DISCLAIMER: Los personajes y el manga de Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki. Yo solo los tomo prestaditos unos momentos para dar rienda suelta a mi imaginación sobre situaciones que hubieran podido vivir.

Amigaaaas (os) aquí toy de nuevo jejeje. Gracias a Val Rod, Lupita1797, Ana y Brenda de Andrew por sus lindos comentarios, aprovecho para actualizar el siguiente capi de la historia, inspirado en parte en un hermoso y adorable fan art de Candy y Anthony jugando en la nieve que encontré en Deviantart, no sé si lo han visto. Lo cierto es que creaciones así de bonitas nos sirven de inspiración a los escritores amateur jajaja. Que bonito habría sido que la historia verdadera de los dos gueritos hubiera sido así. Pero nosotras (os) intentemos soñar un poco. A continuación el capítulo doce, vamos a viajar un ratito a Navidad en pleno agosto jejeje.

¡Gracias por leer!

Capítulo XII: El mejor de los inviernos

Candy se sentía libre como una paloma, feliz porque tenía un motivo para despertar alegre cada día. La dicha que le proporcionara Anthony al vivir a su lado, de manera sencilla y tranquila le llenaba el alma. El tenerlo cerca apoyándola le hacía pensar que era capaz de lograr todo lo que se propusiera. Sus palabras de amor le hacían sentir mariposas en el estómago y sus miradas intensas sobre ella, deseada, más mujer.

Desde hacía semanas Candy vivía en una luna azul. Todos en el Hogar de Pony lo sabían y si por si acaso alguna vez que la necesitaran la encontraban distraída, sabían que se hallaba pensando en Anthony.

Los niños aceptaron ese romance rápidamente y tal como lo predijeran la Srta. Pony y la Hermana María ambos sin proponérselo se convirtieron en modelos a seguir de ellos.

Los dos eran buenos chicos, en sus tiempos libres compartían sus conocimientos con los pequeños. Sabían que las madres ponían todo de sí para dirigir y dar clases las dos, tratando de dar una enseñanza de calidad en la improvisada escuela del Hogar de Pony, por eso ellos querían colaborar en lo que fuera para mejorar.

Candy optó por enseñarles manualidades, también a bordar y tejer, tal como le habían inculcado a ella y a Annie de pequeñitas (Annie de quien por cierto aún no había revelado su secreto a Anthony), mientras él a su vez ayudaba en clases de Geografía y Matemáticas, que se le daban bien y a veces les compartía habilidades interesantes, como en una ocasión en que les mostró como hacer nudos marineros, algo que con cariño recordaba le había enseñado su padre el Capitán Brower, de niño, y también con un poco preocupación notaba que a los pequeños les faltaba una clase que de verdad los motivara en sus dotes artísticas, que los alegrara, por lo que se le ocurrió una brillante idea. Una clase de Música.

Con sus ahorros, además ya faltando solo una semana para Navidad, decidió que era buen momento para hacerles un regalo adelantadito. Adquirió una caja de instrumentos musicales entre ellos: guitarras, flautas, panderetas y tambores, en el almacén de un amigo artesano del pueblo. Cuando parados junto al árbol de Navidad, como Anthony les había convocado, los niños descubrieron la sorpresa, armaron una algarabía de alegría.

Para Anthony no hubo nada más grato,que le llenara el corazón que ver sus caritas de felicidad y asombro.

Las madres y Candy no podían contener lágrimas de emoción al ver la nobleza de su acto. Candy corrió a encerrarlo en un abrazo para hacerle saber que estaba sumamente orgullosa de él, su amor.

- Pero Anthony debiste gastar mucho dinero- objetó la Srta. Pony

- No se preocupe, el cuidar de los niños para mi es un placer, y si puedo hacer algo para ayudarles aún más, estaría encantado, no hay nada en el mundo que se pueda comparar a la felicidad de un niño - respondió Anthony con sinceridad, con Candy abrazada dulcemente a su cintura – Pienso reunir más dinero y comprar un piano en un futuro…- añadió entonces planificando.

- ¡Oh por favor Anthony!, primero deja que te retribuyamos tu bondadosa colaboración de alguna forma- pidió la Hermana María.

