¡Al fin he terminado de escribir el segundo capítulo! El título significa "A oscuras de la luna". Aquí he inventado parte del pasado de Madotsuki para darle significado a eventos que resultan intrascendentes en el juego, quiero profundizar del todo en el juego. Así que, la mayor parte del pasado de Mado es interpretación mía (aún así ya aviso que en la parte final hay algo canon).

Yume Nikki le pertenece a Kikiyama.

¡Espero que os guste este capítulo!


Capítulo 2 - Tsuki no kurayami de

Habían pasado unas horas desde que Madotsuki había despertado de su último sueño, o de su última pesadilla. Después de encontrarse con las Toriningen y de haber recordado su pasado, la joven había hecho todo el esfuerzo posible para tragarse sus lágrimas. Esas lágrimas que no salían de sus ojos, caían en lo más profundo de su corazón, y Madotsuki sabía que, tarde o temprano, llegaría un momento en que su corazón se estuviera ahogando y ya no pudiera más, y entonces dejaría salir todos sus sentimientos.

Pero, por ahora, ese momento no había llegado aún, así que pasó un rato jugando al Nasu, intentando olvidar lo ocurrido en el sueño. Cuando se aburrió, sólo se sentó en el suelo al estilo tradicional, apoyando sus rodillas en un cojín, y dejó que el tiempo pasase. No tenía ganas de dormirse aún, así que se puso a pensar en cosas que la divirtiesen, aunque, de hecho, no había para nada muchas. Evitaba recordar su pasado, y sólo se imaginaba cómo habría sido su futuro, si aún le quedase algo por lo que valiera la pena vivir que no fueran sus sueños. Si las pocas personas que apreciaba, incluyendo su amor, no hubieran muerto, ¿cómo habría vivido?

Un escalofrío recorrió su espalda, aunque tenía la ventana cerrada. Pero no fue por frío, sino por el hecho de pensar en aquella persona que una vez amó. Le estremeció el hecho de pensar que, si en sus sueños se reproducía su realidad, pudiera ver morir otra vez a ese hombre. ¿Sería capaz de soportarlo, por segunda vez?

Siguieron pasando las horas, se fueron perdiendo segundos y minutos que quizá para una persona normal habrían resultado tiempo valioso para hacer actividades de ocio o también de trabajo. Pero Madotsuki tenía todo el tiempo del mundo para perderlo, pues ya no tenía nada que hacer, sólo dejar pasar el tiempo.

Ya era de noche y empezaba a aburrirse. Madotsuki salió a la terraza y observó el cielo. Le gustaba la noche. Era pacífica y calmada, pero a la vez, un poco terrorífica, si se miraba con malos ojos. La luna menguante destacaba en el cielo oscuro, iluminándolo con una majestuosa luz plateada. No había estrellas. La luna estaba sola en un mundo oscuro, sin estrellas. Si Madotsuki era la luna, perdida en la oscuridad, las estrellas eran sus seres queridos. Y las estrellas habían desaparecido del cielo, abrumadas por la oscuridad.

Estuvo observando el cielo unos minutos. También pasó la vista por la ciudad. Las casas se veían pequeñas desde esa altura. Varias luces estaban aún encendidas en la oscuridad. Le dio algo de vértigo mirar hacia abajo, por un momento sintió como si se fuera a caer. Cerró los ojos y pensó en qué se siente mientras estás cayendo. Ya lo había pensado otras veces e incluso había considerado la posibilidad de comprobarlo en su piel en el momento en que su amado se perdió para siempre. Pero aún no lo había hecho, y seguía allí, soñando en sus ilusiones.

El sentir el viento golpeando suavemente su rostro le erizó la piel. Empezaba a hacer frío y ya tenía algo de sueño. Antes de entrar en su habitación, miró por última vez la luna en la oscuridad. Las nubes empezaban a taparla, al igual que se tapaban las esperanzas de la joven.

Se dirigió a su cama dispuesta a dormirse. Se tapó con las sábanas y cerró los ojos. En el momento en que se dormía, deseó que, esta vez, no encontrara a nadie como esas terribles mujeres.

