DISCLAIMER: Sólo los personajes pertenecen a la maravillosa Stephanie Meyer; la trama de la historia, los lugares y algunos personajes son de mi propiedad.

Hola a todas/os:

Aquí os dejo un nuevo capítulo. Espero y os guste.

Beteado por mi querida Esmeralda Cullen que siempre me da buenos consejos y me brinda simpre su ayuda.

El link de la soundtrack del fic lo tenéis en mi perfil

Las canciones del capítulo:

The Eternal Forest — Brunuh Ville

Heaven & Hell — Brunuh Ville

Spirit of the Wild — Brunuh Ville

The Masked Ball — The man in the iron mask

Clair de Lune — Debussy


De Mi pequeña Niña A Mi Gran Amor

Capítulo 18

La calma antes de la tormenta

Enzo Pov:

Me sentía completamente perdido, como si estuviera cubierto de una inmensa neblina; me negaba a pensar qué sería de mi vida sin ella... ¿Para qué ser inmortal si no tienes tu otra mitad?

No, estaba seguro de que no podría, rompería cualquier regla y acabaría con mi vida.

—Tranquilo, os aseguro que nadie os va a atacar —me susurró sosegadamente el hombre de cabello rubio al notar mi posición defensiva ante un posible ataque, pero entre mis brazos se encontraba lo más preciado para mí y lo protegería con mi propia existencia—. Solo queremos ayudaros. —Me sonrió de manera pacífica, pero con un deje de preocupación y asombro en su voz—. Lo mejor será irnos cuanto antes al castillo, debemos atenderla con rapidez. Fred, adelántate y avisa a Argus, nos encontraremos en el despacho en breve —ordenó con ansiedad mientras nos miraba con fascinación y felicidad, en especial a ella. Algo me decía que debía estar con todos mis sentidos alerta.

Luego de que el primer vampiro desapareciera velozmente, acomodé su cuerpo delicadamente en mis brazos y acompañé a ambos hombres, quienes nos protegían como si fuéramos familia, y lo que más me impresionó es que pertenecían al clan Vulturi.

Justo el clan al que teníamos que liquidar, pues, supuestamente, eran unos asesinos despiadados que lo único que les interesaba era el poder y que acabarían con aquellos vampiros que no se unieran a sus filas. Esas fueron las palabras de Stephan y Vladimir para meternos en esta guerra, en la cual pensaba participar, pero desde luego no en su bando; estaba cansado de sus atrocidades y amenazas, mi mundo entero estaba entre mis brazos y por ella lucharía contra todo. Más ahora que me daba cuenta de mis verdaderos sentimientos y de lo engañado y ciego que había estado para no querer darme cuenta, o tal vez era el miedo a no ser correspondido, y por eso me oculté bajo una máscara de hermandad. Sin embargo, la única verdad era que la amaba desde que la conocí tres siglos atrás salvándome de una muerte segura y terriblemente dolorosa.

Tan ensimismado iba en mis pensamientos que ni cuenta me di de cuándo llegamos a un oscuro callejón totalmente empedrado y el cual no poseía salida alguna, ya que estaba rodeado por inmensas paredes de piedra, excepto por un viejo respiradero que parecía más bien una gran alcantarilla, situado en el suelo casi al final del lado derecho. El vampiro de mayor envergadura abrió la trampilla, produciendo un pequeño chirrido y, seguidamente, se colocó aun lado, cediendo el paso al hombre de cabello rubio con porte señorial, mientras observaba en todas direcciones como buen vigía. Estaba claro quién era el líder, el cual saltó al vacío por el oscuro hueco, que parecía ser bastante profundo.

—Debes soltarla con lentitud. —Lo fulminé con la mirada mientras un fiero gruñido, a modo de advertencia, salía de mis labios—. Tranquilo, el Maestro la cogerá, no sufrirá ningún daño —me aseguró con tono apaciguador.

Sin dilatar más la situación, deslicé con suma delicadeza su cuerpo por la trampilla, lentamente, no sin antes ratificar que él estaba esperando para cogerla en sus brazos. Apenas escuché cómo su cuerpo era atrapado salté al vacío, hasta aterrizar suavemente en un camino de arenilla rocosa que desembocaba en unos oscuros y lúgubres pasadizos, donde el rubio vampiro me esperaba con ella en brazos, quien al percatarse de mi ansiedad por recuperarla me brindó una cálida sonrisa de entendimiento mientras depositaba con suma delicadeza su cuerpo entre mis brazos, y que junté lo más posible a mi cuerpo. Necesitaba sentirla cerca para apagar el mar de sentimientos que fluían no solo por mi mente.

Tan pronto se nos unió nuestro tercer acompañante, retomamos la marcha por unos pasadizos de piedra rocosa y suelo de arena batida, eran tan estrechos que solo dejaban espacio a una persona. Así que no me quedó más remedio que colocarla sobre mi hombro para poder avanzar por ellos con mayor fluidez. Además de tenebrosos y asfixiantes, en especial para los mortales, podía percibir el olor a humedad y encierro, característico de las cuevas y catacumbas, por lo que agradecía el hecho de ser un vampiro y no tener la necesidad de respirar.

Tantos túneles, conectados unos con otros, formaban un espeluznante laberinto, del cual sería difícil salir si no se los conocía bien. Además, no me extrañaría que fuera la guarida ideal para todo tipo animales reptantes y voladores; de hecho, los siseantes y chirriantes ruidos me lo confirmaban, no dudaba que en cualquier momento alguna rata se cruzara en el camino.

Es más, estaba seguro de que por la temperatura y oscuridad este lugar resultó en sus tiempos un sitio ideal para encarcelar, torturar, matar y esconder los cadáveres.

Ante nosotros apareció una rocosa, desgastada y angosta escalinata, que nos dio paso a una gruesa puerta de madera maciza, que comunicaba con un pequeño corredor de suelo de piedra, adoquinado e iluminado con pequeñas lámparas hasta llegar a una pequeña habitación llena de tapices, cuadros y esculturas. Una de estas últimas se abrió, dando a un pequeño pasadizo alfombrado que nos revelaba una camino y al final unas escaleras que nos llevaron hasta un majestuoso despacho, donde un par de vampiros nos esperaban; a uno de ellos ya lo conocía.

—Maestro, me tomé la libertad de informar sobre lo sucedido a Argus —le explicó Fred, mientras el anciano vampiro se me presentaba y, con cara amigable, me indicaba que la tumbara en el sofá para poder examinarla.

—Has hecho bien, Fred, no sabemos qué le ocurre y el tiempo puede ir en nuestra contra —le respondió con gratitud el rubio, sin apartar un instante la mirada de ella.

