Disclaimer: Twilight y sus personajes pertenecen a S. Meyer.

Nota: sin betear. Mi Ebrume anda ocupadita y presiento que esto también será una sorpresa para ella *risas* Así que, de antemano disculpen cualquier error.

Para Kote Cullen Swan, porque ama la música de Taylor Swift tanto como yo :-)
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Se inicia el cierre de puertas

Sentí la vocecita robótica salir de los parlantes y la alarma característica que indicaba que el tren estaba por partir. Bajé corriendo los últimos escalones justo a tiempo para ver como las puertas se cerraban frente a mí y yo perdía la oportunidad de llegar a casa antes.

En realidad, entre el tren que acababa de irse y el siguiente debía haber una diferencia de minutos. Pero cada uno de ellos era vital considerando que estaba agotada, física y psicológicamente.

Hoy, como muchos días hasta ahora, había sido una tortura. Solté un suspiro ahogado –la carrera aunque corta me había cansado más por el peso extra sobre mi hombro derecho-, acomodé la mochila y me dirigí hacia los asientos que estaban frente a la línea.

Se informa a los señores pasajeros que debido a percances técnicos de menor relevancia, el tren con destino al sector Sur de la ciudad llegará al andén en aproximadamente veinte minutos. Por su comprensión, muchas gracias.

— ¿Me estás jodiendo? –recliné mi cabeza hasta tocar el muro a mi espalda, fijé mis ojos en la infraestructura más arriba —¡No! No comprendo ni un poco. ¿Saben?

No había razón en hablarle al techo de la estación, pero en alguna parte de mi cerebro esperaba que las cámaras estuvieran grabando y pasaran mi mensaje a…quien sea que estuviese a cargo.

Bien, cómo sea. El asunto es que aún me quedaba una hora por delante para llegar a casa. Eran las siete de la tarde.

Cerré mis ojos. La mochila sobre mi hombro resbaló y simplemente la dejé caer, el peso haciendo un sonido sordo sobre la baldosa del suelo.

Era lo mismo, todos los días. El mismo lugar aburrido y solitario en el que me encontraba siguiendo mi existencia.
De pronto, las cosas que antes me emocionaran se habían vuelto tan rutinarias, las personas que me rodeaban parecían tan falsas; que me sentía como la figura de plástico instalada en medio de una maqueta.

Madurar no sólo conllevaba crecer y envejecer, si no que ver con otros ojos la realidad tal como era. La falta de sinceridad con la que el mundo se movía.
Y lo más triste es que, para sobrevivir, no existía otra alternativa más que sonreírle. Seguir adelante.

Y lo había comprendido definitivamente hace muy poco.

— Supongo que esto es tuyo.

Sentí la presencia de alguien más frente a mí. Al abrir mis ojos, los enfoqué en una mano pálida que sostenía una manzana roja.

— ¿Perdón? —recorrí con la mirada su brazo extendido hacia mí, cubierto por una chaqueta de mezclilla azul oscuro. Llegué a su rostro.

Era realmente alto. O así podía verlo desde mi lugar.

Un chico joven, quizás un poco más joven que yo o de la misma edad. Pálido, de facciones que para el común de las personas parecerían perfectas. Era realmente guapo. Su look completado por un piercing plateado cruzando su ceja izquierda y el pelo desordenado levemente, peinado hacia uno de los costados de su cabeza y tapando parte de sus orejas.

— Vino rodando hacia mí. Presumo que salió de tu bolso –indicó la mochila desparramada al lado de mis pies. La tomé y me percaté de que sí, el cierre había cedido y probablemente la manzana que no comí a la hora de la colación había escapado del interior.

— Oh.

— Entonces ¿vas a tomarla o…?—hizo un movimiento con la mano que sostenía la fruta.

— Puedes quedártela.

— ¿De verdad? — asentí— ¿No quieres? —esta vez, negué.

— Tengo otra, no te preocupes.- eso no era cierto, pero él no tenía por qué saberlo. Y podría aprovecharla más que yo.

Estuve segura de eso cuando presencié la rapidez con la que sacó el borde de su camiseta por el espacio que la chaqueta dejaba abierto y lo frotó contra la manzana varias veces, con fuerza. Luego, masticó. Lentamente, saboreando y volvió a hacerlo.

— Gracias—dijo luego de haber tragado una porción, ofreciéndome una sonrisa amable.

Sonreí de vuelta, más que nada por cortesía. Pero tampoco habría podido evitar hacerlo ya que comía con tal avidez, saboreaba el alimento en su boca con tal entrega, que llegaba a parecer tierno y gracioso.

Más personas comenzaron a transitar el andén, la mayoría de ellas seguramente oficinistas. El resto eran estudiantes aún con sus uniformes escolares.

Y el chico a mi lado terminaba de comer. Lo observé de reojo mientras miraba hacia los lados, estiraba el cuello como buscando algo.
Finalmente, encogió los hombros, sacó desde uno de los bolsillos de su mochila una bolsa de plástico arrugada y metió el esqueleto de la manzana.
Luego, desde otro de los bolsillos, extrajo una botellita transparente con alguna especie de gel dentro. Por el olor a alcohol, supe que era jabón líquido.

