No soy Susanne Collins, todo esto le pertenece y tal... y escribo por pura diversión :)

Gladiadores

Estaba cabreada. Estaba muy cabreada. Ese estúpido traje pesaba demasiado, le hacia sentir lenta, impotente. Aún así se lo puso.

Gladiadores, la antigua Roma. ¿Acaso alguien sabía de lo que estaba hablando? Ese mundo ya desapareció y podía apostar que no quedaban ni siquiera las ruinas de sus grandes templos. Y ella vestida como uno de ellos. Como un perdedor.

Nyara decía que no fueron perdedores que en el gran imperio romano nunca se puso el Sol. Si no eran perdedores, ¿dónde estaban? Clove no lo sabía. Se suponía que a los vencedores de las batallas se les recordaba siempre, pero ella no sabía ni quienes eran. ¿Un grupo de mujeres? ¿Un grupo de hombres? ¿A lo mejor era una mujer vestida con estas ropas doradas y fuertes seguidas por una manada de lobos? No lo sabía ni quería saberlo.

Salió de su habitación seguida por sus tres estilistas personales. Y de repente se encontró con él.

Ahora podía jurar que la armadura de oro no estaba ni siquiera hecha para resaltar las cualidades de Clove, estaban hecha para resaltar las de Cato.

Se ajustaba a la perfección a su cuerpo fornido, a sus músculos. Se cruzó de brazos al verla, examinándola lentamente. Ella no perdió el tiempo tampoco.

Su pelo rubio se fundía con el casco de la armadura. El brillo azul de sus ojos resaltaba en su cara.

Escuchó a los estilistas hablar a su espalda, pero no les echaba cuenta, estaba absorta en una batalla, sin sangre, de miradas. Por eso cuando le quitaron el casco y el recogido, y su pelo cayó encima de sus hombros, se soprendió. Se habían llevado dos horas colocándoselo todo perfectamente. Sus estilistan la agobiaban y la ponían enferma.

— ¿Qué estais haciendo, joder? — Un bramido, corto y conciso, para revelar su estado de ánimo. Estaba harta de que solamente se le echara cuenta al chico del grupo. Cato, esto. Cato, lo otro. Cato, Cato, Cato. Y a ella se le cambiaban las cosas a última hora, y para él se tenían preparado desde el primer segundo. Todo perfecto.

Uno de sus estilistas, Lyone dijo:

— Pensamos que te estaría mejor el pelo suelto, intentando resaltar algún rasgo femenino.

¿Algún rasgo femenino? ¿Acaso no se había parado a mirarla? Tenía quince años y aún no se había desarrollado por completo. La armadura lograba esconder las pocas curvas de su cuerpo, añadiéndoles algunas donde ni siquiera sabía que existían.

— A mi me gusta su pelo recogido.

Cato había vuelto a fruncir los labios tras pasar por su lado. Clove dudó de si lo había escuchado o no, de si de verdad lo había dicho o tan sólo lo había pensado. Pero las dudas se disiparon cuando otro de sus estilistas volvió a recogerle el pelo.

No sabía como lo hacía, pero Cato ya había ganado los juegos, todo el mundo lo sabía y por eso todo el mundo lo trataba ya como si fuera un mentor. Como si él fuera el mentor y ella el tributo.

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Muchas gracias otra vez por los comentarios. No sabía que se podía hacer tan feliz a alguien con sólo unas palabras... Gracias, gracias y gracias!