A mi cabeza llegaron las palabras mencionadas por él en cuanto se encontraron frente a frente, en la calle...«¿Eres tú? ¿De verdad eres tú? ¡No puedo estar alucinando!». Por más que intentaba hallar respuesta, no daba con ninguna, ya que su única compañía hasta que llegué era la soledad, pues no compartía tiempo con nadie del clan, de hecho, la habían apodado «La Dama Solitaria». Sin embargo, algo extraño había en todo esto, él la miraba como si la conociera de toda la vida y me fijé en sus…

—¡Déjenme! No me hagan daño. No quiero morir ¡Ayuda! —De pronto comenzó a gritar al mismo tiempo que su cuerpo empezaba a temblar.

—Siéntate con ella y tómala en brazos. Necesito que se calme para poder adentrarme en su cabeza —me ordenó Argus con nerviosismo. Y en una milésima de segundo ya estaba en el sofá con ella recostada en mi pecho, meciéndola, algo que siempre le gustó; decía que era el único lugar en el que se sentía segura y protegida—. Esto es más grave de lo que imaginaba. —Negó con la cabeza.

—Fred, Aser, id a por mis hermanos, necesito que estén aquí cuanto antes, pero solo decid lo necesario, ni una palabra más —ordenó con voz de mando el elegante vampiro y seguidamente se escuchó la puerta cerrarse—. Argus, ¿qué es tan grave?, ¿habías visto algo similar? Habla, por favor. —Se movía inquieto por la estancia.

El anciano no pudo ni comenzar a responder ese pequeño interrogatorio, pues el cuerpo que estaba entre mis brazos empezó a convulsionar con demasiada fuerza y rapidez, tanto que me estaba costando bastante inmovilizarla.

—Mi pequeña ninfa, estoy aquí contigo, cálmate, por favor... Nunca voy a dejarte, eres lo más importante para mí. Sin ti mi existencia no tiene sentido —le susurraba al oído sin dejar de acariciar su rostro y cabello—. Por favor, amor, despierta, abre los ojos... Te necesito junto a mí; por favor, ninfa, déjame ver tus ojos y perderme en ellos... —No paraba de abrazarla suavemente, al mismo tiempo que la mecía y besaba su frente.

—Hermano, ¿qué es lo que ocurre?, ¿por qué nos has llamado con tanta premura? Acaso estamos en... —Una nueva voz me hizo levantar la mirada un segundo, encontrándome a dos nuevos vampiros que se habían quedado como estatuas mirando en nuestra dirección, parecía que estuvieran petrificados.

—¿Es ella?, no puede ser, debo estar soñando... —murmuraba uno de ellos, sin quitarnos la vista de encima.

—Hermanos, es ella... Estoy seguro, después de tanto tiempo, la encontramos —les explicaba emocionado el rubio y a pesar de mi confusión y necesidad por saber, mi prioridad estaba entre mis brazos y el resto carecía de importancia.

Sus convulsiones fueron disminuyendo hasta que su cuerpo se relajó por completo; en ningún momento dejé de contemplarla mientras acariciaba con dulzura sus mejillas; de pronto, una pequeña sonrisa se formó en sus labios y sus preciosos ojos se fueron abriendo poco a poco hasta que nuestras miradas se unieron.

—Enzo, quédate a mi lado, no te vayas, te necesito junto a mí —suplicó, mirándome aturdida y agarrándose firmemente a mi cuerpo.

—Te amo, mi ninfa. —Besé su frente y mejillas—. Nadie me separará de tu lado, siempre estaremos juntos —musité en su oído—, más tarde hablamos, te amo. —Asintió sonriente, acariciando mi mejilla al mismo tiempo que fue acercando su rostro al mío, hasta unir nuestros labios en un dulce beso que daba a entender que era correspondido y que luego tendríamos tiempo para las confesiones de nuestros sentimientos.

Su cuerpo comenzó a temblar en el instante que observó a su alrededor y percibió las distintas miradas sobre ella, en especial la de los tres hermanos vampiros que la miraban con inmensa adoración

—Enzo, ¿dónde estamos?, ¿quiénes son ustedes? —El tono de su voz cada vez era más alto, revelaba su angustia—. ¿Qué me ha pasado?, lo último que recuerdo es que ambos estábamos paseando por Volterra y luego, nada. —Su mirada recayó de nuevo en mí, esperando una explicación.

—Pues... luego percibimos unos aromas de vampiro y algo te llamó tanto la atención que decidiste seguirlos; sin embargo, apenas habíamos avanzado unos metros cuando nos rodearon sin intención de hacernos daño, pero de pronto tu mirada se encontró con él —señalé al vampiro rubio— y, de repente, comenzaste a gritar de dolor mientras te llevabas las manos a la cabeza; eras incapaz de escucharme, tu mirada estaba como velada hasta que, segundos después, perdiste el conocimiento, cayendo desmayada en mis brazos. —La abracé un poco más fuerte, al pensar que podía haberla perdido para siempre.

»Luego te trajimos aquí, para que pudieran examinarte y saber qué te había sucedido. —Acaricié su mejilla, perdiéndome unos instantes en los sentimientos que sus ojos reflejaban—. No vuelvas a darme un susto así jamás, pensé que te perdía y eso habría sido mi muerte. —Besé la punta de su nariz, logrando que sonriera por unos segundos antes de que su ceño se frunciera y llevara sus manos a la cabeza, sujetándola, al parecer le iba a pasar de nuevo.

—Me duele, por favor, Enzo, ¡haz que pare! —gritaba con los ojos cerrados, apretándose fuertemente contra mí mientras la acariciaba intentando que su dolor menguara.

—Mi pequeña bailarina —afirmó con ternura el rubio vampiro mientras se acercaba hasta nosotros y rozaba con cariño su cabello.

—Bailarina… Caballero…Filósofo… Gladiador...—repetía en susurros mientras recargaba su cabeza en mi pecho y abría sus ojos—. Os conozco, ¿verdad? Vuestros aromas, facciones, me son conocidos, pero todo es tan extraño, no sé qué recuerdos son verdad y cuáles mentira. Mi mente es un revoltijo de imágenes. —Movía su cabeza de un lado a otro, intentando aclararse.

—Es normal que se sienta tan confusa, señorita. Soy Argus, quien la ha estado examinando, y al fin he podido descubrir la causa de sus dolores y desmayo. Algo demasiado extraño en los de nuestra especie. Tanto que solo me he encontrado con un caso en los muchos siglos que llevo en esta vida. —Se acercó hasta quedar frente a nosotros—. Tiene usted una gran fortaleza, no cualquier vampiro sería capaz de soportarlo. Dígame, ¿es la primera vez que siente pinchazos en la cabeza u otro tipo de sensaciones? —Negó con un gesto de cabeza—. Me lo suponía; le han suplantado sus verdaderos recuerdos por otros y, si me permite, borraré los falsos dejando solo los reales —finalizó su explicación a la espera de la respuesta.

