DISCLAIMER: Los personajes del manga y el anime Candy candy no me pertenecen, yo solo los tomo prestaditos para jugar un ratito con ellos a que les doy un final feliiiizzz jajaja.

¡Chicas como están! Aquí les dejó el último capi antes de pasar a la segunda parte de esta historia, pensaba que me saldría más corto, pero a la final quedó igual de largo que el anterior.

Bueno, respecto a las escenas que vienen a continuación, son un poco intensas porque detallan las emociones que se empiezan a sentir en la adolescencia cuando se tienen las hormonas a flor de piel. He tratado de crearlas lo más suaves e inocentes posibles, como me hubiera gustado que Anthony y Candy mutuamente se descubrieran...pensaba también publicar este capi el domingo como motivo del cumpleaños de nuestro bello guerito, pero se me hizo dificil...de todas formas digamos que este es mi pequeño regalo para él atrasadito.

¡Cuidence mucho amigaaas y mil gracias por leer!

Capítulo XVI: Nuestra última noche en América

- Anthony ¿Estás ahí?- Su voz resonó como un eco en las paredes de aquel lugar sombrío. Candy empujó la puerta que estaba entreabierta y ésta con un crujido que hablaba de los años que tenía la mansión, empezó a abrirse lentamente.

Con curiosidad oteó en el interior dominado por las telarañas y el polvo. No sin sobresaltarse un poco se halló cara a cara con las viejas estatuas de soldados y armaduras que constituían una de las cosas más extrañas y grotescas de la mansión y le aterrorizaban. Cayó en cuenta entonces de que se encontraba en la misma habitación en que le había encerrado Eliza la noche de su primera fiesta en Lakewood, donde conociera por fin a Anthony.

Pensaba en salir rápidamente del lugar pero en eso escuchó la voz ronquita de él nombrándola, haciendo que se detuviera interesada y le vio al momento salir de entre las sombras.

-Estoy aquí Candy, no te asustes…ha pasado mucho tiempo desde que estuvimos juntos en este sitio...¿ recuerdas? - argumentó paseándose por la habitación, observando el lugar que cumplía la función de desván. Su mirada reflejaba un toque de sensualidad y misterio. Candy pensó que se traía algo entre manos, el tiempo pasado a su lado había enseñado a conocerlo muy bien.

-Sí…como olvidarlo- rememoró ella observando por todo el sitio, un lugar de descanso de cientos de artículos viejos. Era uno de los últimos cuartos de la Torre Sur de la mansión. Reparó entonces en que nunca supo a ciencia cierta si todo eso de la historia del fantasma era o no real, por lo que tuvo que abrazarse a sí misma para evitar sentir un escalofrío.

-George me dijo que estabas aquí…- explicó para cambiar el tema - …pero cómo así decidiste venir aquí- quiso saber, algo no le cerraba

-De vez en cuando es bueno explorar- contestó él con naturalidad, encogiéndose de hombros.

Candy pensó que al fin y al cabo sí se parecía en algo a su primo Stear, de quien estaba segura habría estado encantado de poder ser él el que tuviera el privilegio de explorar. Los genes familiares eran poderosos.

-Bien, en ese caso te ayudaré a descubrir reliquias importantes- repuso Candy poniéndose a disfrutar del asunto y manos a la obra de la actividad en cuestión. A Anthony le agradó su actitud y por su parte se dedicó tratar de abrir un gran baúl negro.

-Can…por favor, me alcanzas ese alicate- pidió, señalándole hacia una mesa cercana. Candy fue hasta allí de buena gana y lo tomó, pero al hacerlo reparó en un bello cuadro que yacía arrimado a una silla cercana, arrancándole suspiros. La pintura era de Romeo y Julieta compartiendo un tierno beso de amor antes de que él escapara por el balcón. Anthony la vio acercarse embelesada a tomarlo. Sabía que no podría resistirse.

-¡Cómo es posible que hayan dejado abandonado así algo tan hermoso!- opinó, aunque conocía el carácter conservador de la tía abuela por lo que no tardó en imaginar que había sido ella misma quien ordenara confinarlo allí, al considerarlo un acto impropio e indecente de mostrarse en público. Candy lo levantó entre sus manos para observarlo mejor pero entonces descubrió otro mucho más grande que detrás y el reparar en el le dejó sin aliento por varios segundos.

-¡No puede ser…pero si es él!- masculló impresionada. Anthony comenzó a acercarse lentamente interesado, mientras ella permanecía parada en el mismo lugar con la mirada perdida frente al retrato del arcano "Príncipe de la Colina".

Después de años volvía a ver su rostro, el que casi no recordaba. Sus tupidas cejas, su nariz perfilada, su mirada profunda. Se dio cuenta de que si bien se parecía a Anthony eran bastante diferentes en sus facciones. El Príncipe era un poco más alto y su cabello más oscuro. El tiempo se había encargado de guardar su recuerdo en su corazón por lo que le reconoció al instante. En la imagen llevaba además el Kilt y la gaita, se dio cuenta además de que su sonrisa enigmática le recordaba tanto a alguien... aunque en esos momentos no sabía bien a quien.

- ¿Es la persona que tanto buscabas?- quiso saber Anthony interrumpiendo sus pensamientos detrás de ella, muy cerca, haciéndola sobresaltar

- ¿Quién es?- interrogó mortificada. Sabía que a Anthony le disgustaba que sintiera esa admiración po él, pero aún así no podía apartar su mirada de la pintura. Lo había extrañado tanto, había anhelado tanto volver a ver al príncipe de sus sueños. El cuadro anterior que encontrara en la casa de la familia Leegan había tenido obligada que dejarlo en su partida. Sin embargo, las palabras que pronunció Anthony molesto la trajeron de vuelta a la realidad

-¡Es mi tío Candy, mi tío William que ahora vive en Dinamarca debido a su trabajo!...tuve que prácticamente sobornar a George para que me dijera esa información- expresó con impaciencia, dejándola asombrada. Por fin conocía quien era en realidad el famoso Príncipe -¿Qué harás si regresa algún día y lo ves? – Añadió con coraje -¿Lanzarte en sus brazos?- Su corriente de celos no le hacía medir sus palabras.

-¡Anthony…que dices! me estás ofendiendo – reclamó ella sintiéndose triste.

-¡No lo niegues Candy, sé que toda la vida te ha gustado y lo sigue haciendo!… y yo que soy entonces en tu vida, dímelo de una vez…¿Un espectro bajo su sombra?- le encaró

-¡Eres malo, eso es lo que eres!- le lanzó ella sintiéndose indefensa bajo su ataque – Me trajiste aquí a propósito para que lo viera… ¿Qué buscas…confundirme?-

- Quiero que lo veas y decidas si te sigue gustando o no… yo no puedo competir contra un fantasma- replicó Anthony resentido, saliendo del lugar.

-¡Anthony!- le llamó ella pero no regresó.

El resto del día la pasó esquivando, se concentró en sus tareas, en sus deportes ignorándola casi por completo, aún cuando ella se moría por explicarle que no pensaba más en el Príncipe desde que lo conociera, porque ahora todo su mundo era él.

Esa noche debían asistir a la función de teatro a la que el Capitán Brower les había invitado y por la que puntualmente pasó a recogerlos, pero como Anthony se empeñaba en no hablarle, Candy decidió invitar también a Dorothy para que le hiciera compañía. Iba a comprarle con sus ahorros un boleto en las ventanillas del teatro, pero el señor Brower al enterarse muy caballeroso no se lo permitió, ofreciendo en cambio pagarle todo él.

Dorothy estaba muy emocionada porque nunca antes había asistido a una obra y mucho menos estado dentro de un teatro tan lujoso. Candy para quien era su tercera obra desde que viviera en casa de los Ardley, estaba igual de contenta, le dijo que lo tomara como un pequeño regalo adelantado por su boda. Tener a su amiga a su lado le permitía olvidar por ratos la desazón de su discusión con Anthony. Más una vez que se atenuaron las luces dando paso a que se abriera el telón, volvió a su mente la incomodidad del asunto y los gratos recuerdos de las anteriores funciones en las cuales en medio de risas y bromas junto con Stear y Archie y sus suaves flirteos con el mismo Anthony les habían transformado en postales inolvidables de su memoria.

