¡ATENCIÓN! Este capítulo es un poco fuerte (contiene temas sexuales) aunque no os alarmeis, es bastante Fluff. Esta situado entre los capítulos La boda y Volveré. Es la primera vez que escribo algo así, por lo que me gustaría que me dierais vuestra sincera opinión, con una review o un mensaje privado.

Nos volveremos a ver (si quereis) en el próximo fic que estoy ideando y que pronto colgaré. ¡Sed felices!

Finnick POV

Dejé a Annie en el suelo mientras mi cabeza iba a mil por hora. Ella… ¿querría? No estaba seguro. Es más, no estaba nada seguro. Annie era demasiado diferente como para saber que pasaba por su cabeza. Habiendo pasado por lo que había pasado no me extrañaría nada que me rechazara, aunque dejé que ella tomara la decisión.

Annie me miró, también expectante. Entonces entendí que los dos no sabíamos que hacer. A mí la idea no me desagradaba, para decir la verdad. Aunque cuando pensaba en tener relaciones con Annie no podía evitar el pensamiento de corromperla. Ella era tan inocente, tan dulce, tan… tan Annie. Y yo, era el chico del capitolio. Una mala combinación mirara por donde la mirara.

Pero ella interrumpió mis pensamientos. Concretamente besándome. Le respondí, pero algo andaba mal. Estaba nerviosa, temblaba y cerraba los ojos con fuerza. Me arrastró prácticamente a la cama, pero no podía ser. No así. La separé de mí y se echo a llorar. ¿Pero qué…?

—Annie, que te pasa

—Yo no… yo tengo que…

—Hey… no hace falta Annie, tranquila

—No… si yo quiero…

Vaya. Eso me había pillado por sorpresa.

—Pero tengo… tengo miedo, aunque te quiero pero… estoy…

—Shhh… ya está, no pasa nada, calma…

La acerqué un poco más y la abracé. Nos tumbamos en la cama y nos quedamos un rato así. La experiencia me decía que tenía que ir con cuidado, tranquilamente, cuando se trataba de ella. Que ella era diferente. Que ella no sabía de esto. Aunque al fin y al cabo… ¿yo sabía? Había hecho de todo con las señoras del capitolio, más bien dicho me había dejado hacer de todo. Pero ella era diferente. La tenía que ayudar. Pero tampoco sabía mucho como hacerlo.

Acaricié la espalda de Annie mientras con la otra la abrazaba por la cintura. Tenía la mirada pensativa. Estaba pensando en algo, y parecía concentrada, pues se le habían hecho unas pequeñas arrugas en el entrecejo. Se las alisé con un dedo mientras decía.

—¿Qué pasa?

—Que te quiero

—¿Y por eso pones esa cara de enfadada?

—No, pero es que quiero… pero no sé cómo hacerlo

Solté una pequeña risa. Al parecer estábamos los dos igual.

—¿De qué ríes?

—Yo tampoco sé cómo hacerlo

Ella también empezó a reír.

—¡Anda ya!

—Te lo digo en serio

—¿Pero qué diferencia hay?

—Una muy grande. Que yo te quiero. ¿Te parece suficiente?

—De momento si… pero sigo estando en desventaja

—¿Entonces quieres que te ayude?

—Me encantaría

Me sonrió y me lo tomé como un sí. La besé, primero lentamente pero aumentando la intensidad poco a poco. Se quedó debajo de mí y la abracé, acariciando su espalda. Me hacía gracia ver como Annie no sabía dónde poner las manos: En mi pelo, en mi espalda, en mis brazos, otra vez en mi pelo. Se movía nerviosamente y temblaba un poco todavía, aunque suspiraba y sonreía. Decidí cogerle las manos delicadamente para que se relajara un poco, pero me equivoqué.

Se tensó de golpe y se soltó las manos rápidamente. Se quedó con la mirada perdida y después escondió su cara entre los brazos. Oh, mierda, ¿que había hecho? Susurré que lo sentía en su oído, le dije donde estaba y que estaba a salvo conmigo, como solía hacer cuando se ausentaba de la realidad. Poco a poco se destapó de la cabeza y me miró, arrepentida. Me dijo que lo sentía, que era culpa suya. ¿Culpa suya el que? ¿Qué un cerdo asqueroso hubiera abusado de ella?

Le besé la frente intentando tranquilizarla, y ya di la noche por perdida. Pero no importaba, porque tenía a mi Annie para siempre, no importaba que hoy me tenia que enfriar. Lo haría todo por ella, incluso esperar.

