DISCLAIMER: Considero muy importante aclarar que este fanfic NO tiene relación alguna con "El Legado", historia que quiero continuar cuando termine con esta. "Más Allá de la Eternidad" tendrá un máximo de 5 capítulos, así que trataré de completarla lo antes posible. Por lo demás, disfrútenla. Gracias a todos por sus críticas.


Primera Parte:

"DECADENCIA"

A medida que sus pasos lo acercaban más a su destino, un caudal de emociones brotaba lentamente de su ser, haciéndole sentir una profunda nostalgia por un pasado lleno de agradables recuerdos que, a veces amenazaban con precipitarse hacia los sitios más recónditos de su mente. Sin embargo, para aquel hombre de cabellos largos y azules llamado Akira Gotou, todo era distinto en esa fría mañana de otoño en la que el cielo cubría los alrededores con un denso manto gris que impedía disfrutar de los primeros rayos del sol. Cada vez que sus pies subían un escalón más, otro momento memorable del ayer se hacía presente en el ojo de su mente, arrancándole una cálida sonrisa que daba luz a su rostro por escasos segundos, para luego volver a extinguirse poco a poco como una luciérnaga moribunda. A sus treinta y cinco años, aquel hombre se sentía agobiado por el sufrimiento que lo había hecho su víctima durante la última etapa de su vida. A veces, al observar su figura reflejada ante un espejo, pensaba que, a pesar de no ser un espécimen perfecto, aún conservaba el encanto suficiente para arrancar los suspiros tanto de una jovencita como de una mujer madura. A diferencia de muchos, Akira aparentaba tener, como mínimo, diez años menos de su edad real. Sin embargo, él se sentía cansado y lleno de amargura la mayor parte del tiempo, como si fuera un anciano que se encuentra en los estertores de la muerte. Siento que la vida se me escapa sin motivo aparente y que mis días en este mundo están contados. Es como si todo lo que existe a mi alrededor pretendiera asfixiarme, pensaba él, desolado.

El grado de tormento que gobernaba el espíritu de Akira Gotou sólo era comparable a su belleza física, la cual no era poca. Aquel hombre era en verdad muy bien parecido; de tez blanca, ojos azules y un rostro fino y muy bien delineado, como el de un modelo famoso de pasarela. A pesar de sus rasgos ligeramente andróginos, su voz era lo suficientemente demoledora y grave como para despejar cualquier duda sobre su masculinidad. Esta tenía la facultad tanto de intimidar a un enemigo como de calmar a un niño angustiado. Durante la mayor parte de su vida, y antes de la última tragedia que le había tocado vivir a Akira, siempre se le veía sonriente, comunicativo y con un brillo especial en la mirada, algo poco frecuente en las personas y que sólo los predestinados pueden poseer.

Y, es que la felicidad es algo tan efímero para muchos. Si ya tuviste la dicha de obtenerla una vez, pero la has perdido, sea por la razón que sea, puede que se te escape la vida entera tratando nuevamente de encontrarla…

Perdido en sus pensamientos, Akira siguió su camino. La niebla se extendía por doquier, ocultando la hilera de abetos, pinos y olmos que coexistían pacíficamente en ese rincón del mundo que permanecía casi intacto, a pesar del tiempo transcurrido. Por mucho que se esforzara, le resultaba imposible divisar la cima de aquella montaña que tantas veces había visitado en su juventud.

Segundos después, entre el alud de vivencias propias que caía sobre Akira, una duda lo hizo detenerse de forma abrupta: ¿Cuántos años habían transcurrido desde la última vez que él estuvo en aquella legendaria ciudad conocida como Shikigami-Cho? ¿Cinco? ¿Diez? No podía recordarlo con claridad. El nerviosismo que lo había embargado durante las tres horas que duró el viaje en tren desde la vecina ciudad de Takamatsu, se había disuelto instantáneamente luego de llegar a su destino poco después de la medianoche. Invadido por una extraña paz que no experimentaba en mucho tiempo, su pensamiento más recurrente había sido que por fin estaba de regreso en su añorado segundo hogar. No, eso era sólo una verdad a medias. Para Akira Gotou, Shikigami-Cho se había convertido en algo mucho más significativo; en parte porque aquel lugar poseía una de las leyendas más importantes en la historia de la humanidad a la cual él pertenecía en secreto. Aún así, la razón más poderosa por la que la ciudad representaba algo maravilloso y fecundo para él, era que ahí había nacido la mujer que años más tarde se convirtió en el amor de su vida.

