Confieso que yo no estaba del todo conforme con cómo cerraba el epílogo anterior, y un airado PM de Katniss luz me convenció de escribir esto. Ahora sí, es el final verdadero, de una vez por todas, en serio y hasta nuevo aviso.


Por última vez…

Cosas que me pertenecen: un perro limpio de pulgas y garrapatas. No sé quién acabó más bañado de agua tibia y líquido anti parásitos externos, si él o yo, pero lo cierto es que ninguno de los dos tenemos pulgas ahora mismo.

Cosas que no me pertenecen: Katniss, Peeta, Prim, Haymitch, Panem, el Distrito 12… *suspiro*. Nada de nada de esto. Los tomé prestados para jugar y tengo que devolverlos.


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Epílogo II: Haymitch el Ajedrecista

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Al día siguiente es la entrevista final. De algún modo, Preciosa se las arregla para tener al Chico a su lado respondiendo la mitad de las cosas por ella, y a la otra mitad ella las responde con monosílabos o deja las frases a medio acabar. Flickermann consigue que el resultado final no sea del todo malo ni la muestre como una pobre idiota, sino como una chica encantadora y muy tímida.

Sin embargo, a mí empieza a preocuparme que esto del ligero desequilibrio no sea sólo un acto para las cámaras.

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Cuando todo está dicho y filmado, la ropa guardada y los autógrafos firmados, es tiempo de volver a casa. Al bendito, mugriento y miserable Distrito 12. Momentos antes de abordar el tren, un Agente de la Paz de rango superior me acerca unos papeles con membrete oficial que debo firmar. Suspiro con resignación. Casi había olvidado que tengo a cargo el cadáver de Nigel Herbheart, al menos hasta su llegada al Distrito 12, donde será entregado a su familia.

Firmo los papeles en silencio; nada de lo que me gustaría decir es algo que pueda pronunciar frente al Agente de la Paz. Él toma los originales, me deja las copias de los documentos, y se va con un cabeceo a modo de despedida.

Mientras el Chico y Preciosa posan para las cámaras, junto a una Effie que por nada en el mundo se perdería los flashes, yo superviso a los cuatro hombres que cargan el modesto ataúd de madera en uno de los compartimentos del tren, el último de todos. Todos están sonrojados y jadeando del esfuerzo cuando bajan del tren tras acomodar el ataúd. Maldigo en voz baja. Tendré que decirles a mis aliados que tengan más cuidado, no queremos llamar la atención…

—No sé de qué hacen estos ataúdes, el chico no parecía pesar tanto… —le murmura uno de los Agentes de la Paz a su compañero.

—¿Qué, eso te pareció pesado? —comenta el otro, que está secándose la traspiración con el puño de la camisa, con una sonrisa—. Estás hecho un flojo…

—¡No es verdad! —se defiende el primero, mientras los dos se están yendo—. Ese ataúd era pesado… no sé por qué los siguen haciendo de madera con interior de latón para los tributos, los del Capitolio son mucho más ligeros…

Los observo irse, aliviado de que no haya pasado nada y haciendo una nota mental de hablar con quienes manejan los contactos con las funerarias. Esto no puede volver a pasar. Sólo porque este año el Distrito 12 tiene un ataúd en lugar de dos no es razón para llamar la atención sobre nosotros.

Al igual que con tantas cosas, los Distritos tenemos que ser creativos al momento de trasladar información, tecnología… o armas. Resulta que una de las pocas cosas que el Capitolio no se preocupa por revisar son los ataúdes que llevan a los chicos muertos de regreso a los Distritos. Por macabro que suene, un ataúd de tamaño estándar tiene bastante espacio, y los ataúdes usados para los tributos caídos vienen en una única medida. Un chico de entre doce y dieciocho años suele no ser muy grande y nunca es gordo, menos aún tras los Juegos. Hay veces que hasta faltan partes del cadáver, con lo que hay aún más lugar.