Con la mirada fija en el escenario, mientras observaba a un atractivo joven disfrazado de Romeo actuar pero no ponía atención en sus palabras, rememoró una vez en ese mismo palco, en sus primeras salidas como una miembro más de los Ardley y antes de que Anthony se animara a declararle su amor, como éste le había cogido la mano en la oscuridad haciéndole estremecer el corazón.

Una lágrima, producto del abatimiento que sintiera durante el día, resbaló de sus ojos y notó al momento que Anthony la observaba un poco más allá. Vio su rostro apenas iluminado por las luces del escenario, haciéndola pensar que estaba consciente de ser el causante del problema y aún así le restaba importancia, por lo que empezó a sentir un profundo enfado. También tenía su orgullo y debía darlo a valer. Estaba resentida además por lo que le había dicho. Acaso no confiaba en ella.

La función transcurrió sin percances y fue preciosa en cuanto a música, ambientación y demás, pero Candy no pudo disfrutarla del todo por la incomodidad de tener que estar ignorando a Anthony.

- Debe ser muy duro ser la novia de un actor reconocido y tener que lidiar con todas sus admiradoras- comentó Dorothy, a quien el actor había fascinado, al salir del teatro, mientras veían al artista mencionado rodeado de un montón de personas, la mayoría de ellas admiradoras que le entregaban ramos de flores, chocolates y hasta cartas.

- Sí…debe ser complicado, supongo- opinó Candy sin darle mucha importancia al asunto, pensando que las cosas con su propio enamorado, aunque no fuera famoso ya eran lo suficiente difíciles.

- Bueno…no importa, igual nosotras ya tenemos a nuestros Romeos- agregó Dorothy alegremente para animarla, aunque no lo consiguió del todo.

Luego el Capitán Brower los llevó a cenar a un agradable restaurante, donde ordenó grandes copas de helado para festejar a Dorothy por sus próximas nupcias. La joven no sabía como agradecerle al padre de Anthony por su amabilidad para con ella, más el marinero modestamente se excusó diciendo que no tenía porqué hacerlo, ya que los amigos o amigas de "sus hijos", incluyendo a su nuera en aquella denominación, eran amigos también de él.

La susodicha novia no podía sentirse más feliz, tampoco paraba de conversar, soñar y de contar sobre sus planes para el futuro. Candy contenta le escuchaba hablar, estaba contenta por su amiga y le hubiera encantado poder compartir esa alegría con Anthony, más él se esmeró todo el rato por permanecer distante. Caminando alejado de ellos, simulando seriedad y desanimo, o como en aquellos mismos momentos, sin levantar la vista del plato mientras comía. Evitando mirarla a los ojos y Candy se daba cuenta.

Decidida, clavó su mirada en él, que se encontraba sentado junto a su padre enfrente a ellas, para obligarlo a prestarle atención, pero se hizo el desentendido optando por dirigirse en sus conversaciones unicamente a su progenitor o a Dorothy.

Todos a su alrededor notaban que estaban enojados por el aire tenso que se cernía entre los dos, pues se sentía una niebla fría sobre su ya acostumbrado cálido ambiente de amor.


Antes de irse a dormir, el joven Brower estaba dándole vueltas al asunto en su habitación, pensando si en realidad no estaba formulando una tormenta en un vaso de agua en todo lo referente a la situación. Igual Candy estaba con él y su joven y apuesto tío a miles de kilómetros de distancia y sin una fecha definida de regreso… Él en cambio se moría de ganas de verla, de sentirla entre sus brazos, de decirle lo hermosa que lucía en la gala de esa noche con su vestido azul que imaginó estaba quitándose en esos mismos momentos en su propio cuarto.

Anthony se ruborizó paseándose de un lado al otro hasta llegar a la conclusión definitiva de que debía pedirle disculpas por haberse portado grosero con ella.

Decidido salió al pasillo en dirección a la alcoba de su princesa, más mientras caminaba vio bajar a dos empleados conversando que afortunadamente no llegaron a notarlo y oyó sin querer lo que trataban

- Que curiosos caprichos de la señorita, hacer que limpien y acomoden en su habitación aquel cuadro viejo, por tantos años guardado…-

Anthony no pudo seguir escuchando más. Sintió como otra vez la ola de celos que anteriormente había conseguido aplacar volvía a surgir en el horizonte. No podía ser posible que ella llegara hasta ese punto, que tan lejos su loca admiración por su tío podía llegar. No lo concebía, no lo podía tolerar. Sintiendo que le empezaba a doler la cabeza después de tan pesado día, se obligó a volver a su habitación.

Esa noche ninguno de los dos pudo conciliar el sueño, pensando el uno en el otro.


A la mañana siguiente Candy no estaba dispuesta a seguir soportando esa situación. Había logrado poner en orden sus pensamientos en alguna hora de la madrugada, por lo que decidida salió a buscarlo al jardín, donde sabía que estaba para encararlo. Las cosas debían solucionarse de una vez por todas.

Adivinaba que lo encontraría regando o cultivando sus rosas, como acostumbraba a primeras horas y su intuición no le falló.

Anthony la vio llegar pero estaba tan molesto que no le dio importancia y continuó realizando sus labores, sentado en el suelo con la camisa arremangada y las manos llenos de tierra. El astro rey reflejaba halos dorados sobre su cabello y perlaba de gotas de sudor su frente. A él no le importaba ensuciarse, ni que el trabajo fuera laborioso con tal de realizar lo que le gustaba. Era sencillo para ser un chico de sociedad, y por eso Candy lo adoraba y reconocía como el total dueño de su corazón... En un abrir y cerrar de ojos los sentimientos de coraje que tuviera en un principio para con él fueron derrotados por el amor que sentía y se le acercó despacio, soñando con poder entablar una conversación sin riesgo a más discusiones.

Anthony se secó el rostro con la manga y continuó sin dirigirle la palabra o siquiera saludarla, mientras Candy un poco dolida tomaba asiento a su lado, sin saber como comenzar. El tenerlo cerca así de enfadado la cohibía y además el admirar que cuando estaba sucio lucía más hermoso, la atontaba, podía notar la fuerza que poseían sus músculos debajo de su camisa al plantar las rosas. Reconocía que los días de trabajo en el Hogar de Pony le habían favorecido, convirtiéndolo en un joven vigoroso y atlético a carta cabal.

-Ant… - murmuró pero él no se inmutó - …buenos días- No obtuvo respuesta. Con paciencia Candy continuó - He decidido conservar el cuadro… de Romeo y Julieta…- aclaró al final.

Solo entonces Anthony pareció dudar por un segundo, dándose cuenta secretamente de su error cometido al prejusgarla. Ella notó su vacilar, pero el orgullo mostrado por él entonces, obligándose a permanecer concentrado en sus labores, terminó por volver a hacerla enojar. Se sintió como una completa tonta por estarse rebajando a pesar del que más indicado para disculparse era él.

-Sabes, te estás comportando como un grosero olvidando que son nuestros últimos días de vacaciones, quien sabe como será cuando vayamos al colegio, quizá no tengamos tanto tiempo para vernos….- le sacó en cara pero Anthony no respondió nada, estaba confundido.

Candy por su parte sentía que iba a volverla loca. Había veces cuando no podía pensar con claridad al tenerlo cerca, más no por eso estaba dispuesta a tolerarle irreverencias, por lo que antes de levantarse, al ver que su intento de conversación no llegaría a ningún punto, decidió decirle unas cuantas verdades, las primeras que le vinieran a la mente y el alma.

Mírame, Anthony mírame!- exigió con desesperación, logrando obtener po fin su atención – ¡Cómo voy a amarlo si ni siquiera lo conozco y cuando estoy tan enamorada de ti!... Ni siquiera debería estar aquí ahora tratando de pedirte disculpas cuando eres tú el que debería dármelas a mí, más lo hago porque eres importante en mi vida…lo que más quiero en el mundo y me da mucha pena que no sepas apreciarlo- concluyó con lágrimas en los ojos disponiéndose a marcharse, más fue en ese momento que Anthony reaccionó, deteniéndola impulsivo del brazo, impidiéndolo. Ella al principio no comprendió más el pose de los tibios labios de él sobre los suyos se encargaron de explicarle el resto, logrando calmar cualquier desazón o rencor. Era la manera de Anthony de expresarle disculpas sin palabras.

