Esta historia no es mía es una adaptación del libro de Lois Faye Dyer y claro esta los personajes son de Stephenie Meyer :) espero que les guste!

Soy nueva en esto así que se aceptan solo críticas constructivas! ULTIMO CAP espero que les haya gustado mucho la historia :) yo LA AME ! tratare de subir otra de esta autora que me gusta mucho :D

Summary:Cuando el guapísimo Edward Cullen la invitó al baile del año, Isabella Swan se imaginó una velada mágica en la que se sentiría como Cenicienta. El reloj dio las doce y todavía estaba en los fuertes brazos del doctor, pero sabía que aquel donjuán no podría ser jamás el padre que necesitaba su hijita… y decidió dejarse de fantasías.

Por primera vez en su vida, Edward estaba oyendo campanas de boda. Sin embargo, necesitaría algo más que un zapato de cristal para demostrarle a Bella el amor que sentía por ella, además de vencer la oposición de su dominante y rica familia.


Bella aún estaba enfadada cuando entró en el Starbucks a la mañana siguiente. Encontró a su exmarido sentado en una pequeña mesa redonda casi al fondo del establecimiento, que estaba empezando a vaciarse pues era media mañana y muchos clientes habían regresado ya a sus puestos de trabajo.

Patrick se puso de pie y agitó la mano, y ella se dirigió hacia él cruzando por entre las mesas. Él le sostuvo la silla antes de volver a sentarse, alisándose las arrugas del pantalón del traje meticulosamente.

—Te he pedido un café con leche desnatada y vainilla —le dijo Patrick con una sonrisa amistosa—. Recuerdo que es lo que solías tomar.

—Gracias.

Bella se había propuesto ser educada y aprovechar para sacarle información y evaluar hasta qué punto eran ciertas las amenazas de Patrick, y si las llevaría a cabo. Seguía sin tener intención alguna de ayudarle pidiéndole a Edward que le facilitara conseguir un puesto en el Instituto Vulturi, pero no quería que iniciara un procedimiento judicial que pudiera poner en peligro la estabilidad de la vida de Nessie.

Tomó un sorbo de café mirándolo por encima del borde de la taza.

—Tengo que confesarte, Patrick, que siento curiosidad por saber cómo me has encontrado. En ese artículo del periódico en el que salía mi foto con Edward no se decía nada de mí más que mi nombre.

—Cierto —asintió Patrick—. Fue el detective privado quien me dio los detalles, incluida tu dirección actual.

— ¿Detective privado? —repitió ella.

—Sí. No me lo dijo explícitamente, pero me dio a entender que la familia Cullen lo había contratado para investigar a la mujer con la que estaba saliendo su hijo —Patrick entornó los ojos—. Sabes quién es tu querido doctor Cullen, ¿no?

Bella enarcó una ceja, pero no respondió.

—No lo sabes… —Patrick se rió entre dientes y sacudió la cabeza, como divertido—. Debes ser la única mujer de Boston que no sabe que Edward Cullen es el único hijo de Carlisle Cullen, y heredero del imperio transportista de los Cullen.

Aturdida por aquella información, la mente de Bella se convirtió en un torbellino mientras intentaba recordar lo poco que Edward le había contado de su familia aparte de que eran gente pudiente. Lo cierto era que ni su esmoquin hecho a medida, ni su bonita casa, ni su lujoso Jaguar la habían hecho pensar que fuese de una familia millonaria. Había pensado simplemente que tenía un buen sueldo y que podía permitirse esas cosas.

—Claro, que cuando el detective me preguntó sobre ciertos datos muy personales respecto a ti, me di cuenta de que los padres del doctor Cullen se lo habían tomado muy en serio. Tu relación con él, quiero decir —añadió Patrick con una expresión de autosuficiencia—. Lo cual, naturalmente, fue un descubrimiento muy interesante.

¿Y eso por qué? —inquirió ella, conteniéndose para mantener su ira bajo control, cuando lo que estaba deseando hacer era echarle el café caliente por la cabeza.

—Pues porque… en fin, aquí estoy yo, que acabo de terminar mi carrera de Medicina, y he enviado mi currículum al Instituto Vulturi para solicitar un puesto en el departamento de investigación —le explicó Patrick. Luego, la señaló a ella y añadió—: Y aquí estás tú, mi ex mujer, que estás saliendo con un hombre que tiene una gran influencia en esa clínica. Y los dos tenemos una hija para la que estoy seguro que los dos queremos lo mejor.

—Ya te lo he dicho. No te presentaré a Edward, ni intentaré convencerle para que te dé ningún tipo de facilidades para conseguir un puesto en la clínica. Tendrás que apañártelas con tu diploma y tu experiencia. Nessie y yo no tenemos nada que ver con eso.

—Puede que no —respondió él—, pero tú y yo tenemos una hija en común, así que quizá deberíamos pasar a discutir nuestros deberes parentales, y de si no atentaría contra el interés de Nessie que me niegues el derecho a visitarla.

—Sé perfectamente que no tienes el menor interés en ver a Nessie —le espetó ella mordaz—. Nunca lo has tenido, así que no finjas tenerlo ahora.

—Como quieras. Pero si decides no cooperar, haré que mi abogado te lleve a juicio con una demanda por derechos de visita… y tal vez incluso por la custodia.

Bella sintió que un sudor frío le recorría la espalda.

—No serás capaz —masculló entre dientes.

—Por supuesto que sí —le aseguró él con cinismo y una mirada fría—. Estoy decidido a conseguir un puesto en el Instituto Vulturi… a cualquier precio —se inclinó hacia delante y le susurró en un tono amenazante—: No te interpongas en mi camino, Bella.

—Eres despreciable —le dijo Bella con la voz temblorosa por la furia. Patrick se echó hacia atrás y se encogió de hombros.

—Puedes llamarme lo que quieras… siempre y cuando hagas lo que te he pedido. Si no —le advirtió—, te aseguro que reclamaré mis derechos como padre.

