FIC "1918"

Por Manzana9

Capítulo 16

Al día siguiente Terry y su padre continuaron su recorrido donde visitaron Oxford, Bristol y Portsmouth. A pesar de aparentar calma, un remolino de ideas, sueños y deseos turbaban su mente. Finalmente llegaron a Londres por la noche en el séptimo día de viaje.

- Terruce – le dijo su padre cuando estaban entrando a la propiedad – acompáñame un momento a la oficina antes de que te vayas a dormir. Necesito hablar contigo en privado.

- Muy bien papá.

Cuando llegaron a la mansión fueron directamente al despacho. El duque cerró con llave en cuanto entraron en él.

- ¿Qué es lo que me tienes que decir? – preguntó extrañado.

- Hay algo que necesito mostrarte – dijo su padre. Se acercó a uno de los libreros y activó un mecanismo para que dos repisas se abrieran mostrando una caja fuerte ante la mirada incrédula de su hijo – la mandé instalar hace varios años. Margaret no lo sabe.

- ¿Y para qué es?

- Para guardar las joyas que me heredaron mis padres – explicó - porque no quiero que las joyas de mi familia pasen a sus manos el día que yo muera hijo – dijo mientras movía con pericia la perilla de la caja fuerte abriéndola al instante.

- ¿Y qué pretendes hacer?

- Dártelas a ti para que se las heredes a tus hijos y a tus hijas Terruce.

- Pero papá – dijo el actor - tú tienes otros tres hijos. ¿No les vas a dar nada a ellos?

- Ellos heredarán las joyas de la familia de su madre y las joyas que yo le he regalado durante todos estos años – dijo el duque – no necesitarán de éstas.

- ¿Qué planeas papá? ¿Qué pretendes con todo esto? – dijo Terry de repente – las propiedades, el ducado, la villa de Escocia, la casa en Stratford, la entrevista con el director, la ropa y ahora las joyas… ¿Estás tratando de comprarme? – le preguntó molesto – ¡tú sabes que no soporto que me manipulen y que no tengo planes de dejar el teatro para cumplir con tus obligaciones heredadas en el parlamento! Hace cinco años me fui de aquí y he sobrevivido sin la ayuda de nadie, me he abierto camino con mi esfuerzo a pesar de los problemas que he tenido. ¡Entiendo que quieras reivindicarte conmigo, que sientas remordimientos por el pasado pero si tu intención es manipularme a costa de cosas materiales creo que todavía no me conoces! ¡Yo vine aquí solo para tratar de ayudarte, porque a pesar de todo lo que pasó en el pasado eres mi padre, no vine movido por ningún interés monetario ni a pedirte nada!

- ¡Terruce cálmate y escúchame! – exclamó interrumpiéndolo – ¡eres igual de testarudo que tu madre! ¡Todo esto ya estaba en mis planes aún antes de que tú vinieras! ¡El accidente solo me hizo acelerar las cosas!

- ¡¿Y por qué papá?! – le preguntó enojado - ¡¿Por qué hasta ahora si lo único que recibí de ti durante muchos años fue tu indiferencia?!

- ¡Porque necesitaba convencerme de que en realidad la actuación era lo tuyo y no un capricho de adolescente! ¡Porque tenía que comprobar que habías madurado y tomado las riendas de tu vida de manera responsable! – respondió el duque - ¿qué hubieras hecho con todo esto hace seis años? ¿Malgastarlo en autos, bebida y mujeres? ¡Eso hubiera sido tu perdición hijo! Tú lo sabes bien. Pero ahora has cambiado, eres un hombre cabal, maduro. Puedo asegurarte que desde que te fuiste a América seguí de cerca tu carrera como actor, tus triunfos y tus tropiezos. Así me di cuenta de que ibas por buen camino y de que ya era tiempo de cambiar las cosas.

- ¿Entonces no vas a obligarme a que me haga cargo de tus deberes políticos y deje el teatro? – preguntó serenándose un poco.

- No Terruce – respondió su padre – y menos ahora que tu nombre como actor empieza a ser reconocido fuera de América. Mi única intención al ofrecerte todo esto es que puedas decidir en un futuro cercano o lejano lo que más te satisfaga como persona. Eres muy joven y tienes toda la vida por delante. No importa donde realices tus sueños, si en América o en Europa mientras tengas la oportunidad de llevarlos a cabo.

- Me has dejado sin palabras papá.

- No dudes de mis intenciones por favor – continuó su padre - nunca en mi vida había sido tan honesto con alguien como lo soy ahora contigo. Ahora déjame mostrarte algo – el duque sacó todos los estuches de la caja fuerte y los colocó en su escritorio – ábrelos por favor – le indicó a Terry. El actor los abrió quedándose sin palabras.

- ¡Oh! – exclamó al ver los juegos de aretes, gargantillas, collares, anillos, mancuernillas, monedas, relojes, pulseras, cadenas, joyeros, dijes y medallas en oro, algunos con incrustaciones de rubís, zafiros, esmeraldas, diamantes, agua marinas, granates y perlas – ¡esto debe valer una fortuna!

- Lo que está en la caja es solo la tercera parte de las joyas de la familia Grandchester.

- ¿¡Qué!? – exclamó Terry - ¿Hay más?

- Si – dijo su padre – el resto está en una bóveda en el banco junto con el dinero. Mañana temprano iremos para allá para que tengas firma y sello y puedas acceder a todo lo que es mío sin reservas.

