Y atando cabos rápidamente, sólo había una explicación para eso. Y eso hizo que abriera rápidamente los ojos, mareándose en el trayecto, para ver lo que le era posible. Como pensó, ahí estaba Sebastian Michaelis, abrazándolo. Protegiéndolo.

Y como pensó, sucedió.

¡Sebastian!

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Capítulo 12. Tú caes en la trampa y el demonio se enfurece. Las mejillas sonrosadas de un cuerpo sin vida. Parte ll.

By:

HirotoKiyama13

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He hurt me. He hurt me.

He left me alone.

Now it's my turn to attack.

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—¿Q-Qué…?

Silencio.

Los ojos de Amber se abrieron de forma lenta, asustada y dudosa. Lo único que había escuchado era la detonación de un arma y, desde hace mucho tiempo, se sintió como una niña débil. Sin protección alguna. ¿Cuánto había pasado desde que se sintió así?, ¿diez años, doce? No lo recordaba con exactitud.

Y no quería recordarlo en realidad.

Por fin sus ojos azules pudieron percibir la realidad que los envolvía a todos los que estaban presentes en la sala. Una punzada le atravesó el corazón. Alois y Claude miraban atónitos la escena, mientras William se mantenía un poco alejado de todo, quizá a la espera del próximo ataque de parte de Eva, la cual tenía una expresión difícil de asimilar.

Sus dientes apretados y su ceño fruncido, junto con sus labios en una mueca de disgusto, le hizo comprender que estaba enojada. Muy enojada.

Amber quería hablar.

Lanzaría un montón de palabrerías sobre el honor y la lealtad. Sobre la verdad y un montón de defectos que la castaña tenía, mientras en su cerebro le gritaba 'Estás loca, estás loca' y su enemiga parecía captar todo telepáticamente.

Se sentía tan extraña, y el ver a Sebastian ahí, tendido en el suelo, lo era aún más.

Y cuando alzó la mirada hacia Eva, la cual observaba a Alois y a Claude, quienes habían aparecido en cuanto vieron el estado del de cabellos negros, comprendió muchas cosas. Esos ojos azules de Eva sólo podían significar algo en específico. Porque en todo el tiempo en que mantuvo una 'amistad' con ella, puso descifrar aunque sea un poco lo que su mirada quería dictaminar. Si estaba enojada, feliz, aburrida... O si simplemente no sentía nada.

Y se repetía a sí misma de nuevo. Ahora lo comprendía todo.

Incluso para Eva Phantomhive, todo se estaba saliendo de control.

—S-Sebastian…

Ya nada está escrito. Ni por ella, ni por nadie. Aunque no lo demostrara, ya no los tenía acorralados; pero ellos no la tenían acorralada tampoco. Era un círculo algo vicioso, en donde cualquiera puede pasar a la otra vida en un sólo chasquido de cualquier fuerza que estuviese plantándose sobre ellos.

Todo el asunto se escapó de Eva y de ella de una manera lenta, tormentosa, enfrente de sus ojos. Pero el orgullo mandaba, y ninguna daba su brazo a torcer.

Era una sucia jugarreta del destino en donde ni siquiera ella podría saber el final.

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—¿Está usted seguro de que es por aquí?

—Por supuesto que sí.

—Pues permítame dudarlo en estos momentos.

Ronald comenzó a pasear su verdosa mirada por el callejón en el que estaban Undertaker y él. Ya llevaban más de media hora por ahí, y podría jurar que ese árbol delgaducho, pelón y muerto ya lo había visto más de mil veces si es que se quería exagerar. Lanzó un bufido con cansancio y agitó su cabello con su blanquecina mano derecha. Sus lentes bajaron un poco así que tuvo que acomodarlos bien en el puente de su nariz.

—No entiendo cómo los humanos pueden soportar… esto—un silbido salió de sus labios—. Undertaker-sama, ¿en verdad sabe a dónde ir?

El aludido se quedó quieto por unos segundos con una mueca que, a pesar de que no se le veían los ojos, mostraba estar enojado o por lo menos indiferente a la pregunta que el de cabellos rubios tenía. Ronald tragó seco, esperando un golpe en su mejilla y listo para salir volando, cerrando sus ojos en el trayecto.

Pero una carcajada se escuchó en el lugar, espantándolo.

—Heeeee, ¡tienes razón!, estos humanos y sus callejones raros… aún no me acostumbro a ellos.