No es agradable ni placentero abrir el ataúd de camino, sacar las cosas de arriba y alrededor del niño muerto, y esconderlas entre el equipaje propio, pero es la única forma. Llevo más de quince años haciendo esto, desde que los rebeldes descubrieron esta falla de seguridad, y es una de las razones por las que mi primera acción ni bien llego al Distrito 12 cada año es beber hasta no acordarme de dónde es arriba y dónde abajo.

Al menos, el Capitolio le aplica a los cadáveres una inyección que convierte el líquido presente en el cuerpo en algo parecido al plástico, de modo que no importa que el entierro tenga lugar a veces hasta dos semanas después de la muerte del tributo en cuestión, porque el estado de conservación de los restos es realmente bueno. A veces no sé si alegrarme de que al menos no tengo que desenredar cuadernos con anotaciones, pistolas láser y microcomputadoras de entre un tributo en avanzado estado de descomposición, o si es peor volver a ver a los chicos muertos, rígidos y de algún modo artificiales, ya que los envían limpios, vestidos y hasta maquillados.

Suspiro de resignación mientras me dirijo hacia donde los demás están abordando el tren entre flashes y saludos. El Chico, Peeta, no sabe nada de esto. No sé por qué sigo tratando de protegerlo de las realidades de lo que implica ser un mentor comprometido con la causa de sacar del gobierno a Snow y sus secuaces. El Chico, más que muchos otros, tiene buenas razones para odiar a Snow y querer sacarlo de su puesto de poder. No es que creo que vaya a delatarnos, o a ser demasiado débil, o algo así… supongo que es sólo que el Chico ya pasó por tanto, que estoy tratando de ahorrarle una horrorosa revelación más.

Me río de mí mismo con sarcasmo. Esto pasa cuando me importa alguien, me vuelvo blando y busco protegerlo… como si yo sirviera para eso.

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El viaje de regreso al Distrito 12 es deliciosamente intrascendente, una vez que nos sacamos de encima a nuestra escolta. Effie se la pasa alborotando alrededor de Preciosa, que se pone cada vez más verde al escucharla mencionar qué valiente que fue hacer explotar ese montón de suministros, qué buena puntería tuvo al clavar esa flecha justo en el cuello del chico del Distrito 1 o qué buena idea fue dejar caer ese nido de rastrevíspulas. El Chico busca distraerla, cambiar de tema, hasta acaba diciéndole a Effie en tono muy serio que no queremos hablar de eso. Pero Effie, tan felizmente ignorante de todo como siempre, no comprende que alguien no quiera acabar los emocionantes Juegos del Hambre que acaban de concluir; de manera que es mi turno de intervenir.

Mi intervención consiste en vomitarle sobre los zapatos a Trinkett. Consigo cubrir por completo el izquierdo y buenas tres cuartas partes del derecho, lo que la deja chillando de horror y le arranca una sonrisa a Preciosa. Effie sale a zancadas del vagón entre lágrimas e insultos, y tenemos paz por el resto del trayecto, ya que ella declara que no piensa volver a salir a respirar el mismo aire que yo, lo que por mí está perfecto.

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La cena esa noche es tranquila y hasta aburrida. Effie sigue acuartelada en su vagón, severamente ofendida conmigo, lo que no podría importarme menos. El Chico, Preciosa y yo comemos casi en silencio, con sólo un comentario ocasional del tipo "pásame la salsa, por favor" o "¿quieres pan?". Aprovecho a llenarme el estómago, sabiendo que pasará algún tiempo antes de que vuelva a tener frente a mí un plato de comida caliente y sabrosa como ésta, pero mantengo mi consumo de bebida al mínimo. Esta noche tengo que sacar las cosas del ataúd del muchacho muerto, y prefiero estar medianamente lúcido, no porque quiero recordar, todo lo contrario, sino porque temo que me atrapen si voy dando tumbos por ahí… y que esto acabe perjudicando al Chico y a Preciosa.

Diablos con esos dos. Extraño los tiempos en que nada podía afectarme, cuando sólo me jugaba mi propio pellejo.

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Me pierdo el desayuno a la mañana siguiente, en parte porque no soy una persona madrugadora, y en parte porque obligarme a estar casi sobrio tras hacer lo que hice anoche me causó insomnio… y probablemente alucinaciones. Al menos quiero creer que las cortinas no estaban tratando de estrangularme realmente, aunque las hice hilachas de todos modos, por las dudas.