Sonreí. Yo solía hacer lo mismo para quitar la sensación pegajosa que el jugo de las frutas dejaba en mis palmas luego de comerlas.

—¿Sabías que hay un basurero a sólo unos metros más allá?

Asintió, frotando sus manos entre sí y alternando su mirada entre estas y mi rostro.

— No quiero ponerme de pie. ¿Ves a toda esta gente? Cualquiera podría venir y querer robarme el asiento.

— No vi que tuviera tu nombre en alguna parte. –rebatí, un poco intrigada por sus acciones.

— Yo lo reclamé antes que ellos, eso lo hace mío. Y además, no tengo ganas de ponerme de pie. Estoy cómodo aquí, muchas gracias. –me guiñó un ojo y procedió a guardar el frasco en el mismo lugar. Puso la mochila de regreso al espacio entre sus pies.

Y me observó.

Cuando digo esto es porque en verdad lo hizo, sin separar sus ojos de los míos por lo que parecieron horas. Apoyado contra la pared en la misma posición que yo y con su rostro completamente enfocado hacia mí.

— Así que –suspiró, con aquella sonrisa pequeña bailando en sus labios— ¿Cómo te llamas, chica de las manzanas?

Enarqué una ceja.

— Mi madre siempre me dijo: no hables con desconocidos.

— Okey –se mordió el labio—Ya has estado hablando conmigo un buen rato, eso nos hace no-desconocidos.

— ¿Ese concepto siquiera existe?

— ¿Desconocidos? –sacó su teléfono celular y observó la pantalla— Según Google, es algo bastante simple. Aquí dice q-

— ¡No! –reí-—Sabes que no quería decir eso.

— ¿Ah, sí?- enarcó una ceja, volviendo a guardar el teléfono— Ok, lo sé. Lo admito, pero todo prueba que ya no somos desconocidos. Entonces, sólo me queda saber tu nombre. Traspasemos la barrera de la timidez.

Reí. Lo había hecho en los últimos minutos más que en todo el día.

—- Vamos, me alimentaste y todo. Eso es importante. Mira, si quieres puedo enseñarte mi documento de identificación. Déjame…ver–levantó las caderas desde el asiento, llevó la mano hacia atrás y después de algunos segundos de forcejear con el bolsillo de su pantalón, acercó hacia mí una tarjeta entre sus dedos.

La tomé, un tanto reluctante ¿En realidad iba a dejarme ver la foto que avergonzaba a tantos?

Yo misma mantenía escondida mi identificación en la parte más profunda de mi mochila.

El personaje de la foto era él, de eso estaba segura. Las mismas facciones y el mismo color de cabello, aunque aquí lucía mucho más largo. Levemente más joven. Y cuyo labio inferior y nariz estaba traspasado por perforaciones. Eran adornos como el mismo que ahora brillaba en su ceja, pero en distintos lugares.

— Edward Anthony Masen. —leí en voz alta. Le sonreí— Estabas…—moví la tarjeta en el aire, buscando las palabras indicadas.

— ¿Hecho un desastre? Es lo que la mayoría dice –asintió.

— ¿Cuántos años tenías?

— Diecisiete –pasó los dedos entre su cabello, acomodando los mechones sueltos a un lado de su frente tras su oreja- ¿Y?

— Mmm –tragué en seco- Me gusta como te veías. Creo que todos pasamos por alguna de esas etapas. –volví a observar la foto una vez más — Yo tuve el pelo verde.

Rió y se acercó un poco más, susurrando.

— Habría pagado por ver aquello.

— No te rías. Yo no me reí de tu versión hermano menor–apunté hacia la tarjeta entre mis dedos.

— Estoy seguro de que te veías bien.

— No me viste, no lo sabes –negué, riéndome y entregándole el documento.

— Me lo puedo imaginar –tocó su sien con la punta de su dedo índice— Eres bonita…-enarcó ambas cejas, inclinando su rostro hacia mí esperando mi respuesta.

— Bella. —susurré, sintiendo el calor nacer en mis mejillas ante sus palabras.

— ¿Ves? Incluso tu nombre lo dice…

¿Quién era este chico? A medida que pasaban los minutos me encontraba más y más absorta por él. Por su comportamiento, sus sonrisas, sus frases rápidas y bobas. Por aquel piercing atravezando su ceja y su cabello rubio oscuro-rojizo desordenado, peinado hacia un lado. Cubriendo la punta de sus orejas y parte de su frente.

Por sus ojos grandes, claros y transparentes no sólo en color.

Por su chaqueta azul oscuro y jeans negros, desgastados en los bordes y las rodillas. Con sus Vans del mismo color, cuyos cordones se entrelazaban en colores azul y gris.

Por sus manos cargando la manzana roja y luego frotando el jabón líquido con avidez.

Por pequeñas cosas, incluso absurdas pero que me hacían querer observarlo sin detenerme y nuevamente preguntarme ¿quién era él?

Vi como lentamente estiro su mano hacia mí, con la palma abierta.