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Eva Phantomhive no se caracterizó por ser una 'Jefa' amable y débil, ni mucho menos por pasar por alto los errores y deslices que los demás pudieran haber tenido en su trabajo. Al contrario. Tenía un genio para temer; tenía un egocentrismo por su puesto en la fábrica que era enorme, aparte de que siempre refunfuñaba. Pero fuera de ello, algo siempre llamaba la atención del mundo entero.

Algo en su persona. O, más bien, algunas cosas en su persona.

Su atractiva apariencia y personalidad tan múltiple, tan dispareja, sus excelentes maneras y modales de tratar a la gente de 'su clase' cada que asistía a festivales o a bailes que hacían, su cultura, y su aparente perfecta adaptación a la comunidad en la que vivía, le hacía pasar por una mujer aparentemente normal, una buena ciudadana (menos cuando se enojaba con sus trabajadores o cuando se proponía a acabar con la competencia, claro está), una persona brillante, con estudios universitarios, buen trabajo y familia acomodada con un pasado repleto de aristocracia unidos a la Reina de aquellos tiempos. Oh, y cómo olvidar su 'pareja estable', el enigmático y atractivo Sebastian Michaelis. Todo ello contrasta con sus innumerables y oscuros crímenes, sádicos, brutales, injustificables; sus prácticas de tortura aterradoras que siempre le sacaban una sonrisa cada que lo recordaba.

Un monstruo encantador, que sabía convencer y engatusar por la confianza que inspiraba su persona, llevando una vida llena de impulsos imposibles de sospechar siquiera por amigos y familiares.

Y cuando se enteró de la situación de su hermano con Sebastian, más allá de enfurecerse por semejante engaño, como buen sociópata que es, se preguntó: ¿cómo iba a permitir, con su enorme egocentrismo, que él le dejara y que su hermano menor le pasara por alto? ¡A ella!, ¡por supuesto que no!

Se fabricó una personalidad socialmente brillante y atractiva, segura de sí. Se relacionó abierta y 'normalmente' en su entorno, aumentó enormemente su intelecto y su análisis minucioso, sus modales; a desenvolverse en cualquier ambiente y frente a cualquier persona.

Pero en el fondo, todo eso era sólo una máscara. La máscara de un sociópata.

Aprendió a actuar, a cobijarse detrás de una personalidad perfectamente fabricada por sí misma, aunque en el fondo siguiera siendo la misma y cometiera crímenes tras crímenes de los cuales se burlaba, y aún discutiera con su familia haciendo comentarios irónicos. Ya nadie lo podía ver. Ya nadie podía sospechar de ella.

Sus instintos de muerte eran intensos.

Y cuando más mataba, cuando más acababa con las vidas de los demás y se arrastraba por el infierno buscando a su próxima presa, más necesitaba—y quería—satisfacerlos.

Eso Amber lo pudo ver a simple vista. Lo estudió de una manera fácil y simple, de la manera en que piensa que deberían de estudiar todas las personas que creen saberlo todo y no tienen nada en sus manos: su mirada.

Esa mirada azulina, apagada, que aunque esforzara una sonrisa jamás se veía iluminada, y ella apostaba a que ni siquiera en los crímenes que ella profesaba amar. Eran huecos, vacíos e insensibles. Una personalidad es como la mirada de las personas, te muestra 'el alma' y todo lo que deseas ver. Ella no vio nada.

Nunca lo vio. En verdad esperaba no verlo jamás.

Pero ahora que los delirios de grandeza, de poder, de supremacía y su obsesión compulsiva por tener el control han caído por los suelos, era más que claro que una sola iba a suceder, y era eso que Amber Brust no quería observar en su vida, al menos no en una situación como esa, con un Ciel con asma y un Sebastian herido.

Una mirada de la Phantomhive con sentimientos fríos.

Amber tragó en seco y pasó de mirar a Sebastian a observar a Eva, que abrió sus labios rosados lentamente para pronunciar algunas palabras.

—¿Por qué?

Ahí estaba la pregunta del millón. ¿Por qué?, ¿por qué todo se salió de su control? Su mirada azulina parecida a la de su madre sólo mostraba un sentimiento en concreto, pero la rubia siempre prefería pasarlo por alto. Siempre lo hizo así. Una de las tantas razones por las que odiaba a Eva, más allá de haber asesinado a su madre, era por las sensaciones que le despertaba. Miedo, temor y desconfianza, sensaciones que aparentemente Eva no sentía ni mostraría nunca en su vida.

Era por eso, no por otra cosa.

—¿Q-Qué?

—¿Por qué no los maté desde un principio?, ¡todo se está saliendo de control! —gritó Eva con cólera, mientras caminaba unos cuantos pasos hacia Sebastian, el cual le miraba desde el suelo, protegiendo a un Ciel a medio desmayarse—. Tú… ¿por qué te metes en donde no te llaman?