Un apretón en mi mano hizo que mi mirada buscará la suya en una muda conversación, donde ambos teníamos el mismo miedo y eso era lo que la frenaba para tomar una decisión.

—¿Sufrirá algún tipo de dolor? —Negó con rapidez—. Solo, por favor, no la haga daño —imploré aún con el temor recorriendo mi cuerpo.

—Tranquilo, muchacho, solo las falsas imágenes desaparecerán de su mente, los verdaderos recuerdos y sentimientos quedarán intactos —me aclaró con comprensión Argus, al parecer se había percatado de cuál era nuestro miedo.

El anciano vampiro estiró su mano hacia los hermanos Vulturi, quienes tomaron su mano al mismo tiempo y, a continuación, cerró sus ojos y cogió la mano de ella haciendo de puente entre las cuatro mentes y, por cómo sentí el cuerpo de mi ninfa tensarse entre mis brazos y su mirada esconderse en un manto de oscuridad, comprendí que acababa de adentrarse en su mente.

Solo me dediqué a contemplar y proteger a mi hermosa mujer, no sé si pasaron segundos, minutos u horas hasta que sentí pequeños temblores en su cuerpo y seguidamente abrió sus ojos, los cuales reflejaban miles de sentimientos y se iban iluminando cada vez más.

—Mi valiente gladiador —susurró con emoción antes de lanzarse a los brazos del rubio vampiro, quien la abrazó fuertemente mientras giraba con ella.

La mia bella e dolce sorella —repetía el rubio, entusiasmado, besando sus mejillas y sus cabellos—. Algo dentro de mí me decía que no debía perder la esperanza y que, de alguna manera, volverías… —Una enorme sonrisa se formó en el rostro de ambos.

—Y mi caballero y mi filósofo… ¿No piensan venir a saludarme, después de tanto tiempo? —preguntó conmovida y con una pizca de timidez.

La nostra picolla ballerina —respondieron al unísono todavía impactados los dos hermanos Vulturis y, seguidamente, se abalanzaron sobre ella en un fuerte y emotivo abrazo.

—Hermanita, estás aquí, no me lo puedo creer, esto me parece un sueño —le decía con infinita ternura el vampiro de cabello negro tomando una de sus manos.

—Al fin estamos juntos de nuevo y nada ni nadie nos va a volver a separar —aseguró el otro hermano de cabello castaño, besándola con cariño y mimo la frente.

Aunque me encontraba bastante confundido, perdido y un poco celoso con todo lo que había sucedido y estaba aconteciendo, me sentía feliz por ella, ya que hacía mucho tiempo que no la veía tan alegre, tan viva… Ese vacío del que siempre hablaba había sido ocupado al fin con la aparición de sus hermanos. Sólo esperaba que no quisieran separarla de mi lado… Mi muerto corazón sería incapaz de soportarlo.

—Enzo, amor —su voz me regresó a la realidad… Un momento, ¿cómo me había llamado? ¿Amor?—. Amor, ¿estás bien? —preguntó con nerviosismo mi mujer mientras se acercaba, a causa de mi mutismo.

—Tranquila, mi cielo, estoy bien —contesté con una sonrisa, disfrutando de sus suaves caricias en mi mejilla—. Más que bien al tenerte conmigo y entre mis brazos de nuevo —dije posesivo, abrazándola por la cintura y provocando que soltara pequeñas risitas mientras se acomodaba en mi regazo y relajaba su espalda en mi pecho.

—Encantado de conocerte, Enzo, soy Cayo, el hermano mellizo de Zoe —se presentó amigablemente, estirando su mano, que estreché con entusiasmo—. Y ellos son Marcus y Aro —señaló primero al vampiro de cabello largo y castaño y seguidamente apuntó con su dedo índice al hombre de cabello largo, negro y liso—. Nuestros hermanos mayores y gruñones —rompió en carcajadas ante los bufidos de los susodichos, lo que desencadenó las risas del resto de los presentes.

—Gracias por cuidarla todo este tiempo y hacerla feliz —habló con gratitud Aro.

—Siempre la protegeré, Zoe es mi mundo. Sin ella no soy nada —declaré con sinceridad, sin desprender mi mirada del hermoso rostro de mi mujer, quien unió nuestros labios en un dulce beso.

—Hermanos presentes, dejen eso para más tarde. —Nuestro beso fue interrumpido por un divertido Cayo, el cual se ganó una fulminante mirada de su hermana—. No me mires así, bailarina, tenemos mucho de lo que hablar, ha pasado demasiado tiempo —dijo mientras se sentaba en uno de los sillones que había frente al sofá en el que nos encontrábamos nosotros sentados, junto con Marcus y Aro.

Una vez que estuvimos los cinco solos en el despacho, comenzó una interesante conversación sobre su historia y de todo lo que había sucedido durante esos largos siglos hasta el día de hoy.

Edward Pov:

Mientras terminaba de arreglarme no podía dejar de pensar en lo sucedido horas atrás con mi padre y mis tíos. Mi cabeza era un verdadero caos, una mezcla de sentimientos encontrados; por un lado estaba feliz y ansioso por lo que tenía pensado hacer, no obstante, eso no quitaba mi seria preocupación de cómo transcurrirían las cosas a lo largo de la noche.

Una vez terminé con mi atuendo, me acerqué hasta el espejo donde eché un vistazo, y lo que descubrí me gustaba. He de reconocer que mi pequitas tenía muy buen gusto y me conocía bastante bien. El traje era totalmente de mi estilo: sobrio, elegante, entallado, de un precioso color azul marino. La camisa era de color negro, al igual que la corbata. Me veía bien. Sólo esperaba que le gustase a mi princesa… Me moría por verla, no podía dejar de pensar en cómo iría vestida...

—Hermano, ¿por qué tan pensativo? —me preguntó Alec mientras se colocaba la chaqueta negra de su traje—. Todo va a salir estupendamente, no tienes nada de qué preocuparte. —Estaba a punto de objetar sus palabras cuando mis queridos primos Afton y Collin hicieron acto de presencia.

—Ed, por esta noche, hay que dejar los problemas a un lado y disfrutar… ¿Quién sabe cuándo lo haremos de nuevo? —inquirió Collin palmeando mi espalda.

—Una vez tengamos todo controlado, debemos divertirnos con la familia y amigos. Además, seguro que las chicas estarán hermosas y tendremos que protegerlas de los babosos y solteros vampiros —aseveró Afton, ocasionando que rompiéramos en risas ante su ceño fruncido por su última frase. Todos éramos muy celosos y posesivos, pero mi primo encabezaba la lista con diferencia.