Al pensar en ella, la expresión de color melancolía que rara vez abandonaba el rostro de aquel hombre se acentuó, y sus ojos brillaron por varios segundos, con la vista perdida en la lejanía. De pronto, se escuchó una vocecilla alegre y delicada que llamaba a Akira con insistencia:

"¡Papi! ¡Papi! ¿Dónde estás? ¿Qué haces? Apúrate, porque ¡Ya quiero llegar al santuario Enno!"

En medio de la espesa bruma, surgió una figura infantil que descendía por los escalones a toda prisa. Se trataba de una niña de expresión alegre, ojos azules y pequeños hoyuelos en las mejillas. Una cola de caballo envolvía sus largos cabellos de color púrpura. La pequeña, tan hermosa y fresca como un lirio recién bañado por el rocío de la madrugada, se aferró a su padre con gran cariño. Akira cogió a su hija por la cintura para situar el rostro de ella a la altura del suyo y dijo:

"Lo siento, princesa. Es que, no soy tan joven como tú, y por eso se me hace un poco más difícil seguirte."

"Ya veo", dijo ella. Al notar un leve rastro de tristeza en el rostro de su padre, ella preguntó con visible curiosidad, ¿Pensabas en mi mamá?"

"Eh… Bueno… Sí, más o menos", dijo Akira, sin saber muy bien qué más responder, "¿Cómo lo supiste?"

"Es que siempre te pones triste cuando piensas en ella. No me gusta verte así. Los dos sabemos que mi mamá está vigilándonos desde un lindo lugar, y que va a estar a nuestro lado, aunque no la podamos ver. Ella nos quiere mucho, así que, ¡Debemos alegrarnos por eso!"

Aquellas palabras, junto con la inocencia que emanaba de la niña, llenaron a Akira con una ternura infinita, brindándole el rayo de esperanza que necesitaba para recobrar parte de su aplomo. Sonrió con un poco más de soltura y luego dijo, en perfecto francés:

"Vous avez raison, le cœur de mon âme.Vous êtes le fruit de l'amour pur qui a déjà existé dans le monde entier…"

La niña rió, divertida y preguntó, "¿Qué fue eso que dijiste, papá? ¡Sonó muy gracioso!"

"¡Oh! ¡No puede ser!", dijo él, con un rostro de aparente decepción, "¿Acaso Sayumi Gotou, la niña más inteligente del mundo, olvidó lo aprendido en las clases de francés que ha recibido de su padre?"

"¡No! ¡No! ¡No!" dijo Sayumi, apenada. "Lo que pasa es que… Creo que no te presté atención como debía. Lo siento".

La reacción de Sayumi hizo que Akira riera brevemente y, tras besar la frente de su hija, le dijo:

"Tranquila, sólo estaba bromeando. Más bien quiero que mi linda y veloz ardilla de campo me informe si ya nos falta poco para llegar a la cima de esta montaña."

"¡Claro, papá! Por eso regresé a buscarte, estamos muy cerca", respondió ella, cogiéndolo de la mano. "Es mejor que nos apresuremos, porque aquí no se ve casi nada y esta neblina me da un poco de miedo".

"Muy bien, ¡Vamos entonces!", repuso Akira al minuto.

Fue así como padre e hija recorrieron a toda velocidad el último tramo que los separaba de la cima de aquella montaña. Al llegar, ambos se detuvieron para observar el paisaje. A diferencia del camino que los había conducido hasta ahí, la neblina en ese otro lugar era casi inexistente, e incluso la temperatura era más agradable. La naturaleza rebosaba de paz, armonía y color. Los árboles de cerezo y los sauces adornaban gran parte del área, y, si se escuchaba con atención, los maravillosos sonidos de la naturaleza se hacían presentes. Allí el gorjeo de un pájaro mielero con su vistoso plumaje verdemar, que llevaba el alimento a sus polluelos. Allí un tanuki, o mapache japonés, que, escondido entre los arbustos, gruñía con recelo al observar a los recién llegados. Allí una cigarra prendida de un árbol entonando una melodía estridente e ininteligible. Sayumi, pletórica de alegría, se soltó de la mano de su padre para explorarlo todo a detalle. Cada vez que la niña veía una flor que le resultara desconocida, ella se detenía a acariciarla con delicadeza, teniendo el cuidado de no dañarla.

