— ¿La has visto?

— Por supuesto. Mañana acabaremos con ella. — Una sonrisa de superioridad atravesó los labios de Cato. Un reflejo pelirrojo se escondía a unos 50 metros, podían divisarlo perfectamente.

— ¿Por qué no ahora? Sería fácil, sabemos que está sola. — Clove miró hacia donde sabía que estaba la pelirroja, o así la llamaban, pero esta vez creyó ver el reflejo un poco más lejos, moviéndose a gran velocidad.

— Es tarde, se está alejando y no tendrá valor de enfrentarse a nosotros dos.

Sus miradas se encontraron a través de la oscuridad de la noche en la Cornucopia y dejaron que los segundos pasaran. Era la primera vez que se miraban a los ojos desde que estaban ellos dos solamente de aliados. Fueron los únicos segundos que tuvieron para reprocharse.

— Deberíamos haberlo hecho nosotros.

— Clove...

Ella bajó la mirada. Lo odiaba. Lo odiaba con todas sus fuerzas porque nunca había podido amarlo. Era el mejor amigo de su hermano y lo conocía desde que era pequeña y lo odiaba. Y lo seguiría odiando. Todo esto lo hacía más difícil. Llevaba años entrenándose para matar a las personas. Matar a las personas, no para matarlo a él. Tenía a menos de dos segundos una variedad de cuchillos a su disposición, pero aunque quisiera no podría usarlos. No podría porque ella al dormir ya tenía pesadillas. Y en esas pesadillas salía la cara de Cato en el cielo de la arena y era cuando ella se despertaba agitada, buscándolo sin encontrarlo, porque al fin y al cabo sabía que ella no le interesaba.

— Vamos a morir. — Seguramente acababan de perder un montón de patrocinadores, pero en ese momento no le importaban, quería decírselo. Clove quería decírselo todo. — Yo ya estoy muerta .— Cato la miró, inquisidor, intentando que no continuara. — Cato, yo estaría muerta sin ti. Si gano, pasaré todas las horas de mi vida pensando en ti y será como si estuviera muerta. Cato...

En el último susurro de sus labios, Cato se levantó de repente, impotente.

— Si, quizá deberíamos de haberlo hecho, pero ellos también tienen el mismo problema.

— A veces, pienso que fingen. — Confesó Clove, que comenzó a deslizar sus dedos entre los mechones de su pelo, para rehacerse la coleta. — Nosotros no tendríamos que hacerlo.

El silencio se volvió a extender, pero ahora no había contacto visual. Cato seguía de pie. Clove miraba a sus pies mientras podía observar cómo dudaban entre ir hacia ella o volver a sentarse. Optaron por la segunda opción, pero ella se levantó rápidamente dirigiéndose hacia él. Se paró en frente suya y lo hizo mirarle a los ojos, que estaban casi a la misma altura que los suyo.

— Cato, no puedo fingir más que no pienso que esta puede ser mi última noche en la arena. Mi última noche contigo.

Tragó saliva ruidosamente y empujó la barbilla de Cato hacia la suya. Necesitaba besarlo. Necesitaba sentirlo.

— Me necesitas.

Por supuesto que lo necesitaba, lo necesitaba para enfrentarse a su hermano, para enfrentarse a su padre cuando éste le pegaba. Necesitaba a alguien que supiera que estaba rodeada de gente y aún así se seguía sintiendo sola.

— Real.

Él la atrajo hacia su cuerpo, intentando protegerla. De repente el símbolo del Capitolio iluminó la noche, pero ninguna fotografía lo acompañó. Seguían siendo seis. La voz de Claudius Templesmith retumbó en el cielo para anunciar que una regla había cambiado. Según esta, los dos tributos del mismo distrito se declararán vencedores si son los dos últimos supervivientes.

Se dieron cuenta de lo que eso significaba al segundo. Pero también se dieron cuenta que a las únicas personas que podía beneficiar era a ellos y a los del distrito 12. Cato no cambió su expresión, pero Clove comenzó a respirar ruidosamente y volvió a estrecharlo contra sus brazos. Se dio el lujo de oler su pelo rubio ceniza y de tocar su cuello. Podía permitírselo. Podía dejar de odiarlo. Podía mantenerlo con ella hasta el final.