El joven miró la cara de amor de su chica a su lado, pensó por un momento en pedir su mano, pero supo que no sería factible en esos momentos. Así que propuso algo que tenía también en mente desde hacía días.

- Está bien, que tal si me permiten impartir clases de Música - propuso – puedo compartirles a los niños todo lo que me han inculcado a mí mis maestros y lo que he aprendido en los lugares que he visitado…-

La Srta. Pony lo miró con una sonrisa afectuosa

- Nos encantaría - contestó.

Candy junto con los niños estallaron en un exclamaciones de alegría y "Sir Anthony", como le llamaban, fue rodeado en un mar de abrazos, que incluyó los de felicitaciones de las dos damas.

- Joven Anthony, eres lo más parecido a un ángel que hemos visto en la Tierra- le dijo sinceramente la Srta. Pony sosteniéndole el rostro entre las manos, el cual palmeó con ternura – Y el chico perfecto para nuestra Candy. Nos sentimos muy felices de que esta vida los haya reunido -

- Muchas gracias- expresó Anthony, y Candy convino que estaba totalmente de acuerdo inclinándose y dándole un beso en la mejilla.

- Te amo - le dijo al oído. Ella tampoco podía estar más feliz.


Los niños empezaron a acudir a clases de Música con normalidad, Anthony como su profesor ponía toda su paciencia y entusiasmo para enseñar. A Candy le encantaba observarlo de lejos mientras lo hacía, fascinando a sus pequeños alumnos como a ella con sus exposiciones.

- ¿Quién te enseñó a tocar tan bien el piano, la guitarra y la gaita?- quiso saber un día, acercándose a él para ayudarlo a ordenar el salón después de la clase.

- Mis tutores desde que mi más tierna infancia, también solíamos practicar con mis primos la guitarra ni bien nos mudamos a Lakewood, recuerdo que hasta realizamos presentaciones en las reuniones familiares – comentó él riendo al tiempo que ordenaba el escritorio – y la gaita… la gaita...- trató de hacer memoria.

Candy lo observaba con interés, se abrazó ella misma sintiendo una oleada de emoción al acordarse de uno de sus dulces actos, tocando la gaita para ella junto a Stear y Archie como despedida por su viaje a México. Ella había escuchado con claridad su majestuoso retumbar en el eco de las montañas.

-…La gaita la toco desde que tengo memoria…- repuso Anthony un poco extrañado, guardó silencio mirando hacia la ventana, intentando recordar quien le había enseñado, curiosamente casi nunca reparaba en ello, más a su mente solo acudían imágenes borrosas de alguna vieja tarde junto a un chico rubio igual a él, quien por la edad no podía ser uno de sus tutores.

"¿Quién era?" se preguntó con interés, tocándose la frente, cuando la voz ronquita de John interrumpió en la puerta llamándola a Candy y sacándolo de sus cavilaciones.

- ¡Señorita... Señorita Candy, venga a ver esto, usted también Sir Anthony!- pidió emocionado el niño.

Candy y Anthony se miraron con curiosidad y lo siguieron.

El niño los condujo hacia el patio, donde maravillados encontraron que habían elaborado un gracioso muñeco de nieve.

- ¡Es genial! - exclamó Candy rodeándolo, emocionada con el espíritu de niña que aun vivía en ella.

- ¡Le falta una bufanda!- opinó Anthony alegre, acto seguido, sacó un pañuelo de su bolsillo para colocarlo luego alrededor del regordete cuello del muñeco -¡..Y un pino! – añadió también emocionado.

- ¿Un pino? - preguntó Candy sonriendo, mientras lo veía ir por una ramita caída bajo un árbol cercano. La llevó hasta ellos y la partió en dos para después colocarla cerca de donde debían estar las orejas del monigote.

- Es para que sea como su pelito - añadió, haciéndolos reír.

Terminaron por colocarle un gorro en la cabeza y una de las tan detestadas zanahorias de Anthony como la nariz. Quedó perfecto.

Anthony lamentó que no viviera un camarógrafo cerca para tomar una fotografía grupal, por qué opinó que en realidad lo merecía.

