¡HOLA, tantísimo tiempo, eh?! Bueno quiero que POR FAVOR LEAN ESTO:

1. NO HE ABANDONADO BACK TO YOU.

2. Estaba editando Bound to you, por ello no he actualizado absolutamente nada. También estaré editando Back to you. NO HE CAMBIADO NADA, sin embargo les recomiendo, VOLVER A LEER LA HISTORIA de Bound to you porque agregué algunas cositas..

3. Decidí escribir estos pequeños out-takes como regalo por leer esta historia. Además de que permiten entender ciertas cosas.

So, va así: el primero es de Isabella: sucede entre la semana vacía que menciono en el capítulo veintitrés, y el segundo es de Damon, luego de la muerte de Isabella, y espero que lo disfruten.

De antemano, gracias por leer.

Oh, por cierto, para aquellas que me han preguntado, por qué se llama Bound to you, bueno aparte de lo que ya he explicado a lo largo del fic, le puse ese título por la canción de Christina Aguilera del mismo título.


Out-takes: Memories of Love.


Out-take one.

El cosquilleo en mi espalda provocó que me levantara de a poco. Mi mejilla derecha estaba apoyada sobre la almohada y todo mi cuerpo estaba boca abajo. La sábana de seda blanca se había corrido dejándome semi desnuda. Solo mi trasero era cubierto por el pedazo de tela. Me removí. Escuché una risa suave.

"Damon," me quejé. Con mis sentidos ahora totalmente alertas estaba consciente que el cosquilleo en mi espalda era Damon y sus dedos eran los que jugaban con mi cabello y se paseaban por mis hombros.

"No eres una persona de las mañanas," comentó deteniéndose. Fruncí el ceño. Abrí un ojo con cuidado.

"No te detengas," pedí, "y nadie debería levantarse antes de diez de la mañana, es inhumano," cerré nuevamente mi ojo y dejé que las caricias de Damon me relajaran.

"Sabes, para haber sido virgen hasta que yo llegué a tu vida, anoche demostraste saber bastantes cosas," de no haberme alimentado bien ayer en la tarde hoy no habría tenido el sonrojo más grande de la historia. Enterré mi cabeza aún más en la almohada haciendo de mi cabello una cortina que me tapaba. Damon rio.

"¿Por qué me haces esto?" pregunté en un quejido suave e inentendible.

"Creo que también dijiste eso anoche."

"¡Damon!" en medio segundo había acomodado la sábana y me había enderezado, ahora lo miraba a los ojos. El estúpido vampiro que tenía como novio levantó las manos como en señal de rendición.

"No he dicho nada que no sea cierto," se encogió de hombros y me miró por primera vez a los ojos esa mañana. Jamás me cansaría de sumergirme en el mar azul de sus orbes. Era como una dosis de paz para mí saber que al mirarle podía encontrar amor en sus ojos. Que aquella mirada tierna, suave y pícara que me daba por las mañanas era destinada para mí. Recorrí sus facciones y me bebí de ellas. Damon era varonil, todo el gritaba seguridad, confianza, fuerza. Desde la forma en que sus labios siempre parecían estar curvados en una sonrisa sardónica, hasta sus pómulos altos que siempre tenían un ligero sonrosado en ellas. Bajé aún más y me encontré con su torso desnuda, y aunque no tenía un cuerpo musculoso al extremo era atlético y bien, muy bien definido, "¿por qué me miras así?" preguntó.

"Solo estoy observando," me encogí de hombros.

"Y, ¿te gusta lo que ves?" ladeé mi cabeza.

"Me gusta, me gusta mucho," sonrió con suficiencia y en un parpadeo estaba bajo su cuerpo.

"A mí también me gusta lo que veo," besó mi cuello enviando millones de sensaciones por mi cuerpo, "me fascina lo que veo," la hilera de besos húmedos que dejaba desde mi cuello hasta mi pecho me estaba haciendo estremecer. Su boca se acercó a mi oído, "¿sabes qué es lo mejor?" cerré los ojos mientras mi cuerpo se llenaba de placer, "que es todo mío," mordió con suavidad mi oreja y aquello fue más que suficiente para encenderme.

