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Capítulo 5. Ley 4: Vestir.

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HirotoKiyama13

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Si ese es su deseo, le seguiré a todas partes. Aún si su trono se desmorona y su brillante corona se vuelve óxido.

A su lado mientras usted cae suavemente hacia abajo.

Yo estaré allí…

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Ley 4: ¿Cómo decirte esto? Tiendes a ver deliberadamente mi cuerpo cuando comienzas a vestirme. Y eso no me gusta. Y como no quiero que lo de la otra vez se vuelva a repetir, te diré que te LIMITES. Sí. ¿Has leído bien, Michaelis?

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Ciel se dedicaba pacientemente a seguir con su mirada los pasos del demonio que tenía como mayordomo. Podía divisar en sus facciones perfectas el pequeño enojo del mayor, que rara vez mostraba o dejaba ver a los demás humanos. Y aunque sospechaba las razones por las que tendría ese rostro a tales horas de la mañana, sabía que había algo más en ello. El apetito. Y no meramente por las almas.

Un día antes, para hacer enfurecer al demonio, se colocó él mismo una camisola más corta de lo normal. Aunque para su persona era vergonzosa, una venganza hacia Sebastian no se antojaba nada mal. Y en cuanto el mayordomo lo vio, se enfureció. Comenzó a renegarle que eso no era lo que un Conde de la buena sociedad haría y un montón de palabrerías más.

Pero claro.

A él, que era su amo y señor, sí podía mostrarle sus apetitos sexuales e incluso insinuársele, siendo que en apariencia lucía mayor. Y ahora me encuentro aquí, dudando sobre la moral del demonio en una Inglaterra con doble cara, ironizó el Conde hacia sus adentros.

Después de salir de sus pensamientos, observó cómo Sebastian traía su ropa perfectamente doblada hacia él. Era la que se pondría para ir a visitar al Conde Trancy, y es por eso que Michaelis caminaba a paso lento, sin estar cien por ciento seguro de colocarle esa ropa a su amo.

Le convenía. No todos los días podría ver a su amo en ese tipo de vestimenta; pero el que se la quisiera poner para ir a visitar al rubio depravado sexual humanoide (al que él llamaba amablemente 'Conde Trancy') con la copia barata llena de placer reprimido (y al cual trataba de evitar para no matarlo ahí mismo), no le convencía demasiado.

—Bocchan…

—No. Yo quiero esa ropa—le interrumpió el chico, indicándole con su cabeza la ropa que traía entre sus brazos—. No traje a Nina en vano.

El demonio no pudo evitar suspirar del enojo y los celos por la insistencia del menor. En momentos como ese, se preguntaba insistentemente el cómo su Joven Amo se podía comportar como todo un infante en tan sólo unos cuantos segundos. Reprimió su furia mostrando una sonrisa tétricamente agradable hacia el joven de cabellos azules que no le quitaba la mirada de encima.

—¿Qué? ¿Te quedarás ahí parado? —Preguntó Ciel con cierta burla en su voz, importándole poco los pensamientos de su mayordomo—. Falta poco tiempo.

La mirada carmín del demonio se volvió aún más penetrante, más calculadora. Se acercó con un poco más de rapidez hacia su contratista, para luego colocarse de cuclillas frente a esa figura angelical y pequeña. Colocó cuidadosamente la ropa al lado de su amo, para después irle desabrochando su camisola blanca, causando un estremecimiento en el Conde.

Y entonces, una idea algo atrevida cruzó por su mente. Convivir demasiado con los humanos me está afectando más de lo que pensé, se dijo a sí mismo, a la vez que mostraba una sonrisa perversa en su rostro. Y eso a Ciel Phantomhive no le gustó.

Dispuesto no a averiguar lo que su demonio planeaba, no preguntó ni emitió palabra alguna. Entonces, Michaelis se dispuso a vestirlo. Comenzó con esa camisa de manga larga, hecha del más fino algodón y con unos cuantos holanes en ella; que lejos de mostrar a un Phantomhive mayor, le hacía ver aún más infantil. Y apetitoso. No pudo evitar el hecho de lamerse los labios. Y como siempre, esa acción no pasó desapercibida por el menor, quien frunció el ceño al instante.

—Sebastian, ¿se puede saber qué…?—su pregunta se vio apagada al sentir la traviesa lengua del demonio recorrer toda la extensión de su cuello con una lentitud que a él se le hacía una tortura—. ¡Hey, Sebastian!

—Cálmese, Bocchan. Solo tendremos un poco de diversión mientras le visto—le dijo en el oído con burla, mientras estiraba su brazo para tomar ese pantaloncillo que le volvería loco—. Será solo un rato.