—Tranquilo, hermano, que nuestra Chelsea no tiene ojos para nadie más que no seas tú —aseguró Félix, entrando junto a Demetri, mientras llegaba a nuestro lado—. Por cierto, ¿desde cuándo la habitación de Alec se ha convertido en una sala de juntas?

—Espero que la charla sea sobre algo interesante. Ya sabéis…, como coches, deportes, mujeres… En fin, nada de sentimentalismos, eso son cursilerías y cosas de chicas, no de hombretones como nosotros —dijo en plan guasón Demetri, haciéndose el nudo de la corbata—. Bromas a parte, ¿tenéis alguna idea de lo sucedido en la sala con nuestro padre y tíos? —Como respuesta recibió una negación por parte de los cinco.

—Ni la menor idea. No obstante, si fuera algo grave ya nos habrían informado —opinó Collin, encogiéndose de hombros—. En esta familia no hay secretos, seguro que después nos informarán. Ahora será mejor bajar al salón a esperar a nuestras parejas. No quiero enfadar a Meredith, menudo genio se gasta. —Fingió estar muerto de miedo, logrando que estallásemos en carcajadas mientras abandonábamos la habitación y nos dirigíamos al gran salón entre bromas, dejando aparcadas nuestras preocupaciones por esa noche.

La estancia estaba increíblemente decorada, con un gusto impecable; elegante y majestuoso, pero para nada extravagante y pomposo. Mis tías, junto con mi madre, habían hecho un gran trabajo dando calidez al grandioso salón de baile.

La mayoría de la guardia-familia ya se encontraba allí e inmediatamente nos unimos a ellos y a sus conversaciones. No pasó mucho tiempo cuando las mujeres hicieron acto de presencia y nuestro grupo se fue dispersando poco a poco.

—¡¿Se puede saber dónde están nuestras chicas?! —inquirió Félix mientras observaba por el salón.

—Tranquilo, no creo que tarden mucho —dijo Nathan, apareciendo a nuestro lado y sobresaltándonos, pues no lo habíamos escuchado llegar. ¿Por qué venía tan tarde?, ¿dónde había estado?, dejé mis preguntas mentales de lado cuando volvió hablar—. Es más, ahí vienen y están… —Dejó la frase en el aire, ya que se quedó embobado mirando hacia la puerta, por donde entraba mi hermanita con un hermoso vestido rosa, seguida del resto de mis primas—. Está preciosa, no hay palabras para describirla. —No desprendió su mirada de ella mientras se marchaba a su encuentro, donde la recibió con una sonrisa, un halago y un beso en su mano, como todo un caballero.

—¡Nuestras mujeres quieren matarnos! —clamó Demetri comiéndose con los ojos a Renata.

—Están prodigiosamente hermosas... Parecen unos ángeles caídos del cielo —alegó Afton, sonriendo con dulzura a Chelsea, su mujer.

—Sí, ángeles son, pero venidas del mismo infierno para hacernos caer en el abismo de la tentación —declaró Collin, codeando a Félix para que fueran al encuentro de sus novias.

—Buenas noches, preciosas damas, vuestra belleza eclipsa el lugar —las saludé, con un beso en la mejilla cuando se acercaron adonde nos hallábamos Alec y yo.

—Buenas noches, hermosas señoritas, aunque deciros bellas es una minucia, ya que vuestra belleza deslumbra todo el lugar e ilumina la oscuridad —dijo Alec haciendo una pequeña reverencia, para luego besar sus mejillas.

—Sé de uno que se va a morir cuando te vea, Heidi —aseguró Félix mientras giraba a nuestra prima, que estaba muy linda con su vestido amarillo.

—Vas a dejarlo más muerto de lo que está —apuntó Nathan, haciendo que todos rompiésemos en risas y que Heidi sonriese con timidez.¡Quién lo diría!

—Emmett se va a infartar al verte, primita, menos mal que su corazón está muerto, sino tendríamos que ir corriendo al hospital —bromeó Demetri, haciendo que nuestras risas aumentasen.

—Jane, ¿sabes dónde está Lexie? —pregunté, aunque me imaginaba que estaría acompañando a mi Bella; pero quería que mi hermano se quedase tranquilo al saber su paradero y por su sonrisa de gratitud, me quedó más que confirmado.

—Se ha quedado con Bella, no creo que tarde mucho en venir —respondió risueña Jane por cómo Nathan la tenía abrazada.

—Wow, hermano, nuestra pequitas esta bellísima —exclamó Nathan, señalando con la cabeza la puerta y seguido silbó un par de veces, haciendo que todos fijásemos nuestra mirada en ella, quien nos sonrió divertida mientras hacía una pequeña reverencia. Lexie estaba preciosa con su vestido de color granate con tonalidades morado, desprendía luz por donde iba.

Miré a Alec, quien estaba embelesado contemplándola y, antes de que alguien se diera cuenta, decidí actuar, no quería que por unos tontos comentarios se pudiera estropear lo que estaba surgiendo entre ellos.

—Creo que Alec debe ir a recibir a Lexie y ser su acompañante esta noche, ya que el resto tenemos pareja —sonreí cómplice a mi hermano—. No podemos dejar a tan hermosa mujer sin pareja. ¡¿No creéis?! —sugerí y todos afirmaron sonrientes.

—Vamos, Alec, mi hermanita espera —animó Nathan, palmeando su espalda.

Mi hermano salió raudo y veloz en dirección a mi pequitas. Se miraron dulcemente, no fueron necesarias las palabras, sus miradas lo decían todo; mi hermano tomó delicadamente su mano y depositó un beso en ella a modo de saludo y Lexie, con una tierna sonrisa, besó su mejilla antes de tomar el brazo de Alec que, como buen caballero, le había ofrecido. Menos mal que los demás estaban bastante entretenidos con la conversación y que no se percataron de la situación, porque hubiese sido complicado que no se imaginaran cosas y decidieran hacer de cupidos.

—Buenas noches, hermanita, estás fabulosa. —Nathan la abrazó—. Espero que Alec mantenga alejados a los babosos y que Ed y yo podamos tener una noche tranquila con nuestras hermosas mujeres —dijo con una pícara sonrisa, sacando las risas de todos.

—Buenos noches, mi pequitas, estás magnifica, deslumbrante… Los vas a volver locos a todos, menudo trabajo va a tener el pobre Alec esta noche —saludé feliz mientras la abrazaba y guiñaba un ojo a mi hermano.

—Gracias por vuestra preocupación, mis queridos terremoto y enano —contestó, con una sonrisa divertida y maliciosa—. Aunque debéis preocuparos más por vuestra salud y cordura, cuando los hombres del lugar vean a Jane y a nuestra pequeña Bella… Pobre de vosotros, lo vais a pasar fatal con lo celosos que sois. —Nos miró satisfecha y soltó unas pequeñas carcajadas al observar nuestros ceños fruncidos.

