[Están en secundaria]

XI. Abner vuelve a casa

Había algo de tristeza insistente en su sonrisa. Apenas un atisbo de soledad mal disimulada y de pena, como pérdida, que volvía todo inevitablemente serio. El silencio que le siguió no fue de exasperación mal disimulada. Fue, en cambio, como una brisa llena del peso del recuerdo y Helga, como no podía ser de otra forma, preguntó.

—¿Qué te pasa, cabeza de balón? —Preguntó con fingido mal humor y chasqueando los dedos delante de su cara—. Si vas a chocar conmigo al menos escúchame reclamarte hasta el final. Es lo que se estila. —Agregó finalmente, sarcástica—. Etiqueta de la calle y todo el tango.

Arnold dio un respingo y la miró confundido. Helga tuvo que cruzar los brazos para no sentirte tan profundamente estudiada y decidió que contaría hasta diez y retomaría su camino. Iba empezando, cuando Arnold alzó una ceja y pareció recuperar la realidad de la situación.

—¿Etiqueta de la calle? —Repitió incrédulo—. ¿Le has puesto un patrón a todos nuestros accidentes?

—Sí, Arnoldo. De hecho, he modificado la teoría del caos para agregarte a ti como variable. —Rodó los ojos—. Era sarcasmo, chico listo. ¿Puedes por una vez en tu vida bajar del Olimpo y tener funciones cerebrales de gente normal?

—Lo haré cuando tú puedas preguntar como gente normal. Ya sabes, sin camuflar tu curiosidad con sarcasmo. —Se cruzó de brazos él también y Helga sintió la indignación bullendo en su sangre—. Esto se está volviendo muy viejo, quizá por eso no te estaba escuchando.

—Quizá por eso no te estaba escuchando. —Lo imitó con su voz más aguda—. Mira nada más quién se levantó más sabelotodo que de costumbre.

—Vamos, hazlo. —Repitió.

—¿Qué haga qué, genio? —Alzó un lado de su uniceja.

—Pregunta: Arnold, ¿cómo estás?

—¿Por qué lo haría? —Movió su mano derecha en el aire—. No es como si me interesaras, zopenco.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?

Helga sonrió en una mueca y abrió los brazos, para darse énfasis.

—Porque su soberana majestad, Arnoldo III el atarantado, está ocupado mi camino y haciéndome preguntas absurdas. —Se agarró la tela del pantalón e intentó hacer una venia.

—No necesitas ser tan antipática, Helga.

Eso hizo que volviera a dar un respingo y perdió el hilo de sarcasmos que pensaba soltar. Chasqueó la lengua y se sacudió el pantalón mientras decidía si valía la pena seguir con la charada. Decidió que sí, que valía la pena. Especialmente porque Arnold llevaba semanas ensimismado con su nueva novia y no había tenido tiempo de molestarlo. Quizá esa era la razón por la que estaba siendo tan hostil. Ah Helga, dijo para sí misma, cuándo cambiarás.

—Quizá no. —Concedió mirándose las uñas—. Dioses, melenudo, si tanto quieres contarme tus problemas… te escucharé con la condición de que no vuelvas a atormentarm… —Se mordió la lengua—. De que no estés aburriéndome en la vía pública.

Arnold la estudió por un largo rato antes de dar un suspiro de resignación y mover la cabeza en negación.

—Sería bueno que me escucharas, para variar. —Le soltó sin pensar y sonrió muy complacido cuando Helga le lanzó una mirada furiosa.

—¿Me estás diciendo quejumbrosa, cara de mono?

—Sólo digo que de todas personas a las que he aconsejado, y han sido varias, tú eres la que más dolores de cabeza de ha dado.

—¿Qué? —Su expresión era de puro ultraje—. ¿Cómo te atreves?, ¡tú eres el metiche que siempre está preguntándome! —Volvió a agudizar su voz hasta hacerla ridícula—. ¿Cómo estás, Helga?, ¿estás bien?, ¿por qué estás sola?, ¿no quieres hablar?, ¿sabías que los unicornios existen?

—Deberías saber que eso sólo ayuda a mi afirmación.

—Cállate, Arnold y cuéntame tu ridículo problema para que terminemos con esto.