Mientras Akira veía a su retoño ir de aquí para allá, dejó escapar un suspiro cargado de tristeza. Sus pensamientos empezaron a volar muy lejos otra vez. Pensaba: Sayumi… Indudablemente eres la viva imagen de Chiaki, tu madre. Cómo me encantaría que ella estuviera a mi lado para disfrutar el fruto de nuestro amor… Parece que fue ayer cuando la conocí con su sonrisa soñadora, ambrosía prohibida para cualquier mortal que me cautivó desde nuestro primer encuentro. Jamás imaginé que un día nuestra bella amistad iba a convertirse en algo mucho más intenso y maravilloso. Y, a pesar de todo…"

Su divagación fue interrumpida por un dolor agudo, como si alguien le clavara repetidamente una espina en el corazón, desangrándolo poco a poco, minuto a minuto, segundo a segundo. Bastaba con observar el rostro de Akira para comprender que él guardaba una pena en su interior, pero nadie sabía realmente cuánto sufría. Akira llevaba una herida de muerte que lo consumía día y noche, y que sólo era opacada por la vivacidad y energía que su hija irradiaba, haciéndolo olvidar fugazmente el tormento que gobernaba su alma. A pesar de que él amaba a Sayumi más que a su propia vida, y que siempre trataba de proyectarle un falso sentimiento de alegría, Akira, en realidad, se sentía incompleto y vacío.

"Chiaki", dijo él, en voz baja, procurando que Sayumi no lo escuchara, "Tú eras el oxígeno que me mantenía de pie y, ahora que ya no estás, cada día que pasa lo veo teñido de azul y negro, a diferencia de cuando estabas conmigo. A veces, siento que mi fortaleza y mis deseos de vivir se derrumban lentamente igual que un templo ruinoso. Y, es que es difícil, muy difícil el aceptar que ya no perteneces a esta realidad. Nada ni nadie es eterno."

Una fuerte y gélida corriente de aire golpeó el rostro de Akira, causando que éste cerrara sus ojos por breves instantes. En ese lapso de tiempo, Akira sintió que su piel se erizaba, y que la cordura empezaba a abandonarlo. Era una sensación extraña, mórbida, que lo iba desarmando y causaba que su piel sufriera una repentina palidez, algo que jamás le había sucedido antes.

Ya basta. Contrólate, pensó Akira, tratando de restarle importancia al anterior fenómeno, pero tras abrir los ojos para regresar al mundo real, el padre de Sayumi advirtió que algo extraño se había desatado. Era como si todos los sonidos del mundo se hubieran detenido de repente, quedando un silencio funesto en su lugar. Ya no se escuchaba el trino de las aves, el sonido de las hojas de los árboles o el murmullo del viento como hasta hacía unos segundos. Su tensión aumentó al descubrir que había perdido de vista a Sayumi, a quien intentó llamar varias veces, sin obtener respuesta.

"No puede ser. ¿Qué ocurre? ¡Sayumi! ¡Sayumi! ¿Dónde estás?"

Silencio. Akira, con el corazón latiéndole frenéticamente, avanzó a toda prisa por el sendero verde, tratando de encontrar a su hija, pero fue en vano. Le parecía absurdo que Sayumi hubiera desaparecido en cuestión de segundos. ¡Apenas acababa de verla con su dulce rostro y su inocente sonrisa a flor de labio! Akira atravesó un torii de madera, el cual señalaba que el santuario Enno estaba más allá del grupo de árboles que se elevaban frente a él. Quizás Sayumi ya llegó al santuario y ahora esté hablando con alguien. Sí, eso debe ser. Es inútil sugestionarme, caviló él en ese momento tratando de mantener la calma. Akira recordó lo extrovertida y suelta que era la niña, quien a pesar de sus escasos siete años, podía entablar fácilmente una conversación fluida con cualquier persona. Aquel era uno de los muchos aspectos positivos que ella había heredado de su madre y que hacían sentir muy orgulloso a su padre.