- Es demasiado – se sentó aturdido en un sillón – esto es demasiado…

- Terruce – le dijo acercándose al ver su turbación – quiero que entiendas que todo esto te pertenece por derecho, porque tú eres mi primogénito, sangre de mi sangre, mi heredero. Las joyas son una herencia familiar de muchas generaciones atrás, de los abuelos, bisabuelos y tatarabuelos de mis abuelos y mis padres. Las tierras y las construcciones más antiguas están llenas de historias y anécdotas de la familia. Serán parte del legado que heredarás a tus hijos y tus nietos, tus raíces y tu identidad.

- Mis hijos, mis nietos – susurró Terry.

- Todo esto será tuyo de una u otra manera – aclaró el duque – ya que si no lo aceptas en estos momentos lo heredarás el día que yo muera. Lo único que quiero es darte la oportunidad de que tomes posesión de estos bienes desde ahora y que comiences a disfrutarlos con la familia que formarás. Sé que a quien elijas como tu esposa será una mujer juiciosa que sabrá apreciar no solo el valor económico sino también el valor sentimental de lo que te heredo.

- Papá – dijo el muchacho - sería un malagradecido sino te diera las gracias por todo esto pero te confieso que no deja de sorprenderme.

- Solo quiero pedirte algo Terry – dijo el duque – la ambición de una mujer sin escrúpulos puede llevar a la ruina al hombre más acaudalado del mundo sino se tiene cuidado, así como la mujer más ahorradora y cuidadosa puede lograr aun en la pobreza que no falte lo necesario en el hogar.

- ¿Por qué me dices esto?

- Mi padre siempre me dijo "a las mujeres ni todo el amor ni todo el dinero", sobre todo cuando hay una futura suegra ambiciosa detrás de la novia.

- Ya lo había pensado papá y te aseguro que si me llego a casar con Susana, esa señora no sabrá de todo esto.

- ¿Y si el destino te favoreciera y te casaras con Candy?

- Entonces – dijo sonriendo - ignoraría el consejo del abuelo. Candy es diferente.

- Te apoyo en esa decisión – sonrió el duque – así que si no tienes inconveniente mañana iremos al banco para que veas las joyas que guardo allá y elijas lo que gustes para la mujer que será tu futura esposa y que te espera en Nueva York.

- Pero…

- Escógelo con el corazón Terruce – le dijo dándole una palmada en la espalda - y te aseguro que tu intuición no fallará.

Terry se fue meditando a su recámara – las joyas para mi futura esposa – sonrió - ¿qué elegiría para ti Candy? Tal vez una sortija con diamantes, un dije con zafiros para tu próximo cumpleaños, un collar de perlas para Navidad, una gargantilla con rubíes que hiciera juego con el color de tus labios para recordar el día que nos conocimos, y como regalo de bodas unos aretes de esmeraldas que hicieran juego con tus ojos. Te verías bella – exclamó cerrando los ojos imaginando cada uno de esos momentos – te verías tan bella…

A la mañana siguiente, Terry y su padre llegaron a primera hora al Banco de Inglaterra. El gerente del banco los recibió y de inmediato los condujo a su oficina donde Terry firmó varios papeles a petición de su padre.

- Con estos documentos que acaba de firmar milord – dijo el gerente dirigiéndose al actor – podrá tener acceso a la bóveda ya que su firma y sello quedaron registrados a partir de este momento – después le extendió una chequera (el cheque moderno es un documento de origen inglés que inicia su desarrollo en la segunda mitad del siglo XVIII) – el duque me comentó que irá a América y que realizará algunos gastos mayores en ese país. Con esta chequera podrá disponer del dinero que necesite. Tenemos una sucursal en Nueva York, y otra en Washington, D.C. Hoy mismo le escribiré una carta a los gerentes de allá para que no tenga ningún problema en caso de solicitar cualquier cantidad.

- Excelente – dijo el duque – ahora por favor ábranos la bóveda y traiga la cantidad que le solicité por medio de mi abogado.

- Enseguida milord – dijo el gerente – acompáñenme por favor caballeros.

Caminaron por detrás de las oficinas hacia un lugar protegido con rejas labradas de fierro. El gerente abrió varios candados y entraron por un pasadizo con poca luz que mostraba varias puertas por ambos lados. Al llegar a la cuarta puerta de la derecha, el duque sacó una llave, el gerente sacó otra y abrieron la boveda personal de la familia Grandchester - listo – dijo el gerente. Después dio media vuelta y se retiró. Terry y su padre entraron al pequeño cuarto donde el actor contempló muchas cajas llenas de joyas e innumerables paquetes con fajos de libras esterlinas. Si en la mansión del duque había quedado maravillado con las joyas que había visto, lo que tenía frente a él lo dejó sin habla. Hermosos juegos de gargantillas, aretes y pulseras con joyas preciosas, brazaletes, monedas de oro y plata, anillos con diamantes, collares, relojes antiguos con rubíes incrustados eran solo algunas de las cosas que vio. Al girar la cabeza a la izquierda un objeto en particular llamó su atención, un bello joyero en bronce oscuro hermosamente labrado con incrustaciones en plata y oro. Terry lo tomó entre sus manos y lo observó con cuidado. Al abrirlo vio que estaba forrado con una delgada capa de madera y fino terciopelo rojo en su interior.

- Es un joyero damasquinado – dijo el duque al notar su interés por la pieza – es una de las joyas más antiguas de la familia Grandchester.

- Cuéntame la historia papá.