En la terraza de su mundo estaba aún más oscuro que en la de la realidad. Esta vez, aparte de no haber estrellas, no había luna. Como si la Madotsuki del sueño no fuera real, no existiera, fuera una ilusión, el oasis que tanto se persigue. ¿Era la Madotsuki del sueño algo verdadero? ¿O sólo era un engaño?

Entró a su habitación fue directamente al "Nexus", el nombre que le había decidido dar a la sala donde habían las puertas. Fue hacia el centro del círculo que formaban las puertas y no pudo evitar que se le encogiera el corazón al pasar al lado de entrada metálica que llevaba al Mundo de los Números. Como en el sueño anterior, revisó las puertas una a una y se decidió por una que estaba a su izquierda, con líneas azul claro y morado oscuro. En el momento en que travesó la puerta, lo que vio no le gustó: porque no vio absolutamente nada.

Ese mundo estaba totalmente oscuro. A Madotsuki eso no le asustaba, pero le inquietaba. Además, el hecho de no ver nada no ayudaba a calmar sus nervios por la posibilidad de encontrar una de las mujeres dementes. No se atrevía a dar ni un paso, ¿y si había un abismo delante de ella, o algo aún peor que un abismo? No era prudente moverse en un lugar a oscuras como si nada.

Pero no pasaron más de unos segundos antes de que se acordara de que tenía algo que podía usar. Al fin y al cabo, su anterior sueño y el paseo por el Mundo de los Números no fueron en vano, pues obtuvo su segundo efecto, la Farola. Sin pensárselo dos veces, se apresuró a usar ese efecto y el "Mundo Oscuro", pues Madotsuki no había encontrado mejor nombre para el lugar donde se encontraba, se iluminó con una tenue luz, la suficiente para poder ver donde pisaba. Aunque su cabeza se sentía algo extraña, más pesada; se llevó una de sus manos a la cara y se sorprendió al topar con un cristal. Pronto entendió lo que ocurría, un efecto secundario de la Farola: la farola era su cabeza.

Pasó la vista por el lugar, no parecía haber nada. El suelo seguía siendo negro, pero se podían distinguir claramente unos trazados de plata, formando diferentes dibujos y marcas. No parecía tener paredes, muros o abismos, así que Madotsuki supuso que era como ese horrible "Mundo de la Guillotina" al que había ido, y que cuando llegabas a un extremo del lugar, aparecías una vez más en el otro lado.

Sin preocupación, pero atenta al mismo tiempo, empezó a pasear tranquilamente por esa oscuridad, ahora iluminada. No pasó mucho tiempo antes de que encontrara algo, unos ojos rojos y redondos pertenecientes a un ser oscuro como ese mundo, de un color morado o negro. Al principio Madotsuki puso sus sentidos en guardia, pero pronto vio que esa criatura redondeada no pensaba hacerle nada y ni siquiera parecía advertir su presencia, así que la joven siguió su camino, un camino cambiante que no estaba definido.

Al cabo de un rato, encontró una extraña puerta que tenía un aspecto algo parecido a una calavera. Al entrar en ella, tuvo que entrecerrar los ojos un momento para que la luz no la cegase. Apareció en un lugar al aire libre, con abundantes plantas delgadas, pero muy secas, con el suelo erosionado. El cielo estaba claro, con el sol iluminando ferozmente el terreno salvaje, y no parecía que fuera a llover. De hecho tenía sentido, pues si lloviese, ese lugar no estaría tan seco.

Tomó una dirección cualquiera y fue hacia su derecha. Caminó por unos pasadizos de arena custodiados por las plantas, que no dejaban ningún camino libre a ojos de Madotsuki. Pronto oyó algo que le sorprendió: se oía una música animada. Parecía lejana al principio, pero a cada paso se oía más próximamente. La joven soñadora se preguntaba qué hacía una melodía animada en medio de un lugar tan desértico, allí no parecía haber rastros de civilización. Ya estaba muy cerca, al fin llegó al lugar de donde provenía la música… Y tuvo que controlarse para no salir corriendo, huyendo.

Su corazón había dado un vuelco, sus ojos se habían abierto cambiando esa mirada aburrida que siempre mantenía por una de miedo, y sus piernas habían temblado ligeramente. Se había esperado cualquier cosa, incluso monstruos o fantasmas bailando, pero eso estaba totalmente fuera de sus cálculos.