Menos mal que no resultó ser mucho tiempo el que tuvimos que soportar sus bromas y comentarios burlones, ya que mis padres, junto con mis tíos, no tardaron en hacer su entrada. Mi madre y mis tías estaban espectaculares y los halagos por nuestra parte no tardaron en llegar.

—Es hora de abrir las puertas y recibir a nuestros invitados —nos avisó mi tío Marcus, obteniendo la atención de todos los presentes. Seguido nos dio unas pequeñas instrucciones de que debíamos estar atentos a cualquier pequeño y extraño movimiento que estuviese fuera de lugar.

—Querida familia, solo recordaros que, a pesar de los momentos que vivimos actualmente, debéis divertiros esta noche ¡Es una orden! —declaró con voz de mando mi padre al mismo tiempo que una gran sonrisa se formaba en su rostro.

—Mis queridos hermanos ya han dicho todo… Vamos a disfrutar y a demostrar que nada, ni nadie, puede romper nuestra unión familiar ¡Viva nuestra familia! —expresó con ímpetu mi tío Cayo, ocasionando que todos eleváramos nuestra voz mientras gritábamos «viva nuestra familia, viva la familia Vulturi», y a continuación la estancia rompiera en aplausos y cada uno tomase su lugar.

Solo las puertas principales del castillo fueron abiertas, el resto del castillo estaba completamente sellado, imposibilitando ninguna otra entrada o salida. Todo se hallaba cercado, sin embargo, era bastante complicado percatarse de ello gracias a la increíble decoración que envolvía los ambientes; desde la entrada del hall hasta el salón de baile y las terrazas que daban paso a los majestuosos jardines, los cuales ocultaban parte del plan de nuestra seguridad, por si alguno de nuestros invitados pensaba fraguar algún atentado en nuestro hogar, les sería totalmente imposible y serían apresados de inmediato. Todo se encontraba perfectamente, el castillo era una fortaleza inexpugnable.

Los invitados no tardaron en llegar, siendo recibidos por mis padres junto con mis tíos, como buenos anfitriones. Estuvimos charlando amenamente con varios grupos de vampiros de distintos clanes que, poco a poco, se iban sumando y las pequeñas agrupaciones del principio se fueron deshaciendo, logrando que la tensión del ambiente desapareciera y en su lugar reinara una atmósfera amigable.

—Hey, Edward, ¿qué es de tu vida, amigo? —me saludó con un fuerte abrazo James; un antiguo y gran camarada que conocimos Lexie, Nathan y yo, hace varias décadas en Londres. Un hombre de lo más leal—. He escuchado varios rumores y… será mejor que hablemos luego en algún lugar seguro, pero la cosa está jodida, amigo —me susurró cerca del oído antes de romper el abrazo.

—Todo va genial. Estoy enamorado de una mujer fantástica, tengo una familia maravillosa y unos amigos magníficos —dije sonriendo, era mejor dejar el otro asunto para más tarde, no sería bueno levantar sospechas—. ¿Qué es de tu vida?, ¿sigues tan mujeriego como siempre?, ¿dónde has dejado a la pequeña Vicky? ¡Ay!—mi interrogatorio fue interrumpido por un pequeño pellizco en el costado, que me hizo saltar.

No necesité darme la vuelta para saber que se trataba de Vicky, la hermana pequeña de James, la cual no tardó en abrazarme mientras me saludaba de lo más contenta antes de regresar a los brazos de un chico, quien la miraba divertido. Mas tarde me enteré que era su novio y se llamaba Riley

—Una de las preguntas ya te ha sido contestada, camarada; con respecto a las otras, todo va de fábula. El amor llegó a los hermanos Wells y ahora somos una maravillosa familia. —Un teatral suspiro salió de sus labios mirando con ojos amorosos hacia el frente, donde venían Jane y Nathan acompañados de una chica muy linda, de tez morena, cabello largo y negro, se notaba que era hispana—. Chicos, os presento a María, el amor de mi vida y la señora Wells desde hace dos años —nos presentó James a su mujer, quien nos saludó con timidez, supongo que el estar rodeada de Vulturis imponía bastante. Algo había en esta mujer que se me hacía conocido, pero no porque hubiéramos tenido contacto antes, sino por haberla visto en los pensamientos de alguien, intenté recordar de quién podría tratarse cuando una de sus respuestas trajo mi solución: ¡Jasper! Tenía que estar muy pendiente de ella cuando los Cullen llegaran, para saber a qué atenernos.

Hermano, es hora de que el show comience, los Cullen y los Denali están a punto de hacer su entrada —la voz de Emmett resonó en mi cabeza obteniendo toda mi atención y relegando mis pensamientos aun lado—. Y siguiendo su plan yo entraré diez minutos más tarde, para que penséis que no he estado con ellos durante este tiempo y por eso llego solo. Avisa al resto, nos vemos en nada, ¡qué ganas tenía de volver! —Una pequeña sonrisa se formó en mis labios ante sus últimas palabras.

No tardé en reunirme de nuevo con mi familia para comunicarles la noticia y, disimuladamente, poder poner sobre aviso al resto de la guardia y que pudieran tenerles controlados desde el principio.

No pasaron ni cinco minutos cuando ambas familias aparecieron en el umbral de las grandes puertas, donde fueron recibidos cortésmente por mis padres y tíos. La llegada de la familia Denali pasó totalmente desapercibida, ya que no les gustaba llamar la atención más de lo necesario. En cambio, la de los Cullen, resultó ser todo lo contrario, todos los presentes en el salón se hicieron eco de su entrada, ya que parecía que la realeza había llegado, o eso se pensaban ellos, pues su atención se debía a sus estridentes formas de hacerse notar.

Ambas familias fueron al encuentro de Liam y Siobhan, los líderes del clan irlandés, quienes estaban manteniendo una charla de lo más entretenida con los rumanos Stephan y Vladimir; los cuales recibieron amigablemente a ambas familias, pero con excesiva efusividad a los Cullen, dejando en claro que el clan irlandés era parte de sus filas. También habíamos podido descubrir a algunos más, como los egipcios Amun y Kebi; los nómadas amigos de Jasper, Peter y Charlotte; los antiguos miembros del clan Denali, Sasha y Vasili, entre otros; esperaba que a lo largo de la velada pudiéramos dar con más.