Esa tarde terminó en medio de juegos, como las atrapadas, las escondidas y para complementar el deleite de todos, se suscitó una improvisada guerra de nieve.

Anthony y Candy se divertían como los dos jovencitos que eran, correteando y revolcándose en la parte más nevada, muertos de la risa. En un momento Candy se cayó quedando a merced del ataque de él, pero cuando Anthony llegó a su lado, dudó de aventarle o no una bola de nieve al verla tan dulce e indefensa. Entonces fue ella quien se aprovechó, lanzándole otra que tenía escondida.

- ¡Caíste!- se burló riendo al tiempo que escapaba de allí a gatas.

- ¡Ya verás!- amenazó Anthony juguetón, alcanzándola con facilidad de un pie y derribándola de nuevo.

Candy dio un pequeño grito pero él ya estaba encima de ella.

- Shhh - le indicó tocándole la mejilla con su dedo índice, dejándole en su trazo algo de escarcha.

Ella guardó silencio perdiéndose en los intensos ojos azules del muchacho, que en esos momentos, desde el ángulo en que estaba, podía compararlos perfectamente con el color del cielo.

- Si te mueves, solo un poco, te como a besos – le sentenció Anthony. Ella alzó las cejas simulando impresión y en un acto infantil hundió los labios tratando de impedírselo, movió entonces sin querer la cabeza hacia un lado.

- Te lo advertí- dijo él con una sonrisa tentadora y maliciosa

- ¡No!- río ella cubriéndose la boca con las manos, y retorciéndose bajo su captura, no quería dejarse vencer en el juego, mientras Anthony cual vampiro simulaba que atacaba su cuello.

Candy le puso nieve en la cara como estrategia de escape y funcionó. Se dio a la fuga envuelta en carcajadas.

Ambos no sabían que las nobles damas los observaban con buenos ojos desde la ventana de la casa, orgullosas de ellos y orando profundamente para que nadie malintencionado los intentara separar.


La Navidad llegó y para los niños fue maravillosa. El ambiente mágico de la época los envolvió a todos en un dulce sueño de amor y paz.

Gracias al cielo nada faltó, las recaudaciones fueron buenas, los vecinos y amigos apoyaron en la compra de los productos que tan minuciosamente la Srta. Pony, La Hermana María y Candy elaboraban para después vender y en la donación de juguetes y ropa.

También Tom de regalo fabricó, haciendo gala de sus dotes de carpintería, un gran trineo que a todos encantó y con el cual de allí en adelante junto con Anthony, Candy, Jimmy y el resto de los niños, pasaron deslizándose colina abajo, amenizando así el resto de las tardes de invierno.

Candy por su parte elaboró una serie de tarjetitas para cada uno de ellos, cada una con una temática especial de acuerdo a la personalidad de cada quien, y se las entregó el día de Nochebuena.

Los niños consideraban estos pequeños detalles de valor incalculable, porque sabían que la importancia no estaba en lo material sino en el cariño que recibieran de las personas amadas.

Al anochecer de ese mismo día en el Hogar de Pony, como todos los años, se ofreció una velada de villancicos que contenía una pequeña obra teatral, en forma de agradecimiento para los benefactores y amigos.

La puesta en escena estaba dirigida por Anthony y Candy. Era la Cenicienta. La misma que terminó convertida en una verdadera comedia, al ocurrir cosas inesperadas, como la caída del telón y de uno de los protagonistas que sumió en carcajadas al mismo maestro de ceremonias, el propio Anthony, quien acabó por contagiar a todos los presente con sus risas. Pero al final todos acordaron que había sido una velada adorable.

Aquello fue una buena oportunidad además para que los niños dieran una grata impresión a sus futuros padres. Puesto que siempre el tercer domingo del primer mes del año solían concretarse más adopciones.

Una vez que la función terminó y ajenos a las conversaciones de adultos de los invitados y las anfitrionas del Hogar. Candy junto con Anthony llevaron a los niños detrás del improvisado escenario para repartirles dulces y caramelos, como señal de que la diversión de esa noche recién estaba comenzando.