—No es ridículo. —Le contestó a la defensiva y su mirada herida le dijo a Helga que quizá estaba siendo un poco brusca—. Pasó hace una semana…

Un Arnold triste siempre había sido su debilidad. Incluso de niños, cuando Arnold todavía era bajito, delgado y ligeramente desproporcionado. El Arnold más grande, el que venía con sus misterios de la jungla, era alto, fuerte e irremediablemente guapo. Helga se sentía indefensa y distraída, sometida a sus hormonas adolescentes y a ese largo, interminable, amor incondicional. Se aclaró la garganta antes de hablar, no confiaba en que su voz le saliera con naturalidad.

—¿Qué cosa? —Dijo mirándolo de rojo.

—Abner.

Helga tardó un momento en hacer la conexión. No recordaba ningún perdedor que se llamara así y sólo apelando a su pequeño cofre con información de Arnold, bien guardado en una esquina de su cerebro, recordó el cerdo que el chico solía pasear como una mascota regular. Un cerdo, pensó, te has enamorado de un chico que tiene un cerdo, ¡bravo Pataki!

Helga soltó un suspiro melancólico que ocultó luego con una tos.

—¿Qué pasó con tu cerdo, Arnold?

—Estaba enfermo… pensé que dejarlo en Hillwood había sido la mejor opción. Ya estaba acostumbrado a vivir aquí, pero quizá debí llevármelo conmigo a la selva. —Dijo compungido.

—Se lo hubiesen comido los tigres o esas bestias salvajes. —Hizo un gesto desdeñoso—. Quizá hasta tú, en un momento de debilidad.

Arnold alzó el rostro y le lanzó dos miradas agudas, como dagas.

—Helga… —Dijo en tono de advertencia.

—¡Lo siento! —Dijo apurada e incómoda—. Estaba bromeando, diablos. Eres tan pesado. Estoy siendo realista.

—Jamás me comería a Abner.

—B-r-o-m-a, Arnold. ¿No puedes aguantar un poco de humor negro?

Arnold no dijo nada más, todavía mirándola resentido.

—¿Y bien, cuál es el problema? —Terció Helga—. ¿No lo has llevado al veterinario?

—Sí… —Arnold volvió a bajar la mirada y pateó una piedrita con su pie izquierdo—. Dijo que era inevitable. Abner murió hace cuatro días.

Silencio, del más incómodo.

Helga sintió simpatía. Más porque amaba a Arnold que por la situación en general. Sí, había tenido mascotas. Sí, a algunas las había querido, pero de ahí a llevar el funeral en el alma… Eran cosas que nunca entendió. La gente moría eventualmente, era lógico que pasara también con los otros seres vivos. Quizá porque su insensibilidad general con el mundo le hacía de coraza era que no terminaba de entender a los que de verdad lloraban y sufrían… por sus mascotas. Arnold definitivamente había elegido a la persona equivocada para contarle su problema. Quizá debió ir con Sid o con Nadine, ellos tenían animales todo el tiempo. Con Sheena en todo caso, que andaba buscando la paz y la buena voluntad. Uno no iba con Helga Pataki a buscar consuelo. Era una contradicción en el centro mismo del argumento, ¿verdad?

El silencio se había prolongado tanto que Helga realmente no encontraba las palabras adecuadas para zafarse de él. Buscó en su cerebro algún verso sobre la muerte, pero le pareció ridículo citar la agonía del ser humano por la muerte de un cerdo. Se sobó el brazo con la mano derecha y, apurada, decidió inventar sobre la marcha.

—Eh… lamento que tu cerdo haya muerto Arnold. —Dijo en voz baja y el tono incierto impregnó de condolencia sus palabras. El aludido alzó el rostro y le lanzó una mirada agradecida y expectante—. Quizá Abner era hinduista…

Arnold le devolvió una mirada llena de irritación.

—¡Está bien!, ¡está bien!, ¡lo siento! —Alzó las manos—. La verdad es que tu cerdo no se reencarnará.

Arnold cambió su mirada por otra más entristecida.

—Pero, ¿quién querría volver aquí de todas formas? —Dijo haciendo un gesto vago con las manos, señalando la calle—. Es un mundo bastante apestoso. Quizá llegó a algún paraíso espiritual de cerdos.

Arnold le lanzó otra mirada, esta vez llena de incredulidad.

—Digamos… digamos… —Dijo frustrada—. Oh qué rayos. A ver, Arnoldo, ¿crees que tu cerdo era feliz? —Enrojeció ligeramente, sintiéndose ridícula por su pregunta.