- Este tipo de artesanía fue traída por los árabes a España – comenzó a relatar el duque – y cada pieza realizada en esa época era una verdadera obra de arte. El joyero fue un regalo de una de las familias nobles de España a los Grandchester en el siglo XVI como parte de la dote que se recibió de la condesa española Ana de Castilla y Navarra al casarse con uno de tus ancestros, el duque Graham Grandchester.

- Increíble – murmuró Terry – increíble y hermoso.

- Desde entonces el joyero ha pasado de generación en generación hasta el día de hoy, y en varias ocasiones ha sido utilizado por las damas de la familia – continuó el duque – tu abuela lo tenía en su buró y lo usó hasta el último día de su vida. Después lo guardé y lleva en esta bóveda algunos años. ¿Te gustaría dárselo a Candy?

- Alguna vez ella me enseñó una cajita donde guardaba sus tesoros – sonrió el actor – recuerdos de momentos muy queridos para ella.

- Entiendo.

- Quisiera dárselo pero no ahora.

- Esperarás hasta que te cases con ella – sonrió el duque.

- Si papá – suspiro Terry – no sé cuando ni cómo pero ella será mi esposa algún día y entonces se lo daré. Así continuará la tradición de la familia Grandchester.

- Aquí estará el joyero para cuando llegue el momento hijo – sonrió complacido el duque – ahora escoge lo que tu quieras para ti y para la mujer que será tu esposa. Te dejo un momento, tengo que hablar algo con el gerente. Cuanto termines solo cierra la puerta y quita las llaves.

Terry solo asintió mientras su padre salía del pequeño cuarto. Observó con detenimiento las joyas y escogió algunas que a su juicio iban con la personalidad de una chica rubia de cabellos rizados cuya imagen ocupaba todos sus pensamientos. Al salir de la bóveda regresó a la oficina del gerente. Su padre lo estaba esperando.

Terruce – dijo el duque al verlo – guarda las joyas en este maletín. Ahí vienen los documentos que acabas de firmar para tener acceso a la bóveda del banco, una copia de mi llave, la combinación de la caja fuerte de la casa, los cheques con los que podrás disponer de dinero en América y diez mil libras en billetes de diferente denominación.

- ¡Pero papá! – exclamó - ¡eso es muchísimo dinero!

- Apenas lo suficiente para tus próximos gastos hijo – señaló el duque – tienes una boda en puerta y necesitarás comprar varias cosas incluyendo el vestido de la novia, el anillo de compromiso, su ajuar, los anillos de la boda y un lugar más grande donde vivir, además de los muebles. Recuerda que esos gastos le corresponden al novio.

- El dinero podrá cambiarlo a dólares americanos a una taza preferencial en nuestro banco en Nueva York – indicó el gerente – también podrá abrir una cuenta bancaria y solicitar una caja fuerte para guardar el dinero, los cheques y las joyas.

- Entiendo – dijo el actor tratando de asimilar todo.

- ¿Alguna otra cosa en que pueda servirles caballeros? – preguntó el gerente.

- No, muchas gracias – respondió el duque.

- Gracias por todo – dijo Terry estrechando su mano.

- Necesito ir al Parlamento – dijo el duque momentos después cuando subieron al carruaje - ¿me quieres acompañar?

- Si papá, vamos.

El resto del día Terry permaneció al lado de su padre. Entró a su despacho, estuvo presente en sus reuniones con oficiales de la armada inglesa, y conversó con otros caballeros varios asuntos de orden político a la hora del almuerzo. Por la tarde continuaron las reuniones con personajes distinguidos de la corte en un exclusivo club para caballeros, el Brooks's, fundado en 1764, donde los antiguos Whigs ahora miembros aristócratas del partido liberal se reunían a discutir asuntos de política. Al terminar las reuniones regresaron a la mansión. Al día siguiente regresaron al Parlamento y después de comer volvieron a la casa.

- Ve a descansar un rato hijo pero te pido que a las seis estés listo en el salón – dijo el duque al entrar en la casa – a esa hora llegarán Sir Henry y Sir Philip a tomar el té.

- Los abogados – pensó Terry mientras se dirigía a la habitación observando su reloj – parece que mi padre hablaba en serio cuando mencionó lo de heredarme en vida. Sé que tiene razón en lo que me dijo y he sentido la sinceridad de sus palabras. Ha cambiado mucho desde aquella despedida y no puedo negar que estos últimos días a su lado han sido como un sueño hecho realidad. ¡Parezco el hijo pródigo que vuelve a casa! – sonrió mientras meditaba - te admiro papá, admiro lo que haces en el Parlamento y me siento orgulloso al ver como respetan tu trabajo y tus comentarios.

A las 6 en punto Terry bajó al salón. Su padre se encontraba sentado en uno de los sillones leyendo el periódico.

- Terruce – preguntó su padre -¿cuándo tienes planeado regresar a América?

- En los próximos días papá – indicó el actor – solo tengo que hacer algo que tengo pendiente para mañana. Tú ya estás recuperado y yo necesito regresar para incorporarme a la gira de la compañía de teatro.

- Te agradezco que hayas permanecido conmigo durante estas semanas.

- Te prometí que lo haría hasta que estuvieras totalmente restablecido.

- Nunca lo olvidaré hijo.

- Papá, quiero pedirte un favor.

- Dime.

- ¿Puedo usar uno de los autos mañana?

- ¿Necesitas chofer?

- No.

- Usa el auto que quieras.

- Gracias.

Dos minutos después se escuchó que alguien llamaba a la puerta. Segundos más tarde entraba el mayordomo seguido de dos distinguidos caballeros.

- Milord – anunció el mayordomo – Sir Henry y Sir Philip.