Estaban ahí. No una, ni dos, sino tres. Tres Toriningen, tres de esas mujeres dementes que tanto la habían asustado en su anterior sueño, tres. Madotsuki se quedó paralizada al verlas. Si la perseguían, lo seguro era que no podría escapar por mucho que lo intentase. Pero, al parecer, ellas ni tan solo se habían dado cuenta de la existencia de la chica y parecían disfrutar de un bonito picnic al aire libre, con música, en medio de un lugar desértico son secas hierbas. Daban pasitos de aquí para allá, aunque no bailaban. Cuando se tranquilizó, Madotsuki pudo ver que había unas plantas que las separaban y que, además, las mujeres no tenían los ojos fuera de sus órbitas y la lengua siendo mordida por su propio pico, al parecer estaban como la que había en el Mundo de los Números, en la sala llena de camas. No había peligro, al menos por ahora.

Madotsuki observó las plantas que bloqueaban el paso al lugar de la pequeña fiesta. Luego observó a las tres mujeres. Sonrió, pero no fue una sonrisa alegre, al contrario. Fue una mueca melancólica, llena de pesar, y sus ojos se ensombrecieron.

Una vez más, permitió que su pasado la asaltara. En el instituto, ella siempre había sido apartada de las fiestas. Al principio, cuando las chicas empezaron a hacer grandes fiestas en sus casas, invitando quizá a algún chico privilegiado, Madotsuki siempre pedía ir con alegría y esperanza en su rostro. Esperanza que era eliminada brutalmente, con la misma frase de siempre: "Lo siento, niña de la ventana, esta fiesta es para gente que vale la pena de verdad." Las mismas palabras de siempre, que fueron repetidas unas cuantas veces hasta que Madotsuki entendió que nunca dejaría de ser la "niña de la ventana" que era apartada por todos. Esas frías palabras hacían que sintiese que no valía la pena, que era una basura de persona, lo peor. Pero, ¿ella tenía la culpa de haber nacido así? Sabía que no debía hacer caso a esa oración pronunciada por las sucias bocas y falsas voces de las personas que se esforzaban en hacerla sentir mal, en herirla en lo más profundo de su alma. Alma que ahora se encontraba cerrada, para no dejar que eso volviera a afectarle nunca más.

Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos de su mente. El pasado es eso, simplemente pasado que no puede cambiar. Pero, en el fondo, sabía que el pasado es muy importante en una persona, y para conocerla, debes conocer su pasado, pues es este el que condiciona el presente. Y el presente es lo que importa, al fin y al cabo, el presente es el pasado del futuro.

Resignada, dio la vuelta para volver por donde había venido. No quería seguir en ese extraño desierto, aunque estaba segura de que era mucho más extenso y aún faltaba por explorar. Pero ya tendría tiempo. Tenía todo el tiempo que quisiese. Así que, por el momento, volvería al Mundo Oscuro.

Era extraño, pero Madotsuki se sentía mejor estando a oscuras o con una iluminación pobre. El negro podía representar las tinieblas, pero era el color de la vida. El blanco era la luz, pero también era la muerte. Madotsuki había sufrido a la luz del día, y sólo en la oscuridad de la noche se sentía en paz consigo misma, aunque no con el mundo. Ya se había rendido, nunca podría perdonar el mundo, así como el mundo nunca la perdonó a ella por el simple hecho de haber existido en él.

Siguió vagando por ese mundo ennegrecido, y al cabo de un rato fue seguida por un extraño fantasma que no paraba de moverse y ponerse a su lado, aunque eso no molestaba a la joven, pues ese parecía un espíritu inofensivo que sólo buscaba un poco de compañía en ese lugar totalmente deshabitado.

Madotsuki llegó a la conclusión de que en ese mundo no había nada más a parte un par de seres extraños y la puerta que llevaba al desierto donde habían las Toriningen festejando un día al aire libre. Ya estaba a punto de estirarse la mejilla cuando notó un ruido metálico y algo debajo de uno de sus pies. Bajó la mirada y apartó el pie para ver qué era. Se agachó y cogió el objeto. Era un cuchillo y, en el momento en que lo tocó, obtuvo un efecto con ese nombre.