Bella se puso de pie, incapaz de aguantar un segundo más en su compañía.

—Tendré que pensarlo. No tengo ni idea de cómo podría influir en Edward cuando no tengo conexión alguna con su trabajo. De hecho, ni siquiera sé qué clase de decisiones está facultado a tomar en la clínica; nunca me ha hablado de eso.

—Ni falta que hace —replicó Patrick levantándose también—. Lo único que tienes que hacer es convencerle para que me facilite las cosas y me den un puesto. Te concederé un par de semanas, o un poco más de tiempo si es necesario, pero si no obtengo resultados, tendré que hacerle una visita a mi abogado.

Bella no contestó. De haber abierto la boca en ese momento, sin duda, lo habría mandado al infierno, así que se mordió la lengua y se marchó, con la sangre hirviéndole en las venas.

No podía pedirle a Edward que contratase a Patrick. Era una víbora, y no estaba dispuesta a utilizarlo; ni siquiera para salvar a Nessie. Pero, ¿cómo podría impedir que Patrick llevase a cabo sus amenazas?

Después de aquella tarde lluviosa jugando al Clue, Edward se sorprendió a sí mismo aprovechando cualquier oportunidad que se le presentaba de pasar el mayor tiempo posible con Bella y Nessie.

Y aunque cada vez que estaba con Bella la llama del deseo ardía constantemente en su vientre, ni una sola vez la había presionado para que pasase la noche con él. El instinto le decía que debía cortejarla, darle tiempo para que se acostumbrase a su presencia en su vida y en la de Nessie.

Sabía que para Bella su cita del día del Baile del Fundador y la noche que habían pasado juntos habían sido algo ocasional, pero él estaba decidido a llevarla a su cama de nuevo.

Sospechaba que Bella seguía debatiéndose entre, por un lado, aferrarse a sus metas en la vida y a sus normas, lo cual lo excluía a él, y, por otro, dejarlo entrar en su mundo cuando temía que eso pudiera afectar a la promesa que se había hecho de proteger a Nessie.

A cada día que pasaba, Edward estaba más convencido de que no iba a pasar por la vida de Bella como algo temporal. Estaba empezando a creer que quizá, y sólo quizá, su vida le parecería completa si Bella y Nessie formasen parte de ella.

El sábado por la mañana, justo antes de almorzar, Edward llegó al apartamento de Bella acompañado de Butch.

Ella abrió la puerta, y una sonrisa iluminó su rostro al verlo. Butch, sujeto por la correa que Edward llevaba en la mano, cruzó el umbral moviéndose de un lado a otro con placer.

—Pasad —le dijo a Edward, y se agachó para darle un abrazo al perro. Butch soltó un ladrido amistoso e intentó lamerle la cara.

—¿Mami?, ¿qué ha sido ese ruido? —Nessie salió en ese momento al salón, y se paró en seco abriendo mucho los ojos—. ¡Es un perro!

—Nessie, éste es Butch —le dijo Edward—. Butch, dile hola a Nessie.

Butch se sentó sobre sus cuartos traseros y volvió a ladrar. Tenía las orejas levantadas y estaba observando a Nessie con interés.

—Hola, Butch —lo saludó la niña. Miró a Edward—. ¿Puedo tocarlo?

—Claro —dijo él haciéndole un gesto para que se acercara—. Extiende tu mano y deja que la huela.

Cualquier temor que hubieran tenido Edward y Bella de que el animal no aceptara a Nessie, se disipó de inmediato cuando al poco rato ya estaba la pequeña sentada junto a Butch con un brazo en torno a su cuello y murmurándole algo al oído.

—Estoy preparando unos sándwiches para comer —le dijo Bella a Edward—. ¿Te unes a nosotras? —le preguntó pasando a la pequeña cocina.

Edward la siguió, y abrió un armario para sacar una taza y servirse un poco de café.

—Envuélvelos y así podríamos llevarnos a Nessie de picnic al parque que hay cerca de mi casa —le sugirió Edward.

Bella alzó la vista hacia él. Edward estaba apoyado en la encimera con la taza en la mano y una mirada cálida en sus ojos castaños.

—Y podemos llevarnos a Butch también —añadió Edward—. Y un frisbee, por supuesto. Le enseñaré a Nessie a lanzarlo para que Butch lo atrape. Se le da muy bien —añadió con una sonrisa.

—A Nessie le encantaría —dijo Bella—. ¿Estás seguro de que quieres pasar una tarde con una niña que no para en un sitio con tanto espacio abierto para correr?

— ¿Estás sugiriendo que no seré capaz de seguirle el ritmo? —inquirió él, haciéndose el ofendido.

—Lo que estoy diciendo es que yo desde luego hay veces que no soy capaz —lo corrigió ella riéndose—. Pero si quieres que probemos, por mí no hay problema.

—Estupendo.

Edward dejó la taza de café sobre la encimera, rodeó a Bella con los brazos y la levantó para luego plantarle un beso en la boca.

—Voy a decírselo a Nessie y a ponerle la correa a Butch —dejó a Bella en el suelo y miró la encimera detrás de ella—. ¿Quieres que te ayude con los sándwiches?

—No, no hace falta —replicó Bella, y lo echó de la cocina sacudiendo la cabeza afectuosamente, mientras sacaba unos envases de plástico de un armario.

Una media hora más tarde, Edward aparcaba el coche frente a su casa. Descargaron, y se dirigieron al parque.

— ¿Está muy lejos, Edward? —le preguntó Nessie, caminando a saltitos y de espaldas detrás de él.

—A seis manzanas —respondió él.

Nessie se dio la vuelta y corrió al lado de Butch. El rottweiler caminaba feliz al otro extremo de la correa que sujetaba Edward, olisqueando el cálido aire primaveral. También respondía a las frecuentes caricias de Nessie con un lametón y un ladrido de entusiasmo.