Edward, sé que no confías en mí y más al verme al lado de los Cullen, pero necesito conversar contigo, es urgente. —Los pensamientos de Tanya abordaban con fuerza mi cabeza. Estaba claro que debía de ser importante, sin embargo, no iría yo solo a reunirme con ella, Alec me acompañaría, nadie mejor que mi hermano para anular a un posible adversario—. ¿Podemos reunirnos en cinco minutos en el jardín, detrás de las estatuas situadas cerca de la fuente? —Asentí con un pequeño movimiento de cabeza mientras seguía hablando con nuestros invitados—. Iré acompañada, quiero que conozcas a alguien importante en mi vida, tranquilo, no es ninguna trampa. Gracias por la oportunidad de juntarnos —no respondí a nada más y regresé a la conversación que se mantenía en nuestro pequeño grupo.

Un par de minutos más tarde me disculpé de nuestros acompañantes con una creíble excusa y me reuní con Alec y Lexie, quienes se encontraban en una interesante charla con Zafrina y Senna, miembros del clan Amazonas. Luego de saludarlas y conversar unos instantes, me llevé a mi hermano con el pretexto de que Aro nos necesitaba.

Mientras nos acercábamos al lugar de encuentro, puse al corriente de la situación a Alec y, aunque tampoco le gustaba la idea de la pequeña reunión, sabía que era una gran oportunidad para obtener algo de información.

—Tanya, estamos aquí, ya pueden salir de tu escondite —avisé mirando unos arbustos que se ocultaban detrás de las columnas y por donde apareció la susodicha en compañía de un hombre de cabello rubio oscuro y con sus manos entrelazadas—. ¿Por qué tanta urgencia? —Fui directo al asunto. Debíamos terminar lo más rápido posible para que nadie se percatase de nuestra desaparición y comenzasen a atar cabos, en especial mi querida exfamilia.

—Edward, desconfió de los Cullen... Y si he de participar en una guerra, pretendo hacerlo en el bando correcto. Quiero la verdad. Sin mentiras. —Sabía que era sincera, su mirada lo transmitía. No obstante, la desconfianza seguía presente y me sumergí en su cabeza leyendo sus pensamientos, en los que me revelaba todo lo ocurrido desde su encuentro con los Cullen hasta este mismo instante, para luego mostrarme su relación y conversación con Maxwell, su novio, donde ambos decidían hablar conmigo antes de tomar una decisión—. Excepto Kate, que cree en ellos ciegamente, el resto de la familia también tiene sus dudas al respecto, pero por los siglos de amistad que nos unen acabarán creyendo sus mentiras y apoyándolas. En cambio, nosotros queremos hacer lo correcto —nos explicó sin despegar sus ojos de los nuestros ni un segundo, quería que notásemos la veracidad de sus palabras.

—Me conoces, Tanya, siempre he ido con la verdad por delante y no pienso cambiar ahora. Los Cullen mienten —sentencié con voz neutra, no pensaba dejar mis sentimientos al descubierto—. La decisión es vuestra. Nos vemos. —Con un pequeño gesto de cabeza me despedí de ambos.

—Pensad bien qué camino tomar —les aconsejó mi hermano antes de girarnos y emprender el camino de regreso al salón de baile.

Nadie se percató de nuestra pequeña escapada excepto Lexie, que nos miraba desde el fondo del salón a espera de una explicación. Luego de haber conseguido sortear a unos cuantos invitados pudimos llegar junto a ella y, sin demora, le relatamos lo sucedido en el jardín.

—Es una buena noticia, aunque siendo sincera, no sé qué pensar al respecto —se quedó pensativa unos instantes, mientras su mirada estaba fija en un par de sujetos situados a la entrada del salón—. Enano, si alguien conoce bien a los Denali y, en especial a Tanya, ese eres tú. Nunca dudes de tu buen criterio y lo que decidas estará bien y nos tendrás a tu lado siempre. —Una sonrisa maliciosa surcó sus labios una vez reconoció a los dos individuos—.Chicos, enseguida regreso, tengo unos asuntillos que resolver. No tardo —nos dijo sonriente Lexié mientras nos guiñaba el ojo antes de salir en dirección a esos vampiros, quienes se sorprendieron al reconocerla y un halo de temor y respeto apareció en sus miradas.

—No tengo ni idea de quiénes son, pero pobre de ellos. Mi pequitas es de armas tomar y por la mirada que les ha dado..., no va a ser un feliz reencuentro —aseveré divertido.

—Lexie es increíble, una mujer fantástica y esa parte malvada suya me apasiona —afirmó mi hermano, que ya no me ocultaba sus sentimientos por mi mejor amiga.

—Será mejor regresar con los demás y dejar a nuestra pequitas hacer sus pequeñas travesuras o... su dulce venganza —declaré y ambos rompimos en risas mientras nos dirigíamos adonde se encontraba el resto de la familia.

—Enano, ¿dónde esta nuestra querida hermanita? —me preguntó Nathan en cuanto nos unimos a ellos.

—Haciendo unas pocas diabluras. No tardará en acompañarnos —respondí tan tranquilo y Natan asintió divertido. Ambos sabíamos cómo se las gastaba y lo perversa que podía llegar a ser.

Apenas habíamos relatado un par de anécdotas sobre las fechorías de Lexie, cuando Emmett hizo su entrada. Mi grandote hermano entró con total despreocupación y la mar de sonriente. Estaba interpretando su papel a la perfección y, como buen actor, se encaminó directamente adonde se encontraban los Cullen y los Denali, a los cuales saludó con una enorme sonrisa y sus conocidos abrazados para finalizar, muy a su pesar y con la mayor resignación, con un apasionado beso a Rosalie.

—Heidi, es solo teatro, no le tomes importancia —apuntó Félix abrazándola por los hombros, intentando confortarla, pues todos sabíamos que el presenciar ese beso le había lastimado, y mucho.

—Lo sé, pero eso no evita el dolor que siento… Duele y mucho —dijo, intentando ocultar su molestia a través de una mirada de indiferencia.

—Estás preciosa, hermanita. Mira a tu alrededor, la mayoría de los hombres del salón te comen con la mirada, incluso los que vienen acompañados —aseguró Chelsea y todos comprobamos que era cierto—. Los tienes a todos cautivados, saca tus armas y deja que la zorra rubia se muera de envidia. —La guiñó un ojo con complicidad y luego retomamos nuestra conversación, pero sin perder detalle de los Cullen y de los Denali.

Vamos para allá, Ed, los Denali quieren saludarte y, cómo no, nuestra querida exfamilia no va a desperdiciar el momento. —Asentí con un imperceptible gesto de cabeza al recibir su pensamiento—. ¿Heidi está muy enfadada? Espero que no dejes que la pequeña Jane me torture. —Una mueca divertida se formó en mi rostro al mismo tiempo que me encogía de hombros y escuchaba los bufidos y disculpas del grandote en mi cabeza.