Enroqué mis manos alrededor de su cuello tratando de acercarlo más a mí pero me lo impidió. Tomó mis muñecas y las bajó, extendiendo mis brazos por encima de mi cabeza y manteniéndolos allí con una sola mano. Chasqueó la lengua, sus ojos azules brillaban.

"Anoche te dejé tener el control," masculló sobre mis labios, "esta vez es mi turno Isabella," su acento italiano se filtró en mi nombre dándole un aire de elegancia.

"¿Tu plan de hoy es quedarnos toda la mañana en la cama?" pregunté sin aliento.

"¿Tienes alguna objeción?" besó mi mandíbula.

"No, ninguna."

.

.

Abrí las ventanas de la habitación dejando que la brisa de la tarde entrara sin impedimento. No me había movido de la habitación pero Damon si lo había hecho. Realmente no solo de la habitación. Estaba en Mystic con Stefan haciendo Dios sabe qué. No quería saber, no me interesaba saber. Por lo menos no por ahora. Ambos habíamos acordado que esta semana me iba alejar de todo. No iba a hablar con nadie, no iba a salir de aquí, y realmente se había sentido bien.

La mayor parte del tiempo la pasaba con Damon en la cama o leyendo… en la cama. Últimamente mi lugar favorito era la cama. Y realmente sería el lugar favorito de cualquiera. Nuestra cama era gigantesca, tanto así que en la madrugada tenía que palpar varias veces el otro lado para poder encontrar a Damon. La seda de las sábanas de te envolvía en una caricia y la suavidad del colchón era paradisiaca. No podía pedir más.

Abrí nuevamente Cumbres Borrascosas y me concentré en la lectura. Después de haber pasado un par de páginas, una hoja, en papel arrugado y viejo cayó a mi regazo. La tomé y la abrí recordando qué era. Tuve que sonreír. Había hecho aquella lista hacía tanto tiempo atrás, luego del divorcio de mis padres. Contenía lugares desde Brasil hasta la amada Italia de Damon. Acaricié cada nombre. Debía ir a cada uno de esos lugares, pero más importante Damon debía acompañarme. Dejé la lista en mis piernas y retomé mi lectura.

"Me gusta cuando frunces el ceño así," había escuchado a Damon llegar pero no lo había sentido subir las escaleras por lo que su voz me sobresaltó solo un poco. Le sonreí.

"¿Así cómo?" pregunté.

"Como si la tragedia más grande del mundo estuviese sucediendo cuando estás leyendo," se acercó a mí y me dio un corto beso en los labios, "y pensar que te sabes ese libro de memoria."

"No me lo sé de memoria," refuté. Se sentó a mi lado en la cama quitándose los zapatos de paso.

"¿Ah sí? A ver, ¿a qué edad y con qué compara Cathy el amor de Lincoln y a quién se lo dice?"

"Con las hojas y se lo dice a Nelly cuando tenía quince," respondí automáticamente, maldije por lo bajo al escuchar su risa, "eso solo prueba que tú también lo has leído," sonrió a medio lado.

"¿Qué es eso?" preguntó desviando el tema y apuntando a mi regazo. Rápidamente tomé la hoja y la guardé nuevamente en el libro, cerrándolo y dejándolo en la mesa de noche.

"Cosas tontas," frunció el ceño.

"¿Puedo verlo?"

"No," respondí de inmediato, "al menos no hoy," su ceño no se suavizó por lo que trepé a su regazo enrollando mis manos en su cuello. Besé sus labios con suavidad, "te amo," dije, aquello fue suficiente para que me regalara una d sus más brillantes sonrisas.

"Te amo mucho más."

Sabía que no iba a sacarse de la cabeza aquel papel, pero aún no quería mostrárselo. Quería que lo viera el día que decidiéramos recorrer el mundo juntos.

Out-take two.