—¿Sólo un rato? Sebastian, te tardas más de una hora cuando tú…

—¿Eso lo tomo como un 'Haz lo que quieras conmigo, Sebastian'? —Preguntó con sorna mientras bajaba su brazo para pasar la prenda por los pies y subirla lentamente, mientras acariciaba sus finas piernas en el trayecto—. Aparte, yo no miento.

Dicho esto, subió a sus labios para unirlos con los suyos en un demandante beso. Ciel gimió inconscientemente al sentir la experta y cálida lengua de Sebastian querer jugar con la suya. Al principio se resistió. Pero había algo en la voz del demonio que le hacía volar, aunque él no quisiera admitirlo. Era algo que no podía controlar, y que al parecer a Sebastian no le molestaba en lo absoluto. El mayordomo tomó los brazos del chico para después colocarlos alrededor de su cuello y abrochaba el pantaloncillo azul con una lentitud endemoniadamente frustrante.

El hombre de cabellos negros como la noche abrió un poco los ojos, ya que después de besar los labios de su Bocchan se le había olvidado el lugar en donde había dejado la ropa. Al ver que estaba justo al lado de él, se maldijo a sí mismo. A este paso, me andaré desnudo por la mansión por si acaso, pensó con ironía. Se podría decir que estaba feliz, ya que su amado Amo estaba respondiendo a cada una de sus caricias (y esperaba que también le respondiera a su 'Sebastiancito'), y hasta ahora no había recibido queja alguna o por lo menos una bofetada, de esas que le dejaban la mejilla roja por casi dos días.

Se separaron por la falta de aire. O bueno, más bien, su Joven Amo lo separó. En esos momentos maldecía el hecho de que el pequeño era un humano y no un demonio, o alguna cosa mutantemente hermosa que pudiera vivir sin el oxígeno. Y entonces calló en cuenta de la palabra que utilizó.

Mutante.

¿Dónde rayos quedó su cordura 'demoniaca'? ¡Ese niño le estaba volviendo completamente loco!

Importándole poco eso y dejándolo de lado al ver la mirada un poco (demasiado, en realidad) furiosa del humano que tenía enfrente, tomó los calcetones negros, largos, y que al pequeño le llegarían prácticamente hasta debajo de la rodilla. Le dio un beso fugaz a su contratista antes de que éste protestara, y se dedicó a lamer, de nuevo, su cuello. Colocó primero el calcetón de su pierna izquierda, y acariciaba tortuosamente su desnuda pierna derecha, a la vez que usaba su lengua para humedecer un poco su blanquecino cuello.

—S-Sebas…—susurró Phantomhive, para después colocar sus delgadas manos en los brazos de su mayordomo, tratando de alejarlo—… D-Deja de hacer eso.

—¿Seguro, Bocchan? — Preguntó justamente después de colocar el otro calcetón en su pierna derecha—. Hace minutos atrás no decía lo mismo. Aparte, no estoy haciendo nada malo.

—¿Besarme cuando dije que no y lamerme mi cuello cuando en la regla no está dicho eso? Claro que no estás haciendo nada malo—le reprendió con ironía.

—Con todo el respeto, Bocchan—comenzó a explicar Sebastian, mientras se alejaba de él con una sonrisa en su hermoso y perfecto rostro—, pero al parecer usted lo disfrutaba. Y no es que lo diga para aumentar mi propio placer, que este ya está al por mayor—acarició la mejilla del Conde y la mano que se encontraba en las piernas comenzó a ascender con lujuria—. Pero cuando lo besé, usted…

Y las palabras se quedaron al aire al ver el puchero infantil que su Amo mostraba en esos momentos. Quería reírse, pero no podía. No debía. Es decir, ¿cómo el niño más orgulloso de toda Inglaterra y quizás del mundo entero, se encontraba en esos momentos con sus mejillas infladas y mirándolo con arrogancia? Eso, para un demonio como él, era un mero berrinche.

Pero por más que lo evitara, una carcajada se escapó de esos labios demandantes.

—¡No te burles, imbécil! ¡Estoy hablando en serio! —Ciel lo tomó de su traje para zarandearlo un poco—. Es una orden. Deja de hacer cosas como estas.

Sebastian alzó una ceja, divertido. Sin despegar la vista de su Joven Amo y quitando sus pequeñas manos de su traje para colocarlas a los costados, tomó el chaleco azul y se dispuso a colocarlo con sumo cuidado. Se acercó más a él, besando su cuello con pasión.