Un poco más tranquilo tras ese último pensamiento, Akira prosiguió su camino, pero su sorpresa fue mayúscula cuando, al dejar atrás el último árbol de cerezo, se encontró con una visión inesperada. Allí donde debía encontrarse el hogar de la familia Enno y el mágico templo sintoísta, ¡No había absolutamente nada! En su lugar, únicamente se extendía un terreno triste, seco y desolado. Sayumi tampoco daba señales de vida. Aquello le parecía tan irreal a Akira, que éste pensó por momentos si acaso estaba soñando. Y, es que, ¿Dónde estaba el camino hecho de piedra que conducía hasta la casa donde Chiaki había vivido durante dieciocho años? ¿Por qué no quedaban ni los cimientos del templo? ¿Qué había sido de las estatuas de los legendarios héroes japoneses Zenki y Goki, que estaban hechas de piedra y adornaban la entrada a dicho lugar? Resultaba difícil de creer que el legado de la familia Enno se hubiera perdido irremediablemente en tan poco tiempo.

Por otro lado, las dudas sobre el paradero de su hija se acrecentaron, al no verla por ningún lado. El temor más grande de Akira era que Sayumi se hubiera acercado a una pendiente y caído accidentalmente desde lo alto. No quería pensar en ello, pero entonces, ¿Qué otra posibilidad existía? Confundido, Akira caminó hacia el final de la cima de la montaña, pero por más que intentó observar parte de la ciudad desde su ubicación, no le fue posible debido a la neblina, la cual posiblemente iba a permanecer por el resto del día. Tampoco había forma de que el astro rey hiciera acto de presencia en ese cielo poblado de nubarrones.

Tal vez el sol no haya salido hoy, pero seguramente mañana volverá a brillar sobre Shikigami-Cho tan fuerte y alegre como lo ha hecho desde el principio de la Creación… Sin embargo, parece que el sol se está marchando inevitablemente de mi vida, y el mañana lo veo tan oscuro, tan distante, tan utópico, pensó Akira, a medida que sentía que las fuerzas lo abandonaban. Su pesar por Sayumi era cada vez mayor y, sin poder resistirlo más, terminó por caer de rodillas sobre aquel suelo que antaño había sido verde y fértil. Casi al mismo instante, una serie de gotas de lluvia empezó a caer sobre su cuerpo, sacudiéndolo desde las uñas hasta el cabello. Contrariado, Akira pensó que aquel pequeño diluvio había llegado en el momento menos oportuno, pues cada gota de lluvia que caía sobre su humanidad era como una astilla que se clavaba en lo más hondo de su ser.

Luego de comprender que había perdido a su hija de la manera más inexplicable, y que su segundo hogar había desaparecido para siempre, Akira se sintió, por primera vez en mucho tiempo, completamente solo en la inmensidad del universo. Desafortunadamente, las desgracias para aquel hombre de mirada triste distaban de llegar a su fin.

En medio de la soledad que oscurecía su decadente microcosmos, Akira escuchó, de pronto, una serie de voces extrañas que lo paralizaron. Estas provenían de lo desconocido y en un principio se dejaban oír muy cerca de él; luego, se alejaban y posteriormente retornaban con más fuerza, en un alocado frenesí que parecía buscar destruir por cualquier medio la estabilidad mental de Akira. El miedo terminó por abrazarlo cuando el hombre de nuestra historia descubrió, atónito, que la lluvia que lo empapaba hasta los huesos era, en realidad, sangre humana. Incluso podía sentir su olor característico, a medida que el mencionado líquido recorría cada poro de su piel, tiñéndola de rojo. Los invisibles dueños de las tétricas voces parecían aglomerarse alrededor de Akira, y lo torturaban con toda clase de reproches y preguntas:

"Akira, ¿Por qué no impediste que ese monstruo me ahogara en el río Ichigo hace dieciocho años? Mis sueños de ser un escritor no se habrían visto truncados si hubieras llegado a tiempo para salvarme?", decía una voz joven y masculina.

"Akira, ¿Te acuerdas de aquellas personas que fallecieron en el incendio de la torre Matsuhira hace quince años? Yo fui una de ellas y dejé huérfanos a dos niños recién nacidos. Si hubieras elegido otro sitio para combatir contra tus enemigos, mis hijos habrían tenido una madre que velara por ellos día y noche", decía la voz angustiada de una mujer madura.

