Primero vi la serie y me encanto, Luego me leí el libro y termino de emocionarme. Si la miniserie es buena el libro le da mil vueltas. Este es el primer capítulo de espero unos cuantos sobre que paso cuando termino. Como hay grandes diferencias entre el final de la serie y el final del libro os dejo un fragmento sacado del propio libro de Norte y Sur para ponernos en situación. También os digo a los que habéis visto la serie os diré que hay cosas en el libro distintas a las de la serie. Mi fanfic se va a basa en la novela. Este primer capítulo es un poco para situarnos en la historia que quiero hacer. Es mi primer FanFic así que ser benevolentes. Gracias por leerme.

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Nadie supo nunca por qué no acudió a su cita al día siguiente el señor Lennox. El señor Thornton llegó a la hora convenida; y, tras hacerle esperar durante casi una hora, Margaret se presentó al fin muy pálida e inquieta. Empezó apresuradamente:-Lamento mucho que no haya venido el señor Lennox, él lo habría hecho mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo. Es mi asesor en esto...

-Lamento haber venido si le molesta. ¿Quiere que vaya al bufete del señor Lennox e intente encontrarlo?

-No, gracias. Quiero que sepa lo mucho que me apenó saber que voy a perderlo como arrendatario. Pero el señor Lennox dice que seguro que las cosas mejorarán...

-El señor Lennox sabe poco de eso -dijo el señor Thornton con calma-. Es feliz y afortunado en todo lo que aprecia un hombre y no comprende lo que es ver que ya no eres joven, pero que has de volver al punto de partida que requiere la alentadora energía de la juventud, y sientes que se te ha pasado la mitad de la vida y que no has hecho nada, que no queda nada de la oportunidad desaprovechada más que el amargo recuerdo de lo que ha sido. Señorita Hale, preferiría no saber la opinión del señor Lennox sobre mis asuntos. Los que son felices y prósperos suelen quitar importancia a los infortunios de los demás.

-Es usted injusto -dijo Margaret amablemente-. El señor Lennox sólo ha comentado que cree que existe una excelente probabilidad de que recupere usted, más que recuperar, lo que ha perdido. No hable hasta que haya acabado, se lo ruego. Margaret recobró una vez más el dominio de sí misma mientras hojeaba algunos documentos legales y extractos de cuentas apresurada y temblorosamente.

-¡Vaya! Aquí está, y... él me redactó una propuesta, ojalá estuviera aquí para explicarla, que demuestra que si aceptara usted una cantidad de dinero mío, mil ochocientas cincuenta y siete libras, que en este momento están inmovilizadas en el banco y que sólo me aportan el dos y medio por ciento, podría pagarme usted un interés mucho más alto y Marlborough Mills podría seguir funcionando. -Se le había aclarado la voz, que era más firme ahora.

El señor Thornton guardó silencio, y ella siguió, buscando algún documento en el que estaban escritas las propuestas de garantía, procurando ante todo dar al asunto un cariz de mero acuerdo comercial en el que ella tendría la principal ventaja. El corazón de Margaret dejó de latir al oír el tono en que el señor Thornton dijo algo mientras ella buscaba dicho documento. Su voz era ronca y temblorosa de tierna pasión cuando dijo:

-¡Margaret!

Ella alzó la vista un instante; y luego intentó ocultar sus ojos luminosos, apoyando la cabeza en las manos. Él imploró de nuevo, acercándose, con otra apelación trémula y anhelante a su nombre:

-¡Margaret!

Ella bajó todavía más la cabeza, ocultando así aún más la cara hasta apoyarla casi en la mesa que tenía delante. Él se acercó más. Se arrodilló a su lado para quedar a su altura y le susurró jadeante estas palabras al oído:

-Cuidado. Si no dice nada, la reclamaré como propia de algún modo presuntuoso y extraño. Si quiere que me marche dígamelo ahora mismo. ¡Margaret!

A la tercera llamada, ella volvió hacia él la cara, cubierta aún con las manos pequeñas y blancas, y la posó en su hombro sin retirar las manos. Y era demasiado delicioso sentir la suave mejilla de ella en la suya para que él deseara ver intensos arreboles o miradas amorosas. La estrechó. Pero ambos guardaron silencio. Al fin, ella susurró con voz quebrada:

-¡Oh, señor Thornton, no soy lo bastante buena!

-¡No es bastante buena! No se burle de mi profundo sentimiento de indignidad

Al cabo de unos minutos, él le retiró con cuidado las manos de la cara y le colocó los brazos donde habían estado una vez para protegerle de los alborotadores.

-¿Te acuerdas, cariño? -susurro-. ¿Y la insolencia con que te correspondí al día siguiente?-Recuerdo lo injustamente que te hablé, sólo eso.

-¡Mira! Alza la cabeza. ¡Quiero enseñarte algo!

Ella volvió la cara hacia él despacio, radiante de bella vergüenza.

-¿Conoces estas rosas? -preguntó él, sacando unas flores secas de la cartera en la que estaban guardadas como un tesoro.