Escuchar sus risas fue el mejor regalo para ambos enamorados que se miraron satisfechos de haber realizado un acto bueno. Anthony le tomó la mano a su amada y depositó en ella un tierno beso. Con las miradas se dijeron lo felices que se sentían de tenerse el uno al otro y de la esperanza de que esa fuera solo la primera de muchas Navidades juntos.

- Te amo - le susurró Anthony moviendo la boca pero sin levantar la voz.

- Yo también- contestó ella de la misma manera con una gran sonrisa, pero abriendo los brazos en una forma teatral para luego llevarse las manos al corazón y observarlo con dulzura.

Esa inolvidable noche cuando los invitados se fueron y se quedaron solos los habitantes del Hogar de Pony, hubo juegos y villancicos hasta la hora de cenar, en la cual todos sentados a la mesa se tomaron de las manos y elevaron sus oraciones y buenos deseos al firmamento.


Los días que siguieron dejaron un poco de felicidad y tristeza al mismo tiempo, como la adopción de algunos niños, entre ellos la pequeñita Milie, el tercer domingo del siguiente Enero. Lo que le partió el corazón a Candy, que se había encariñado mucho con ella. Más se armó de valor para no demostrar aflicción la tarde de su partida. No quería arruinarle para nada la alegría de tener a sus nuevos padres. Simplemente se abrazó a la pequeña fuerte cuando ésta fue a despedirse, y le deseo la mejor de las suertes y miles de bendiciones.

- La voy a extrañara mucho Srta. Candy- dijo llorosa la niña, restregándose los ojos - …y también a Sir Anthony, su príncipe bello- añadió

- Y nosotros a ti pequeña - contestó Anthony agachándose al lado de Candy, para quedar más o menos a la altura de Milie – No te olvides de venirnos a visitar, la princesa Candy y yo te estaremos esperando-

Candy le ayudó a la niña a ponerse su pequeña mochila y trató de infundirle también pensamientos alegres.

- Estaremos aquí orando por ti y deseándote mil bendiciones. Si algún día te sientes sola recuerda que tienes amigos en el Hogar de Pony, que siempre estaremos a tu lado. Te queremos Millie-

- ¡Milie amor, ya nos vamos!- le llamaron entonces sus nuevos padres, quienes se encontraban unos metros más allá conversando con la Srta. Pony y la Hermana María.

La pequeñita les dio un último abrazo a los dos y corrió a despedirse de las que hasta entonces habían sido sus maestras y madres.

Candy con los brazos cruzados y arrimada al marco de la entrada, la vio decirles adiós, subir al automóvil y partir. Sus nuevos padres eran unos conocidos farmacéuticos que habían conseguido labrar fortuna a base de trabajo duro, por lo que se sentía en parte tranquila, sabía que la tratarían bien y sería feliz. Sin embargo sus lágrimas no lo entendían, no podía parar de llorar.

Anthony que estaba a su lado, se propuso confortarla mientras veía a los niños correr por el camino despidiéndola, también sintió pena.

- Algún día tú y yo tendremos muchos - comentó, robándole una sonrisa. Candy fingió que le golpeaba el hombro pero terminó refugiándose en sus brazos.

Anthony era su pilar y su apoyo, desde el afortunado día en que el destino los había cruzado, se había convertido en la persona que siempre estaba allí para confortarla cuando lo necesitara, para darle ánimos, fuerza y valor.

Tal como ocurrió en los días que siguieron en que Candy contrajo un resfrío, debido a tantas tardes de aventuras y juegos helados, por el que le obligaron a guardar cama durante una semana completa para que su cuadro no degenerara en una posible bronquitis.

Él permaneció estoicamente a su lado, ayudándola, asistiéndola, recordándole a que hora debía tomar la medicina. Ella se convirtió en su prioridad después de volver del trabajo, porque aparte de su novia era su mejor amiga y no le gustaba verla enferma, pero ya que lo estaba quería que no permaneciera sola.

Le leía historias, le contaba anécdotas que le hacían reír, hasta llevó un día el juego de damas de la sala a su cama para distraerla. También aprendió a cocinar el tradicional consomé de pollo quita gripe bajo indicaciones de la Hermana María.