- Bienvenidos – dijo el duque mientras estrechaba sus manos.

- Buenas tardes – dijo Terry imitando el gesto de su padre.

- Nos da gusto verlo tan recuperado Sir Richard – dijo Sir Henry.

- He tenido los mejores cuidados posibles – dijo el duque.

- ¿Qué les ofrezco de tomar? – preguntó el mayordomo.

- Whisky – dijo Sir Philip.

- Para mí un té con limón – indicó Sir Henry

- Yo quiero un té con leche – indicó el duque.

- ¿Y para usted milord? – preguntó el mayordomo dirigiéndose a Terry.

- Un té, gracias – respondió Terry. El mayordomo se retiró mientras los cuatro caballeros tomaban asiento.

- Traemos todos los papeles que nos pidió milord – indicó Sir Philip sacando varios documentos de su portafolio – revíselos por favor - el duque comenzó a leerlos con detenimiento, asintiendo con la cabeza mientras pasaba las hojas de uno de los documentos.

- Excelente – dijo el duque.

- Estos se refieren a las propiedades – señaló uno de los abogados dándole otro juego de papeles.

- Veo que incluyeron la descripción de todos los predios y sus límites.

- Si – indicó Sir Henry – incluimos todas las propiedades que nos indicó, construcciones y terrenos.

- Perfecto – dijo el duque al terminar de revisarlos – esto hay que celebrarlo – en ese momento llegaron el mayordomo y una mucama con las bebidas y charolas con pasteles, bocadillos y galletas. Después de servirles se retiraron.

- Terruce – dijo el duque con una sonrisa – Sir Henry y Sir Philip me acaban de entregar los papeles en donde quedas registrado legalmente como mi hijo.

- Felicitaciones milord – dijeron los abogados.

- Gracias papá – dijo Terry emocionado y nervioso – yo no me lo esperaba.

- También me acaban de entregar el testamento modificado y los títulos de propiedad que pasarán a tus manos en estos momentos si así tú lo deseas.

- Solo tiene que firmarlos Sir Richard y usted milord – indicó Sir Henry.

- Pero papá, tú sabes que todo esto no es necesario – insistió el actor – lo que me has dado es más que suficiente para mi.

- Por favor hijo – le suplicó – hazle este favor al viejo de tu padre, quiero estar tranquilo sabiendo que a partir de hoy serás dueño de tu herencia y que nadie podrá quitártela ni hacerte una mala jugada en caso de que yo falte – el abogado le extendió una pluma fuente al actor.

- Está bien papá – dijo Terry reflexionando un momento – no me negaré a esta petición tuya. Si ese es tu deseo y tu voluntad aceptaré lo que me quieras heredar – después de decir esas palabras tomó la pluma y comenzó a firmar los documentos frente a la mirada de satisfacción de su padre. Después el duque tomó la pluma y firmó los documentos.

- Milord – dijo Sir Philip dirigiéndose a Terry cuando el duque terminó de firmar – me complace entregarle los títulos de propiedad que su padre acaba de heredarle. Felicitaciones.

- Gracias – Terry se acercó a su padre para abrazarlo, no podía ocultar su emoción.

- Por último milord – dijo Sir Philip cuando el actor se sentó de nuevo – me permito informarle que al haber sido reconocido como hijo legítimo del duque de Grandchester, y siendo el primogénito de sus cuatro hijos, es usted legalmente el primer heredero en la línea de sucesión al título de duque de Grandchester.

- ¡Pero papá! – exclamó el actor.

- Déjalo terminar Terruce – intervino el duque.

- Tendrá usted el derecho de aceptarlo o rechazarlo cuando llegue el momento – continuó el abogado – ya sea que su padre ceda el título en vida o al momento de su muerte. En caso de que usted rechace el título, su hermano Richard será el heredero del mismo.

- Nadie te va a obligar a nada hijo – dijo el duque al notar la turbación de Terry – pero con estos papeles tendrás el derecho que te corresponde de reclamar el ducado como mi primogénito si es que así lo deseas.

- Así es milord – explicó Sir Philip – si en un futuro usted quisiera ser el siguiente duque de Grandchester podrá reclamar el título y aceptar por voluntad propia los derechos y obligaciones que esto conlleva.

- ¿Tiene alguna pregunta milord?

- No – el actor respondió meditabundo.

El duque pidió una botella de champán a la servidumbre y los cuatro caballeros brindaron a la salud de hijo del Duque de Grandchester. El resto de la tarde Terry casi no habló. Al poco rato se despidió de los caballeros y subió a su habitación. Necesitaba estar solo. Su mente estaba absorta en su regreso a América. Había ído a Inglaterra sin más aspiraciones que ver y ayudar a su padre herido y moribundo pero jamás se imagino que regresaría semanas después como el hijo legítimo del duque, el heredero al ducado y una herencia de millones de libras en propiedades, dinero y joyas. Sin embargo, ¿de qué le servía todo eso si no podía tener lo que más anhelaba, sino podía estar con la mujer que amaba? ¿Para qué quería el dinero si no podía comprarle la salud a Susana y así liberarse de ese compromiso? ¿Por qué no podía regresar el tiempo a aquella tarde en el teatro antes del accidente? ¿Qué decisión tomaría al regresar? ¿Seguiría los consejos de su padre? ¿Le diría a Susana sobre el rechazo del duque a su compromiso? ¿Sacrificaría el ducado y su herencia por casarse con ella? ¿Desperdiciaría la oportunidad de estar junto a Candy? ¿Soportaría los remordimientos al abandonar a Susana a pesar de su enfermedad? ¿Haría caso a su conciencia y a su honor o a los deseos de su corazón? ¿Qué era lo correcto? ¿Qué era lo que un hombre íntegro con principios debía hacer? ¿Podría aceptarlo Candy si abandonaba a Susana? Una angustia asfixiante lo invadió de pronto, se quitó el saco, arrancó el gazné de su cuello y salió corriendo de la habitación hacia las caballerizas. Ensilló uno de los caballos y salió al galope. La oscuridad era total en los jardines apenas iluminados por las estrellas del cielo. Atizó al animal con toda la desesperación que sentía por dentro. El viento fresco golpeaba su rostro con fuerza mientras cabalgaba a toda velocidad. Se alejó de la propiedad adentrándose en la arboleda hasta confundirse con las sombras de la noche. El caballo siguió galopando por un rato hasta que aminoró el paso y se detuvo frente a un riachuelo cristalino. Al escucharse el canto solitario del ruiseñor las lágrimas del actor comenzaron a caer por su rostro en un llanto incontenible. Se bajó del caballo y cayó de rodillas frente a unas rocas que bordeaban el agua.