"¿Dónde estoy? ¡Quiero regresar con mi mamá! ¡No quiero seguir atrapado en este mundo tan extraño! ¡Mamá! ¡Mamáaaaaaaaaaaaaaaa!", decía la voz de un niño, mientras sollozaba desconsoladamente.

"Akira, ¿Por qué permitiste que tu compañero Zenki acabara con mi vida? A pesar de que, en un principio fui poseído por las semillas del mal, ¡Yo merecía una segunda oportunidad de vivir! ¿Por qué no me la pudieron dar? ¿Por quéeeeeeeeeee?"

Del mismo modo, Akira también oía a los espíritus burlones de enemigos que él había derrotado tiempo atrás en el campo de batalla y que en ese momento lo atormentaban sin descanso:

"Akira… O, ¿Debo decir Goki? Je, je, je! Tú nunca fuiste un héroe verdadero, sólo un soldado sin carácter que seguía las órdenes de una adolescente caprichosa. ¡Pobre de ti!"

"Tú no te destacaste por ser el más fuerte a la hora de luchar. ¿Cómo te sientes al saber que eres un héroe secundario y con escaso protagonismo?"

"Por más que intentes negarlo, toda tu vida has sido un peón que los demás han movido de lado a lado y que no sabe a dónde va. La sangre que impregna tu cuerpo es el recordatorio de las vidas que se marchitaron porque no pudiste salvarlas. Sus almas no pueden descansar en paz y por eso hoy están aquí para reclamarte"

"Akira… ¡Akiraaaaaaaaaaaaaaa! ¿Qué te sucede? Solías estar lleno de vida y, ¡Mírate ahora! Luces demacrado y pareces un cadáver ambulante. Eres tan patético. Si aún conservas un poco de dignidad, ¡Acaba de una vez con tu miserable vida!"

Akira, con los ojos inyectados de espanto, creía volverse loco. Por más que trataba de cubrirse los oídos para acallar las voces, era inútil. No había forma de huir de ellas. Su respiración se tornó cada vez más agitada, a medida que sentía como si cientos, quizás miles de hormigas desfilaran por su cuerpo y su rostro, el cual parecía desdibujarse por el horror reflejado. En un arranque de desesperación, Akira se puso de pie y, echó a correr sin rumbo fijo, lanzando gritos desgarradores como si estuviera poseído. Pese a tropezar y caerse en más de una ocasión, el hombre volvía a levantarse para seguir huyendo de las voces inquisidoras, como si el diablo le pisara los talones. El pasado volvía a manifestarse frente a Akira como un asesino silencioso que durante años había permanecido oculto, esperando pacientemente el momento preciso para contraatacar a su presa cuando estuviera vulnerable.

En medio de su loca carrera, Akira se acercó al borde de un abismo y se detuvo en seco. La lluvia de sangre seguía mojando su cuerpo y las voces no dejaban de hostigarlo, pero Akira, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, gritó a los cuatro vientos:

"¡Ya es suficiente! ¡Ya no puedo más! Desde que existo, he tratado la manera de proteger a la raza humana de las fuerzas malignas. No soy un humano común y corriente como los demás. Tengo una descendencia divina y mi verdadero nombre es Goki, el guerrero guardián de la luz. Acepté de buen grado luchar contra todo lo inicuo, sirviendo a Enno Ozuno, el poderoso hechicero que edificó la ciudad de Shikigami-Cho. Entregué mi alma y mi corazón en cada batalla contra las fuerzas malignas para devolver la paz a este planeta, y arriesgué mi vida durante incontables ocasiones porque perseguía un solo ideal: Un mundo sin dolor, sin guerras sangrientas, sin egoísmo y sin envidia"

Inundado por una extraña determinación, Akira prosiguió con su elocuente monólogo, el cual acalló por fin las espeluznantes voces que lo acosaban:

"Durante mucho tiempo perseguí ese ideal, e intenté llevar mi sabiduría a los seres humanos. Sin embargo… El precio que se ha pagado es muy alto y está fuera de mi alcance el unir los lazos de las vidas que se han perdido a través de los tiempos. Sé que pude haber hecho mejor las cosas, pero ¡No puedo cambiar el pasado! Ni siquiera en mis sueños encuentro el reposo que necesito para poder levantarme un día más. Hace tres años perdí a la mujer que más he amado en la vida y hoy, mi hija Sayumi ha desaparecido sin dejar rastro y tal vez nunca la vuelva a ver."