- ¿Qué tal?- preguntó una tarde, mientras ella tomaba la última cucharada de sus manos. Candy saboreó el caldillo.

- Esta bien...gracias- musitó volviendo a recostarse algo débil en la almohada, sonriéndole con ternura. Se le escapó luego una risita que terminó en tos.

- ¿De qué te ríes?- preguntó él

- Es que me imaginé que cuidadoso y protector serás como padre algún día - le contestó ella ya repuesta

- "Seremos" unos excelentes padres para los trillizos que tendremos- afirmó él recalcando en especial la primera palabra de su frase.

Candy volvió a reír poniéndose roja. Mientras el gracioso y pequeño Klint que permanecía junto a ellos como espectador y chaperón en la habitación, saltó hasta la cama y se acurrucó junto a su dueña.

- ¿Que sucede Klint, estás celoso?- indagó Anthony acariciándole la cabeza – Tu también la amas, ¿verdad?, lo sé- añadió de forma cariñosa dándole un pedacito de pan.

Candy observó con ternura que hasta el tímido Klint había caído bajo el efecto de los encantos de su príncipe, era algo inevitable.

- Lo vas a transformar en un glotón- objetó entretenida.

- Claro que no, es solo que klint es un chico como yo, y los chicos necesitamos comer bastante- repuso Anthony muy convencido

- ¡Oh sí!- exclamó Candy con sarcasmo, mientras él se le acercaba divertido

- – recalcó de forma coqueta colocando un brazo a cada lado de ella y aproximándose a su boca.

- Anthony que haces- le detuvo ella con precaución – No debes besarme, te puedo contagiar-

- No me importa- respondió él sin cambiar el objetivo y comenzó a darle varios besitos hasta desencadenar uno más profundo que le demostró su necesidad y dulzura.

- Así como los peces necesitan el agua para respirar, yo necesito de los labios de mi chica para vivir - le susurró con la satisfacción de un enamorado. Retirándose para dejar el plato vacío en la cocina, pero no sin antes hacerle una venia teatral que la hizo reír en medio de su sonrojo.

Candy suspiró una vez que se quedó sola con klint.

- Sí que lo amamos ¿verdad klint?-

A pesar de todas las cosas, de las venturas y peripecias que pasaron en esos meses, de los temores secretos de Candy sobre que cualquier día volvieran por Anthony, del pesar de él por no estar cerca de sus primos y tener que guardar el secreto de su paradero con ellos. Los dos acordaron que aquella época en el Hogar de Pony fue el mejor invierno de sus vidas.


Una noche, ya entrado Febrero, los dos volvían al Hogar de Pony después de cerrar el pequeño negocio que tenía gran demanda de tartas por el Día de San Valentín que se acercaba, haciendo planes sobre lo que harían en esa fecha que para suerte de ellos caería en sábado. Anthony le estaba proponiendo una romántica cena a la luz de las velas en uno de los restaurantes del pueblo, pero Candy insistía en que no gastara dinero porque lo único que deseaba era pasar todo ese día con él.

En eso vieron a un viejo mendigo que solía rondar por las calles, no tenía un techo donde vivir sino que se refugiaba en asilos de caridad y comía de las sobras y de las limosnas que le regalaban en los negocios o los transeúntes. No tenía familia, contaban que era un emigrante y estaba demasiado anciano para que le dieran trabajo en algún lugar.

A Candy que poseía un corazón muy grande no le pasó desapercibida la expresión de preocupación de su rostro, además el verlo sentarse en un solitario rincón a contar unas pocas monedas, le confirmó su desazón. Indagó que tal vez estaba hambriento por no haber logrado ese día conseguir suficiente dinero para merendar.

- Espérame aquí un momento - le pidió a Anthony. Regresándose a la esquina donde el viejo se había apostado. Una vez que estuvo enfrente sacó de su canasta los tres pedazos de pasteles que era los que no había podido vender.

- Es pastel de acelga - le dijo colocándoselos en las manos, ante la mirada asombrado e iluminada de agradecimiento del hombre.