—Vaya par, ¿eh? —Le comentó Bella a Edward—. No sé quién está más ilusionado con esta salida, si Butch o Nessie.

—Creo que están empatados —dijo Edward.

Bella lo miró de reojo. Con una mano, Edward sostenía la correa, controlando sin problemas al enorme y ansioso perro, sobre el hombro llevaba colgada una manta roja y en la otra mano llevaba la cesta de mimbre con lo que ella había preparado para el picnic. Sus largas piernas estaban enfundadas en unos vaqueros gastados bajo los que se marcaban los músculos de sus muslos, e iba calzado con unas botas negras relucientes de cuero. El sol arrancaba destellos del Rolex que adornaba su muñeca, y llevaba un polo de manga corta que dejaba sus fuertes antebrazos al aire.

El sólo mirarlo la hacía feliz. Edward giró la cabeza hacia ella, y cuando sus ojos se encontraron, enarcó una ceja a modo de pregunta.

— ¿Qué? —inquirió.

—Nada —replicó ella con una sonrisa—; soy feliz.

Los ojos de Edward se oscurecieron.

—Me alegra saberlo —murmuró con voz ronca.

Bella se estremeció, y el deseo se extendió desde su vientre al resto de su cuerpo como los zarcillos de una planta trepadora.

— ¡Mira, mamá, ahí está el parque! —exclamó Nessie entusiasmada.

Bella se esforzó por recobrar el control sobre su cuerpo y miró hacia delante. A una manzana de donde estaban se veía la verja de entrada a una enorme extensión de césped y árboles.

—Parece un parque muy grande —comentó, mirando luego a Edward.

Él asintió.

—Lo es. El parque es una de las razones por las que me instalé en este barrio. Si quieres tener un perro es bueno tener un parque cerca. Por no mencionar un buen surtido de bolsas de plástico —añadió con una sonrisa.

—¿Para qué quieres bolsas de plástico? —le preguntó Nessie confundida.

—Para recoger las cacas de tu perro. Si no lo haces, el Ayuntamiento puede ponerte una multa.

—Puaj —dijo Nessie con una mueca—. Qué asco.

—No es para tanto —replicó él—. Sólo tienes que usar la bolsa de plástico para recogerlas, hacerle un nudo y echarla en una de las papeleras del parque.

Nessie no parecía muy convencida.

—Es una de las cosas que tiene ser dueño de un perro —le dijo su madre—. Si tienes una mascota tienes que cuidar bien de ella.

—Bueno, supongo que merece la pena —dijo la pequeña mirando a Butch pensativa, como si estuviera considerándolo.

—Se parece muchísimo a ti —le dijo Edward a Bella en un susurro.

—Espero que eso sea bueno.

—Pues claro que es bueno —contestó él al instante—. Eres una mujer decidida, comprometida… ¿Qué puede haber de malo en eso?

Entraron en el parque, y siguieron un sendero entre los árboles, entre cuyas hojas nuevas susurraba una suave brisa primaveral.

A ambos lados del camino se extendían amplias extensiones de césped recién cortado, salpicadas aquí y allá por macizos de flores rojas, amarillas, violetas y azules.

Había unas cuantas parejas y familias disfrutando del sol, y los niños corrían y reían, algunos con globos de colores atados a la muñeca.

— ¿Dónde vamos a hacer nuestro picnic, Edward? —preguntó Nessie.

—Hay un sitio estupendo un poco más adelante —respondió él—. A unos metros del camino, cerca de la cascada.

— ¡Oooh! ¿También hay una cascada? ¡Qué divertido! —exclamó la niña y se puso a andar a saltitos otra vez junto a Butch.

Sus rizos cobrizos rebotaban con cada movimiento sobre el suéter blanco que llevaba encima de un vestido azul celeste.

— ¿De dónde saca toda esa energía? —se preguntó Edward en voz alta mientras la observaba.

—No lo sé, pero yo daría lo que fuera por tener siquiera una cuarta parte —contestó Bella con una sonrisa.

—Los niños son increíbles, ¿verdad?

—Bueno, no sé si todos, pero Nessie desde luego lo es. Claro que es mi hija y supongo que eso no me hace precisamente imparcial.

—No, supongo que no —asintió él divertido—, pero como testigo objetivo puedo decir que tienes razón.

Bella se dejó llevar por un impulso y se puso de puntillas para besarlo en la mejilla.

— ¿Y eso? —inquirió él con una mirada intensa.

—Porque me apetecía.

Extendieron la manta, se sentaron y Edward le quitó la correa al perro.

—¿Butch también puede tomar un sándwich, mamá? —le preguntó Nessie a Bella.

Ésta miró a Edward.

—¿Puede tomar sándwiches de mantequilla de cacahuete y de mermelada?

—Probablemente se le pegará al paladar, pero seguro que le encanta —respondió Edward.

Bella fue distribuyendo los sándwiches, las patatas fritas y un par de pepinillos en varios platos. Le pasó uno a Edward y otro a Nessie, pero vaciló cuando iba a servirle a Butch.

—¿Le gustarán los pepinillos?

Butch tiene un estómago de hierro —le dijo Edward—. Cualquier cosa que sea comestible, se la come.

—¿Siempre le das de comer de lo que tú comes? —le preguntó ella cuando empezaron a comer, viendo a Butch devorar lo que le habían puesto en el plato.

—No, normalmente le pongo pienso seco y de vez en cuando carne o un hueso grande para que se entretenga royéndolo —Edward alargó la mano para remeter un mechón de cabello rubio tras la oreja de Bella, al tiempo que acariciaba con los dedos su mejilla—. El veterinario me dijo que darle de lo que nosotros comemos no es malo, siempre y cuando sea algo ocasional. No le hace daño.

Justo en ese momento pasó cerca de ellos un anciano seguido de tres cachorros Golden Retriever y su madre, todos sujetos con sus respectivas correas.

Butch ladró e iba a incorporarse, pero Edward le ordenó en un tono tranquilo:

Butch, siéntate.