Anthony al ver la cara de muñequita que tanto amaba triste, no pudo seguir conteniéndose más, se ablandó, mandando a la basura todo su orgullo y malentendidos. Terminó por besarla con desesperación como recompensa a tantas horas de sinsabores. Le manchó el rostro en el acto por la suciedad de la tierra en sus manos que empezó a confundirse con sus lágrimas, enterneciéndolo y avivando aún más su fuego interior.

-Lo siento Candy, lo siento mi amor, soy un idiota…temo tanto perderte- le susurraba con la respiración agitada, mientras cubría de besos toda su cara, sorbiendo sus lágrimas. Terminando recostados en el suelo los dos, presos de la pasión.

Anthony sentía en esos momentos que Candy era como una jugosa fruta a la que era adicto, de la que quería probar todo hasta su néctar. La niña indefensa que un día encontrara en el portal de rosas y le inspirara ternura, se había transformado ante sus ojos en una bella mariposa capaz de hacerle perder la cabeza y despertar sus instintos sexuales. Se sentía extasiado, embriagado en su fragancia, en la forma en que ella se le aferraba a sí.

-Te amo tanto Candy…eres lo más valioso que tengo en la vida...- le susurró cerca de la boca, mientras permanecía sobre ella como un conquistador, haciéndola sentir un baile de luciérnagas dentro de su estómago. Candy se abandonó a sus abrazos, a los besos que ponía en su cuello, y así normal como el agua de un río que corre por su cauce las caricias más profundas empezaron a surgir entre los dos y cuando la fuerza de la razón les hizo detenerse, la mano traviesa y delatora de Anthony reposaba ya sobre el púber pecho de Candy.

Escuchar como se le escapaban algunos gemidos fue el detonante que le había hecho a Anthony detener sus manifestaciones de afecto, dándose cuenta entonces de que estaba yendo muy deprisa y llegando muy lejos. Sin embargo, permaneció un ratito más cerca de Candy, disfrutando de su inocencia, de su terso rubor y con ternura colocó otro beso sobre su cara, en la partecita en medio de su nariz y su boca.

- Te adoro - le recordó, ayudándola a sentarse nuevamente. Permanecieron unos momentos en silencio, apoyando la frente el uno en el otro, hasta que poco a poco repararon en las manchas que las caricias habían dejado sobre sus ropas, en especial el vestido de Candy que debido al lodo del suelo terminó siendo un desastre. Se dieron cuenta entonces, asombrados y un poco avergonzados que ya habían pasado a segunda base. El torbellino de amor y lujuria del cual acababan de salir les había dejado en claro su peligrosidad. En adelante debían empezar a cuidarse de que las ansias por la pasión no fueran más fuertes que la razón e hiciera presa con facilidad de ellos.

-Mi vestido... no puedo volver así a la casa o todos pensarán mal- Lamentó ella, mientras veía con gracia como Anthony se ponía rojo al ver estampada la perfecta huella de su mano sobre la superior de su vestido de tela color blanco marfil.

Anthony lucía nervioso. Si bien estaba era consciente de que el buen George era algo permisivo y no les prohibía tener privacidad o estar juntos, en buenos términos claro. Tampoco debían provocarlo, ganándose un buen castigo, ante todo sabían que era un tipo conservador y de buenos principios, y lo más importante, que en esos momentos estaba al mando.

- Debo lavarme - reconoció Candy

- Vamos al establo, allí hay agua y nadie te verá mientras lo haces-sugirió él

- Está bien- acordó ella y se dirigieron rápidamente hacia allí.


- Tal vez se arruine el vestido…pero es la única manera- confesó Candy, una vez que estuvieron cobijados en la tranquilidad del establo, inmersos en la media oscuridad.

Anthony caminó hasta el interruptor para encender la luz. Ya habían sido demasiadas tentaciones para tan pocas horas del día, puesto que aún ni terminaba de elevarse completamente el sol en el cielo. Además sentía que si seguían inmersos entre las sombras las ganas de verla sin ropa empezarían a cernirse cada vez más fuertes sobre él, provocándole estragos en su adolescente humanidad.

- Debo verme terrible- opinó Candy haciendo uno de sus clásicos mohínes y después soltando una pequeña risita. No importaba en que situación estuviera o lo comprometedora que podía llegar a ser ésta. Ella siempre trataba de verle algo bueno al asunto. Anthony le observaba con agrado, mantniendose prudentemente alejado.

Respecto a la mancha de su pecho, Candy no le culpaba ni condenaba nada. Las cosas se habían dado naturales porque los dos habían querido, si ella no hubiera estado de acuerdo lo habría detenido, pero no, ella también lo quería y se encontraba inmensamente feliz de estar descubriendo todo ese montón de emociones junto a él. Anthony lo comprendió al reflejarse en su diáfana mirada.

-¡Tengo una idea!- propuso Candy divertida –Diré que me resbalé y caí al lago cuando estábamos jugando-

Anthony sonrió, adoraba su ingenio

- Eso ya sucedió el otro día- le recordó con gracia

- Sí, pero nadie lo sabe…además fue en el río- corrigió ella -¡Vamos tú me apoyarás!- le animó

- De acuerdo -

- Bien, ahora empecemos. Estoy lista. Échame agua- solicitó, dejándolo por un momento perplejo. Quería que la ayude. Más bien dispuesto fue hasta donde tenían el depósito de agua y llenó un balde que luego llevó hasta el centro del establodonde esperaba Candy. Dejó caer primero un poco de agua entre sus manos para que pudiera lavarse el rostro.

- Me va a dar pena mojarte- le confesó a media voz, mientras le miraba cautivado. La alegría, la forma descomplicada de ver la vida de ella le atraían como un imán. Sentía que era como un narcótico, que no podía estar mucho tiempo separado de su lado, sin besarla, sin tocarla.

- Listo - señaló Candy cuando su cara estuvo otra vez limpia. No sin sentir incomodidad puesto que el agua estaba fría se dio la vuelta para continuarcon el siguiente paso – Cuando quieras- le animó para que él empezara a dejar caer agua sobre su espalda y su cuerpo ya que su vestido se le había ensuciado por ambas partes

-Ok- contestó él llenado una jarra de agua, Candy apretó los dientes preparándose. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, haciendola estremecer cuando el agua empezó a correr por ella.

-¿Estás bien?- preguntó Anthony

-- confirmó Candy para que él prosiguiera. Entonces con delicadeza y para su asombro comenzó también a ayudarla quitándose esas manchas. Empezó por la de su espalda, donde ella no alcanzaba, frotándola con ayuda del agua para disolver el lodo. Candy acomodó su cabello de lado para no incomodar y que pudiera hacerlo mejor. Ese día había decidido dejarlo suelto, únicamente adornado por unas delicadas binchas a los costados.

Seducido por su níveo cuello y por el diseño del escote de su nuevo vestido de señorita que le permitía mostrar más piel que los anteriores, no pudo evitar acercarse y depositar un beso en la suave curvatura de su cuello, provocándole cosquillas, se acercó mucho a ella en el acto, sin importarle si se le humedecía la ropa en el acto.

-¿Qué haces, te vas a mojar?- advirtió Candy

- No importa- repuso él descomplicado mientras verificaba que la mancha entre su espalda y en el nacimiento de su cadera hubiesen desaparecido.

Candy bajó la mirada tímida, sintiendo la fuerza de sus manos, luego vio que una de estas se colocaba protectora sobre su cintura mientras con la otra seguía prodigándole agua. Cerró los ojos ilusionada, dichosa, advirtiendo la tibia respiración de él cerca de su rostro. Sabía cuanto la deseaba y encontraba hermoso poder causar todos esos efectos en él.