Los ojos de Akira volvieron a llenarse de lágrimas, mismas que esta vez no reprimió, dejando que descendieran dulcemente por su rostro. Un fuerte viento empezó a soplar y, este hizo que Akira retrocediera poco a poco, aproximándose, sin saberlo, al borde de un abismo.

"Ozuno… ¿Me escuchas? Sí, sí, sí… Sé que puedes hacerlo… También sé que me observas desde alguna dimensión invisible y que has seguido cada uno de mis movimientos sin descanso. Por eso, quiero que sepas que, ¡Ya no quiero seguir viviendo si Chiaki y Sayumi no están a mi lado! ¡Libérame de estas ataduras y déjame morir tranquilo para reunirme con ellas!"

Akira volvió a caer de rodillas y sollozó desconsoladamente. La lluvia amainó, pero la intensidad del viento aumentó. Los cabellos de Akira no cesaban de agitarse de un lado a otro, pero él, ahogado en su propia amargura, no prestaba atención a lo que sucedía a su alrededor. Tras tomar entre sus manos un puñado de tierra que poco a poco dejó caer de nuevo, dijo, con una voz cargada de aflicción:

"¿Ha valido realmente la pena defender a la humanidad? Al fin y al cabo, al morir ¡Ellos terminan convirtiéndose en polvo! Cualquier cosa que hayan hecho se queda en este mundo, y aquellos que han contribuido de una u otra forma a engrandecerlo ya no pueden disfrutar del legado que dejaron atrás. La vida es tan efímera, tan traicionera, tan frágil como un ave que tiene sus alas rotas. Ningún hombre vive eternamente, a diferencia de los dioses y de aquellos que tienen una descendencia celestial… Como yo…"

Akira gemía y gritaba una y otra vez, hallándose cada vez más trastornado. Fue entonces cuando el viento, sin razón aparente, se convirtió en un gigantesco remolino que rodeó a Akira hasta envolverlo por completo. Lejos de oponer resistencia, este se rindió ante un elemento del universo que antaño había controlado sin problemas. Sintiendo que la fuerza de voluntad se alejaba de él, Akira dijo estas últimas palabras:

"No existe el tiempo para mí… No existe un espacio en el que pueda vivir, porque todo está decidido para nosotros, los dioses. ¿De qué me sirve burlar a la muerte si no puedo ser feliz? ¿Quién, en su sano juicio, desea vivir para siempre? ¡Nadie! Es por esto, Ozuno… Es por esto que, ¡Renuncio a mi inmortalidad desde el día de hoy! ¡Ha llegado la hora de que el guerrero guardián Goki deje de existir para convertirse en cenizas de las cuales nunca resurgirá! ¡Nunca!"

En ese momento, el remolino aumentó de tamaño, haciendo que Akira gritara de dolor, debido a la presión a la que su cuerpo estaba siendo sometido. Después, Akira se sumergió lentamente a los oscuros senderos de su psiquis, como permitiendo que su destino se sellara de forma trágica…

"Y, se pierden mis lamentos más allá del infinito…"

El remolino, que ahora parecía más bien un tornado capaz de devorar una ciudad entera, giró alrededor del área, destruyendo la vegetación que se encontraba al otro lado de la montaña, donde Akira había visto a su hija por última vez. Después, se detuvo y se disolvió gradualmente, llevándose consigo al infortunado hombre de este relato.

Poco después, un rayo impactó directamente sobre el área en la que Akira había volcado sus últimos lamentos, seguido del característico poder del trueno que resonó por varios segundos para luego extinguirse. El silencio terminó por reinar… Era un silencio macabro que fungía como sepulturero en el ocaso de la vida de un hombre cuyo corazón estuvo antaño lleno de amor, esperanza y bondad… Y, cuya historia parecía estar destinada a caer en el olvido.

"Culmina el ciclo milenario,
Tiempo de concebir un nuevo ser.

Destino falaz, morir en silencio
Para encontrar el camino del sol.

...Y antes que el salvaje viento sople
En un futuro amanecer
Diré: Adiós a mi mundo , mis sueños,
Mi tierra, mi hogar
Adiós a la inmortalidad…"