El rottweiler se volvió a sentar, pero estaba temblando de excitación. Los cachorrillos lo habían oído ladrar, y se soltaron para acercarse. Sus hocicos olisquearon el de Butch, y se pusieron a jugar con él. Su madre se mostró amistosa, pero más cauta.

Nessie agarró uno de los cachorros y apretó su cálido cuerpecillo contra su pecho.

—Mami, yo quiero un cachorrito como éste.

—Cariño, si por ti fuera tendrías un cachorrito como todos los que ves —respondió Bella con una sonrisa.

Edward y ella ayudaron al anciano a separar a los cachorros de Butch, y finalmente se alejó con ellos por el camino hacia el puente que cruzaba el estanque.

—¿Podemos jugar a lanzarle el frisbee a Butch para que vaya a por él? —le preguntó Nessie a Edward cuando ya sólo quedaban las migajas en sus platos.

El perro, tendido junto a ella, levantó la cabeza curioso al oír su nombre.

—Pues claro —asintió Edward. Miró a Bella—. Si a tu madre le parece bien.

—Me parece bien —respondió ella con una sonrisa.

Los siguió con la mirada mientras se alejaban, Nessie corriendo en cabeza, Butch trotando detrás de ella y Edward con paso tranquilo tras los dos. Edward le había pedido permiso para que Nessie fuera a jugar, pensó halagada. ¿Habría en el mundo un hombre más considerado que aquél?

—Buenos días.

Edward, que estaba sentado tras la mesa de su consulta, alzó la vista. Su compañero de laboratorio, Jasper Whitlock, estaba de pie en el umbral de la puerta con una humeante taza de café en la mano. Tenía el pelo algo revuelto, como si hubiese estado pasándose las manos por él una y otra vez. Los dos habían estudiado juntos en la Facultad de Medicina de Stanford, y Edward reconoció al instante aquel signo de frustración en su amigo.

—Buenos días. Anda, pasa, cierra la puerta y cuéntame qué te pasa —le dijo.

—¿Qué te hace pensar que me pasa algo? —Jasper cerró la puerta y fue a sentarse en una de las sillas frente a su escritorio.

—La cara que traes y tu pelo —contestó Edward echándose hacia atrás para apoyar los pies, con los tobillos cruzados, en el extremo de su mesa.

Jasper lo miró contrariado.

—¿Mi pelo?

—Lo tienes todo revuelto, como cuando te pones a pasarte las manos por él desesperado, como si quisieras arrancártelo.

Jasper farfulló algo y se peinó un poco con los dedos.

—¿Mejor?

Edward se encogió de hombros.

—Bueno, y ahora cuéntame qué pasa.

—He recibido malas noticias —dijo Jasper decaído.

—Déjame adivinar: los resultados de las pruebas no han salido como esperábamos —aventuró Edward, pensando en qué otras opciones podía haber si era así.

Podrían probar con otra teoría nueva en la que habían estado trabajando. Se les había ocurrido que quizá el bajo porcentaje de embarazos viables derivados de las fecundaciones in vitro tal vez podrían resolverse incorporando más vitaminas y minerales para optimizar la salud de la madre en los seis meses anteriores a la concepción. Las pruebas de laboratorio, hasta la fecha, parecían indicar que funcionaba.

—No, están bien. Más o menos lo que esperábamos.

Edward se quedó mirándolo.

—Oh. Bien —dijo, dando tiempo a Jasper en vez de presionarlo.

—La mala noticia es que Alice me ha dicho que una consultora ha auditado en secreto las cuentas de la clínica, y parece ser que el informe ha desvelado problemas financieros importantes.

—Diablos —murmuró Edward anonadado—. ¿Está segura de eso?

Jasper asintió.

—Se lo ha contado Jane.

—Una fuente bastante fiable —dijo Edward. Jane Vulturi no sólo era hija del fundador de la clínica, sino también la directora administrativa. Si Jane se lo había dicho a la esposa de Jasper, probablemente era cierto—. ¿Y le dijo Jane algo más?

—Pues que es evidente que los problemas son tan graves que la financiación de las investigaciones de la clínica están en la cuerda floja.

Edward maldijo entre dientes.

—¿Pero cómo ha podido pasar? Oí que el Baile del Fundador había sido un éxito y que no sólo se habían recaudado fondos, sino que además habían aumentado las donaciones. ¿Qué diablos está pasando?

—No tiene sentido, ¿no? —dijo Jasper, entornando los ojos pensativo.

—No, no lo tiene —asintió Edward, pasándose una mano por el cabello—. Y encima esto llega en un momento crítico en nuestra investigación —añadió sombrío—. No quiero ni pensar en lo que podría pasar si tuviéramos que empezar de cero en otro centro.

—Lo sé —murmuró Jasper—. Podría retrasarnos meses; o años.

—No puedo creer cuántos escándalos se han desatado en torno a la clínica en los últimos meses —comentó Edward—. Me sorprende que no se haya hundido ya bajo el peso de tanta mala prensa.

Jasper asintió con la cabeza, apretando los labios, y tomó un sorbo de café.

—Yo quiero creer que esto se superará. Al fin y al cabo mira de cuántas tormentas ha salido indemne desde su fundación.

—Espero que tengas razón —Edward bajó los pies al suelo y se puso de pie—. Entretanto, sugiero que bajemos al laboratorio y le echemos un vistazo a los resultados de esa prueba.

Durante el resto del día, Edward estuvo inmerso en aquel trabajo que les resultaba estimulante y frustrante a partes iguales a Jasper y a él. El meticuloso trabajo de laboratorio con un nutrido grupo de voluntarios era un proceso largo y tedioso, pero necesario para probar su teoría. Y la posibilidad de aumentar las posibilidades de que una pareja con problemas de fertilidad pudieran concebir un hijo sano, bien merecía el esfuerzo.