Dejó el objeto en el suelo para usar su efecto y otro cuchillo apareció en su mano. La oscuridad volvió a inundar el lugar, pues el efecto Farola se había desactivado al no poder usar dos efectos a la vez. A pesar de que todo era negro, la plateada hoja del cuchillo brillaba con intensidad. Madotsuki pasó un dedo por él, con mucho cuidado para no cortarse. Estaba muy afilado, y por mucha precaución que hubiera tomado, se hizo un pequeño corte en el dedo índice. Observó una gotita de sangre salir de la herida y caer en la penumbra, perdiéndose el rojo en la oscuridad del negro. Por suerte no sangró más, y sólo sentía una punzada. Si se tocaba la herida le escocía un poco, pero cosas peores se había hecho, esto era como una picada de mosquito.

Madotsuki notó algo a su lado. El fantasma se movía sin parar, de arriba para abajo y de izquierda a derecha. Le recordó a uno de sus supuestos amigos, que estaba siempre a su lado, siguiéndola. Al principio, Madotsuki pensó que era sólo porque le caía bien y que había encontrado un amigo. Pero obviamente no era así, sólo tenía la intención de saber más de ella para poder molestarla y hacerle sufrir más. Un maldito acosador que no tenía nada mejor que hacer que dificultar más de lo que ya lo estaba la vida de Madotsuki.

La mano que sostenía el cuchillo se apretó con fuerza al darse cuenta de esa coincidencia. No, no era una coincidencia, estaba claro que el sueño quería mostrarle esa parte de su pasado. Frunció el ceño, esa vez no lo iba a permitir. Esa vez iba a ir en contra de su sueño.

Madotsuki estaba furiosa, esa retorcida ilusión parecía querer incitarla a vengarse o sufrir y sentirse impotente. Ya que era su sueño, no el de otra persona, sólo ahí podía cobrar alguna venganza contra los que le hicieron sufrir. Con determinación, avanzó hacia el fantasma, la recreación de ese "amigo", ese maldito energúmeno que la había despreciado totalmente, y enterró el cuchillo en él, de un movimiento rápido. El fantasma hizo un sonido extraño, un grito de agonía que a la vez era como una voz que pedía dormir en paz para siempre. De la herida donde estaba clavado el cuchillo salía un hilo de sangre, la misma sangre que ahora salpicaba las manos de Madotsuki y decoraba la plateada hoja de su arma. Acto seguido, el espíritu se desvaneció.

Los labios de Madotsuki se curvaron en una muy leve sonrisa. Ahora se sentía un poco mejor, más satisfecha. Sabía que era imposible matar a ese niño que había jugado con su amabilidad, pero al menos, en su sueño, podía destruir su recreación.

Observó el cuchillo en sus manos. La sangre había desaparecido con el fantasma. El rojo de la sangre, que había abandonado el blanco fantasma para ocultarse en el negro abrumador, no había dejado ningún rastro del crimen al desaparecer. Los ojos de la joven brillaron como si el filo del cuchillo se hubiera reflejado en ellos; como la plateada luna que se refleja en un mar aparentemente calmado, pero con las profundidades siendo sacudidas por violentas corrientes de agua helada, destrozando cruelmente y sin piedad todo lo que se encuentre en su interior.

Madotsuki guardó el efecto del cuchillo y volvió a encender la farola. Ya habría tiempo para usar esa arma, y seguramente le sería bastante útil. Suspiró y el brillo de su mirada obtuvo un tinte triste. Ese sentimiento de odio hacia personas que conocía no era nada nuevo, pero sí el hecho de poder obtener una pequeña venganza ilusoria, que aunque no era real, podía servir para desahogar su furia contenida. No le importaba el hecho de destrozar las almas de los seres de sus sueños, pues no eran más que eso, sueños, no tenían cuerpo propio en la realidad, pero la mente que contenían parecía ser la de sus antiguos compañeros. Más de una vez se había planteado la posibilidad de arrebatarles la vida a quienes hacían imposible la suya, y lo habría hecho, sin hacer caso a un posible remordimiento por tal acción. Lo habría hecho si no fuera por la promesa que había hecho a su persona más apreciada. Promesa que, aún después de que esa persona desapareciera, mantenía cumplida, guardada recelosamente en lo profundo de su corazón, inamovible como un prisionero encadenado sin posibilidad de mirar a través de ninguna ventana para ver la luz de la luna o de salir al mundo bañándose en la dorada luz del sol, viviendo sólo y a oscuras, pagando por algún crimen que nunca había cometido. Y así permanecería, pues no pensaba traicionar a su promesa ni a su amigo, a su amado.