Moscú. De todos los lugares que se me pudieron haber ocurrido que Isabella hubiese querido visitar aquel no entraba a mi lista. Era demasiado frío, demasiado simple, demasiado de aquello, demasiado de lo otro. Pareciese que el lema de los rusos era si no es grande vete a casa.

Ajusté mi abrigo más a mi cuerpo y caminé con lentitud por las calles heladas de la capital rusa.

Mis ojos volaban y mi corazón se apretujaba contra mi pecho cada vez que veía alguna mujer de cabello caoba pasar. Incluso, si me topaba con cualquier par de ojos cafés parecidos a los de Isabella cada nervio de mi cuerpo se disparaba. Era frustrante y doloroso.

No era fácil. Ya casi se cumplía un año desde su partida y cada segundo desde ese momento el agujero en mi pecho se hacía más grande si acaso eso era posible.

Aunque al fin y al cabo todos comenzamos como extraños, era curioso, como ella había pasado de ser alguien desconocido a significar el mundo para mí. Como había pasado de ser la mejor amiga de una mujer a la que había amado, a ser la mujer por la que habría dado la vida por amor.

Había leído las obras de Shakespeare centenares de veces, todas trágicas y tristes, y entre todas la de Romeo y Julieta me parecía la más interesante. No precisamente por sus versos románticos, pero si por sus muertes. Siempre me preguntaba, Romeo y Julieta, ¿eran valientes o cobardes? ¿Qué es morir por amor? ¿Un acto de rendición, un acto de cobardes al no enfrentarse a la vida, o un acto de amor, de verdadero amor? ¿Era acaso un acto de valentía, por saber que se renuncia todo por el otro, a la vida?

Quizá fuera solo un capricho, nadie podía enamorarse verdaderamente en tres días de la manera como supuestamente lo habían hecho, desesperada y desenfrenada. Sin embargo, les daba el crédito por una interesante historia.

La gran catedral de San Basilio apareció frente a mis ojos, gigante y majestuosa. Me detuve un minuto a admirarla. Era una obra de arte, única, inigualable y magnifica. Casi podía imaginarme a Isabella a mi lado diciéndome hasta cuantos ladrillos se habían gastado para construirla. Tuve que sonreír ante mi pensamiento, probablemente ella estuviese con sus grandes ojos curiosos mirándolo todo y rogándome para que entráramos a admirar el interior.

El dolor volvía mi pecho y sentí la garganta enrollarse en ella misma impidiendo que el aire innecesario llegara a mis pulmones.

Tomé una bocanada de aire. El sol perezoso estaba filtrándose por entre las espesas nubes abriendo paso a la mañana. Había salido temprano para no tener que encontrarme mucha gente en la calle, ni en la catedral. Cosa que conseguí. Después de todo, ¿quién iría a las seis de la mañana un lunes?

Después de usar la compulsión por aquí y por allá, entré al lugar.

Tenía tiempo, bastante tiempo sin pisar una iglesia y me abrumó. Antes de entrar completamente observé la cruz e incliné mi cabeza en señal de respeto. Era italiano, mi madre siempre me había enseñado a comportarme bien en una iglesia.

Caminé un par de pasos y me senté en el rincón de una de las últimas bancas. No fue hasta que me relajé completamente que entendí por qué Isabella había marcado al lado de Moscú, la Catedral de San Basilio. Aparte de su obvia apreciación a la arquitectura, estar sentado allí era… pacífico. Supongo que de una forma u otra todas las iglesias te dan ese sentimiento, pero esto era diferente.

Saber que siglos de historia rodeaban estos muros, que millones de personas caminaban por aquí al año. Era fascinante. Definitivamente podía habernos visto a ambos llegar a este lugar y explorarlo.

"Este es la última parada cariño," mascullé al aire. Cerré los ojos por un minuto. Este era al último lugar en su lista. Había estado recorriendo Rusia antes de llegar a Moscú para dar final a mi recorrido. Volvería a Mystic Falls la próxima semana. Necesitaba regresar y visitar su tumba. Necesitaba sentir que le hablaba a ella y no al viento. Abrí los ojos y rebusqué en el bolsillo de mi pantalón. La lista, en papel viejo y arrugado, con alguna tinta corrida se sentía familiar contra mi palma.