Pero valió la pena: una buena pieza de estrategia para la guerra cada vez más inminente, media docena de pistolas infrarrojas, dos microcomputadoras y un dispositivo que fríe los micrófonos ocultos están ahora bien seguros en mi equipaje, y el ataúd del chico muerto vuelve a tener un peso normal. Tengo un par de secuaces en el Distrito 12 que me ayudarán a bajar mi equipaje fingiendo que no pesa más de lo normal. Y si dan alguna muestra de inconformidad, siempre puedo decir que me estoy robando la porcelana del Capitolio, nuestros Agentes de la Paz son capaces de creérselo sin revisar nada.

El dolor de cabeza con que despierto es tan malo que estoy muy tentado de emborracharme y pasar de un sopor etílico al otro, pero no me queda bebida alcohólica alguna en mi compartimento, por lo que me decido por una ducha, un cambio de ropas, y salgo a buscar agua y quizás una taza de café. Me niego a tomar medicamentos para la mezcla de resaca y síndrome de abstinencia que estoy sufriendo, pese a que el Capitolio los tiene más que perfeccionados, del mismo modo que me niego a tomar nada que venga en la forma de inocentes pastillas de colores que casi parecen caramelos.

Cuando por fin emerjo de mi cueva, ya casi estamos llegando al Distrito 12. Preciosa me mira un momento sin verdadero interés, mientras que el Chico parece preocupado, como siempre. Él puede no saber la verdad de por qué parezco un muerto recalentado durante mis noches de regreso al Distrito en el tren, pero de todos modos se preocupa. Es tan malditamente noble…

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La llegada al andén del Distrito 12, donde por supuesto ya hay cámaras de televisión esperando, es festejada con aplauso y fanfarria. Effie hasta reaparece, más arreglada y maquillada que nunca, convencida que ésta es su gran oportunidad para ser "ascendida a un distrito mejor". Dos Vencedores en tres años es un buen récord, que ella por supuesto está más que dispuesta a aprovechar, aunque el mérito de sobrevivir a la arena no sea suyo exactamente.

Los tortolitos saludan, sonrientes y encantadores. Ella tiene la cara medio oculta en el pecho del Chico, y él rodea la cintura de su futura esposa con un brazo mientras saluda con el otro. Sí, ya hay especulaciones sobre cuándo será la boda. En el Capitolio parecen haber olvidado que tienen dieciséis años.

Hago mi aparición para las cámaras, saludando con una sonrisa socarrona, sólo porque no hacerlo implicaría que tengo algo que ocultar, pero no aparezco mucho. Después de todo, los dos jóvenes son mucho más bonitos e interesantes que yo. Preciosa se reúne por fin con su familia, su hermanita en primer término y luego con su madre. La mujer parece haber envejecido diez años desde que la vi la última vez, cuando Preciosa se presentó voluntaria en la Cosecha.

Luego viene el Muchacho, el hijo de Jareth Hawthorne. Es asombroso cuánto se parece a su difunto padre, es casi igual a cómo era Jareth a su edad… lo sé bien, fue mi mejor amigo antes de que los Juegos me convirtieran en un antisocial que no quería relacionarse con nadie por temor a lo que podría pasarle a los demás. El Muchacho, reaccionando al grito de alegría de "¡Katniss, tus primos también quieren saludarte!" le da un sincero abrazo, evitando mirar a las cámaras. Preciosa le devuelve el abrazo con ferocidad. Los dos otros niños Hawthorne menores también la saludan con entusiasmo, al igual que la niña más pequeña, la que nació tras la muerte de Jareth. La nena parece decepcionada de que Preciosa no esté usando su vestido de llamas, pero Preciosa le explica que ese vestido es sólo para las grandes ocasiones, no para todos los días, y la niña lo acepta con facilidad. Supongo que es un buen toque para la teleaudiencia.