—Sí… —Contestó reticente y lanzándole esas miradas que decían "realmente estoy tratando de entenderte, Helga".

—Bien, ahí lo tienes. —Se cruzó de brazos y arrugó el ceño—. La mayoría de cerdos terminan en embutidos y en los desayunos de miles de seres humanos. Abner, el cerdo maravilla, terminó sus días disfrutando de su rolluda juventud y sin que nadie le hincara el diente. Además, tuvo un dueño lo suficientemente zopenco que seguramente le hizo los ritos fúnebres y se encargó de que tuviera todo en primera clase. Es una vida bastante buena para un cerdo, ¿no te parece?

—Sí, supongo…

—Puedes ser todo lo optimista que quieras, Arnoldo, pero nadie le gana a la muerte. Pregúntale a los doctores, ellos se pasan la vida toreándola. Incluso los escritores, quieren ganarle manteniéndose vivos en la memoria de los pueblos. —Continuó apurada—. Abner tenía que morir, al menos te aseguraste que tuviese una vida decente. Y… estoy segura que le contarás a tu estirpe cabeza de balón todo sobre tus grandes aventuras con él. ¿Sabías que no es usual tener un cerdo de mascota en el centro de una ciudad cosmopolita como Hillwood?

Arnold sonrió un poco.

—¿Cosmopolita, eh?

—Tenemos un metro, un bus, un puente levadizo y un aeropuerto. Eso cuenta como cosmopolita. —Rodó los ojos—. El punto es… la historia de Abner, el cerdo maravilla y Arnold, el cabeza de balón, seguramente será recordara por generaciones en el futuro.

—¿De verdad lo crees, Helga?

—Peores cosas hay en los libros de historia. —Se encogió de hombros.

Arnold rodó los ojos.

—¿Realmente piensas que Abner es un cerdo maravilla?

—Te estaba dando por tu lado, Arnoldo. No presiones. —Suspiró y se metió las manos en los bolsillos—. Ahora, si me disculpas… tengo que irme. —Hizo el ademán de pasarlo de largo, pero Arnold la detuvo del brazo.

—¿No quieres oír las historias de Abner, el cerdo maravilla?

No. Ni muerta. Ni en un millón de años.

—Sólo si hay pastrami de por medio.

Arnold arrugó el ceño y Helga sonrió.

—¿Muy pronto?

—Cállate, Helga.

Los dos caminaron, molestándose, hasta el Bigal's. En el cielo, en una simbolización ridícula, una nube se deshacía y se doblaba, larga y ondulada, como una cola de cerdo.


Retoños,

Volví. Lamento la larga demora. Me recuperé como había previsto, pero no es hasta ahora que puedo comunicarme con ustedes. Mi tesis no me deja en paz y recién podré actualizar como se debe de semana. Quiero agradecer a todos mis lectores por mantenerse tan fieles conmigo. Sus reviews hicieron que mis días de recuperación fueran más soportables. Además, quiero agradecer a Ariel por haberme ayudado (cuando teníamos más tiempo de encontrarnos) a mecanografiar los fics. Sin ella no hubiese podido mantenerme en contacto para nada. Lamento no poder contestar los reviews por el momento. Prometo que lo haré este fin de semana. Gracias a todos por su paciencia. ¡Se los compensaré, lo prometo!

Espero que esta viñeta les haya gustado. Está un poco más grande de lo que había planeado, pero creo que cumple su propósito.

:) ¡He vuelto!

Adelantos:

Cuando Helga G. Pataki perdió la paciencia tendrá dos capítulos más. [La fiesta de Rhonda / Islas]

De cómo Arnold es denso como un ladrillo tendrá dos capítulos más.

Ocho días a la semana tendrá un capítulo más largo.

Cuando Carmen sale a bailar será actualizado. [Habitaciones vacías]

Rhonda y la pócima mágica también será actualizado.

Entre Luces ya se acaba. [Y el amor, nuevamente]

Sé que tengo encargos pendientes de fanfics que he prometido. No se preocupen todos están en proceso de finalización. No me atrevo a subirlos hasta que no estén listos. Les hablaré mejor de esto en una próxima actualización. No tan accidentada, ahora tengo que irme porque mañana tengo examen.

Y creo que eso es todo... ¡gracias por todo!

¿Clic al botoncito? :3