Esa tarde, al salir de la clínica, fue al apartamento de Bella, y se detuvo de camino para comprar una película familiar en DVD y una pizza. Últimamente, cada vez que tenía problemas en el trabajo se refugiaba en Bella. Era algo que no le había pasado desapercibido.

Al llamar al timbre, ella le abrió con una sonrisa, y Edward se inclinó para darle un abrazo. Ella le pasó los brazos por la cintura y permaneció abrazada a él un momento antes de apartarse para mirarlo.

—¿Va todo bien? —le preguntó, y sus ojos chocolates escrutaron su rostro preocupados.

—Hay problemas en la clínica —le explicó él—, pero ahora que estoy aquí ya me siento mejor.

—Me alegro —Bella lo tomó de la mano y lo hizo pasar dentro—. ¡Nessie! —llamó a la pequeña mientras cerraba la puerta—. ¡Ha venido Edward!

—¡Edward! —exclamó la niña entrando como un torbellino en el salón. Los ojos se le iluminaron al ver la caja que llevaba en la mano—. ¡Pizza!

Edward sonrió y le tendió la caja del DVD. La niña la tomó y lo siguió hasta la cocina con ella en alto, como un trofeo. Bella sacó platos, vasos y un cuchillo.

—Mamá, ¿podemos comer en el salón mientras vemos la película? Por favor… —le suplicó Nessie.

—Está bien, pero sólo por esta vez —claudicó su madre.

Sirvieron la pizza en los tres platos, llenaron los vasos con agua con hielo y se sentaron en el sofá a ver la película. Cuando los platos y los vasos estuvieron vacíos, Nessie se tendió boca abajo en el suelo con la barbilla apoyada en la mano para seguir viendo la película. Edward ayudó a Bella a llevar las cosas a la cocina y meterlas en el lavavajillas, y justo cuando terminaron sonó el teléfono.

—Vuelve con Nessie a ver la película —le dijo Bella—. Yo me uniré a vosotros en cuanto haya atendido esa llamada.

Edward la besó en los labios y volvió al salón. Apenas se había sentado en el sofá cuando Bella tomó el teléfono y contestó. Desde allí podía verla, y no le pasó inadvertido lo tensa que se puso de pronto, antes de darle la espalda y murmurar algo a la persona que estaba al otro lado de la línea.

Picado por la curiosidad, apenas escuchó el diálogo de la película, aunque tampoco podía oír la conversación de Bella en la cocina. Sin embargo, su lenguaje corporal no era difícil de interpretar.

—¿Va todo bien? —le preguntó cuando se unió a él en el sofá.

—Sí, bien —respondió ella con una breve sonrisa.

Edward le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Bella apoyó la cabeza en su pecho.

Lo mejor sería esperar a que Nessie estuviese en la cama para intentar que le contara qué había ocurrido, decidió Edward. Dijera lo que dijera Bella, por lo pálida que se había puesto y la preocupación en sus ojos era evidente que no todo iba bien.

Dos horas más tarde, Nessie estaba ya acostada. Edward le quitó la voz a la televisión con el mando a distancia y se giró para mirar a Bella.

—Háblame de esa llamada de antes.

Ella lo miró como asustada.

—Puedes decirme que no era nada, que no era nadie —continuó él—, pero vi tu cara cuando colgaste, y sé que esa llamada te ha disgustado. Anda, cuéntamelo —la instó.

Hizo que se echase hacia atrás, le levantó las piernas para colocarlas sobre su regazo, y se puso a masajearle los pies.

—Umm… Qué maravilla —murmuró ella cerrando los ojos y dejando escapar un profundo suspiro.

—No cambies de tema, Bells. Dime qué ha pasado.

Ella abrió los ojos y lo miró sombría.

—Era mi ex marido.

Las manos de Edward se detuvieron un instante antes de continuar con el masaje.

—No sabía que seguíais en contacto.

—No habíamos vuelto a hablar desde que nos divorciamos —le explicó ella—, pero ésta es la tercera vez en lo que va de mes que se pone en contacto conmigo.

¿Y qué es lo que quiere? —inquirió Edward frunciendo el ceño.

—No te lo creerás —le advirtió ella—. Es demasiado ridículo.

—Cuéntamelo —insistió él.

—Patrick, mi ex, vio esa foto nuestra que salió en el periódico, la que nos hicieron en el Baile del Fundador. Hace poco ha terminado sus estudios de Medicina, y ha solicitado un puesto en el Instituto Vulturi. Quiere que te pida que le contrates.

Bella estaba siendo directa, pero le había soltado aquella parrafada como si quisiera acabar cuanto antes con el tema.

—Tengo la sensación de que hay algo que no estás contándome —le dijo Edward, trazando un círculo con las yemas de los pulgares en las plantas de sus pies.

—Dios, qué bien se te da eso… —suspiró Bella y se estiró con un gemido.

Los dedos de Edward se detuvieron.

—Ya vuelves a cambiar de tema.

—De acuerdo, de acuerdo, está bien, te lo contaré, pero por favor no dejes de masajearme los pies.

—Muy bien —accedió él, retomándolo donde lo había dejado. Bella casi ronroneó—. Cuéntame el resto.

—Intentó hacerme chantaje con Nessie.

¿Qué? —Edward levantó las manos de sus pies y la agarró por los hombros.

¡Ay! —protestó Bella.

—Perdona —murmuró él. Apartó las manos y la tomó de la barbilla para que lo mirara a los ojos—. ¿Qué clase de chantaje?

—Me amenazó con llevarme a juicio, con demandarme para conseguir derechos de visita.

—Creía que había renunciado voluntariamente a cualquier derecho como padre cuando os divorciasteis.

—Accedió a renunciar a esos derechos si a cambio yo renunciaba a exigirle una pensión alimenticia, pero fue un acuerdo verbal —lo corrigió Bella—. Yo estaba embarazada cuando interpuso la demanda de divorcio y declaró que no teníamos hijos.