- ¡Candy! ¡Candy! – gimió entre lágrimas - ¿escuchas cómo estoy muriendo por dentro? ¿Sabes cuánto te necesito? ¿Para qué me sirve este maldito dinero sino puedo tenerte, sino puedo besarte y tocarte hasta saciarme? ¡Respóndeme Candy! ¿Por qué me castigas de esta manera? ¿No ves que estar tan cerca y tan lejos es una agonía muy dolorosa? Muero de amor pequeña mía, muero de amor por ti. Me estoy quemando por dentro y solo tus aguas podrán aplacar mi sed…

Se acercó al borde del riachuelo, sumergió sus manos en el agua llenándolas con el frío líquido para mojarse toda la cara. Montó de nuevo al caballo y vagó varias horas sin rumbo fijo por los alrededores. Un par de horas antes del amanecer regresó a la casa, dejó el caballo y caminó a la cochera. Tenía claro su objetivo al momento de arrancar uno de los autos. Un rato después se estacionó a un costado del Real Colegio San Pablo. Salió del vehículo, trepó la pared de piedra frente a él y ágilmente la saltó en segundos. Comenzó a caminar entre los árboles hasta que sus pasos lo llevaron directamente a la segunda colina de Pony. En ese momento los más bellos recuerdos de su adolescencia afloraron en su mente.

– Eras una pequeña pecosa cuando te conocí Candy, tan inocente, tan dulce, pero siempre rebelde y valiente – susurró al subir por la colina - mi Tarzán pecoso, mi mona pecas – dijo suspirando mientras se recargaba en el árbol donde solía visitar a Clin para llevarle dulces - ¡cuántas atardeceres pasamos juntos sentados bajo este árbol! Te recargabas en mi hombro mientras yo tocaba la armónica para ti. A veces te hacía enojar y me empujabas. Yo no paraba de reír – sonrió - otras veces corría para que no me alcanzaras pero tropezaba a propósito para que cayeras arriba de mí. Me encantaba ver tu sonrojo y sentirte tan cerca. ¡Cómo disfrutaba de esos momentos a tu lado mi amor! - cerró los ojos y una lágrima solitaria recorrió su rostro – como te extraño Candy – susurró. De pronto un suave y sutil aroma llamó su atención - ¡narcisos! – exclamó. Buscó en la oscuridad de donde provenía la fragancia y distinguió a lo lejos una jardinera con hermosas flores de color blanco y dorado, al llegar a ellas se inclinó hacia una de las flores y acarició suavemente sus pétalos - eres como un narciso Candy, suave, hermosa, blanca y delicada – después aspiró su aroma – nunca olvidaré ese día cuando estaba recostado junto a los narcisos y tu llegaste junto a mi – cerró los ojos por un instante y comenzó a recordar - tus rizos brillaban con el sol al igual que los narcisos dorados. Me dijiste algo que no escuché bien. Yo estaba viendo tu rostro y tu cabello que se agitaba ligeramente con la brisa así como lo hacían las flores a mi lado. El día era espléndido, el sol brillaba intensamente, estábamos los dos solos y sin decir nada te sentaste junto a mí. Me sonreíste tan dulcemente que iluminaste mi día y me sentí feliz - el actor se enderezó y volvió a subir a la colina, se sentó en el pasto, sacó su armónica y sonrió – nunca lo aceptaste pecosa pero yo sé que me diste la armónica para que te besara indirectamente – después la acercó a su boca y sopló en ella. Una suave melodía inundó el ambiente.

Poco a poco la tenue luz matinal comenzó a distinguirse en el horizonte. En ese instante Terry se puso de pie y tomó la vereda hacia la salida, se trepó a la barda para saltarla y subió al auto – adiós mi querida segunda colina de Pony, - dijo melancólico – no sé cuando volveré a visitarte pero te prometo que si lo hago será con ella - después arrancó el auto y regresó a la mansión. Al llegar fue directamente a su recámara, se tiró en la cama y durmió por varias horas.

Pasaba de medio día cuando Terry despertó. Al darse cuenta de lo tarde que era tomó un baño y bajó a tomar el almuerzo. El duque y la duquesa estaban comenzando a almorzar.

- Buenas tardes – saludó el actor.

- Buenas tardes hijo – dijo el duque - ¿usaste el auto ayer?

- Si papá, gracias.

- Tu hijo llegó en la madrugada querido – comentó la duquesa en tono burlón – de seguro usó el auto para ir a emborracharse o para ir a uno de esos lugares indecentes como ha de ser su costumbre.