— Un gusto en conocerte, Bella.-me ofreció una sonrisa ladeada, dejándome ver una adorable margarita nacer en su mejilla derecha.

Y me encontré estrechando su mano con la mía, sintiendo el calor que desprendía su piel y queriendo quedarme en ese mismo lugar un poco más de tiempo.
Pero aquellos pocos minutos, los más largos de toda mi vida, pronto llegaron a su fin.

El sonido del metro tren acercándose a toda velocidad por el andén me indicó que debía partir.
Mi mano seguía dentro de la suya.

— Debo irme—le sonreí, pero lamentaba el tener que partir tan pronto. Reluctante comencé a desprenderme de su contacto, pero seguía sintiendo la sensación de su piel en las yemas de mis dedos —¿Tomas el mismo tren?

Negó, tomando su mochila y poniéndose de pie. Volvió a ofrecerme su mano. Volví a tomarla y también me levanté del asiento.

— Voy en dirección contraria.

— ¿Y qué hacías en este andén y no el que está al otro lado?

— Sucede que… —suspiró, observándome de frente. Serio — Cuando ves a alguien y tienes la posibilidad de poder conocerla porque sabes será maravillosa, cruzas la línea.

Miré mis pies, absorta y avergonzada; comprendiendo lo que me decía. Lo observé entre mis pestañas, sintiendo al mismo sonido característico de hace aproximadamente veinte minutos y que indicaba el cierre de puertas.

Me quedaban segundos para despedirme.

— ¿Siempre vienes a esta misma estación?

— Cada día a la misma hora –sonrió.

Seguramente lo vería otra vez, aunque eso dependía de una infinidad de posibilidades. Sin embargo, sus palabras quedaron colgando en el aire.

Cruzas la línea.

Con un impulso nuevo, me puse sobre las puntas de mis pies y apoyada con mis manos en sus hombros, dejé un pequeño beso en la comisura de sus labios.
Vi a sólo centímetros de su rostro, como sus ojos se agrandaban en sorpresa y sus mejillas adquirían un tono rosado.

— Encantada de conocerte, Edward.

Y corrí, entrando al vagón justo a tiempo para ver las puertas cerrarse; dejándome vislumbrar a través del vidrio como él seguía en el mismo lugar. Sonriendo, tocando con sus dedos el lugar que yo había besado.

— ¡Te veré otra vez, Bella! –gritó, sacándome otra risa. Una de las tantas que habían nacido tan naturalmente de mí en ese día. Haciéndome sentir mariposas en el estómago y rodillas de gelatina.

Durante todo el camino a casa, mis mejillas no bajaron la intensidad de su calor. Mi boca no dejó de curvarse al recordarlo.

Esa misma noche, dando vueltas entre las sábanas de mi cama, pensé en él. En lo ridículo que parece escuchar a alguien contar sobre este tipo de historias. Como una chica conoce a un chico, la magia nace y los arcoíris vuelan.

Podía decir que no había sido así. No vi flotar unicornios ni pequeños bebés en pañales, portando flechas en sus manos regordetas.

Sin embargo, al recordarlo volví a sonreír. Había sido distinto, deslumbrante y quería que sucediera otra vez. ¿Qué sería de él? ¿Estudiaría? ¿Viviría muy lejos de aquí? ¿Tendría a alguien esperando por él al llegar a casa?

Suspiré, más veces de las que puedo contar.

Deseé que no fuera así. Que su corazón estuviera disponible porque sospechaba que podría entrar con facilidad en el mío.
Dejé a mis fantasías más rosadas salir a hacer de lo suyo, llenar de burbujas y algodón de azúcar mi imaginación.

En la posibilidad tan minúscula pero agradable de oír a alguien tocando mi puerta y al abrir, verlo a él.

Decirle nuevamente lo que encantada que estaba de haberlo conocido.

Él lo había dicho, estaría en el mismo lugar otra vez. Nos volveríamos a ver, tenía el presentimiento cargándome el pecho.

— Edward, Edward, Edward. Estoy hecha toda una boba –canté y cerré los ojos.

Soñé con trenes, manzanas rojas y ojos verdes.

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N.A:

Canción recomendada Enchanted de T. Swift.

Hello niñas. ¿Historia un poco rosada de principio a fin? Yo creo que sí, pero me gusta el resultado. Quería escribir algo corto, tierno y totalmente espontáneo. Salió esto.
Quizás algunos dirían "romántica a lo cuento de hadas, boba, etc". Yo, no lo sé. Sólo me dejé llevar ;-)
Esto será un Two-Shot, es decir, constará de dos capítulos. Eso sí, no sé cuando la suba. Con el inicio de clases el tiempo se reduce un poco, pero es una posibilidad tentadora y admito que ya ando pensando en todo lo que sucederá. El Rated podría variar de T a M, pero es irrelevante considerando que tendrá una conclusión feliz. A ver, díganme ¿cómo sería para ustedes un beso muy romántico? *curiosidad con fin investigativo* jajaja :P
Mientras tanto, díganme que les pareció. ¿Sí? Siempre es muy, muy, muy lindo leer sus comentarios.

Nos leemos.

Denisse.-