Claude abrazó a Alois de una manera protectora, sabiendo a la perfección lo que personas como ella podrían hacer cuando se sentían bajo una presión así. Aunque si bien Eva estaba entretenida con Sebastian y con Amber, una sombra moviéndose entre el callejón de arriba le llamó la atención.

Amber Brust no era la única que tenía que ajustar cuentas con Eva Phantomhive. William T. Spears también.

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—La agente Brust no ha mandado ningún mensaje. Tampoco nos ha llamado para contarnos de su situación con la acusada.

Todos en la sala principal de Scotland Yard lanzaron un suspiro entrecortado. Ellos sabían que no debían de mandar a Amber a una situación como esa, pero desde que la investigación comenzó, hace ya más de cinco años, la rubia se empeñó en hacerlo—porque siempre lo deseó así. Dijo que era algo que le pertenecía a ella, que era para vengar a su madre a pesar de que no creyera en ello. Jamás quisieron profundizarse más en el asunto, pero cada que hablaban de Eva Phantomhive, los ojos de la chica se tornaban oscuros y apagados. En ocasiones se preguntaban cómo era posible que la chica soportara tanto tiempo fingiendo ser la mejor amiga de la persona que mató a su propia madre sin motivo aparente, quizá ni siquiera por diversión.

El agente Clarck Johnson, cabeza de la investigación y jefe principal desde hace cinco años, se dejó caer sobre la silla que estaba detrás de él con su aspecto regordete aplastándolo en el trayecto. Un bufido salió de sus labios y se peinó sus cejas ya canosas con desesperación, tratando de calmarse en un intento fallido. Estaba preocupado porque quería a la chica como su fuera su propia hija, la hija que perdió cuando ésta viajó a España y sufrió un accidente automovilístico.

— ¿Y han intentado llamarla? —preguntó después de un tiempo.

Un chico se puso de pie de manera rápida y nada sigilosa, mordiéndose los labios con nerviosismo y peinándose para verse algo presentable frente a Clarck. Le miró a los ojos con expresión cansina, sonriéndole mientras se acercaba y le extendía una hoja de papel algo arrugado con su mano temblorosa.

—No he intentado llamarla, jefe—dijo después de unos segundos. Llevaba unos lentes puestos que dejaban ver sus ojos verdes, y su voz denotaba nerviosismo—, pero tomé esto de su automóvil cuando me trajo para acá.

— ¿Sin su permiso?

—Lo siento por ello.

El viejo Clarck gruñó a forma de respuesta. El humor se había caído por los suelos y lo único que podía hacer era eso, gruñir. Tomó el papel arrugado y grisáceo entre sus manos y se puso los anteojos que usaba para leer. Se sintió tan débil por breves momentos y tan poco orgulloso de sí mismo que tuvo miedo de ver lo que decía ese papel. ¿Cómo una chica era más valiente que él en situaciones como esas? Aunque si bien lo que tenía entre sus manos no podría servirle, sospechó que el agente flacucho y nervioso que se lo dio ya lo había leído desde antes de entregárselo, y era por eso que no puso ninguna excusa ni reparó en que algo saliera mal.

Lo abrió y lo leyó más de diez veces, todo para asegurarse de que sus ojos hubieran leído bien y que no estaba equivocado. Ya cuando se dio cuenta de que no era así, maldijo en voz alta y comenzó a gritar a todo lo que estuviera alrededor, comenzando a dar órdenes de manera rápida y pidiendo que fueran a buscar a la mansión de los Phantomhive el si había alguien ahí. Todos comenzaron a moverse de manera rápida y Clarck Johnson tomó las llaves de su automóvil lo más rápido que pudo.

Ya sabía a dónde tenían que ir.

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Tanaka sintió dos presencias detrás de él, siguiéndolo, así que apresuró el paso y apretó el portafolio que tenía que proteger más que a su propia vida.

Una leve sospecha de quiénes eran esas personas que le asechaban se cruzó por su cabeza, pero la desechó al instante al no escuchar alguna carcajada detrás de él. O lo quería asustar de verdad, o era alguien que quería deshacerse de él. Su edad ya no era la mejor como para abrir una batalla en medio del lugar en donde estaban, y menos con el clima lúgubre y frío que envolvía a Londres a esas horas de la noche.

Sin pensarlo siquiera, pisó un charco de agua sucia, manchando sus zapatos regalados por Ciel en el trayecto. Se mordió los labios y sintió una mano cerca de su codo. No iba a gritar porque él no era así, se lo había dejado claro a su Amo cuando lo conoció por primera vez, pero sinceramente estaba espantado.