- Creo que almorzaré más tarde – dijo Terry tratando de contener la rabia que le provocaron los comentarios de la mujer. Se puso de pie para irse pero su padre lo detuvo.

- Hijo espera por favor.

- Parece que a la duquesa le molesta mi presencia papá.

- Margaret – intervino el duque – te recuerdo que Terruce es mayor de edad y es libre de hacer lo que quiera. Él no tiene por qué retirarse de la mesa ya que es el legítimo dueño de esta casa, pero si tú quieres hacerlo no lo voy a impedir.

- ¡Richard! – exclamó la duquesa llena de furia - ¡¿Me estás corriendo?! ¿¡Pero cómo pudiste heredarle esta casa!? ¿Por qué cambiaste la herencia? ¡Tus otros hijos llevan la legítima sangre de los Grandchester y él no es más que un…!

- ¡Cuida tus palabras Margaret! – el duque la interrumpió - ¡recuerda que puedo volver a modificar el testamento!

- ¡¿Pero que no te das cuenta de sus intenciones?! – le gritó la duquesa - ¡Terry es solo un vividor y un borracho igual que todos los de su clase!

- ¡Basta! – gritó el duque - ¡retráctate de tus palabras de inmediato!

- ¡No puedes obligarme a que me rebaje ante tu hijo!

- ¡Entonces es mejor que empieces a empacar tus cosas porque yo no voy a tolerar que lo insultes y menos frente a mi! ¡Es mi última palabra Margaret!

- ¡Te desconozco Richard! ¡Esto no se quedará así!

La duquesa se puso de pie, dio media vuelta y salió rápidamente del comedor sin decir una palabra más. Terry se sentó y observó a su padre que estaba cabizbajo, con la cabeza recargada en el dorso de las manos.

- ¿Qué tienes papá? – se acercó a él de inmediato - ¿te sientes mal?

- Creo que me hizo mal alterarme – susurró mostrando su rostro pálido.

- Te llevaré a tu habitación – dijo el actor al verlo – necesitas descansar - después hizo sonar una pequeña campana que estaba en la mesa.

- A sus órdenes milord – entró el mayordomo.

- El duque se siente indispuesto – indicó Terry - ayúdeme a llevarlo a su habitación y después llamé al doctor de inmediato.

- Si milord.

Los dos hombres se acercaron al Duque para levantarlo despacio. Con cuidado lo llevaron hasta su habitación en donde se recostó en la cama. Terry le quitó los zapatos y lo cubrió con una manta. Su padre se durmió un rato y él permaneció a su lado en silencio hasta que llegó el doctor.

- Buenas tardes milord – saludó el galeno al entrar en la habitación.

- Buenas tardes doctor – saludó el duque.

- ¿Cómo se siente milord? – preguntó el médico.

- Tuvo una discusión y después se puso muy pálido – intervino Terry.

- No fue nada – replicó el duque – ya me siento mejor.

- Es mejor que me cerciore de que ya está bien – dijo el médico sentándose al lado del duque. Sacó sus instrumentos, y comenzó a revisar los signos vitales y el estado general del duque.

- ¿Cómo está mi padre? – preguntó el joven cuando el doctor terminó la revisión.

- Creo que no ha estado en reposo absoluto como le indiqué – señaló el médico.

- Salimos de viaje toda la semana pasada – indicó Terry.

- Milord, su condición no es grave pero lo puede ser si no se cuida ya que tiene anemia ocasionada por la sangre que perdió cuando fue herido y por la mala alimentación que tuvo durante su convalecencia en el hospital – explicó el doctor – necesita estar por lo menos dos semanas en reposo y alimentarse bien para volver a recuperar todas sus fuerzas.

- Pero yo me siento bien – dijo el duque.

- Es necesario que no trabaje por unos días milord – continuó el médico – si la anemia persiste y no se alimenta bien puede llegar a desmayarse o afectar su corazón.

- Por favor papá – le suplicó Terry – hazle caso al doctor. Tienes que recuperarte del todo. Trata de descansar.

- Le recetaré algunos tónicos que le ayudarán a recuperarse – indicó el médico mientras escribía en una receta – aquí tiene.

- Gracias doctor – dijo Terry – los mandaré comprar enseguida.

Después de que el médico salió de la habitación, el actor regresó al lado de su padre.

- Gracias Terruce – susurró el duque.

- No me des las gracias, recuerda que prometí cuidarte – dijo el actor – en ese caso yo soy el que te agradece a ti.

- ¿Por qué?

- Por todo – respondió – porque me has hecho parte de tu vida. Además quiero decirte que si quieres que me quede más tiempo, lo haré.

- No hijo – respondió su padre – no quiero interferir en tus planes, tú tienes un compromiso que cumplir con la compañía de teatro.

- ¿Pero estarás bien? ¿Te vas a cuidar?

- Te lo prometo – sonrió – palabra del Duque de Grandchester.

- Entonces así será – sonrió Terry.

- ¿Cuándo te vas hijo?

- Antes de que saliéramos de viaje mandé un telegrama al puesto militar americano en Southampton – explicó - parece que uno de sus buques va a zarpar a Washington mañana o pasado mañana para llegar a los festejos del 4 de julio. Ellos ya saben quien soy y tienen conocimiento del salvoconducto.

- Te vas a desviar bastante si desembarcan en la capital.

- Me conviene – explicó – la compañía de teatro va a llegar a esa ciudad en la noche del día 4, así que podré ver a mi madre ese mismo día.