Una vez hecho el paripé, Emmett se dirigió hacia donde estábamos nosotros, seguido por ambas familias. A medio camino, Rosalie se colgó de su brazo, el cual, disimuladamente, se libró lo más caballerosamente que pudo de ella, no sin antes lanzarle una mirada llena de súplica y lujuria a Heidi, que le devolvía la mirada con cara de pocos amigos y bastante decepcionada. Sin embargo, algo en su gesto se suavizó al mirar detenidamente a Emmett, quien con sus ojos no paraba de suplicar perdón. Entre ambos se estableció una conexión especial, un diálogo silencioso a través de sus miradas, algo que no pasó desapercibido para Rosalie, que tomó del brazo a Emmett afianzando su agarre y más al percatarse de que mi prima la superaba en belleza y era el centro de atención de muchos de los vampiros que se encontraban en el salón; tal era la envidia que recorría a Rosalie que pensaba humillar a Heidi a la mínima oportunidad, lo cual jamás lograría estando nosotros presentes, en especial el grandote de mi hermano.

—Es hora, familia, el show comienza —avisé en voz baja y señalando con la mirada por donde ambas familias se aproximaban a nuestro encuentro.

En cuanto llegaron a nuestro lado, el primero en saludarnos con gran entusiasmo fue Emmett, claro que solo nosotros sabíamos que su reacción era verdadera y sincera, las otras dos familias que lo acompañaban pensaban que era pura actuación.

—Hola, Edward, me alegro de verte después de tanto tiempo y que todo te vaya bien —me saludó con franqueza Eleazar, seguido del resto de su familia, de quienes me esperé bastante falsedad, pero me sorprendí; solo Kate pensaba que era un ser despreciable por estar con una inservible y repugnante humana; al parecer era la única que estaba completamente convencida de las mentiras de los Cullen, pues el resto parecía tener bastantes dudas al respecto, excepto Tanya y su pareja, los cuales ya sabían y creían fervientemente en mí y, por lo que leí en su mente, habían decido tomar partido por nuestro bando.

Luego de que saludaran a mi familia, algunos con recelo, otros con temor y mi exfamilia con rencor y envidia, intentaron mostrarse cordiales y mantener una superficial conversación con nosotros para mantener las apariencias. Todos nos encontrábamos deseando desaparecer y por mucho que los ignorábamos, parecían no querer darse por aludidos. Mi paciencia estuvo apunto de explotar cuando Carlisle pretendió entablar una charla amigable como si nada hubiera ocurrido, menos mal que mi pequitas hizo su aparición a tiempo, dejando a los Cullen y Denali asombrados, en especial a Jasper y a Alice, ya que estaba acompañada por María. Al parecer, sabía de la relación que había existido entre ellos y no pensaba desperdiciar tal oportunidad, quería destruir esa unión que aparentaban y qué mejor que una discusión de enamorados.

Está hermosa, nunca debí dejarla, era mía, sólo mía. La voy a recuperar cueste lo que cueste. —Los pensamientos de Jasper eran demasiado altos, estaba clara su obsesión por María.

Esa malnacida debería estar muerta, ya me encargaré de hacerla desaparecer. Jasper es mío y nadie me lo quitará, menos una zorra. ¡María, estás muerta! —Los pensamientos de Alice eran puro veneno.

Y aun con la llegada de James, donde todos se enteraron de que estaban casados, los pensamientos no aflojaron, incluso resultaron peores. Por un lado, los celos de Jasper y, por otro, la ira y envidia de Alice, quien siempre había estado atraída por mi amigo y que constantemente había sido rechazada.

El repentino parón de la música y el completo silencio que se instauró en el salón, me hizo salir de los pensamientos de los Cullen y Denali y prestar atención a mi padre y a sus hermanos, los cuales se hallaban subidos en el estrado, que estaba habilitado para la orquesta que se localizaba detrás de ellos. Mis tíos Cayo y Marcus dieron un pequeño alegato donde hablaron sobre la unión y coexistencia entre las distintas especies; el mantener el control de nuestra especie para no crear neófitos por propio interés y controlar las zonas o territorios de caza para no dar lugar a elucubraciones de ningún tipo y nuestro secreto siguiera oculto para los mortales y así poder llevar una buena convivencia. Una vez finalizaron, mi padre se adelantó unos pasos y le ofreció la mano a mi madre para que se uniera a él en el estrado, el cual mis tíos habían abandonado hacía unos segundos para reunirse con sus mujeres.

Aro, con ese aire de soberana y majestuosa autoridad que siempre adoptaba en estas circunstancias, pidió la atención de todos los presentes.

—Mis queridos amigos —comenzó su discurso, dirigiendo intencionadamente su mirada hacia donde estaban los Cullen en el momento de nombrar la palabra «amigos». Me encontraba sumamente nervioso, pues había llegado la hora de que mi padre me presentara ante el resto de la sociedad vampírica como su hijo—. En primer lugar, gracias por venir —siguió diciendo mientras yo me perdía en mis divagaciones—, quisiera haceros un anuncio muy importante para mi familia y para mí; se trata de la incorporación a la misma de un nuevo integrante, que desde este momento será para Sulpicia y un servidor otro hijo más; aunque he de confesar que, a pesar de que hoy es su presentación oficial como miembro de esta familia, él lleva siendo nuestro hijo desde hace muchos años —sonrió a mi madre mientras entrelazaba sus manos.

»Sin más dilación, pues no quiero alargar más este momento tan especial para Sulpicio y para mí, para todos nosotros… Os presento a Edward Masen Vulturi. —Los ojos de mis padres brillaron al posar sus miradas en mí. Si hubiera sido humano y hubiese podido llorar, ahora mismo mis ojos estarían inundados de lágrimas por la emoción que contenía y que, seguro, se reflejaba en mi rostro.

Divisé que mi padre me llamaba, conminándome a subir al estrado para decir unas palabras, así que me dirigí rápidamente al encuentro de mis padres.

—Es un verdadero honor para mí pertenecer a esta maravillosa familia que desde el primer momento me ha acogido con amor, afecto y amistad; entregándome todo su apoyo y comprensión. —Mis hermanos, tíos y primos, me regalaban grandes sonrisas llenas de cariño—. No tengo palabras suficientes para agradecer todo el amor que me habéis y seguís entregándome. Sois fantásticos. Gracias, familia, muchas gracias —finalicé conmovido. Mi familia era única e increíble.

Aro me miraba orgulloso y tal era la emoción que nos fundimos en un emotivo abrazo al que mi madre se unió segundos después mientras se escuchaban de fondo las felicitaciones del resto de la familia e invitados.