Los pasos acercándose a mí me hicieron entrar en alerta. Sin embargo mis ojos no se despegaron del papel. Un cuerpo se sentó a mi lado, no muy cerca tampoco muy lejos. Levanté la mirada con suavidad para encontrarme a un hombre. No más de sesenta años, con una sonrisa amable y un plumero en la mano.

"Eres la segunda persona del día que ha venido a tachar la Catedral de una lista," comentó tendiéndome el plumero. No respondí pero extendí mi mano para recibirlo. Pude verlo echar un vistazo con disimulo, "esa es una lista grande, y ya has tachado todos," le tendí el plumero de vuelta. Me examinó un segundo, "¿has cumplido tu sueño de viajar por el mundo?"

"No era mi sueño," respondí guardando la lista. Reconocí al hombre como uno de los ayudantes de la iglesia.

"Veo," sonrió, "¿entonces, le cumples el sueño a alguien más?" me encogí de hombros.

"A un muerto," no perdió su sonrisa amable que comenzaba a ser cuestionada por mí. Nadie puede ir tan amable y tranquilo por la vida.

"Entiendo," se arregostó al espaldar, "te sorprendería saber la cantidad de personas que vienen a cumplir promesas, de toda clase a todo tipo de personas," su voz era un susurro firme con un acento ruso marcado filtrándose, cosa que me llevo a pensar en cómo sabía este hombre que yo hablaba inglés, "a personas muertas, a una familia, a un amante, a la persona que amaron…" se detuvo, "oh."

"¿Oh?"

"Es una personas que amaste, me atrevería a decir una mujer…"

"¿De qué está hablando?"

"Lo he visto en tus ojos hijo, has venido por alguien a quien amaste," estuve tentado a levantarme de ahí y dejarle hablando solo, pero nuevamente la curiosidad y el recuerdo de una Isabella regañándome por ser tan maleducado vino a mi cabeza.

"Eso no es algo que le interese," respondí secamente.

"No lo es," admitió, "sin embargo me gusta saber los motivos de las visitas a este lugar."

"Eso es ser chismoso," rio.

"Bueno, siempre me ha gustado pensar en mí mismo como un consejero."

"¿Y ha venido hasta aquí porque pensó que necesitaba un consejo? ¡Valla pérdida de tiempo! Puede invertir ese tiempo en feligreses que realmente necesitan de su presencia."

"Bueno, cuando una persona atormentada y llena de pena entra, puedo decirte que esa persona necesita de mí," su voz era tranquila, demasiado tranquila. Nuevamente algo ruso. Pero no fue su voz lo que me dejó en una pieza pero sus palabras.

"¿Atormentado, lleno de pena?"

"Cuando llevas mucho tiempo haciendo lo que yo hago, te das cuentas de varias cosas, aprendes a leer a la gente, tu dolor se puede observar a kilómetros," asentí. Desvié mi mirada a unas bancas más adelante donde una joven de cabello castaño hasta la cintura estaba hablándole en ruso a un niño pequeño. La inercia actuó nuevamente en mí haciendo que mi cabeza rememorara una imagen en la que acariciaba el cabello de Isabella una noche que no conciliaba el sueño.

"¿Es aquí donde le pido un consejo?" pregunté cruzando mis piernas y apoyando mi peso en el respaldar.

"Sí, se supone," había una nota divertida en su voz.

"¿Cómo se vive después de que sientes que lo has perdido todo en la vida?" pregunté fijando mis ojos al frente. Lo meditó por un par de segundos.

"No lo sé," respondió, giré mi cabeza al instante y enarqué una ceja.

"¿No lo sabes?"