Tratando de quitarse todas esas ideas sensuales que le giraban en la cabeza, intentó concentrarse en retirar la marca perfecta que había en esos momentos sobre su pecho. Más notó que la mano de Anthony empezaba a subir suavemente desde su vientre hasta posarse sobre las de ella, avivando más lujuria y más mariposas. Sintió como se arrimaba a su espalda y entonces no pudo más. Ella también necesitaba sus caricias, también deseaba explorar. Con cuidado ladeó su rostro hasta encontrarse con los labios de él que ansiosos la esperaban, desatando así un apasionado ósculo devorador, diferente a los que siempre compartían, que les hizo olvidar de todo.

Candy dejándose vencer por la pasión, dejó caer sus brazos que eran la última barrera que separaba su amor inocente del carnal, permitiendo que él la tocara de nuevo.


Los siguientes días transcurrieron presurosos en medio de su restaurada burbuja de romance, con el apasionado secreto que ahora compartían.

Tenían la mansión entera bajo sus dominios, ambos jugueteaban por los corredores, salones y jardines felices de la vida, inundando con su alegría el ambiente. George pasaba la mayor parte del tiempo pendiente de sus propios asuntos que casi ni los molestaba. Lo único que les exigía era que no olvidasen sus tareas y eso sí destinaba informantes entre los empleados para que los vigilasen y al final del día le dieran las principales noticias de cómo se habían comportado.

Por ello los chicos procuraban ser cuidadosos y lo más sigilosos posibles en sus movimientos. No podían exponer la confianza que tanto les había costado ganar otra vez y George después de todo creía en ellos. Lo que no tenía ni idea era de lo que ocurría cuando ambos se encontraban solos, cuando buscaban no ser vistos por nadie y se escondían para besarse desesperados en algún rincón oscuro, presurosos pues estaban conscientes de estar penetrando en lo prohibido y completamente ansiosos de sentirse el uno al otro, de querer volverse uno.

Las caricias iban y venían, cada vez más profundas y cuando ocurría se olvidaban por unos instantes del mundo, se abstraían de la realidad en una dimensión donde solo mandaba las ganas de proporcionarle placer a sus cuerpos. No había nada más excitante y dulce que sentir sus sexos apretados debajo de la ropa.

Era la curiosidad de ambos por explorarse, por descubrirse, la adicción que empezaban a tener por experimentar el remolino de cosquillas de placer en su interior. Un juego que comenzaba con miradas seductoras o un gesto y terminaba por fundirlos en la más viva pasión.

Candy se abandonaba entonces a sus fuertes brazos que le encerraban o terminaban por arrimarla a alguna pared y a los deliciosos besos que colocaba en su cuello haciéndola casi perder la razón. Anthony por su parte disfrutaba embriagándose en su aroma, extasiado en sentir la delicadeza de su piel tan tersa como la seda y que buscaba por todos los medios de ir descubriendo poco a poco cada vez más. Quería ser el primero que pusiera besos sobre ella en lugares que no hubiera imaginado y por qué no, el último. Su cercanía le hacía perder la cabeza y pensar en el roce de sus cuerpos era como subir al cielo y volver a bajar.


- Se siente extraño pero a la vez placentero- le confesó Candy un poco tímida una noche, mientras ambos estaban echados de espaldas en el jardín de la mansión disfrutando cielo nocturno y de sus infinitas estrellas. Era algo que últimamente hacían para aprovechar y contarse lo que habían echo en el día -…Que bueno que tú también lo sientas- Candy añadió. Anthony tomó una de sus manos y depositó en ella un beso.

Entre los dos no había secretos, se contaban todo, se aconsejaban como la pareja de esposos que jugaban a ser y se volvían los mejores amigos al momento de conversar de temas con los que con nadie más se atrevían a hablar. La sexualidad era uno de ellos.

- A veces pienso Candy…que la fisionomía humana es tan perfecta, que el hombre y la mujer fueron diseñados para que pudieran acoplarse el uno en el otro- compartió Anthony mientras sentía que la brisa de la noche y la azul inmensidad refrescaba y despejaba todos sus sentidos. Candy se movió para estar más cerca de él.

- Debe ser maravilloso volverse uno- comentó captando el interés del joven –…pero también debe doler mucho- agregó

- No, si la persona con la que estás procede con cuidado- opinó él, más Candy no quedó muy convencida.

- Pero aún así me parece tan irreal que una parte del cuerpo masculino pueda caber dentro de la mujer, por un orificio tan pequeño…y además engendrar un niño- agregó ella, recordando unas tardes atrás cuando los dos a hurtadillas muy de mañanita habían ido a hurgar a la biblioteca de Lakewood para conseguir información, encontrando unos cuantos libros bien explícitos que se habían puesto luego a estudiar - También están los periodos de fertilidad e infertilidad, me pregunto cuanto tiempo habrán pasado los doctores estudiando las actitudes y el cuerpo de la mujer para descubrirlo- añadió además, exponiendo otra de sus dudas.

- La mujer es la obra maestra más perfecta de la creación de Dios- opinó Anthony acariciando la mano de ella entre las suyas - Yo en cambio me pregunto…que tan fuerte se sentirá esa sensación de la que todos hablan al terminar el acto sexual- manifestó

- El orgasmo- resaltó Candy, mencionando aquella palabra que se le había grabado, incorporándose un poco de lado, pendiente de él.

- - Anthony afirmó

Candy guardó rato en silencio, mientras cavilaba en sus enredados sentimientos.

- Yo también me pregunto...¿qué se sentirá?- Se animó entonces a decir, armándose de valor respecto a la cuestión que hacia días rondaba en su cabeza y sorprendiéndolo totalmente - ¿Te gustaría hacerlo?-

-¡Candy!...Candy por favor…no pienses que yo…no quiero que te sientas presionada por nada, el día que tú quieras y realmente estés segura, yo estaré listo y dispuesto también, ¿está bien?- argumentó algo nervioso

Candy enternecida por sus palabras, le sonrió y volvió a recostarse tranquila a su lado para dejarle saber que efectivamente todo estaba bien. Anthony le pasó un brazo por los hombros, para atraerla más cerca de sí. Ambos permanecieron un rato sin decir nada, meditando en las decisiones que la vida les haría tomar de allí en adelante.

- ¿Crees que las actividades del colegio nos dejen tiempo para vernos?- inquirió ella

- Ya veremos como nos las arreglamos, lo importante es que vamos a estar juntos en ese lugar- recordó él con ternura, despejando como siempre sus dudas y temores. Ambos se miraron y juguetearon con sus narices. En el acto, Anthony sin premeditarlo colocó su mano sobre el vientre de ella y Candy al repararlo, no se la retiró, al contrario le acarició su velludo brazo, dándose bríos para soltar lo que estaba pensando.

-…Que tal si lo experimentamos antes de irnos a Londres…- propuso en voz baja una vez más, impresionándolo

-¡Candy!- musitó Anthony asombrado. Creía haber oído mal o estar soñando. Candy al ver su estupefacción, se puso de roja como tomate y enseguida intentó retractarse.

- Olvida que dije eso -

-¡Nada me haría más feliz en el mundo!- se apresuró a decir él, no quería que se sintiera mal, tampoco que se arrepintiera. Candy lo miró entonces con ternura.

- Si estás lista yo también lo estaré… como te lo dije- repuso él, juntando su frente a la suya, ante todo no quería que se sintiera presionada.

Candy cerró los ojos luchando entre todas las buenas costumbres que había aprendido en su corta vida y las nuevas sensaciones de su cuerpo…pero sentirlo cerca, escuchar su tranquila respiración, era la magia más poderosa, la atraía como un planeta con su fuerza de gravedad y quería pertenecerle, porque como presa de un hechizo sentía que no podía vivir sin él. Lucharía contra el miedo que le producía también en el fondo que se diera aquel encuentro porque sabía que era una oportunidad para fortalecer su amor.