Las cámaras captan unas cuantas imágenes más de felicidad y reencuentro antes de ser apagadas. Los camarógrafos, los especialistas en iluminación, los asistentes de cámara, las maquilladoras, en resumen, los bichos capitolinos de todas las especies, juntan sus cachivaches conversando entre ellos sobre qué buenas tomas obtuvieron y se trepan al tren. Malditos cobardes, ahora viene la parte que las cámaras no muestran…

Cuatro Agentes de la Paz de rostro pétreo bajan el ataúd del tributo muerto del último vagón. Sus padres y hermanos, todos con caras entre tristes y resignadas, se adelantan a recibir los restos de quien hasta hace días era un joven repleto de vida y futuro. Preciosa y el Chico se acercan hacia donde está la familia.

—Mis más sinceras condolencias, señora y señor Herbheart —dice el Chico en tono serio.

El padre sólo asiente sin decir nada, la madre mira al Chico y aparta la mirada, triste.

—Nigel y yo… no nos llevábamos bien, pero lamento mucho que él… y yo… —Preciosa empieza a tartamudear—. Si llegaran a necesitar algo… cualquier cosa…

—Jamás les podremos devolver a su hijo, pero queremos hacer todo lo posible por hacerles la vida más confortable después de todo por lo que ya tuvieron que pasar —añade el Chico, en tono calmo y amable—. Cualquier cosa material que necesiten… o aún si es sólo para hablar… bueno, saben donde vivimos.

Los Herbheart no parecen como si estuviesen pensando en ir a golpearle la puerta a ninguno de los dos jóvenes Vencedores para pedirles nada y menos para hablar, pero es bueno que al menos sepan que alguien siente que les debe un favor. Nunca se sabe cuándo puede uno necesitar ayuda.

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El resto del día pasa muy ocupado. Preciosa va al Edificio de Justicia a firmar las escrituras de propiedad sobre su nueva casa en la Aldea de los Vencedores y recibe las llaves, un acto más simbólico que real porque en realidad ya trasladaron las cosas de su antigua casa allá esta mañana temprano, pero sé que a su madre y su hermana no les habrán permitido entrar hasta que ella no esté presente. Siempre actúan así.

Luego es el entierro del muchacho muerto. Yo normalmente no iba a esa clase de ceremonias, pero desde que el Chico ganó, él fue siempre a todos los entierros, y de alguna maldita forma me hace sentir obligado a ir también, de manera que hago acto de presencia, aunque me quedo atrás de todo. En el Capitolio la gente que asiste a un funeral se viste de negro y usa lentes de sol; aquí la gente que pierde un ser querido se ata una tira de tela negra alrededor de la parte superior del brazo izquierdo y nadie se esfuerza en ocultar sus ojos enrojecidos.

Preciosa y el Chico siguen la tradición, cada uno de ellos con su correspondiente tira de tela negra y ropa de uso diario, no las extravagantes prendas del Capitolio. No lloran, pero se los nota compungidos, respetuosamente silenciosos como están. Despedimos a Herbheart con el saludo clásico del Distrito 12, los tres dedos centrales de la mano izquierda apoyados en los labios y señalando luego al difunto. Es una buena forma de decir adiós, principalmente porque es nuestra.

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Mantengo vigilada de cerca a Preciosa los siguientes días, una vez que me recupero de mi tremenda borrachera. Ella parece estar sobrellevando bastante bien los cambios y toda la muerte en que se vio inmersa. La Niñita, su hermana menor, parece estar haciendo lo posible por levantarle el ánimo. Observo unas cuantas veces a Preciosa y al Muchacho, el hijo de Jareth, escabullirse hacia al bosque, igual que en los viejos tiempos (¿en serio hace menos de un mes de los "viejos tiempos"?). Supongo que cierta semblanza de rutina le ayuda a Preciosa a volver a una relativa normalidad, o a lo que es normalidad ahora para ella. Aparentemente, por una vez fui pesimista cuando no había necesidad de serlo, ya que ella se está recuperando bien.