El gran Ciel Phantomhive poco a poco estaba cayendo.

—A-Aho…

—¡Joven Amo!

Y la inoportuna de Maylenne llegó a interrumpirles en semejante escena. Al ver muy bien la posición en la que se encontraban el Amo y el mayordomo, un sonrojo apareció en sus mejillas. Ciel inmediatamente giró su cabeza hacia la de la sirvienta, con una notoria sorpresa en su mirada. ¿Por qué rayos la chica de lentes no tocaba la puerta? ¿Tan difícil era hacerlo? Por supuesto que no.

—Yo…—por primera vez, Ciel comenzó a balbucear frente a la servidumbre. Ninguna palabra salía de su boca, y el mayordomo aún seguía besando su cuello a pesar de haber notado la presencia de Maylenne en la habitación.

—E-Esta s-situación, B-Bocchan... —el tartamudeo nervioso de la de cabellos rojizos no les dejaba entender muy bien lo que trataba de decir, pero aun así, Sebastian le seguía ignorando.

Y justo cuando el Conde iba a decir algo más, la voz de Sebastian resonó por toda la habitación.

—Sólo estoy dejando mi marca. No es nada malo.

Puede que lujurioso. Pero soy un demonio, ¿no?, se dijo para sus adentros el mayordomo con una sonrisa de oreja a oreja. El tono rojizo del rostro de Maylenne aumentó de intensidad al escuchar las palabras dichas por Sebastian.

Ciel seguía sin reaccionar, hasta que cayó en cuenta de las estúpidas declaraciones pecaminosas pronunciadas por su mayordomo.

—¡I-Imbécil!


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—Y dime, Ciel, ¿por qué aceptaste mi invitación?

—Ya te dije. Estaba aburrido.

—¡Oh, admite que querías verme!

—Vale…—soltó un bufido de resignación—. Lo admito.

Al decir eso, Alois Trancy se colgó del brazo de Ciel, que mantenía su mirada en el té y no se atrevía a quitar la minúscula sonrisa que se posaba en su rostro. Y es que después de las palabras dichas por su mayordomo en la sala de bienvenida, no era bueno decir que estaba fastidiado y que ya quería irse.

Pero no por la presencia de Alois. De hecho, debía de admitir que el rubio de ojos azules cual cielo despejado no era tan molesto como pensaba. Y, a pesar de no ir para aquél lado, debía de admitir que era tranquilo. Y entonces cayó en cuenta de algo. ¿Cuál era 'aquél lado'? Sonaba estúpido viniendo de él si tomaba en cuenta de que Inglaterra era una nación con doble rostro. En algunas ocasiones (Eran más de las que pensaba, pero para ayudar a su orgullo diría que se podía contar con las manos [1]) tuvo relaciones con Sebastian, así que no debía de existir ese lado para él.

Soltó un suspiro de frustración, el cual no pasó desapercibido por su mayordomo.

—¿Sucede algo, Bocchan? ¿Estrés, frustración? —Comenzó a preguntar después de haberse colocado a su altura—. ¿Aburrimiento, quizás?

—Será mejor que cierres la boca—espetó. Miró de soslayo al rubio, que se había alejado un poco sin que se diera cuenta—. Si me permiten, quisiera hablar con Alois—Al ver que ninguna de las estatuas vivientes hacían movimiento alguno, endureció su mirada y los miró con furia—. A solas.

—Pero Bocchan….

—Ahora.

Sebastian cerró los ojos con resignación, mientras se inclinaba en señal de respeto. Giró sobre sí mismo y tomó del traje a Claude, que no había mencionado palabra alguna en todo el rato que llevaban ahí. Y al parecer él tampoco quería irse, ya que tuvo que usar un poco de su fuerza demoníaca para arrastrarlo.

Lo llevó a la sala de estar, que se encontraba justo al lado, no sin antes darle unos cuantos empujones poco finos como venganza por desear el alma y el cuerpo que le pertenecían por contrato y por más. En ese momento no era Sebastian Michaelis, el enigmático, educado y perfecto mayordomo de la mansión Phantomhive.

Era un demonio posesivo que quería proteger lo suyo.

Al quedar frente a Faustus, lo miró con un aura furiosa alrededor. Alois Trancy era un alienígena extraño y peligroso.

—¿Qué planea hacerle tu humano a mi Bocchan?


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—¿Quién hizo este pastel?

—Claude, por supuesto.