Al fin encontró la puerta que le sacaba de esa eterna oscuridad. Antes de salir de ese mundo, desactivó el efecto de la farola. Abrió la puerta lentamente y tuvo que entrecerrar los ojos para que sus pupilas se acostumbrasen a la luz que entraba del Nexus, que aunque no estaba muy iluminado, tenía más luminosidad que la tenue farola en ese mundo sumido en la oscuridad.

Una vez sus ojos volvieron a acostumbrarse a la luz, fue dando círculos alrededor de las puertas hasta que se detuvo delante de una de ellas. Se trataba de una puerta de madera toda bañada en color fucsia chillón, con unas sencillas tramas simétricas adornándola. Aunque fue elegida al azar, esa entrada tenía algo que inquietaba a Madotsuki. Al principio ni ella supo descifrar qué era, pero cuando su mano tocó la superficie de esa puerta al abrirla, lo entendió. Era el color, como el de los ojos de las Toriningen cuando estaban desquiciadas. Por un momento tuvo miedo de ver ese mundo por si había alguna mujer pájaro, pero era demasiado tarde igualmente, pues ya había abierto de par en par y se encontraba dando un paso para entrar.

Lo primero que vio al entrar fue el suelo. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver la imagen que presentaba el terreno: tenía un fondo oscuro como en el mundo anterior, hasta aquí todo era normal. Pero algo se desplazaba en ese fondo. Un dibujo abstracto y extraño, algo bizarro y demasiado inquietante. Era imposible decir con una mínima exactitud qué representaba. Podía ser un monstruo repugnante observando cada paso que se da en el suelo, o una bestia devorando cruelmente a la otra. O quizá una representación enferma de un cerebro, el interior de una mente. La mente de Madotsuki, en que su pasado era el que la devoraba, lenta pero indeteniblemente. Donde sólo había dos pensamientos: sus sueños y los recuerdos que los corroían, que los intoxicaban, ahogándola en un mar de impotencia y decepción que era comprimido y suprimido. ¿Algún día saldría al exterior? ¿O seguiría encerrado para siempre?

Madotsuki apartó los ojos del dibujo del suelo para observar su alrededor. A sus pies había diferentes trazados que formaban pequeños cuadrados en ese inquietante suelo; como grafitis de tamaño reducido. Madotsuki se dio cuenta de que, al pisarlos, hacían algunos sonidos parecidos a los de las baldosas del Mundo de Neón. Estos grafitis estaban por todo ese mundo formando caminos irregulares. ¿"Mundo de Grafiti"? Sonaba bien ese nombre.

Paseó un rato tranquilamente por ese lugar. No había Toriningens, si hubiera ya la habrían atacado. Se entretenía pisando las baldosas de grafitis, haciendo que sonasen. Así, yendo por uno de los caminos de baldosas, encontró algo que no esperaba: unos lavabos para mujeres. Madotsuki quedó sorprendida de ver algo así allí. La puerta era de color rosa suave. No estaba segura de si debía entrar, quizá la llevaba a algún otro mundo o tal vez había algo escondido ahí. Aún así, abrió la puerta, esperando cualquier sorpresa. Y sí, se llevó una sorpresa, pues no había nada extraño. Era un lavabo normal. El pequeño espacio estaba limitado por paredes de metal y todo estaba un poco sucio. Madotsuki tiró de la cadena para comprobar si había agua. Así era, lo que no había eran cañerías. ¿De dónde salía el agua entonces?