El Chico pinta. Del mismo modo en que yo me emborracho ni bien regresamos al Distrito, él empieza a pintar. Pinta hasta que está tan cansado que el pincel se le cae de la mano. Sé que lo hace para evitar las pesadillas, si está lo bastante cansado, posiblemente no sueñe o al menos no recuerde qué es lo que sueña. Pinta como si su vida dependiera de ello durante un par de semanas, igual que los años anteriores… aunque ésta vez mantiene las pinturas en los lienzos, y quema esos lienzos ni bien termina sus obras. El humo que sale de su chimenea es espantoso, pero prefiero que intoxique ligeramente al Distrito antes que esas pinturas caigan en las manos equivocadas, si son como una de las que alcancé a ver mientras ardía. Una imagen de Snow como una serpiente gigantesca de boca ensangrentada que devora niños escuálidos no es algo que el mundo esté preparado para ver.

De vez en cuando, en ocasiones en que las pesadillas son demasiado malas, el Chico se pasa la noche horneando. Gastar la energía física necesaria para cortar, batir, mezclar, amasar y demás le ayuda a relajarse, dice él. Cuando es de mañana o él considera que es suficiente, va al Quemador a canjear las cosas que prepara a cambio de prácticamente nada. Sé que las regalaría si fuese por él, pero a la gente no le gusta deber favores, de manera que él hace canjes del tipo de un puñado de nueces por una tarta de manzanas y cosas así.

En medio de todo esto, él aún tiene tiempo de preocuparse por Preciosa. Los noté ligeramente distanciados los primeros días, pero ahora los dos son carne y uña. Parecen haber hablado, o haber llegado a algún tipo de acuerdo o entendimiento, porque aunque no parecen ser novios, sí pasan mucho tiempo juntos, cuando él no está con la niñita de Sae (la mocosa adora al Chico) ni ella está con la hija de Undersea (yo la llamo Princesa) o la muchacha regordeta hija de Cartwright (Rulos para mí).

Preciosa y el Chico son realmente cercanos cuando están solos, o creen estar solos. Algo me dice que si todavía no son una pareja… lo serán eventualmente, y más temprano que tarde.

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Dos semanas después del regreso al Distrito 12, cuando las cosas están encaminándose y regresando a su cauce, llega el primer cargamento de revistas enviadas por Effie. Tuve que disculparme con ella (qué asco que me doy a veces) y prometerle trabajar en mis modales porque, según parece, no es cortés vomitarle a alguien encima, para que ella accediera a enviarme revistas del Capitolio para mantenerme al tanto de la opinión pública sobre "mis" Vencedores.

Las reviso con excesiva atención y respiro aliviado. Ni una mención sobre lo maravilloso, atractivo o soltero que es el Chico. Ni media palabra sobre la "fogosa" más reciente Vencedora. En todo caso, todas celebran a la pareja del momento, el amor que superó todas las barreras, cómo ella sobrevivió gracias a que él la protegió y entrenó. ¡Ja! Como si el Chico supiera tensar un arco… debería mostrarles el artículo, sólo para hacer rabiar a Preciosa.

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Sigo controlando las revistas que Effie envía mensualmente, y me entero de algunas cosas que felizmente olvido nuevamente en mi siguiente borrachera. La ropa ardiente o artificialmente iluminada es el último grito de la moda esta temporada en el Capitolio. El tal Cinna, el estilista, está teniendo toneladas de trabajo gracias a la fama que alcanzó al vestir a Preciosa para los Juegos. Las trenzas están de moda para las mujeres, en unos estilos tan complicados que nadie en el Distrito 12 usaría porque perdería media mañana peinándose. Para los hombres, las frases sugeridas para una eventual conquista incluyen "prometo cuidarte siempre", "eres aún más hermosa que la Vencedora" y "te quise desde que te conozco"; la revista remarca que deben decirlas con toda la sinceridad y convicción posible.

Pronto un escándalo político ocupa las primeras planas (¡el director del Instituto de Estadísticas dijo que el Ministro de Economía no sabe nada de matemáticas!) y luego el divorcio de la famosa cantante Carinna Wolfpawn de su famoso marido el actor Iulius Huckleberry (¿fue la peluquera de las estrellas, Silas Brandplate, la tercera en discordia?).

