Con la frecuencia

I. Acción de gracias

El avión atravesaba el cielo limpio y celeste. Daba vaivenes perezosos que hacían ronronear el motor y deshacía las pequeñas y esponjosas nubes que de rato en rato aparecían para adornar el fondo. La brisa se volvía más fuerte, fresca y acariciaba la piel por donde la encontraba. La corriente se mezclaba en el ruido uniforme que detenía el sonido del mundo y creaba la ilusión, esa fantasía, de pacífica soledad. El sol, en lo más alto, brillaba con la autoridad de la realeza estelar y se reflejaba en el metal de las alas.

Se volaba atravesando el tiempo, con las aves, haciendo simbiosis con la brisa y dejando rastros de libertad en los recuerdos. Se volaba sin preocupaciones, fuera de la tierra y con la esperanza de seguir avanzando hasta no encontrar el final. Allá abajo, con el resto de la gente, el mundo se expandía en el eco de otras voces (muchas voces) que coreaban su nombre.

—¡Arnold!

Lo llamaban en vítores entusiasmados.

—¡Arnold!

Al unísono y con la voz aterrorizada y anhelante.

—¡Arnold!

Se mezclaban todas y parecía una sola.

—¡ARNOLD!

La última, la más fuerte y poderosa, le hizo perder el control del avión. Soltó el timón en respuesta inconsciente y el horizonte se descompuso en giros rápidos y vertiginosos. El cielo se difuminaba en un huracán errático, el cielo desaparecía y la caída era suave y cruel. Provocaba arcadas.

—¡Demonios! —La voz era más clara y familiar. Se exasperaba y daba tumbos. Le movía el cuerpo—. ¡Arnold, despiértate por el amor a todo lo sagrado!

El mundo era una gran mancha blanquecina. Escalofriantemente borrosa. ¿Y si se había quedado ciego después de la caída?, ¿y si el shock lo había deshabilitado para siempre y ahora despertaba de un coma larguísimo?, ¿y si todo era…?

—Hasta que llegue a cinco. Si no te has levantado olvídate de la comida.

Reconocía esa amenaza. Era una amenaza muy típica, prepotente, injusta y seria. Se la sabía de memoria, con otras palabras, en otro contexto, en tres idiomas distintos y siempre provenía de la misma persona.

—Buenos días, Helga.

—Ya era hora. —La rubia estaba sentada a un lado de la cama, vestida como siempre que salía a hacer compras, con el cabello atado en una cola despeinada y con una sonrisa sarcástica que lo saludaba buenos días y se burlaba qué tonto eres, Arnold—. ¿Otra vez el sueño de las nubes?

—Casi. —Se restregó los ojos con la mano derecha y se sentó, apoyando la espalda en el respaldar de la cama, todavía desorientado—. Estaba volando un avión. No había nubes. Pensé que me estaban aclamando.

—Cuidado con esos sueños de grandeza. —Helga se rió entre dientes y le pasó una bufanda por el cuello—. Ahora lávate, cámbiate y vamos a desayunar porque tenemos muchas cosas que hacer.

Lo besó en la mejilla y se movió hasta el borde de la cama para despedirse. Era un poco de lo de siempre, sin ser lo de todos los días. Era como si se estuviese esforzando. Arnold adivinaba, con la experiencia, que ese día en particular algo tenía que estar sucediendo. La alcanzó antes de que terminara por abandonarlo y la jaló hasta que estuvo, ella también, semi acostada en la cama.

—Son las seis de la mañana, Helga. —Le informó con cuidado y algo de sorpresa. El reloj era muy típico, largo y ancho, con números rojos y brillantes.

—Vaya, qué sorpresa. —Pero Arnold reconocía la ansiedad camuflada en el sarcasmo.

—Si no me equivoco, hoy debe ser sábado. —Helga rodó los ojos y Arnold sonrió—. ¿Desde cuándo Helga Pataki se levanta tan temprano los fines de semana?