Después de que sus respectivos mayordomos dejaron la habitación, Alois se lo había llevado a rastras hacia el jardín. Le había dicho que tenía una sorpresa, y es por eso que se encontraban ahí. Lo más sorpresivo de todo, es que en la gran mesa cubierta de un mantel cien por ciento blanco, se encontraba un delicioso pastel de chocolate, lo suficientemente grande como para llenarle el estómago por una semana.

Tanto antojo tenía por lo dulce, que sin recibir una propuesta de Alois, se sentó en un extremo de la mesa y se dispuso a comerlo. Luego le siguió el rubio, pero él sólo se limitó a mirarle con una sonrisa divertida y con su cabeza medio ladeada.

Debía de admitir que era delicioso. Había algo diferente en él. No sabía qué era. Su sabor, consistencia, olor. No podía describirlo a la perfección.

Pero era tan delicioso que había surtido cierto efecto en él. Ahora, en esos momentos, veía al gran Conde Alois Trancy como una persona con la que estaba dispuesta a buscar placer a sus escasos trece años. Sentía un éxtasis grande correr por sus venas, notando como el calor se le subía al rostro y, por ende, a sus mejillas

La imagen de Alois en esos momentos le resultaba atractiva. Apetecible.

Trancy era hermoso como una mariposa. Pero llega un momento en que la mariposa es molesta y tú tienes hambre. Ahora, lo único que quieres es devorarla. Devorarla por completo.

—Ciel, ¿qué pasa? —Preguntó inocentemente el rubio al ver la mirada azulina de Ciel sobre su persona—. ¿Te sientes mal? Haz dejado de comer pastel.

—Yo quiero…

Alois soltó una pequeña carcajada, y se dispuso a ponerse de pie, acercándosele a Ciel en un movimiento rápido. Al ser mayor que él, Phantomhive tuvo que alzar su rostro para poder mirarle a los ojos. Oh, esos ojos, pensó el Conde con diversión. No podía controlar su cuerpo ni su mente. Estaban desconectados y lo único que sentía en esos momentos era que quería hacer cosas malas con Trancy, tal y como él las hace con Sebastian.

Aunque sabía que el Sebastiancito era único, había llegado la hora de probar al Aloisito.

Y sin pensarlo dos veces, se lanzó a devorar los labios del rubio, quien enseguida correspondió al beso.


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—Su Alteza ha colocado un tipo de afrodisíaco en el pastel del Conde Phantomhive—respondió con frialdad.

—¿Qué? ¿Un afrodisíaco? —preguntó Sebastian, incrédulo.

—Sí. Según tengo entendido, ese afrodisíaco sirve para, claramente, aumentar el apetito sexual. Pero la diferencia aquí, es que el que lo ha consumido deseará mantener relaciones con la primera persona a la que vea—un pequeño suspiro escapó de sus labios, a la vez que sus ojos ámbar se posaban sobre su contrincante—. No importa que tan orgullosa sea tu alma, Michaelis. Perderá el control de su cuerpo y hará cosas sucias con mi contratista.

Sebastian notó que lo único que quería causar era una batalla, así que no mencionó nada del tema. Pero al percibir (increíblemente) que Claude Faustus en realidad estaba interesado en lo que haría Alois, una idea cruzó por su mente.

—Y tu contratista no parecerá quejarse por ello, ¿cierto?

El silencio de Faustus le comprobó su teoría.

—Resultaste más inteligente de lo que pensé—espetó el demonio de lentes con gran ironía en su voz.

Michaelis chasqueó la lengua furioso. Enterró su mano en su cabello, y un suspiro resignado escapó de sus labios.

—¿Dónde están?

Faustus se tardó en responder. Estaba en el contrato que no debía traicionar a su contratista, pero había algo en él que no lo dejaba en paz. A pesar de ser un demonio y de no sentir, algo le decía que tenía que detenerlos.

Porque la simple imagen de Alois Trancy estando con alguien más, a pesar de ser el delicioso Ciel Phantomhive, le enfurecía.

Estaba decidido.

—En el jardín.


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Ciel tomó los cabellos rubios de Alois y lanzó un suspiro sin querer. Eso a Trancy le agradó, y se dedicó a sonreír entre el beso.

Phantomhive poco entendía de la situación. Sabía que estaba besándose con Alois Trancy, el chico sádico, irritante, chillón y chiflado, pero aun así no podía detenerse; no quería. A sus escasos trece años, sentía un placer abrasador en su interior que le causaba estragos en su cordura y quería lanzarse y devorar a la primera persona que viese.

Y esa persona fue el Conde Trancy.

