necesitamos saber por qué. Y no es que no agradezcamos su ayuda ¿Verdad, hermano? - Su tono adquirió ese matiz de "más te vale..."

- Sí, eso... Gracias - Agregó ante una nueva mirada severa - Pero tenemos que volver y encontrar nuestras respuestas - Ya se estaba dirigiendo a su caballo.

Himeko y Luka compartieron una silenciosa charla con miradas. Luka suspiró. Sabía bien que su pequeña no los dejaría ir así como así, y menos sin ayudarlos a descubrir eso que tanto necesitaban conocer. Sólo porque ella se lo pedía, los ayudaría hasta donde sus habilidades alcanzaran.

- Bien. Mañana en la mañana volveremos y a ver qué encontramos entre las ruinas. Pero deberá ser rápido - Los estudió de nuevo de pies a cabeza - No garantizo nada; no deben esperar encontrar los cuerpos de sus padres o alguna respuesta -

- ¿Por qué nos ayudaste, por qué lo haces ahora? -

- Tengo mis razones - Era claro que no iba a ceder. Sus ojos ya no estaban febriles, ni eran esas frías piedras. La tranquilidad había vuelto a ellos, y Gakupo pudo confiar en qué no los engañaba - Por ahora, debemos buscar donde pasar la noche... - Los estómagos de ambos hombres rugieron. Hasta ahora recordaban que tenía más de un día que no comían nada... bueno, ahora ya de nada servía no comer las presas que tenían. Eso les hizo pensar que no sería tan mala idea acampar.

- Por cierto... Soy Gakupo Shimui - "¿Shimui? Yo he escuchado eso en alguna parte... " Lástima que Luka no recordara... se podrían haber ahorrado el viaje de regreso a Sigfra.

- Y yo Kaito Shimui -

- Himeko, mucho gusto - Les sonrió como si fueran amigos de toda la vida.

- Luka Megurine - No había ningún riesgo en que les dijera su verdadero nombre. Habría problemas si se enteraban de su alías...


Espero que el largo compensara un poco la tardanza XD

Cuatro de los seis protagonistas ya están juntos. Sólo nos faltan dos... y a propósito de esas dos: ¿Para qué querrá una arpía muerta Kaon? ¿Qué esconde en su mirar nostalgico? ¿Qué hay detrás del apellido Shimui? ¿Por qué Himeko no tiene apellido XD? ¿Podrán cenar por fin los hermanos XDD?

Comentarios, dudas, virus... aquí en el cuadrito de abajo ;D

"Sólo dentro de la Oscuridad, la Luz puede brillar con toda su intensidad, convirtiendo todo en Sombras"

MoonAssasyn


Adelantos...

- Tenemos que apurarnos. Si se pudre no servirá de nada -

- Pero estás muy lastimada. ¿Por qué no podemos ir más despacio? ¿Para qué la quieres...? -

Y una sombra con cuernos ondulantes comenzó a emerger por detrás, con un siseo bajo y expectante...