—Qué canalla —masculló Edward—. ¿Cómo te pudiste casar con ese tipo? ¿Qué pudo ver en alguien así una mujer como tú, fuerte e inteligente?

¿Es así como me ves? —inquirió ella con una sonrisa emocionada.

—Pues claro que sí, y deja ya de intentar cambiar de tema —la reprendió por tercera vez.

—Yo era muy joven, y él parecía un tipo encantador. Eso no lo excusa, lo sé, pero la verdad es que yo era una ingenua y me dejé embaucar por las apariencias. Lo único que puedo alegar en mi defensa es que me bajé del barco cuando descubrí que no era tan maravilloso como había creído —hizo una pausa—. Aunque supongo que algo bueno salió de aquel matrimonio: tengo a Nessie.

—Pues debe ser lo único que salvaría a tu ex de la hoguera —comentó Edward—. Entonces lo de su renuncia a sus derechos parentales… ¿sólo fue verbal?

Los ojos de Bella se oscurecieron y asintió.

—La verdad es que entonces nunca se me ocurrió pensar que un día pudiera querer reclamarlos. Nunca la ha visto; ni ha querido. Y ahora tampoco; sólo está utilizándola para chantajearme y obligarme a cooperar —su mirada se tornó fiera—. Yo… quiero que sepas que no voy a pedirte que ayudes a mi ex marido a conseguir un trabajo en la clínica. No sé qué voy a hacer respecto a sus amenazas, pero tengo la esperanza de que desistirá cuando vea que su chantaje no sirve de nada.

—Cariño, en ningún momento se me ha pasado por la cabeza que fueras a hacer algo semejante —le aseguró Edward. La atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos—. No quiero que te preocupes por Nessie. Se nos ocurrirá una manera de pararle los pies. Y si es necesario recurriré a los abogados de mi familia. Todavía está por ver que hayan perdido un caso.

Bella se apretó más contra él, y Edward hundió los dedos en su pelo para hacerle levantar la cabeza y mirarla a los ojos.

—No voy a dejar que nadie os amenace.

El tono de su voz era fiero, pero los labios con los que cubrió las comisuras de sus labios eran tiernos, balsámicos. Bella suspiró y sus labios buscaron los de él.

Al cabo de media hora los dos estaban excitados, y su respiración se había tornado rápida y jadeante. Edward suspiró y se levantó del sofá, haciendo que ella se levantara también.

—A menos que vayas a llevarme a tu cama, creo que será mejor que me vaya a casa —le dijo—. Mi capacidad de autocontrol es limitada, y me temo que esta noche ya la he agotado.

—Lo siento, Edward. Es que no estoy segura de que… —comenzó ella.

Él la interrumpió poniendo un dedo sobre sus labios húmedos.

—Lo sé. No estás preparada.

Le rodeó los hombros con el brazo y la llevó al vestíbulo. El beso que le dio antes de abrir la puerta fue un beso ardiente y a la vez cargado de frustración.

—Echa el cerrojo en cuanto salga —le dijo Edward.

—Buenas noches —murmuró ella.

—Hasta mañana.

Edward salió, y esperó a oír el chasquido del cerrojo antes de bajar las escaleras.

De camino a casa en el coche iba dándole vueltas a lo que Bella le había contado. Su mente bullía, intentando hallar el modo de extirpar a aquella sabandija de la vida de Bella para siempre, y para cuando llegó a casa sabía exactamente cómo iba a proceder.

—Doctor Cullen. El caballero al que había citado a las tres ya está aquí.

—Hágalo pasar —respondió Edward por el interfono antes de echarse hacia atrás en su asiento. A excepción de una delgada carpeta y una pluma, la superficie de su escritorio estaba desnuda, creando una amplia barrera entre las dos sillas frente a la mesa y él.

La puerta se abrió y entró un hombre joven. Edward se puso de pie lentamente, estudiando al ex marido de Bella: de estatura media y enjuto, vestía un caro traje gris y una conservadora corbata de seda azul. Sus rasgos eran algo aniñados, y tenía una sonrisa afable que Edward sospechó debía haber engañado a más de una mujer. Nada más verle sintió antipatía hacia él.

¿Patrick Evans?

—Sí, señor —Patrick extendió el brazo al llegar a la mesa y se estrecharon la mano—. Es un placer conocerlo, doctor Cullen. He seguido su trabajo aquí durante los últimos meses con gran interés.

—Gracias. Siéntese —Edward le señaló una de las sillas frente a la mesa y él se sentó también. Golpeteó con el índice la carpeta que tenía delante—. En su solicitud nos indica que acaba de terminar las prácticas en el Hospital General de Chicago. ¿Qué lo llevó a solicitar un puesto en esta clínica?

—Las labores de investigación que llevan a cabo aquí —respondió Patrick al instante—. Estoy muy interesado en los nuevos métodos de fecundación in vitro y en sus esfuerzos por incrementar el porcentaje de éxitos. Además, el Instituto Vulturi está a la vanguardia en lo que a investigación se refiere. Quiero ser parte de su equipo —explicó con una sonrisa.

—Ya veo —dijo Edward—. Tengo entendido que estuvo casado con una buena amiga mía: Bella Swan.

—Sí, es cierto —Patrick mudó de expresión para fingirse triste—. Por desgracia éramos muy jóvenes y nuestro matrimonio no duró mucho.

—Umm… —murmuró Edward evasivo.

No le sorprendió que Patrick ya tuviera preparada una respuesta; probablemente había supuesto que Bella le habría hablado de su matrimonio. Sin embargo, apretó los puños antes de darse cuenta y abrirlos.

—Y según creo tiene una hija.

Patrick se removió en su asiento y su rostro fingió tristeza.

—Por mis circunstancias no he podido verla tan a menudo como habría querido, pero ahora que he terminado las prácticas espero que eso cambie.

Edward ya había escuchado bastante y había tenido suficiente de la falsedad de Patrick. Su opinión de él no había cambiado después de verlo cara a cara. Aquel tipo era un canalla al que Nessie no le importaba un comino.