-Debe ser antes del domingo…- expresó entonces incorporándose hasta quedar sentada, alejándose un tanto de él – la noche del sábado- agregó un poco nerviosa. Anthony quedando de rodillas frente a ella estuvo de acuerdo

- Será nuestra última noche en América- contempló – de esa forma nunca la olvidaremos-

-¡Promesa!- convino Candy entonces, ofreciendo su dedito meñique en señal de pacto, no debían retractarse de lo que iban a hacer.

-Promesa- acordó él y lo entrelazó


Faltaban solamente cuatro días para partir y los preparativos para el viaje ya empezaban a realizarse. Los empleados les ayudaban a los chicos a empacar sus cosas y detalles como la confección de los uniformes no podían hacerse esperar. El de Anthony ya estaba listo y hasta empacado pero Candy tuvo que pasar dos tardes junto a la costurera porque al suyo debían dársele algunos retoques, ya fuera ajustarle en la cintura, plisarle la falda, dejarle más suelto el talle ya que le estaba creciendo el busto, entre otras cosas.

El lugar que la costurera, una de las mejores de todo Chicago y amiga de la Sra. Elroy elegía para trabajar era la sala. Anthony entonces disfrutaba de sentarse en el sillón mientras fingía que leía algún libro pero lo que en realidad le entretenía era contemplar a Candy con su rostro de aburrida mientras debía soportar aquellas tediosas sesiones, donde parecía una muñeca de mostrador encima de un banquillo a la merced de la costurera quien se ocupaba en perfeccionar hasta los últimos detalles de la vestimenta. La señora Elroy Ardley aparte de cancelarle por adelantado la mano de obra, le había solicitado encarecidamente que tuviera atención especial en el confeccionado de ese uniforme y ella no la pensaba decepcionar, haría que Candy luciera como una de las chicas más atractiva de ese colegio, aunque fuera lo úlltimo que hiciera. Era una profesional decidida.

-Esto será una obra de arte- se decía la mujer para sí misma mientras trabajaba, poniendo un alfiler por aquí sujetando tela y otro por allá, pidiéndole a Candy que sosteniera los hilos y las tijeras o que se mantuviera quieta. A menudo la retaba, era un poco cascarrabias -¡Señorita Candice no se mueva!-

"Digna amiga de la Tía abuela" Candy pensaba, resignándose a aguantar el aburrimiento. Anthony notándolo, caminó hacia el piano donde amenamente decidió encargarse de alegrar el ambiente tocando algunas melodías.

-¡Alce el brazo!- le pedía la mujer a Candy en esos momentos y la interpretación la sorprendió. Candy le sonrió a él que la estaba mirando. Sabía que lo estaba haciendo para ella. La dama también se dio cuenta

¡Basta de distracción! señorita por favor coopere- recalcó, pasándole un trozo de tela para que lo sostuviera. Las notas musicales de Anthony se hicieron entonces más rápidas e intensas, como si quisiera decirle por medio de la melodía a la mujer que dejara a la razón de su existir en paz.

A la costurera le pareció grosero y no hizo nada por ocultar su malestar

-¡Ese chico me desconcentra, por Dios!-

Candy dejó escapar una risita teniendo que cubrirse la boca con la mano. Miró hacia donde estaba Anthony orgullosa de su travesura y en ese momento él le atrapó con la mirada como quería, encerrándola en un abrazo inmaterial como el que deseaba darle, haciéndole participe de la sensualidad que ella despertaba en él, y sus notas al momento se volvieron apasionadas, románticas.

- ¡Pero..qué…!-la modista entonces se quejó y notó entonces el juego de miradas de los dos. Estaban embelesados el uno por el otro -¡Santo cielo, debí suponerlo antes!- masculló fastidiada –¡La juventud de ahora crece tan rápido!-

Anthony sin importarle nada se levantó y fue hasta Candy, quien lo esperaba a la expectativa de lo que iría a hacer a continuación

-¿Por qué no le hace un vestido de novia?- sugirió en cuanto estuvo frente a ella

-¿Qué dice joven Anthony?-

-Es mejor que se lo vaya preparando...porque se va a casar conmigo- completó él totalmente enamorado, mientras tomaba a su princesa de la cintura, la bajaba del taburete, haciéndola girar, provocándole mil y un risas.

La dama lo único que pudo hacer al respecto fue mover la cabeza, estaban perdidos en aquella aventura llamada Amor, que más daba.

Ambos jovencitos comenzaron a bailar por la sala, girando divertidos embebidos el uno en el otro, tal como sucedería dos días después en la fiesta posterior a la boda de Dorothy, en la que por momentos parecían olvidarse de todos y creer que el mundo que habitaban les pertenecía solo a los dos. No habían olvidado en ningún momento que aquella sería también su gran noche.

- Sí que están enamorados- susurraba alguien por allí entre los concurrentes, mientras los veían bailar por todo el gran salón, el cual con permiso de la tía abuela y como un regalo de bodas para el profesor Pierre y Dorothy, había permitido usar de recepción para la celebración. Claro George estaba al mando de todo y pendiente de que nada se saliera de control.

- Así parece, me atrevo a decir que si no fueran tan jóvenes ellos serían los siguientes- opinó el anciano jardinero, el señor Whitman con un vaso de ponche en la mano, brindando por los dos, bendiciendo su amor para que durara hasta el matrimonio – Son como Romeo y Julieta- bromeó, riendo. La mayoría de los invitados, quienes eran sus amigos o empleados del lugar, opinaban igual.

Candy se estaba divirtiendo, había bailado con Anthony casi todas las piezas y sentía que aún tenía mucha energía para dar. Esa noche caerían rendidos pensaba, pero aún así no podía evitar anhelar que las últimas horas fueran especiales, aún más que en esos momentos. Subestimaba que tan cansada o comprometedora una relación sexual podía llegar a ser. Se había repetido mil veces a lo largo del día para sí misma que debía estar tranquila tratando de apaciguar los nervios que le producía pensar en ello, lo quería pero en el fondo también tenía miedo, más a esas alturas le costaba admitirlo. Anthony estaba realmente ilusionado, lo veía en sus ojos, su intensa alegría también le confesaba nerviosismo y advertía en el fondo hasta cierta impaciencia, un par de veces le había sorprendido alguna esquiva mirada hacia el reloj principal.

También se recordó otro punto que tenía a favor... que aquel día era perfecto para llevar el plan a cabo, puesto que no correría ningún peligro en su organismo de quedar embarazada. Había hecho bien los cálculos y él los había corroborado…el solo hecho de pensar en alguna posibilidad de quedarlo le causaba escalofríos.

-Señor Brower, como que pronto va a tener que costear otra boda- comentó la tutora de Gramática al papá de Anthony quien desde su mesa observaba a su hijo y a su joven prometida como desde ya decía él, bailar abrazados una canción romántica, confirmando así que eran la segunda pareja más enamorada del salón.

- Creo que sí y por como van las cosas no me sorprendería que me hagan abuelo muy pronto– opinó echándose a reír a carcajadas, sobre todo después de ver la cara de sorpresa de su tierna nuera quien se ruborizara hasta la médula al oír su comentario – Creo que dentro de pocos años estaré asistiendo a la de ellos- añadió. El Capitán Brower tenía un buen humor bromista que sacaba a relucir una vez que se sentía en confianza como en esos momentos.

- Papá, por favor- dijo Anthony. Los chicos se miraron con complicidad y confundidos, el comentario les había caído como una señal para que recordaran la seriedad del asunto, más ninguno de los dos estaba dispuesto a dar vuelta atrás en su decisión.

Recordaron las emociones que habían sentido al estar frente al altar horas antes, uno a cada lado de Dorothy y Pierre, representando las funciones de padrinos. La emoción de ver a sus grandes amigos jurarse amor eterno y comprender que pasaban a etapa de sus vidas, donde ya no vivirían cada uno por su cuenta sino que se tendrían el uno al otro como apoyo en todas las circunstancias.

Dorothy, linda en su vestido blanco con florecitas de encaje incrustadas en la tela y su largo cabello marrón cayendo como cascada en su espalda, estaba nerviosa al empezar a recitar sus votos, tartamudeó un poco al principio pero luego colocó toda su confianza en Pierre que lucía guapísimo, galante e impecable en su frac negro, quien era su pilar y su fortaleza y lo seguiría siendo por el resto de la vida.