Por supuesto, entre esas voces que se alzaban felicitándome, no se hallaban las de los Cullen, es más, al deshacer el abrazo con mis padres me encontré con la mirada de Carlisle, la cual reflejaba puro odio y desprecio. Un cálido y suave abrazo proveniente de mi hermana Jane, me hizo retirar la vista del patriarca Cullen y disfrutar de ese dulce abrazo, al que mi hermano Alec no tardó ni un segundo en unirse. Tras mis hermanos, siguieron las felicitaciones de mi pequitas y el pequeño terremoto, mis tíos, primos y mi padre de nuevo. La última y más importante fue mi madre, Sulpicia, cuyo gesto emocionado era un reflejo del mío.

Después de esos instantes de felicitaciones y abrazos, Aro, mi padre, recuperó su postura soberana y con esa autoridad innata en el, retomó la palabra de nuevo.

—Pero no ha sido sólo la llegada de nuestro nuevo hijo lo que ha llenado de felicidad nuestras existencias, sino también la dulce y pequeña Isabella, quien lo acompañaba y que ahora se ha convertido en toda una hermosa mujer. —Detuvo sus palabras al contemplar las puertas del salón abrirse.

En ese momento y, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo, un apacible silencio se extendió por toda la estancia, acallando los últimos susurros de algunos invitados. Segundos después, un sonriente Cayo hizo su aparición en el salón, acompañado de la mujer más hermosa del mundo cogida de su brazo, dirigiéndose lentamente hacia el estrado donde nos encontrábamos.

No podía desprender mis ojos de mi pequeña. Estaba bellísima, ni la misma Afrodita podría competir contra ella. Era la más pura belleza en todo su esplendor.

Mi Bella me miraba fijamente, inquieta e insegura con esos fascinantes ojos chocolate que me hechizaban y tanto adoraba. Su cabello estaba suelto, marcando ondas a lo largo y dejando pequeños bucles al final, dándole ese toque inocente y angelical. Llevaba un vestido precioso, de un color azul oscuro, que le sentaba de maravilla; con escote palabra de honor y entallado hasta la cintura para luego caer graciosamente hasta sus pies. Unos preciosos adornos dorados, semejando estrellas fugaces, adornaban todo lo largo del vestido. Una gargantilla de oro blanco y zafiros, junto con unos pendientes a juego, la hacían brillar todavía más. Era una estrella resplandeciendo en lo alto del firmamento.

Mí tío Cayo sonreía orgulloso llevando del brazo a mi dulce Bella, a quien amaba profundamente y consideraba su hija, como si se tratara de una hermosa novia dirigiéndose hacia el altar donde se uniría a su marido. Mi sueño, el cual esperaba que pronto se hiciera realidad. Justo cuando mi princesa estaba a escasos pasos de llegar a mi lado, ambos nos quedamos en silencio unos minutos, solo contemplándonos, sonrientes.

—Estás increíblemente hermosa, amor —susurré tomando su mano con delicadeza una vez llegó a mi lado.

—Tú también estás muy guapo, mi ángel —musitó sumamente bajo mientras un pequeño y adorable sonrojo aparecía en sus mejillas.

—Damas y caballeros, es un verdadero honor —prosiguió sonriente Aro— presentarles a la novia de mi hijo Edward, Isabella Masen. —Besé con suavidad la mano de mi princesa mientras la concurrencia estallaba en aplausos de nuevo.

Luego de un breve y cortés saludo a los presentes cogí el rostro de mi pequeña con suavidad entre mis manos y uní nuestros labios en un tierno beso, que nos hizo por unos segundos, o minutos, olvidarnos de dónde nos hallábamos, razón por la cual mi muy oportuna hermanita nos avisó disimuladamente, trayéndonos de regreso a la realidad.

Miré a mis padres con complicidad, había llegado el momento, estaba demasiado nervioso; bueno, más bien ansioso por…

Según Alec y Lexie no tenía de qué preocuparme, todo iba a salir bien y mis tíos Cayo y Athenodora me habían dado su bendición. Además de que la pequeña cajita de terciopelo que guardaba en mi chaqueta y por tanto tiempo me había acompañado estaba deseosa por ser entregada, en ella se encontraba el anillo de compromiso de mi madre, Elizabeth Masen. Se trataba de un hermoso anillo de oro blanco con incrustaciones de diamantes alrededor de toda la doble banda, la cual se abría en la parte de arriba dando paso a una flor en cuyo centro, en forma de un capullo abriéndose, había engarzado otro diamante más grande, que lanzaba unos destellos azulados. En verdad, esperaba que le gustase y en breve lo sabría.

Tomé aire profundamente para darme valor, un silencio se impregnó a lo largo del salón cuando mi hermano Alec se sentó al piano y seguidamente la dulce melodía de Claro de Luna resonó en el ambiente. Me situé enfrente de mi Bella, tomé sus manos con delicadeza entre las mías y la miré directo a sus preciosos ojos, me gustaba perderme en su profundidad, pues ellos eran el espejo de su alma, donde se reflejaban todos sus sentimientos.

—Mi pequeña Bella, desde la primera vez que nos vimos no tuve dudas de que eras mi luz dentro de la oscuridad que habitaba en mí y que con tu llegada la hiciste desaparecer para iluminar el resto de mis días. Juntos hemos superado los más complicados infortunios y absolutamente nada ni nadie ha podido con nosotros. Nuestro amor es mil veces más fuerte e invencible —una de mis manos fue a su mejilla y la acarició con suavidad—. Es indescriptible la alegría que me invade cuando pruebo el dulce sabor de tus labios o cuando siento tus brazos alrededor de mi cuerpo. —Sin perder la conexión de nuestras miradas hinqué una de mis rodillas en el suelo mientras sacaba la pequeña caja de terciopelo.

»El momento más feliz del día es cuando estoy junto a ti, porque es ahí, el instante en el que todo es paz y armonía. Me das esa seguridad que necesito para afrontar todas las adversidades y mantenerme de pie en la lucha por hacer realidad todos nuestros sueños. Eres la mujer más maravillosa que jamás haya existido y tengo la suerte de estar dentro de tu corazón. Te amo, Isabella Masen. —Abrí la caja descubriendo el anillo mientras mi princesa llevaba una de sus manos a su boca, intentando acallar un pequeño grito por la sorpresa—.

—¿Quieres casarte conmigo, amor mío? —finalice mi declaración y miré ansioso a mi Bella, esperando su respuesta. Sus ojos me miraban con un brillo especial y pequeñas lágrimas caían por su rostro.

—¡No!


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El trailer del fic lo tenéis en mi perfil.

A mi querida y gran amiga Aliena que siempre está cuando la necesito.

A mi querida amiga Emmaly por tan lindo trailer.

A mi amiga Teresa (Tecupi) por su ayuda.

Gracias a mis lectoras por tomaros el tiempo de dejar vuestros reviews que me llenan de ilusión y me dan fuerza para continuar.

Dar las gracias a:

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