—Sh, heee, ¿por qué no te detienes?

Espanto que duró muy poco al entender que se trataba de Undertaker y de su acompañante rubio, Ronald.

Suspiró aliviado a la vez que su cuerpo, tenso minutos atrás, se relajaba un poco. Hizo una mueca de alegría y se dedicó a mirar la vestimenta que portaba la lúgubre persona frente a él, dándose cuenta al fin que siempre seguiría vistiéndose de negro sin importarle mucho lo que suceda.

No titubeó y no dijo palabra alguna, simplemente le tendió el portafolio que llevaba protegiendo desde la mansión para que lo leyera y así poder saber qué hacer con exactitud. Era algo muy impropio de él ir hacia Undertaker cuando no sabía lo que sucedería, pero ahora, después de leer una carta que el fallecido Vincent Phantomhive le dejó a él una semana antes de que muriera, supuso que era lo mejor. Lo mejor para todos y para su Joven Amo especialmente.

El portafolio llevaba dentro de sí la pequeña investigación que el—aquél entonces—jefe de la familia Phantomhive había hecho. Desde los síntomas, las causas, las consecuencias, los posibles sufrimientos y la inexistente cura, la sociopatía formaba parte importante de toda la información. También había varios hospitales que contaban con doctores especializados en esos casos, pero uno en específico estaba encerrado con plumón rojo y remarcaba los números telefónicos del lugar. Cuando Tanaka lo vio por primera vez, se dio cuenta de que se trataba del hospital en donde Eva estuvo encerrada por cinco años, y se dio cuenta también de que jamás supo cómo fue a parar ahí si sus padres ya estaban muertos hasta entonces.

En una ojeada que Undertaker le dio en silencio, una hoja perfectamente doblada y vieja intentó caer al suelo. Un dolor agudo cruzó por el corazón del mayordomo de la familia cuando la mano rápida de Ronald la tomó entre sus manos antes de que cayera y se mojara, debido a que el piso estaba extrañamente mojado. Los ojos verdes-amarillentos de Ronald se posaron sobre él y luego sobre el de cabellos grises, quien hizo una mueca indicándole que leyera la carta.

Tanaka al final asintió.

—Oh, bueno…—comenzó a balbucear el chico—… si así lo quieren…

Carraspeó un poco para que el hilo de voz desapareciera, y, acomodándose sus lentes de manera lenta, comenzó a leer de manera fuerte y clara.

«Quizá para cuando estén leyendo esto, yo ya esté enterrado en el cementerio, ¿no?

No es por ser demasiado amargo o realista, pero es la verdad. Para ese tiempo de seguro mis hijos no se acordarán de Rachel y de mí. Aún no sé por qué hago esto si de nada va a servir; nada va a detenerla a ella, ni a sus intentos extraños de deshacerse de Ciel y de quedarse con la fortuna, una fortuna que poco le servirá sabiendo lo poco que sabe de los negocios a comparación de mi hombre pequeño, al cual le enseñé lo suficiente como para que me superara.

Jamás mostré esta faceta ante la sociedad. Debía de mantenerme como un hombre fuerte y decidido, al que no le tiene miedo a nada y que haría todo por su familia, incluso su propia vida. Y bueno, al final si lo hice, ¿no? Di mi vida por proteger a mi hijo, aunque sea por un tiempo…

Te preguntarás el por qué hago esto si no hay nada interesante en sí. Bueno, me gustaría que fuera Tanaka el que lo encontrara. O cualquier persona, menos mi hija Eva. Porque si ella sabe lo que descubrí, lo que sé, y lo que tengo en mi poder, es posible que intente huir del país no en un intento de cobardía, sino posiblemente para demostrar que nadie la puede vencer ni siquiera con las mejores armas. Ojalá y no sea ella quien la encuentre, a pesar de que siempre la amaré más allá de la muerte. Es la niña de mis ojos a pesar de todo.

A pesar de que sé lo que hizo, y lo que posiblemente hará.

Es por eso que lo mejor es mandarla al hospital con el doctor especializado.

Es por eso que es mejor escribir aquí el cómo Undertaker está detrás de todo esto. El por qué Eva le odia tanto.

Y también para decirles cómo mi mejor amigo del alma, el que siempre me protegió junto con Ronald, es el único capaz de cuidar a mi pequeño Ciel de la furia de su hermana. Lo siento Tanaka por no incluirte a ti.

Pero a ti tengo un cargo aún quizá más importante».


PERDÓN POR LA TARDANZA.