Nadie olvida por completo a los chicos del Distrito 12, pero ninguno de ellos es el centro de atención individual, y en líneas generales, los están dejando bastante en paz. Reviso la sección de clasificados del periódico del Capitolio regularmente, y encuentro un mensaje en clave de los (futuros) rebeldes que me tranquiliza:

Ofrezco: pan blanco, no alquilo ni vendo. Contactar: Departamento 301.

El chico está a salvo. No piensan prostituirlo. Respiro profundamente. Es un alivio, y uno tan grande que noto que estoy temblando. Necesito un trago, urgente, y necesito dejar de encariñarme con las personas… años sin que nadie me importe nada, y ahora ponerme así sólo porque sé que el Chico está a salvo…

Un par de semanas después otro mensaje me deja con una enorme sonrisa estúpida y un suspiro de alivio.

Busco: ardilla viva, no compro ni vendo. Contactar: Oficina 13.

Preciosa también está a salvo. La información de contacto lo confirma, siempre hay una variación de "13" en la dirección a modo de clave. Al menos por ahora, ninguno de los dos acabará rematado…

Al menos por ahora, los dos están a salvo. Los dos pueden seguir siendo tan idiotas y nobles como hasta ahora.

Preciosa puede seguir cazando y regalando sus presas, junto a un puñado de dinero, a la primera persona que considere apropiada, pidiéndole que le ayude a deshacerse de la evidencia de su caza ilegal. Es una excusa miserable, pero difícilmente nadie rehúse una libre y un puñado de céntimos si vienen de regalo y la única condición es mantener la boca cerrada.

El Chico puede seguir malcriando a los mocosos de la Veta con golosinas, ropas y hasta cepillos de dientes a cambio de buenas notas en la escuela y aseveraciones de que es el cumpleaños de cualquiera de esos chiquillos.

Los dos pueden seguir pagándole al zapatero Cartwright en el más estricto secreto para que le de trabajo al Muchacho Hawthorne, así él no va a trabajar a las minas, y además está ceca de su noviecita… sí, Rulos y el Muchacho empezaron a salir a mitad de los Juegos y son la pareja más dispar y feliz que vi en mucho tiempo. Están tan embobados el uno en el otro que me dan náuseas de puro acaramelados.

El Chico y Preciosa pueden seguir siendo amigos de Princesa, la hija del alcalde, mi mejor contacto como informante y líder oficial de los rebeldes del distrito. Una tía muerta y una madre semi comatosa del sufrimiento hicieron de la niña rubia y atildada una guerrera implacable con la palabra y la pluma. Yo me ocupo de esconder las armas; en el desorden que es mi casa, a veces ni yo me acuerdo dónde quedaron… espero que tengamos una oportunidad de usarlas, con tanto esfuerzo y sacrificio que nos supuso reunirlas. Ella se ocupa de manejar la información, y coordinamos bien. A fin de cuentas, difícilmente nadie sospecharía de la chica, y en su casa ella tiene acceso a todos los datos a los que accede su padre… el buen Undersea siempre se asegura de dejar los documentos a la vista, y la oficina en la que mira los reportes que le llegan vía televisión, sin llave.

Preciosa y el Chico pueden seguir viviendo tranquilos un rato más. Pueden seguir lamiéndose las heridas psíquicas otro par de meses, pueden seguir repartiendo dinero por la noche, regalando piezas de caza y productos de panificación. Pueden seguir ignorantes de todo hasta que los necesitemos para pelear…

Después de todo, la única función que tiene el Rey en el ajedrez es la de existir sin que se le dé jaque mate, ¿verdad? Nadie dijo que necesita saber qué está pasando en el resto del tablero.

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Ahora sí, esto es todo. Esta vez en serio.

¿Qué les pareció este capítulo? ¿Y la historia en general?

Recuerden que las estadísticas de cuántos lectores tiene una historia es el pan que nos alimenta a los autores… pero los reviews son la mayonesa, el jamón y el queso que hacen de ese pan seco una exquisitez.

¿Algún voluntario para hacer de mi pan un sándwich? Desde ya, ¡gracias por leer y comentar!

Con cariño (y hambre),

CruzdelSur