"Jamás he sentido que lo he perdido todo en la vida, no sabría decirte cómo vivir después de ello, más bien, ¿por qué no me dices tú cómo lo estás haciendo?" a pesar de que fue un poco difícil entender bajo su marcado acento, su pregunta hizo vueltas en mi cabeza. ¿Cómo estaba haciendo para vivir, o más bien sobrevivir sin ella?

"No lo sé."

"Bien, ya eso nos hace dos."

"¿No se supone que debe darme un gran consejo para salir de aquí completo? Ya sabe, reconectarme con mi yo interior y todo eso," sonrió.

"¿De qué me sirve decirte una retahíla de palabras amables si al final no se te quedará ninguna?" preguntó, "¿de qué me sirve hablarte de algo por lo que nunca he pasado y decirte que todo saldrá bien? Ahora, no me malentiendas, estoy seguro de que las cosas mejoraran en ti, sin embargo no puedo asegurarte que será pronto," esta ves él fijo su mirada al frente, "superar la pena toma su tiempo, a veces deja de doler enseguida, otras nunca…"

Nos sumimos en un silencio cómodo.

"Eso es lo más honesto que me han dicho en un buen tiempo," confesé sin mirarle.

"Te apuesto a que la gente te ha dicho desde ese entonces que todo estará bien, que lo sienten mucho," sabía a qué se refería cuando decía desde ese entonces.

"Lo han hecho," admití. A veces, cuando estaba en silencio, o el lugar estaba suficientemente tranquilo, como era el caso de aquella catedral, creía escuchar su voz como un murmullo en mi oído.

"¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte? ¿Se muere el amor, o se enamora la muerte? Tal vez la muerte moriría enamorada y el amor amaría hasta la muerte."

"¿Es una pregunta capciosa?"

"No tienes que responderla," dijo, "es algo que escuché decir a alguien hace mucho tiempo."

La garganta comenzó a picarme. Tenía un día completo sin alimentarme y la falta de sangre comenzaba a ser un fastidio. Aquello solo me indicaba una cosa: era hora de salir de allí.

"Ha sido una interesante charla, pero personas importantes como yo tenemos cosas que hacer," me enderecé y finalmente le miré. Su sonrisa intermitente estaba allí.

"Puede apostarlo," me puse en pie y metí las manos en los bolsillos delanteros de mi pantalón, "no veas la muerte como algo trágico, no la odies por haberte arrebatado lo que más amaste," sus ojos adquirieron un brillo conocedor, como solo los que han vivido y visto suficiente lo tienen, "al fin y al cabo, la muerte es lo único seguro que tenemos," sonreí. No lo hice por inercia o por necesidad. Por primera vez en casi un año sonreí con sinceridad.

"No para todos," su expresión no se alteró ante la dosis de misterio que estaba impregnada en mi voz. Hice un asentimiento con la cabeza y comencé a caminar fuera. Solo había dado unos cuantos pasos cuando su voz me llamó.

"Nunca te burles de la muerte, hijo, que ella siempre te observa por detrás haciéndote sentir el frío de su aliento en tu oído," sus palabras provocaron que un escalofrío recorriera mi columna. Sin embargo le sonreí.

"Lo tendré en cuenta."

Me encaminé a la salida con rapidez. El frío golpeó mi rostro con violencia cuando comencé a caminar nuevamente por las calles de Moscú.

Jamás dudé que Isabella era una persona osada, pero aquel día comprendí finalmente qué era morir por amor. Era el acto más noble y valiente que se podía hacer, y jamás pensé que iba a tener una nota amarga en mi voz al decir que estaba orgulloso de ella.

Sin embargo, y a pesar de todo ello, mientras caminaba de vuelta a la casa donde me estaba quedando recordé algo que Cathy, de Cumbres Borrascosas dijo,

Si todo pereciera y él se salvara, yo podría seguir existiendo; y si todo lo demás permaneciera y él fuera aniquilado, el universo entero se convertiría en un desconocido totalmente extraño para mí.

Entendía a la perfección lo que aquello quería decir, y en este momento el universo era un completo extraño para mí.


Σοφία.