Candy recordaba las miradas que Anthony le dirigiera en aquellos momentos, dentro de las cuales ya casi podía leer, hablándole de lo que ella significaba para él, de la promesa secreta que tenían y que por nada del mundo dejaría caer. Ella corroboró aquellos sentimientos como mutuos, brindándole dulces sonrisas, sin poder evitar emocionarse un poco y que se le humedecieran los ojos, le veía parado detrás del novio de la ceremonia, también sumamente elegante en su smoking negro con un rosa blanca en el bolsillo, tan joven pero a la vez tan importante en su vida. Se enternecía de solo pensar en todo lo que significaba para ella desde el día en que tuviera la dicha de conocerlo, después de todo lo que habían pasado y lo que habían llegado a ser hasta entonces. Algunos presentes creían que la emoción de Candy se debía a estar presenciando aquel sublime momento, otros sospechaban la situación entre ella y el joven Brower. Lo que no sabían bien era la conexión que sentían ambos, lo bello que era imaginarse que esa boda en realidad era de los dos. Más alguno que otro gesto de cariño escondido, algún guiño de ojo o algún besito volado que sobre todo él dejó escapar, no dejó lugar a ninguna duda.


Las horas transcurrieron lentas hasta que la fiesta empezara a amainar y los invitados poco a poco se fueran retirando. George cuidó de que todo fuera hasta determinada hora. Para las dos a.m. ya el salón debía estar desocupado, tal como les había hecho saber secretamente a los organizadores, y como la mayoría eran gente sencilla, se retiraron a seguir celebrando por su cuenta. Como de costumbre el lugar escogido fue la casa del bonachón Sr. Whitman, quien a esa hora de la madrugada y un poco pasado de copas aun tenía mucha energía. Su esposa, sus hijos y sus nietos quienes también estaban invitados a la fiesta aceptaron encantados, eran conocidos en todo el pueblo como fiesteros.

Uno de los últimos en irse fue el Capitán Brower quien debía partir de la ciudad a primeras horas de rayar el día.

- Pero papá estarás exhausto para cuando amanezca- le recordó Anthony preocupado

- No te preocupes Anthony, estoy acostumbrado a esto, si hubieras visto las fiestas que organizábamos en la Marina, y las que suelen realizar en la Compañía naviera- se rió el Capitán

- ¡Papá!- expresó Anthony sin poder creerlo moviendo la cabeza y sonriendo. A Candy también le pareció divertido.

- Así es, algún día les llevaré a alguna- añadió el Capitán y acto seguido tomó la delicada manito de Candy y depositó en ella un beso, haciéndola pensar que entendía de donde Anthony había sacado toda su galanura – Mi preciosa señorita, ha sido un gusto para mi conocerla, no sabe la inmensa felicidad que me brindó en estos pocos días al permitirme pasar junto con mi hijo por su bondadosa acción y la que siento dentro de mi al saber que Anthony la tiene a su lado…-

Candy se sonrojó tocándose la mejilla, modesta

- No se preocupe Señor Brower, yo adoro a su Anthony y me encanta que hayan podido reunirse de nuevo, no podría sentirme más feliz tampoco- confesó con los ojos brillosos, mientras Anthony que le miraba más atrás

- Gracias por todo - expresó el señor Brower acercándose y dándole un último beso en la frente con bondad. Candy que nunca había tenido un padre no pudo evitar sentirse conmovida y que una lágrima se resbalara de sus ojos.

Luego el Capitán se dirigió a su hijo para despedirse de él

Pórtate bien guerrero, quizá pasen meses, pero nos volveremos a ver, te lo prometo- Le dio un profundo y fuerte abrazo que pareció durar varios minutos, mientras a Candy llorando se le estremecía el corazón al ver tan hermosa escena.

- Te escribiré cada semana…te extrañaré papá-

- Y yo también a ti…no olvides mi dirección, está bien-

Anthony negó con la cabeza

- Pórtate bien campeón- agregó por último el Capitán Brower revolviéndole la cabeza con cariño , después se dio la vuelta y subió al coche.

- Recuerden…- manifestó sacando la cabeza por la ventana mientras el coche empezaba a andar- no claudiquen en luchar por lo que quieren, nada es imposible si lo intentan y recuerden a donde quiera que vayan que siempre tendrán un apoyo en mí-

-¡Lo haremos, adiós papá!- gritó Anthony corriendo tras el coche mientras éste ganaba velocidad

-¡Adiós Papá!- gritó Candy a su vez yendo junto a él, agitando las manos. El capitán Brower se despidió moviendo la mano también, y a la luz de la luna de esa madrugada a Candy le pareció ver que también lloraba, luego en silencio se colocó el sombrero con solemnidad como el elegante caballero que era y su carruaje se alejó por el camino del gran jardín.

Candy entonces asió delicadamente la mano de Anthony a su lado, quien sabía que al momento estaba dolido y cuando miró en sus ojos se dio cuenta de que estaba llorando. Con ternura entonces se inclinó y le dio un besito en los labios, recordándole que estaba a su lado en las buenas y en las malas. Anthony le sostuvo de la cintura agradecido.

En ese instante Candy estuvo segura de cuanto quería pertenecerle, y estaba llegando el momento, se estaban quedando solos. Anthony le interrogó con la mirada a la expectativa de que confirmara que seguían adelante con el plan y ella asintió. Le tomó de la mano y lo condujo hacia la casa.


Habían quedado que iría a su habitación en una hora, cuando ya todo estuviese tranquilo.

La mucama que se había encargado de preparar que Candy tomara un baño y se acostase estaba también media ebria y hacia ya mas de media hora que se había retirado a seguir festejando.

Candy llevaba la cuenta de que faltaban cada vez menos minutos para la cita mientras se paseaba hecha un manojo de nervios de un lado al otro por la habitación y se preocupaba de que la ventana estuviera bien cerrada, después de haberla abierto por tercera vez para verificar la hora en el gran reloj de la torre sur.

"Para que Anthony no se resfríe cuando se quite la ropa" pensó en su interior al sentarse frente al espejo, en su tualet y viéndose enrojecer. Apoyó entonces sus codos en la cómoda, hundiendo su cara entre las manos. Qué iba a hacer.

Poco después cuando pasó su minuto de debilidad, suspiró y recuperando la compostura se sentó derecha frente al espejo, se acomodó el salto de cama púrpura satín que tenía encima de su pijama rosa y adoptó más seriedad, estaba bonita después de todo, pensó. Comenzó a cepillar su largo y sedoso cabello que había cuidado de no mojar y olía frutas. Sabía que a Anthony le fascinaba cuando lo dejaba suelto y lo imaginó pasando sus dedos a través de el, induciéndole de nuevo el revoloteo de mariposas en su estómago. Candy sacudió la cabeza alejando esos pensamientos, se los guardaría para después. Volviendo a erguirse trató de recuperar la tranquilidad y en el acto tomó una botella de perfume la cual estaba más allí de adorno porque nunca la usaba y apretó la borla sobre sí sin pensarlo, provocándole tos al aspirar el fuerte aroma.

-¡Rayos!- se quejó. Incómoda enseguida intentó retirarse con un pañuelo la fragancia y fue entonces cuando escuchó unos suaves golpecitos en la puerta.

-¿Quién es?- exclamó pasmada, aunque ya lo sabía

- Soy yo Candy, ábreme- respondió Anthony en voz baja. Con valor ella se levantó y fue a abrir.

Allí estaba él, hermoso y galante, con el cabello rubio algo húmedo porque también se había bañado, unos pantalones de algodón negros para dormir, una sencilla camisa blanca entreabierta y descalzo para no hacer ruido. La observó simpático, deleitándose en su rubor, haciéndole bajar la mirada. Entonces le entregó algo que traía oculto a sus espaldas. Una Dulce Candy que la enterneció.

- Gracias - musitó tímidamente dejándolo pasar y aspirando su aroma, volviendo a cerrar la puerta tras él. Anthony a su lado dirigió su mano también a la manija, rosando en el acto la de ella para ponerle seguro.

