Disclaimer: Alabada sea Jotaká, por ser tan genial e inventar a Harry :) Los personajes, de ella, la loca trama, mía.


I could get used to this

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La primera vez, él estaba ocupado pensando en si era posible atravesar una pared de ladrillos sin romperse la cabeza en, y así que cuando Harry reparó en ella, Ginny ya lo había observado a su gusto por un buen rato.

La segunda ocasión, un año después, sus pequeñas pecas parecieron hacerse más rojas cuando la sorprendió en su propia casa.

Y en la tercera ocasión que se volvieron a ver después de varios años, fue Ginevra la que saludó con un sonoro "hola" a Harry Potter, mientras la observaba detrás de sus anteojos preguntándose si esa alegre joven era la hermanita de Ron que se escondía al verle.

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El Salvador del Mundo Mágico regresaba a Inglaterra después de haber vivido durante siete años en Ámsterdam. Pocas personas sabían de su regreso. El departamento de Aurores se había encargado de que, su nuevo jefe contara con toda la privacidad que requería, para no verse involucrado en los chismes propios de Corazón de Bruja.

Ginny era de esas muchas que ignoraban su presencia en el país. Por días había estado visitando las librerías muggles, encontrarse con Harry en una de ellas después de tanto tiempo fue una agradable sorpresa.

Fue también una bienaventurada sorpresa que, las pecas de sus mejillas se ensancharan por la sonrisa de un saludo que por la mueca de un susto.

Harry le preguntó si venía sola, ella le contestó que la acompañaban Neville, Dean y Luna. La rubia al verlo había corrido a sus brazos para saludarlo efusivamente y después lo había invitado a que se les uniera para ir a tomar una cerveza de mantequilla al Caldero Chorreante. Harry aceptó.

Las cosas en Londres habían cambiado mucho desde que se fue. Algunos de los callejones oscuros que recordaba de su época de estudiante, se convirtieron en alegres jardineras con la luz solar filtrándose entre cada hoja de las flores y arbustos. Los restaurantes se habían ampliado y el Callejón Diagon estaba poblado por locales de jugueterías y dulcerías. Ron y Hermione estaban planeando su boda. Luna había roto con Neville y en cambio se volvieron mejores amigos. Dean la pretendía. Y Draco, para bien o mal, visitaba a menudo a este último. Cómo se hicieron amigos. La guerra los había unido, es lo que contestaban. La pelirroja también era buena amiga del rubio, tanto que hasta en una ocasión para su cumpleaños, lo había llevado a celebrarlo a un bar muggle con todo y el pastel incluido sin que dijera nada malo contra los sangre sucia, según le contó Dean.

A partir del día en que se encontraron en esa librería, Harry procuraba ir una vez por mes a comprar ejemplares de nuevos libros en el mercado. El que Ginny todavía no terminara de leerse todos los libros de Oscar Wilde y siguiera yendo a buscarlos en esa tienda el mismo día que Harry, era mera casualidad, o eso pensaba él.

En un día del mes, Harry se animó y la invitó a tomar un café en una plaza arrinconada dentro del corazón de Londres. Donde se podía escuchar el murmullo del Támesis, con el batir de alas de los pájaros al despuntar al vuelo vespertino. Ella por supuesto que encantada lo acompañaba

— ¿De verdad no me crees?

—No. No te creo nada, Harry Potter. No es posible que hayas atrapado a ese mago, porque patinó con el aceite que chorreaba de un carro. — Bromeaba la pelirroja, a quien le encantaba hacer enojar al hombre. Harry realmente se estaba molestando porque ella no le creía. Era la primera persona a la que le contaba esa ridícula historia y para que no le creyera, eso es lo que le hacía fruncir el entrecejo.

Cerca de la ventana donde estaban sentados se encontraba un sauce llorón y por una de entre sus largas ramas que se mecían al viento, se traspasaba un rayo de luz, Ginny con las manos apoyadas en sus piernas y el rostro a escasos centímetros del de su acompañante se moría de la risa, un segundo después se recargaba en el respaldo del sillón y con la mano izquierda apretaba el estómago. Fue en ese instante que la luz iluminó un mechón rojizo de su pelo salpicando de escarlata el resto de la visión de Harry.