—Le sugiero que se replantee su relación con Nessie —el tono de Edward dejó de ser neutral y un trasfondo de amenaza tiñó sus palabras.

Patrick parpadeó.

—Perdón, ¿cómo dice? —inquirió con cautela.

—He hecho que mi abogado redacte dos documentos. Los firmará, renunciando a sus derechos parentales sobre Nessie, y dará su consentimiento para que pueda adoptarla un hombre capaz de ser el padre que necesita.

Patrick echó su silla hacia atrás y se puso de pie con las mejillas enrojecidas por la ira.

¿Qué le hace pensar que puede ordenarme que firme nada?

Edward se levantó también, inclinándose para apoyar los puños en la mesa, y no hizo el menor esfuerzo por disimular el desprecio que sentía hacia él.

—Tengo la influencia suficiente como para evitar que lo contrate ningún departamento de investigación de la costa Este, y puede que hasta de todos los Estados Unidos.

—No puede hacer eso —replicó Patrick, pero había palidecido y miró la carpeta sobre la mesa y después a Edward.

¿Qué apostamos? —le dijo Edward en un tono gélido—. Y si vuelve a amenazar a Bella o a Nessie no perderé el tiempo llamando a su jefe o a su abogado. Iré a buscarlo yo mismo.

—El que su apellido sea Cullen no significa que pueda obligarme a firmar unos papeles renunciando a mis derechos como padre —rugió Patrick. El color iba y venía de su rostro, parcheándolo. Ya no parecía un Adonis, sino un niño con una rabieta.

—No necesito el dinero de mi familia ni el respaldo de mi apellido para ocuparme de ti, sabandija, pero recurriré a lo que haga falta —le espetó Edward apretando los dientes. Abrió la carpeta y sacó los dos documentos legales redactados por su abogado, deslizándolos hacia él con la pluma encima—. Los dos sabemos que Nessie y Bella no te importan nada. Firma esos papeles de consentimiento.

Patrick se quedó mirándolo lleno de rabia en un último gesto de obstinación antes de agarrar la pluma. Firmó deprisa y con pulso ligeramente tembloroso y empujó los documentos hacia Edward.

Éste los tomó y los miró para asegurarse de que estaban debidamente firmados y los guardó en la carpeta.

¿Tengo su palabra de que no hará que me veten en otros centros? —exigió saber Patrick, beligerante.

—La tienes.

Patrick se giró sobre los talones y se dirigió hacia la puerta. Apenas la había abierto cuando Edward le advirtió con aspereza:

—Si se filtra esta conversación sabré que fuiste tú. Y si me entero de que has hablado, nuestro acuerdo quedará automáticamente anulado. Te aseguro que experimentaría un gran placer asegurándome de que no practiques nunca la medicina.

Patrick se puso lívido, y sin decir una palabra salió cerrando la puerta silenciosamente tras de sí.

Edward estaba tenso; había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no echar a patadas a Patrick de su consulta. Se obligó a distender los puños y movió los hombros. Aún podía sentir la adrenalina corriendo por sus venas cuando fue hasta la ventana para asomarse al aparcamiento de la clínica.

Esperó allí de pie hasta que Patrick salió del edificio, se subió a su coche y se alejó de allí a toda prisa.

—Hasta nunca, Patrick Evans —masculló. Sentía una profunda satisfacción de saber que ya no tenía ningún derecho sobre Bella ni Nessie. Los documentos que había firmado habían demostrado a Edward que lo que había sospechado era cierto: nunca había querido a Bella ni a su hija.

«Qué imbécil», pensó para sus adentros. Si él hubiera tenido la suerte de casarse con una mujer como Bella y de tener una hijita como Nessie jamás las habría dejado ir.

«Y no lo haré», pensó decidido, fruto de una repentina revelación. Quería que Bella y la pequeña formasen parte de su vida de un modo permanente, que vivieran los tres juntos. Quería tener el derecho legal de protegerlas a ambas… y eso implicaba casarse con Bella y adoptar a Nessie.

No sabía cuándo había empezado a sentir aquello por Bella, pero sí que no iba a esperar para convertirla en su esposa si accedía a casarse con él. Sólo esperaba que ella sintiese lo mismo.

Tomó la carpeta y salió de su consulta con la intención de ir al apartamento de Bella para hablar con ella, pero justo en ese momento vio que su secretaria, que se había levantado de su mesa, se dirigía a toda prisa hacia él.

—Edward, hay una urgencia: es la señora MacQuillen. Su marido ha llamado al 911 y la ambulancia la lleva directamente al hospital.

—Voy para allá.

Edward salió al pasillo y marcó un número en su teléfono móvil mientras andaba. Aunque quería ver a Bella, sus pacientes eran lo primero. Ralph MacQuillen contestó al tercer tono, visiblemente nervioso.

—Ralph, soy el doctor Cullen.

Edward calmó al señor MacQuillen y le dijo que se reuniría con ellos en el hospital.

Momentos después salía del aparcamiento consciente de que pasarían horas antes de que pudiese hablar con Bella, pero centró su mente en el embarazo de la señora MacQuillen.

Unas horas antes, Bella había llamado a Edward a la clínica, pero le habían dicho que había salido. Mientras salía corriendo de casa para tomar el autobús para ir al trabajo se había preguntado dónde estaría, y había abrigado la esperanza de que esa tarde fuera a verlas a Nessie y a ella. No tenía clase, y desde hacía tres semanas se había acostumbrado a contar con verlo cada vez que tenía la noche libre.

«Me pregunto si eso significa que tenemos una relación», se preguntó. Sin embargo, esa tarde las horas pasaron y Edward no apareció. Decepcionada, Bella bañó a Nessie y le leyó un cuento antes de apagarle la luz.

Sola en el salón, fue pasando de un canal a otro pero no encontró nada interesante que ver. Echaba de menos a Edward. Finalmente se quedó en una cadena donde estaban poniendo una serie de misterio, y trató de concentrarse en la historia para no pensar en él.