No sabía el porqué, pero se imaginó al rubio en una forma… de pastel. Un pastel de vainilla que compite contra el de chocolate como lo es Sebastian. La lengua traviesa de Alois se coló por su boca, y comenzaron con una danza infernal.

Él gracias a lo que había aprendido de las clases extracurriculares nada sanas que Sebastian le daba, y Alois porque amaba las paletas.

Al menos así lo dijo él.

Justo cuando se había incorporado en un movimiento felinamente perruno (ya tenía que encontrar a un culpable de su reciente voladera de cabeza) para colocarse encima de Alois en la mesa, una gran mano le sujetó de su chaleco azul y lo alejó con algo de furia.

Su mente daba vueltas y vueltas, y cuando abrió los ojos se encontró con un Alois molesto soltando un montón de palabrerías, siendo tomado por las caderas por su mayordomo, Claude Faustus. Y Ciel se puso a pensar con las mejillas sonrosadas y regresó un poco a la realidad, lo suficiente como para ladear su rostro y mirar los ojos agudos y penetrantes de su mayordomo, el cual le cargaba como si fuera una princesa.

—Al parecer—habló Sebastian, intentando controlarse para no matar al rubio ahí mismo—, los humanos sí que se divierten cuando pueden. Usted merece un castigo, Bocchan.

Dicho esto, comenzó a caminar. Ciel se dedicó a murmurar un montón de palabras incoherentes, mientras pasaba por alto las amenazas que Trancy le dedicaba a su demonio. Estando lo bastante alejados de ellos, Phantomhive lanzó un suspiro de frustración.

—Ya le daré su merecido cuando lleguemos a la mansión, Bocchan.

Y Ciel, al darse cuenta del tono celoso, lujurioso y pasional con que le habló, frunció el ceño con enojo. Su mente estaba un poco (sólo un poco) despejada de lo ocurrido, pero aun así entendía a la perfección.

Imbécil, imbécil, ¡IMBÉCIL!

Ley 4: Oh, por supuesto que lo disfrutó. Es decir… ¡Eso no debería de pasar!

Ese demonio estúpido…

—¡S-Sebastian! —rugió.

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Hasta que oiga las palabras 'Jaque mate'.

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¡Hola, hola, gente!

Después de casi dos meses sin actualizar este fic, he regresado. Y en serio, de nuevo, pido PERDÓN por la tardanza. A diferencia de Adrenalina, no actualicé este fic por falta de tiempo (bueno, sí fue en parte, más no fue la razón primordial), sino más bien por mi sentido de humor. En los últimos meses me han pasado cosas que… Bueno, me han causado una que otra depresión por razones verdaderamente patéticas. Así que en verdad LO SIENTO.

Cambiando de tema. Con este capítulo, me divertí en verdad. La actitud de Ciel al final está algo OoC; para los que leyeron el capítulo anterior, sabrán el porqué. Y los que no, pues… aquí hice mención a eso. Traté de poner a un Sebastian más atrevido de lo normal pero sin sacarlo de esas casillas que la gran Yana planteó para su personaje.

Fue algo difícil para mí hacer alguna escena entre Ciel y Alois, así que sólo me limité a poner un beso. De hecho, sí quería ponerlo. Pero como los capítulos de este fic no los tengo planeados hacerlo tan largos (de hecho me pasé), tuve que poner sólo un beso, aunque he de admitir que me quedé con ganas de poner a Alois con su ropa desabrochada xD.

Pero no me quedaré con las ganas y pondré a Alois Trancy otra vez, y ésta vez estarán más traviesos, eso tómenlo por seguro xD.

Sebas-chan frustrado porque no tiene momentos de diversión con Ciel, y aparte encontrárselo así con el Conde Trancy. Eso no es nada bueno.

¿Lemon o no? Eso es sooooorpresa xD.

¿Qué sintió Claude al ver esa escena? ¿Por qué ayudó a Sebastian en realidad? ¿Alois en realidad desea a Ciel o es sólo para molestar a su mayordomo?

Yo quisiera ver a Sebastian desnudo por la mansión xD

Todo esto y más, en los próximos capítulos (¿) :k. Menos lo de Sebastian desnudo por la mansión, aaaaahh. Espero y disfruten el capítulo y que por lo menos les haya sacado una que otra sonrisa por ahí.

Gracias a camiSXN, Manukee, VioletaBlack y, por supuesto, a Breyito-Black-Lupin. En serio se los agradezco desde lo más profundo de mi corazón. También a todos aquéllos/as que leen y que agregaron este fic a favoritos y a alertas.

Sin más, me despido.

¡Que anden bien!

Saludos&besos.

HirotoKiyama13