- Gracias mi niña - contestó con voz temblorosa – ...Dios la bendiga-

Aquella bendición le salió del alma, ocasionando que los ojos de Candy se le llenaran de lágrimas. Ella nunca había tenido un abuelo. Solo el Sr. Ardley quien con gentileza la adoptara, pero a quien hasta la fecha no había tenido la oportunidad de conocer. En el fondo Candy hubiera deseado tener uno a quien abrazar cuando se sintiera mal, alguien a quien mimar y cuidar.

Le brindó una sonrisa amable al anciano y ya se retiraba, cuando escuchó que le decía algo:

- Mi niña aguarde un instante, tengo algo aquí para usted - acto seguido buscó algo en el bolsillo de su rotozo pantalón que al extraerlo pareció brillar un segundo a la luz de la luna. Era una sortija.

- ¿De qué está hecho? - preguntó Candy con curiosidad

- Es acero puro mi niña, la protegerá de las malas vibras y la envidia, también del mal de ojo - indicó muy seguro el anciano

- Yo le agradezco, pero no lo puedo aceptar- respondió Candy con sinceridad, pero el hombre insistió, inclinándose desde su lugar en el suelo para entregárselo en la palma de su mano.

- Por favor, para usted será muy útil, ya verá -

Anthony que había presenciado todo desde lejos, volvió al lado de Candy

- ¿Qué sucede?- preguntó, mientras la abrazaba por los hombros

- Nada, solo que tiene usted un ángel en la tierra - contestó el agradecido señor

- Ya lo sé - dijo Anthony divertido, contemplándola a Candy entretenida con la sortija –...y algún día se convertirá en mi esposa- recalcó muy orgulloso.

- Anthony…- exclamó entonces ella ruborizándose. Como era posible que a todo el mundo le anduviera diciendo esas cosas.

El hombre se río y aplaudió

- Cuídela muy bien muchacho - le recomendó

- Lo haré, hasta luego- dijo Anthony, llevándose a Candy consigo

- Adiós y gracias – repuso Candy al anciano. El hombre se despidió de ellos con la mano y enseguida se dedicó a comer.

- ¿Qué te obsequió?- quiso saber Anthony, mientras se alejaban

- Es un anillo de acero - contestó ella, colocándoselo en el dedo anular y levantando la mano frente a su rostro para observarlo mejor, al tiempo que se aferraba más del brazo de su amor - ¿No es bonito? - le preguntó – Dijo que me protegerá contra las malas energías -

- Por qué dejas que un extraño te regale un anillo, el único capaz de hacerlo debería ser yo- refutó Anthony algo resentido.

- ¡Oh vamos, es solo un obsequio de agradecimiento, no estarás celoso! – indagó Candy con gracia

- ¿Celoso yo? ¡Que va!- respondió él fingiendo indiferencia, pero entonces al mirar los ojos y la sonrisa pícara de Candy, que esperaba que confesara la verdad, se le vino una loca idea a la mente que podía ser su regalo perfecto para el Día de los enamorados.

- Déjame ver el anillo - pidió, tomándole la mano y el mismo quitándoselo

- ¡Hey!- se quejó Candy

- Son puras patrañas, ¡mal de ojos!- opinó con desdén mientras lo examinaba a la luz de los faroles

- ¡Ya dámelo, devuélvemelo!- pidió Candy, adivinando que tendría que rogar para que lo hiciera.

- Lo estoy estudiando, no sea cosa que tenga un hechizo malicioso que pueda afectar a mi chica- la molestó él

- ¡Devuélvemelo Anthony!- insistió ella, sonriendo sin poder creerlo, saltando para tratar de arrebatárselo de la mano, pero era más alto que ella - ¡Déjame que te atrape, ya verás!- le amenazó, mientras él salía corriendo y ella detrás.

Los dos jovencitos jugueteaban libres y felices viviendo su historia de amor, ajenos al hecho de que podían estar siendo vigilados.

Una mano enguantada, cerró la cortina de un misterioso carruaje. Era hora de llevar la información al solicitante, después de días de seguirles minuciosamente los pasos.


Continuará...