Pasaban unos minutos de las diez de la noche cuando alguien llamó a la puerta con los nudillos. Bella echó un vistazo por la mirilla antes de abrir.

—Hola —dijo haciéndose a un lado para dejar entrar a Edward.

Él pasó, cerró la puerta y la atrajo hacia sí, apretándola fuertemente contra su cuerpo mientras tomaba sus labios.

—Hola —murmuró sin aliento cuando finalmente levantó la cabeza—. ¿Me has echado de menos?

Bella se rió.

—Apenas hace veinticuatro horas de la última vez que nos vimos, pero sí. Pensaba que vendrías antes.

—He estado ocupado —le dijo Edward—: asegurándome de que tu ex marido no pueda volver a amenazaros ni a ti ni a Nessie.

Bella puso unos ojos como platos.

—Edward, ¿qué has hecho? —frunció las cejas preocupada—. ¿No lo habrás sobornado, verdad? No quería que cedieras a su chantaje. Si le has ayudado a conseguir un puesto en la clínica nunca podrás fiarte de él.

—No he hecho lo que quería que hiciera —la tranquilizó Edward. Metió una mano en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero y sacó dos hojas dobladas que le entregó—. Esto es para ti.

Confundida, Bella tomó los papeles y los desdobló mientras Edward se quitaba la chaqueta y la arrojaba sobre la mecedora.

Bella leyó los documentos dos veces sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Estaban firmados por Patrick, y en ellos se establecía que renunciaba a sus derechos parentales hacia Nessie y que aceptaba la posibilidad de que fuera adoptada.

—No sé qué decir —murmuró aturdida—. ¿Cómo has convencido a Patrick para que firmara esto?

—Sencillo —respondió él—. Le amenacé con convencer a los colegas de otros centros para que no lo contrataran —se encogió de hombros—. Tengo mis influencias, y él lo sabe, así que accedió a renunciar a Nessie —apretó la mandíbula—. A cambio le he prometido que no haré que lo veten en ningún sitio. De todos modos, no creo que hubiera encajado en el Instituto Vulturi.

—Oh, Edward… —los labios de Bella temblaban y sus ojos se llenaron de lágrimas que amenazaban con rodar de un momento a otro por sus mejillas.

—No llores, cariño —Edward la atrajo hacia sí y Bella hundió el rostro en el hueco de su cuello mientras él le acariciaba el cabello—. No sé si estás preparada para oír esto, pero necesito decirlo: quiero casarme contigo y adoptar a Nessie.

Ella echó la cabeza hacia atrás y su mirada buscó la de él. Los ojos verdes de Edward brillaban con fiera convicción.

—Di que sí, Bella. Ésta es la primera vez que me enamoro, y sé que no tengo que seguir buscando. Quiero compartir mi vida contigo —sus brazos la apretaron.

—Yo no sabía… No sabía que me querías… —murmuró ella.

Edward esbozó una media sonrisa.

—Pensaba que no estabas preparada para oírlo. Además, nunca había sentido esto por nadie; pensaba que era obvio que estaba loco por ti.

—Para mí no —murmuró Bella—, pero tal vez fuera porque yo también estoy loca por ti.

Los dedos de Edward acariciaron sus brazos.

—Me alegra que digas eso —dijo con un suspiro de alivio—. Por que si me hubieras dicho que no me querías no sé qué habría hecho. No tenía un plan B.

— ¿Y cuál era tu plan si decía que sí? —inquirió ella sonriente.

Alzó la cabeza para besarlo en el cuello, e inspiró el aroma de su colonia. El corazón le palpitó con fuerza.

—Esperaba que me llevaras a tu cama —le respondió él en un susurro—. No te he presionado porque sabía que te habías prometido que Nessie nunca se despertaría y te encontraría en la cama con alguien, y respeto esa decisión. Pero si vamos a casarnos, y espero que sea lo antes posible, no quiero dejarte esta noche.

— ¿Y después de esta noche? —inquirió ella.

—Quiero que os vengáis a vivir conmigo. Mi casa es muy grande —dijo Edward acariciándole la mejilla con el pulgar—. Di que sí, Bella. No quiero pasar ni una noche más sin ti.

—Sí —respondió ella con una sonrisa y con la vista nublada por las lágrimas—. Sí, me casaré contigo.

Edward sonrió también y sus ojos se iluminaron.

—Me siento como si hubiese ganado la lotería —la besó en la boca—. A Nessie le encantará vivir con Butch, y Butch se pondrá loco de contento de tener a Nessie allí.

—Nos va a costar separarlos por las noches —dijo ella.

—Yo voto por que no libremos esa batalla: pongamos a Butch en su habitación —propuso Edward.

—Qué bien conoces a Nessie —dijo Bella riéndose.

Con decisión, dio un paso atrás y tomó su mano.

—Ven a la cama conmigo, Edward —murmuró, saboreando las palabras—. Y quédate hasta mañana por la mañana. Cuando Nessie se despierte desayunaremos los tres juntos y le daremos la noticia.

Los ojos de Edward se oscurecieron de deseo, y ella lo condujo al dormitorio, a su cama, la cama en la que había dormido sola desde antes de que Nessie naciera.

Pero ya no volvería a dormir sola. Edward compartiría su cama igual que se había adueñado de su corazón.

Mientras él le sacaba la camiseta por la cabeza y se inclinaba para besarla en los labios, Bella sintió que la embargaba la emoción.

Edward le había dado todo lo que no había tenido nunca: a su lado se sentía feliz, a salvo, valorada y amada.

Justo antes de que él acabara de desvestirse y de desvestirla a ella y de que se tumbaran en la cama, Bella se prometió que lo amaría siempre y lo haría tan feliz como él la hacía a ella. Un brillante horizonte, lleno de promesas, se extendía ante ellos.

Parecía que por fin había encontrado a su príncipe azul.

Fin