Pero ella me volvió a besar, intentando retomarlo. Bueno, si ella quería no me iba a negar, ¿verdad? Pero esta vez dejé que hiciera lo que quisiera con sus manos, total, era suyo.

Tenía los ojos cerrados y las mejillas rojas. Tan rojas que parecían pequeños tomates. Cuando despegaba mis labios de los suyos la podía ver sonreír. Era un alivio, después de todo.

Mis manos fueron inevitablemente a los márgenes de su vestido, y por primera vez abrió los ojos, mirándome asustados. Pero pronto me abrazó y me dejó que desatara su vestido.

Se lo quité poco a poco, como lo hacía todo. No es que quisiera ir más rápido, de hecho eso lo hacía más diferente, y me hacía sentir mejor. Vivir el momento. Con Annie. Su vestido cayó por el margen de la cama, igual que mi camisa.

¿Y ahora qué? Pensé. Me paré a admirarla. Tampoco era nada nuevo, pues ya la había visto con un biquini con anterioridad, pero verla en ropa interior era diferente. Acaricié con cuidado su vientre, con cuidado. No quería asustarla. Tuvo un estremecimiento general y se puso más roja todavía.

Entonces me cogió y me dio la vuelta, quedando ella encima de mí. Entreabrió los ojos un poco, con miedo, y acarició mi torso. Su tacto era como las olas del mar en un dia calmado. Pero en vez de relajarme como lo solían hacer me hacían sentir un mar de sensaciones nuevas.

Realmente nunca había sentido esas sensaciones con anterioridad. Deseo. Un deseo diferente de tener a Annie. Era curioso. En el capitolio solo tenía que concentrarme en no vomitarles en la cara.

Trazó diseños en mi piel mientras yo no podía parar de suspirar. No tenía ni idea de lo que hacía pero era sin duda nuevo para mí. Casi tan nuevo como para ella.

Finalmente me despedí de su sujetador, y bueno, era la cosa más natural que había visto hasta ahora. Ni tatuajes, ni perforaciones, ni cicatrices post operación (casi tan siniestras como el resultado de la operación), ni nada extraño que hubiera visto antes. Solo piel. Blanca, más blanca que su ya pálida piel. Cada vez me sorprendía más que fuera tan hermosa.

Sus dedos acariciaban mi espalda ahora, y me electrificaban mucho más que la descarga que sufrí en la arena. Quemaban más que cualquier fetiche extraño que hubiera tenido que realizar antes. Miré el rostro de Annie, que me miraba tímidamente. No, no debía saber qué efecto lograba en mí.

Poco a poco nos fuimos desprendiendo de la ropa, que caía por los cantos de la cama. Si antes creía que Annie estaba roja, a hora había entrado en ebullición. Cerraba los ojos con fuerza y se mordía los labios cuando no los besaba. Pero sabía cómo arreglarlo. Me acerqué a su oído y le dije entre un suspiro y el otro.

—Te quiero, Annie Odair…

Ella sonrió más todavía y abrió los ojos. Menuda vista. Annie con el pelo alborotado, los labios rojos, la piel sudada y los ojos muy brillantes. Estaba hermosa, tan hermosa que creía que iba a explotar. De hecho algo iba a explotar en mí pronto.

Con la poca mente racional que me quedaba intenté buscar alguna señal que me indicara que estaba lista. No era fácil, pero entonces me miró y asintió levemente. No lo pensé dos veces y me uní a ella.

Sus ojos se cerraron otra vez y se mordió los labios. Una solitaria lágrima cayó por su mejilla, tan salada como el mar mismo. Entonces apareció esa necesidad. Esa insaciable necesidad de protegerla de lo que le hiciera daño, de lo más mínimo que fuera. A veces esta necesidad me importunaba, pero no la podía evitar.

Así que intenté apartarme de ella, pero ella me agarró. Negó con la cabeza y yo esperé nervioso a que se acostumbrara. Finalmente me permití moverme, y una oleada de sensaciones nuevas me embargó. No, no podía ser más feliz. Era físicamente imposible.

Tras un rato más un escalofrío me recorrió toda la espalda, y a juzgar por Annie sucedió lo mismo. Se dejó caer en el colchón, entre mis brazos, mientras recuperaba el aliento, tranquila.

Y caí en el sueño más tranquilo y profundo que hubiera experimentado hasta aquel entonces.