- Entonces te vas mañana a Southampton.

- Si.

- Te voy a extrañar hijo.

- Y yo a ti papá.

- ¿Me escribirás si necesitas algo?

- Si, te lo prometo.

- Entonces ve a empacar.

- Papá – dijo el joven sentándose a su lado - antes de irme debo decirte algo.

- ¿Qué es Terruce?

- Cuando fuimos al Parlamento me sentí orgulloso de ti, me agradó acompañarte y discutir a fondo sobre los asuntos del país. Nunca pensé en el poder que se tiene de ayudar a la gente cuando se hace buen uso del mismo. Te confieso que jamás me interesó lo que hacías hasta que lo viví contigo. Tal vez si no me apasionara tanto la actuación podría…

- Lo sé hijo – lo interrumpió el duque – lo llevas en la sangre. Tú solo te darás cuenta al paso del tiempo que el ducado y una carrera política pueden ser los medios para ayudar a muchas personas, pero también deberás recordar siempre que el poder puede hacernos ambiciosos y corrompernos.

- Nunca lo olvidaré.

- Si algún día está en ti servir y ayudar a tu país sin afán de gloria o protagonismo entonces sabrás que hacer.

- El día que eso ocurra te prometo que serás el primero en saberlo.

- Y me harás muy feliz – sonrió el duque.

- Papá – le preguntó el actor – para poderme ir tranquilo necesito saber qué pasará con la duquesa.

- Ella se acostumbró durante años a que yo cediera a muchos de sus caprichos pero tendrá que darse cuenta de que las cosas no volverán a ser así.

- Espero no haberte ocasionado un problema mayor con ella.

- No te preocupes – dijo su padre – no quiero que te quedes con la idea de que tú fuiste el culpable de esta situación ya que toda la responsabilidad fue mía desde un principio. Pero ¿qué te parece si dejamos a un lado este asunto y almorzamos?

- ¿Quieres que traigan la comida a la recámara?

- Si – pidió su padre – comeremos en la terraza, así podremos conversar. Me gustaría saber tu opinión sobre algunos asuntos.

- Muy bien – sonrió.

Terry pasó toda la tarde junto al duque hablando sobre estrategias políticas, los problemas del país, la situación de los soldados ingleses y el futuro de la guerra. Al anochecer cenaron en la habitación y al terminar fue a su recámara a preparar su equipaje. Después se recostó en la cama con la cabeza recargada en las manos.

- Mi padre me conoce bien – pensó – sabe que no soporto las injusticias y que me gusta ayudar a la gente. Nunca antes me había imaginado como estadista, pensé que era algo aburrido pero ahora me doy cuenta de que no es así. Ayudar a mi país – meditó - hacer algo por el bien de muchas personas. La guerra ha dejado muchos huérfanos y familias desamparadas – después murmuró - ella sería un gran apoyo para mí, podría darme un punto de vista más humano, más real. Su cuna humilde y las carencias que ha tenido en la vida la hacen más sensible a las necesidades humanas. A pesar de su origen tan sencillo nunca ha tenido miedo de decirme las cosas, nunca ha sido hipócrita ni ha tratado de aparentar lo que no es. Jamás le han importado las diferencias sociales ni económicas para tratar con el mismo amor a las personas… Ahhh – suspiró - ¡cómo te necesito Candy! Tocaste mi corazón hace mucho tiempo y jamás te pude sacar de él.

Al día siguiente a primera hora, después de despedirse de sus hermanos, Terry y Richard Grandchester subieron al automóvil para dirigirse a Southampton. Después de una hora de recorrido llegaron al puerto. De inmediato distinguieron un gran buque americano atracado en el muelle. Mientras bajaban del auto un hombre mayor de apariencia distinguida se acercó a ellos.

- Sir Richard – saludó el caballero – buenos días.

- Buenos días Sir Thomas – dijo el duque dándole la mano. Después se dirigió a Terry – hijo te presento a Sir Thomas Beecham, el director de la Orquesta Sinfónica de Londres. Me enteré de que viajaría a América el día de hoy y le pedí que nos esperara para presentártelo.

- Es un placer conocerlo Sir Thomas – saludó el actor – soy Terruce Grandchester.

- Encantado milord – después agregó - ¿así que vamos a viajar juntos a América?

- ¿También va a subir a este buque? – preguntó el actor.

- Si – respondió Sir Thomas – me avisaron que uno de los directores invitados enfermó de influenza y no hay quien lo supla. Así que estaré dirigiendo la orquesta hasta el final de la temporada.

- Según escuché terminarán la gira en Nueva York.

- Si – respondió el caballero – a principios de septiembre. ¿Vendrá a escucharnos?

- Por supuesto Sir Thomas.

- Hijo – interrumpió el duque - creo que tendrán que continuar la plática después, están izando banderas, creo que ya es hora de subir al barco.

- ¿Ya va a zarpar? – preguntó el actor – pensé que lo haría por la noche.

- Si milord – comentó Sir Thomas – mi sirviente me dijo que el buque levaría anclas en menos de dos horas así que será mejor presentarnos a la tripulación.

- Necesito mandar un par de telegramas – dijo el actor.

- Allá está la oficina – señaló Sir Thomas.

- No tardo.

- Te esperaremos al pie de la escalinata.

- Muy bien.

Los dos caballeros caminaron al barco mientras Terry se dirigía a la oficina de telégrafos. Minutos más tarde llegó el actor. Pidieron hablar con el almirante y momentos después llegó el militar acompañado por algunos miembros de su tripulación para darles la bienvenida. Terry les mostró el salvoconducto y los papeles que lo acreditaban como hijo del duque de Grandchester. Al terminar la revisión de documentos se despidió de su padre.