—¿Quieres saber algo que no le he contado a nadie? — Le preguntó a ella que se había puesto seria de pronto.

—Oh, sería un gran honor para mí saber un secreto de tan honorable personaje— Se mofó la pelirroja.

—No ha sido casualidad.

Los iris cetrinos de su dueño tendían a ser pequeños y generalmente opacos, pero misteriosamente ahora estaban dilatándose de poquito a poco, adquiriendo el verde brillante de la pradera que estaba cerca de la Madriguera, después de las lluvias de agosto. Ginny lo podía comprobar mirando de frente a Harry.

— ¿Qué no es casualidad?

—Los encuentros en la librería

—Ya lo sabía, Señor Misterioso— La servilleta de tela manchada por el labial de Ginny se fue a estampar en la cara de Harry. Los dos rompieron a reír de nuevo.

Fue gracias a ese compañerismo de las primeras veces, las confidencias de los susurros, los secretos de los viejos libros, el olor a café humeante, con la polilla de Oscar Wilde, el que el Niño-Que-Vivió (dos veces) descubrió que el chocolate de los pasteles, las almendras de su alacena y la piel café de su agenda no sólo le recordaban los preciosos ojos marrones de Ginevra, sino toda su cara. Y extrañando los hoyuelos que se le formaban a los lados de sus labios cuando sonreía, comenzó a echar de menos los días "no casuales" que no se veían a la semana.

En pocos meses esos días se convirtieron en tardes de lectura, donde se sentaban en los mismos sillones de la esquina, con la taza de capuchino humeante y el libro de primera edición en la otra, para discutir diferentes puntos de vista o sisear insultos si alguno de los dos se atrevía a insultar al autor leído en cuestión.

La pelirroja acomodó su horario de entrenamiento de tal forma que no se viera afectada su tradición de los lunes, miércoles y viernes. Harry por su parte, por vez primera aprovechaba su fama de salvador, para conseguir las versiones originales de los clásicos de la literatura muggle que tanto disfrutaba Ginny y regalárselos. Tarea nada fácil, pues el único ejemplar conocido de la primera edición de La Dama de las Camelias, estaba en manos de una dulce anciana cursi que le obligó a declarársele tal cual lo hiciera su prometido muerto en la Segunda Guerra Mundial, para donárselo y que Harry a su vez se lo diera a su amiga lectora.

Para Ginny era el primer libro antiquísimo que recibía y la mejilla de Harry fue la que se ganó un beso como agradecimiento. Así, él mataba dos pájaros de un tiro; por un lado la hacía feliz y por otro, procuraba volver a sentir ese agradable toquecito cálido que le dejaba Ginny después de cada gracias.

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Siete meses después de su reencuentro, Harry invitaba a Ginny como única acompañante para ir a visitar a un tío vivo que le quedaba por parte de su padre, el cual residía en un pueblo de la campiña.

El viejo era un hombre de setenta años que a causa de no tener más compañía que dos viejos pastor inglés, se consolaba con ir a visitar a sus vecinos, todos muggles. Harry y Ginny lo acompañaron en una expedición, que al final resultó ser el aniversario de las bodas de oro de un viejo matrimonio.

—¿No te aburriría pasar toda la vida con la misma persona? —. Fue lo que le preguntó la pelirroja mientras caminaban saltando las piedras que formaban el camino.

—En serio, Ginevra, — Él era el único que le podía decir así sin que se llevara un pellizco por premio. — tú eres la única mujer que pregunta ese tipo de cosas.

—¿Qué me estas tratando de decir?

—Pues que mientras las demás se dedican a suspirar deseando un matrimonio así de largo y feliz con su pareja, a ti se te ocurre pensar que tal vez un día de tantos te aburrirías de verle la cara al mismo tipo de siempre.

—¡Oye! —Se indignó ella y pegó su mano contra su brazo. — Así como lo dices hace que suene horrible. Yo a lo que me refiero es a cómo le haces para despertarte cada día y ser feliz con sus manías, sin pensar que tal vez te estés perdiendo de algo.

—Pues, es poco prematuro para responderte. Nunca he tenido una pareja que me dure más de un año, pero… si algo me gustaría experimentar es permanecer con el amor de mi vida lo que resta de mis días. Así que un minuto antes de morir recuérdame contestarte cómo le hice ¿vale? — Y le sonrió con picardía.