-¡No! -contestó ella con sincera curiosidad-. ¿Te las regalé yo?

-No, vanidosa, no lo hiciste. Podrías haber llevado rosas iguales, seguramente.

Ella las observó pensativa un momento, luego esbozó una leve sonrisa y dijo:

-Son de Helstone, ¿a que sí? Lo sé por los bordes aserrados de las hojas.

¡Oh! ¿Has estado allí? ¿Cuándo?

-Quería ver el lugar donde Margaret había llegado a ser lo que es, incluso en el peor momento, cuando no tenía ninguna esperanza de que me aceptara alguna vez. Fui al regresar de Havre.

-Tienes que dármelas -dijo ella, e intentó quitárselas de la mano con ligera violencia.

-Muy bien. ¡Pero tienes que pagarme por ellas!

-¿Cómo voy a decírselo a tía Shaw? -susurró ella, después de un rato de delicioso silencio.-Déjame que hable yo con ella.

-¡Oh, no! Debo decírselo yo. Pero ¿qué crees que dirá?-Lo supongo. Su primera exclamación será: « ¡Ese hombre!».

-¡Calla! -dijo Margaret-, o intentaré mostrarte los indignados tonos de tu madre cuando diga: « ¡Esa mujer!»

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Margaret y John se fundieron en un beso y una agradable sensación recorrió sus cuerpos.

Thornton se separo y miró a Margaret a los ojos, el semblante de él cambio radicalmente, mientras en el de ella, aun con los ojos cerrados, lucia el deseo por mas besos de él.

No puedo aceptar – dijo irguiéndose y soltándola

Margaret abrió los ojos y cambio su cara de deseo y placer por una expresión de sorpresa. Se levanto y cogió el brazo de John. Él se revolvió y soltó su mano bruscamente.

John – dijo tristemente Margaret - ¿Qué pasa?

¿No lo entiendes? – dijo girándose hacia ella – no puedo aceptarte a ti y a tu dinero. ¿Qué clase de hombre sería?

Yo te lo doy todo a ti – dijo volviendo a cogerle del brazo – Mi amor, mi vida y mi dinero te los doy a ti. Yo no quiero nada más que estar contigo.

Él la miro furioso. Margaret le soltó el brazo asustado y retrocedió hasta llegar a la silla donde se sentó. Se hizo el silencio durante unos momentos. Thornton miraba por la ventana, absorto en sus pensamientos, absorto quizás intentando tomar una decisión. Margaret se quedo mirándole. Su talante cambio a serio. Las lagrimas se agolpaban en sus ojos empujando unas a las otras por salir, pero ella creó un muro en sus ojos, no quería que él la viese llorar y se enterneciese, sea cual fuere la decisión que él tenía que tomar, la tomaría sin que sus sentimientos hicieran mella en él. Tras unos minutos en los que ella tuvo que controlarse como ya en el pasado había tenido que hacer. Tomo la iniciativa y con la voz quebrada inicio de nuevo la conversación.

Bien, pues elige entonces – dijo empujando hacia él el documento que Lennox había redactado para la entrega del dinero. – tú te has puesto en una situación bastante delicada, ahora debes elegir que es más importante para ti la fabrica o yo.

Te amo Margaret – dijo llevándose el puño a la boca y mordiéndose los nudillos, él solo se había puesto en una situación embarazosa - Mi orgullo – continuo volviéndose hacia ella y sentándose en la silla frente a ella – no me permite ser un hombre mantenido – busco la mano de Margaret pero no la encontró

Margaret le miro furiosa, si se amaban ¿Qué problema había en aquel hombre que solo veía en ella su dinero? ¿Porque él que ahora ponía tantas trabas había dado el primer paso hacia tan solo unos minutos? Le amaba esto era algo claro, había añorado tanto su presencia, su compañía y ahora toda esa casa le era tan ajena. Pero, estaba furiosa, muy furiosa. La ira que sentía en este momento era lo único que le permitía no romper a llorar, no caer desmayada.

Margaret – susurro dulcemente él – quiero que entiendas, que tengo deberes. No solo en Milton, tengo deberes con los hombres que trabajaban para mí. Si te elijo a ti ¿Qué será de ellos? Ahora no tienen trabajo y no tienen con que alimentar a sus familias – guardo silencio esperando una respuesta o una chispa en sus ojos que demostrara su comprensión, Margaret siguió sentada alternando la vista entre la ventana, el documento y fugazmente los ojos de él. – Escucha mi propuesta. No renuncio a ti. Eso jamás lo hare. Quiero que me esperes, espérame un año, en ese tiempo la fábrica será totalmente solvente, te habré devuelto tu dinero y yo me sentiré digno de ti.

¿un año? – dijo triste Margaret. – ya eres digno de mi ahora, no necesitas un año para darte cuenta de eso. ¿esa es tu última palabra?