De nuevo los ojos de Madotsuki oscurecieron. Recordó amargamente como una vez, en su antigua escuela, un niño enfermo había intentado ahogarla en la piscina. Sus compañeros no habían hecho nada para ayudarla. Los profesores tampoco. Intentaba librarse ella sola de ese niño, que la agarraba del cuello hundiéndola en la fría agua que la quemaba. Sentía como su aire se agotaba, aprisionándola como paredes de hierro oxidado. Parecía que cada vez hubiese más agua a su alrededor. ¿De dónde salía ese agua? Antes no había tanto. Ella intentaba librarse del agarre, pero su cuerpo se sentía más pesado en ese mar de agonía. Fue entonces que notó que la presión en su cuello desaparecía y una nueva mano la agarraba del brazo retirándola del agua, al mismo tiempo que otro peso caía en la piscina. El niño había caído, o alguien lo había empujado. De su salvador o salvadora sólo vio el pelo negro. Luego sus ojos se cerraron, quedando inconsciente por el agotamiento y la falta de aire que casi acabó con ella. Nunca supo la identidad que la persona a la que le debía la vida.

Madotsuki abrió la puerta del lavabo de una patada. Paredes metálicas. Agua sin cañerías. Salió afuera y cerró de golpe. En un arrebato de furia, activó el efecto Cuchillo e hizo un profundo corte en el metal rosado, enterrando la afilada hoja en el hierro. La joven retiró el cuchillo con rabia contenida. Quería alejarse de su pasado, para eso se había encerrado en su casa. Pero no podía apartarse de sus recuerdos. Observó el tajo que había hecho en la puerta y frunció el ceño. Le había parecido que movía el brazo en línea recta al cortar, un tajo limpio. Pero la línea no era recta; adoptaba una dirección curva, formando una media luna menguante. Una luna cortante que se abría paso en la superficie férrea, sola, sin estrellas. Una luna solitaria en un mundo oscuro, envuelta sólo por una tenue luz, la que ella misma reflejaba.

Suspiró, haciendo todo lo posible para calmarse. No podía dejar que sus sentimientos salieran al exterior de esta manera, sólo por una simple ilusión. ¿Simple? Ella sabía que no lo era, de simple. Pero seguía siendo el espejismo en medio del desierto. ¿O quizá este espejismo llevaba a un oasis de la realidad?

Cerró los ojos y guardó el cuchillo, alejándose lentamente de ese lavabo. Cuando los abrió, ya no mostraban debilidad, sólo el mismo aburrimiento y decepción de siempre, sólo lo que ella quería mostrar. No hacía falta mostrarle esa mirada a ninguna persona en concreto. Bastaba con que el mundo supiera que esa era la mirada con que lo encaraba. Decepcionada del mundo, aburrida de tener que soportar siempre lo mismo. Aunque quizá esa mirada era más para ella misma que para el mundo. Quizá lo único que quería con esos ojos decepcionados era no mostrar su propia debilidad para sentirse más fuerte, aislando el sufrimiento, soportándolo. Encerrando el dolor en su corazón para no dejarlo salir.

Madotsuki estaba ausente, no prestaba atención a su alrededor mientras caminaba. Las dudas aún seguían en su mente, y ella luchaba para apartarlas. Por ese motivo casi cae al suelo al tropezar con algo. Miró al suelo para encontrarse con una bicicleta metálica algo vieja, pero en buenas condiciones y lista para ser usada. Así obtuvo el efecto "Bicicleta", que no dudó ni un momento en usar. Lo activó en seguida y empezó a pedalear. Iba el doble de rápido que caminando, lo que era bastante útil. No tenía prisa en explorar los mundos, pero podía resultar frustrante caminar durante rato para encontrar la nada absoluta. Con la bicicleta, ese tiempo podría dividirse.

Pronto comprobó que ese lugar lleno de grafitis era más pequeño que el Mundo Oscuro. Pasaba lo mismo que en el nombrado, ya que era un mundo sin final que se repetía, pero el espacio era un poco más limitado. Y al fin halló algo más en ese lugar, la última descubierta de ese mundo: un ascensor. Sin bajar de la bicicleta, Madotsuki presionó el botón para llamar a ese ascensor. Esperó unos segundos hasta que un breve timbre anunció la llegada de este y las puertas se abrieron. Con curiosidad de saber donde la llevaría, Madotsuki entró, esperando sólo que no tuviera que encontrarse con ningún signo de su pasado. Aunque, en el fondo, sabía que eso era algo que no podía cumplirse.