—No seas payaso. — Le dijo al tiempo de empujarlo. Siguieron caminando un buen trecho hasta que llegaron a una alberca iluminada por las farolas que la rodeaban. A Harry se le ocurrió una idea que tal vez resultaría en tragedia.

Un par de zapatillas negras pasaron volando por la cabeza de Ginny y fueron a salpicar en el agua.

—¡Serás cabrón, maldito Potter!

Los tacones podían disfrutar de su chapuzón y Harry pronto les haría compañía. Ginny mientras tanto enojada y coloreada por toda la cara y el cuello, con el tronco de un árbol caído intentaba sacar sus preciados zapatos que afortunadamente flotaban cerca de la orilla.

Harry se dejó inundar por la tibieza del agua permaneciendo un buen rato debajo. La pelirroja sacó su tesoro y los estaba sacudiendo cuando se dio cuenta de que su amigo hace tiempo que no asomaba la cabeza. Se comenzó a preocupar.

—Harry, ya sal de allí. —Varios segundos después la cabeza azabache permanecía oculta. — Vamos, Potter, no es gracioso. Ya, apúrate.

Con los zapatos chorreando agua, la pelirroja recorrió la piscina y antes de que terminara de caminar, sintió una mano fría en su tobillo. No tuvo oportunidad de sentir el aire fresco de la noche mientras salía despedida, sólo el salpicón del agua al chocar contra su cara y se vio sumergida de cuerpo completo.

—Tú, maldito animal. Primero los zapatos y ahora la dueña. — Realmente estaba enojada, el ceño se pronunciaba entre ceja y ceja y las pecas se agrandaban más con esas extrañas muecas que hacía la mujer. Harry se estaba divirtiendo de lo lindo al verla completamente calada de agua.

—Cállate. — Le gritó Harry al tiempo de crear una ola con su mano y salpicarle la cara.

—Con que estas traemos. Muy bien, prepárate a perder. — Ella era cazadora de las Arpías, así que jugaba rudo. No iba a responderle con un tonto chapoteo de agüita. Iba a por todo. Empequeñeció la distancia que la separaba de él y se le abalanzó hasta que la cabeza de Harry estuvo de nueva cuenta sumergida. —¿Te rindes? — Seguía haciendo presión y sus quejidos no eran lo suficientemente convincentes para convencerla. Y de pronto, cesaron. El pelo azabache flotaba ligeramente debajo del agua, como una sombra en medio de tanto azul. Ginny realmente se espantó.

Tomó una gran bocanada de aire y se sumergió de cuerpo entero. Esperaba encontrarse con los ojos cerrados de su amigo, ahogados por la falta de aire, no con que la observaban detenidamente. En una fracción de segundo, allí, debajo del agua, con las luces artificiales de las farolas, con el manto nocturno cuajado de estrellas extendiéndose como una mancha lechosa sobre ellos, los ojos verdes de Harry eran tan oscuros y brillantes, que el esmeralda se confundía claramente con el azul medianoche flotante, arriba de sus cuerpos.

Era una completa falsedad decir que cuando dos bocas se tocan por varios segundos, el aire se agota, haciendo que la magia se quiebre. Más falso es decir que besarse debajo del agua por largo rato es difícil, sobretodo incómodo. Sólo lo habían inventado los envidiosos, para privar a los humanos del placer de probar los labios de otro. Por fortuna, Harry decidió investigar qué tanto podían aguantar la respiración allí debajo, fragmentando la magia en mil burbujas saliendo de sus narices, mientras dos pares de labios se tocaban; húmedos, fríos, cálidos, con sabor a la vainilla del pastel del aniversario.

Las branquialgas hubiesen sido el remedio perfecto para prolongar el placer unas horas más.


Mmm. Esto huele raro. Sip. Un nuevo fic y es un long fic, bueno no me emociono, es un mini mini mini fic, de cinco capiii, pero con todito mi amor e imaginación, que desde hace ya venía planeado algo por el estilo y cofcof dentro de la trama viene una escena que cofcof me costó mucho escribir, así que, enjoy it. Aquí nada que Harry anduvo de novio con Ginny antes de salir de Hogwarts, si no que muuuucho tiempo después.

Madame. 14/04/12