Piensa en esto Margaret. Ahora somos felices y no habrá reproches pero dentro de unos años todo esto puede hacer… hacerme una bola gigante, no puedo salir a flote si en mi bolsa llevo el lastre de ser un pelele - golpeó la mesa furioso – un mantenido, un fracasado. ¿podrías vivir con la sombra de lo que algún día fui? Solo te pido un año. Si en ese tiempo cambian tus sentimientos serás libre de irte sin ningún compromiso por tu parte. Por la mía se que te amare toda la vida, eres la única mujer que he amado – cogió su mano, estaba fría como la de un muerto – te amare un año después, ¿me esperaras?

Margaret no dijo ni una palabra. Se levantó de la silla, ya no podía aguantar más las lágrimas y en aquella habitación no quedaba más que decir. Salió por la puerta recta, sin tambalearse, sacando fuerzas de flaqueza. Quería irse a su cuarto caer en la cama, meter su cara entre las almohadas y morirse allí. Su corazón estaba roto. Le ardía la cabeza, aunque no fuera de fiebre, le dolía su estomago, sentía nauseas. Dejo a John en la habitación con la palabra en la boca. Él no dijo nada no se movió tan siquiera hasta que escuchó el portazo de Margaret. Miro sus manos y sintió la humedad de sus mejillas. Se tomo unos minutos para serenarse. Cogió el contrato, lo leyó detenidamente y lo firmo. Salió de la habitación con las dos copias en la mano, por el camino se encontró con Edith que subía para enterarse que había pasado tras oír el portazo de Margaret. Le dio el documento firmado y le indico que se lo entregase a la señorita Hale. Bajo las escaleras en silencio sin esperar respuesta de la dama y salió de la casa sin esperar a que ningún criado abriese la puerta.

Edith llamo a la puerta de Margaret, pero no obtuvo respuesta. Continuó llamando un buen rato, pero siempre con el mismo resultado.

Ábreme se buena – susurraba Edith a la puerta – Por favor, moriré si no se que estas bien, se buena - no había respuesta, ni un sollozo, ni un ruido dentro del cuarto- ¿Cómo puedes ser tan cruel, Margaret? Yo solo quiero saber que paso. Yo solo me preocupo por ti. –Su voz se había transformado en un gimoteo lloroso. Se alejo de la puerta y corrió hacia su habitación a llorar desconsoladamente.

En toda la tarde nadie vio a la señorita Hale, se recluyó en su habitación. Dixon subía cada media hora llamaba a la puerta, rogaba a la señorita que la abierta y bajaba las escaleras nuevamente sin haber tenido respuesta alguna. A la hora de la cena Dixon subió llamo a la puerta y le indico a la Margaret que si no quería abrir que no la abriera pero que le dejaba una bandeja con la cena en la puerta.

Henry había aparecido para cenar, después de haber desaparecido para la reunión con el Señor Thornton. Su hermano le había mandado una nota de que quería hablar con él después de la cena. Edith le puso al día de lo acontecido en la reunión, de cómo el señor Thornton había salido con los ojos vidriosos de la reunión y como Margaret se había encerrado en la habitación y no conseguían nadie que les atendiese.

Cuando la cena concluyó tanto Edith como la señora Shaw se retiraron a sus habitaciones y los hermanos Lennox se quedaron en la mesa en silencio. Henry parecía un poco molesto con la situación y el capitán no sabía cómo abordar el tema.

¿Por qué no has aparecido hoy? – pregunto el capitán Lennox con su tono amigable de voz.

Creí que no era necesaria mi presencia. – contesto fríamente él mientras jugaba con la servilleta.

¿Por qué creíste eso? – insistió el capitán Lennox ignorando el tono de su hermano- ¿Por qué creíste no ser necesario en la firma de un documento importante de una de tus clientes? ¿Acaso ya no eres su abogado?

No lo entenderías – dijo cada vez más irritado por el interrogatorio de su hermano y alzando la voz - ¿quieres saberlo? – pregunto mirándolo fijamente. – porque ella le ama. Sino ¿Por qué iba a querer invertir en esa ruinosa fabrica? Por eso no aparecí hoy no quería ser testigo de ese reencuentro.

El señor Lennox empujo la silla para levantarse y se encamino furioso a la salida. El capitán se levanto y le siguió. Mientras el señor Lennox se vestía su hermano le miraba en silencio sujetando y jugueteando con el sombrero de él. Se lo tendió y sin soltarlo le dijo en tono armónico.

Creo que por la situación en la casa, no todo ha salido como tú esperabas. Sabes que ella le ama, pero no sabemos si él la corresponde. Edith me dijo que el señor Thornton salió notablemente ofuscado. Quizás el no sienta por ella lo que ella por él.

No seré yo quien pregunte nada – refunfuñó Henry colocándose el sombrero. – Ya abrí mi corazón en una ocasión a esa mujer y ahora no seré yo quien vaya a enjuagarle las lágrimas que otro hombre ha hecho aflorar en ella. No señor. Sera ella quien venga a mí.

Henry Lennox salió furioso de la casa jurándose a sí mismo que no visitaría aquella casa durante un tiempo. No sucumbiría al deleite que le producía la presencia de Margaret en las comidas, ni lo que disfrutaba con sus conversaciones. Esta vez seria fuerte, esta vez seria ella quien tendría que ir a él.