- Debemos asegurarnos de que nadie llegue a entrar- repuso hablándole de cerquita, ella estaba embobada mirándolo, Anthony entonces aprovechó para acercarse más hasta depositar un suave beso sobre su pelo -¿A que hueles?- le preguntó notando el curioso pero delicioso aroma, más Candy nerviosa en esos instantes huyó de él como un ratón asustado.

- Voy a poner la rosa en agua- excusó con voz temblorosa, corriendo hacia su pequeño baño donde llenó de agua un delicado florero que tenía para luego colocarlo con la flor sobre la cómoda. Entonces vio que Anthony observaba a través de la ventana, sosteniendo la cortina con una mano. Bello y misterioso, esperando por ella, pensó.

En cuanto notó que había regresado, sus ojos vacilaron, supo que estaba nervioso también y se sintió más tranquila. Bueno, esa noche sería para los dos, así que debían relajarse.

- ¿Qué crees que Dorothy y Pierre estén haciendo en estos momentos?- preguntó como quien no quiere la cosa, con cierta coquetería para empezar a avivar la situación.

- Lo mismo que vamos a hacer tú y yo ahora- ruso él con sensualidad, caminando hacia ella.

Candy con ilusión comenzó a desamarrar su bata, la que dejó luego caer hasta el suelo, quedando en pijamas ante él. Vio la emoción reflejada en sus azules ojos con su premeditado acto y secretamente se alegró al anotarse un punto en su misión de empezar a volverlo loco esa noche.

Aunque su pijama de niña era matapasión, compuesta de pantalón y blusa abotonada, a Anthony no podía parecerle más atractiva y hermosa. Acercándose a ella que le observaba con timidez y algo de temor la encerró en un tierno abrazo besando delicadamente su nariz y su frente, aspirando el aroma frutal de su cabello.

- Te amo Candy…no voy a hacerte daño- le recordó. Se percató de que ella estuviera tranquila, acariciándole el rostro y la barbilla y luego la cargó entre sus brazos para llevarla a la cama, donde la depositó con suavidad, más él travieso se lanzó a su lado, recostándose cerca, haciéndola reír.

Candy empezó a delinear delicadamente su perfil, mientras él la miraba con inmenso amor.

- Tus ojos Candy, me hipnotizan- le dijo. Ella recordó que una vez le había contado que le recordaban a los de su madre y sintió aún más amor por él, porque también estaba solo y necesitaba igual amor que ella.

- ¿Me va a doler?- le preguntó en voz queda

- No si te lo hago despacio- contestó él, creyendo fielmente en todo lo que los libros le habían enseñado. Candy confió en él. Entonces comenzaron a besarse.

Candy dejó viajar su mente por sus recuerdos, al día en que lo conoció en el portal de las rosas, a la emocionante vez en que le volvió a ver durante su primer baile, a la tarde en que cabalgaran juntos por las inmediaciones de Lakewood sintiéndose libres como el viento y él le había confesado que le gustaba…casi hasta podía escuchar ese lejano eco de sus palabras dentro de su memoria. A la mañana que ella a su vez le gritó que también le quería, sintiéndose después avergonzada por lo que había tenido que salir corriendo y al día de la cacería cuando empezara todo, después de que ella se confesara por su temor de perderlo… Ese temor que casi le había atravesado partiéndole en dos como un rayo y que nunca jamás deseaba volver a sentir. Apasionada le pasó al momento los brazos por el cuello, avivando el beso y Anthony contagiado de su furor, lo intensificó. Llegaron a un punto en que tuvieron que separarse porque se les dificultaba respirar.

- ¿Estás bien amor?- preguntó Anthony

- - afirmó Candy agitada, se alejó entonces un poco, arrimándose al respaldar de la cama, mordiéndose el labio inferior, tomando valor para realizar lo siguiente que pretendía hacer, mientras Anthony arrodillado sobre la cama estaba a la expectativa del movimiento de sus manos. Ella las llevó hasta su blusa, que poco a poco empezó a desabotonar.

-Candy…-

-No soy tan desarrollada como Eliza, pero también tengo lo mío- argumentó al terminar, recordando como la antedicha utilizaba sus encantos para manipular a los hombres, incluyendo a él una vez, mientras un fino camino de piel se dejaba ver por su torso hasta su ombligo. Anthony la abrazó inmediatamente

- Para mí eres la chica más hermosa del mundo, no me importa Eliza ni nadie…solo tú- expresó apasionado. Ella no se movió, entonces lentamente él empezó a descubrirla y despojarla de la ropa mientras no dejaba de mirarla a los ojos. Iban a verse desnudos por primera vez.

Cuando la blusa de Candy cayó sobre la cama, ésta inmediatamente intentó cubrirse toda arrebolada pero para esto, él ya le había visto y su sonrisa expresaba una profunda ternura como si ella fuese en verdad lo más bello de la Tierra y él estuviese inmensamente dichoso de tenerla, como si aquel momento lo hubiese ansiado toda la vida. También estaba sonrojado y eso a Candy le agradó.

- No te cubras- pidió, tocándole los brazos que ella había colocado sobre su pecho, logrando que los retirara y lo abrazara de nuevo, colocándose más cerca de él, fundiéndose de nuevo en un beso que empezó pudoroso por la presente situación pero fue subiendo de nivel mientras él la recostaba de vuelta lentamente sobre el colchón posicionándose entre sus piernas.

Entonces subiendo las manos desde su plano vientre, disfrutando de sentir su delicada piel, su fina cintura, llegó hasta sus senos que le recordaban a los botones de rosas al abrirse, delicados para ser el que los tocara por primera vez.

Candy cerró los ojos sintiendo sus caricias, dejándose llevar, su cuerpo reccionaba favorablemente a sus estímulos. Entonces el cambió su boca por sus manos en todos los lugares que antes había recorrido. Candy suspiró fijando su vista en el techo y en la finas cortinas de su dosel, luchando por echar a un lado todo su pudor y el fuego que le quemaba las mejillas…más él le hacía sentir tan bien, sus acciones le provocaban cosquillas que amenazaban con convertirse en gran placer, placer que ambos buscaban sentir.

Con dulzura acarició la cabeza de él, que la miró inundado por la pasión. Ella entonces le rosó la boca con su dedo índice y empezó a dibujar suavemente una ruta invisible desde su barbilla, pasando por su cuello hasta llegar al primer botón de su camisa, que con la ayuda de él mismo empezó a desabotonar.

Anthony se quitó rápidamente la camisa para quedar los dos en las mismas condiciones y volvió a colocársele encima. Aunque todavía no se volvían uno como perseguían, desde ya sentía que le pertenecía y no quería separarse de ella.

En cuanto lo tuvo sobre sí, Candy se deleitó contemplando su torso desnudo. Acariciando sus recios hombros, la firmeza de sus músculos, admirando su fuerza y cuando nuevamente la abrazó, no pudo evitar besar y mordisquear la parte superior de su hombro, haciéndole gemir. Cosa que le causó gracia.

-Shhh…- él le recordó que debía hacer silencio. Sabían que George había caído rendido ante el sueño a eso de las dos y media de la mañana, una vez que todos los invitados se fueran, pero era mejor no hacer ningún ruido que pudiera alertar a los empleados , a los pocos que ya dormían en la planta baja y funcionaban de guardias, como él les había designado, de un comportamiento indecoroso entre los dos. Lo que menos querían era a un George con cara de policía mal pagado regañándolos y censurándolos en esos momentos de intimidad.

-¡Oopss, cierto!- exclamó ella cubriéndose la boca por lo que casi había echo. Él sonriendo, bromeó que iba a atacarle el cuello como un vampiro haciendo gruñidos y provocándole retorcerse entre risas que procuraba fueran lo más bajitas posibles, hasta escapar de su agarre y poder colocarse encima de él. Anthony sintiendo su pecho subir y bajar la observó extasiado, mientras ella tomaba el control.

- Ahora estás totalmente bajo mi poder Anthony Brower- le sentenció, mientras se sentaba sobre él jugueteando con sus cabellos, los cuales acomodó encima de su pecho para cubrirlo en parte.