—Hoy tenía ganas. —Dijo simplemente, pero se volteó y se acurrucó a su lado, cerrando los ojos—. No podía dormir.

Era la primera celebración familiar a la que tendrían que sobrevivir. Sería producto de la mala suerte (seguramente), pero no hacía mucho que se habían mudado a un gran departamento en el centro de la ciudad y era tradición obligada que los recién estrenados, estrenaran todo por completo. Vendría, lógicamente, el entero del círculo nuclear familiar más cercano. Bob, Miriam, Olga y compañía por un lado. Miles y Stella por el otro. Phoebe y Gerald porque habían convenido que no iban a sobrellevarlo por su cuenta.

—Todo saldrá bien, Helga.

—No. —Murmuró entre las sábanas y todavía sin mirar—. Se odian.

—¿Phoebe y Gerald? —Se hizo el desentendido—. ¡Me han engañado! Después de la boda te juro que pensaba que era todo lo contrario.

—Qué gracioso eres, melenudo. —Le reprochó con la voz cansada y dándole un manotazo en la pierna derecha—. Deberías montar un show esta noche, sacaré la videocámara.

—Deja la videocámara en paz. —Le dijo un poco más serio de lo que debería—. Todavía me acuerdo de la navidad del año pasado.

—¿Ah sí? —Helga empezó a soltar risitas descompuestas hasta que ya no pudo más y se sentó en la cama, completamente despeinada—. Yo no. Quizá debería poner…

—¡Ni lo sueñes!

Terminó por soltarse el cabello y lanzarle una mirada llena de gratitud. Ahora ya no parecía tan ansiosa como en la mañana. Ni tan molesta como la noche anterior. Ni tan a la defensiva como todos los días de la semana que había pasado. El momento había llegado.

—Arnoldo, ¿sería muy mala idea si finjo alguna enfermedad tropical y cancelamos la cena?

—¿Enfermedad tropical conociendo a mis padres? —Le acarició la cabeza—. Oh, niña inocente.

—Qué ocurrente. ¿No te habrás enfermado verdad? —Le puso una mano en la frente—. Sería genial, por supuesto.

—Sería genial que no fueras tan pesimista. No se llevan tan mal.

—Arnold. Se llevan peor que tú y yo en cuarto grado.

—Oh, entonces ¿quién está enamorado de quién?

—Qué bajo, eres de lo peor. —Se cruzó de brazos—. Terminemos.

—¿Y así te evitas la cena? —Alzó una ceja—. Buen intento, Pataki.

Se demoró un rato más con los brazos entrecruzados y la barbilla alzada. Tuvo que rendirse a la expresión ecuánime del rubio y miró al techo. Buscaba inspiración divina.

—Tú cocinas. —Le dijo rápido y con una sonrisa grande y luminosa. Se levantó de un salto y antes de darle una oportunidad a reaccionar. Se detuvo en el marco de la puerta y desoyó las quejas entusiastas que proclamaban cocinaremos los dos. Le daba por su lado, para que no terminaran de pelear antes de llegar al supermercado—. Cómo te quiero, cabeza de balón.


Dedicado a todos los lectores de Entre Luces ;) Lógicamente a quienes han tenido la amabilidad de dejarme un review.

Les explico un poco la dinámica. Son viñetas independientes, la mayoría se desprende de los capítulos de la serie, por eso los títulos harán de referentes directos. Tengo planeado hacer 100 (por los capítulos), pero todavía no sé cómo avanzaré así que no prometo nada :)

La primera es larga porque es la primera, juar.

By the way, no pude subir esto ayer porque la página estaba rara y no me dejaba ingresar a mi cuenta. Por ahora no tengo tiempo de subir nada más, pero ya veremos. En todo caso lo iré subiendo entre mañana y pasado (si la página me deja, claro).

¿Clic al botoncito? :3