- Cuídate papá – le dijo el joven acercándose para abrazarlo – recuerda que tienes que estar bien para que puedas conocer a tus nietos.

- En ese caso voy a estar en reposo un mes más para restablecerme por completo – sonrió el duque correspondiendo a su abrazo – el día que me des la noticia de que seré abuelo me harás inmensamente feliz.

- Así será – susurró Terry con una lágrima en los ojos.

- Te quiero hijo y recuerda que sea cual sea tu decisión te apoyaré.

- Gracias papá – dijo estrechándolo con fuerza – yo también te quiero.

- Quiero pedirte un último favor – dijo el duque mientras depositaba un pequeño estuche en las manos de Terry – cuando veas a tu madre dale esto de mi parte.

- Muy bien – el actor guardó el estuche en el bolsillo de su saco y comenzó a caminar hacia el barco.

Con profunda tristeza pero con la esperanza de verlo pronto Richard Grandchester observó a su primogénito subir por la escalinata al escuchar la campana del barco anunciando su partida. Al llegar a la cubierta Terry se quedó observando la figura de su padre, siempre elegante y distinguida. El duque no se movió del muelle hasta que el buque se perdió en el horizonte.

Durante el trayecto el actor tuvo la oportunidad de conocer más de cerca a Sir Thomas y de estrechar con él fuertes lazos de amistad. Cada tarde se reunían para tomar el té y para intercambiar anécdotas sobre sus experiencias en el escenario. Quedaron de reunirse en Nueva York en cuanto el director regresara de su gira por el interior del país. El resto del tiempo Terry había decidido permanecer en su camarote. Desde el primer día de viaje había escuchado comentarios de soldados enfermos que estaban aislados en los pisos inferiores del buque. Una madrugada escuchó salvas en cubierta y observó con horror desde su ventana como tiraban al mar cuerpos envueltos en sábanas – tal vez venían mal heridos o ya venían enfermos – pensó preocupado.

Una tarde mientras estaba platicando con el director observó a un soldado que era trasladado en camilla a cubierta. Sus labios y sus pies estaban morados y su piel azulada. Rastros de sangre se veían en las sábanas que lo cubrían y su mirada estaba apagada. Cuando pasó un militar el actor lo detuvo para preguntarle.

- Disculpe oficial ¿podría decirme qué tiene ese soldado?

- Está agonizado - dijo el hombre sin rodeos – y nos pidió como favor ver el mar por última vez.

- ¿Qué le pasó?

- Le dispararon en una pierna – explicó – subió al barco casi recuperado pero lo acomodaron en la enfermería junto a otros enfermos. Se contagió de gripe y le dio pulmonía. Dice el doctor que no pasa del día de hoy.

- Gracias – dijo Terry sin agregar una palabra más. Se disculpó con Sir Thomas y regresó a su camarote. Después de reflexionar por un rato se dio cuenta de la terrible verdad - ¡oh dios mio! – exclamó impotente -¡ella está expuesta a los enfermos de esta gripe en el hospital! ¡Por eso el francés me advirtió cuando me dio el salvoconducto! ¡Él sabía lo que estaba pasando! ¡Maldición! ¡Candy! ¡¿Cómo no me di cuenta antes?! ¡Si te llegaras a contagiar podrías morir! No podría soportarlo. ¿Pero por qué no han dicho nada por la radio ni por los periódicos? ¿Por qué no se hace algo para evitar el contagio? Ni siquiera en Europa se están tomando precauciones. ¿Qué está pasando? No creo que los gobiernos ignoren el problema, más bien parece como si lo ocultaran. ¿Pero por qué? ¿Qué hay detrás de todo esto? Solo hay información de lo que pasa en España pero no se sabe nada de lo que ocurre en los otros países, ni siquiera en América. Pero los militares si lo saben. El francés lo sabe y seguramente sus superiores también. Me tranquiliza que esté al tanto del problema pero ¿podrá evitar que se contagie Candy? Él prometió cuidarla y espero que así sea porque si algo le llegara a pasar a mi pecosa no sé de lo que sería capaz.

El buque continuó su recorrido por las agitadas aguas del Atlántico Norte. Esa noche Terry volvió a presenciar el macabro ritual de los soldados, quienes lanzaron al mar el cuerpo sin vida de una más de las víctimas de la misteriosa enfermedad. El actor trató de conciliar el sueño pero la imagen del soldado moribundo fue un recurrente recuerdo en su memoria. Caminó durante varias horas en su pequeño camarote, inquieto, nervioso y con gran incertidumbre en su alma. Salió a cubierta antes del amanecer y permaneció un rato observando el cielo cubierto de estrellas. Un hermoso lucero decoraba el horizonte en el oriente cuando levantó la vista hacia él y rogó al Altísimo por la protección de sus seres queridos. Era lo único que podía hacer por todos aquellos que estaban dentro de su corazón…

Continuará…


En esta ocasión agradezco a PaolaCornwell-Burgess-Weasley, Mazy Vampire, cyt y bermone por sus reviews para el capítulo anterior, y a samaggy y a R. G. Grandchester por haber puesto a este fic como uno de sus favoritos. Gracias también a quienes leen el fic de manera anónima y a quienes lo siguen capítulo a capítulo.

Terry va de regreso a América con muchas esperanzas. ¿Qué pasará entre su prometida y él?

Nos seguimos leyendo.

Saludos!