- Te doy permiso para hacer conmigo lo que quieras- le animó él. Candy bien dispuesta, se inclinó sobre él y tal como hiciera con ella, comenzó a repartir besitos por todo su pecho, acariciando sus omóplatos, mordisqueando suavemente sus pezones, haciéndole saber cuanto lo amaba.

Él por su parte hizo otro tanto, empezando a tocarla también lentamente. Candy desde ese punto le brindaba una vista magnifica de su semi desnudez.

Candy cerró los ojos a merced de sus caricias, sintiéndose encerrada en ellas que le habían tomado por sorpresa, disfrutando de sentir a Anthony por todo su cuerpo.

Él terminó enredando sus manos en su cabello, tal como ella quería, acariciando su cuello, su rostro, el mismo que de repente le parecía tan pequeño entre sus manos, perdiéndose en su verde mirada llena de deseo, de inocencia robada que Candy le brindara al abrir los ojos de nuevo. No soportó más y deseó besarla. Se abalanzó sobre ella apretándola más a él. Besando su níveo cuello de ambos lados, su cara, su pecho, recostándola otra vez en la cama, donde retozaron dando vueltas, deteniéndose únicamente cuando terminaron al filo, justo a punto de caer, causándoles risas.

Candy tomó una almohada y lo golpeó con ella haciéndolo reír aún más, luego recogió el edredón que había caído al suelo producto del remolino de la pasión y volvió a subirse a la cama. Anthony sentado sobre sus piernas la recibió nuevamente en sus brazos, acomodándose en el lado correcto, completamente feliz de tenerla junto a él. Depositando besos en sus mejillas y jugueteando con sus cabellos.

- Eres lo más valioso que tengo Candy- susurró despacio, acariciando de nuevo la piel de su vientre como solicitándole que permiso para continuar. Candy dejando caer sus brazos a los lados, le rosó sin querer en su humanidad robándole un gemido que la hizo sobresaltar.

- Estoy bien- expuso Anthony al notar su mirada de inquietud.

Candy recordó que toda la fuente de placer para los hombres se encontraba precisamente allí, en esa parte entre sus piernas que le daba verguenza nombrar... más ella quería proporcionarle también el mismo placer que él le estaba brindando a ella, por lo que guardándose los tapujos le preguntó:

- ¿Puedo tocarte?-

- Eres libre de explorar donde quieras- respondió él sin complicaciones. Entonces Candy incentivada también en parte por la curiosidad, empezó a introducir con cuidado su mano dentro de su pantalón, mientras él hacía lo mismo en el de ella.

Ambos procuraron acercarse más, recostados de frente como se encontraban, sintiendo sus respiraciones acelerarse al igual que los latidos de sus corazones y sus gemidos confundirse al hurgar cada uno en la intimidad del otro.

- ¡Candy detente!- suplicó él en un momento, con la voz casi entrecortada. Candy obedeció enseguida. Poco después, un poco más repuesto él se posicionó sobre ella.

Agitada como se encontraba, Candy se dijo que el momento decisivo estaba llegando y se abandonó a lo que le iba a hacer.

Excitado, Anthony comenzó a besarla nuevamente, más los nervios esta vez se apoderaron de ella impidiéndola concentrarse, atacándole el temor. Recordó entonces el Hogar de Pony, las verdes colinas que se erigían más allá donde solía jugar en su temprana niñez, a su madres y maestras y las enseñanzas aprendidas allí... Cuando Anthony dirigió las manos a su pantalón rosa para bajarlo, la escuchó sollozar, obligándolo a detenerse.

-¿Que sucede Can?-

-No puedo…lo siento…- confesó llorando – Aún no estoy lista…-

Candy se atenía a las consecuencias que podía acarrear su cobradía en una situación así. No sabía que actitud iba a tomar él, tenía todo el derecho a enojarse y lo sabía, quizá la violaría, jugando con fuego, le había permitido llegar muy lejos, más lejos de lo permitido y ahora cuando estaban a punto de cruzar la meta se echaba para atrás como una cobarde, por lo que cerró los ojos ateniéndose a cualquier consecuencia. Pasaron unos instantes y lo que no esperaba fue la reacción de comprensión de Anthony, que enseguida la cobijó entre sus brazos, besándole la cabeza, comprendiéndola.

- No te obligaré a nada Candy… jamás voy a hacerte daño, cuando quieras que suceda, sucederá-

Abrazándolo también Candy lloró aún más, agradecida por entenderla...Más el último beso que pensaron darse, dio paso a uno más y luego al siguiente, provocando que sus cuerpos se juntaran completamente y el sentir sus pechos desnudos en pleno contacto les disparó chispas de electricidad por todo el cuerpo, dejándolos sin aliento. Entonces Anthony asió a Candy de la fina cintura y sin poder contenerlo más restregó con firmeza su sexo con el de ella aún debajo de la ropa, sorprendiéndola y excitándola al máximo.

La emoción para los dos fue tan fuerte que llegó en esos momentos barriéndolo todo como una gran ola abrazando a la playa, una onda de placer profunda que les elevó a las nubes.

Candy con la vista nublada producto del éxtasis le vio caer sobre ella en la misma situación, apretándola fuertemente contra sí, expresó un jadeo y luego se quedó quieto.

Cuando todo pasó, se sentía extraña, todo había sucedido tan rápido que le parecía estar soñando. Aunque no habían tenido sexo real supo que habían tenido un orgasmo, "un orgasmo virginal" pensó con gracia, sintiendo ternura por el chico que yacía debruzado sobre ella.

-¿Anthony?- preguntó. El levantó lentamente su rostro, también lucia exhausto después de experimentar aquella sensación tan fuerte.

- Candy…- suspiró besando su frente, sus cuerpos estaban sudorosos – gracias por todo amor mío-

- Te amo- le recordó ella con la voz un poco temblorosa, no tenía nada que agradecer.

- Y yo a ti - repuso él -…y ahora... ahora tengo que ir al baño- recordó con incomodidad, levantándose rápidamente para ir hacia allí. Candy miró entonces abajo hacia sus pantalones que eran la única prenda que la tapaba, los cuales yacían húmedos y no sabía exactamente por los fluidos de quien. Suspirando se dejó caer sobre la almohada, las cosas no habían resultado tan sencillas como parecían. Pensó entonces que después de que saliera Anthony del baño, iría ella.


- Quiero que sepas que lo que pasó anoche, no cambiará nada las cosas entre nosotros…es un secreto que guardaremos entre los dos- dijo Anthony aquel soleado día mientras estaban sentados en una banca del puerto mirando el mar. Sobre sus cabezas volaban bandanas de gaviotas que parecían juguetear con la brisa marina.

- No me arrepiento de lo que sucedió, me alegra que hayamos tenido esta experiencia los dos – comentó Candy a su vez – siempre hay una primera vez para todo, y me alegra que en mi vida todas esas primeras cosas tengan que ver contigo- confesó, cautivándolo. Anthony confundió sus ojos azules con el mar, abstrayéndose en su inmensidad.

- Llegará el día en que estés lista… prometo respetarte mientras lo consigues- agregó. Candy sentía que no podía amarlo más.

- Gracias amor-

-¡Joven Anthony, Señorita Candy!- escucharon gritar entonces a George, quien debía estarles buscando desesperadamente puesto que eran consientes de que hacia un buen rato que se le habían desaparecido.

- No hagamos sufrir más al pobre George, vamos con él- dijo Anthony guiñándole el ojo, haciéndola sonreír y tomados de la mano bajaron las escaleras que separaban el pequeño parque del muelle. Vieron a George que los esperaba abajo con cara de enfado. Era hora de abordar.

Candy siempre guardaría en su memoria cuando leyó el gigantesco rótulo del buque que la llevaría hacia una nueva etapa en su vida: MAURITANIA.


Nota: A Val Rod, Dajannae8, Sakura Chan, Lupita1797, Ana, Vikiar, Flor...entre otras más muchisimas gracias por todo el apoyo. Ya estoy trabajando en el siguiente capítulo y actualizaré pronto. Un gran abrazo. =).

Atte

Belén