Cuando el ascensor paró de bajar, o quizá subir, se abrieron las puertas y la joven soñadora salió de él, encontrándose en una estancia solitaria, teñida de un azul grisáceo y opaco. No había nada en esa sala, exceptuando unas escaleras mecánicas a su izquierda. Madotsuki fue hacia ellas, había dos caminos a tomar; pero uno estaba bloqueado por un cono inamovible, como si allí hubiese habido un accidente que no permitiera pasar. Por mucho que intentó apartar ese obstáculo, resultaba imposible hacerlo ceder. En vista de eso, decidió optar por la solución más obvia e ir por el otro camino.

Las escaleras que estaban libres de cualquier objeto que pudiera bloquearlas la llevaron a una estación de tren, o al menos eso parecía. El color del suelo y las paredes seguía siendo el mismo gris, y en estas últimas había un relieve de forma piramidal. De fondo se escuchaba el sonido de una locomotora de tren. Madotsuki observó a su alrededor para ver si podía distinguir vías o algún tren sin carril por el que ir, pues todo podía pasar. Pero no había ningún vehículo, sólo su sonido. Una estación de tren, donde el tren puede oírse cerca pero no llega nunca. Uno podría esperar ese tren durante horas, días, semanas, meses… Pero nunca llegaría. Sus pasajeros jamás volverían a bajar del vagón. Si un conocido tuyo iba en el tren, nunca más lo volverías a ver.

Madotsuki ya no pudo reprimirse. Su corazón se encogió de tal manera que la hizo caer de rodillas, desactivando la bicicleta al instante. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Un tren que no llega, sus pasajeros que desaparecen para siempre. Aquella vez, en el pasado que no quedaba demasiado lejos, en la estación, podía jurar que en sus oídos resonaba la marcha de un tren. Y ella pasó esperando ese tren durante horas, días, semanas, meses… Se negaba a aceptar la realidad. Lo negaba en su mente una y otra vez. Pero lo sabía. Sabía que ese tren nunca llegaría a la estación. Que sus pasajeros jamás bajarían de él. Veía cómo, en esa estación abandonada por el destino, el tren que llevaba su esperanza, su razón para vivir, su amor… Ese tren que quería finalizar su trayecto, no podía hacerlo, dejando que su fantasma morase invisible en medio de las vías. Las vías de las que se había salido. Las vías que habían presenciado como el trayecto acababa de manera abrupta y cruel. Esas vías que se habían teñido de rojo. El rojo de la sangre de los pasajeros. El metal del vehículo accidentado yacía esparcido por esas vías, al igual que algunos cuerpos dispersos. Nadie, absolutamente nadie sobrevivió. Así como tampoco la única razón de alegría de Madotsuki. Un traje negro desgarrado, así como una pálida piel y cabello azabache manchados de sangre. Uno podía esperar ese tren durante horas, días, semanas, meses… Pero nunca llegaría. Sus pasajeros jamás volverían a bajar del vagón. Y su recuerdo se teñiría de un rojo sangriento y despiadado. Sangre roja manchando una muerte negra y oscura.

Llorando, Madotsuki llevó una mano a su mejilla húmeda de lágrimas y tiró. Al instante se encontró en su cama. Parte de ese dolor encadenado en su corazón, ahora se liberaba. No tenía valor para escribir en su diario lo que había soñado. No esa última parte.

Fuera, en la terraza, el cielo lloraba acompañando a Madotsuki. Las nubes grises lo cubrían todo. Había luna, sin estrellas. Pero esa luna era tapada por las nubes y la lluvia. No había ninguna ventana que permitiera ver la luna. Estaba eclipsada por la tormenta que se había desatado delante de ella.

Una luna sin estrellas. Sola y sin ninguna ventana por la que pudiera ser vista.

Una luna viviendo a oscuras.

Continuará...


¡Espero que os haya gustado! Es inevitable relacionar a Madotsuki con la luna, por lo que he aprovechado esta relación (y seguiré aprovechándola). He intentando buscarle relación a todo con su pasado o sus sentimientos, me gusta pensar que en Yume Nikki hay pocas cosas que están ahí por azar. Quizá estoy haciendo el pasado de Madotsuki más traumático de lo que es, pero ahí está la gracia, ¿no?

No prometo nada sobre cuándo actualizaré, mi inspiración anda perdida estos días.

¡Nos leemos!

~ Yume-chan ~